lunes, 3 de marzo de 2014

Un Ejemplo de «Distinción Cristiana»: Los Ángeles en la Divina Comedia de Dante y en las Elegías de Duino de Rilke - Inés de Cassagne

Un Ejemplo de «Distinción Cristiana»: 
Los Ángeles en la Divina Comedia de Dante y en las Elegías de Duino de Rilke
Inés de Cassagne


Intervención en las Jornadas Guardinianas
“Homenaje a Romano Guardini en el 40 Aniversario de su Muerte”, 
Centro Sabiduría Cristiana, Buenos Aires, Argentina,
17 de octubre del 2008.


Visión Cristiana del Mundo

Cuando Romano Guardini, en 1923, fue convocado para enseñar en la Universidad de Berlín, como su cátedra no iba a entrar en ninguna carrera sino era externa y libre, eligió dictar “Visión Cristiana del Mundo” siguiendo el consejo de su amigo Max Scheler. Debía analizar grandes obras literarias. Ciertamente esto implicaba adentrarse en el universo poético propiamente dicho, para lo cual estaba preparado gracias a su fina penetración y aguda sensibilidad, y, en ese mismo terreno atentamente observado, en su relación con la existencia y dentro de ella, sumaba su experiencia religiosa para reconocer y destacar “lo cristiano” a partir de la Revelación por él conocida y vivida a fondo.

Justamente, la consideración de obras poéticas le proporcionaba el acercamiento vital a lo “concreto” que, según él, es propio de la intención de la Weltanschaung: “una visión dirigida a la totalidad del ser, concebido éste como un ser concreto y determinado, y no visto con indiferencia sino como en un «encuentro»” (pp.14-15). “El hombre entero –explica– se halla implicado en él, en una actitud especial: la actitud contemplativa”, que presupone la pureza de la mirada, sin perder la actitud seria y responsable de quien está dispuesto a entrar en “diálogo” con el mundo, y dar una “respuesta” personal. Así, la Weltanschaung reclama más que una mera percepción estética y más que una captación filosófica de puras esencias, pues presupone y reúne ambas intenciones en “tensión”, para no perder lo valioso de ambos aportes: lo singular y lo universal.


Christliche Unterscheidung

Pero aquí se trata de la visión de un hombre cristiano que mira y ve con los ojos de Cristo que vive en él. De ahí surge necesariamente la “distinción cristiana” –Christliche Unterscheidung– que consiste en percibir y valorar lo cristiano, cuando está, y si no lo está, en percatarse de ello, y advertir la diferencia que media entre unas y otras experiencias o realizaciones. “Creer significa acceder a Cristo, colocarse en el mismo punto de vista en el que Él se encuentra”. El juicio resultante será un juicio cristiano en sentido estricto.

Esto es lo que entiende por “distinción cristiana”. La enseñanza que empezó en Berlín, la continuó luego en Tübingen y Munich, y lo expuesto ante los discípulos dio lugar a extensos ensayos, sobre Sócrates, Dante, Rilke, Hölderlin, Dostoievsky, y otros más breves, por ejemplo, sobre poemas de Mörike, Hopkins, el “Mercader de Venecia” de Shakespeare, etc.


Encuentro con la Obra

Se podría presumir, al decir la “distinción cristiana”, que se tratase de una “categoría” utilizada para definir o clasificar. De ninguna manera, Guardini procede a la inversa. En lugar de aplicar categorías a priori al texto, va a su encuentro totalmente receptivo y, libre de prejuicios, lo considera atentamente y, al ir descubriendo elementos constitutivos o característicos, pone a prueba sus hallazgos pasándolos por la criba de las preguntas, hasta asegurarse que pisa con paso firme y recién hace su afirmación. A ello se agrega su respeto ante la belleza que es índice de verdad y plenitud de sentido. Dice: “nosotros hemos de proceder con el mayor cuidado; las cosas bellas sólo revelan toda su belleza cuando se las considera atentamente” (Romano Guardini: El Ángel en la Divina Comedia del Dante, Buenos Aires, Emecé, 1961).


Los Ángeles

Trataré de mostrar brevemente este procedimiento típicamente guardiniano en dos obras muy estimadas por él aunque muy distintas: “La Divina Comedia” de Dante Alighieri y “Las Elegías de Duino” de Rainer María Rilke. Dentro de ellas, rescataré sus análisis sobre las dos distintas figuras del Ángel, relacionadas cada cual con distintas cosmovisiones. Podríamos agregar también, para dar una idea de conjunto, que en estos dos poemas se van describiendo experiencias humanas que van avanzando hacia una resolución, y que tal resolución tiene lugar en un “más allá”. Y todo el tiempo, en ambas, el acá y el más allá están conectados. Resalto esto que tienen en común las dos obras, para poder advertir luego sus diferencias.


La Divina Comedia y la Eternidad

En la Divina Comedia, Guardini detecta en efecto, una “configuración general”: la de un “viaje” que lo abarca todo, a modo de “una peregrinación” en la que se juega el “destino eterno del ser humano”, y en concreto la del hombre Dante. Éste es socorrido e impulsado hacia Dios, pero no sin contar con su libertad. Y “como en su camino se interpone el mal que será necesario vencer”, se le propone, para poder responder conscienzudamente y tomar su decisión, recorrer los ámbitos del más allá. En ellos ya ha tenido lugar el juicio de Dios y por eso, desde esta perspectiva va a “valorar toda la existencia tal como ésta es en la eternidad” (p.16). Guardini recalca las conexiones entre el “acá” y el “allá”. Primero: que “la peregrinación comienza en la tierra y llega al cielo” y que “en todo momento se siente ese punto de partida y este fin”. Segundo: que “lo que lo rodea –en el Infierno, en el Purgatorio y en el Paraíso– es siempre la realidad histórica, vista en la dimensión de la eternidad”. “Continuamente percibimos el rasgo de lo humano sustraído del tiempo y puesto en la eternidad, pues todas las incontables cosas con que se encuentra Dante proceden de la tierra”. Pero, “al propio tiempo el cielo lo atrae constantemente y lo conduce hacia arriba” (p.18). Con respecto a este tercer rasgo, Guardini destaca: “Este obrar del cielo se manifiesta de manera muy especial en los Ángeles”.


Los Ángeles en Dante

Dice: “La esencia de los ángeles es el amor, que expresa la verdad y pone por obra el Amor de Dios”. Llega a afirmar: “De Dios se dice en la inscripción de la puerta del Infierno que fue su Amor lo que lo llevó a crear el lugar del tormento eterno” (Inf. 3, 6).

Aquí aparecen dos precisiones guardinianas: “es signo de supremo Amor ofrecer a la criatura la posibilidad de la comunión con Dios”. Y “esa comunión está sujeta a la libertad y la libertad significa elegir”.

Por lo tanto, en el Infierno, lugar de la mala elección, del rechazo por parte del hombre de esa comunión de amor que Dios le ofrece, el primer Ángel que obra en el poema pone de manifiesto en su actitud la reprobación divina. “Este Ángel tiene algo de inconmovible, de despiadado”. Pero, no obstante, llega como una gracia en ayuda del peregrino a quien los demonios le cierran el camino para que no vea el estado real de pecado en que él se halla. Pues no olvidemos que el descenso de Dante al Infierno es un examen de conciencia en forma de “visión”, que no es sólo contemplación sino también está ordenada a la conversión.

Tras haber visualizado y calibrado las primeras formas de pecado (excesos pasionales que le repelen y que él repele), ahora ha llegado a un impasse: la ciudad infernal se le cierra, “y esto ha de interpretarse como la resistencia y la pertinacia del mal”, del “mal propiamente dicho”, “la maldad del espíritu: la mentira, el orgullo, la rebeldía, la traición a la fe. Estas cosas también están en él mismo y se defienden de la luz y de las miradas”: férreas murallas y portones cerrados, inquebrantables ante la mera voluntad humana.

El momento es tremendo. Allí envía Dios al Ángel, que es, teológicamente, imagen de la gracia. Ahora bien, aquí está la “distinción” guardiniana en lo referente a este ser con frecuencia tan deformado por imaginerías piadosas pseudo-devotas:

“Y no se trata aquí de una imagen sentimental o poética que todo lo convierte en ‘gracia’, con lo cual anula la esencia de ésta, pues cuando la gracia es «genuina» es «realidad»” (p.21). “El Ángel es terrible: está como animado de poder divino, y denota a la vez una desdeñosa indiferencia. Sin esfuerzo supera la situación… y como abstraído por el arrobamiento de Dios, desaparece” de aquel sitio de vileza (p.24). De este modo, en el Infierno, el Ángel expresa la verdad de la condenación que el propio hombre se acarrea a sí mismo.


En el Purgatorio

En el Purgatorio, en cambio, “las figuras angélicas tienen una profunda y conmovedora proximidad” y servicialidad, con respeto pero con inflexibilidad, expresando así la “verdad de la expiación”. Los ángeles prestan un “santo servicio” a los hijos de Dios arrepentidos y deseosos de reparar. Guardini precisa: “Aman a los hombres con ese amor particular con que uno ama a quienes padecen hondamente”. Y ese amor “de ningún modo es tolerante; está desprovisto de toda indulgencia, puesto que aquí se trata de la verdad de la expiación” (p.25). Acá nos explica cómo se reúnen la Verdad y el Amor en Dios y en la realidad1.

Tras aclarar qué cosa sea el Purgatorio, Guardini concluye: “Por eso, en el Purgatorio reina un rigor absoluto e inquebrantable. Sólo partiendo de la verdad puede llegarse a la realización. Cualquier intento de cerrar los ojos o de dejar pasar las cosas, no haría sino aumentar las falsas apariencias… Por encima de esta fatiga dolorosa, se cierne la esperanza infinita. A cada instante el alma que padece se acerca más a la perfección de la vida eterna en Dios. Por eso brilla una indecible sonrisa en el semblante dolorido de los que moran el Purgatorio. En él se opera… un movimiento continuo de la intención al ser…”.

Y resumiendo: “Los ángeles intervienen en este acaecer del Purgatorio; no puede imaginarse nada más hermoso que el servicio que prestan, reverentes, compasivos, pero incorruptiblemente sujetos a la verdad, estos santos seres, a sus primos humanos…” (p.27).


Belleza de los Ángeles

Con respecto a la “belleza de los ángeles” se toma un largo tiempo para distinguirla de la que conocemos habitualmente. Dante ha dicho de un ángel en el Purgatorio:

“Tan bello que parece llevar impreso en su ser la bienaventuranza” (es el que trae a las almas en la barca). Y Guardini apunta: “Aquí se impone que hagamos una digresión”. Realmente larga, para contrarrestar, por un lado, la idea que prevalece y las ilustraciones corrientes de criaturas sentimentales, sensuales, hasta eróticas; y por otro lado, las grandiosas presentaciones, pero no cristianas, de algunos autores modernos como Rilke.

Como corresponde, toma la Revelación como base y punto de referencia2.

En el caso de Jacob (Gen 32, 22-31): lo espera y ataca “un varón” temible, fuerte, que tiene poder para bendecir y que está envuelto en el misterio; “«el Ángel del Señor» es una criatura finita, pero sin embargo, según se desprende del versículo 30, de alguna manera es el mismo Dios”.

“Los ángeles son ‘emisarios’ en el tremendo sentido de que, de algún modo, llevan consigo al Ser mismo que los envió. Cuando se presentan, está presente en ellos lo terrible y sagrado de la gloria del Señor” (p.30-1)3.


Corporalización de los Ángeles

Guardini juzga las “representaciones” de acuerdo con los textos Revelados. Ya en ellos, para hacerlos perceptibles, se han presentado corporeizados a quienes, de hecho, no tienen cuerpo, y son sólo espíritu. Por estar por encima del hombre no correspondería darles figura humana, y sin embargo ésta es admisible porque ambos tienen en común el espíritu y el “pertenecer a la existencia creada”. Eso sí: por su “fuerza” y su participación activa en la obra de Dios y en la lucha contra Sus enemigos, cabría otorgarles figura de varón y aún de guerrero. “Ayudan en la obra del mundo, servidores del Divino Señor, guerreros en el ejército del Rey de todos los reyes” (p.32).


Las Alas y su Significado

Un aspecto distintivo de su representación son las “alas”. ¿A qué realidad corresponden? Primero al hecho de ser el ángel sólo espíritu, lo que significa que “su existencia está determinada por la verdad, el bien, el orden, la belleza”. Mas sobre todo las “alas” corresponden al alcance de dicha existencia: no limitada por el tiempo y el espacio, “capaz de abarcar la altura, la profundidad, y la anchura de lo sensible y lo esencial”. Por eso, describe su movimiento espiritual: “el ángel se eleva, penetra, lo recorre todo; esto se expresa en la alas. El ángel es una criatura alada” (p.32)4.


El Ángel “Terrible” en un Encuadre de Autosuficiencia Humana

Guardini nos pone en guardia ante una tentación extrema: hacer del ángel alguien “terrible” por su intangibilidad e indiferencia hacia nosotros los hombres, lo que sería el caso de Hölderlin y Rainer María Rilke. “Todo ángel es terrible”, repite éste. En su comentario a las Elegías del Duino, Guardini señala: “esa cualidad de divinidad olímpica es característica del ángel de Rilke y lo distingue netamente de los ángeles de la Biblia” (texto inglés, p.115). A esta distancia contribuye otro factor: el de la autosuficiencia humana que reivindican las Elegías. De hecho, la voz que allí apela al ángel, al mismo tiempo lo rechaza. No hay una voluntad de ponerse en contacto: “pues mi invocación está siempre llena de rechazo”, le dice por ejemplo en la VII Elegía. En todo momento se nota la autosuficiencia. Ni siquiera piensa que el ángel le hará caso.


Weltanschaung de Rilke

Rilke plantea una problemática de la vida y la muerte en que ha descartado por completo la Revelación del Paraíso Terrenal, de la prueba, de la caída y del pecado, y de la muerte como consecuencia del pecado. En sus Elegías, la muerte aparece como una entrada al “otro lado”, a una zona que para los vivos resulta invisible (apenas “audible” para los poetas músicos). El pasaje al otro lado se realiza de por sí, naturalísticamente y constituye una ventaja, pues mediante ese pasaje se alcanza la plenitud en el “Todo”. Romano Guardini recalca que se trata de un “Todo” semejante a la “gran unidad dionisíaca”, por lo cual la figura de ángel aquí presentada es independiente de Dios. Estos ángeles –dice– están llenos de energía numinosa, grandiosos y, más aún, “terribles”, pero aparecen como “garantes de la totalidad de un mundo que abarca en una gran unidad lo visible y lo invisible”. “No tienen ninguna relación con el Dios viviente de las Escrituras”. Al contrario, más bien atestiguan el alejamiento del hombre moderno, quien postula un mundo “que no tiene necesidad del Dios único, porque está lleno de dioses y es él mismo (el hombre) ultradivino” (p.37). En las Elegías se pronuncia sólo una vez la palabra Dios, y no hay asomo de gracia divina, pues habiéndose descartado la realidad del pecado, también se ha descartado la Redención, Cristo, la Cruz y el juicio. El que habla y reflexiona en las Elegías lo hace sin tomar en cuenta la distinción entre el bien y el mal, y por eso el pasaje al “más allá” no comporta sanción alguna, ni mucho menos deseo de expiación. Guardini relaciona esta visión del hombre en el mundo, no cristiana, con el superhombre u hombre-dios (autónomo) tal como lo anuncian el Zaratustra de Nietzsche y el personaje Kirilov de Los Demonios de Dostoievsky. Como podría percibirse en ello, con razón, algo de pagano, Guardini recalca la diferencia: paganismo antes y después de Cristo5.


El Ángel es espíritu en el Espíritu

Guardini introduce una distinción fundamental que atañe al valor espiritual santo. Para apartarnos de toda confusión, declara: “Llamar al ángel «espíritu» no basta para definirlo. Como espíritu el ángel pertenece a la creación, de la que constituye la esfera superior; pero no pertenece, de por sí, al Reino de Dios” (p.33). Ello implica tener en cuenta la prueba y la elección de “por” o “contra” su Creador, tras la cual hay propiamente ángeles, o demonios. Nuestro autor puntualiza: “El ángel del que habla la Escritura es el que en la fe, el amor y la obediencia, se ha vuelto hacia su Autor”. “Sólo entonces es el ángel inmortal en el sentido bíblico”; “sólo entonces es sagrado”. Lo es, no merced a una «numinosidad» propia, sino merced a la gracia en virtud de la cual él participa en la santa existencia de Dios, lo contempla, lo ama y lo sirve. “Sólo merced a esa gracia, que es aliento del Espíritu Santo, se convierte el ángel en ese «espíritu» que como tal atañe y toca, no a los poetas, ni a los filósofos, ni a los estetas ni a los recientes snobs de la religiosidad, sino a los hijos de Dios; el ángel es espíritu en el Espíritu Santo, espíritu espiritual” (34) –Pneumático–. He aquí descripto al auténtico ángel: el ángel que ama y sirve a Dios, ama y sirve a su pariente humano menor, fraterniza con él y más increíblemente y conmovedoramente lo sirve y lo ayuda.

Así resulta la explicación definitiva en referencia a sus «alas»: “El poder de esta Santa espiritualidad, la fuerza de ese contemplar, amar y alabar a Dios, el vuelo de ese tremendo movimiento con el cual el ángel sigue al «Espíritu de Dios», que escudriña las cosas profundas de Dios (véase I Corintios II, 10), se expresan en las alas, en el ardor y en la belleza del ángel” (33).

Y de acuerdo con lo dicho, Guardini dictamina sobre la Divina Comedia: “Los ángeles de Dante son enteramente cristianos”. Son hermosos y bienaventurados, pero “en toda la pureza de la gravedad cristiana”.

Termina observando que se muestran como seres henchidos de amor, de un amor que, en su actitud de reserva, en el rápido llegar y marcharse, “tiene algo de muy casto” (p.39).


La Cosmovisión y el Ángel

Cercanía con reserva, servicialidad con castidad. Todo lo contrario ocurre en la visión de las Elegías de Duino: allí se da la mezcla y hasta la confusión entre lo erótico y lo espiritual, esta vida actual y la otra. Estos “ángeles” son llamados “perfecciones primigenias”, “bellezas” que lo reflejan todo sin retenerlo, y sin embargo en que “se disuelve algo nuestro” (II Elegía). La confusión proviene de haberse dejado de lado la trascendencia, el “genuino más allá” de la Revelación. Lo que llama Rilke más allá no es más que el otro lado del “acá”, su contracara, “la otra «instancia» que, conjuntamente con la nuestra, integra el mundo”. ¿Qué ha ocurrido? Pregunta Guardini.

“Se postuló un más allá tal que daba a la experiencia de la existencia terrena una plenitud”, que se pretendía “religiosa” y “numinosa”, mediante la cual el mundo “cobraba una nueva totalidad”. En esta cosmovisión se considera al «acá» como vida y al «allá como muerte» –en relación una con la otra–, la “existencia”, una sola cosa que las incluye a ambas y entre las cuales cabría una continua comunicación. “El concepto de más allá cristiano quedó del todo desecho: el «cielo» se resolvió en un dudoso elemento ético o en un elemento fabuloso; el «infierno» en un dudoso elemento cósmico o pavoroso”.


Carta de Rilke Witold von Hulewicz

Guardini cita textualmente a Rilke: “La afirmación de la vida y de la muerte se revela una sola cosa en las Elegías: la verdadera imagen de la vida abarca ambos dominios… no hay un acá ni un más allá; hay tan solo la gran unidad en la que moran esos seres que son superiores a nosotros, «los ángeles»”6.

Añade el poeta: “Nosotros debemos darles esa significación superior en la cual nosotros mismos participamos. Pero no en sentido cristiano (del que me alejo cada vez más vehementemente)”.

La tarea del poeta, según Rilke, sería “comprender y transformar esos fenómenos y cosas. ¿Transformar? Sí, es nuestra tarea… transformar lo visible en lo invisible (como la labor de las abejas)… El ángel de las elegías es aquella criatura en la cual ya se ha cumplido la transformación de lo visible en lo invisible que nosotros llevamos a cabo –a ejemplo de Orfeo que transforma en música y hace de puente entre acá y allá”. El mismo Rilke observa: “Si se comete el error de suponer en las elegías o en los sonetos la existencia de conceptos católicos de la muerte, del más allá y de la eternidad, se aparta uno por entero del punto de partida de estas obras y cae en equívocos cada vez más fundamentales” [Agrega “el ángel de las elegías más bien se aproxima a las figuras angélicas del islamismo”] (p. 41-43).


La Eternidad y la Jerarquía Angélica en la Catholische Weltanschaung

Guardini aclara cuál es la cosmovisión católica de la “eternidad”: “El más allá cristiano –afirma– es otra cosa que aquel «Todo», fantaseado como «gran unidad dionisíaca cuyos elementos son la vida y la muerte»”. “El más allá cristiano es la eternidad –no otra instancia”. “La eternidad es primero y esencialmente el modo de existencia de Dios, reservado exclusivamente para Él; luego, como gracia, la participación del hombre en esa existencia” (p.45). Gozar de la vida eterna, estar en el Cielo, no significa participar de toda la vida de manera panteísta, sino personalmente con el Dios Personal, “en la verdad y la pureza de la persona creada, merced a la gracia que es el amor” (p.45).

Y está previsto y prometido “una totalidad que procede de la gracia: la de la Nueva Creación en la que todo lo creado se integra en la unidad del Reino de Dios y queda verdaderamente restablecido (véanse los grandes textos de las Epístolas a los Romanos, Efesios, Colosenses y las visiones del Apocalipsis). Y sus ángeles, ángeles cristianos, se relaciona con el acaecer de tal Totalidad”.

Esto implica a la persona y su decisión personal. “Supone –observa Guardini– que ésta se realice en obediencia, o se anule en la desobediencia. Por eso el más allá no es único sino se divide en cielo e infierno” (p.46).

Esta precisión es importante para calibrar la diferencia respecto de las Elegías7. En el Paraíso de Dante hay una vivencia de la Realidad Trascendente, y los Ángeles son presentados como colaboradores para llegar a ella y aún en ella. Hay una jerarquía de ángeles –según la doctrina  ya esbozada por San Pablo y luego establecida definitivamente por el Peudo-Dionisio– que rige las esferas celestiales, influyendo los ángeles de cada coro en el acontecer histórico para encaminarlo a Dios. Y finalmente, en el Empíreo o auténtico Cielo, la existencia angélica consiste, como hemos dicho, en la contemplación, el amor, la alabanza y el servicio”8.


Hoy

Hoy la concepción cristiana –subraya Guardini– “nos es ya muy remota, primero a causa del individualismo de los tiempos modernos, que no puede postular un orden de personas, es decir un orden real de personas reales, pero sobre todo a causa de que nuestra experiencia espiritual se ha hecho cada vez más pobre. La noción de «jerarquía» significa distinción y orden en el espíritu; mas para nosotros el espíritu ha derivado por un lado en lo psicológico y, por otro, en algo abstracto. Se ha convertido en un contenido de conciencia o en un concepto. Se ha hecho simple, monótono, vacío. Ya no sentimos que en el espíritu hay grandeza, altura, profundidad, fuerza, ardor, pureza, osadía, dignidad, belleza, lucha, creación, arquitectura, destino, éxtasis, paz, tormento, nostalgia, melancolía, amor, soledad. ¿Cómo podría, de otra manera, considerarse el espíritu algo inanimado, no vivo, siendo así que es la forma de vida más ardiente? ¿Cómo podrían haberse dado las experiencias y representaciones que muestran por ejemplo los textos del comienzo de la IIª Elegía de Duino? Apenas faltan aquellos supuestos, la jerarquía queda reducida a una mera construcción mental, siendo así que ella significa la realidad más vigorosa” (p.87).

La representación de la existencia de los tiempos modernos está muy alejada de la de Dante, en la que primariamente el mundo no está regido por fuerzas y leyes abstractas, sino que todo procede de una acción y detrás de toda acción hay una Persona.

Hoy, para un puro poeta, los ángeles serían figuras líricas; para un puro metafísico, valdrían como personificaciones de principios eternos e ideas supremas. Un simbolista vería en los ángeles imágenes cuyo contenido sensible expresaría relaciones ocultas, umbrales y puertas, formas de una entidad superior. Una mentalidad mítica habría hecho de estos seres superiores, en algún sentido, ‘dioses’.

Para Dante, los ángeles son esas creaturas de que hablan las Escrituras y que están presentes en la vida de la Iglesia; y para hacer resaltar la grandeza de estos seres, Dante toma simultáneamente elementos metafísicos, líricos y simbólicos, y así acoge la “herencia de los paganos”… (p.122-3). “Dentro de un modo de pensar en que está fuera de toda cuestión el que Dios es la verdad y la santidad sin más, y para el cual no hay relativismo, el mundo es finito y al propio tiempo eterno. El mundo es finito y perecedero, pero Dios le da sentido y realidad” (p.120).

Finalmente, volviendo al principio, queremos resaltar que la peregrinación de Dante es historia, con un comienzo, un camino y una meta. En la Divina Comedia se evidencia su gran deseo de justificar y garantizar la “historicidad cristiana” (p.121).



Fuente: Inés de Cassagne, Recepción y Discernimiento (de textos literarios y temas humanísticos)
7º Serie, Ediciones Del Umbral, Buenos Aires 2009. 


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