viernes, 30 de enero de 2009

Id a Tomás (3) Luz Apacible - Eudaldo Forment

Id a Tomás
Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás
Eudaldo Forment Giralt


3
«Luz Apacible»


Este programa de su vida, Santo Tomás lo vivió con serenidad y humildad. Louis de Wohl la caracteriza como «luz apacible», en su espléndida biografía novelada La luz apacible. Novela sobre Sto. Tomás de Aquino y su tiempo. Al final de la obra, uno de los personajes, recordando palabras del Padre Abad de Fossanova, piensa que «"su mayor logro ha sido que ha convertido la filosofía en un arma poderosa al servicio de Cristo. No sólo ha conseguido hacer una feliz síntesis del pensamiento cristiano y la filosofía aristotélica, sino que ha logrado también infundir a la misma filosofía el soplo del Santo Espíritu"... Filósofo, teólogo, metafísico... ¡Con tal que no se olvidasen del hombre!... Porque Tomás había sido el hombre más amable, más gentil, más digno de ser amado que había conocido» (Wohl, 1983, 375).

Santo Tomás, que había nacido a principios de 1225 en el castillo de Rocaseca, conoció la Orden de Predicadores, en Nápoles, durante su primera estancia de 1239 a 1243, después de haber permanecido nueve años en la abadía de Montecasino. Sus padres, Landolfo y Teodora, le habían trasladado del castillo de Rocaseca, cerca de Aquino -hoy en día prácticamente en ruinas, pero que será restaurado, por haber sido su lugar del nacimiento-, a la abadía de los benedictinos, cuando contaba tan sólo cinco años de edad.

Uno de los primeros biógrafos de Santo Tomás, Guillermo de Tocco en su Historia beati Thomæ, refiere «una visión de doña Teodora cuando concibió a Tomás, calcada sobre la Anunciación de Jesús a su Madre María. "Estando en Rocaseca, en los confines de la Campania, vino a ella en espíritu fray Bueno (que era mejor en vida y religiosidad), un anacoreta, con fama de santo, que había estado con otros muchos en el territorio de Rocaseca, y le dijo: 'Alégrate, Señora, porque el hijo que llevas en tu seno se llamará Tomás. Tú y tu marido pensáis hacerlo monje en el monasterio de Montecasino, en el que descansa el cuerpo de san Benito, con la esperanza de llegar a los grandes réditos del monasterio, mediante su promoción a la máxima prelatura. Pero Dios ha dispuesto sobre él otra cosa: que sea fraile de la Orden de Predicadores, y obtendrá tal claridad en la ciencia y en la santidad de vida, que en todo el mundo de su tiempo no se encuentre a nadie como él'. A lo que respondió la señora: 'No soy digna de tener tal hijo; haga Dios según el beneplácito de su voluntad' " (...) Demasiado parecido a la Anunciación. Es probable que sea sólo leyenda» (Forcada, 1993, 16-17).

No parece leyenda, en cambio, otra noticia sobre la infancia del Aquinate:

«Los primitivos biógrafos y algunos de los testigos del Proceso de canonización relatan un hecho encantador, que tiene un sabor muy significativo para sus mentalidades. Siendo el niño todavía lactante, su madre, con otras señoras, fue a los baños de Nápoles y llevó consigo al niño con la nodriza. Ésta sentó a Tomás para bañarlo y él, alargando la mano, porque todavía no andaba, agarró fuertemente un pequeño trozo de pergamino. Queriendo abrirle la mano para desnudarlo, el niño comenzó a gritar, llorando. Compadecida la nodriza lo baño con la mano cerrada, lo secó, lo vistió y se lo llevó a su madre. Dona Teodora le abrió la mano, por más que el niño lloraba, le quitó el pergamino, en el que estaba escrita la salutación angélica: "Ave María". Desde entonces, cuantas veces lloraba, la nodriza no podía hacerlo callar sino dándole el escrito, que el niño inmediatamente se llevaba a la boca» (Forcada, 1993, 20-21).

También «los biógrafos anotan su prodigiosa memoria, la brillantez de su inteligencia y su inquietud por conocer a Dios, que se manifestaba en la pregunta que le hacía frecuentemente a su maestro: ¿Qué cosa es Dios?» (Ib. 23).

El Papa Gregorio IX había excomulgado al emperador Federico II, persona muy extraña y complicada, que había heredado el reino de Sicilia y que se estaba apoderando de los Estados Pontificios. El emperador ocupó la abadía por la fuerza y expulsó a los monjes. Santo Tomás, testigo de estos hechos, por consejo del abad, fue enviado por su familia, que estaba al lado del emperador, a la Facultad de Artes de la Universidad napolitana, fundada catorce años antes por el mismo emperador.

Allí pudo conocer a los dominicos del convento de Santo Domenico Magiore. A principios de 1244, un año después de la muerte de su padre, pidió la admisión al prior de este convento dominicano, dado que la Orden de Santo Domingo colmaba sus deseos de estudio y de vida religiosa, como refleja muy bien su «Principio».

Lo hizo sin consultar a su familia, por temor a que se opusieran, dado el poco prestigio e influencia que tenían entonces la recién fundadas ordenes mendicantes. Previniendo esta hostilidad, le enviaron al convento de Santa Sabina de Roma, para que hiciera su noviciado. Camino de esta ciudad, con el Maestro General de la Orden y otros tres frailes, fue secuestrado por sus hermanos, movidos por su madre.

Encontraron «el grupo de cinco frailes junto a una fuente cerca de Aquapendente, descansando de la fatiga, pues el camino lo hacen a pie y, a principios de mayo, por aquellas tierras se notaba el calor. Sin mediar palabra, se lanzan contra Tomás, como leones ávidos de presa, intentando arrancarle el hábito por la fuerza, al que se agarra fuertemente, de forma que es imposible quitárselo. Vestido con el hábito lo llevan a la madre, que los esperaba en el castillo de Montesangiovanni, una posesión de los Aquino, no lejos de Rocaseca. Doña Teodora no logra convencerle para que se quite el hábito» (Forcada, 1993, 30).

Retenido en Rocaseca, desde mediados de 1244 hasta fines de 1245, fue tentado en su vocación religiosa. Parece ser que es cierto el relato de los biógrafos de que, después de salir airoso de la prueba, fue ceñido por dos, ángeles con un cíngulo de pureza angélica. Finalmente pudo escaparse descolgándose por una ventana, con la ayuda de fray Juan de San Giuliano.

Los biógrafos lo cuentan así:

«Otro día le traman el golpe que ellos consideran decisivo, a espaldas de su madre y de sus hermanas, que es un ataque en el que "se derriban las torres, las peñas se ablandan y caen los cedros del Líbano". Le introducen en la estancia una mujer, joven bellísima, para que le incite a pecar. Él, tomando un tizón de fuego que ardía en el fogón, la expulsa de la habitación y, llegando al ángulo de la misma, traza con el madero en combustión el signo de la Cruz y, postrado en tierra, pide a Dios, llorando conservar siempre incorrupta la castidad. Entonces se quedó dormido y soñó que los ángeles le ceñían un cíngulo, que era el de la castidad. Se lo contó el mismo Tomás a su socio Reginaldo con toda humildad en la hora de la muerte» (Forcada, 1997, 32-33).

Finalizado el noviciado, fue enviado en 1247, a París, para continuar sus estudios en la Universidad. Tuvo como profesor a San Alberto Magno. En el curso siguiente partió para Colonia con su maestro.

«El estudiante napolitano era de alta estatura y de recia contextura. Por eso sus hermanos de hábito y condiscípulos comenzaron a llamarlo cariñosamente "el buey mudo de Sicilia". Era muy taciturno, apenas hablaba. El Maestro Alberto explicaba en clase el libro De los nombres divinos, de Dioniso el Pseudo-Areopagita. La doctrina era intrincada y profundísima. Fray Tomás estaba como distraído y ensimismado. Un condiscípulo, por compasión, se ofeció a repetirle la lección y él, humildemente, lo aceptó con gratitud. Un día, llega un momento en que el condiscípulo comienza a titubear, a enredarse, a confundir las explicaciones. Entonces fray Tomás repite puntualmente la lección del Maestro, añadiendo muchas cosas que el profesor no había dicho. El compañero le suplica sea él quien cada día le repita la lección. Accedió el "buey mudo" a ello, con la condición de que a nadie lo dijera. Pero al condiscípulo le falto tiempo para contárselo al Maestro de estudiantes, el cual, escondido, escuchó la repetición explicativa de la clase. Y también a éste le falta tiempo para contárselo al Maestro Alberto» (Ib. 35-36).

En las primeras biografías de Santo Tomás, las de Guillermo de Tocco y Bernardo Gui, así como en las actas del Proceso de Napóles para su canonización, es donde se encuentran narrados con detalle estos distintos momentos de su vida. En la primera de ellas, se cuenta también la siguiente anécdota:

«Otro día el Maestro explica una cuestión muy difícil. Fray Tomás toma notas afanosamente en una hoja, que perdió en la puerta de su celda. Encontró la hoja el Maestro de estudiantes. Al leerla se maravilló de la claridad y precisión del resumen. Y le entregó la hoja al Maestro Alberto, el cual le dijo que ordenara a fray Tomás que preparase para un acto académico solemne un tema muy difícil, a lo que el buen estudiante se resistía por humildad, pero no le quedó más remedio que aceptar por obediencia. Expusó el tema con claridad y competencia. El Maestro Alberto argüía en contra de la tesis mantenida por el ponente, el cual deshacía los argumentos y los resolvía satisfactoriamente. En aquel momento, el Maestro le dijo: "Fray Tomás, no parece usted un alumno que contesta, sino un maestro que define". A lo cual contestó con reverencia: "Maestro, no veo otra manera de responder". Y el Maestro, para poner a prueba el calibre de su inteligencia, le dijo: "Responda ahora con sus distinciones a este problema". Y le objetó cuatro argumentos tan fuertes que todos creyeron que fray Tomás estaba vencido y no podría responder. Pero, serenamente, con profunda sabiduría fue respondiendo a cada uno de los argumentos con claridad y definitivamente. Entonces Alberto el Grande dijo: "Nosotros llamamos a éste ‘buey mudo’, pero él dará tales mugidos con su doctrina, que resonarán en el mundo entero"» (Ib. 36-37).

Otro relato más conocido es el siguiente:

«Estaban los jóvenes estudiantes dominicos de Colonia en la recreación. Fray Tomás andaba como despistado y ausente, rumiando sus propios pensamientos y ordenando tal vez, en su mente las ideas que había ido recogiendo en la última clase. Un compañero se asoma a la ventana y, para divertir a los demás, le gasta al "buey mudo" una broma. "Fray Tomás, mira: ¡un buey que vuela!". El de Aquino, como si despertara de un sueño, se acerca a la ventana, con paso tardo y aplomado, restregándose los ojos, y mira fijamente, y vuelve a mirar para ver el prodigio. Todos los estudiantes estallan en una sonora carcajada, comprobando la simplicidad de Tomás. Pero el simple napolitano replica serenamente: "No tenéis por qué reíros; porque yo pienso que es más fácil que vuele un buey, que no el que un religioso mienta"» (Forcada, 1993, 37-38).

Después de estudiar durante tres cursos (1248-1251) en el Estudio General de Colonia, regentado por San Alberto, inició, con veintiseis años, su magisterio. Al cabo de un año, fue nombrado Bachiller bíblico de la Cátedra de extranjeros de la Universidad de París, que había quedado vacante. Después de un bienio pasó a ser Bachiller sentenciario, explicando durante otros dos años los famosos y difíciles Libros de las Sentencias, de Pedro Lombardo.

En esta primera etapa de su profesorado escribió el Comentario a los cuatro libros de las Sentencias del maestro Pedro Lombardo; y los importantes opúsculos Sobre el ente y la esencia, Sobre los principios de la Naturaleza, y Sobre la naturaleza de la materia y las dimensiones indeterminadas. Santo Tomás escribió muchísimo.

«Era un gran ecónomo del tiempo. Perder el tiempo hubiera sido para fray Tomás faltar a la pobreza. El tiempo era su única riqueza, y derrocharlo hubiera sido para él una falta grave. Por eso huía de las conversaciones inútiles» (Ib. 70).

De este período, cuentan sus biográfos el siguiente suceso, que confirma su humildad:

«En aquel tiempo los religiosos que tenían que salir del convento a la ciudad, después de pedir permiso al prior del convento, solicitaban del mismo prior la asignación de un fraile acompañante. Estaba fray Tomás de tránsito en el convento de Bolonia. Como era su costumbre, paseaba por el claustro, con la cabeza levantada y a grandes pasos, abstraído en altísima contemplación. En eso se le acerca un fraile que no lo conocía, diciéndole: "El padre prior me ha ordenado que el primer fraile que encontrara me acompañe a mis asuntos en la ciudad. y el primero que encuentro es a vos. El prior, pues, le manda que venga conmigo". Fray Tomás, inclinado la cabeza, lo siguió sin decir nada. Como el otro religioso era más ágil y caminaba más deprisa, el Maestro se iba rezagado, por lo que era reprendido por el compañero, excusándose humildemente y esforzándose por seguirle. Algunos ciudadanos de Bolonia, que conocieron a fray Tomás, admirados de que siguiera fatigosamente a un frailecito de poca condición, pensando que se trataba de algún error, le indicaron a éste quien era el acompañante. Entonces el buen fraile se volvió a fray Tomás y le pidió perdón, obteniendo inmediatamente indulgencia. Vueltos los ciudadanos al Maestro le preguntaron con toda reverencia por qué motivo había dado tal ejemplo de humildad. A lo qué el Santo respondió: "La obediencia es la perfección de la vida religiosa, por la que el hombre se somete al hombre por Dios, como Dios obedeció al hombre en favor del hombre"» (Forcada, 1993, 67-68).

Durante sus primeros años de docencias universitaria, Santo Tomás vivió en un ambiente de agitación y tensión, provocado por la oposición del profesorado del clero secular y seglar a que los maestros de las Ordenes mendicantes impartiesen la enseñanza universitaria. La oposición a los Dominicos era tan dura, que, en la apertura del curso 1255-1256, fue necesaria la intervención de la guardia del rey. En el siguiente curso, fue precisa una orden del mismo Papa, Alejandro IV, para que se admitiese a Santo Tomás en la Cátedra de Teología, a pesar de que ya había sido nombrado Maestro e impartía las clases magistrales.

Debe destacarse que, en ese trienio, el Aquinate escribió varios comentarios a distintas partes de la Sagrada Escritura y a obras de Boecio, el libro I de la Suma contra los gentiles, y las Cuestiones disputadas sobre la verdad.

También hay que señalar que «su prestigio como consejero llega a cautivar al Rey de Francia, San Luis, que siempre pedía su parecer en los asuntos más graves de su gobierno. Se decía que cuando el rey tenía que celebrar consejo, el día anterior hacía llegar a fray Tomás los temas para que los meditara y le diera su parecer. Lo que hacía puntualmente el fraile» (Ib. 47).

Después de estos siete años en París (1252-1259), pasó nueve años en en Italia. A partir de este momento tuvo ya como secretario al fraile dominico Fray Reginaldo de Piperno, que fue su amigo y confesor. Santo Tomás tenía trinta y cuatro años y él era más joven. En 1259, fue nombrado teólogo-consultor del Papa y Profesor del Studium Curiæ. Este Estudio General seguía a la Corte Pontificia. En Agnani, con Alejandro IV, impartió dos cursos (1259-1261). Con Urbano IV, cuatro en Orvieto (1262-1265).

Durante su estancia en esta ciudad, el Papa que gustaba conversar con él, le encargó, en 1264, el Oficio del Corpus. Los conocidos himnos eucarísticos Pange Lingua, Sacris Solemniis, Verbum Supernum, Lauda Sion son, por tanto, de Santo Tomás, y también se le atribuye el himno Adoro Te. Incluso parece que pueden atribuirsele sus melodías. Probablemente el Aquinate adquirió su competencia musical en la Schola cantorum de Monte Cassino (Sisto Terán, 1979, 204ss).

Santiago Ramírez, basándose en el Proceso de canonización de Santo Tomás en Nápoles, explica en su biografía del santo que «era el primero en levantarse por la noche, e iba a postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su celda para que nadie lo notase. El Santísimo Sacramento era su devoción favorita. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, muy al amanecer, y luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia» (Ramírez, 1975, 83-84).

Igualmente tenía una gran devoción a la Santísima Virgen.

«Un secreto que le reveló a fray Reginaldo, para gloria de Dios y para su consuelo, cuando estaba para morir en Fossanova. Que la Virgen María, Madre de Dios, se le apareció y le certificó sobre su vida y su ciencia, y que impetró de Dios y obtuvo para él todo lo que él deliberadamente le había pedido (...) Es un detalle muy curioso de la devoción del Santo a la Virgen, abonado por otra pincelada anotada por los investigadores, que constatan que en la redacción de la Suma contra los Gentiles, cuyo original se conserva en el Archivo Vaticano, en todas las páginas, al iniciar la escritura, está como sello de autenticidad la salutación angélica: "Ave María", de la mano del Santo» (Forcada, 1993, 88).

También enseñó dos años en Roma (1265-1267), en el Estudio General de Santa Sabina de los Dominicos, que se le había encargado fundar. Allí empezó la Suma Teológica, en 1267, y que no pudo terminar en los siete años que le quedaban de vida, en los que estuvo siempre preocupado por acabarla. También residió en Viterbo (1257-1269), en la Corte Papal de Clemente IV.

Durante estos años de su vida, Santo Tomás desplegó una intensa actividad como escritor. Redactó las Cuestiones disputadas sobre la Potencia de Dios y Sobre las Criaturas espirituales, su Comentario sobre el alma, e inició los comentarios a las restantes obras de Aristóteles. Escribió varias Cuestiones Quodlibetales (Quodlibet. VII-XI), comentarios a libros de la Sagrada Escritura, a Decretos dogmáticos, y al libro De divinis nominibus, del Pseudo-Dionisio. También terminó la Suma contra los gentiles (libros II-IV), preparó la primera parte de la Suma teológica y empezó la primera sección de la Segunda parte de la Suma.

Todavía vivió un segundo período en la Universidad de París. En 1269, el General de la Orden le había enviado allí para que volviese a ocupar la cátedra de Teología de extranjeros. Tal decisión obedeció a dos motivos: la reanudación de la lucha contra las órdenes mendicantes y la aparición de las doctrinas averroístas, que ponían en peligro la síntesis escolástica. Santo Tomás era la persona más adecuada para hacerles frente, por su experiencia en la anterior contienda y por sus grandes conocimientos de la filosofía aristotélica, en la que se basaban los averroístas. En Orvieto, Roma y Viterbo, el Aquinate había comentado las obras de Aristóteles, traducidas al latín, por el dominico griego, gran helenista, Guillermo de Moerbeke, penitenciario y capellán del Papa.

En la Facultad de Artes, los averroístas, capitaneados por el Maestro de artes Sigerio de Bravante, canónigo de San Martín de Lieja, ofrecían una sistemática aristotélica cerrada a la fe, porque quedaba en ella anulada la soberanía y la libertad de Dios y al mismo tiempo el carácter contingente y temporal de la criatura. No es extraño que la Facultad de Teología luchará, por tanto, contra el aristotelismo. Los teólogos censuraban a los filósofos el enseñar la eternidad del mundo, la existencia de un único intelecto para todos los hombres y la negación de la libertad e inmortalidad personal. Los «artistas» se escudaban en la doctrina evasiva de la «doble verdad». Se había desencadenado así una enorme polémica, que se ha llamado el «conflicto de las facultades».

En cambio, Santo Tomás había asumido la filosofía de Aristóteles, pero poniéndola al servicio de la doctrina sagrada. Había probado que esta tarea era perfectamente realizable, porque no veía la filosofía aristotélica incompatible con la fe cristiana, siempre que se depurara de las interpretaciones averroístas, que no eran conformes con el pensamiento propio de Aristóteles. Por ello, combatió al averroismo latino no sólo desde el ámbito de la fe, sino también desde el mismo aristotelismo.

Esta posición se refleja en toda su obra escrita, principalmente de esta época, que quedó muy incrementada. Continuó escribiendo los comentarios a las obras de Aristóteles, redactando su mayor parte. Terminó la primera sección de la segunda parte de la Suma Teológica y escribió toda la segunda sección de esta misma parte. También fueron redactadas, en esta segunda estancia en París, la mayoría de las Cuestiones disputadas, como la dedicada al mal (Sobre el mal) y a la Encarnación (Sobre la unión del Verbo encarnado). Además de varios opúsculos, continuó también escribiendo comentarios a libros de la Sagrada Escritura.

De esta época, se cuentan tres sucesos.

«El primero es una prueba de habilidad y de humildad extraordinaria, llena de elegancia caballeresca. Se examinaba un religioso en París delante del Canciller y del claustro de profesores para obtener el grado de magisterio. En el ejercicio de la víspera, el licenciado, al plantear la cuestión, sostenía una opinión contraria a la verdad, que fray Tomás había explicado en su clase. Muy paciente, y no sintiéndose como contradicho por el presentado, todavía novicio, lo dejó pasar, con tranquilidad de mente y de palabras. Y volviendo al convento, acompañado de los estudiantes y de su socio, los cuales, no pudiendo soportar la injuria que acababa de recibir el Maestro, le dijeron: "Maestro, nosotros hemos sido gravemente ofendidos en vuestra persona, porque aquel Maestro no debía haber dicho nada contra vuestra opinión, y vos no debíais tolerar esta injuria delante de todos los maestros parisienses". A lo cual, tranquilo en sus palabras y en su mente, respondió: "Hijos, me pareció que al principio de su magisterio debía perdonar al examinando, para que no fuera confundido delante de todos los maestros. No dudo de mi doctrina, por más que la contradijera el aspirante al doctorado. Bien sabe Dios que la he defendido con las autoridades de los Santos y con la verdad de la razón. Sin embargo, si a vosotros os parece lo contrario, mañana podré suplir lo que omití"».

Se continúa el relato, narrando que «al día siguiente fueron al aula del Obispo para proseguir el examen fray Tomás y los estudiantes, y el licenciado planteó las mismas cuestiones que la tarde anterior, sin ninguna corrección. El Maestro Tomás con toda moderación, le dijo: "Ésta vuestra opinión no puede mantenerse, si hay que salvar la verdad, porque va contra tal Concilio. Es necesario que respondáis de otra manera, si no queréis ir en contra o discordar del Concilio".

«Entonces el examinando, aun hablando de otra manera, no cambió el fondo de la cuestión. El Maestro arguyó de nuevo aduciendo la doctrina del Concilio, obligándole a confesar su error y pidió humildemente al Santo que quería conocer más plenamente la verdad. Entonces fray Tomás dijo: "Ahora decís bien", y le enseñó lo que debía mantener según la verdad. Todos quedaron admirados de la serenidad de su mente y sus palabras, porque argüía como si enseñara a un discípulo» (Forcada, 1993, 54-55).

El segundo suceso ocurrió en París.

«Fue que un día San Luis, rey de Francia, lo invitó con el prior a comer en su mesa, aunque él se excusaba humildemente por el trabajo que llevaba entre manos en la redacción de la Suma teológica, que estaba dictando en aquellos días. No pudiendo eludir el compromiso ante el Rey y ante el mandato del prior, dejando el estudio y recogimiento de la celda, fue a la casa del Rey y se sentó en la mesa junto al Rey. De repente golpeó fuertemente la mesa, diciendo: "Ahora se ha acabado contra los maniqueos". El prior le agarró con fuerza de la capa y le dijo: "Maestro, advertid que ahora estáis en la mesa del Rey de Francia". Inmediatamente, como quien despierta de un sueño, se inclinó ante el Rey santo, le rogó que le perdonara, porque se había distraído estando en la mesa regia. De lo cual el rey se admiró y edificó... El mismo Rey proveyó para que aquella reflexión que pudo distraer la mente del Doctor no se perdiera. Y llamando a su secretario quiso que se recogiera por escrito, delante de él, lo que el Doctor había descubierto contra los maniqueos» (Ib. 55-56).

El tercero, no tan conocido como el anterior, es el siguiente:

«Regresando un día con sus estudiantes de la Iglesia de san Dionisio, a donde habían ido para visitar las reliquias de los santos y el monasterio, viendo de cerca la ciudad de París, le dijeron los estudiantes: "Maestro, ved que hermosa es la ciudad de París ¿Querríais ser señor de esta ciudad?". Pensaban que les diría alguna palabra de edificación. Fray Tomás respondió: "Con mucho mayor gusto tendría las homilías del Crisóstomo sobre el Evangelio de San Mateo"» (Ib. 56).

Hubo un tercer frente en el que tuvo que luchar Santo Tomás: la polémica con los seguidores de la antigua escolástica de la Facultad de Teología. La defensa de la ortodoxia de su empresa de integración del aristotelismo en la síntesis teológico-filosófica cristiana, tuvo que realizarla con grandes esfuerzos. La escolástica tradicional, al combatir el averroísmo, impugnó todo el aristotelismo, y, por este motivo, consiguió que se llegaran a condenar como heteredoxas tesis sustentadas por el Aquinate.

Si en el frente de los maestros seculares estaba el Profesor de Teología Guillermo de Saint-Amour, canónigo de Baeuvais, y después Gerardo de Abbeville y Nicolás de Lissieux, y en el de los averroístas estaba Siger de Bravante, el nuevo frente estaba capitaneado por Juan Peckam, franciscano inglés.

«En el año 1270, en una discusión pública, en presencia del obispo, que está preparando la condena de las principales tesis averroístas, embiste contra fray Tomás, que es su contricante (...) Peckam es arrebatado, colérico, y con frases ampulosas y provocadoras trata de convencer a los asistentes y de irritar y descomponer a fray Tomás. Pero éste no pierde la serenidad, sino que contesta con perfecta lógica, con exactitud y prudencia a las impertinencias del contrincante. Las invectivas y despropósitos del adversario no le inmutan. Muchos de los asistentes empujan a fray Tomás a argumerntar en el estilo del oponente. Pero él no pierde la calma» (Ib. 104).

Antes de finalizar el curso 1271-1272, los superiores ordenaron su regreso a Italia, para que fundará un estudio General de Teología en Nápoles, agregado a su Universidad. Santo Tomás, además de impartir sus lecciones, escribió, en esta ciudad, el Compendio de Teología, continuó los comentarios a la Escritura y la tercera parte de la Suma Teológica, hasta la cuestión noventa inclusive.

En este último tiempo de su vida, vivió con gran intensidad los misterios de la vida de Cristo y de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía.

Se cuenta que «en la iglesia del convento de Nápoles, el 26 de marzo de 1273, domingo de Pasión, celebra la Eucaristía, a la que asisten muchos caballeros y frailes. En el decurso de la celebración se le vio absorto en la contemplación del misterio y como si sufriera las penas de Jesucristo, llorando copiosamente. Estando así mucho rato, se acercaron los frailes y lo sacudieron para que prosiguera la misa. Y, al acabarla, los frailes y caballeros más amigos le pideron que les manifestara lo que le había pasado, al menos para que pudieran edificarse. Pero no quiso decirles una sola palabra» (Forcada, 1993, 58).

El día 3 de diciembre de 1273 deja de dictar. Según sus biografos, «está tratando del sacramento de la penitencia y el 5 de diciembre termina la cuestión 90 de la tercera parte de la Suma. Al día siguiente, fiesta de San Nicolás, celebra misa en la capilla del mismo Santo, lugar en que cada día celebraba. Ha tenido durante la misa un arrobamiento prolongado y ha derramado muchas lágrimas. Oye otra misa, pero no ayuda en ella. Está inmovil, de rodillas, hecho un mar de lágrimas (...) Viendo fray Reginaldo, que el Maestro había cesado de escribir, le dijo: "Padre, ¿por qué dejas una obra tan grande que redundaría en alabanza de Dios y sería para luz del mundo?" A lo que respondió el Maestro: "Reginaldo, no puedo". Temiendo fray Reginaldo que el mucho estudio le hubiera debilitado la mente, le insistía siempre para que continuase escribiendo. Y fray Tomás le respondía: "Reginaldo, no puedo, porque todo lo que he escrito me parece paja"» (Ib. 59).

Le dijo más adelante:

«Hijo Reginaldo, te digo en secreto para que no lo reveles a nadie mientras yo viva: ha llegado el fin de mi escritura, porque me han sido reveladas tales cosas que todo lo que he escrito me parece muy poca cosa. Por eso espero de mi Dios, que así como ha llegado el fin de mi enseñanza, así será pronto el fin de mi vida» (Ib. 61).

Con el intento de que se recuperara, el médico y el prior decidieron enviarle a pasar unos días al castillo de San Severino, de su hermana, la condesa Teodora.

«El viaje le resultó pesado y fatigoso. Tuvieron que detenerse algún día en Salerno. En el convento de allí (...) su socio Reginaldo y fray Jacobo de Salerno, el hermano cooperador asignado a su servicio, son testigos de que "estando en Salerno en el convento de los frailes, fue visto el Doctor, hallándose en oración ante el altar mayor después de los matines, por los dichos fray Jacobo y por su socio, que le observaban curiosamente, elevado como dos codos sobre la tierra"» (Ib. 60).

Sin recuperación alguna, regresaron a Nápoles.

«Al Maestro fray Tomás de Aquino le parecía paja todo lo que había escrito. Pero Jesucristo pensaba de otra manera. Lo comprobó fray Domingo Caserta, sacristán en el convento de Nápoles: "Advirtiendo fray Domingo que el Maestro Tomás bajaba desde su celda a la Iglesia antes de los maitines, y cuando sonaba la campana para los maitines volvía rápidamente a su celda para no ser visto por los demás, una vez lo observó con curiosidad. Y acercándose por detrás a la capilla de San Nicolás, en donde permanecía muy quieto en la oración, lo vio con dos codos elevado en el aire. Mientras admiraba esto, escucho allí mismo, en donde estaba el doctor orando con lágrimas, una voz que procedía del crucifijo: ‘Tomás, has escrito bien de mí: ¿que merced quieres?’. A lo que respondió fray Tomás: ‘Señor, no otra sino a ti’. En este tiempo estaba escribiendo la tercera parte de la Suma, sobre la pasión y la resurrección de Cristo. Después de escribir esto, ya escribió muy poco, por las cosas maravillosas que el Señor le reveló"» (Ib. 61-62).

A últimos de enero de 1274 se pone en camino hacia Lyon, para participar en II Concilio de Lyon, al que había sido convocado por el Papa Gregorio X. Ello suponía varias semanas de caminar, con tiempo frío. Como ha notado Abelardo Lobato, «Tomás fue un itinerante que recorrió a pie unos 15.000 Km., por los tortuosos senderos de la Europa medieval, y supo lo que eran los asaltos, las tormentas, la sed y el hambre de un caminante que, mientras iba de camino, tenía que mendigar el pan. No es habitual la imagen de Tomás fraile predicador itinerante, pero es muy exacta» (Lobato, 1994a, 19).

Le acompañaban fray Reginaldo y fray Santiago de Salerno.

«Al pasar por la ciudad de Teana se les unen el señor Guillermo, abad de Teana, que después será obispo allí, y un sobrino suyo, que luego fue deán. El camino que les llevaba a Borgonuovo era angosto, entre ribazos y bien poblado de árboles. Un árbol había caído atravesado en el camino, y fray Tomás, que iba cabalgando en su mula, no lo advirtió. Al pasar por allí se dio un buen golpe en la cabeza. Fray Reginaldo corrió a ver lo que le había sucedido, preguntándole: "¿Se ha hecho daño con el golpe?". A lo que fray Tomás contestó: "Un poco"» (Forcada, 1993, 114-115).

Se dirigen después al castillo de Maenza, de la condesa Francisca, sobrina del Aquinate. Santo Tomás empeora y pierde el apetito.

«Llamado el médico, Juan Guido de Piperno, y preguntándole qué alimento le apetecía, respondió que comería arenques frescos, como los había comido en Francia. El médico quedó contrariado, proque allí no se podían encontrar arenques frescos. Fray Reginaldo fue a la plaza del castillo, encontrando a un repartidor o vendedor ambulante de pescado, llamado Bordonario, que venía de Terracina con unas cestas de pescado y, preguntándole qué peces llevaba, le contestó: llevo sardinas. El fraile le hizo abrir las cestas y encontró una llena de arenques frescos. El vendedor de los peces aseguraba que el había comprado sardinas, pues en aquellas tierras nunca se hallaban arenques frescos. Fray Reginaldo fue corriendo a dondé estaba fray Tomás y le dijo: "Maestro, Dios ha cumplido vuestra voluntad y tenéis lo que deseáis, porque se han encontrado arenques frescos". Y él contestó: "¿De dónde han venido y quien los ha traído aquí?", a lo que contestó el socio: "Dios os los envía"» (Ib. 115).

Después de ocho días, «la enfermedad se agravaba y, dándose cuenta el enfermo, dijo:

"Si el Señor quisiera visitarme, es mejor que me encuentre en una casa de religiosos que en casa de los seglares". Y se hizo trasladar al monasterio de Fossanova. El abad del monasterio, refiere los hechos: "En llegando al monasterio, al entrar en el mismo, el testigo oyó que fray Tomás dijo: ‘éste es mi descanso por los siglos de los siglos: aquí habitaré, porque lo he elegido' (Sal 132, 14)"» Forcada, 1993, 116).

El abad Teobaldo y los monjes de la abadía cisterciense de Fossanova, que tenían gran amistad con Santo Tomás, por haberles visitado éste muchas veces, cuando iba o venía de Roma a Nápoles, le cuidaron muchísimo, procurando que no pasase frío, pues sabían que Santo Tomás era muy sensible a él. A petición de algunos monjes que le pidieron que les dejase un recuerdo de su paso por el monasterio, les comentó brevemente el Cantar de los cantares.

El 5 de marzo de 1274, recibió la comunión del abad. A la pregunta que le formula:

«"¿Crees que en esta hostia consagrada está el verdadero Hijo de Dios, que nació de la Virgen y por nosotros fue clavado en la Cruz, murió y resucitó al tercer día?". El enfermo, desde el suelo, contesta: "Creo de verdad y sé de cierto que este es el Redentor, Dios y hombre, el Hijo del eterno Padre e hijo de la Virgen María, el Señor Jesucristo. Así lo creo de corazón y lo confieso con mi boca". A continuación añadió: "Te recibo, precio de la redención de mi alma, viático de mi peregrinación, por cuyo amor estudié, vigilé y trabajé. Te prediqué, te enseñé y nunca dije nada conscientemente contra ti. Pero si algo he dicho menos bien contra este sacramento, o de otros, lo dejo todo a la corrección de la santa Iglesia romana, en cuya obediencia salgo de esta vida"» (Ib. 119).

Al día siguiente, recibe el sacramento de la unción de los enfermos.

«Antes de recibir el viático pidió a fray Reginaldo que oyera la confesión general de sus pecados. El confesor quedó tan admirado de la sinceridad y de la materia de sus faltas que dijo, después de su muerte, que había sido una confesión de un niño de cinco años» (Ib. 119). Al día siguiente, miércoles, 7 de marzo, a la madrugada, falleció.

San Alberto Magno, que conoció por divina revelación el momento de la muerte de Santo Tomás, «estaba en el convento de dominicos, de Colonia, sentado a la mesa en presencia del prior y de algunos frailes. De repente comenzó a llorar. El prior le preguntó por el motivo de su llanto. Alberto le contestó: "Ha muerto mi hijo fray Tomás, flor del mundo y luz de la Iglesia"» (Ib. 121).





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