martes, 3 de noviembre de 2009

El Camino de la Ciencia Moderna - Mario Caponnetto

El Camino de la Ciencia Moderna
Dr. Mario Caponnetto

Material de Lectura para la Décima Clase Magistral del Curso sobre "Historia del Pensamiento Moderno


[Especial para el Centro Pieper]


Introducción

El problema de la ciencia y, sobre todo, de su relación con la técnica y con la ética, constituye un tema de particular interés en el ámbito de la reflexión filosófica de nuestro tiempo. Pero cuando se intenta abordar este problema se advierte que, en realidad, él constituye el punto final de llegada, por el momento, de un cierto camino que las ciencias han recorrido en los últimos siglos. Es el camino de la Ciencia Moderna que nos ha conducido hasta aquí y nos ha colocado en una situación altamente problemática. En consecuencia, se impone el análisis, siquiera somero, del aludido camino para lograr llegar, con algún éxito, a la comprensión de nuestras dificultades actuales. Se trata, por cierto, de una larga historia, imposible de abordar, siquiera sumariamente, en este breve escrito. Pero se pueden señalar algunos puntos esenciales.

Para seguir el camino de la Ciencia Moderna es necesario remontarse hasta sus puntos iniciales y seguir, a partir de ellos, el recorrido del camino. ¿Cuáles son esos puntos iniciales y cuáles las etapas del camino? El examen histórico nos permite mencionarlos secuencialmente con la habitual relatividad de este tipo de análisis. Así, la Ciencia Moderna se inicia, en cierto modo, con el Nominalismo del siglo XIV. Sigue con la Nuova Scienza, surgida de Bacon, de Descartes, de Vico, en los siglos XVI y XVII con su rasgo marcadamente operatorio y utilitario al servicio de un proyecto de poder (tantum possumus quantum scimus). Es puesta a punto en el siglo XVIII con la crítica kantiana. Se hace utopía mesiánica con el cientificismo decimonónico. Se plasma como proyecto de vida (Ortega y Gasset) o como desocultamiento del ser (Heidegger) en la tecnociencia, hoy dominante.

Por lo dicho, resulta evidente que la Ciencia Moderna inicia su camino en términos relativamente recientes si se tiene en cuenta que, contando a partir de los primeros filósofos y científicos presocráticos (siglo VII AC), el siglo XIV (al que hemos fijado como el inicio del camino a examinar) fue precedido de veinte siglos de reflexión y tradición filosófica y científica. Un período vastísimo y enormemente rico, por cierto. En este extenso periplo se gestó la que vamos a llamar la Ciencia Antigua y Medieval.

Ahora bien, cuando se analizan los principios y fundamentos de la Ciencia Moderna se cae en la cuenta de que ellos proceden de una ruptura respecto de los principios y fundamentos de la Ciencia Antigua y Medieval. El camino de la Ciencia Moderna es, en esencia, un progresivo apartamiento de la Ciencia Antigua y Medieval. Este hecho nos obliga a examinar el camino de la Ciencia Moderna en inevitable cotejo con la Antigua y Medieval.

Podemos, pues, en principio, establecer dos paradigmas científicos: el antiguo, elaborado por la tradición filosófica, y el moderno elaborado a lo largo de un camino de casi siete siglos.


Los dos paradigmas

En el paradigma científico de la tradición filosófica regía el concepto de unidad del saber. Las ciencias se distinguían y eran autónomas pero todas ellas, en cuanto eran conocimiento de la realidad, respondían a una unidad plural, análoga y jerárquica. La Filosofía Primera o Metafísica (conocimiento de las realidades no sensibles) era la principal de todas. A ella seguía la Filosofía de la Naturaleza (que era un conocimiento filosófico del mundo visible y sensible). Venían, a continuación, las Matemáticas, entendidas como ciencias eidéticas y no sólo como cálculo. Todas estas componían el conjunto de las llamadas ciencias especulativas. Luego proseguían las Ciencias Prácticas o Morales (Ética, Política y Economía). Por último se ordenaban las Técnicas o Artes que poseían diversos objetivos vinculados con las necesidades de la vida práctica y sensible del hombre. Con la llegada del Cristianismo, aparece la Teología Sagrada (conocimiento de Dios y de todas las cosas a la luz de la Fe unida a la razón natural). Esta Teología alcanzó el primer puesto por sobre la Metafísica. Este ordenamiento constituyó el llamado Árbol de las Ciencias, característico del esplendor de la Edad Media.

El sustento filosófico de todo este edificio fue el realismo: la realidad es una y múltiple a la vez. Toda ciencia es conocimiento de la realidad. La realidad otorga el principio de unidad, distinción y jerarquización de las ciencias. Una ciencia es más alta y más noble cuanto más alto y noble es el aspecto de la realidad que consideraba. Las ciencias, en consecuencia, se especifican por sus objetos antes que por su método.

2. El paradigma científico moderno, por su parte, concibe a la ciencia como producto del pensamiento humano. La realidad se pierde, en cierto modo y se inicia un proceso de progresiva desontologización del conocimiento científico. La Teología y la Metafísica no se reconocen como ciencias (Kant, por ejemplo, sostiene la imposibilidad de establecer a la Metafísica como una ciencia). La ciencia se reduce a la llamada “ciencia positiva y experimental” cuyo cometido no es tanto comprender el mundo sino dominarlo. Estas ciencias se independizan y desprenden tanto de las antiguas ciencias especulativas como de las ciencias prácticas. Adquieren un extraordinario avance. La primacía la tiene, ahora, la Matemática (Descartes). Aparece el positivismo. Sólo es cierto lo que puede ser medido y experimentado. Imposición de un modelo único de ciencia que se reconoce como válido.

En la base de este paradigma están dos grandes corrientes, a saber, el idealismo y el empirismo. Para el primero, es el pensamiento el que crea a la realidad. Para el segundo, el conocimiento sólo se basa en la experiencia positiva sensible y mensurable.


El camino de la Ciencia Moderna

Del cotejo de ambos paradigmas surge, con suficiente evidencia, que la Ciencia Moderna se desarrolla en franca ruptura con la Ciencia Antigua y Medieval como afirmamos al principio.
Visualizamos cuatro grandes puntos de ruptura, a saber:

1. La pérdida del ser (del ente, dicho con mayor precisión) como fundamento y principio resolutivo de las ciencias especulativas. Esto quiere decir que la realidad del ente ya no es más la medida del intelecto humano. El fundamento es, ahora, el cogito. Podemos llamar a este fenómeno el gran giro epistemológico de la Ciencia Moderna.

2. Se pierde la preeminencia del saber especulativo sobre el saber práctico lo que introduce una profunda distorsión del orden jerárquico de las ciencias.

3. La recusación del ente, al cambiar el fundamento de la ciencia y distorsionar sus relaciones jerárquicas, implica, de hecho, la recusación del cimiento mismo de la unidad del saber. El resultado es la dispersión y la fragmentación, casi ad infinitum, del saber científico.

4. La pérdida del bien en las ciencias prácticas. Se pierde el bien honesto en la Ética y, consecuentemente, el Bien Común en la Política. El bien deleitable y el bien útil, en su armónica integración con la totalidad de la existencia humana, se pierde en las actividades técnicas productivas. En su lugar, la técnica moderna, entroniza la eficacia.


A dónde nos ha conducido, hasta el presente, el camino de la Ciencia Moderna

Ocurre, al día de hoy, que el paradigma científico moderno, aun cuando su vigencia sigue siendo relevante, ha entrado en una cierta crisis o al menos ha sido objeto de ciertos cuestionamientos que parecen profundizarse.

Tal vez, parafraseando a Freud, podemos hablar del malestar en la ciencia, malestar que ha sido y es objeto de continua reflexión y aún de preocupación por parte de los espíritus más elevados y sensibles de este tiempo.

El punto central reside en esto: se advierte, se constata, que la realidad no entra en los límites de la ciencia o de lo que entendemos por ella. Así como el universo físico terminó por desbordar la Física de Newton y de Galileo (una ciencia exacta de un mundo estrictamente imposible como se la ha llamado alguna vez), del mismo modo el universo humano rebasa los límites acotados y rígidos del positivismo. De este modo, no sólo las ciencias de la naturaleza sino, también las ciencias del espíritu (siguiendo la tipología establecida por Dilthey) han interpelado y recusado al paradigma científico de la Modernidad, a lo menos en algunos aspectos parciales, sin que esto implique, desde luego, recusar ninguno de sus innegables logros.

Esta constatación de la estrechez del esquema cientificista y positivista ha dado lugar a esa situación que Raimundo Paniker describe como “el descubrimiento intracientífico de que la ciencia por sí sola no basta para explicar la realidad material que tiene delante” (véase su obra Ontonomía de la ciencia, Madrid, 1961, p. 50). Podemos llamar a esto la conciencia de situación científica, hoy presente en vastos sectores de la ciencia y la investigación.

Sin embargo, esta conciencia de situación científica, muy valiosa ciertamente, no alcanza por sí sola para encontrar los medios que nos permitan remontar las dificultades actuales.

Tales dificultades pueden reducirse a tres:
1. Dificultad en la comprensión de lo real: crisis de la razón teorética.
2. Dificultad de lograr un adecuado equilibrio de la relación comprensión del mundo – eficacia dominadora: crisis de la razón práctica.
3. Dificultad en armonizar la eficacia con la conciencia moral: crisis de la razón ética.

Esta triple dificultad, con su triple crisis, ha sido señalada, en cierto modo, en la Constitución Conciliar Gaudium et spes, cuando en el n. 8 afirma:

“Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligencia práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a dominar y ordenar la suma de sus conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota también el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias de la conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y a las exigencias de un pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge, finalmente, el desequilibrio entre la especialización profesional y la visión general de las cosas”.

Aclaremos que estas dificultades y estas crisis constituyen un problema existencial que afecta y atraviesa la entera vida del hombre contemporáneo.


Al final, tenemos un desafío

La Ciencia Moderna en su largo camino nos ha puesto, finalmente, frente a un gran desafío: resolver hasta dónde sea posible las dificultades planteadas y superar la triple crisis que la acompaña.

¿Significa esto recusar la Ciencia Moderna? Téngase presente la sentencia de los Padres que Santo Tomás repite tan a menudo: Todo lo bueno y verdadero, diga quien lo diga, procede del Espíritu Santo. En consecuencia, el primer paso consiste en descubrir, con espíritu abierto, qué cuota de bondad y de verdad hay, no tal vez en los fundamentos de la Ciencia Moderna que han sido expuestos, pero sí en sus realizaciones históricas porque así como no existe el mal absoluto tampoco existe el error absoluto.

Fundados en los principios del paradigma antiguo y medieval, es posible hacer nuestro propio aporte procurando seguir dos direcciones:

1. Una, epistemológica atendiendo a la constitución de una renovada filosofía de la ciencia.
2. Otra, histórica asumiendo una actitud concreta frente a las actuales dificultades.

En cuanto a la dirección epistemológica será necesario actualizar el fundamento metafísico último de la unidad del saber. Volver a una auténtica verificación de las conclusiones científicas (por la via iudicationis de la tradición escolástica), donde ella sea posible, en los primeros principios del conocimiento especulativo y práctico, sin limitarse a la simple comprobación a la luz de hipótesis probables o acudiendo al principio de falsación (Karl Popper) que invierte radicalmente el criterio valorativo del conocimiento científico pues la validez científica de cualquier proposición no reside en su verificación sino en la posibilidad cierta de que, en algún momento, se muestre falsa. Distinguir ciencia probable y conjetural de ciencia cierta. Restablecer el criterio de la subordinación de cada ciencia a los principios resolutivos que en cada caso corresponda; por ejemplo, renovar la Psicología moderna desde la vieja Ciencia del alma, la Política desde la Ciencia Moral, la Física desde la Filosofía de la Naturaleza, etc.

Esto puede abrir la posibilidad de que las ciencias actuales adquieran conciencia del valor pero, la vez, de los límites de sus contenidos, lo que traería aparejada una humildad científica que se echa de menos.

Por último, en cuanto a la dirección histórica, esforzarse en una concreta tarea de interacción y diálogo entre la Ciencia Moderna y la Filosofía de la Tradición fijando, de antemano, condiciones adecuadas para ello. En principio deberá prevalecer una mentalidad integrativa que tienda a la complementariedad de los enfoques, siempre hasta dónde sea posible y sin dejar de tener muy en cuenta la existencia de dificultades insalvables o muy difíciles de superar.



Mario Caponnetto
[Especial para el Centro Pieper]



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