domingo, 7 de junio de 2015

La Herejía Arriana - Hilaire Belloc

La Herejía Arriana
Hilaire Belloc


La primer gran Herejía que dividió las aguas de la Cristiandad en el siglo III d.C., y que duró tres siglos en sus más graves efectos, es relatada aquí por Hilaire Belloc en su contexto histórico y social con el interés que merece un tipo de mal que volvería a repetirse bajo diversas formas en el transcurso de los siglos. La herejía no es un tema fósil sino materia de interés permanente y ciertamente vital. Los que creen que el tema de la herejía puede despreciarse porque la palabra les suena anticuada y porque se relaciona con algunas disputas abandonadas desde hace mucho, están cometiendo el error común de pensar con palabras en lugar de pensar con ideas.


Introducción: Herejía

¿Qué es una herejía y qué importancia histórica tiene?

Al igual que la mayoría de los vocablos modernos, “herejía” se usa en forma vaga y diversa. En forma vaga, porque el espíritu moderno es tan enemigo de la precisión en las ideas como enamorado de la precisión en la medida. En forma diversa porque, según el hombre que la emplea, puede representar cincuenta cosas diferentes. 
     
Hoy, en la mayoría de las personas (de habla inglesa), la palabra “herejía” evoca disputas pasadas y ya olvidadas, un viejo prejuicio contra el examen racional. Se considera, pues, que la herejía no es de interés actual. El interés en ella ha muerto, pues trata de temas que nadie toma ya en serio. Se concibe que un hombre pueda interesarse en una herejía de curiosidad arqueológica, pero si ese hombre afirma que dicha herejía ha tenido gran efecto en la historia y que aún hoy es de viva actualidad, difícilmente será comprendido. 

Sin embargo, el tema de la herejía en general es de la mayor importancia para el individuo y para la sociedad, y la herejía, en su significado particular (que es el que tiene en la doctrina cristiana) presenta un interés especial para el que quiera comprender a Europa, el carácter de Europa y la Historia de Europa. Porque toda esa Historia, desde la aparición de la religión cristiana, ha sido una historia de luchas y de mutaciones, precedidas en gran parte por variaciones de la doctrina religiosa, a menudo, si no siempre, motivadas por ellas y siempre acompañadas por ellas. En otras palabras, “la herejía cristiana” es un tema de primordial importancia para la comprensión de la historia europea, porque, junto con la ortodoxia cristiana, es la constante compañera y la agente de la vida europea. 
     
[…]

     
La Herejía Arriana
     
El arrianismo fue la primera de las grandes herejías.

Desde la fundación de la Iglesia, en Pentecostés [1], años 29 a 33, hubo muchos movimientos heréticos que abarcaron los primeros tres siglos. Casi todos ellos se referían a la naturaleza de Cristo. El efecto de la prédica de Nuestro Señor, de su personalidad y milagros, pero, más que todo, de su Resurrección, fue llevar a cuantos tenían alguna fe en el milagro producido, a una concepción del poder divino que actuaba en todo ello.

Entonces, la tradición central de la Iglesia, en este caso, como en todos los demás de doctrina discutida, fue firme y clara desde el principio. Nuestro Señor fue indudablemente un hombre. Había nacido como nacen los hombres. Vivió como un hombre y había sido conocido como hombre por un grupo de íntimos compañeros y por un gran número de hombres y mujeres que lo siguieron, lo oyeron y presenciaron sus acciones.

Pero –decía la Iglesia– también era Dios. Dios había bajado a la tierra y se había encarnado en un Hombre. No era meramente un hombre influido por la Divinidad bajo una apariencia de hombre. Era, al mismo tiempo, plenamente Dios y plenamente Hombre. En esta tradición central la Iglesia no vaciló jamás. Se la tuvo por cierta desde un principio por aquellos que tienen autoridad para hablar.

Pero un misterio, por ser misterio, es necesariamente incomprensible, y ése es el motivo por el cual el hombre, por ser racional, está tratando perpetuamente de racionalizarlo. Así ocurrió con este misterio. Algunos dirán que Cristo sólo era hombre, aunque un hombre dotado de poderes especiales. Otros, en el extremo opuesto, dirían que era una manifestación de lo divino y su naturaleza humana producto de la ilusión. Entre estos dos extremos las variantes fueron infinitas.

Ahora bien, la herejía arriana era, como si dijéramos, la suma y la conclusión de todos estos movimientos del lado no ortodoxo; esto es, de todos los movimientos que no aceptaban el pleno misterio de ambas naturalezas.

Ya que es difícil racionalizar la unión del Infinito con lo finito, ya que hay una aparente contradicción entre ambos términos, esta forma final en que la confusión de herejías se asentó, fue una declaración de que Nuestro Señor era tanto de esencia divina como era posible serlo a una criatura. No era el Dios Infinito y Omnipotente que tiene que ser de Su naturaleza una e invisible, y no podía (decían ellos) ser al mismo tiempo un ser humano limitado, que actuara y tuviera su ser en la esfera temporal.

El arrianismo (diré más adelante el origen del nombre) quería conceder a Nuestro Señor todo honor y toda majestad, menos la plena naturaleza de la Divinidad. Fue creado, o “vino”, si a las gentes no le gustaba la palabra “creado”, de la Divinidad antes que todos los demás efectos de ésta. Por su intermedio se creó el mundo. Se le concedían, puede decirse (paradójicamente), todos los atributos divinos, menos la divinidad.

En su esencia, este movimiento procedió exactamente de la misma fuente que todos los demás movimientos racionalistas, desde un principio hasta nuestros tiempos. Surgió del deseo de ver clara y sencillamente algo que está más allá del alcance de la visión y de la comprensión humanas. Por lo tanto, aunque comenzó por tributar a Nuestro Señor cuanto honor y gloria era posible, salvo la real divinidad, habría llevado inevitablemente, a la larga, a un mero unitarismo y a tratar a Nuestro Señor como un profeta; aunque enaltecido, nada más que un profeta.

Como todas las herejías respiran el aire de la época en que nacen y son necesariamente un reflejo de la filosofía de cuantas ideas no católicas reinan en el momento de su nacimiento, el arrianismo habló el idioma de su época. No comenzó, como comenzaría un movimiento análogo en nuestros días, haciendo de Nuestro Señor un mero hombre y nada más. Menos aún negó lo sobrenatural en conjunto. El tiempo en que surgió (alrededor del año 300) era una época en que toda la sociedad tenía por cierto lo sobrenatural. Pero habló de Nuestro Señor como de un Agente Supremo de Dios –un demiurgo– y lo consideró como la primera y la más grande de las emanaciones de la Divinidad Central, emanaciones por las cuales la filosofía elegante de aquellos días sorteaba la dificultad de reconciliar el Infinito y simple Creador con un universo complejo y finito.

Esto en cuanto a la doctrina y a lo que habrían llegado las tendencias racionalistas en el caso de haber triunfado. Habría hecho de la nueva religión algo parecido al mahometanismo; o, tal vez, considerada la naturaleza de la sociedad griega y de la romana, algo parecido a un calvinismo oriental.

En todo caso, lo que acabo de establecer fue el estado de su doctrina mientras floreció: una negación de la plena divinidad de Nuestro Señor combinada con una admisión de sus demás atributos.

En cambio, al referirnos a las más antiguas y ya muertas herejías, tenemos que considerar sus efectos espirituales, y por lo tanto sociales, en forma mucho más extensa que su mero error doctrinario, aunque ese error doctrinario haya sido la causa última de todos sus efectos espirituales y sociales [2]. Tenemos que hacerlo así porque, cuando una herejía está muerta desde hace mucho, su sabor se ha olvidado. El tono particular y el inconfundible sello que imprimió en la sociedad, al no sentirse ya, es para nosotros como no existente, y debe ser resucitado, tal como era, por cualquiera que desee tratar la historia verdadera. Sería imposible, sin una explicación de esta clase, hacer que un católico del Béarn [3] de hoy, o un campesino de las cercanías de Lourdes, donde está muerto el calvinismo, que allí reinó una vez, entiendan el sabor y el carácter individualista del calvinismo tal como aún sobrevive en Escocia y en algunas regiones de los Estados Unidos. Pero debemos tratar de comprender esta ya olvidada atmósfera arriana porque, hasta que no entendamos su sabor espiritual y por lo tanto social, no podemos en absoluto pretender conocerla.

Además, debe apreciarse este sabor o carácter íntimo y personal del movimiento, y su efecto individual en la sociedad, para comprender su importancia. No hay mayor error en todas las gamas de la mala historia que imaginarse que esas diferencias doctrinarias, por abstractas y aparentemente lejanas de lo práctico de la vida, carecen de efecto social intenso. Relátesele a un chino de hoy la controversia doctrinaria de la Reforma, dígasele que fue ante todo una negación de la doctrina de una sola iglesia visible y una negación de la autoridad especial de sus ministros. Ésa sería la verdad. El chino comprendería lo ocurrido en esa Reforma como podría comprender una afirmación matemática. Pero ¿acaso le haría entender, a los hugonotes franceses de hoy, las modalidades prusianas en la guerra y en la política, la naturaleza de Inglaterra y su pasado, desde el surgimiento del puritanismo en este país? ¿Le haría entender las Logias de Orange o la moral y los sistemas políticos de, digamos, H. G. Wells o de Bernard Shaw? ¡Por supuesto que no! Hacerle a un hombre la historia del tabaco, darle la fórmula química (si tal cosa existe) de la nicotina, no es mostrarle lo que se entiende por el aroma del tabaco y los efectos de fumar un cigarro. Lo mismo ocurre con el arrianismo. Decir simplemente lo que el arrianismo fue doctrinariamente es anunciar una fórmula y no dar la cosa en sí.

Cuando surgió el arrianismo, llegó a una sociedad que era ya y que había sido durante mucho tiempo la única unidad política de la cual eran ciudadanos todos los hombres civilizados. No existían naciones aisladas. El Imperio Romano era un estado desde el Éufrates hasta el Atlántico y desde el Sahara hasta las montañas escocesas. Estaba gobernado en forma monárquica por el comandante en jefe o los comandantes en jefe de los ejércitos. El título del comandante en jefe era imperator –de donde nos vino la palabra “emperador”– y de ahí llamamos a ese estado “Imperio Romano”. Aquello que el emperador o los co-emperadores (habían sido dos últimamente, cada uno con su adjutor, esto es, cuatro, pero pronto se fundieron en una sola cabeza suprema y emperador único) declaraban ser, tal era la actitud del imperio oficialmente, en bloque.

Los emperadores, y por lo tanto toda la estructura oficial que de ellos dependía, habían sido anticristianos durante el crecimiento de la Iglesia Católica en medio de las sociedades paganas romana y griega. Durante más de 300 años, tanto ellos como la parte oficial de esa sociedad, habían considerado a la cada vez más poderosa Iglesia Católica como una amenaza extranjera y muy peligrosa para las tradiciones y, por lo tanto, para el poderío del antiguo mundo pagano, romano y griego. La Iglesia era un estado dentro de un estado, con sus funcionarios superiores propios, los obispos y su organización propia, de forma muy poderosa y desarrollada. Era ubicua. Contrastaba fuertemente con el viejo mundo en el cual se había introducido. La vida de una iba a ser la muerte del otro. El viejo mundo se defendió por medio de la acción de los últimos emperadores paganos. Éstos decretaron muchas persecuciones contra la Iglesia, persecuciones que terminaron con una última y muy intensa que fracasó.

La causa católica fue apoyada en un principio por un hombre que luego se unió a ella, que venció a todos sus rivales y se estableció como único monarca de todo el estado: el emperador Constantino el Grande, quien gobernó desde Constantinopla, ciudad que había fundado y a la que llamó “la Nueva Roma”. Después de esto, el culto principal del imperio fue el cristiano. En la crítica fecha de 325, menos de tres siglos después de Pentecostés, la Iglesia católica se había transformado en la religión oficial, o por lo menos la religión de Palacio del Imperio, y así siguió (con un intervalo muy breve y excepcional), mientras duró el Imperio [4].

Pero no debe imaginarse que la mayoría de los hombres se hubiera adherido ya a la religión cristiana ni aun en el Oriente de habla griega. Ciertamente, los de esa religión ni siquiera se acercaban a una mayoría en el Occidente de habla latina.

Como en todos los grandes cambios en la historia, los bandos en lucha eran minorías inspiradas por diverso grado de entusiasmo. Estas minorías tenían ideas diversas y pugnaban cada una de ellas para imponer su actitud mental en la masa vacilante e irresoluta. De estas minorías, los cristianos eran la mayor y (lo que era mucho más importante) la más vehemente, la más convencida, y la única completa y estrictamente organizada.

La conversión del emperador les proporcionó un aumento creciente de la indecisa mayoría. La mayor parte de los nuevos adherentes, tal vez, apenas entendían la nueva doctrina que adoptaban, y ciertamente en general le tenían apego. Pero finalmente el cristianismo había vencido políticamente y eso les bastaba. Muchos añoraban a los dioses antiguos, pero no creían que valiera la pena arriesgar nada en su defensa. A muchos más, nada les importaba lo que quedara de los antiguos dioses ni tampoco de las nuevas modas cristianas. Entretanto, había una fuerte minoría de paganos muy inteligentes y decididos. Tenían de su parte no sólo las tradiciones de una rica clase gobernante, sino también el grueso de los mejores escritores y, por supuesto, disponían para robustecerse de los recientes recuerdos de su larga dominación de la sociedad. Aun había otro elemento de ese mundo, aislado de todos los demás, y que es muy importante que comprendamos: el ejército. En un momento se sabrá por qué es tan importante para nosotros entender la posición del ejército.

Cuando el poder del arrianismo se manifestó, en estos primeros años de imperio cristiano oficial y su gobierno universal en todo el mundo grecorromano, esta herejía se convirtió en el núcleo o centro de muchas fuerzas que, por sí mismas, habrían permanecido indiferentes a su doctrina. Se transformó en el punto de unión de muchas tradiciones sobrevivientes del mundo antiguo, tradiciones, aunque no religiosas, intelectuales, sociales, morales, literarias y otras.

Podríamos decir bastante vívidamente, en lenguaje popular moderno, que el arrianismo –tan vigorosamente presente en las nuevas y grandes controversias dentro del cuerpo de la Iglesia cristiana–, en cuanto esa Iglesia logró el apoyo oficial y se transformó en religión oficial del imperio, atrajo a todos los figurones, a la mitad por lo menos de los snobs y a casi todos los conservadores idealistas sinceros, fueran o no nominalmente cristianos. Atrajo, como ya sabemos, a muchos de los que eran definidamente cristianos, pero también fue el punto de reunión de esas fuerzas no cristianas que tan grande importancia tenían en la sociedad de aquel tiempo.

Muchas de las viejas familias nobles se resistían a aceptar la revolución social que implicaba el triunfo de la Iglesia cristiana. Se pusieron, naturalmente, de parte de un movimiento que instintivamente sentían espiritualmente opuesto a la vida y a la supervivencia de esa Iglesia que llevaba con él una atmósfera de superioridad social sobre el populacho. La Iglesia se apoyaba en las masas y, por fin, fue apoyada por ellas. Los hombres de viejas tradiciones familiares y de dinero consideraban al arriano más simpático que el católico común y mejor compañía para un caballero.

Muchos intelectuales estaban en la misma posición. No tenían orgullo de familia ni de las viejas tradiciones sociales del pasado, pero tenían el orgullo de la cultura. Recordaban con pesar el antiguo prestigio de los filósofos paganos. Creían que esta gran revolución, que este paso del paganismo al catolicismo, destruiría las antiguas tradiciones culturales y su propia posición cultural.

Los simples snobs, que forman siempre un grupo grande en toda sociedad –esto es, los que no tienen opiniones propias, sino que siguen las que creen ser el toque honorífico del momento– se dividirían. Tal vez la mayoría de ellos seguirían el movimiento oficial de la corte y se plegarían abiertamente a la nueva religión. Pero siempre quedarían algunos que considerarían más chic, más elegante, profesar simpatía a las antiguas tradiciones paganas, a las grandes y viejas familias paganas, a la heredada y venerable cultura pagana, a la literatura pagana y a todo lo demás. Todos estos engrosaron el movimiento arriano porque destruía al catolicismo.

El arrianismo tenía otro aliado más, y la naturaleza de esta alianza es tan sutil que requiere un examen muy cuidadoso. Tenía por aliada la tendencia, de un gobierno de monarquía absoluta, de tenerle un poco de miedo a las emociones que impresionaban el espíritu del pueblo, y especialmente de la gente pobre, emociones que, de extenderse y provocar entusiasmo y de apoderarse de la masa del pueblo, podrían volverse demasiado fuertes para ser reguladas y habría que inclinarse ante ellas. Hay aquí una paradoja difícil pero que es importante reconocer.

Un gobierno absoluto, especialmente en manos de un hombre solo, parecería, superficialmente, lo opuesto de un gobierno popular. Ambos parecen contradictorios a aquellos que no han visto funcionar una monarquía absoluta. Para aquellos que lo han visto ocurre lo inverso. El gobierno absoluto es el apoyo de las masas, contra el poder de la riqueza en manos de unos pocos o contra el poder del ejército en manos de unos pocos. Puede imaginarse, por lo tanto, que el poder imperial de Constantinopla habría tenido simpatía por las masas populares católicas y no por los intelectuales y los demás que seguían el arrianismo. Pero debemos recordar que aun cuando el gobierno absoluto tiene por causa misma de su existencia la defensa de las masas contra los pocos poderosos, le gusta gobernar. No le gusta sentir que hay en el estado un poder rival del suyo. No le gusta sentir que las grandes decisiones pueden ser impuestas por organizaciones que no sean sus organizaciones oficiales. Ése es el motivo de que hasta los emperadores más cristianos y sus funcionarios siempre tuvieran en lo más profundo de sus espíritus, durante la vida del primer movimiento arriano, una simpatía potencial hacia el arrianismo, y ése es el motivo de que esta simpatía potencial aparezca en algunos casos como una simpatía real y como una declaración pública de arrianismo por su parte.

Otro aliado más tenía el arrianismo, por el cual casi triunfó: el ejército.

Con el objeto de comprender cuán poderoso podía ser tal aliado, tenemos que saber qué significaba el ejército romano y cómo estaba compuesto.

En cuanto al número, el ejército sólo era, por supuesto, una pequeña fracción de la sociedad. No estamos seguros de cuál era ese número; a lo más debía de sumar medio millón, probablemente mucho menos. Pero juzgar esta materia por los números sería ridículo. El ejército era normalmente la mitad o más de la mitad del estado. El ejército era el verdadero cemento, para usar de una metáfora, el esqueleto, para usar otra metáfora, la fuerza de vinculación, el apoyo y el propio ser material del Imperio Romano en el siglo IV; así había sido desde siglos antes e iba a seguir siéndolo durante más generaciones.

Es absolutamente esencial entender este punto, pues explica las tres cuartas partes de lo que ocurrió, no sólo en el caso de la herejía arriana, sino de todo lo demás entre los días de Mario (bajo cuyo gobierno el ejército romano se hizo por primera vez profesional), y el ataque mahometano a Europa, esto es, desde más de un siglo antes de la era cristiana hasta los principios del siglo VII. La posición social y política del ejército explica todos esos setecientos y tantos años.

El Imperio Romano era un estado militar. No era un estado civil. La promoción al poder se realizaba por intermedio del ejército. La concepción de la gloria y del triunfo, la consecución de las riquezas en muchos casos, en casi todos los casos el logro del poder político, dependían en esos tiempos del ejército, así como hoy dependen de los préstamos de dinero, de la especulación, de las camarillas, de la manipulación de votos, de los caudillos y de los diarios.

El ejército había estado integrado primitivamente por ciudadanos romanos, todos los cuales eran ítalos. Luego, al expandirse el poderío del estado romano, incorporó tropas auxiliares, hombres que seguían a caudillos locales afiliados al sistema militar romano, y hasta reclutó, para sus filas, regulares en todas las provincias del Imperio. Había muchos galos –esto es, franceses– en el ejército, muchos españoles, y demás, antes de transcurrir los primeros cien años del Imperio. En los doscientos años siguientes –esto es, en los que median entre 100 y 300, hasta la herejía arriana– el ejército fue reclutado cada vez más entre los que llamamos “bárbaros”, término que no significaba salvajes, sino pueblos que vivían fuera de los límites estrictos del Imperio Romano. Eran más fáciles de disciplinar y eran mucho más baratos que los ciudadanos que vivían dentro de las fronteras. Muchos de ellos eran germanos, pero había muchos eslavos, muchos moros, árabes y sarracenos, y hasta no pocos mongoles, llegados de Oriente. Este gran cuerpo que era el ejército romano estaba estrictamente unido por su disciplina, pero mucho más por su orgullo profesional. Era un ejército de servicio largo. Un hombre le pertenecía desde su adolescencia hasta la edad mediana. Nadie sino el ejército tenía poder físico alguno. No podía tratarse de resistirle por la fuerza, y era, en cierto sentido, el gobierno. Su comandante en jefe era el monarca absoluto del estado entero. Pues bien, el ejército se hizo firmemente arriano.

Éste es el punto capital de todo el asunto. Si no hubiera sido por el ejército, el arrianismo no habría significado jamás lo que significó. Con el ejército –plenamente de su lado– el arrianismo casi triunfó y logró sobrevivir, a pesar de representar poco más que a los soldados y sus jefes.

Verdad es que cierto número de soldados germanos de fuera del imperio habían sido convertidos por misioneros arrianos en un momento en que la alta sociedad era arriana. Pero no fue ése el motivo principal por el que el ejército en su totalidad se volvió arriano. El ejército se volvió arriano porque creyó que el arrianismo era un distintivo que lo hacía superior a las masas civiles, del mismo modo que el arrianismo era un distintivo que hacía que los intelectuales se sintieran superiores a las masas populares. Los soldados, tanto los reclutados entre los bárbaros como los reclutados entre los civilizados, sentían simpatía hacia el arrianismo por el mismo motivo que las antiguas familias paganas sentían simpatía por el arrianismo. El ejército, pues, y especialmente los jefes del ejército, sostuvieron la nueva herejía cuando pudieron, y así dicha herejía se convirtió en una especie de prueba para saber si se era “alguien” –un soldado frente a los despreciados civiles– o no. Puede decirse que había surgido una contienda entre los jefes del ejército, por una parte, y los obispos católicos por otra. Hubo ciertamente una división –una separación oficial entre el populacho católico de las ciudades, la población católica del campo y el soldado casi universalmente arriano–, y el enorme efecto de esta unión entre la nueva herejía y el ejército, lo veremos actuar en adelante.

Ahora que hemos visto cuál era el espíritu del arrianismo y qué fuerzas lo apoyaban, veamos de dónde tomó su nombre.

El movimiento de negar la plena divinidad de Cristo y de hacer de Él una criatura, tomó su nombre de un tal Areios (en su forma latina Arius), clérigo africano de habla griega un poco anterior a Constantino y ya famoso como fuerza religiosa algunos años antes de las victorias de Constantino y su primer poder imperial.

Debe recordarse que Arrio fue sólo la culminación de un largo movimiento. ¿Cuál fue la causa de su buen éxito? Dos cosas se combinaron. En primer lugar, el impulso de todo lo que se produjo antes de él. En segundo lugar, el repentino abandono de la Iglesia por Constantino. A esto debería agregarse, sin duda, algo de la propia personalidad de Arrio. Los hombres de esa clase que se transforman en dirigentes tienen algún impulso personal en su propio pasado que los apoya. No triunfarían en esa forma si no tuvieran algo en sí mismos.

Creo que podemos convenir en que Arrio tuvo el efecto que logró mediante una convergencia de fuerzas. Había mucha ambición en él, como la que puede hallarse en todos los heresiarcas. Había en él también un entusiasmo por lo que creía era la verdad.

Su teoría no fue, por cierto, un descubrimiento original suyo; pero él la hizo suya, la identificó con su nombre. Luego se vio impulsado a una tenaz resistencia contra aquellos que, según creía, lo estaban persiguiendo. Adolecía de mucha vanidad, como casi todos los reformadores. A más de todo esto, una ligera simplicidad, “sentido común”, que atrae mucho a las multitudes. Pero nunca habría logrado el triunfo de que disfrutó si en él no hubiera habido algo de elocuente y si no hubiera tenido poder de arrastre.

Era un hombre de posición, oriundo probablemente de Cirenaica (actualmente, colonia italiana en África del Norte, al este de Trípoli [5]), aunque se decía que era alejandrino, pues vivió en Alejandría. Había sido discípulo del crítico máximo de su tiempo, el mártir Luciano de Antioquia. En el año 318 presidía la Iglesia de Bucalis, en Alejandría, y gozaba del favor del obispo de la ciudad, Alejandro.

Arrio pasó de Egipto a Cesarea, en Palestina, difundiendo con celo sus ya conocidas ideas unitarias y racionalizadoras. Algunos de los obispos orientales comenzaron a concordar con él. Es verdad que los dos principales obispados sirios, Antioquia y Jerusalén, se mantuvieron firmes, pero al parecer la mayor parte de la jerarquía siria se inclinaba a escuchar a Arrio.

Cuando Constantino llegó a ser el amo de todo el imperio, en 325, Arrio se dirigió al nuevo señor del mundo. El gran obispo de Alejandría, Alejandro, lo había excomulgado, aunque con desgano. El viejo emperador pagano Licinio había protegido al nuevo movimiento.

Comenzó una batalla de gran trascendencia. Aunque sus emociones estaban excitadas, los hombres, con todo, no advirtieron toda su importancia. Si este movimiento por el rechazo de la divinidad plena de Nuestro Señor hubiera logrado la victoria, toda nuestra civilización habría sido otra que la que fue desde esos días hasta hoy. Todos sabemos lo que ocurre cuando triunfa en alguna sociedad un intento de simplificar y racionalizar los misterios de la Fe. Tenemos ante nosotros el ya moribundo experimento de la Reforma, y la vieja, aunque aún muy vigorosa, herejía mahometana, que aparecerá tal vez en el futuro con renovado vigor. Esos esfuerzos racionalistas contra la fe producen una degradación social progresiva, consiguiente a la pérdida de este lazo directo entre la naturaleza humana y Dios, que proporciona la Encarnación. La dignidad humana se rebaja. La autoridad de Nuestro Señor se debilita. Aparece cada vez más como hombre tal vez como un mito. La sustancia de la vida cristiana se diluye. Decae. Lo que comenzó como unitarismo terminó en paganismo.

Con el objeto de zanjar la disputa que dividía a toda la sociedad cristiana, el emperador ordenó la reunión de un concilio, en el año 325, en la ciudad de Nicea, a unos ochenta kilómetros de la capital, en la costa asiática del estrecho. Allí convocó a todos los obispos, aun a los de las regiones situadas fuera del Imperio, donde los misioneros habían plantado la fe. El grueso de los que llegaron provenía del imperio oriental, pero el Occidente estaba representado, y, lo cual era de primordial importancia, llegaron delegados de la Sede Primada de Roma, sin cuya adhesión los decretos del concilio no habrían tenido valor. Su presencia dio plena validez a estos decretos. La reacción contra la innovación de Arrio era tan fuerte, que en este Concilio de Nicea la herejía se vio dominada.

En esa primera gran derrota, en que la fuerte tradición vital del catolicismo se afirmó y Arrio fue condenado, la fe que sus partidarios habían creado fue hollada bajo los pies como una blasfemia, pero el espíritu que se hallaba tras esa fe y esa revuelta iba a resurgir.

Resurgió inmediatamente, y puede decirse que el arrianismo se vio verdaderamente robustecido por su primera derrota aparente. Esta paradoja se debe a una causa que siempre actúa en muchas formas de conflictos. El adversario derrotado aprende, en su primer revés, el carácter de aquello que atacaba; descubre sus puntos débiles, aprende la forma en que su adversario podrá ser llevado. Está por lo tanto mejor preparado después de su contraste que en el primer asalto. Así ocurrió con el arrianismo.

Para comprender la situación, tenemos que tener en cuenta que el arrianismo, fundado como todas las herejías en un error de doctrina –esto es, en algo que puede expresarse en una fórmula muerta de meras palabras– pronto comenzó a vivir, como todas las herejías en sus comienzos, con una vida y un carácter vigorosos y nuevos y un sabor propio. La disputa que abarcó el siglo IV, desde 325 en adelante, hasta cubrir una vida humana, no fue, después de sus primeros años, una disputa entre formas opuestas de palabras cuyas diferencias puedan parecer pocas: se transformó muy pronto, durante la lucha, en una disputa entre espíritus y caracteres opuestos, en una disputa entre dos personalidades opuestas, como lo son las personalidades humanas. Por un lado, el espíritu y la tradición católicos; por el otro, un carácter áspero, orgulloso, que habría destruido la fe.

El arrianismo aprendió de su primera gran derrota de Nicea a transigir en la forma, en el palabrerío de la doctrina, a fin de poder conservar y difundir con menor oposición su espíritu herético. El primer conflicto había versado sobre la utilización de una palabra griega que significaba “consustancial”. Los católicos, que afirmaban la plena divinidad de Nuestro Señor, insistieron en la utilización de esa palabra, que implicaba que el Hijo era de la misma esencia, esto es, de la Divinidad. Se creyó que bastaba presentar esta palabra como prueba, y que los arrianos se negarían siempre a aceptarla, lo cual permitiría distinguirlos de los ortodoxos y rechazarlos.

Pero muchos arrianos estaban dispuestos a transigir aceptando la palabra, aunque negando el espíritu con que debía ser leída. Consentían en admitir que Cristo era de esencia divina, pero no que era plenamente Dios, increado. Cuando los arrianos comenzaron esta nueva táctica de transigencia verbal, el emperador Constantino y sus sucesores la consideraron como una oportunidad honesta de reunión y reconciliación. La negativa de los católicos a dejarse engañar era, a los ojos de los que así pensaban, mera obstinación, y, a los ojos del emperador, rebelión facciosa e indisculpable desobediencia.

“¡Vosotros, que os reputáis los únicos católicos verdaderos, estáis prolongando e intensificando innecesariamente una mera lucha de facciones. Porque tenéis detrás de vosotros los nombres populares os creéis los amos de vuestros hermanos. ¡Esa arrogancia es intolerable! La otra parte ha aceptado vuestro punto principal, ¿por qué no terminar la disputa y unirse nuevamente? Al resistir, estáis dividiendo la sociedad en dos campos, perturbáis la paz del Imperio y sois tan criminales como fanáticos”.

Esto es lo que la palabra oficial tendía a manifestar, y lo que honradamente creía.

Los católicos contestaban: “Los herejes no han aceptado nuestro punto principal. Han suscripto una frase ortodoxa, pero interpretan esa frase en forma herética. Repetirán que Nuestro Señor es de naturaleza divina, pero no que es plenamente Dios, porque aún dicen que Él fue creado. No queremos, por lo tanto, permitirles entrar en nuestra comunión. Permitirlo sería poner en peligro el principio vital por el cual la Iglesia existe, el principio de la Encarnación, y la Iglesia es esencial al Imperio y a la humanidad”.

Entonces fue cuando entró en la batalla esa fuerza personal que ganó definitivamente la victoria para el catolicismo: San Atanasio. La tenacidad y la perseverancia de San Atanasio, Patriarca de Alejandría, la gran sede metropolitana de Egipto, fue la que decidió el resultado. El obispo gozaba de una posición ventajosa, pues Alejandría era la segunda ciudad en importancia del imperio oriental, y como obispado, uno de los cuatro primeros del mundo. Gozó de apoyo popular, que nunca le falló, y que hizo que sus enemigos dudaran de tomar medidas extremas contra él. Pero todo esto no habría bastado si él mismo no hubiera sido el hombre que era.

Cuando asistió al Concilio de Nicea, en 325, aún era un joven –probablemente no contara ni treinta años– y sólo asistió en calidad de diácono, aunque su fortaleza y su elocuencia eran ya notables. Vivió hasta los setenta y seis o setenta y siete años y murió en 373, después de haber mantenido durante casi toda su larga vida, con inflexible energía, la doctrina plenamente católica de la Trinidad.

Cuando se insinuó la primera transigencia con el arrianismo, Atanasio era ya arzobispo de Alejandría. Constantino le ordenó que readmitiera a Arrio en la comunión. Se negó a ello.

Era un paso muy peligroso, pues todos admitían el pleno poder de vida y muerte del monarca, y consideraban la rebelión como el peor de los crímenes. Se consideraba también que Atanasio era un desaforado y un extravagante, pues la opinión del mundo oficial entre los hombres de influencia social y en el ejército, en el cual entonces descansaba todo, se inclinaba fuertemente a que se aceptara la transacción. Atanasio fue desterrado a las Galias, pero Atanasio en el desierto era aun más formidable que Atanasio en Alejandría. Su presencia en Occidente tuvo el efecto de robustecer el fuerte sentimiento católico en toda esa parte del imperio.

Lo volvieron a llamar. Los hijos de Constantino, que heredaron el imperio uno tras otro, vacilaban entra la táctica de asegurarse el apoyo popular –que era católico– y la de asegurarse el apoyo del ejército –que era arriano–. La corte se inclinaba hacia el arrianismo, más que todo porque le desagradaba el creciente poder del organizado clero católico, rival del poder laico del estado. El último de los hijos y sucesores de Constantino, y el que más vivió, se volvió definitivamente arriano. Atanasio fue desterrado una y otra vez, pero la causa de la que era campeón aumentaba sus fuerzas.

Cuando murió Constancio, en 361, le sucedió su sobrio Juliano el Apóstata. Este emperador se pasó a la gran fracción pagana sobreviviente y casi llegó a restablecer el paganismo, pues el poder individual de un emperador era en esos días inmenso. Pero fue muerto en una batalla contra los persas y su sucesor, Joviano, fue definitivamente católico.

Sin embargo, aún proseguía la indecisión. En 367, San Atanasio, que era ya un anciano de por lo menos setenta años de edad, fue desterrado por quinta vez, por el emperador Valente. Viendo que las fuerzas católicas eran ya muy grandes, dicho emperador lo volvió a llamar. En ese momento, Atanasio había ganado su batalla. Cuando murió era el hombre más grande del mundo romano. Tal es el valor de la sinceridad y de la tenacidad combinadas con el genio.

Pero el ejército continuó siendo arriano, y lo que tendremos que seguir, en las siguientes generaciones, es la larga muerte del arrianismo en la parte occidental de habla latina del Imperio. Larga, porque la herejía estaba apoyada por los generales en jefe al mando de las regiones occidentales, pero inevitable, porque el pueblo en su totalidad la había abandonado. Describiré ahora cómo murió el arrianismo.

A menudo se dice que todas las herejías mueren. Esto podrá ser cierto muy a la larga, pero no es necesariamente cierto dentro de ningún período de tiempo dado. Ni siquiera es verdad que el principio vital de una herejía pierda necesariamente fuerza con el tiempo. El destino de las diferentes herejías ha sido de lo más diverso, y la mayor de ellas, el mahometismo, no sólo aún es fuerte, sino que es más fuerte que su rival cristiano en los territorios que primitivamente ocupó, y mucho más vigoroso y mucho más coextensivo con su propia sociedad que la Iglesia Católica con nuestra civilización occidental, producto del catolicismo.

El arrianismo, sin embargo, fue una de esas herejías que murieron. El mismo destino le ha tocado al calvinismo en nuestros días. Esto no significa que el efecto moral general, o la atmósfera de la herejía, desaparezcan entre los hombres, sino que no se cree ya en sus doctrinas, con lo cual pierde su vitalidad y tiene, por último, que desaparecer.

La Ginebra de hoy, por ejemplo, es moralmente una ciudad calvinista, aunque tiene una minoría católica que a veces llega a cerca de la mitad de los habitantes y hasta a constituir (creo) una pequeña mayoría. Pero no hay un solo hombre entre cien en Ginebra que acepte hoy la teología, sumamente definida, de Calvino. La doctrina ha muerto; sus efectos en la sociedad sobreviven.

El arrianismo murió de dos formas, correspondientes a las dos mitades en que cayó el Imperio Romano, que en ese tiempo era, para sus ciudadanos, todo el mundo civilizado.

La mitad oriental tenía por lengua oficial el griego y se gobernaba desde Constantinopla, llamada también Bizancio.

Comprendía Egipto, África del Norte hasta Cirene, la costa oriental del Adriático, los Balcanes, Asia Menor y Siria más o menos hasta el Éufrates. En esa parte del Imperio fue donde el arrianismo había surgido y demostrado ser tan poderoso que, entre los años 300 y 400, estuvo cerca de triunfar.

La corte imperial había vacilado entre el arrianismo y el catolicismo, con un corto período de vuelta al paganismo. Pero antes de terminar el siglo, esto es, mucho antes del año 400, la corte era decididamente católica y parecía seguro que lo seguiría siendo. Como lo expliqué más arriba, aunque el emperador y los funcionarios que lo rodeaban (y que he llamado “la Corte”) eran teóricamente todopoderosos (pues la forma de gobierno no era de monarquía absoluta y las gentes no podían pensar en otra cosa en esos tiempos), el ejército, en el cual descansaba toda esa sociedad, era por lo menos tan poderoso pero menos sujeto a modificaciones. Y el ejército eran los generales. Y los generales del ejército siempre fueron, en su mayor parte, arrianos.

Cuando el poder central, el emperador y sus funcionarios, se hicieron definitivamente católicos, el espíritu de los militares siguió siendo principalmente arriano, y éste es el motivo por el cual las ideas fundamentales del arrianismo –esto es, la duda sobre si Nuestro Señor era o podía ser realmente Dios– sobrevivieron aún después de haberse dejado de predicar y de ser aceptado por el pueblo el arrianismo.

A este respecto, debido a que el espíritu que lo había animado (la duda acerca de plena divinidad de Cristo) siguió viviendo, surgieron algunas formas que podrían llamarse “derivativas” o “formas secundarias de arrianismo”.

Algunos siguieron sugiriendo que en Cristo sólo había una naturaleza, y el fin de esa sugestión habría sido necesariamente la idea popular de que Cristo sólo fue un hombre. Cuando esa tendencia fracasó en su intento de infiltrarse en el mundo oficial, aunque siguió afectando a millones de personas, se hizo otra sugestión en el sentido de que en Cristo sólo había una Voluntad, no una voluntad humana y una voluntad divina, sino una voluntad sola.

Antes de estas herejías se había producido un resurgimiento de la vieja idea, anterior al arrianismo y sostenida por los propios herejes en Siria, de que la divinidad sólo llegó a Nuestro Señor durante su vida. Había nacido hombre, y Nuestra Señora no era sino la madre de un hombre, y así seguían. En todas sus diversas formas y bajo todos sus nombres técnicos (monofisitas, monotelistas y nestorianos son las denominaciones de los tres movimientos principales, pero hubo algunos más), estos movimientos, que se produjeron en la mitad oriental o griega del imperio, no fueron sino esfuerzos por eludir o racionalizar el misterio de la Encarnación, y su supervivencia se debió a los celos que el ejército sentía frente a la sociedad civil que lo rodeaba, y a los persistentes restos de la hostilidad pagana contra los misterios cristianos en su totalidad. Se debieron también, por supuesto, a la eterna tendencia humana de racionalizar todo cuanto está fuera del alcance de la razón.

Pero hubo otro factor en la supervivencia de los efectos secundarios del arrianismo en Oriente. Era este factor el que se llama hoy, en la política europea, el “particularismo”, esto es, la tendencia de una parte del estado a separarse del resto y vivir su propia vida. Cuando este sentimiento se hace tan fuerte que los hombres están dispuestos a sufrir y a morir por él, toma la forma de una revolución nacionalista. Un ejemplo de ello es el sentimiento de los eslavos del Sur contra el imperio austriaco, sentimiento que dio comienzo a la Gran Guerra [6]. Ahora bien, este descontento de las provincias y de los distritos con el poder central por el que habían sido gobernados, aumentó con el tiempo en el imperio oriental, y apoyar cualquier clase de crítica contra la religión oficial del imperio era un medio conveniente de expresarlo. Éste es el motivo por el cual grandes masas en Oriente (y particularmente gran parte del pueblo de la provincia egipcia) apoyó la herejía monofisita. Expresaba así su desagrado por el despótico gobierno de Constantinopla, por los gravámenes que les habían sido impuestos y por los nombramientos de los que vivían cerca de la corte en perjuicio de los provincianos, y todas sus otras quejas.

Así, los diversos derivados del arrianismo sobrevivieron en la mitad oriental y griega del Imperio, aunque el mundo oficial había vuelto desde hacía mucho al catolicismo. Esto explica por qué se encuentra hoy en todo Oriente gran número de cristianos cismáticos, principalmente monofisitas, a veces nestorianos, otros pertenecientes a comunidades menores, a los que todos estos siglos de opresión mahometana no han podido unir al grueso de la comunidad cristiana.

Lo que puso fin, no a estas sectas, pues aún existen, sino a su importancia, fue el repentino surgimiento de esa enorme fuerza, antagónica a todo el mundo griego, del islamismo, la nueva herejía mahometana salida del desierto, que rápidamente se transformó en una contrarrevolución: el implacable enemigo de todos los grupos cristianos más antiguos. La muerte del arrianismo en Oriente fue el desmoronamiento de la masa del imperio cristiano oriental por los conquistadores árabes. Ante este desastre, los cristianos que quedaban independientes reaccionaron hacia la ortodoxia como única probabilidad de salvación, y así fue cómo hasta los efectos secundarios del arrianismo murieron en los países libres del yugo mahometano en Oriente.

En Occidente, la suerte del arrianismo fue bastante diferente. En Occidente, el arrianismo murió entero. Dejó de existir. No dejó derivados que prolongaran su agonía.

La historia de la muerte del arrianismo en Occidente es comúnmente mal comprendida, porque la mayor parte de nuestra historia ha sido escrita hasta ahora con una concepción equivocada de qué era la sociedad cristiana europea en la Europa occidental durante los siglos IV, V y VI, esto es, entre el momento en que Constantino abandonó Roma e instaló la nueva capital del Imperio, Bizancio, y la fecha en que, a principios del siglo VII (desde 633 en adelante), se produjo la invasión mahometana en el mundo.

Lo que nos dicen comúnmente es que el Imperio occidental fue invadido por tribus salvajes llamadas godos, visigodos, vándalos, suevos y francos, que conquistaron el Imperio Romano occidental, esto es, Bretaña y Galia, así como la parte civilizada de Germania en el Rin y la cuenca superior del Danubio, Italia, África del Norte y España.

La lengua oficial de todas estas regiones era la latina. La misa se decía en latín, mientras que en la mayor parte del Imperio oriental se decía en griego. Las leyes se escribían en latín, así como todos los actos de gobierno. No hubo conquista bárbara, sino una continuación de lo que había ocurrido durante siglos, una infiltración en el Imperio de pueblos de fuera del Imperio, pues dentro de él podían gozar de las ventajas de la civilización. Ahí estaba también el hecho de que el ejército, del que todo dependía, se reclutaba por lo menos casi enteramente entre los bárbaros. A medida que la sociedad envejecía y surgían dificultades para administrar zonas lejanas, percibir los impuestos para el tesoro central en regiones remotas o imponer un edicto en sus distritos, el gobierno de esas zonas tendió a caer cada vez más en manos de los oficiales superiores de las tribus bárbaras, que eran soldados romanos. Se formaron así en Francia y en España y hasta en la propia Italia gobiernos locales que, aunque se sentían aún parte del Imperio, eran prácticamente independientes.

Por ejemplo, cuando se hizo difícil gobernar Italia desde un punto tan lejano como Constantinopla, el emperador envió a un general para que gobernara en su nombre, y cuando ese general se hizo demasiado poderoso, envió a otro general para que lo sustituyera. Este segundo general (Teodorico) era, como todos los demás, un jefe bárbaro de nacimiento, a pesar de ser el hijo de un bárbaro que había entrado en la corte del emperador.

Este segundo general se hizo a su vez prácticamente independiente.

Lo propio ocurrió en el Sur de Francia y en España: los generales locales tomaban el poder. Hubo jefes bárbaros que entregaban este poder, es decir, la facultad de designar funcionarios en puestos oficiales y de percibir impuestos, a sus descendientes.

Ahí estaba también el caso de África del Norte (que llamamos hoy Marruecos, Argelia y Túnez). Allí, las facciones en lucha, todas las cuales estaban aisladas del gobierno directo de Bizancio, llamaron a un contingente de soldados eslavos que habían inmigrado al Imperio Romano, donde fueron incorporados como fuerza militar. Los llamaban vándalos, y se apoderaron de la provincia, que se gobernaba desde Cartago.

Ahora bien, todos estos gobiernos locales de Occidente (el general franco y sus soldados en el norte de Francia, el general visigodo en el sur de Francia y en España, el burgundio en el sudeste de Francia, el godo en Italia y el vándalo en el norte de África) estaban en pugna con el gobierno del Imperio en punto a religión. El gobierno franco, en el nordeste de Francia y en lo que hoy llamamos Bélgica, aún era pagano. Todos los demás eran arrianos.

Ya he explicado lo que eso significaba. No era tanto un concepto doctrinario como un sentimiento social. El general godo y el vándalo, que mandaban a sus propios soldados, creían que era mejor ser arrianos que católicos, como la masa de la población. Ellos constituían el ejército, y el ejército era demasiado importante para aceptar la religión común popular. Era un sentimiento muy parecido al que aún se ve sobrevivir en Irlanda, en ciertos lugares, y que hasta mucho después era general allí: el sentimiento de que el poder se conciliaba propiamente con el anticatolicismo.

Como en política no hay fuerza más poderosa que la de la superioridad social, las pequeñas cortes locales tardaron mucho tiempo en abandonar su arrianismo. Las califico de pequeñas porque, aunque percibían los impuestos en regiones muy extensas, lo hacían meramente como administradoras. El número de sus miembros era verdaderamente reducido, comparado con la masa de la población católica.

Mientras los gobernadores y sus cortes en Italia, España, Galia y África, aún adherían con orgullo a su antiguo nombre y carácter de arrianos, dos factores, súbito el primero y paulatino el segundo, militaron contra su poder local y su arrianismo.

El primer factor, el repentino, fue el hecho de que el general de los francos, que había gobernado en Bélgica, venció con sus escasas fuerzas a otro general local en el norte de Francia, que gobernaba una zona situada al oeste de la suya. Ambos ejércitos eran absurdamente pequeños, de unos 4.000 hombres cada uno, y –excelente ejemplo de lo que ocurría en aquellos tiempos– el ejército vencido, después de la batalla, se unió inmediatamente a los vencedores. Demuestra también lo que eran aquellos tiempos el hecho de que pareciera perfectamente natural a un general romano, que no mandaba más de 4.000 hombres en un principio y sólo 8.000 hombres después de la primera victoria, hacerse cargo del gobierno –impuestos, cortes judiciales y todos los atributos imperiales– en una zona muy extensa. Se apoderó del conjunto del norte de Francia en el mismo momento en que sus colegas, con fuerzas análogas, se apoderaban del gobierno en España, Italia y en todas partes.

Ahora bien, ocurría que este general franco (cuyo nombre verdadero apenas conocemos porque nos ha llegado en diversas y variadas formas, pero cuyo nombre más conocido es Clodoveo) era pagano, hecho excepcional y hasta escandaloso en las fuerzas militares de esos días, en que casi todas las personas importantes se habían hecho cristianas.

Pero este escándalo fue una bendición disfrazada para la Iglesia, pues siendo Clodoveo pagano y no habiendo sido nunca arriano, era posible convertirlo al catolicismo. Tuvo inmediatamente detrás de él a toda la fuerza de los millones de ciudadanos y el clero organizado, y a los obispados de la Iglesia. Era el único general popular; todos los demás estaban en conflicto con sus súbditos. Le fue fácil reclutar grandes cuerpos de hombres armados, porque tenía a favor el sentimiento popular. Se apoderó de los gobiernos de los generales arrianos del sur, después de derrotarlos fácilmente, y sus tropas constituyeron las mayores fuerzas militares del Imperio occidental de habla latina. No era bastante fuerte para apoderarse de Italia y de España, y mucho menos de África, pero alejó el centro de gravedad de la decadente tradición arriana del ejército romano, que ya no se componía sino de unas pocas y decaídas fuerzas.

Esto en cuanto al golpe repentino que sufrió el arrianismo en Occidente. El proceso gradual que apresuró la decadencia del arrianismo fue de diferente clase. Ante la decadencia de la sociedad, cada año que pasaba se hacía más difícil la percepción de impuestos, la obtención de un ingreso y, por lo tanto, el arreglo de caminos, de puertos y de edificios públicos, el mantenimiento del orden y la realización de los demás trabajos públicos.

Con esta decadencia financiera del gobierno y la desintegración social que la acompañó, los pequeños grupos que nominalmente eran los gobiernos locales, perdieron su prestigio. En el año 450, por ejemplo, era mucho ser arriano en París, Toledo, Cartago, Arlés, Tolosa o Ravena, pero cien años después, en 550, el prestigio social del arrianismo se había desvanecido. A todos les convenía hacerse católicos, y los pequeños y disminuidos grupos oficiales arrianos eran despreciados, a pesar de que obraban en forma salvaje, por despecho, como lo hicieron en África. Perdían terreno.

La consecuencia fue que, después de cierto tiempo, todos los gobiernos arrianos de Occidente o se hicieron católicos (como en el caso de España), o, como ocurrió en gran parte de Italia y en toda África del Norte, fueron absorbidos nuevamente por el gobierno directo del Imperio Romano de Bizancio.

Este último experimento no duró mucho tiempo. Había otro contingente de soldados bárbaros, aún arrianos, que llegaron de las provincias del noroeste y se apoderaron del gobierno en el norte y centro de Italia; poco después la invasión mahometana inundó el norte de África y finalmente España, penetrando hasta la Galia. El gobierno directo romano, que había sobrevivido hasta entonces en la Europa occidental, se extinguió. Su última existencia efectiva en el Sur fue dominada por el islamismo. Pero mucho antes de que esto ocurriera, el arrianismo había muerto en Occidente.

Ésta es la forma en que desapareció la primera de las grandes herejías que amenazó una vez minar y destruir la sociedad católica en su totalidad. El proceso había durado unos trescientos años. Es interesante observar que, en lo que se refiere a las doctrinas, ese mismo lapso o quizá uno un poco mayor bastó para despojar de su sustancia a las varias herejías principales de los reformadores protestantes.

Éstas también habían triunfado, a mediados del siglo XVI, cuando Calvino, su figura principal, por poco derroca a la monarquía francesa. También habían perdido completamente su vitalidad a mediados del siglo XIX, trescientos años después.





Notas: 

[1] Para la discusión sobre la fecha de la Crucifixión, la Resurrección y Pentecostés debo remitir a mis lectores al erudito y claro trabajo del Dr. Arendzen Men and Manners in the Time of Christ (Sheed and Ward). De las pruebas, que han sido plenamente examinadas, surge que la fecha no es anterior al 29, y posiblemente pueda ser posterior en unos pocos años, aunque la fecha tradicional más ampliamente aceptada es el 33.

[2] [Nota del Centro Pieper: las “negritas” son nuestras].

[3] Béarn: antiguo país de la Francia meridional, ubicado entre los Pirineos occidentales y el Adour. Su capital era Pau. Hoy forma los distritos de Olorón, Orthez y Pau [N. del e.]

[4] No es fácil establecer el punto exacto desde el cual la religión oficial del estado romano, ni aun la del emperador, fue la cristiana. La victoria de Constantino en el puente de Milvio ocurrió en el otoño de 312. El edicto de Milán, dado por él y por Licinio, que toleraba la práctica de la religión cristiana en todo el Imperio, fue promulgado al año siguiente, en 313. Cuando Constantino quedó como emperador único, pronto vivió como catecúmeno de la Iglesia Cristiana, aunque quedó a la cabeza de la antigua organización religiosa pagana como Pontífice Máximo. No fue bautizado hasta la víspera de su muerte, en 337. Y, aunque convocaba y presidía las reuniones de los obispos cristianos, éstos aún eran un cuerpo separado en una sociedad principalmente pagana. El propio hijo de Constantino, su sucesor, tenía simpatía hacia el antiguo paganismo moribundo. El Senado no cambió durante una generación. Para la destrucción oficial activa del persistente culto pagano, hubo que esperar hasta Teodosio, a fines de ese siglo. El proceso entero abarcó una larga vida humana: más de ochenta años.

[5] Este texto fue escrito en 1936. La Cirenaica (o Cirene) es una antigua región del norte de África, situada en la costa del Mediterráneo, en lo que hoy es la región oriental de Libia. Fue colonizada por los griegos, luego por los fenicios, los romanos y el Imperio Bizantino; después conquistada por los árabes (s. VII), turcos (s. XVI) y otomanos (s. XIX). En 1912 los italianos ocuparon Libia; luego de la 2ª Guerra, Francia y Gran Bretaña. En 1951 Libia se independizó [N. del e.].

[6] Se refiere a lo que hoy conocemos como Primera Guerra Mundial (1914-1918). En la fecha en que se escribieron estas páginas (1936) se la conocía como la “Gran Guerra”. La Segunda Guerra Mundial comenzará en 1939 [N. del e.].



Fuente: Hilaire Belloc, Las Grandes Herejías
Tierra Media, Buenos Aires 2000, págs. 7-8. 27-58.


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1 comentario:

  1. Los felicito por este bibliografía para leer antes de la clase del P. Sáenz. ¡No me la pierdo!

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