martes, 4 de junio de 2013

Recuerdos de Carlos Alberto Sacheri - Alberto Caturelli

Recuerdos de Carlos Alberto Sacheri
Alberto Caturelli


Extracto del escrito del Dr. Alberto Caturelli realizado especialmente para el libro “Sacheri: Predicar y Morir por la Argentina” del Dr. Héctor Hernández


Han transcurrido casi treinta años desde su martirio. No he dejado un solo día de tenerlo presente en la Santa Misa en el memento de los que han partido y nos esperan. Sé que él no lo necesita, pero sé también que aplicará mis oraciones a quienes más lo requieran.


En lo de Meinvielle

No recuerdo bien el día exacto en el cual nos conocimos. Yo soy mayor que Carlos Alberto y debo haberlo encontrado en una de mis visitas al Padre Julio Meinvielle, entre los años 1952 y 1954. Era estudiante de derecho y discípulo muy querido del Padre Meinvielle. Recuerdo muy bien su hermosa juventud llena de fervor y de virtudes cristianas. Pronto se hizo amigo de Celia, mi mujer. Era la época de mis primeros libros, entre ellos mi tesis doctoral sobre «El pensamiento de Mamerto Esquiú» que publicó la Universidad de Córdoba en 1954. Un estudio de Sacheri sobre este libro fue su primera publicación, aparecida en el n° 54 de la revista Presencia que dirigía el P Meinvielle. Carlos Alberto tenía veintiún años y yo veintisiete.

[…]

Para nosotros no era ni es ni será retórica piadosa el Instaurare omnia in Christo. Ése era el objetivo de nuestras vidas. Sabíamos, sé, que nos cierra muchas puertas y engendra poderosos e implacables enemigos. Que así sea.


Regalo de Carlos

En 1958 partí a Europa por primera vez. A mi regreso, el 11 de octubre junto a mi mujer y a mi hijo mayor, entonces un niño que precisamente ese día cumplía sus seis años, estaba Carlos Alberto. A la tarde, acompañado por su novia María Marta, alegremente llevó a nuestro hijo a visitar el Zoológico y a tomar la merienda; culminó su labor afectuosa regalándole una gorra de granadero, que el niño durante mucho tiempo conservó. Esos días en Buenos Aires los pasamos muy bien hablando de cuanto nos unía y nos unió siempre. Cada uno seguía cumpliendo su misión que era, en realidad, la nuestra, la de siempre y para siempre. Nosotros ya teníamos cuatro hijos y llegarían después cuatro más. Los Sacheri tuvieron siete.


Una visita interrumpida

Durante un tiempo nos vimos menos. Mientras yo trabajaba como un volcán en erupción, Carlos Alberto ahondaba sus estudios, publicaba sus artículos primeros y viajaba al Canadá, a la Universidad Católica De Laval, donde se doctoró en Filosofía. Estuvo en Canadá, si no me falla la memoria, entre 1963 y 1967. El 21 de julio, antes de viajar a La Cumbrecita, en las sierras cordobesas, los Sacheri estuvieron en casa tomando el té: memorable visita, no sólo porque actualizaba un antiguo afecto y ponía al día preocupaciones comunes, sino porque fue abruptamente interrumpida por un desesperado llamado telefónico que me recordaba que en el Simposio Internacional reunido en el Sierras Hotel de Alta Gracia, la gente me esperaba para escuchar mi conferencia... que yo había olvidado, tenía a esa hora. Saludé a mis amigos, y salí desalado dejándolos con Celia.


"Yo admiraba a Sacheri"

Aunque hablamos del tema, no alcancé a conocer su tesis sobre “Necesidad y naturaleza de la deliberación”, cuya versión dactilográfica, aún inédita, es de 1968. Confieso que siendo yo algo mayor, admiraba a Carlos Alberto: ante todo, admiraba sus virtudes, su calidez humana, su coraje, su catolicismo ejemplar, su inteligencia clara y sistemática, admiraba al hombre cristiano todo entero, de una sola pieza.


La Iglesia clandestina

Mientras tanto, los problemas del país y de la Iglesia nos comprometían cada vez más. […] Sacheri salió al frente a dar batalla con un coraje y una entrega sin residuos y sin cálculos. Mientras yo organizaba el II Congreso Nacional de Filosofía que me hizo sufrir indeciblemente, Sacheri emprendía su combate contra "La Iglesia (o pseudo Iglesia) clandestina". Mientras en 1971 yo lograba dar culminación a aquel Congreso que poco más tarde en la Facultad produjo hechos terribles que no voy a recordar aquí, Sacheri publicaba el libro “La Iglesia clandestina” que tuvo tres ediciones en un año. Estuvo en Córdoba y habló sobre el tema en el Salón del Colegio de la Inmaculada. Nos vimos nuevamente y reafirmamos el antiguo afecto, ahora templado en la camaradería y hermandad que genera el mismo combate contra el mismo enemigo. Estuve convencido y estoy convencido que “La Iglesia clandestina” fue el motivo principal de su muerte.


Compartir la tribuna

Volvimos a encontrarnos con ocasión de unas jornadas sobre doctrina social de la Iglesia en 1974, donde hablaron también el P. Armelín, José María de Estrada y Juan Casaubon, entre otros. Uno de esos días, María Marta, Carlos Alberto, Celia y yo nos amanecimos en casa de una amiga en Belgrano, en larga y ardua discusión con un Padre jesuita. Esa madrugada, Sacheri nos llevó en su auto al Hotel Carlson, en Viamonte casi esquina Florida. Fue la última vez que nos vimos en este mundo.


22 de diciembre

A fines de diciembre de 1974, fuimos a vivir a nuestra casa de las sierras. El 23, recibimos la visita insólita de una cuñada y una amiga íntima y vecina. Estuvieron toda la tarde hasta que percibí que tenían algún motivo no declarado para visitarnos. La "Payita", tal es el apodo de nuestra amiga, me habló a solas para darme la noticia del asesinato de Sacheri. Quedamos deshechos. Regresamos inmediatamente a Córdoba, porque queríamos viajar a Buenos Aires, para asistir al sepelio (contra la voluntad de mi cuñada y de mi amiga, de que viajara a Brasil). Ni en avión, ni en ómnibus, ni en tren había pasajes. Sólo nos quedamos con nuestro dolor y nuestras oraciones que, desde aquel día, no han cesado ni cesarán.

Santo varón, católico ejemplar, hombre de una pieza. Cristo-Jesús y su Madre Santísima, lo tienen con ellos. Para siempre.



Alberto Caturelli
Córdoba, 15-7-03 
Festividad de San Buenaventura



Tomado de: Héctor H. Hernández, Sacheri: Predicar y Morir por la Argentina,
Vórtice, Buenos Aires 2007, págs. 854-858.





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