lunes, 8 de septiembre de 2014

Política a la Luz de las Sagradas Escrituras - Rafel Breide Obeid

Política a la Luz de las Sagradas Escrituras
Dr. Rafel Breide Obeid


Artículo del Dr. Breide que, con su permiso expreso, reproducimos en nuestro Blog del Centro Pieper.


I.- 
Preliminar. El Reino de Dios


1.- El Bien común temporal y el fin sobrenatural del Hombre

El Bien común de la Sociedad Política es la vida virtuosa; y el Bien Común Sobrenatural es llegar a través de la virtud a la Bienaventuranza Eterna o sea a la Felicidad.

El guía que conduce a la consecución de la eterna bienaventuranza es Jesucristo, el cual encomendó este cuidado acá en la tierra no a gobernantes seculares, sino al sacerdocio por Él instituido y principalmente a su vicario el Romano Pontífice.

El cristiano es así, ciudadano de dos mundos, el Orden Temporal y el Orden Eterno. 

En el Orden Temporal, nace y se desarrolla en la Sociedad Política para alcanzar a través de esta los bienes naturales y espirituales indispensables para su perfección y felicidad temporales. En el Orden de la Gracia se realiza plenamente en el orden sobrenatural según la doctrina, el culto y las obligaciones que la Iglesia expresa en nombre de Dios.

Cada Sociedad debe realizar su bien común propio y cuenta con los medios. Como sus fines son diferentes gozan de autonomía, pero el ciudadano es el mismo y la doble pertenencia se conjuga en cada uno.

Existe un ámbito propio de cada orden donde debe haber autonomía: lo del César y lo de Dios; pero también existen cuestiones mixtas (Educación, Familia, Culto) donde en las épocas de poca virtud se producen conflictos.
Jesucristo promulgará su programa teniendo en cuenta la tensión, producto del pecado, donde el conflicto debe resolverse ordenando lo menos perfecto a lo más perfecto.

* El cuerpo material al alma inmortal.
* La naturaleza a la gracia.
* Lo temporal a lo eterno.
* La añadidura al Reino.
* Lo corruptible a lo incorruptible.
* Las tinieblas (ignorancia y pecado) a la luz (sabiduría).
* Lo de abajo (solicitud terrena, afán inmoderado de riqueza) a lo de arriba (Dios).
* El bien común temporal (concordia en la vida virtuosa) al fin sobrenatural: la Bienaventuranza o Felicidad Eterna.
* El Estado a la Iglesia.

En consecuencia, los gobernantes civiles deben estar subordinados al sacerdocio y principalmente al Papa. Pues aquel a quien pertenece el cuidado del fin último deben estar subordinados aquellos a quienes pertenece el cuidado de los fines próximos o intermedios.


2.- El Reino de Dios en los Evangelios Sinópticos

El Reino de Dios es un término que puede significar: la dignidad o poder del rey; el ejercicio de ese poder; el lugar donde se ejerce.

En los escritos rabínicos significa la autoridad de Dios tal como se la conoce en la Tora.
Tiene un sentido individual: acatar los mandamientos; y un sentido social y esjatológico: un día deberán todos los hombres reconocerlo como su rey.
En los sinópticos el Reino de Dios constituye la idea central de la predicación de Jesús y es una idea esjatológica trascendente que equivale a la vida eterna. 


El reino está cerca
Cristo, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos. «El Reino de Dios está cerca convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc. 1, 5).
La voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación divina. Jesucristo mas los hombres es la Iglesia y el comienzo del Reino. Cristo es el corazón de la unión de los hombres con Dios. Los reúne con su palabra, por sus signos, por sus discípulos. La venida del Reino se produce por la Palabra, los signos, los discípulos y la Pascua: Pasión y Resurrección. 


El anuncio del Reino
Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino (Mt. 10, 5-7). Para entrar hay que recibir la Palabra de Jesús. La palabra se compara a la semilla. El Reino de Dios es simbolizado con los rasgos tradicionales de un banquete (Mt. 8, 11; Lc. 13, 18-22, 18, 30) al cual también son llamados los paganos (Mc. 22, 1-14), pero nadie tiene garantizada una posición y la incredulidad es causa de su exclusión. El reino pertenece a los que lo acogen con humildad: pobres y pequeños (Lc. 4, 18; Mt. 5, 3). Jesús invita a los pecadores que deben convertirse (Mc. 2, 17).


Hacen falta obras

El amor activo hacia los pobres es condición para entrar en el Reino (Mt. 25,  31).

La condición que garantiza el acceso al reino es la conversión  (metanoia) en una pluralidad de aplicaciones: cambio de espíritu (Mc. 1, 15), rompimiento decidido con los intereses terrenos (Lc. 9, 62 y Mt. 22, 1-14), debe dar frutos como: la obediencia (Mt. 19, 17), la práctica de amor al prójimo (Mt. 25, 31-46), debe darlo todo (Mt. 22, 1-4), multiplicar los Talentos recibidos (Mt.  25, 14-30).
Es un don libre de parte de Dios (Lc. 12, 32). Pero es preciso “Entrar en el Reino”, es decir, hacerse discípulo para conocer los Misterios del Reino de los Cielos (Mt. 13, 11).Como en los vitrales de las Iglesias, mirados de afuera son negros, hay que estar dentro de ella para verlos en su luz (Benedicto XVI en Nueva York), las parábolas son pues enigmáticas para los que están fuera.


Los Signos 
Jesús acompaña sus palabras con numerosos milagros, prodigios y signos (Hch. 2, 22) que manifiestan el Reino que está en El. A pesar de eso produce escándalo. Vino a liberar al hombre de la esclavitud del pecado que es la esclavitud mas grave de la cual se derivan las otras. La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (Mt. 12, 26), príncipe de este mundo (Jn. 12, 31). Por el signo de la Cruz será establecido definitivamente el Reino de Dios. «Regnavit a ligno Deus».


Las llaves del Reino
Cristo eligió a los doce apóstoles para estar con Él y participar de su misión (Mc. 3, 3-19) y de su autoridad, y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar (Lc. 9, 2). Están siempre asociados al Reino porque por medio de ellos dirige su Iglesia: «y os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Lc. 22, 29-30). Simón Pedro ocupa el primer lugar: «Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt. 16, 18). «A ti te daré la llave del Reino de los Cielos y lo que atéis en la Tierra será atado en los cielos y lo que desatéis en la Tierra será desatado en los Cielos» (Mt. 18, 18).

El poder de atar y desatar significa: 1. Autoridad para absolver los pecados. 2. Para pronunciar sentencias doctrinales. 3. Para tomar decisiones disciplinarias en la Iglesia (Mt. 18, 18).


La Transfiguración, visión anticipada del Reino

Cristo muestra su Gloria Divina confirmando la confesión de Pedro. Muestra también que para entrar en la Gloria es necesario pasar por la Cruz. La transfiguración es la voluntad por excelencia del Padre. «Tota Trinitas aparuit: Páter in voce, Filius in hominem, Spiritus in nube clara». Por el Bautismo de Jesús entramos en la primera regeneración: nuestro bautismo; la Transfiguración es el sacramento de la segunda regeneración: nuestra propia resurrección. Hay que pasar por las tribulaciones para entrar en el Reino.


La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

Manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la pascua de su muerte y Resurrección.


La tensión Esjatológica del Reino

Jesús divide la historia de la salvación en dos períodos: el primero el tiempo de la Ley y los profetas que dura hasta el Bautista; el segundo durante el cual el Reino sufre violencia hasta la victoria definitiva (Lc. 16, 16; Mt. 11,12 ss.).

El Reino de Dios implica las dos fases en tensión: una actual en misterio y humildad lo cual no va en contra de su poder: «El Reino ya está en medio de vosotros» (Lc. 17, 20) y otra futura, en gloria y luz, que aún no se puede determinar.

Esta dualidad aparece en las parábolas de Reino que es presentado a los hombres por la predicación, encuentra obstáculos y logra establecerse. Es el grano de mostaza que tiene su desarrollo glorioso en la Parusía. El rápido crecimiento de la Iglesia es solo una primera manifestación.

En la medida que el Reino ya está presente en el tiempo (Ap. 1, 9)  vive oculto en la Iglesia y actúa por medio de esta. La misión específica de la Iglesia es conducir al hombre al Reino propiamente dicho (Mt. 16, 19). La Iglesia es la comunidad por y en la cual Cristo reúne al resto al que el Padre quiere dar el Reino de Dios (Lc. 12, 23 ss.).

La vida de la Iglesia es ya participación en el Reino de Dios y consiste en la justicia, en la paz y en la alegría (Col. 1, 11-12).


II.- 
El Reino de Dios en San Mateo

Para tratar este extraordinario tema quise iniciar un abordaje a partir de la consideración del tema del Reino de Dios en los 5 discursos del Evangelio de San Mateo.

El Evangelio de San Mateo es el que  reproduce más completamente la enseñanza de Jesús sobre el tema del Reino de los Cielos. Es un conjunto armonioso de siete actos, 5 secciones centrales compuestas cada una de un discurso y hechos hábilmente escogidos para prepararlo, y dos secciones más destinadas a la Infancia, y a la Pasión y Resurrección. Forma en total un conjunto de 7 partes.

Para nuestro propósito que es seguir el Plan de Nuestro Señor en la Creación y Desarrollo del Reino de los Cielos, nos interesa presentar los 5 Discursos del Evangelio, que será siempre el mejor modelo, una forma de constituir, desarrollar, y llevar a su fin un reino terrestre que sirva del vehículo al celeste.

1.- Primera parte: Preparativos en la persona del Mesías Niño (cap. 1, 2).

2.- Segunda Parte - Primer Discurso: Promulgación del Reino. Su Programa ante los discípulos y gente (cap. 3 a 7). Sermón de la Montaña (cap. 5 a 7).

Lugar: el Monte, cerca del Altísimo. El  mundo de las Ideas Ejemplares.

3.- Tercera Parte - Segundo Discurso: Predicación del Reino por medio de  misioneros (cap. 8 a 10). Discurso Apostólico, da las consignas (cap. 10).

Lugar: el Valle: bajó del Monte (cap. 10). Repite el gesto de la encarnación de las ideas en la palabra.

4.- Cuarta Parte - Tercer Discurso: Misterio del Reino y advertencia sobre los obstáculos y peligros que deben sufrir los discípulos para alcanzar el Reino según el plan humilde y oculto dispuesto por Dios (cap. 11, 1 a 13, 52). Discurso Parabólico (cap. 13).

Lugar: el Lago de Genezaret o mar de Galilea, símbolo del mundo mundano.

5.- Quinta Parte - Cuarto Discurso: Comienzo de la Comunidad. Primicia del Reino con un grupo de discípulos con Pedro como jefe y las Reglas de Vida de la comunidad (13, 53 a 18, 35). Discurso Eclesiástico (cap. 18).

Lugar: Camina sobre las aguas (cap. 14), en la costa junto al lago.

6.- Sexta Parte - Quinto Discurso: Crisis que depara el advenimiento definitivo. Próxima venida del Reino (cap. 19 a 25). Oposición judía. Discurso Esjatológico (cap. 24).

Lugar: Tipo suelo: el Monte de los Olivos.

Anti tipo: Cielo: «veréis al hijo del hombre sobre las nubes». La catástrofe cósmica.

7.- Séptima Parte: Advenimiento del Reino en dolor y Triunfo, Pasión y Resurrección (cap. 26-28).


III.- 
El Sermón de la Montaña o Programa del Reino

La Causa Ejemplar

Cristo promulga el Programa de su Reino en el Sermón de la Montaña. Este programa será la Causa Ejemplar o sea la forma directriz de la acción de Gobierno. Aquello a cuya semejanza se conforma la sociedad divino-humana, ejemplo de toda comunidad. Esta forma se encarna en una identidad histórica concreta.

El Programa es una intención formal a la cual se ciñe el reino de Cristo y debe ceñirse todo gobierno cristiano, o sea verdaderamente humano. El gobierno no es otra cosa que la acción que constituye un orden de acuerdo a dicha forma.

Es así mismo el acto de autoridad de un Rey Divino, que promulga el Programa de su Reino. Así lo entienden las multitudes: «Las multitudes estaban poseídas de admiración por su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas de ellas» (Mt. 7, 28-29)


Primera Parte: Bajo la Mirada de Dios

1.- La Justicia delante de Dios.

Lo primero que debe hacerse para recibir el Espíritu del Reino es ponerse bajo la mirada de Dios y no la vista de los hombres. Hoy diríamos bajo la mirada de la opinión pública la cual a su vez ha sido usurpada por los medios de comunicación masiva.

Dice Nuestro Señor: «Cuidad de no practicar vuestra justicia a la vista de los hombres con el objeto de ser mirados por ellos, de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre Celestial» (Mt 6, 1).

Justicia en el lenguaje del Evangelio es más que la justicia forense, es en realidad la caridad. El verdaderamente justo es el Santo. La primera consigna es ponerse bajo la mirada de Dios y sustraerse a la mirada del público.

Al sustraernos a la opinión pública y ponernos bajo la mirada de Dios, recuperamos la conciencia moral y el respeto por el orden moral objetivo, [y] podemos:
1. Orar bien (Mt. 6, 5-8).
2. Orar ordenando nuestros pedidos y luego nuestra conducta. El Padre Nuestro (Mt. 6, 9-13).
3. Llevar la “justicia” o sea la caridad a las relaciones con el prójimo con recta intención y pureza de buenas obras:
3.1- Perdón (Mt. 6, 14-15).
3.2- Limosna en secreto (Mt 6, 1-4).
4. Ayuno en secreto: para ordenar las pasiones y prepararse para mirar a Dios y desprenderse del materialismo del mundo (Mt. 6, 16-18).

Pilatos tenía la Verdad adelante pero hizo “justicia delante de los hombres”. Se retiró de la presencia de Dios e hizo justicia delante de los hombres.


2.- Orar Bien – Mt. 6, 5-8.
Dios que quiere ser adorado en espíritu y en verdad (Juan 4, 23), nos muestra por boca de su Hijo y Enviado, que el valor de la oración estriba esencialmente en la disposición del corazón más que en las manifestaciones exteriores:

«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo, ya tienen su paga. Tú, al contrario, cuando quieras orar entra en tu aposento, corre el cerrojo de la puerta, y ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Y cuando oréis, no abundéis en palabras, como los paganos, que se figuran que por mucho hablar serán oídos. Por lo tanto, no los imitéis, porque vuestro Padre sabe qué cosas necesitáis antes de que vosotros le pidáis» (Mt. 6, 5-8).

Esta es una inmensa luz para la oración: el Padre ya sabe lo que necesitamos y su Caridad está presta a derramarse; si buscamos su gloria nos dará todo por añadidura.


3.- El Padre Nuestro. La necesidad de Oración.
La oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio. (Tertuliano); “la más perfecta de las oraciones” (Santo Tomás). Es el centro del Sermón de la Montaña y el corazón de las Sagradas Escrituras (Catecismo Romano n° 2774). El Padre Nuestro es entregado en el Bautismo para manifestar el nacimiento a la vida divina y revela su sentido pleno en la Eucaristía. Es el bien común de los bautizados. 
Él nos introduce en la presencia de Dios y nos enseña que Dios es “Padre” y que es “nuestro”. Se trata de una relación totalmente nueva. En Cristo somos su pueblo y él es nuestro Dios. Funda así la verdadera fraternidad en Cristo y no en Adán que es la base de la sociabilidad humana. La Iglesia de Cristo es una comunidad de hermanos que tiene un solo corazón y una sola alma. 
Orar así es colocarse en estado de la más alta santidad y unión con el Padre porque no podríamos pensar ni desear ni pedir nada más perfecto que lo rogado por Jesús.
El Padrenuestro ha sido siempre el modelo de oración. Creado por el mismo Jesucristo, contiene en sus siete peticiones todo lo que debemos pedir y el orden mismo en que debemos pedirlo.
No solo nos enseña a rezar, sino que informa y rectifica todos nuestros afectos y deseos.

He aquí las 7 peticiones:

1º Petición - Santificado sea tu nombre: Se solicita el fin principal, la Gloria de Dios. Con ella entramos en el Plan de Dios, la santificación de su nombre (revelado a Moisés y a Jesús) por nosotros y en nosotros lo mismo que en toda nación y en cada hombre. Santificar el nombre de Dios significa alabarlo y desear que la consagración bautismal vivifique nuestra vida y pedir que el nombre de Dios sea conocido y bendecido por todos los hombres. 

2º Petición - Venga a nosotros tu Reino: Luego de solicitar el principal, pedimos el fin secundario. La participación nuestra en la Gloria de Dios, o sea, la felicidad y la perfección. 

Dios ha querido encontrar su propia Gloria en nuestra felicidad, porque Dios es Padre. Estas dos peticiones, la Gloria de Dios y la felicidad y bienaventuranza nuestra por la participación en su Gloria constituyen el Bien Común Sobrenatural. Se pide por el crecimiento del Reino en nuestras vidas, pero principalmente se tiene en vista el Retorno de Cristo y la Venida final y definitiva del Reino de Dios.

Después del fin principal y secundario, hay que desear los medios para alcanzarlo.

3º Petición: Primero y principalmente nos ordena al fin el mérito con que merecemos la bienaventuranza eterna: Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo. Unimos nuestra voluntad a la de Cristo para realizar su Plan Salvífico pues la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y que su benevolente designio se realice así en la Tierra como en el Cielo.

4º Petición: Secundaria e instrumentalmente ordena al bien todo aquello que puede ayudarnos: el pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Esto es verdadero respecto del pan sacramental (en el que se sobrentienden los demás Sacramentos), como del pan material en el que se solicitan todas las cosas necesarias para vivir. Le pedimos la gracia de saber obrar para que la justicia y la caridad permitan que la abundancia de unos cubra las necesidades de otros.

Al decir “danos”, expresamos, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre Celestial. “Nuestro pan” designa el alimento para la subsistencia de todos y el Pan de Vida: la Palabra de Dios y la Eucaristía. Toda la vida sacramental se ordena a la Eucaristía: El Bautismo,  la Penitencia y la Unción de los Enfermos a recibirla, el Matrimonio a simbolizarla y el Orden Sagrado a celebrarla.

Pedimos el pan que es lo indispensable para la vida, y no las riquezas y los honores que nos desvían de Dios; y lo pedimos para hoy, para evitar la codicia y el desvío que implica la solicitud terrena.

Descansamos así en la Providencia y no incurrimos en la idolatría de la política.

Las otras tres peticiones se refieren a remover los obstáculos a nuestra felicidad, el pecado, la tentación y el mal o el malo. 

5º Petición: perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Nos reconocemos pecadores pero confesamos su misericordia. Nuestra petición será aceptada si nosotros perdonamos. Es importantísima la consecuencia social de este perdón para derrotar al mundo mundano, es decir,  a los pecados causados por el mal ambiente al cual vencemos con el don del perdón.

6º Petición: no nos dejes caer en la tentación se refiere a nuestra propia debilidad o concupiscencia por la cual estamos en la antesala del pecado. Pedimos a Dios poder discernir entre la  prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que lleva al pecado y a la muerte. Pedimos la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

7º Petición: líbranos del mal son todas las calamidades de la vida y también el malo, o sea el demonio, que es el autor de la tentación y la peor es no perdonar, que San Agustín llama horrenda porque nos impediría ser perdonados y reduciría la caridad cristiana a la justicia forense  (del «do ut des»).

Por tanto, el Padre Nuestro ha ordenado las peticiones de nuestro corazón y ha ordenado y jerarquizado los fines de la sociedad.

1° Fin sobrenatural: «Venga nos tu reino». La posesión del reino de los cielos es la participación en la gloria Divina, causa de la felicidad bienaventurada que a su vez es el fruto de las virtudes.

2° Bien Común Político: Es la amistad virtuosa de los ciudadanos que se adquiere haciendo la Voluntad de Dios «así en la Tierra como en el Cielo».

3° Los medios materiales para una vida virtuosa «el pan nuestro de cada día dánoslo hoy» es hacer llegar a todos los bienes materiales necesarios para una vida virtuosa, que se estudia en el tratado de la prosperidad.

El Cardenal Pie [1] comenta las tres primeras peticiones del «Páter» donde Jesucristo compendia al comienzo del Padre Nuestro los motivos de la Encarnación, Pasión y Resurrección del Verbo encarnado: la glorificación del nombre de Dios sobre la tierra, el establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra, el cumplimiento de la Voluntad de Dios sobre la tierra. Tres anhelos que son uno solo y se escalonan en cierto orden descendente.

La Iglesia no tiene otra misión que la de dirigirse a todas las personas, a todas las asociaciones naturales, a todas las naciones para hacer efectiva la razón de la Encarnación.

Cristo lo afirmó: «Id a todas las naciones» Mt. 28, 19. La misión de Cristo, y consiguientemente de la Iglesia, tiene un carácter público y social.

La tarea del católico no es otra que contribuir a la realización del triple anhelo de Cristo, expresado en las tres primeras peticiones del Padre Nuestro, tratar que Dios sea glorificado, que venga su Reino, y que todo lo que sucede en la tierra sea eco de lo que acaece en el cielo: «Sicut in coelo et in terra». La obra del hombre debe estar en coordinación con la oración que es el primer acto de la religión. Es importante advertir que la realeza de Cristo viene de lo Alto, su reino no proviene del mundo sino del Cielo (Jn. 18), pero es sobre el mundo.


4.- La recta Intención. Perdón, Limosna y Ayuno.
Dirigidos al prójimo como beneficiario están los grandes dones del perdón y la limosna que deben hacerse ante Dios. 


El Perdón:

El perdón es muy importante en la economía de la salvación y en la vida de las sociedades. Es un poder divino dado por Cristo a la Iglesia y es lo que permite a las personas y a las sociedades sanarse cuando la justicia meramente legal es insuficiente.

Se obtiene por los sacramentos, en particular por el bautismo, la reconciliación y la unción de los enfermos.

El bautismo es la puerta de ingreso a la comunidad cristiana que es al mismo tiempo la puerta del perdón.

Cuando los reyes cristianos iniciaban su reinado se solía hablar de su “feliz advenimiento” y la primera medida que tomaban era un perdón general. Cualquier criminal puede matar pero solo un rey puede perdonar. La amnistía era una medida amplia, generosa, imperial. Con esa medida imitaban al Señor en el Sermón de la Montaña donde inaugura su programa del Reino proclamando el perdón dos veces:

«Si pues vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial os perdonará también; pero si vosotros no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestros pecados» (Mt. 6, 14-15).

Según la Madre Teresa no hay más grande regalo que el perdón. Por el perdón la misericordia de Dios penetra en nuestros corazones solamente si nosotros también sabemos perdonar, incluso a los enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo, puede a ejemplo de Cristo, cambiar la ofensa en compasión y transformar la herida en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina y es una cumbre de la oración cristiana.


La Limosna:

«Cuando, pues, hacéis limosna, no toquéis la bocina [2] delante de ti, como hacen los hipócritas, en las sinagogas para ser glorificados por los hombres; en verdad os digo, ya tienen su paga. Tú, al contrario, cuando haces limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede oculta, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará» (Mt. 6, 1-4).

Es expresión de penitencia y conversión a Dios por lo que debe ser también reservada. De gran importancia comunitaria la limosna es también una forma de ayudar a las almas del purgatorio dándole a la comunidad la dimensión de la trascendencia. 


El Ayuno:

El ayuno no era, como hoy, parcial, sino que consistía en la abstinencia total de todas las comidas y bebidas durante el día. Era, pues, una verdadera privación, una auténtica señal de penitencia o conversión a Dios que practicaban, también los primeros cristianos, principalmente el viernes de cada semana, por ser el día en que “el Esposo nos fue quitado”.

Es un precepto de la Iglesia y está destinado a despegarse de la materia para mejor relacionarse con Dios, por ello debe sustraerse a la mirada  humana:

«Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que fingen un rostro escuálido para que las gentes noten que ellos ayunan; en verdad os digo, ya tienen su paga. Mas tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, a fin de que tu ayuno sea visto, no de las gentes, sino de tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará» (Mt. 6, 16-18).

El perfume significa alegría y es una señal de estar ante la presencia divina. 

Seguidamente hablaremos sobre la ley de la perfección y las bienaventuranzas como efectos de las virtudes y los dones del Espíritu Santo y del modo de cómo estructuran toda la organicidad de una comunidad cristiana.


Segunda Parte: Las Bienaventuranzas y el Espíritu de Perfección que debe Animar a los Hijos del Reino


Capítulo 1.
Las Bienaventuranzas


1. El hombre imagen de Dios

Toda Institución se inspira en una concepción del hombre y su destino de ella surgen sus juicios, su jerarquía de bienes y valores, su conducta.

El cristianismo sostiene que el hombre es imagen y semejanza divina y en esto consiste su dignidad. 

Veamos como lo presenta magistralmente el Padre Sáenz [3]:


«El hombre a Imagen de Dios.

Hagamos al Hombre a Imagen y Semejanza Nuestra (Gen. 1, 26). Es la idea central de la antropología cristiana. La Creación es la huella de Dios, el hombre es “a imagen de Dios”.

“Hagamos” indica deliberación del Padre y del Hijo. Es a imagen del Dios, Uno y Trino. Dios Hijo es el pintor de la imagen y su modelo a la vez.

Imagen y Verbo de Dios. Dios contiene desde siempre en su Sabiduría las ideas ejemplares.

El Verbo es la imagen por excelencia de Dios, después lo es el hombre. En la mente de Dios el primer hombre no fue Adán sino Cristo. Al crear a Adán, Dios ya pensaba en Cristo. 

El Hijo es modelo del hombre. El hombre es imagen de Imagen.

Santo Tomás (Suma Teológica I, 35, 2 ad. 3) distingue dos tipos de imágenes. La que está en algo de la misma naturaleza y la que se encuentra en algo de distinta naturaleza. La primera es el Hijo. La segunda es el hombre.

“A imagen” significa un cierto movimiento que tiende a su perfección. La creación del hombre recibe todo su valor de la Encarnación. El ángel es imagen del Verbo. El hombre es imagen del Verbo Encarnado.


Las Características del Icono Humano.

El hombre es imagen por su inteligencia que refleja la Sabiduría Divina. El Verbo es el Logos, el hombre es loguikoi (racional), el animal es alogos. El hombre siendo racional puede permanecer en la felicidad.

El hombre es imagen por su libertad. Entendida como aptitud para elegir libremente el bien. Asumir todo el bien y alcanzar la virtud. Dios lo creó para las buenas obras.

El hombre es imagen por su incorruptibilidad e inmortalidad. El pecado trajo muerte y Cristo restauró la inmortalidad por la Encarnación. 

El hombre es imagen por su santidad. Es la semejanza divina. El Espíritu Santo no pinta la Divina Esencia con algo distinto de lo que es El, se imprime a sí mismo (como un sello sobre la cera) según la belleza arquetípica.

El hombre es imagen por su parresia. Es la familiaridad de Dios que corresponde a su filiación. Adán se escondió de Dios y Cristo nos devolvió la familiaridad: “Padre Nuestro”.

El hombre es imagen por su señorío. Donde hay señorío hay imagen de Dios. El hombre fue creado último para ingresar en la Creación como  un Rey y un Pontífice.

El hombre es imagen por su belleza sinfónica. No solo es bello sino “muy bello” (Génesis 1, 21). Gregorio de Nisa afirma que el hombre es una ordenación musical, un himno maravilloso. Es la música de Dios, su resonancia, un microcosmos en concierto y armonía».


2. La Semejanza y la Ley de la Perfección

La Imagen y la Semejanza

La imagen (Eikon) es concepto ontológico: El Ser. La Semejanza (Omoiosis) es concepto ético: El quehacer.

“A imagen” indica ya una divinización incoada. Un movimiento que tiende a la perfección. Todo el itinerario de la perfección espiritual cristiana es el paso de la imagen (concepto estático) a la semejanza (concepto dinámico) por las virtudes y los dones del Espíritu Santo, hasta alcanzar la Bienaventuranza Eterna, el último fin. La Bienaventuranza es un retrato de Cristo. La semejanza divina se alcanza por la imitación de Cristo.


La Ley de la Perfección

La palabra perfección viene del latín «perficere» que significa hacer hasta el fin, acabar, terminar, de donde sale «perfectum»: lo que está acabado, terminado, es pleno.

El hombre es perfecto cuando alcanza su último fin que es unirse a Dios. Todos los cristianos estamos obligados a aspirar a la perfección. «Sed perfectos como perfecto es vuestro padre celestial» (Mt. 5, 48).

Es obligación para todo hombre. No consiste solamente en estar en estado de gracia, sino que supone un desarrollo eminente de todo nuestro organismo sobrenatural formado por la gracia, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

Como la vida sobrenatural es Vida, debe alimentarse, cuidarse, desarrollarse. La vida se estanca si no se desarrolla, sino va adelante, va para atrás. Por ello además del texto citado en Mateo encontramos esta ley fundamental en otros lugares del Nuevo Testamento: «Debemos ser santos e inmaculados como Cristo» (Eph 1, 4). «Varones perfectos a la medida de la plenitud de Cristo» (Eph. 4, 13). «El Santo santifíquese más» (Ap. 22, 11).
De aquí concluimos que: la ley moral tiene en Cristo su plenitud y su unidad. Jesucristo es en persona el camino de la perfección. Es el fin de la ley, porque solo Él enseña y da la Justicia de Dios: «Porque el fin de la ley es Cristo para justificación de Todo Creyente» (Rom. 10, 4) (CIC 1953) [4].

La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la Montaña. Es también obra del Espíritu Santo y por Él viene a ser la ley interior de la caridad (CIC 1965).

La ley nueva es la Gracia del Espíritu Santo recibida mediante la fe en Cristo, que opera por la caridad, se expresa por el Sermón de la Montaña y utiliza los Sacramentos para comunicarnos la gracia (CIC 1966).


Imitación de Cristo

En el Antiguo Testamento ya se consideraba al hombre como imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26), estaba llamado a ser santo como Dios es santo (Lev. 11, 44; 19, 1-2) y a seguir todos sus caminos (Dt. 10, 12; 11, 22; 26, 17).

La misma idea se recoge y desarrolla en el Nuevo Testamento: «Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt. 5, 48); «Sed misericordiosos como misericordioso es vuestro padre» (Lc. 6, 36); «Como es santo el que os llamó, sed también santos en toda vuestra conducta» (1 Pe 1, 15).

Sin embargo como el que ve al Hijo está viendo también al Padre (Jn 12, 45; 14, 9) la imitación de Dios se confunde con la imitación de Cristo. «Sed imitadores de Dios…y andad en amor a ejemplo de Cristo» (Ef. 5, 1); «Os he dado ejemplo para que como yo os he hecho a vosotros, también vosotros lo hagáis» (Jn 2, 6).

El amor recíproco de los fieles es la expresión concreta de la imitación de Cristo: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13, 34; 15, 2).

Los tres mandatos “sed santos”, “sed perfectos”, “sed misericordiosos”, “como el Padre lo es”, son en realidad uno solo “sed misericordiosos”.

Para poder darse, el hombre debe poseerse; para poseerse, para ser dueño de sí, debe tener unidad interior; para tener integridad, su fe debe iluminar su razón y su razón debe controlar y encauzar sus pasiones.

La imitación de Cristo también funda el bien común de la familia: «Maridos, amad a vuestras esposas como también Cristo amó a la Iglesia» (Ef. 5, 25).

Y el bien común de la ciudad cristiana: «Tened con vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp. 2, 5).

[A este respecto] Hay dos libros que son clásicos de la literatura espiritual: «La Imitación de Cristo» y «La Imitación de María» de Tomás de Kempis.


3- La Perfección del Universo Creado

Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, se puede decir que la creación es la huella de Dios, pero el hombre es más que la huella: es la imagen.

La perfección de las criaturas, su verdad, su bondad y belleza reflejan la perfección infinita de Dios (CIC 41).

«Yo soy el que soy» contiene la verdad de SOLO DIOS ES. Dios es la plenitud del Ser y de toda perfección, sin origen y sin fin. Mientras que todas las criaturas han recibido de Él todo su ser y su poseer, Él es su ser mismo y es por sí mismo todo lo que es (CIC 213).

La creación tiene su bondad y perfección propia, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada en estado de vía hacia una perfección última todavía por alcanzar. La Divina Providencia son las disposiciones por las que Dios conduce la obra de la creación a la perfección (CIC 302).

Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad, bondad propias y de un orden que reflejan un rango de la sabiduría y bondad de Dios. El hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura y evitar un uso desordenado de las cosas que desprecie a Dios y que afecte a los hombres y al ambiente (CIC 339). Usar será siempre utilizar las cosas conforme a su destino. Por el contrario, el abuso es manipular en contra de su fin y de sus relaciones con las otras cosas (orden).

Jesús toma de la naturaleza la idea del grano de mostaza que llega a ser un gran árbol. Es el símbolo de todo lo que alcanza la perfección: la semilla que llega a ser el árbol frondoso, el cristiano que llega a la santidad y el pequeño rebaño que llega a ser el Reino de los Cielos.


4.- La Perfección de la Persona Humana y las Virtudes

La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu Santo, por la razón puede comprender el orden de las cosas establecidas por el Creador y por su voluntad se dirige al bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y amor de la verdad y el bien (CIC 1704).

La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza (CIC 1731).

Todo el hombre debe tender al bien. La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien solo por su voluntad, sino por su apetito sensible (CIC 1770).


Las virtudes

Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe (CIC 1804). Se puede decir que las virtudes son la fuerza para que la semilla llegue a ser árbol.

El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. La caridad es el vínculo de la perfección (Cor. 13, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de la práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino (CIC 1827).

La existencia y necesidad de las virtudes infusas se desprende de la misma naturaleza de la gracia. La gracia es un germen divino, una semilla de Dios, que pide de suyo crecimiento y desarrollo hasta alcanzar su perfección.

La gracia exige y postula unos principios inmediatos de operación que fluyen de su misma esencia.

La providencia divina mueve a todos los seres en armonía y de acuerdo a su propia naturaleza y necesita de ciertos principios operativos sobrenaturales para que el hombre pueda tender al fin sobrenatural de una manera connatural, con suavidad y sin violencia.

Las virtudes infusas son hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma para disponerlas a obrar según el dictamen de la razón iluminada por la fe.

Se diferencia de las adquiridas o naturales porque estos son hábitos que se adquieren en el hombre a fuerza de repetir actos. Las virtudes naturales no dan potencia para obrar, sino facilidad. Se adquieren por los principios naturales. Por ellas el hombre se conduce rectamente en las cosas humanas y realiza actos conforme a su naturaleza racional.

El objeto formal en las virtudes naturales es el bien, según la regla y luz de la razón natural o la conformidad con el fin natural. En las sobrenaturales es el bien, según la regla y luz sobrenatural de la fe o la conformidad con el fin sobrenatural.


Orden y clasificación de las Virtudes

Las virtudes se dividen en teologales y morales. Las teologales ordenan las potencias al fin. Las morales disponen las potencias con relación a los medios.

Las teologales responden en el orden de la gracia, a lo que son en el de naturaleza los principios naturales que ordenan al hombre a su fin natural. Las morales responden a las virtudes adquiridas que perfeccionan a la persona humana en relación a los medios.

Hay una estrecha semejanza y analogía entre el orden natural y el sobrenatural.

La existencia de las virtudes teologales está establecida en la Sagrada Escritura: «El amor de Dios, la caridad, se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom. 5, 5). «Porque sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb. 11, 6). «Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad pero la más excelente de ellas es la caridad» (I Cor. 13, 13).

Se ordenan a Dios como fin sobrenatural y al mismo Dios por objeto material y uno de los atributos divinos como objeto formal.

Son tres: fe, esperanza y caridad –número ternario–. Con ellas se realiza la unión inmediata con Dios. Como Verdad: por la fe. Como Sumo Bien para nosotros: por la esperanza. Como Sumo Bien en sí mismo: por la caridad.

Por el orden de generación y origen lo primero es conocer (la fe); luego desear (la esperanza), y finalmente conseguir (la caridad). También por el orden de los hábitos es que el entendimiento (fe) precede a la voluntad, y el amor imperfecto al perfecto.

Por el orden de la perfección la caridad es la más excelente de todas porque nos une más íntimamente a Dios y la única que permanecerá eternamente.

Virtudes morales infusas también tienen su fundamento en la Sagrada Escritura: «Si amas la justicia, los frutos de sabiduría son las virtudes, porque ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza, las virtudes más provechosas para los hombres en la vida» (Sap. 8, 7).

Exigidas las virtudes teologales por la gracia santificante para ordenarse dinámicamente al fin sobrenatural, las virtudes morales infusas son exigidas, a su vez, por las teologales porque estar ordenando al fin exige disposición con relación a los medios.

En el plano de la naturaleza, las virtudes adquiridas se ordenan a los actos de sindéresis y rectitud de la voluntad.

Las virtudes morales infusas son hábitos que disponen las potencias del hombre para seguir el dictamen de la razón iluminada por la Fe con relación a los medios conducentes al fin sobrenatural.

Las cuatro virtudes cardinales son: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Por razón del objeto: el bien de la razón se encuentra de cuatro modos: 
* La prudencia: impone el bien en la misma razón.
* La justicia: rectifica las operaciones exteriores.
* La fortaleza: impulsa contra las pasiones que retraen del orden de la razón.
* La templanza: refrena los impulsos desordenados.

Por razón del sujeto: cuatro son las potencias del hombre que son capaces de ser sujeto de virtudes morales; en cada una de ellas debe haber una virtud principal.
* En la razón: la prudencia remedio de la ignorancia.
* En la voluntad: la justicia remedio de la malicia.
* En el apetito irascible: la fortaleza remedio a la debilidad.
* En el apetito concupiscible: la templanza remedio de la concupiscencia desordenada.


Las  Virtudes Teologales y Morales por el Orden de Perfección

Virtudes teologales: disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen motivo y objeto a Dios conocido por la fe, esperado y amado por El mismo, informan y vivifican todas las virtudes morales.

Por la caridad: amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por el amor de Dios. Es el vínculo de la perfección y la forma de todas las virtudes: Se encuentra descripto en la doble ley del amor y en los diez mandamientos.

Por la fe: creemos en Dios y creemos todo lo que Él ha revelado y lo que la Santa Iglesia nos propone como objeto de la fe. Se explicita en el Credo.

Por la esperanza: deseamos y esperamos de Dios una firme confianza, la vida eterna y las gracias para merecerla. Se explica en el “Padre Nuestro”.

Las virtudes humanas son: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.

La Prudencia dispone la razón práctica para discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo.

La Justicia es la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que es debido.

La Fortaleza: asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la práctica del bien.

La Templanza: modera la atracción hacia los placeres y el uso de los bienes creados.

5.- La Caridad: Naturaleza íntima de la Perfección

La perfección cristiana consiste en la perfección de la caridad: «Por encima de todo vestíos de caridad, que es vínculo de perfección. El fin del Evangelio es la caridad» (I Tim. 1, 5).

La perfección cristiana consiste en la perfección del acto de caridad; y en los de las demás virtudes infusas en cuanto imperados por la caridad.

En la medida que la caridad produzca más intensamente su propio acto elícito e impere el de las demás virtudes de una manera más intensa, más actual, más universal, se irá incrementando la perfección primeramente con relación al amor de Dios y secundariamente con relación al amor al prójimo.

La caridad debe ser primariamente afectiva y secundariamente efectiva. Royo Marín [5] trae una hermosa frase de San Francisco de Sales: «Dos son los principales ejercicios de nuestro amor a Dios: uno afectivo y otro efectivo o activo, como dice San Bernardo. Por el primero nos aficionamos a Dios y a todo lo que a Él place; por el segundo servimos a Dios y hacemos lo que él ordena. Aquel nos une a la bondad de Dios, éste nos hace cumplir su voluntad. El uno nos llena de complacencia, de benevolencia, de aspiraciones, de deseos, de suspiros, de ardores espirituales, de tal modo que nuestro espíritu se infunde en Dios y se mezcla con Él; el otro, pone en nosotros el firme propósito, el ánimo decidido y la inquebrantable obediencia para cumplir los mandatos de su voluntad divina y para sufrir, aceptar, aprobar y abrazar todo cuanto proviene de su beneplácito. El uno hace que nos complazcamos en Dios, el otro que lo agrademos».

La caridad necesita ser perfeccionada por el don de la sabiduría.

Sin la influencia de los dones, las virtudes infusas actúan según las reglas de la razón iluminada por la fe; pero al modo humano. Siendo en sí mismas hábitos sobrenaturales y divinos, están reclamando un modo divino o sobrehumano para alcanzar su plena expansión o desarrollo.

La caridad puede crecer indefinidamente en esta vida, esencialmente en los preceptos y secundariamente en los consejos.


6.- La Perfección y los Dones del Espíritu Santo

El primer gran don de Dios es el propio Espíritu Santo, que es el amor mismo con que Dios se ama y nos ama.

Es el amor infinito en el reino de la Trinidad Beatísima, [y de] cuanto está en nosotros como misión y envío. De este primer gran don proceden los demás dones.

Tienen su fundamento en la Sagrada Escritura:
«Y brotará una vara del tronco de Jesé,
Y retoñará de sus raíces un vástago,
Sobre el que reposará el espíritu de Yavé:
Espíritu de sabiduría y de inteligencia,
Espíritu de consejo y fortaleza,
Espíritu de entendimiento y de temor de Yavé
Y pronunciaré sus decretos en el Temor de Yavé».

El número siete tiene el valor de plenitud en el texto. Dice dos veces “temor”, pero puede traducirse también como “piedad” como lo hace la Vulgata latina.

Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.

“Al modo divino o sobrehumano” es la principal diferencia entre la moción ordinaria de la gracia actual que mueve las virtudes infusas al modo humano, y la moción divina en acto de los dones del Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano. 

Los dones son absolutamente necesarios para la perfección de las virtudes infusas e incluso para la salvación.

Royo Marín [6] dice que existe entre los dones una jerarquía que comienza en la base con el don de temor  y  acaba en la cumbre con el don de sabiduría que es el más sublime y excelente de todos. Veamos esa jerarquía pero en modo descendente, empezando por la sabiduría.


Jerarquía de los Dones del Espíritu Santo

Don de Sabiduría, es un hábito sobrenatural, inseparable de la caridad, por el cual juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas por sus últimos y altísimas causas bajo el instinto especial del Espíritu Santo, que nos las hace saborear con cierta connaturalidad y simpatía.

Don de Entendimiento, es un hábito sobrenatural, infundido por Dios con la gracia santificante, por la cual la inteligencia del hombre, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo se hace apta para una penetrante intuición de las cosas reveladas y aun de las naturales en orden al fin último sobrenatural.

Don de Ciencia, es un hábito sobrenatural infundido por Dios con la gracia santificante, por el cual la inteligencia del hombre, bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas creadas en orden al fin último sobrenatural.

Don de Consejo, es un hábito sobrenatural por el cual el alma en gracia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, intuye rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer el orden al fin último sobrenatural.

Don de Piedad, es un hábito sobrenatural infundido por Dios con la gracia santificante para excitar en nuestra voluntad, por instinto del Espíritu Santo, un afecto filial hacia Dios, considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad universal para con todos los hombres en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre, que está en los cielos.

Don de Fortaleza, es un hábito sobrenatural que robustece el alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir.

Don de Temor, es un hábito sobrenatural por el cual el justo, bajo el instinto del Espíritu Santo y dominado por un sentimiento reverencial hacia la majestad de Dios, adquiere docilidad especial para apartarse del pecado y someterse totalmente a la divina voluntad.


Frutos del Espíritu Santo

Los frutos del Espíritu Santo son actos que proceden de los dones. También las bienaventuranzas son frutos pero más perfectos.

La Vulgata enumera doce: caridad; gozo espiritual, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad (Gal. 5, 22-23).

7.- Las Bienaventuranzas Evangélicas. Centro de la predicación de Jesús y Revelación de su Rostro

Las bienaventuranzas evangélicas son el coronamiento definitivo de toda la vida cristiana.

Como los frutos, no son hábitos sino actos que proceden de las virtudes y los dones. Pero son actos tan perfectos que hay que atribuirlos a los dones más que a las virtudes. Son, en esta vida, un anticipo de la bienaventuranza eterna.

Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona humana está ordenada a Dios y llamada, en alma y cuerpo, a la bienaventuranza (felicidad) eterna (CIC 358).

El hombre alcanza la bienaventuranza en virtud de la gracia de Cristo que lo hace partícipe de la vida divina. El Sermón de la Montaña señala el camino a la felicidad sin fin: las bienaventuranzas evangélicas.

La Gracia de Cristo obra en todo hombre, que siguiendo la recta conciencia busca y ama la verdad y el bien.

Las bienaventuranzas son el centro de la predicación de Jesús, dibujan su rostro, responden al innato deseo de felicidad que Dios puso en el hombre para atraerlo a Él.

La bienaventuranza consiste en la visión de Dios en la vida eterna cuando seamos partícipes de la vida divina.

La promesa de felicidad nos sitúa frente a opciones morales decisivas respecto de los bienes terrenales, estimulándonos a amar a Dios sobre todas las cosas.

La bienaventuranza es del orden del anuncio, de la proclamación, de la felicitación por un estado de dicha o anuncio de una alegría futura. Es un modo de expresión sapiencial.

Las bienaventuranzas o macarismos son numerosas en el Nuevo Testamento. Son proclamados felices los que ven, o reciben la palabra de Dios y la ponen en práctica; los que creen sin haber visto, los que velan y los que son perseguidos por el nombre de Cristo.

El conjunto más conocido es el que se encuentra en Mateo y Lucas. Mateo tiene 8 bienaventuranzas. Lucas 4 bienaventuranzas, más 4 maldiciones.

En Mateo el estilo es más impersonal, tiene impronta más espiritual y mesiánica. Lucas ve el aspecto social.


Las Ocho Bienaventuranzas (Mt  5, 1-12)

«Al ver estas multitudes, subió a la montaña, y habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos. Entonces abrió su boca, y se puso a enseñarles así:
1. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos.
2. Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados.
3. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia porque serán hartados.
5. Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios.
6. Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios.
7. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia porque a ellos pertenece el reino de los cielos.
8. Dichosos seréis cuando os insulten, cuando os persigan, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros, por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros».

En las bienaventuranzas de Jesús se rebela el espíritu con que Dios ejerce su realeza.

Dios no es neutral, está del lado de los pobres y humildes; pero no por ser buenas sus disposiciones personales sino porque Dios está a su favor.

La bienaventuranza habla primero de un don de Dios que reina y después de una actitud del hombre, condiciones concretas en que tiene sus raíces la disponibilidad espiritual.

Santo Tomás dedica dos artículos admirables a la exposición de estas ocho bienaventuranzas y de sus premios correspondientes.

Hay una correspondencia entre las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo y las bienaventuranzas evangélicas tal como establece Santo Tomás (I-II, 68-69; II-II, 8. 9. 19. 45. 52. 121. 139. 141 ad. 3).
No figura la octava bienaventuranza persecución por causa de la justicia, porque siendo la más perfecta de todas, contiene y abarca todas las demás en medio de los mayores obstáculos y dificultades.

Las bienaventuranzas evangélicas nos revelan el rostro de Cristo. 

Toda la historia de la humanidad se resume en la historia del perfeccionamiento o la deformación de la imagen de Dios en el hombre y en la sociedad.

En el futuro mostraremos como se plasma esta doctrina del reino en la sociedad humana que se funda en la virtud para alcanzar las bienaventuranzas.

8.- Los grados de perfección en el Hombre y la Sociedad

A través de los siglos los filósofos, tanto paganos como cristianos, han tratado de establecer los grados de perfección humanos y su influencia en la sociedad. 

Aristóteles habla de una vida superior o Contemplativa; de una vida media o de acción, destinada a la actividad política; y de una vida inferior, pueril, superficial y voluptuosa.

Los Hindúes hacían, de una clasificación parecida, una sociedad de castas, correspondiendo a los Brahmanes la vida espiritual superior; a los Rajásicos el gobierno y la guerra; y a los vaísias y sudras las actividades operativas: comercio, artesanado, etc. Lo malo de esta clasificación es que impide el ascenso perfeccionante en esta vida y excluye a los parias.

Las épocas de las civilizaciones están marcadas por el predominio de cada personaje: Giambatista Vico habla de una Edad de los Dioses, donde predomina el sacerdocio, que posee un lenguaje sagrado que no entiende la gente común; una Edad de los Héroes o épica, donde predomina la nobleza y se expresa por un lenguaje de símbolos o emblemas; y una Edad de los Hombres o democrática, cuyo lenguaje es llano y lo comprende el pueblo. Luego viene la corrupción. 

El filósofo Gueydan de Roussel [7] describe tres etapas de la política según predomine: 1) El Combatiente por el bien común, que da lugar a la política normal que él llama agonal; 2) El Jugador, que representa la pérdida de la noción de Verdad y Bien, lo que abre el camino a una política patológica orientada por el poder y el interés a expensas del bien, que él llama política juego; 3) El Testigo, que es la encarnación de las ideas ejemplares que por un sacrificio vuelven a ser convocantes de una restauración social, que él llama política metafísica. 

P. Castellani [8], siguiendo a Kirkegord, distingue tres vidas que son a la vez tres estadios:
* La vida religiosa, centrada en la Fe, bajo el signo del sacrificio, cuyo personaje es el Singular.
* La vida ética, centrada en el deber, cuya meta es la honra y la victoria.  No ve más allá de las normas, cuyo arquetipo es el alcalde de Zalamea.
* La vida estética o de las sensaciones, centrada en las facultades inferiores, bajo el signo del placer que no conoce la muerte. Su personaje es el “Don Juan”.

Castellani explica las consecuencias sociales de estas teorías:

«Sociológicamente hablando, los hombres se dividen en tres grandes clases: sáttwicos, rajásicos y tamásicos, o sea, sabios, guerreros y gente común. Esta división, sea que uno la tome de Taymond Abellio, sea que la tome del hinduismo y los Vedanta, o del Dante Alighieri, o de la Biblia o de los antiguos egipcios, es eterna, porque se basa en la misma estructura esencial del ser humano y en los tres estados posibles de su intelecto: intelecto especulativo, intelecto práctico y sentido común. El intelecto es lo que define al hombre.

SÁTTWICO o brahmánicos o metafísicos son los hombres que tienen un exceso de intelecto especulativo o bien están conjuntos socialmente con ellos formando un cuerpo. El sáttwico es, por lo tanto, el sabio y todos los que con él participan y comulgan; el sabio, no el hombre de ciencia de hoy, posesor de la técnica y carente de la sabiduría, sino el posesor de la ciencia sagrada, de la ciencia de salvación. El sacerdote debería ser el hombre de la sabiduría; y una de las causas hondas de la tremenda decadencia de la Iglesia de hoy es que los sacerdotes han descuidado o soltado simplemente la sabiduría esotérica, y aun toda sabiduría; y a veces toda ciencia.

RAJÁSICOS o señores o guerreros son los hombres sobresalientes en intelecto práctico: en Salta los llaman simplemente “afincados”. Son los aptos para gobernar, siempre y cuando se mantengan unidos a los sáttwicos y reciban su luz de como la luna del sol. “El inteligente debe gobernar”, decían los antiguos, “intelligentis est ordinare”; pero ordinariamente no debe gobernar por sí mismo, sino inspirar el gobierno; para el cual tiene condiciones de luz pero le faltan casi siempre condiciones de ímpetu; por la sencilla razón de que el hombre es limitado y no puede dedicarse a dos cosas a la vez. El rajásico no se diferencia del brahmánico por tener una inteligencia menor; no es cuestión propiamente de grado sino de aplicación: su inteligencia no está aplicada a los fines sino a los medios, y además (y por eso mismo) está calzada y como penetrada por la voluntad, el ímpetu, la pasión. La pasión es necesaria para la acción, son los “hombres de acción”, los hombres que se exaltan en la lucha; pero de suyo la pasión circunscribe y estrecha el intelecto.

TAMÁSICOS (que en Salta llaman “matacos”) son los que no tienen excelencia de entendimiento de ningún género, sino a lo más sentido común; y ése lo tienen solamente de prestado, por la luz que viene de arriba y se difunde en el ambiente cultural común, sin negar por eso que tengan intelecto propio con su propia actividad espontánea, por supuesto; porque no hablamos aquí de la facultad, que todo hombre posee, sino de su actuación social y de su ejercicio de hecho» [9]. 


9. La Celeste Jerarquía, modelo de la comunidad Cristiana

Si queremos que se haga la voluntad de Dios “así en la Tierra como en el Cielo” nos puede resultar útil la referencia a las jerarquías celestes que Santo Tomás tomó de Dionisio Areopagita y relacionarlas con la estructura esencial del ser humano y los tres estados posibles de su intelecto: intelecto especulativo, intelecto práctico y sentido común. 

Según esta doctrina “Ángeles” son llamados comúnmente los espíritus puros que permanecieron fieles a Dios. Son seres perfectísimos, sin cuerpo, dotados de inteligencia y voluntad, dedicados a la alabanza y servicio de Dios (Dan 7, 10).

Están distribuidos en nueve órdenes o coros: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles.

Los tres primeros coros contemplan más de cerca el esplendor de Dios y,  llenos de Verdad e inflamados de su Amor, prorrumpen en una perpetua alabanza: serafín significa ardor: por fuego de su amor a Dios; querubín significa plenitud de ciencia; trono quiere decir, metafóricamente, firmeza.

Vueltos hacia Dios consideran únicamente en Él las esencias inteligibles. Dios es el fin de toda creatura. El fin del Universo es la Bondad de Dios.

Este primer nivel corresponde a los contemplativos y a las virtudes teologales de la Caridad, perfeccionada por el don de Sabiduría; de la fe, perfeccionada por los dones de Entendimiento y Ciencia; y de la esperanza, perfeccionada por el don de Temor de Dios, entendido como temor de ofenderlo. Corresponde también a la etapa superior de la vida mística: la unitiva.

En la oración del  Rosario, que es una escalera angélica de perfección, corresponde a los Misterios Gloriosos, y en el árbol de la Cristiandad a las ramas y las hojas del que representa el primer estado de los que oran por todos: el Sacerdocio.

La segunda jerarquía: dominaciones, virtudes y potestades que consideran las esencias inteligibles en las causas universales de la creación. No conocen las razones de las cosas en Dios mismo. Su objeto propio es la disposición general de los medios con respecto al fin.

Se refiere a los activos que gobiernan y a las virtudes morales de Prudencia, perfeccionada por el don de Consejo, de Justicia, perfeccionada por el don de Piedad, y Fortaleza, perfeccionada por el don de Fortaleza.

Corresponde a la Etapa Iluminativa de la mística y a los Misterios Luminosos y Dolorosos del Rosario, destinados a esclarecer la Inteligencia.

En el árbol de la Cristiandad corresponde al tronco que le da firmeza y dirección al árbol, y representa al segundo estado de los defensores, que pelean por los tres estados.

La tercera jerarquía: principados, arcángeles y ángeles. Conocen el orden de la Divina Providencia no en sí misma, ni en las causas generales sino en las multiplicidades particulares. Corresponde a los activos que ejecutan y a la virtud de la templanza, perfeccionada por el Don de Temor. En la mística conviene a la etapa purificativa, y en el Rosario a los Misterios Gozosos.

Los tres coros superiores, manifestando la unidad jerárquica del mundo angélico, trasmiten la luz a los coros inferiores. Así, los tres últimos, sin dejar un instante la visión de Dios, sino más bien teniéndola como regla y modelo, inflamados de celo por su causa, gobiernan el mundo (personas y cosas) y lo ordenan hacia Él, pues son “potentes y ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra” (S. 103, 20). Conocemos mejor a tres de los arcángeles (Miguel, Gabriel y Rafael), así como a los ángeles de la guarda. Éstos son “espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación” (Heb. 1, 14). Presentes en la vida de Cristo y la Iglesia. “De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo Encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles… De ahí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles” (CIC 333-334).

10. Los grados de perfección cristiana en la sociedad.

La perfección cristiana no es otra que la perfección de la caridad. La caridad es Vida que nace, se alimenta y se perfecciona según la conocida cita de San Agustín: “una vez nacida se alimenta; alimentada se fortalece; fortalecida se perfecciona”.

Sto. Tomás, tan amigo de las analogías con el orden natural del desarrollo físico-psicológico de la vida humana, distingue tres etapas fundamentales: la infancia, la adolescencia y la madurez; correspondientes a los grados de incipiente, proficiente y perfecto.

El grado incipiente es la etapa en la que debe dominarse la concupiscencia y apartarse del pecado. En ellos la caridad debe ser alimentada y para que no se desvíe o se corrompa. Es la etapa purificativa entendida principalmente como purificación del sentido.

El grado de proficientes es en el que hay que crecer, adelantarse y fortalecerse en el bien. Corresponde el esclarecimiento de la Inteligencia y la fortificación  de la voluntad. Es la etapa iluminativa.

El grado de perfecto es en el cual se debe contemplar a Dios y unirse íntimamente con Él. .Corresponde a la etapa unitiva. Como en el movimiento corporal lo primero es abandonar el punto de partida, lo segundo es acercarse al término y lo tercero reposar en él. 

Las Etapas purgativa, iluminativa y perfectiva de la mística, que mencionó por primera vez Dionisio en la Celeste Jerarquía (Cap. III) referida a los órdenes angélicos y modelo de todas las demás jerarquías eclesiásticas y políticas, se aplica también al desarrollo individual de cada hombre.

Establece una escala que tiene en cuenta la mayor proximidad a lo celestial, a la luz y a la perfección, y no descuida el mérito individual. En base a dichos criterios establece la etapa ascensional purgativa, iluminativa y perfectiva o unitiva que quedarán para siempre en la Tradición Cristiana como referencia a las etapas de la mística y a la organización política de la Cristiandad –tanto del Oriente bizantino como del Occidente carolingio–.


La Sociedad Política cristiana se funda en el concepto de hombre como imagen de Dios Uno y Trino

La sociedad cristiana se funda en la teología que dice que el hombre, y por lo tanto la sociedad, han sido creados a imagen de Dios, uno y trino:

Para el teólogo, el hombre, y por extensión la sociedad, han sido creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima Trinidad. Hasta fines del siglo XVI, los cristianos proclamaron que ninguna dominación debía fundarse más que en la imagen de Dios: «non fundatur dominium nisi in imagine Dei». La sociedad fundada a imagen de Dios era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trinidad. 

Asimismo, como Dios es uno y trino, la Trinidad también quedará plasmada en la forma social con la división en tres órdenes:

«En la era cristiana, la sociedad estaba dividida en tres órdenes. El clero decía. “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los tres órdenes”. Era la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. Siguiendo la parábola de Cristo que compara al Reino con una semilla que llega a ser un gran árbol. La unidad de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo, donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos terrestres; las hojas, los alimentos celestiales, comunicándole los buenos efectos del sol y del aire; el tronco y las ramas le dan su forma y mantienen su orientación hacia el Cielo. 

Entre los tres órdenes existía una estrecha colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. Mientras el árbol social estuvo orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega, no se vio amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas y hojas caen por tierra, y cuyas raíces no cumplen más sus funciones sociales».
En los próximos trabajos desarrollaremos lo que falta considerar del Sermón de la Montaña, como causa ejemplar y promulgación del Reino: “El cumplimiento de la ley y la Justicia Nueva. Los dos señores y el desprendimiento de las riquezas. Las relaciones con el prójimo. La entrada en el Reino por las obras”; para pasar  luego a la encarnación del reino a través de la consideración de las Jerarquías y siguiendo el arquetipo de las angélicas (eclesiástica, académica o educativa, política-económica, militar). 

Estos órdenes serán verdaderamente cristianos en la medida que sean jerarquías de servicio y caridad, que cumplan el mandato de “sed perfectos, sed santos, sed misericordiosos”. 


Capítulo 2.
La Vocación Apostólica. Sal de la Tierra y Luz del Mundo

«Vosotros sois la sal de la tierra. Más si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? Para nada vale ya, sino para que, tirada fuera, la pisen los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede esconderse una ciudad situada sobre una montaña. Y no se enciende una candela para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, y (así) alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras obras buenas, glorifiquen a vuestro Padre del cielo» (Mt 5, 13-16)


A. La Sal: Sabiduría y pureza Moral

San Mateo presenta el valor más alto del significado de Sal, que es la sabiduría (de saborear) y pureza moral en cuanto ayuda a engendrar la comunidad en la amistad y a conservarla en la pureza [10].

Originalmente la sal es un condimento que hace sabrosa la comida y un medio de conservación del alimento. Comer sal con alguien significaba comer su pan, y por tanto, pertenecer a su casa. Una alianza con sal, es una alianza que no se puede romper (Núm 18, 11; 13, 5; Lev 2, 13). La sal es el símbolo de las cosas valiosas y permanentes.

Se usaba también para pagar el “salario”. Comer sal con alguien significaba también hacer un pacto de amistad, justamente la “amistad virtuosa” es el sinónimo de bien común, el fin de la comunidad. El pacto de sal era indisoluble. Se utiliza la sal para la oración añadiéndola al incienso perfumado preparado con las reglas del arte (Ex 30, 35) y para los sacrificios (Lev 2, 13).

Al recién nacido se lo frotaba con sal (Ez 16, 4). Se utilizaba la sal para sanear. El profeta Eliseo sanea las aguas con sal (Re 2, 19-22).

También se usa la sal para desolar la tierra de un enemigo malvado. Como arrancarlo de raíz sembrando sal (Ju 9, 45).

La sal se utiliza en el sacramento del bautismo. El seguidor de Cristo es también protector contra la corrupción, pues la sal significa incorruptibilidad.

Es símbolo de la misión de conservación que tienen los cristianos respecto de la Tierra. Los apóstoles, como pescadores, sabían conservar el pescado con sal. La ciudad de Tariquea, al occidente del Tiberiades, estaba especializada en la conservación del pescado con sal. Por eso la sal no puede volverse insípida (perder la sabiduría y la pureza) porque será pisada por los hombres. 

Esto indica también que la función del sabio tiene una finalidad de servicio y no puede mantenerse en su posición de privilegio si no cumple su misión.


B. La Luz

1. Dios es Luz Increada

La luz es el símbolo de la naturaleza divina. «Dios es luz, y no hay tinieblas en Él» (1 Jn 1, 5); «está vestido de gloria y honor, está envuelto de luz como de un vestido» (Ps  103, 1-2); «Habita una luz inaccesible» (1 Tim 6, 16), es «el Padre de las luces» (Sant 1, 17). «Dios es la luz increada, un abismo insondable de sabiduría, santidad, amor» (1 Jn 1, 5), belleza, felicidad, gloria y majestad; es además, el Creador y la fuente de toda luz espiritual o sensible, natural o sobrenatural.
Es rico en amor y fidelidad (Ex 34, 6).


La Santísima Trinidad es luz de Todos los Misterios

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la Fe y la Vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es pues, la fuente de todos los otros misterios de la Fe, es la luz que nos ilumina (CIC 234).

«O lux beata Trinitas et principalis Unitas»: Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial (LH, himno de vísperas).

Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su Vida bienaventurada. Tal es el designio benevolente (Ef 1, 9) que concibió antes de la Creación del mundo en su Hijo amado, predestinándonos a la adopción (Ef 1, 4-5), es decir, a la reproducir la imagen de su Hijo (Rm 8, 29) gracias al Espíritu de adopción filial (Rm 8, 15).

Este designio es una gracia “dada antes de todos los siglos” (2 Tm 1, 9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario (CIC 257).

Esta luz se despliega y refleja:
* En la creación del Universo
* En la creación del Hombre
* En la historia de la salvación después de la caída
* En la misión del Hijo y el Espíritu Santo
* En la Fe
* En la Misión de la Iglesia
* En el porvenir esjatológico


2. La luz en la Creación del Universo. La luz de la Trinidad se manifiesta en la Creación

La luz tiene su fuente última en la Trinidad. Al decir de San Gregorio de Nazianzo, “las tres luces no forman más que una sola luz”. Cuando la Escritura habla de “la gloria de Dios”, se está refiriendo a aquella luz con la que Dios se manifiesta hacia afuera. Es la majestad eterna de las Tres Divinas Personas, por la que se irradia, dejándose conocer por las creaturas.

Siguiendo al P. Sáenz: “La gloria es la revelación, la manifestación, el reflejo, el vestido de la perfección interior. Dios se revela a si mismo desde toda la eternidad por la generación eterna de su Hijo consustancial y por la procesión eterna de su Espíritu consustancial, y así su unidad, en su Trinidad santa, resplandece con una gloria esencial, imperecedera, inmutable. Dios Padre es el Padre de la gloria (Ef 1, 17); el Hijo es el esplendor de su gloria (Heb 1, 3) y tuvo la gloria de su padre antes que el mundo fuese (Jn 17,5); de modo semejante, el Espíritu de Dios es Espíritu de la gloria (1 Pe 4,14). En esta gloria propia, intrínseca, Dios vive en una felicidad perfecta, sin tener necesidad de ningún testigo, sin poder admitir ninguna partición. Pero como en su clemencia, en su amor infinitos, desea comunicar su felicidad, hace a otros participes bienaventurados de su gloria, derrama sus perfecciones infinitas, y estas se develan en sus creaturas; su gloria se manifiesta en las potencias angélicas, se refleja en el hombre, reviste la magnificencia del mundo visible; comunica su gloria; quienes se han hecho participantes de ella la reciben; la gloria retorna a Él, y en esta circunvolución perpetua, por así decirlo, de la gloria divina, consiste la vida bienaventurada, la felicidad de las creaturas» (IES, p. 180).

Según el relato bíblico de la creación, al comienzo Dios dijo: «“Haya luz”, y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas… y hubo una tarde y una mañana, fue el día» (Gen 1, 3-4). Las tinieblas y la noche no fueron creadas por Dios, sino que serían como el dorso oscuro de lo que hizo el Señor. Por otra parte, la luz de que allí se habla no es un elemento físico. Éste recién aparecerá el cuarto día, con la creación del Sol. 

Para Clemente de Alejandría, la luz del primer día preexiste a la creación del mundo. “Es la verdadera luz del Logos, que ilumina las cosas todavía ocultas, y por la cual toda criatura ha llegado a la existencia”. Evdokimov cree ver en esta manifestación inicial –in principio– de la luz, la revelación hacia afuera del Rostro eterno de Dios” (IES, p. 181).


La creación como libro divino

Dios habla al hombre a través de la Creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (Sb. 13, 1; Rm. 1, 19-20; Hech. 14, 17).

La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos, hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y proximidad (CIC 1147).

“Todo lo que se manifiesta es luz”, afirmará San Pablo (Ef 5, 13), es decir, todo ser es luz. Lo que no es luz no se descubre, pues carece de realidad. En Dios todo es ser, todo es plenitud de realidad.

Pero fue sobre todo el Pseudo-Dionisio quien mejor integró el tema de la luz en su cosmovisión. Como se sabe, Dionisio nos ha dejado una descripción del orden jerárquico que existe tanto en el cosmos inteligible (kosmosnoétos) como en el cosmos sensible (kosmosaisthétos). La luz inmaterial, que proviene de Dios, su origen fontal, se comunica ante todo a las jerarquías supremas de los espíritus celestiales, es decir, a los serafines, querubines y tronos, quienes la reflejan a las jerarquías –celestes y terrestres– [y] se caracterizan por la armonía (harmonía), la sinfonía (symphonía) y la simetría (symmetría). No deja de resultar digna de admiración la belleza del universo dionisiano. El lenguaje que la expresa es el de un artista y un poeta.

Los análisis antedichos se basan en una experiencia primigenia de los hombres. La luz y las tinieblas evocan la vida y la muerte, el bien y el mal. Esta polaridad traduce la polaridad misma de la existencia humana. La luz es vitalidad, gozo y claridad; lo que no tiene luz se muestra tenebroso y opaco. La tiniebla es privación, algo que está fuera, y, en última instancia, al margen de Dios; es el Hades, pura oscuridad, carente de existencia. No deja de ser significativo que la palabra Hades (ádes, áides) hasta etimológicamente signifique “sin visibilidad”: lo que está privado de visibilidad. La tiniebla es infructuosa, y por eso “las obras de las tinieblas” son calificadas por el Apóstol de “estériles” (cf. Ef  5, 11).

Las tinieblas son imagen del paganismo antiguo y moderno, es decir de la ignorancia, el error, la incredulidad, el pecado, la impiedad, la desolación y la desesperación; la luz, por el contrario, en el lenguaje de la Biblia, es figura del Cristianismo, es decir de la verdad, la gracia, la fe, la sabiduría, las virtudes, la consolación y la felicidad, que vienen del cielo y a él conducen.

Es en este sentido muy amplio que hay que entender las palabras de San Pedro: «Dios nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pe 2, 9).


3. La luz de la razón humana

Los griegos consideraban como “iluminación” la suprema inteligencia metafísica de los principios del ser. La ontología platónica, basaba en el mundo puro y luminoso de las ideas, era una metafísica de la luz. Para Platón, el ser absoluto y principio de toda existencia es el Bien, que al tiempo que engendra en el hombre la inteligencia, se refleja en el mundo material por la luz. De esa suerte, la luz pierde su carácter puramente físico porque, a través de ella, Dios comunica al hombre su verdad, su bondad y su belleza. En cambio, el mundo que nos rodea es considerado como una suma de elementos heterogéneos, amalgamados a la tiniebla, es decir, al no-ser (IES, p. 178).

Para los Cristianos, en cambio, la Luz Divina –con la creación del Universo– creó tres luces participadas: 1) El orden inteligible, el primer día: “Fiat Lux”; 2) La luz sensible, el cuarto día con la creación del sol y la luna; y 3) la luz de la razón humana, el sexto día.

Dios crea un mundo ordenado y bueno porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: creada en y por el Verbo imagen del Dios invisible (Col 1, 15), dirigida al hombre, imagen de Dios (Gn 1, 26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su Creación (Sal 19, 2-5; CIC 299).

El hombre, como imagen de Dios, participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón, es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador (CIC 1704).

Tiene esa capacidad por haber sido creado a su imagen y semejanza (CIC 36). Puede pues tener un conocimiento cierto y verdadero de un Dios personal que protege y gobierna el mundo por su providencia, y una ley natural que el Creador ha puesto en nuestras almas. 

Pero la razón humana está limitada por la ignorancia y el error, por lo que tiene dificultades cuando estas verdades sobrepasan el orden de las cosas sensibles. Y cuando deben traducirse en actos y proyectarse a la vida y exigen que el hombre se entregue y renuncia a sí mismo.

Para adquirir las verdades no solo padecen dificultades por parte de los sentidos y la imaginación sino por los malos deseos producto del pecado original que lo persuaden de la falsedad o incertidumbre de las cosas que no quisieran que sean verdaderas (Pio XII, Humani Generis; CIC 37).

Por ello, debe ser iluminado también por lo que no supera el entendimiento (CIC 38).


4- Cristo es Luz

1. Cristo es luz como Dios: Dios de Dios, luz de Luz.

Cristo es luz. Lo que el sol es para el mundo material, Cristo lo es para el mundo espiritual, para el reino de la gracia y de la gloria; es “luz de luz” (Credo de Nicea), “el esplendor de la gloria del Padre” (Heb 1, 3), “el esplendor de la luz eterna” (Sab 7, 26), “luz para iluminación de los gentiles y para gloria de Israel” (Lc 2, 32), “luz del mundo” (Jn 12, 46), la antorcha de la Jerusalén celestial (cf. Ap 21, 23). La luz es, pues, la figura de la gloria del Hijo Único del Padre y la refracción de esta gloria “en la plenitud de la gracia y de la verdad” (Jn 1, 14; SSM, p. 34 y 35).

La luz eterna se encarna en Cristo, luz verdadera que ilumina a todos los hombres (cf. Jn 1, 9), luz que brilla en las tinieblas (cf. Jn 1, 5), luz que es fuego arrojado a la tierra para que se haga incendio (cf. Lc 12, 49). “El fuego inmaterial y divino ilumina y pone a prueba las almas –escribe San Macario de Egipto–. Este fuego descendió sobre los apóstoles bajo la forma de lenguas de llamas. Este fuego resplandeció ante Pablo, le habló, iluminó su espíritu, y al mismo tiempo encegueció sus ojos, porque lo que es carne no puede soportar el esplendor de semejante luz. Moisés vio ese fuego en la zarza ardiente… Ese fuego expulsa a los demonios, extermina los pecados. Es la fuerza de la resurrección, la realidad de la vida eterna, la iluminación de las almas santas, la estabilidad de los poderes celestiales” (IES, p. 182). A los ojos de San Mateo (4, 16) la predicación de Jesús da lugar a la perspectiva esjatológica anunciada por Isaías (9, 1). Con sus palabras y milagros, Cristo anuncia la luz a los paganos (Hech. 26, 23), por eso las curaciones de los ciegos se revisten de un significado muy importante (Jn 9, 5). 

En la persona de Cristo se resuelve la triple ecuación: iluminados–revelación–luz. Él mismo es la luz que revela (Jn. 12, 46) y que da la vida a todos los hombres (Jn 1, 4-9); así el drama del que él mismo es la víctima corresponde a una lucha entre la luz y las tinieblas (Jn. 1, 4; 3, 19; 13, 30; Lc. 22, 53). La Transfiguración bajo la envoltura de la carne, deja aparecer la esencia divina de Cristo como Luz (Mt. 17, 2).


2.  Cristo es luz como Verdad:

La Verdad: Dios es fuente de toda verdad; con Jesucristo la Verdad de Dios se manifiesta en plenitud. Lleno de gracia y verdad (Jn. 1, 14), Él es la luz del mundo (Jn. 8, 12), la Verdad (Jn. 14, 6); Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional a la Verdad, «sea vuestro lenguaje; sí sí; no, no» (Mt 5, 37) (CIC 2466).


3. Cristo se manifiesta como luz:

1-Como estrella de David buscada por los Magos (Mt. 2, 2; CIC 528).

2-Como Mesías y luz de las Naciones en la Presentación en el Templo (Lc. 2, 22-39; CIC 529).

3-El Bautista fue presentado como testigo de la luz (Jn 1, 7; CIC 719).

4-Durante la transfiguración, el rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes y resplandecientes como la luz (Mt. 17, 1-8; CIC 554).


4. Como Clave de las Escrituras:

Cristo es la clave de la unidad del Antiguo y Nuevo Testamento (CIC 129). Los cristianos leen el Antiguo Testamento a la luz de Cristo muerto y resucitado. La lectura tipológica manifiesta el contenido inagotable del Antiguo Testamento.


5. Cristo es Luz de los Pueblos.

Cristo es la luz de los pueblos por eso la Iglesia desea iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia anunciando el Evangelio a todas las criaturas. La Iglesia depende totalmente de Cristo. La Imagen de la Iglesia da la Imagen de Cristo. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo: ella es según los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es el reflejo del Sol (CIC 748).


6. El domingo es el día de Cristo Sol de justicia.

El domingo es el día de la Creación, primero de la semana, y al mismo tiempo el dia octavo, el de la resurrección: es el Día que hizo el Señor. Dice San Jerónimo que “si los paganos lo llaman día del Sol también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el Sol de justicia cuyos rayos traen la resurrección” (CIC 1166).


7. Cristo es luz que integra las culturas diversas.

Cristo es la vida de la Vida litúrgica que integra como la luz en la unidad católica todas las verdaderas riquezas de las distintas culturas en las cuales se enraíza, purificándolas y plenificándolas (CIC 1202). 


8. La luz de Cristo transforma al Cristiano en Luz.

La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. Esta atención a Cristo es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres.

La contemplación dirige la mirada a los misterios de la Vida de Cristo. Aprende el Conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle (CIC 2715).


9. La Iglesia invoca a Cristo como Luz.

La oración de la Iglesia, aunque este dirigida principalmente al Padre, nos enseña a orar a Jesús: se lo invoca –según el Nuevo Testamento– como Hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Vida nuestra y nuestra Luz… 


5. La Luz de la Fe

La luz sensible ilumina, hace perceptibles las cosas exteriores. La verdad de la fe nos revela otro mundo, sobrenatural y más magnífico; nos permite dirigir la mirada a los misterios más profundos; nos devela las maravillas del reino de Dios, infinitamente más espléndidas que la admirable belleza del cosmos. Por la revelación, Dios hace brillar su luz en nuestras tinieblas, iluminando nuestros corazones con las claridades de la ciencia divina que resplandecen en el rostro de Jesucristo (cf. 2 Cor 4, 6; SSM, p. 35).

Por la fe creemos lo que Dios nos ha revelado. La Fe cristiana está contenida en el Credo .La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida (CIC 26).

Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces, en el camino de nuestra fe: lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de nuestra fe (Jn. 8, 31-32; CIC 89).

La fe es más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra de Dios que no puede mentir.

Las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la razón natural (ST. 2,2, 171, 5 obj. 3; CIC 157).

Dios da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean (Rm. 4, 17) y puesto que por su palabra pudo hacer resplandecer la Luz en las Tinieblas (Gn 1, 3), puede también dar la luz de la fe a los que lo ignoran (2 Co 4, 6; CIC 298).


La Palabra de Dios y la Fe y la Conciencia

En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la oración y la pongamos en práctica.

Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la Cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo y ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la Iglesia (CIC 1785).


La Luz antigua y la Fe revelada

La Ley antigua es el primer estado de la Ley Revelada, sus prescripciones morales están resumidas en los Diez mandamientos.

Los preceptos del Decálogo establecen los fundamentos de la vocación del hombre, formado a imagen de Dios. Prohíben lo que es contrario al amor de Dios y del Prójimo y prescriben lo que le es esencial.

El Decálogo es una luz ofrecida a la conciencia de todo hombre para manifestarle la llamada y los caminos de Dios,  y para protegerle contra el mal; dios escribió en las tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones. ( San Agustín, Sal 57, 1). (CIC 1962)


6. La luz de la Fe esclarece la luz de la Razón

1-Hay que creer para entender. Entender para Creer (San Agustín)

2-Fe e Inteligencia

Creer no radica en que las verdades reveladas sean inteligibles a la luz de la razón. Sino en la autoridad de Dios.

Para que el homenaje de la fe sea conforme a la razón, Dios quiso que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de pruebas exteriores de la razón: Milagros; profecías; propagación, santidad, fecundidad y estabilidad de la Iglesia: Adaptados a la inteligencia de todos, muestran que la fe no es ciega (CIC 156).

3-Fe y Ciencia. La fe está encima de la razón pero no puede haber desacuerdo entre ellos.

El mismo Dios, que revela los misterios y comunica la fe, ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón.

La investigación metódica de todas las disciplinas, si procede de modo realmente científico y según las normas morales, nunca puede estar en oposición de la Fe porque las realidades profanas y las de la fe tienen el mismo origen: Dios.

Quien con espíritu humilde y animo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, está guiado por Dios aunque no lo sepa. Dios sostiene todas las cosas y hace que sean lo que son (CIC 159).

[Hay] Necesidad de la Fe. Sin la fe es imposible agradar a Dios (Hb 11, 6). Nadie es justificado sin ella y nadie que no haya perseverado hasta el fin obtendrá la vida eterna (Mt. 10, 22; 24, 13; CIC 161).

La Fe esclarece la razón. La existencia de Dios Creador puede ser conocida con certeza por sus obras, gracias a la luz de la razón humana. [Ciertamente] Este conocimiento es oscurecido por el error. [Por eso] La Fe viene a confirmar y esclarecer a la razón para la justa inteligencia de la Verdad. «Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera de que lo que se ve resultase de lo que no aparece» (Hb 11, 3; CIC 286). 


7. La luz en la liturgia. Sacramentos y Gracia.

1-El Símbolo de la Luz.

La luz [es] no solo para la iluminación sensible sino señal de la alegría y como [un] símbolo de la divina luz, de la que se lee en los Salmos: “Tu palabra es la luz que ilumina mis pasos” (Ps 108, 105).

Esta misma razón misteriosa, que había persuadido a encender cirios durante la lectura del Evangelio, determinó después encenderlos a lo largo del Santo Sacrificio en que Cristo, que es verdadera luz del cosmos, se hace realmente presente.

Para descubrir el rico simbolismo de la luz, hay que atender a su naturaleza, a sus propiedades naturales y a sus efectos. El origen, la esencia, las operaciones de la luz están envueltas para nosotros en un misterio profundo. La luz parece ser más espiritual que material; es como una invasión del mundo de los espíritus en el de los cuerpos. Ejercen una influencia poderosa sobre la inteligencia y el corazón; excita el coraje, inspira la alegría.

De todas las cosas sensibles, la luz es la más pura, la más agradable, la más espiritual. Expresa la belleza de la tierra, el gozo de la naturaleza, la vida de la creación, el brillo de los colores. Por eso es un símbolo excelente del mundo invisible de los espíritus, de la magnificencia y del esplendor del mundo de la gracia (SSM, p. 34).


2. La luz y la Gracia.

La luz no representa con menos exactitud la esencia y la eficacia de la gracia, llamada por los Santos Padres “la luz de Dios”. La luz es misteriosa, pura, bella, llena de claridad y de calor. Así, la gracia divina es un misterio profundo, borra las manchas del alma y le comunica la pureza y la belleza, llena la inteligencia de ciencia y de sabiduría, comunica fuerza a la voluntad, da alegría y caridad al corazón.

Será menester recurrir a la plenitud de la luz de Cristo, si queremos ser transformados de claridad en claridad en la imagen de Dios (cf. 2 Cor. 3, 18), ser luz en el Señor (cf. Ef. 5, 8), llegar a ser hijos de la luz y del día (cf. Tes. 5, 5), caminar a la luz como hijos de la luz, así como Cristo está en la luz (cf. 1 Jn. 1, 7).


El cirio sobre el altar y la Eucaristía.

Se ha dicho que la llama, brillando encima del altar, representa la Divinidad de Jesucristo. El cirio es el símbolo de su Humanidad. La mecha, inserta en su interior, figura su alma. No en vano el cirio es producto purísimo de las abejas laboriosas, que ya desde la antigüedad eran consideradas como representando la virginidad; ellas son las que cosechan el cirio del cáliz de las flores perfumadas. Fruto de las abejas virginales y de las flores de agradables aromas, el cirio, noble y puro, es así una figura eminente de la purísima carne que el Hijo de Dios tomó en el seno virginal de María, llena del buen olor de todas las gracias. Así lo enseña San Anselmo: “La cera producida por la abeja virgen es el símbolo de la carne de Cristo nacido de la Virgen María; el pabilo es el símbolo de su alma; la llama lo es de su divinidad”. Por eso el cirio debe ser puro, preferentemente de cera, de excelente calidad (SSM, p. 37).

Este simbolismo tan rico y tan profundo explica y justifica el empleo múltiple de la luz en la liturgia. Al adoptarla, el fin principal de la Iglesia es representarnos a Jesucristo, la verdadera luz, el objeto del culto divino y el autor de la gracia. Los cirios que arden durante el Santo Sacrificio nos muestran a este Sol místico descendiendo sobre el altar, para irradiar la vida y la luz; nos recuerdan también su caridad, que lo lleva a anonadarse, a esconderse bajo los velos eucarísticos, proclamando que el altar es el punto focal del amor divino (SSM, p. 36-37).

El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos “que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados; para que puedan entrar en la luz y paz de Cristo” (CIC 1371).


3. El bautismo es iluminación.

El bautismo también es llamado iluminación. El Cristiano es luz porque: “Habiendo recibido en el bautismo al Verbo que es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9), el bautizado tras haber sido iluminado (Hb. 10, 32), se convierte en hijo de la luz y en luz él mismo” (Ef 5, 8). Los que reciben la enseñanza catequética (el bautismo): su espíritu es iluminado (CIC 1216).

Las expresiones compuestas con el vocablo “luz”, como “portador de luz”, “figura de luz”, “afirmación iluminada”, “principio luminoso”, “revelación de luz”, aparecen por centenares en la primera tradición cristiana, particularmente en el lenguaje litúrgico. No olvidemos que el bautismo era llamado “iluminación” (fotismós), y a los bautizados se los denominaba “iluminados” (fotismoi) (SSM, p. 179).

La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha revestido de Cristo (Ga 3, 27), ha resucitado en Cristo. 

El Cirio que se enciende en el cirio pascual significa que Cristo ha iluminado al neófito.

Cristo y los bautizados son la luz del mundo (Mt. 5, 14; Flp. 2, 15; CIC 1243).


8. Los cristianos: Luz del Mundo.

Por los Sacramentos el cristiano se incorpora a Cristo y de esa unión surge una raza elegida, un Sacerdocio Real, una nación santa (1 Pe. 2, 9).

Este pueblo tiene las siguientes características:
1. Es un pueblo mesiánico pues tiene a Jesús como cabeza.
2. Se nace en ese pueblo desde arriba por el agua y el espíritu, es decir, por la fe en Cristo recibida en el Bautismo.
3. En sus corazones habita el Espíritu Santo como en un templo y esto es su identidad, su dignidad y su libertad como hijos de Dios.
4. Su ley es el mandamiento nuevo: Amar como amó Cristo (Jn. 13, 34).
5. Su misión es ser Sal de la Tierra y luz del mundo (Mt. 5, 13, 16). Es un germen de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.
6. Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve a la perfección.

El cristiano, distingue entre la luz sensible, la luz de la inteligencia y, finalmente, la luz increada, que sobrepasa ampliamente las otras dos. La luz sensible es la que revela los objetos propios de los sentidos. La luz intelectual es la que posibilita la penetración en las verdades que trascienden el orden sensorial. La luz increada se mueve en un nivel infinitamente superior, si bien se vale de las dos primeras luces. “Cuando los que son dignos de ella reciben la gracia y la fuerza espiritual y sobrenatural, perciben tanto por los sentidos como por la inteligencia lo que está por encima de todo sentido y de toda inteligencia” (SSM, p. 183).

Con el bautismo ha recibido las virtudes infusas a las que debe dejar actuar. Las tres virtudes teologales encuentran también en la luz el mejor de sus símbolos: la claridad de la llama representa la fe, que es luz para nuestros pies y antorcha para nuestros senderos (cf. Ps. 118, 105); la dirección constante de la llama, que tiende a lo alto, es una imagen de la esperanza cristiana, que dirige nuestras miradas hacia el cielo y orienta todos nuestros deseos hacia los bienes sobrenaturales; el calor de la llama, que consume poco a poco la mecha y el cirio, es el signo de la caridad, que consagra todo lo que tenemos, la fuerza de nuestra alma y de nuestro cuerpo, al servicio de Dios. La llama del cirio, que se eleva tranquila, pura y ardiente, es además el símbolo de la adoración y de la piedad, en alas de las cuales el corazón se lanza por encima de todo lo que es terrestre hasta el trono de Dios (SSM, p. 36).

Romano Guardini descubre en la llama un ejemplo de lo que debe ser el cristiano como luz del Mundo.

Y refiriéndose a la llama [dice]: “El fuego se parece al ser viviente. Su llama se dirige sin cesar hacia las alturas, el menor soplo de aire la hace vacilar, pero es tenaz en su tendencia ascensional, irradiando luz y prodigando calor. Viendo cómo la llama penetra, anima y transfigura el ambiente, convirtiéndose en centro mismo de cuanto ilumina, ¿no descubrimos ahí una imagen de la misteriosa luz que llevamos dentro, encendida en este mundo para transfigurar todas las cosas y darles un sentido? Por eso arde la llama principalmente delante de Aquel al que nunca deberíamos abandonar, delante de Dios. El fuego que brilla en la lámpara del Santísimo somos nosotros. Representamos, debe representar nuestra alma. De por sí esa luz material no habla a Dios; toca a nosotros darle un lenguaje y hacer de ella la expresión de nuestra vida totalmente entregada a Dios. Es allí, cerca del tabernáculo, donde nuestra alma debe vivir, quemarse, arder; es allí donde nuestro corazón debe encontrarse en su propia casa”.


La luz y la Soteriología

Cuando Cristo arranca a los hombres del imperio de las tinieblas (Ef. 4, 8); cuando anuncia la luz de la revelación querida por Dios (1 Pe 2, 9) al iluminar a los hombres (Heb. 6, 4), llama a optar libremente por la conversión, la cual es dar un paso de la oscuridad a la luz ( Ef. 5, 9)

Los cristianos que han elegido vivir como hijos de la luz (1 Tes. 5, 5; Lc. 16, 8; Jn. 12, 36) rechazan la obra de las tinieblas (Rm. 13, 12) y están en comunión con el Dios de la luz (1 Jn. 1, 5). 

Tienen parte en la herencia de los santos en la luz (Col. 1, 12) y están salvados.

San Pablo nos advierte que Satán para reducir a los hombres se disfraza de ángel de Luz: Lucifer (2 Cor. 11, 14).

Pero no debe entenderse esta entre la luz y las tinieblas, no es un dualismo. Es una división soteriológica que no afecta para nada el monoteísmo ni la unidad de la Creación, como ocurre en los Gnósticos.


9. Luz y Esjatología.

Al fin de los tiempos, los justos llegaron a la luz eterna, que inunda la Jerusalén celestial (Mt. 13, 43; Ap. 21, 13), allí contemplaran cara a cara a Dios iluminados para siempre (Ap 22, 4).

Cuando Jesús insiste en la vigilancia siempre [lo hace] en relación a Él, a su Venida, al último día, y al Hoy. 

El esposo viene en la mitad de la noche: Mientras tanto la luz que no debe apagarse es la de la fe “Dice de ti mi corazón: busca su rostro” (Sal 27, 8).

Por tanto, la luz representa la gloria celestial. Una luz eterna brilla ante los santos del cielo. “Al que venciera, dice el Señor, le daré la estrella de la mañana” (Ap 2, 28), es decir, la luz de la visión beatífica, la luz permanente y la fiesta de la claridad eterna (SSM, p. 36).

De este modo, así como la luz está en el comienzo, en el Génesis, también lo está en el término, en el Apocalipsis. A semejanza del primer día de creación, “el siglo futuro constituye todo él un solo día, el Gran Día”, escribe San Gregorio de Nisa. Lo afirma el mismo Apocalipsis: “No habrá ya noche, y los hombres no tendrán necesidad ni de la luz de una lámpara, ni de la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará por los siglos de los siglos” (22, 5). La primera palabra de la Biblia: “Que la luz sea”, será también la última (SSM, p. 184). 






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Notas:

[1] Sáenz, Alfredo, El Cardenal Pie, Ed. Gladius, Buenos Aires, 2007, pp. 84-86.

[2] [NdE: la Biblia de Jerusalén traduce “no lo vayas trompeteando”. Otro tanto hace Nacar-Colunga: “no vayas tocando la trompeta delante de ti”].

[3] Sáenz, Alfredo, El Icono Esplendor de lo Sagrado, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1997, pp 73-80.

[4] Con la sigla «CIC» haremos en el futuro las remisiones al texto del Catecismo de la Iglesia Católica.

[5] Royo Marín, Antonio, Teología de la Perfección Cristiana, BAC. Madrid, 992 págs.    

[6] Royo Marín, Antonio, El gran Desconocido. El Espíritu Santo y sus dones, BAC, Madrid, 2004 p. 234)

[7]  Breide Obeid, Rafael; Teología Política según Gueydan de Roussel, Ed. Gladius, 2009, 310 págs.

[8] Castellani, Leonardo; De Kirkegord a Tomas de Aquino, Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1973, 264 págs.

[9] Castellani, Leonardo; San Agustín y Nosotros. Ed., Jauja. Argentina. Pág. 192

[10] Para comodidad del lector utilizaremos en el contexto siglas correspondientes  a títulos de libros que hemos utilizado para este capítulo: IES:, El Icono, Esplendor de lo Sagrado, de Sáenz, Alfredo Ed. Gladius, Buenos Aires 1997; SSM: El Santo Sacrificio de la Misa, de Alfredo Sáenz, Ed. Gladius, Buenos Aires.





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