domingo, 11 de octubre de 2015

Proceso de Protestantización del Catolicismo - P. Horacio Bojorge

Proceso de Protestantización del Catolicismo
R. P. Lic. Horacio Bojorge S.J.


Este texto tiene su origen en un “Estudio Preliminar” escrito por el P. Bojorge en el año 2005, posteriormente revisado, corregido y aumentado. A causa de su lucidez reflexiva, ha tenido una enorme e irrefrenable difusión en diversos sitios de internet de habla hispana. Lo publicamos ahora en especial para el Centro Pieper, con algunos agregados del Autor.


Introducción

“Desviaciones doctrinales análogas a las que efectuó en su época la Reforma Protestante” Pablo VI, alocución del 27 junio 1967

Este informe sobre el proceso de protestantización del catolicismo tiene su origen en el estudio preliminar que escribí para el tomo sexto de La Nave y las Tempestades, en que el P. Alfredo Sáenz se ocupó de presentarnos La Reforma Protestante [1].

Federico Mihura Seeber había escrito en su introducción al primer tomo de la obra del Padre Alfredo Sáenz La Nave y las tempestades: “Los embates sufridos por la Iglesia en el pasado serán los mismos que sufrirá más tarde, sólo que mucho más graves” [2]. En muchos aspectos puede comprobarse que los fenómenos caracterizantes de aquella Reforma se prolongan en múltiples formas en nuestros días. Pero ella, a su vez, es una institucionalización no solamente religiosa, sino política, cultural y social, de males ínsitos al pueblo católico denunciados ya en el Nuevo Testamento. 


1.- Un mal propio del catolicismo

Por protestantización, entendemos un cambio complejo de la fe [3], de la religiosidad, de la sensibilidad, la piedad y la cultura católica. Se manifiesta principalmente en una disminución del afecto y la adhesión al Papa, a la Eucarística y a María. Este cambio consiste en una ruptura [4] latente con la tradición y la doctrina católicas que comienza como una exigencia de reforma y puede terminar, aunque no siempre, con la ruptura manifiesta con la comunión eclesial. Se ha señalado también que el lenguaje protestante es más bien dialéctico y contrapone los opuestos como disyuntiva: o, o; mientras que el lenguaje católico une los opuestos y los concilia: y, y.
     
Son numerosas, desde diversos sectores, y muchas de ellas muy cualificadas, las voces que afirman que el catolicismo continúa sufriendo hoy un proceso de protestantización. Un proceso que, según algunas de esas voces, sería aún más severo y más grave hoy que en el pasado. Bien puede decirse, a creerle a esas voces –muchas de las cuales voy a recolectar en estas páginas– que el fenómeno de la Reforma protestante no ha terminado aún y que asistimos en nuestros días a nuevos capítulos de ese proceso y hasta a una radicalización del mismo. 


1.- 1. Jaime Balmes: “no es más que un hecho común a todos los siglos de la Iglesia”

La historia nos enseña a descubrir que el espíritu protestante nació en el seno del catolicismo y que sigue naciendo en él y de él. Como ha señalado Jaime Balmes: “Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el señalamiento de sus causas por no haberse advertido que no es más que un hecho común a todos los siglos de la historia de la Iglesia”. Y amplía su pensamiento agregando: “Es innegable que el principio de sumisión a la autoridad en materias de fe ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia, causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta por ahora consignar el hecho y recordar a quien lo pusiere en duda que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de las herejías”.
     
“Conforme a la variedad de tiempos y países –prosigue Balmes–  el hecho ha presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza el judaísmo y el cristianismo: ora combinando con la doctrina de Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del dogma católico con las cavilaciones, y sutilezas del sofista griego: es decir presentando diferentes aspectos según ha sido diferente el estado del espíritu humano”. 
     
“No ha dejado empero este hecho de tener dos caracteres generales que han manifestado bien a las claras que el origen es el mismo a pesar de  ser tan vario el resultado en su naturaleza y objeto. Estos caracteres son: el odio a la autoridad de la Iglesia y el espíritu de secta”.
     
“Bien claro es que si en cada siglo se había visto nacer alguna secta que se oponía a la autoridad de la Iglesia y erigía en dogmas las " opiniones  de  sus fundadores no era regular que dejase de acontecer  lo mismo en el siglo XVI; y atendido el carácter del espíritu humano” [5].

La Reforma protestante no es, por lo tanto, algo que le advino al catolicismo desde afuera. Es algo que nació del mundo católico y que, históricamente, pudo salir de la Iglesia Católica –y colocarse afuera de ella como un antagonista– debido al apoyo de poderes políticos adversos a la Jerarquía católica y al catolicismo de los pueblos latinos. Se plantea a sí misma, desde sus comienzos hasta ahora, como lo auténtico frente a lo inauténtico. Y, tomando pretexto de males internos reales del catolicismo, estriba en ellos para abolir también los buenos usos.
     
Pero a medida que se aparta de su cuna católica, lo protestante se desvirtúa progresivamente, languidece y muere. Se nutre del vigor católico del que nace y con el que convive, aunque sea en oposición dialéctica. 
     
Por eso el protestantismo está decayendo en Europa junto con el catolicismo y en cambio es vigoroso en Latinoamérica donde florece a costa de los remanentes del vigor cultural católico, que él consume y destruye a la vez. 


1.- 2. Miguel de Unamuno: “Si la Iglesia Católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes”

Miguel de Unamuno afirmaba por eso que: “Si la Iglesia católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes”. El párrafo de su Diario íntimo en el que hace esta afirmación es digno de ser tenido en cuenta: “La Iglesia –escribe– es el cuerpo en que la tradición vive, es el cuerpo en que se encarna el Verbo. ¿De dónde tienen las Escrituras los protestantes? El protestantismo oscila entre la esclavitud de la letra y el racionalismo, que evapora la vida de la fe. Si la Iglesia Católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes, desvanecidas éstas aquélla no desaparecería. El protestantismo tiene que cumplir su ciclo todo, ir a perderse en el racionalismo que mata toda vida espiritual, para que no vuelva a caer en la fe de que salió. ¡Libertad, libertad! ¿Cuándo un protestante ha llegado a la libertad de los místicos católicos? O caen en la esclavitud de la letra o en el nihilismo de la razón. Han querido sujetar la fe al progreso, cuando la fe vive por debajo del progreso, dentro de él, permanente y quieta, como la verdad dentro de la razón” [6]. 
     
Lo que dice don Miguel de Unamuno es verdad. El protestantismo es una fase en un proceso de apostasía nacida en el seno de la Iglesia y culmina en el ateísmo. Pero no sin arrastrar consigo “un tercio de las estrellas”; no sin reducir drásticamente el número de los “fieles” en el pleno sentido de la palabra “fieles”.
     
Se diría que la protestantización es el camino de la corrupción y autodisolución de lo católico y que por eso lo protestante no es, desde su raíz, algo exterior al catolicismo sino, de algún modo, interior a él, por más que sea ajeno a él y aún antagónico a él. Algo que le es tan necesario como las divisiones necesarias de que hablaba San Pablo [7] o como el juanino: “Salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros pero esto sucedió para que se manifestara que no todos son de los nuestros” [8]. 
     
Por eso, no es mi intento acusar al protestantismo de ser el culpable de los males del catolicismo pasado y actual. Lo que corresponde es alertar al catolicismo acerca de sus propios males, de lo que está dentro de él y es capaz de salir de él y corporeizarse en formas antagónicas exteriores después de haber protagonizado antagonismos intestinos. Y de alertarlo acerca de lo que permanece dentro de él, como la principal fuerza antagónica contra sí mismo. Un mal que se empeña en permanecer encapsulado dentro del catolicismo, sin salir de él, sino coexistiendo, como lo enseña la parábola del trigo y la cizaña. La ruptura de la comunión suele estar latente, y tiende de suyo a permanecer latente, antes de quedar de manifiesto. 
     
“La nave de la Iglesia hace agua por todas partes” dijo el entonces Cardenal Joseph Ratzinger durante el Via Crucis en el Coliseo en el año 2005, mientras Juan Pablo II agonizaba. Y en otra oportunidad fue más explícito en decir que este mal le venía a la Iglesia de adentro: “El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro”  [9].

Cuando san Juan comprueba que “salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros” es porque se ha producido una ruptura, una salida, una apostasía, cisma o herejía manifiesta. Pero cuando continúa diciendo: “pero esto sucedió para que se pusiera de manifiesto que no todos son de los nuestros” [10] está refiriéndose a lo que coexiste aún dentro de un mismo mundo católico como la cizaña con el trigo, hasta que el Señor lo ponga de manifiesto provocando la salida. 
     
En esta última situación, la de la coexistencia de la cizaña con el trigo, se crea un estado de confusión dentro del sembradío de Dios, porque san Juan advierte que hay quienes pretenden ser los auténticos cristianos y acusan a los otros de no serlo. Y el apóstol dictamina que esos acusadores son la cizaña y los acusados el trigo. 
     
A eso obedecen esos “Si alguno dice pero…” tan propios de su primera carta. En esos pasajes se nos describe y se nos permite reconocer el lenguaje típico de los anticristos y de los apóstatas encriptados, para distinguirlos de los verdaderos hijos de Dios.
     
Quisiera, pues, poner estas líneas bajo el amparo de las numerosas advertencias de Jesucristo, cuando nos exhorta a vivir en guardia, velando y orando; y nos dice con solícita caridad de hermano mayor a sus hermanitos más pequeños: “Cuídense, guárdense” [11]. Y a invocar sobre nosotros aquélla petición al Padre de la oración del Señor en su última cena: “No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del Malo”.


2.- El cuadro clínico de la dolencia protestante: San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola nos dejó un diagnóstico y una semiología de la Reforma protestante en sus: Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener. El título mismo de estas Reglas, nos enseña que la protestantización se presenta ante todo y visiblemente como una crisis del sentido común eclesial, del sentir católico. Para Ignacio, la expresión tiene el mismo sentido que en Pablo, cuando habla de tener un mismo sentir entre los hermanos en la fe y con Cristo: “siendo todos de un mismo sentir [...] tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Filipenses 2, 2. 5). 

La tentación “protestante” entendida así, como ruptura de la unidad espiritual, está presente desde los orígenes. San Pablo diagnostica que la causa de las divisiones en partidos de la comunidad de los Corintios es la búsqueda de gloria propia, característica del mundo griego y que sigue contaminando el alma de los corintios. Igualmente les señala que aún no se han convertido de su insensibilidad para corregir al incestuoso. Y él mismo tiene que hacer frente a quienes, dentro de la Iglesia en Corinto, ironizan sobre su persona y socavan su autoridad.
     
Años después, San Clemente, en sus cartas a los Corintios tiene que enfrentar esa reforma de la comunidad fundada por Pablo, donde se a dejado de vivir regulados por la sabiduría cristiana y se es conducido por los criterios mundanos y deseos carnales y donde precisamente los carnales usurpan el liderazgo y la conducción de la comunidad y persiguen a los santos pastores [12]. 
     
El quiebre, inicialmente oculto, la ruptura con el sentido común católico, se manifiesta visible y exteriormente en forma de desobediencia: “depuesto todo juicio contrario [elemento interior oculto] debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo [manifestación externa] a la verdadera esposa de Cristo que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica” (EE 353). La existencia de una voluntad rebelde puede pasar inadvertida para el clínico, si se la toma como una inocente indisciplina.
     
San Ignacio percibió que la desobediencia de los reformadores era, en su esencia, 1) una crisis del sentido de comunión eclesial, 2) un defecto de la fe y 3) un error de la doctrina eclesiológica, 4) que implicaba otros dos errores, uno cristológico y otro pneumatológico. 
     
San Ignacio percibió que la crisis de comunión –oculta aún, antes de la abierta ruptura, bajo apariencia católica y después de la ruptura manifiesta, como abiertamente herética– pasaba, en primer lugar, por la pérdida del sentido de obediencia a la “Esposa de Cristo, nuestra santa madre Iglesia jerárquica” [13]. Una pérdida que se manifestaba en su comienzo principalmente como un debilitamiento de la adhesión al Papa y al sacerdocio ordenado y que podía llegar a convertirse en una aversión violenta y en una abierta rebelión. 
     
A esta debilidad o quiebre de la fe eclesiológica le subyace una debilidad paralela de la fe en el vínculo amoroso que une al Señor con su Iglesia y en la acción del Espíritu Santo en Cristo y en su Esposa: “creyendo –dice Ignacio– que entre Cristo Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige” [14]. No se trata pues de un mero problema disciplinar sino de una desobediencia que nace de un espíritu de impugnación; se trata de una rebeldía espiritual, que se origina en una debilidad de la fe y culmina en la pérdida de la fe católica y una separación de la comunión eclesial.
     
De este afecto rebelde, observable también hoy en algunos fieles tanto “católicos” como protestantes, nacen todas las impugnaciones disciplinares y de aspectos particulares de la vida eclesial [15]. 
     
La terapia del mal que propone Ignacio no pasa ni por la polémica ni por la impugnación. A este mal opone San Ignacio aquel afecto creyente y católico que aprueba y alaba los usos católicos impugnados. Alabanza y reconfirmación de la práctica sacramental, confesar con sacerdote [16], comulgar con la mayor frecuencia posible, oír misa a menudo, cantos, salmos y oraciones en el templo y fuera de él, oficio divino y horas canónicas. 
     
Alabanza no solamente de los sacramentos sino también de los sacramentales, puestos bajo sospecha o acusación de ser prácticas supersticiosas: vida religiosa y votos de religión, virginidad, continencia, devoción a los santos y a sus reliquias, invocación de su intercesión; peregrinaciones, indulgencias, cruzadas; agua bendita, incienso, escapularios y medallas, bendición de personas, de animales y de objetos, de imágenes, de casas y edificios; candelas encendidas, ayunos y abstinencias, tiempos litúrgicos; penitencias internas y más aún externas (cilicios, disciplinas); ornamentos litúrgicos, edificios de iglesias [17]. Hoy habría invitado a alabar el uso del velo para orar las mujeres, y de reclinatorios [18]. Alabar la abundancia de retablos e imágenes sagradas tenidas en veneración [19]. Alabar preceptos de la Iglesia, sus tradiciones y costumbres de los mayores. Alabar la teología positiva y también la escolástica [20]. 
     
Este elenco ignaciano trazado en las Reglas para sentir con la Iglesia, permite comprobar en qué y en qué medida, según los lugares, personas, parroquias, órdenes y congregaciones religiosas, estos usos han sido y siguen siendo impugnados, abandonados o combatidos, sea mediante cuestionamientos teóricos sea mediante burlas; o están en regresión o en proceso de desaparición. Y esto demuestra hasta qué punto permanece viva la tentación interior contra la comunión.
     
Las reglas para sentir con la Iglesia de San Ignacio son una aplicación práctica del criterio de discernimiento juanino “si alguno dice que conoce a Dios, pero no guarda sus mandamientos es un mentiroso” [21]; “Si alguno dice que está en la luz pero no ama a su hermano, está aún en las tinieblas” [22]; “Si alguno dice que no tiene pecado…” [23].
     
Para terminar señalemos un hecho: la protestantización es hoy una epidemia del catolicismo en Latinoamérica donde asistimos a un verdadero éxodo de fieles católicos hacia los cultos pentecostales o evangélicos. Unos, en su mayor parte los profesionales e intelectuales, porque se han enfriado en su pertenencia católica debido a la transculturación hacia la cultura globalizada adveniente y dominante, en otras palabras por la mundanización. Otros porque van a buscar fervor –desaparecido en los ministros ordenados secularizados así como en parroquias y otras instituciones católicas– en los cultos pentecostales; o buscando respaldo moral y solidaridad comunitaria en comunidades evangélicas. Otros porque caen en las redes de un pseudocristianismo sin cruz que les promete el pare de sufrir. Otros, por fin, porque huían de la asfixia del formalismo padecido en algunos ambientes católicos y, abominando de las formas, buscaban aire respirable en la informalidad.
     
Pero el actual abandono multitudinario de la comunión católica es el desenlace de un mal que se venía incubando, desde mucho antes, debajo de las apariencias exteriores de la comunión eclesial católica [24]. 


3.- Un mal reconocido por muchos

Después de describir el síndrome “protestante”, sus síntomas y su naturaleza íntima, escuchemos las voces de atentos observadores de la realidad eclesial, que han señalado la presencia actual de la dolencia y nos permitirán comprender mejor su naturaleza, sus causas y su desenlace.


3.- 1. Monseñor Marcel Lefebvre

Comenzamos por la voz de quienes, debido a la alarma ante la gravedad del mal y por la vehemencia misma de su preocupación se pusieron y están en la situación que todos conocemos. Tras la finalización del Concilio Vaticano II, Monseñor Marcel Lefebvre le había reprochado al Novus Ordo Missae de Pablo VI, haber abierto el camino a la protestantización de la celebración eucarística católica. Fue ese uno de los motivos, aunque ni el primero ni el principal, por el que sus protestas terminaron en un acto de indisciplina. Diríamos que fue la gota que desbordó el vaso. 
     
Su sucesor Mons. Bernard Fellay, en sus conversaciones con el Cardenal Darío Castrillón Hoyos, mantenidas con la esperanza de restaurar la situación disciplinar, en ocasión del año jubilar del 2000, previno que, aún si volviese hoy a la sujeción disciplinar, seguiría combatiendo el modernismo y el liberalismo en la Iglesia y continuaría sosteniendo, entre otras cosas, que “la misa de Pablo VI tiene silencios que abren el camino a la «protestantización»”; y afirmaba también que se seguiría oponiendo “a una forma de ecumenismo que hace perder la idea de la única Iglesia, con el peligro de una mentalidad protestante” [25]. 

Si volviera a la comunión no estaría solo en esta lucha en la que se siguen empeñando muchos católicos, como veremos a continuación.


3.- 2. Señalar la protestantización no significa ser lefebvrista

Dado que estas denuncias han sido casi una bandera del sector de católicos cuyo sentir interpretaba Mons. Lefevbre y sus seguidores, algunos han estimado que hablar de protestantización –ya sea de la celebración eucarística ya sea de otros aspectos del catolicismo– sería algo propio y exclusivo de una óptica “fundamentalista” y, por eso, un tópico que habría que desechar, so pena de incurrir en lefebvrismo

Esta afirmación no resiste al examen. No porque lo diga Monseñor Lefebvre la cosa es así, sino que porque la cosa es así lo dijo Mons. Lefebvre, y en esto no estuvo ni está solo, como se verá. Porque no han sido solamente Monseñor Marcel Lefebvre y la Fraternidad San Pío X, quienes han señalado la tendencia protestantizante dentro del catolicismo actual. 
     
Coinciden en comprobarlo y reconocerlo con parecida alarma, numerosas voces eclesiásticas católicas nada sospechables de lefebvrismo; unos que celebran y otros que deploran y resisten el proceso desde dentro de la comunión católica. Lo que sigue no es sino una antología de esas voces que ponen de manifiesto que estamos ante un hecho que todos reconocen, incluso aquellos que lo consideran bueno como es el caso, por citar uno solo pero muy prestigioso y representativo de un partido eclesial,  del Cardenal Carlo Maria Martini.

Apliquemos, pues, al caso el dicho de san Ambrosio que Santo Tomás cita unas 13 veces en sus escritos: “Omne verum a quoqumque dicatur a Spiritu Sancto est”: “toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo” [26].


3.- 3. El Cardenal Carlo Martini: La Iglesia Católica se dejó inspirar por las reformas de Lutero

En la entrevista que le ha hecho el jesuita Georg Sporschill [27], el Cardenal Carlo Maria Martini declara: “La Iglesia necesita reformas internas… Martín Lutero fue un gran reformador… La Iglesia católica se dejó inspirar por Lutero en el Concilio Vaticano II y ha suscitado un movimiento de renovación desde dentro. Los tesoros de la Biblia fueron abiertos por primera vez a los católicos a nivel más amplio. Hemos adquirido una nueva relación con el mundo, con sus dificultades y sus conocimientos. Una consecuencia de las reformas es también el movimiento ecuménico” [28]. 

El hecho de que el Cardenal Martini juzgue positivo este hecho muestra que es un hecho comprobado no solamente desde filas lefevbristas que lo lamentan, sino comprobado también por eclesiásticos tenidos por progresistas que lo celebran como positivo. Una cosa es el hecho y otra la valoración. Pero el hecho es reconocido por todos. Unos lo consideran bueno, lo aplauden y lo promueven, como el Cardenal Martini. Otros lo deploran.


3.- 4. Monseñor José Guerra Campos

Mons. José Guerra Campos, destacada figura del episcopado español, que participó en el Concilio Vaticano II, comprobaba en 1980 que estaban ocurriendo ya “tantas cosas extrañas” en la Iglesia Católica en la España postconciliar, “que su acumulación –decía– anula ya la extrañeza, convirtiendo lo deforme en algo acostumbrado”. Y se preguntaba acto seguido: “¿No demuestra esto precisamente que está en marcha un proceso de protestantización de la Iglesia en España?”. Proponía este prelado como medida imprescindible, con la finalidad de que las fuerzas sanas que había todavía en el catolicismo español contuviesen el proceso de protestantización y consiguiesen en España un nuevo florecimiento de la vida católica, “la acción adecuada de la Jerarquía”, para lo cual es –decía– “indispensable que los organismos dependientes de la Jerarquía no sigan albergando la oposición al Magisterio de la Iglesia” [29]. 
     
Es decir que, según el diagnóstico de este prelado, las tendencias protestantizantes habían penetrado y se albergaban, dentro mismo de las instituciones eclesiásticas oficiales y a vista y paciencia de la Conferencia de los obispos españoles. 


3.- 5. Ralph M. Wiltgen SVD: El Rin se vuelca en el Tíber

Si esto estaba empezando a suceder con el episcopado español del postconcilio, en otros episcopados la situación era de larga data. Ya dentro del aula del Concilio Vaticano II se puso de manifiesto una tensión, sin duda preexistente, entre la óptica de los obispos provenientes de los países de mayoría protestante por un lado y los provenientes del mundo latino y de mayoría católica por el otro. Ralph M. Wiltgen SVD en su libro El Rin desemboca en el Tíber. Historia del Concilio Vaticano II [30]: ha mostrado documentadamente cómo la influencia protestantizante llegó a Roma desde los países bañados por el Rin (Alemania, Austria, Suiza, Francia y Holanda) y de la vecina Bélgica [31]. “Los cardenales y teólogos de estos seis países –afirma y documenta el Padre Wiltgen– consiguieron ejercer un influjo predominante sobre el Concilio Vaticano II”. 
     
El Padre Wiltgen fue testigo de las luchas libradas dentro y alrededor del aula conciliar, a la que no eran ajenas las infiltraciones culturales del mundo y las presiones de la prensa y de los centros de documentación. 
     
“La opinión pública sabe muy poco –afirma– de la poderosa alianza establecida por las fuerzas del Rin, factor que influyó de forma considerable sobre la legislación conciliar. Y se ha oído hablar todavía menos de la media docena de grupos minoritarios que surgieron precisamente para contrarrestar esa alianza” [32].


3.- 6. Pablo VI: la Nota Explicativa Previa a la Lumen Gentium

Humanamente hablando, sin la acción moderadora del Espíritu Santo y del justo medio alcanzado gracias a su acción, se hubiera impuesto la visión de gran parte de los episcopados residentes en el mundo protestante.
      
Esta tendencia se puso de manifiesto no solamente alrededor del Concilio sino incluso dentro del aula, en forma de visiones eclesiológicas “episcopalistas” que amenazaba menguar la autoridad suprema, doctrinal y jerárquica correspondiente al primado del Papa. 
     
El Papa Pablo VI tuvo que moderar la fuerza de esa tendencia y de lo que ella había logrado en la redacción de la Lumen Gentium, mediante una Nota explicativa previa [33] referente al capítulo tercero de esa Constitución. Pablo VI salió así al paso de interpretaciones del texto conciliar que ya circulaban y que apuntaban a recortar la autoridad propia que la tradición católica reconoció siempre al sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. Se pretendía relativizar el dogma de la Infalibilidad, proclamado por el Vaticano I. 
     
La Comisión Doctrinal, “por Autoridad superior”, es decir por mandato del Papa, declara en la Nota explicativa que: “El paralelismo entre Pedro y los demás Apóstoles por una parte, y el Sumo Pontífice y los demás obispos, por otra, no implica la transmisión de la potestad extraordinaria de los apóstoles a sus sucesores ni, como es evidente, la igualdad entre la Cabeza y los miembros del colegio”. 
     
La necesidad en que se vio Pablo VI, es uno de los muchos episodios conciliares que demuestran que lo relatado por Wiltgen se ajusta a la verdad histórica. Como documenta Wiltgen, entre los mismos Padres conciliares había una fracción que, sin la intervención del Magisterio pontificio, hubiera podido excederse en la dirección que sale a vetar Pablo VI. 
     
Se había logrado un texto ambiguo que se prestaba a ser interpretado en la dirección de una eclesiología protestantizada, tendiente a recortar la autoridad Papal, nivelándola con la de los demás obispos. 
     
De hecho, después del Concilio, y para dar satisfacción a esas aspiraciones en lo que tenían de justas y no se apartaban de la sana eclesiología, se crearon las conferencias episcopales y los sínodos periódicos de obispos.


3.- 7. El Cardenal Adrianus Simonis: buen conocedor del paño calvinista

Otra voz que señala la protestantización es la del cardenal primado de Holanda, Adrianus Simonis, quien, como holandés, es un buen conocedor del paño calvinista. En una entrevista a la revista 30 Días publicada en octubre de 1995, afirmó: “La situación de la Iglesia es hoy dificilísima. Puede uno preguntarse si no está en acto, en el mundo del oeste, una sedicente segunda Reforma. Hablo de una situación semejante a la del siglo XVI, que laceró a la Iglesia. [...] Esta segunda Reforma me parece aún más peligrosa que la primera”. 
     
Quien recuerde lo sucedido con el catecismo holandés, con el sínodo pastoral holandés y con el llamado a Roma de los obispos holandeses, comprenderá a qué se está refiriendo el cardenal Simonis. Sólo que él, en esta entrevista, no se refería solamente a la Iglesia en Holanda, pionera del proceso secularizador protestantizante, ni solamente a lo que señala Wiltgen sobre el Concilio, sino a un acontecer que ya se daba antes del Concilio y que eclosionó vigorosamente durante el Concilio, a raíz de él y después de él.


3.- 8. El Cardenal Basil Hume: Mengua de la devoción eucarística 

El Cardenal Basil Hume, según un informe de The Catholic Herald  publicado el 3 de septiembre de 1999, lamentaba, muy poco tiempo antes de su muerte, el hecho de que los católicos de su país hubiesen perdido la devoción por la Eucaristía, base de la Fe católica, asimilándose así al cristianismo protestante. 
     
Esto sucedía no obstante el alerta de Pablo VI en su encíclica Mysterium Fidei, en la que el Papa había salido, ya en 1965, al cruce de “opiniones acerca de las Misas privadas, del dogma de la transubstanciación [y por consiguiente de la presencia real], y del culto eucarístico que turban las almas” [34]. Se trata de las mismas opiniones de Lutero. En 1967, a poco de terminado el Concilio, Pablo VI comprobaba la expansión de este tipo de “desviaciones doctrinales análogas a las que efectuó en su época la Reforma Protestante” (27-6-67)


3.- 9. Comunión en pecado mortal

Pasados quince años de las declaraciones del Cardenal Hume, el Padre Lucas Prados observa en un artículo publicado en Internet [35] que: “Desde hace poco más de cincuenta años, y como consecuencia de la pérdida bastante generalizada  de la fe de muchos católicos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, se ha ido extendiendo como enfermedad contagiosa la posibilidad de recibir a Jesús Sacramentado estando en pecado mortal. Y lo peor de esto es que se está fomentando este sacrilegio desde el mismo estamento clerical e incluso por parte de la jerarquía”. 

E invita a la memoria: “No podemos olvidar las palabras que nos dice San Pablo: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación»” [36].


3.- 10. ¿El libro versus las especies eucarísticas?

El Padre Lucas Prados hace notar cómo en la liturgia de la Misa se han ido corriendo los acentos o los énfasis rituales que han ido acentuando las solemnidades alrededor del evangeliario o de las Sagradas Escrituras y esfuman los signos de adoración que se le brindaban al momento de la consagración, y a las especies consagradas al recibirlas en la Comunión. He aquí cómo describe ese corrimiento de la veneración: 

“Es al mismo tiempo curioso que esta disminución de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía vaya acompañada con una exaltación un tanto teatral de la presencia de Dios en las Sagradas Escrituras. Estamos acostumbrados a ver en algunas celebraciones eucarísticas donde está presente el obispo que un lector vaya en procesión con los brazos en alto portando las Sagradas Escrituras; pero desgraciadamente también estamos acostumbrados a ver el indigno e irrespetuoso trato que se da a la Eucaristía en esas mismas ceremonias. Es también curioso que se lleven los Evangelios con los brazos en alto, y al mismo tiempo se cambien las palabras que el mismo Cristo pronunció. ¿Estaremos reduciendo nuestra fe a puro teatro?

Es más, en algunas ocasiones se intenta poner en el mismo nivel, por no decir que se presta más respeto, a las Sagradas Escrituras que a la Eucaristía. Es frecuente ver en algunas iglesias católicas modernas colocar las Escrituras en un lugar importante del presbiterio (al estilo protestante), mientras que la Eucaristía es relegada a un rincón oscuro y apartado del mismo templo. En fin, son tiempos de crisis en los que parece que el mundo se ha vuelto del revés” [37].
     

3.- 11. El Cardenal Godfried Danneels: Mengua de las vocaciones sacerdotales y de la vida sacramental

El Cardenal de Bruselas, Godfried Danneels, manifestó en una entrevista al Catholic Times el 12 de mayo de 2000, que la crisis de las vocaciones sacerdotales ha llegado a ser tan severa que pone en riesgo la existencia misma de la Iglesia católica en Europa y arriesga su reducción a un cristianismo de tipo protestante: “Sin sacerdotes, la vida sacramental de la Iglesia terminará por desaparecer. Vamos a transformarnos en protestantes, sin sacramentos. Vamos a ser otro tipo de iglesia, no católica”. 
     
Como bien lo ha señalado el P. André Manaranche S.J., la ideología teológica de matriz protestante que está en la raíz de la crisis es la que equipara el sacerdocio ministerial con el sacerdocio común de los fieles [38]. La protestantización se pone de manifiesto en la crisis de identidad de los sacerdotes y de la vida consagrada.
     
El Cardenal Godfried Danneels ha percibido también el fenómeno de protestantización bajo la forma de una creciente pérdida del sentido de la economía sacramental que caracteriza a la fe católica. “Los sacramentos –afirma– han dejado de ser el centro de gravedad para la pastoral católica. De hecho, aunque los hombres y mujeres contemporáneos todavía entienden el poder de la palabra y la relevancia del servicio diaconal en la Iglesia, tienen muy poca comprensión y apreciación de la realidad del mundo sacramental. Como resultado, la liturgia corre el peligro de ser dominada, en gran parte, por un exceso de palabras o, de ser considerada meramente como un modo de recargar las pilas para tomar parte en el servicio y en la acción social. La Iglesia parece ser nada más que un sitio donde uno habla y donde se pone al servicio del mundo. La vida sacramental está cambiando su puesto desde el centro de la Iglesia, a la periferia”. Y concluye preguntando: “¿Será tal vez comparable a una lenta e inconsciente protestantización de la Iglesia desde adentro?” [39].
La viciosa “verbalización” del culto eucarístico que deplora el Cardenal Danneels la comprueban y deploran también otros expertos en esta materia. Uno de ellos es Max Thurian, figura célebre del ecumenismo. Otro es el renombrado liturgista Pere Tena. Ambos lamentan, como el Cardenal, que la praxis litúrgica se haya hecho excesivamente verbalista, asemejándose en la práctica al culto protestante más allá e incluso contra la intención de los documentos conciliares y de lo que permite la Nueva Ordenación de la Misa de Pablo VI [40]. 


3.- 12. Indisciplina ritual y secularización de la liturgia

El Cardenal Joseph Ratzinger, caracterizando el grado de indisciplina litúrgica postconciliar dentro del catolicismo, llegó a admitir en una oportunidad que “no hay dos misas iguales”. Ahora bien, la falta de cánones litúrgicos comunes y fijos, la “libertad creativa”, es característica del culto de las comunidades protestantes. 
     
En relación con esta deriva litúrgica en el catolicismo postconciliar, el Cardenal Ratzinger deploraba el hecho, cada vez más frecuente, de que: “No sólo los sacerdotes, a veces hasta los obispos, tienen la impresión de no ser fieles al concilio si oran con arreglo al misal”. Y ejemplificaba: “han de introducir al menos una fórmula «creativa», por trivial que sea. El saludo civil a los asistentes y, a ser posible, también los mejores deseos a la despedida, son ya partes obligadas de la celebración litúrgica que nadie se atreve a eludir” [41]. 
     
La razón de todo ello la veía el Cardenal en el olvido de que, según la visión católica, la liturgia es Opus Dei y que como tal no es creación de la comunidad o de un grupo de creyentes ni está librada a la creatividad humana. “La liturgia es bella –afirmaba el Cardenal Ratzinger– precisamente porque nosotros no somos sus agentes, sino que participamos en lo que es más grande, nos envuelve e incorpora [...] toda liturgia es liturgia cósmica, un salir de nuestras humildes agrupaciones hacia la gran comunidad que abraza cielo y tierra” [42].


3.- 12. 1. El Cardenal Joseph Ratzinger: Protestantismo y modernidad

En 1985, el periodista Vittorio Messori le preguntaba al Card. Joseph Ratzinger en la entrevista que se publicó como Informe sobre la fe [43]: 
     
“— Messori: Empiezo con una «provocación»: Eminencia, hay quien dice que se está dando un proceso de «protestantización» del catolicismo. 
     
— Card. Ratzinger: Depende de cómo se defina el contenido de «protestantismo». Quien habla hoy de «protestantización» de la Iglesia católica, se referirá sin duda, en términos generales, a un cambio de eclesiología, a una concepción diferente de las relaciones entre la Iglesia y el Evangelio. Existe, de hecho, el peligro de semejante cambio: no es un mero espantapájaros montado por algunos círculos integristas.
     
— Messori: Pero ¿por qué precisamente el protestantismo –cuya crisis no es ciertamente menor que la del catolicismo– debería atraer hoy a teólogos y laicos que hasta el Concilio permanecían fieles a Roma?
     
— Card. Ratzinger: Desde luego no es fácil explicarlo. Me viene a las mientes esta consideración. El protestantismo surgió en los comienzos de la Edad Moderna y, por lo mismo, está más ligado que el catolicismo a las ideas-fuerza que produjeron la edad moderna. Su configuración actual se debe en gran medida al contacto con las grandes corrientes filosóficas del siglo XIX. Su suerte y su fragilidad están en su apertura a la mentalidad contemporánea. No es extraño que teólogos, católicos, que no saben ya qué hacer con la teología tradicional, lleguen a opinar que hay en el protestantismo caminos adecuados y abiertos de antemano para una fusión de fe y modernidad”.
     
     
3.- 12. 2.  ¿Profetas del Rey?

Permítaseme interrumpir la entrevista e intercalar una reflexión en atención al tema que vengo tratando: el Cardenal le responde a Messori, concediendo que el peligro de protestantización del catolicismo es real, que existe y que no es una ilusión integrista. Pasa luego a dar una interpretación del fenómeno: hay una cierta congenialidad del espíritu de la Reforma protestante con el espíritu moderno. 
     
Esta observación sugiere que hay que ponderar los riesgos y repensar las condiciones de un aggiornamento para que no sea indiscreto, para que no sea una apertura al mundo ingenua e idílica y por ende suicida. La “protestantización” de tantos católicos tiene mucho que ver con una mimetización acrítica con el mundo moderno, a costa de la propia identidad. La protestantización derivada de este mimetismo con la cultura dominante es directamente proporcional a la falta de capacidad contracultural de los católicos de hoy. Sólo si logran ser contraculturales lograrán permanecer fieles católicos. Los asimilados engrosarán las filas de las sectas y las comunidades eclesiales protestantes. 
     
Por mimetización acrítica y por incapacidad de contracultura, los cristianos terminan siendo lo que he llamado en otro lugar “el partido del mundo” dentro de la Iglesia [44], o “los profetas del Rey” [45]. 

Las comunidades protestantes nacen como Iglesias de Estado, o Iglesias nacionales: alemana, inglesa, sueca, dinamarquesa. Y nacen así por un proceso de nacionalización del catolicismo, que corre paralelo con el de protestantización y que es solamente un aspecto del mismo. La nacionalización del catolicismo es impulsada por el poder político, el poder del mundo, en un intento de dominación del poder espiritual.
     
Lo han intentado emperadores, reyes, logias e ideologías. La Iglesia patriótica china, la tendencia a hablar de: Iglesia chilena, argentina, del chaco, latinoamericana, que expresan una fragmentación de la conciencia universalista católica, son hechos y episodios contemporáneos. Las Conferencias Episcopales, coincidentes con circunscripciones nacionales, políticas, nacen de los mismos impulsos y necesidades.
     
Pero esta no es una tentación nueva. Es la misma que se daba en tiempos apostólicos. Es la que subyace a la primera carta de san Juan cuando exhorta: “no améis al mundo ni lo que hay en el mundo, si alguien ama al mundo el amor del Padre no está en él” [46]. Es la misma que se dará a lo largo de la historia de la Iglesia y de los poderes políticos.
     
Es lo que estamos observando en Latinoamérica, donde hasta la protesta política de los creyentes se ejerce a menudo desde una sumisión a lo político y no desde la libertad de los hijos de Dios. Pero continuemos con la entrevista de Messori al Cardenal Ratzinger.


3.- 12. 3. Hoy como ayer, una desviación eclesiológica

“— Messori: ¿Qué principios entrarían en juego en esa opinión?
     
— Card. Ratzinger: Hoy como ayer [47], el principio de la Sola Scriptura desempeña un papel primordial. Para un cristiano medio hoy resulta más «moderno» y «evidente» admitir que la fe nazca de la opinión individual, del trabajo intelectual, de la contribución del especialista. Si ahondamos más, encontraremos que de tal concepción deriva lógicamente el que el concepto católico de Iglesia ya no es realizable, y que se debe buscar un nuevo modelo, en el sitio que sea, dentro del vasto ámbito del protestantismo”
     
     
— Messori: Así que desembocamos, una vez más, en la eclesiología
     
— Card. Ratzinger: Ciertamente. Al hombre moderno de la calle le dice, a primera vista, más un concepto de Iglesia que en lenguaje técnico llamaríamos «congregacionalista» o de «Iglesia libre» (Freechurch). De donde se sigue que la Iglesia es una forma mudable y pueden organizarse las realidades de la fe del modo más conforme posible a las exigencias del momento. Ya hemos hablado de ello varias veces, pero vale la pena volver sobre el tema: resulta casi imposible para la conciencia de muchos, hoy día, el llegar a ver que tras la realidad humana se encuentra la realidad divina. Este es, como sabemos, el concepto católico de la Iglesia, que, ciertamente es mucho más duro de aceptar que el que acabamos de esbozar, que no es, por supuesto, «lo protestante sin más», sino algo que se ha formado en el marco del fenómeno «protestantismo»”.


3.- 12. 4. Lutero hoy, ante la Congregación para la Doctrina de la Fe

“— Messori: A finales de 1983 –quinto centenario del nacimiento de Martín Lutero—, visto el entusiasmo de alguna celebración católica, las malas lenguas insinuaron que actualmente el Reformador podría enseñar las mismas cosas que entonces, pero ocupando sin problemas una cátedra en una universidad o en un seminario católico. ¿Qué me dice de esto el Prefecto? ¿Cree que la Congregación dirigida por él invitaría al monje agustino para un «coloquio informativo»?
     
— Card. Ratzinger (sonríe): Sí, creo de veras que habría que hablar también hoy con él muy seriamente y que lo que dijo tampoco hoy podría considerarse «teología católica». Si así no fuera, no sería necesario el diálogo ecuménico, el cual busca precisamente un diálogo crítico con Lutero y plantea la cuestión de cómo cabe salvar los grandes principios de su teología y superar cuanto en ella no es católico.
     
— Messori: Sería interesante saber en qué temas se apoyaría la Congregación para la Doctrina de la Fe para intervenir contra Lutero.
     
— Card. Ratzinger: No hay la menor duda en la respuesta: aún a costa de parecer tedioso, creo que nos centraríamos una vez más en el problema eclesiológico. En la disputa de Leipzig, el oponente católico de Martín Lutero le demostró de modo irrefutable que su «nueva doctrina» no se oponía solamente a los Papas, sino también a la Tradición, claramente expresada por los Padres y por los Concilios. Lutero entonces tuvo que admitirlo y argumentó que también los concilios ecuménicos habían errado, poniendo así la autoridad de los exégetas por encima de la autoridad de la Iglesia y de su Tradición.
     
— Messori: ¿Fue en ese momento cuando se produjo la «separación» decisiva?
     
— Card. Ratzinger: Efectivamente, así lo creo. Fue el momento decisivo, porque se abandonaba la idea católica de la Iglesia como intérprete auténtica del verdadero sentido de la Revelación. Lutero no podía compartir la certeza de que en la Iglesia hay una conciencia común por encima de la inteligencia e interpretación privadas. Quedaron alteradas las relaciones entre la Iglesia y el individuo, entre la Iglesia y la Biblia. Por tanto, si Lutero viviera, la Congregación habría de hablar con él sobre este punto, o, mejor dicho, sobre este punto hablamos con él en los diálogos ecuménicos. Por otra parte, no es otra la base de nuestras conversaciones con los teólogos católicos: la teología católica debe interpretar la fe de la Iglesia; cuando se pasa directamente de la exégesis bíblica a una reconstrucción autónoma, se hace otra cosa”. 
     
¡Sí Eminencia! ¡Se hace teología protestante!


3.- 12. 5. Hay que ser contracultural para permanecer católico

La entrevista de Vittorio Messori al Cardenal Ratzinger continúa ponderando las vicisitudes y posibilidades del diálogo ecuménico postconciliar. En un momento de esta conversación, el Cardenal Ratzinger afirma que al convivir protestantes y católicos, son los católicos los que corren mayor riesgo de deslizarse hacia las posiciones protestantes. “El auténtico catolicismo se mantiene en un equilibrio muy delicado, en un intento de compaginar aspectos que parecen contrapuestos y que, sin embargo, aseguran la integridad del Credo. Además, el catolicismo exige la aceptación de una mentalidad de fe que frecuentemente se halla en una radical oposición con la opinión actualmente dominante”.


3.- 13. Pbro. Dr. Miguel Poradowski: La actual protestantización del catolicismo

Este sacerdote polaco que enseñó largos años en Chile [48], y que era un profundo conocedor del catolicismo en América Latina y también del protestantismo, comprobaba en 1980, contemporáneamente con el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, el mismo fenómeno de protestantización. Una serie de artículos suyos sobre la sociología del protestantismo [49], culminó con éste: “La actual protestantización del catolicismo” [50].

Poradowski observa que: “En los últimos años, con gran frecuencia, aparecen en muchos ambientes católicos las opiniones según las cuales el catolicismo actualmente está sufriendo un proceso de protestantización. Y quienes más insisten en este asunto son los católicos convertidos del protestantismo. Con dolor y sorpresa constatan, que errores del protestantismo abandonados por ellos son propagados ahora por la jerarquía católica.

A todo observador objetivo le parece innegable que la Iglesia católica está profundamente revolucionada por la corriente protestante. La opinión general es que esto ocurre, pero —contrariamente a la situación del siglo XVI— no todos los católicos y especialmente los eclesiásticos clasifican este fenómeno como negativo, lo cual indica que el protestantismo ha despertado algunas simpatías entre la jerarquía eclesiástica.

Esta innegable presencia del protestantismo dentro de la Iglesia Católica de hoy día parece tener dos fuentes. Una, como en el siglo XVI, en algunos problemas interiores de la Iglesia misma; y otra, la influencia que sobre la Iglesia Católica ejerce el protestantismo, especialmente por los contactos facilitados a raíz del ecumenismo y de cuanto se efectúa bajo su pretexto y abuso”. 
     
A partir de estas afirmaciones introductorias, el artículo pasa a elencar las características del proceso de protestantización. El P. Poradowski cita también las doloridas comprobaciones de este proceso por parte de conversos del protestantismo como el escritor francés Julien Green [51], o por parte de teólogos católicos como Louis Bouyer [52].


3.- 14. La Comunión en la mano

En un extenso y documentado artículo en el sitio web Infocatólica, el Prof. Milenko Bernadic [53], un fiel laico croata, enumera muchísimas voces que alertan sobre el mal que ha ocasionado y sigue produciendo la abusiva extensión del indulto para autorizar la Comunión en la mano.

Sobre este asunto, la madre Teresa de Calcuta ha declarado: “el peor mal que se da en el Mundo es el rito de comulgar en la mano” [54].

El 5 de Octubre de 2005, durante el Sínodo de los Obispos en el Vaticano, S.E.R. Arzobispo Jan Pawel Lenga M.I.C., de Karaganda, Kazakhstan, recordó a los presentes la Sacralidad de la Eucaristía y discutió vías para resaltar este hecho. Él manifestó que “entre las renovaciones litúrgicas producidas en el mundo Occidental, dos en particular, tienden a nublar el aspecto visible de la Eucaristía en particular, sobre todo en lo que respecta a su centralidad y santidad: la eliminación del tabernáculo del centro, y la distribución de la Comunión en la mano. La Comunión en la mano –dijo– se está extendiendo e incluso prevalece como que es más fácil, como un tipo de moda… Por consiguiente, humildemente yo sugiero las siguientes proposiciones prácticas: que la Santa Sede emita una regulación universal que establezca la manera oficial de recibir la Comunión en la boca y de rodillas; con la Comunión en la mano que sea reservada exclusivamente para el clero”. Él pidió igualmente, que los Obispos en los lugares donde la Comunión en la mano se ha introducido, trabajen con prudencia pastoral para devolver al creyente al rito oficial de Comunión, válido para todas las Iglesias locales.

Así mismo el Cardenal Janis Pujats de Riga, Latvia, fue el primero en resaltar el problema, diciendo al sínodo el 3 de Octubre que él piensa que los católicos deben recibir la Comunión en la lengua, mientras se arrodillan. Cuando los comulgantes están de pie, dijo el Cardenal, él se siente como un dentista que mira en sus bocas.

El Obispo de San Luis, Argentina, Mons. Juan Rodolfo Laise publicó un libro blanco sobre la instalación de la Comunión en la mano en la Argentina, demostrando que se había introducido el indulto forzadamente y dolosamente, aún sobre poblaciones católicas que deseaban seguir comulgando como siempre. En ese libro documental concluye: “Todo lo expuesto hasta aquí nos permite percibir que la historia de la reintroducción de la Comunión en la mano no es otra cosa que el triunfo de una desobediencia. La consideración de los detalles de esta historia nos hacen palpar la gravedad de esta desobediencia: en efecto, es gravísima ante todo por la materia misma de la que se trata [55]; gravísima porque implica la resistencia abierta a una directiva clara, explícita y sólidamente fundamentada del Papa (Pablo VI); gravísima por su extensión universal; gravísima porque quienes no obedecieron no fueron sólo fieles o sacerdotes, sino en muchos casos obispos y hasta Conferencias Episcopales enteras; gravísima, porque no solamente permaneció impune sino que obtuvo un éxito rotundo; gravísima, en fin, porque ha logrado que su carácter de desobediencia permaneciese oculto, haciendo que se crea, al contrario, que se estaba adoptando una propuesta venida de Roma. Por todo esto creemos poder afirmar que la introducción y difusión por todo el mundo de la práctica de la Comunión en la mano constituye la más grave desobediencia a la autoridad papal de los últimos tiempos” [56].

Las desobediencias a los Papas (dejemos de lado la misteriosa muerte de Juan Pablo I), la oposición de Conferencias episcopales enteras a la Humanae Vitae de Pablo VI, los grupos de presión protestatarios sobre todo en el norte de Europa, acaudillados por figuras como Hans Küng, que debió padecer Benedicto XVI, la sorda resistencia al Motu Propio Summorum Pontificum, que motivó una apesadumbrada carta suya al entero episcopado mundial… son apenas algunos de los hitos más salientes que denotan el hecho.


3.- 15. Monseñor Athanasius Schneider     

Este obispo auxiliar de Karaganda en Kazajistán se ha dado a conocer entre nosotros por un folleto editado en la Librería Editrice Vaticana en el cual deplora la pérdida del sentido de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, derivada de la generalización del indulto para recibir la Comunión en la mano y concluye expresando el deseo: “Quiera Dios que los Pastores de la Iglesia puedan renovar la casa de Dios que es la Iglesia poniendo a Jesús Eucarístico en el centro, dándole el primer lugar, haciendo que él reciba gestos de honor y adoración, también en el momento de la Sagrada Comunión” [57].

Posteriormente, en una entrevista [58] se le pregunta: “¿Hasta qué punto podemos hablar de mentalidad protestante dentro de la Iglesia católica?”. A lo que el obispo responde: “Que Cristo, bajo las especies eucarísticas, haya llegado a ser hoy en día el más débil, vulnerable, indefenso y deshonrado en la Iglesia es un claro y lamentable síntoma de hasta qué punto se han deteriorado el amor y la fe plena en la Eucaristía y la Encarnación. Ciertamente, la esencia del protestantismo consiste en rechazar la plena verdad de la Encarnación con todas sus consecuencias: la visibilidad de la Iglesia, la vida de sacramentos, la realidad y grandeza de la Presencia Eucarística, las características encarnativas de la liturgia. La crisis actual de la Iglesia se manifiesta principalmente en estas dos actitudes: una espiritualidad gnóstica y un naturalismo horizontal, cuya raíz está en el antropocentrismo, el cual por su parte es un rasgo típico del protestantismo”.
     
     
3.- 16. Mons. Luigi Giussani: la intelectualidad católica gravemente protestantizada hoy

También Monseñor Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, afirma la deriva protestantizante del catolicismo actual, especialmente de la intelectualidad católica; y hace un análisis de los principales rasgos que la ponen de manifiesto. Su señalación del hecho va acompañada de una descripción y caracterización de la esencia del mismo que coincide notablemente, salvas las diferencias de estilo y planteos, con la del Cardenal Ratzinger en la entrevista con Vittorio Messori. Me detendré a exponerla aunque, necesariamente, en forma sintética, como una corroboración de la objetividad de lo que decimos: que el proceso de protestantización dentro del catolicismo es un hecho que sigue operándose.
     
En una de sus obras: La Conciencia religiosa en el Hombre moderno [59], afirma Mons. Giussani que no es solamente el Hombre moderno quien ha abandonado a la Iglesia sino que, de alguna manera, también la Iglesia ha abandonado o está por lo menos descuidando de alguna manera a la Humanidad. Ello es debido en gran parte, —opina Giussani— a que hoy “el hecho cristiano se presenta en el mundo profundamente reducido”. Está lejos –dice– de ser aquélla presencia en lucha contra la ruina del hombre que debería ser. “Hablo –dice– de una reducción del cristianismo en el modo de vivir su propia naturaleza”. Y caracteriza esa reducción así: “A mí me parece que el cristianismo en nuestro tiempo se ha visto como angustiado, debilitado, entorpecido por una influencia que podríamos llamar «protestante»”. Pero, —advierte inmediatamente—, “no es éste el lugar adecuado para detenernos a describir la profundidad religiosa de la que nace el protestantismo o que puede alcanzar; esto que voy a decir es una crítica dirigida ciertamente no al mundo protestante, sino a la realidad católica, o más bien diría, a la intelectualidad católica, que hoy se presenta gravemente protestantizada”.


3.- 16. 1. Tres caídas: subjetivismo, moralismo, debilitamiento de la unidad

Prosigue explicando Mons. Giussani el sentido de esta protestantización en estos términos: “la observación capital que motiva dicho juicio consiste en la reducción del Cristianismo a «Palabra» («Palabra de Dios», «Evangelio» o simplemente «Palabra»), [que sería lo más característico del espíritu protestante]. Esto da lugar a consecuencias decisivas para la cultura”. ¿Cuáles? Giussani enumera tres consecuencias o caídas: 1) subjetivismo, 2) moralismo y 3) debilitamiento de la unidad orgánica, histórica y social, del hecho cristiano.
     
Tres caídas “que tienden a reducir desde dentro el hecho cristiano, y en particular, al catolicismo; que lo desmovilizan desde dentro y debilitan en él la lucha contra una mentalidad para la cual «Dios no tiene nada que ver con la vida»”.
     
Tenemos que resignarnos con resumir aquí el iluminador análisis que hace de estas caídas protestantizantes:
     
1) Subjetivismo que deriva en sentimentalismo y pietismo, porque inevitablemente la Palabra se somete en último término a la interpretación personal, o en su defecto, a la interpretación de los exégetas. Pero no bastan los intelectuales para alcanzar la necesaria objetividad, ni la comunidad de base, ni siquiera la iglesia local.
     
2) Moralismo porque ¿qué comportamiento sugerirá la Palabra ante el embate de los problemas humanos y de la urgencia de la realidad social? La respuesta es, por desgracia, una sola: el comportamiento del hombre se verá guiado y verá medido su valor, por los ideales que apruebe la cultura dominante. Una concepción de vida avalada por el poder y reconocida, en consecuencia, por la mayoría. Si el cristianismo es reducido a palabra, viene a coincidir con una emoción de la conciencia que tiene el derecho de interpretarla, y tal conciencia no puede independizarse del flujo de los valores que más se estiman en el momento histórico en que vive. La moral termina siendo fijada por el poder real, por la identificación con los valores morales que la sociedad parece considerar evidentes. Y es así como la moralidad se convierte en moralismo rabioso


3.- 16. 2. Gianfranco Morra: Politización de los católicos proporcional a su creciente impotencia política

Viene al caso recordar aquí, en confirmación de estas observaciones de Mons. Giussani, lo que observa Gianfranco Morra acerca de las dificultades de muchos en aceptar la Doctrina Social de la Iglesia y de su relación con la mentalidad protestante. De una manera u otra se llega a desentenderse de la pretensión de la fe de configurar prácticamente el orden social y político concreto. Morra pone en relación estas posiciones mentales con lo que él llama “el escatologismo intratemporal protestante” [60]. Es en otras palabras esa postura doctrinal protestante lo que ha dado lugar al nacimiento de la teología de la secularización dentro del mundo protestante, como un producto que el mundo protestante pudo reclamar como genio y tarea propias por boca de Dietrich Bonhoeffer y Friedrich Gogarten. 
     
En esta visión se combina el optimismo acerca del progreso moral del mundo emancipado de toda referencia religiosa cristiana, con el pesimismo acerca de la iglesia y de la fe, con la consiguiente abdicación de la pretensión cristiana a configurar el mundo según sus ideales. Esta bina de optimismo y pesimismo se combina, a su vez, con otra bina de pesimismo y optimismo, cruzada con la bina anterior, dando lugar a una actitud compleja que, sin embargo, determina la conducta política de los creyentes. Junto al optimismo ante el orden político, se es pesimista respecto de que el orden político pueda admitir las directivas del orden espiritual cristiano. Y junto al pesimismo por la capacidad de la fe para incidir en el orden político, se es optimista respecto de que el orden espiritual cristiano pueda subsistir sin daños mayores dentro de un orden político y social que se edifica a sus espaldas. Podría verse aquí, subyacente, una nueva forma de la lucha entre los dos poderes, el político y el espiritual en el mundo de Occidente, y una reiteración de las diversas posturas adoptables –e históricamente de hecho adoptadas– ante este problema. ¿No sería una postura semejante a la de Lutero frente al príncipe secular? ¿No sería, en el fondo, la tentación de quemar incienso al César? ¿Y no sería el error de entender el aggiornamento como asimilación?


3.- 16. 3. ¿Reforma a costa de la identidad?

3) La tercera caída que comprueba Mons. Giussani es el Debilitamiento de la unidad orgánica del hecho cristiano. Como consecuencia de la reducción del cristianismo a Palabra, se debilita el nexo que une el presente al pasado, se debilita el valor de la historia, de la tradición y, por consiguiente, de la organicidad del acontecimiento cristiano que hace viva la vida de la Iglesia. Se debilita también el sentido del primado pontificio, se introduce un cierto congregacionalismo o episcopalismo, con debilitamiento de la adhesión al Papa y por lo tanto de la unidad catholica, es decir universal. Pero he aquí que una iglesia “local” no puede mantenerse frente a una cultura dominante globalizada; sólo puede soportarla [¿puede?]. La Iglesia local solamente puede recibir sus valores de la Iglesia catholica o sucumbirá ante la cultura global. Mientras el gobierno mundial se globaliza, el del catolicismo corre el riesgo de fragmentarse en conferencias episcopales nacionales. Las “iglesias particulares”, delimitadas y separadas por fronteras políticas, lingüísticas y socio culturales, corren el riesgo de funcionar de espaldas las unas a las otras y de asemejarse a las iglesias nacionales protestantes. 

El debilitamiento de la unidad católica se manifiesta, pues, en un debilitamiento de la comunión que es diacrónico y sincrónico a la vez. Diacrónico por debilitamiento de la comunión de la Iglesia de hoy con la Iglesia del pasado. Para algunos parecería que la Iglesia católica hubiese comenzado del Concilio Vaticano II en adelante.  Sincrónico, por debilitamiento de la conciencia de comunión de las Iglesias particulares entre sí, con su cabeza y con el todo de la Catholica
Esta es, a grandes rasgos la descripción que hace Mons. Luigi Giussani del proceso endógeno de protestantización que, a su juicio, está sufriendo el catolicismo y de manera especial sus intelectuales: el clero, los religiosos, los teólogos, los catequistas, los centros académicos y educativos.


3.- 17. Augusto del Noce: una caída en la inmanencia

Para el filósofo Augusto del Noce la protestantización del catolicismo era una evidencia ya en la década del setenta. Se ocupa de ella en un escrito de 1974. Lo que afirmaba entonces este pensador es coherente con lo que diez años después plantearía Giussani al hablar de las tres caídas del catolicismo. También para del Noce la protestantización del catolicismo equivale a una caída. Una caída en el inmanentismo. 

Para el agudo observador de la realidad espiritual de nuestra época que fue del Noce, “si es verdad que el modernismo es la penetración del protestantismo en el catolicismo, no hay que imaginársela, sin embargo como una protestantización del catolicismo; la penetración da lugar a un fenómeno nuevo, en el cual se eliminan los caracteres religiosos trascendentes tanto del protestantismo como del catolicismo” [61]. 
     
Lo que resulta, según del Noce, es la reducción de la teología a filosofía. El resultado, dice del Noce, es Friedrich Gogarten en el mundo protestante [“la secularización como tarea para el cristiano”] y  J. B. Metz en el mundo católico [“la teología política y su epígona latinoamericana, la teología de la liberación”]. Los resultados son, respectivamente, el secularismo y la servidumbre política. El abandono del culto y de la trascendencia y el confinamiento en las tareas de la inmanencia. La plasmación, desde dentro del cristianismo, de la reducción hegeliano-gramsciana de lo trascendente a lo inmanente. 
     
Aquí se afina la comprensión de la naturaleza de la congenialidad entre espíritu protestante y espíritu de la modernidad. La negación de la acción histórica del Espíritu Santo por parte de Marx, parece hija de la negación luterana y calvinista de su acción histórica en la Iglesia Católica –y, a través de ella, en el mundo–; y es coherente con esta negación. Hegel es descendiente de Lutero. Pero Lutero nació católico. No se trata pues –como lo hemos advertido al comienzo– de acusar al protestantismo de ser el culpable de los males del catolicismo actual. Se trata de alertar al catolicismo sobre sus propios males.


3.- 18. Pbro. Dr. José María Iraburu: Infidelidades en la Iglesia

De estos males del catolicismo actual, ha trazado un panorama el Pbro. Dr. José María Iraburu en su obra Infidelidades en la Iglesia [62]. Al observar la realidad eclesial, donde detecta confusión y división, se pregunta Iraburu: “¿Cómo es posible que nunca haya habido en la Iglesia un cuerpo doctrinal tan amplio, asequible y precioso, y que al mismo tiempo nunca haya habido en ella una proliferación comparable de errores y abusos? Parecen dos datos contradictorios, inconciliables. La respuesta es obligada: porque nunca en la Iglesia se ha tolerado la difusión de errores y abusos tan ampliamente
     
La confusión no es católica. Es, en cambio, la nota propia de las comunidades cristianas protestantes. En ellas la confusión y la división son crónicas, congénitas, pues nacen inevitablemente del libre examen y de la carencia de Autoridad apostólica

El papa León X, en la bula Exurge Domine (1520), condena esta proposición de Lutero: «Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir libremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca verdad, ora haya sido aprobado, ora reprobado por cualquier Concilio» (n. 29: DS 1479).

Partiendo de esas premisas, una comunidad cristiana solamente puede llegar a la confusión y la división. Este modo protestante de acercarse a la Revelación pone la libertad por encima de la verdad, y así destruye la libertad y la verdad. Hace prevalecer la subjetividad individual sobre la objetividad de la enseñanza de la Iglesia, y pierde así al individuo y a la comunidad eclesial. Es éste un modo tan inadecuado de acercarse a la Revelación divina que no se ve cómo pueda llegarse por él a la verdadera fe, sino a lo que nos parezca. No se edifica, pues, la vida sobre roca, sino sobre arena.

De hecho Lutero destrozó todo lo cristiano: los dogmas, negando su posibilidad; la fe, devaluándola a mera opinión; las obras buenas, negando su necesidad; la Escritura, desvinculándola de Tradición y Magisterio; la vida religiosa profesada con votos, la ley moral objetiva, el culto a los santos, el Episcopado apostólico, el sacerdocio y el sacrificio eucarístico, y todos los sacramentos, menos el bautismo...
     
Pero Lutero, ante todo, destroza la roca que sostiene todo el edificio cristiano: la fe en la enseñanza de la Iglesia apostólica. Y lógicamente todo el edificio se viene abajo.

La fe teologal cristiana es cosa muy distinta, esencialmente diferente, de la libre opinión de un parecer personal. Como enseña el Catecismo, «por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios... La Sagrada Escritura llama ´obediencia de la fe` a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf. Rm 1, 5; 16, 26)» (143).

La fe cristiana es, en efecto, una «obediencia», por la que el hombre, aceptando ser enseñado por la Iglesia apostólica, Mater et Magistra, se hace discípulo de Dios, y así recibe Sus «pensamientos y caminos», que son muy distintos del parecer de los hombres (Is 55, 8)” [63].
     
Hasta aquí la cita del escrito del P. Iraburu.


4.- Epílogo: Resumen e impresión general

Después de escuchar estas voces y sus diagnósticos de la situación, permítasenos terciar con la nuestra. 
     
Lo que sigue y seguirá sucediendo es la creciente debilidad de la carne y la creciente repercusión de lo mundano en la comunidad creyente. Un fenómeno que se detecta ya desde el tiempo del Nuevo Testamento y que se refleja en las cartas de san Pablo a los Corintios y a los Gálatas, en la carta a los Hebreos, en la primera carta de san Juan, en las siete cartas a las Iglesias en el Apocalipsis y en las Cartas de san Clemente a los Romanos. Es la consecuencia de la lucha entre la carne y el Espíritu que señala ya Pablo en Gálatas capítulo quinto. Es el olvido teórico-práctico de la triple renuncia bautismal al pecado de la carne, a la complacencia con lo mundano y a la claudicación ante el Príncipe de este mundo, pero con la pretensión de que eso no está reñido con la fe ni con la vida cristiana. 
     
Sólo que en nuestro tiempo los poderes políticos del mundo están poniéndose por obra lo que Antonio Gramsci postuló: el cambio del sentido común cristiano, heredado por las naciones que fueron católicas.
     
En nuestro tiempo está teniendo lugar un enfrentamiento de culturas, de maneras de ver la vida. Lo que está sucediendo, y muchos católicos que quieren seguir siéndolo padecen, es la expansión demoledora o devastadora de la cultura anglosajona de matriz protestante  pero crecientemente alejada de su raíz cristiana y cada vez más anticatólica, sobre naciones y poblaciones herederas de la cultura hispana y latina, de matriz católica [64].
     
Vivimos un capítulo más en la historia multisecular de la expansión del espíritu de la reforma protestante. No es un fenómeno exclusivamente intra-religioso. Se explica por interacción del mundo de la incredulidad sobre el mundo de la fe; por el conflicto perenne entre la luz y las tinieblas, entre la carne y el Espíritu. Quien se queda mirando solamente los hechos no logrará ver su naturaleza: la penetración general del poder mundano y su avance sobre el poder espiritual; la lucha que está teniendo lugar en todos los frentes de la vida y la cultura: la lengua, la literatura, la música, el folklore, las artes plásticas, el cine y la TV, la economía, la banca y el comercio, los recursos naturales y la facultad de disponer de ellos, la industria y sus normas, las ciencias del hombre, las relaciones laborales y familiares, los hábitos alimentarios y sexuales, el comportamiento humano, el derecho y la administración de la justicia... 
     
En lo estrictamente eclesial, la deriva protestantizante, de la que no están libres las más altas esferas del clero, es reconocible –como se dijo al principio– dondequiera haya un receso de la devoción a la Eucaristía, a María y al Papa; de la piedad sacramental en general; una devaluación de las mediaciones, una disminución o pérdida del sentido de lo sagrado, un olvido o positiva aversión a “los que fueron antes”, una pérdida de la memoria, un desamor por las tradiciones; una indisciplina exegética que huele a Sola Scriptura [65] y a la libre interpretación de la Escritura. El principio de la libre interpretación anula la autoridad de la Iglesia que prescribe como normativo el sentido literal; introduce la sustitución del sentido literal por los sentidos acomodaticios. 

Balmes vio lo que significaba la introducción del principio del “libero arbitrio”, era el comienzo del reino de la arbitrariedad, del liberalismo, de la anomía.
     
Quedaba así la vía abierta para una deriva hacia la nacionalización y politización del catolicismo, en una tendencia al episcopalismo y a las Iglesias nacionales subordinadas al poder político, o –lo que viene a ser lo mismo, en forma de autocensura previa– a lo políticamente correcto.
     
Pero lo que estamos describiendo son los rasgos propios del protestantismo histórico. ¿Un signo? La Humanae Vitae, que puso a dura prueba la autoridad de Pablo VI, confrontado por enteras conferencias episcopales. ¿Otro? la pérdida de la autoridad del obispo limitada por un lado por la Conferencia episcopal y por otro por el consejo de presbiterio. No se me oculta que hago afirmaciones polémicas. Pero creo que son hechos que fundamentan mis afirmaciones. Otro más, el desafecto hacia el primado de Pedro.
     
Está en curso un corrimiento cultural general desde la matriz católica de la que alguien procede, hacia la matriz protestante que invade prepotentemente el mundo en que vive. Más aún, que monitorea activamente la “interna eclesial”. Y lo hace hasta el punto de imponer una censura previa que cohíbe la disciplina interna de la Iglesia. Una censura que amedrenta a la jerarquía católica y limita el ejercicio interno de la autoridad doctrinal y disciplinar. Esta situación en el mundo produce un agravamiento del proceso de autodisolución del catolicismo. Si los católicos no asumen las derivas del mundo, tendrían que resistirlas y padecer. Y eso, como la fe, no es de todos [66]. 
     
Son cosas a tener en cuenta para proceder a entender la verdadera naturaleza de los hechos. Y para actuar con misericordia y humildad. Pero también para resistir firmemente y defender los valores recibidos en herencia, los que nos hacen ser lo que somos; para apreciar la gracia de preservación de la que, hasta ahora, hemos sido objeto.


Por último, se ha levantado el velo…

No he visto mencionado en los autores que conozco un hecho significativo aunque parezca insignificante y al que me quiero referir porque en él se refleja la pérdida de la identidad católica y la protestantización de la mujer católica, que es la mitad del pueblo católico y cuyo rol tiene tanta importancia para la transmisión de la fe de generación en generación. Me refiero a la abolición del uso del velo o mantilla. Abolición que implica una cierta “apostasía” ritual.

El mandato de usar el velo es un precepto de la Sagrada Escritura y un uso ininterrumpido de la tradición bimilenaria. Por ser algo prescrito en la Escritura inspirada y por la tradición, es decir por las dos fuentes de la revelación, es algo divinamente revelado y mandado. No pudo ser abolido ni por decreto eclesiástico ni por desobediencia tolerada. Es una situación de rebeldía contra la Escritura y la Tradición que son las dos fuentes de la revelación. Implica una cierta des-catolización del alma y del porte femenino.


En conclusión

Hemos comenzado este estudio como estudio preliminar para mostrar la importancia actual de la exposición de la Novena Tempestad que nos hace el Padre Alfredo Sáenz en las conferencias sobre la Reforma Protestante recogidas en aquél volumen que dio origen a estas páginas. Esa obra es manifiestamente útil para orientarnos en la comprensión de la naturaleza de las derivas y tentaciones presentes en la vida de la Iglesia, ya que es un fenómeno espiritual que, como comprueban tantos y tan autorizados observadores de la realidad eclesial, existía en la Iglesia antes del gran cisma de los reformadores y, después de ellos, continúa y lo continuaremos padeciendo.

Si el poder político de Constantino y sus sucesores se empeñó en lograr la unidad de la Iglesia Católica como un bien político, parecería que el poder político global del mundo moderno favoreciera, por serle más congenial, al cristianismo débil protestante, o su equivalente que es el catolicismo agonizante, y propulsara la abolición del catolicismo heroico
     
Como lo ha señalado el Padre Miguel Poradowski, el protestantismo lleva consigo una vuelta al paganismo, una iconoclasia y otros rasgos de cuño judaizante, arrianizante, una tendencia al naturalismo, a la inmanentización y politización de la vida cristiana que la hace permeable a las visiones liberales, socialistas, marxistas, psicologistas, modernistas [67]. 
     
Antonio Gramsci vio en la herejía modernista, compendio de todas las herejías, y nacida de raíces protestantes, una fuerza propicia para destruir el sentido común que las naciones de pasado católico habían heredado del catolicismo. Eso es lo que al parecer algunos han percibido que está sucediendo y otros muchos aún no lo perciben.

Pero este extremo actual se toca con algo que san Juan veía en su tiempo y expresa en su primera carta como el antagonismo entre el amor al mundo y el amor al Padre: “no améis al mundo, amad al Padre” [68].

Expresa así, en su esencia, la seriedad de la triple o múltiple renuncia bautismal: a la carne, al pecado, al mundo y a Satanás. Una renuncia que exige la obediencia filial hasta la muerte a sí mismo para vivir de Dios y para Dios.

Cuando falta la seriedad católica comienza la mundanización que, con los siglos, se habría de denominar protesta. No es otra cosa que la acedia, o sea la lucha entre la carne y el espíritu de la que habla san Pablo en el capítulo quinto de la carta a los Gálatas. ¿Qué comunión puede haber entre esos polos opuestos? [69].

Pero lo grave es cuando esa polaridad se encuentra dentro de la comunidad misma como cizaña entre el trigo [70]. Cuando se pierde el discernimiento y sin embargo se dice ver; y aún ver mejor.





Notas: 

[1] “La Nave y Las Tempestades VI – La Reforma Protestante” Ed. Gladius, Buenos Aires 2005, 2011. Nuestro estudio preliminar fue republicado por revista Arbil Nº 101: http://www.arbil.org/101bojo.htm

[2] Ed. Gladius, Buenos Aires, 2002.

[3] Me refiero a la fides qua creditur en primer lugar, pero juntamente a la fides quae creditur.

[4] El carácter rupturista de la Reforma delata su parentesco con la Modernidad. Un parentesco que, como más adelante se verá, fue señalado por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger.

[5] Jaime Balmes, El Protestantismo comparado con el catolicismo y sus relaciones con la civilización europea (España 1842) Tomo I, Cap. II: Investigación de las causas del Protestantismo.

[6] Miguel de Unamuno, “Diario Íntimo”, Alianza Editorial (El libro de bolsillo) 1986, cita en pp. 53-54.

[7] 1ª Corintios 11, 19.

[8] 1ª Juan 2, 19.

[9] “En efecto, si pensamos en los dos milenios de historia de la Iglesia, podemos observar que –como lo había predicho el Señor Jesús (cfr. Mt 10,16-33)– nunca han faltado las pruebas a los cristianos, que en algunos periodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas y auténticas persecuciones. Estas, sin embargo, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro. Esta realidad está atestiguada ya por el epistolario paulino. La Primera Carta a los Corintios, por ejemplo, responde precisamente a algunos problemas de divisiones, de incoherencias, de infidelidades al Evangelio que amenazan seriamente a la Iglesia. Pero también la Segunda Carta a Timoteo –de la que hemos escuchado un pasaje– habla de los peligros de los «últimos tiempos», identificándolos con actitudes negativas que pertenecen al mundo y que pueden contagiar a la comunidad cristiana: egoísmo, vanidad, orgullo, apego al dinero, etc. (cfr. 3, 1-5)” (Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, 29 junio 2010).   

[10] 1ª Juan 2, 19.

[11] Marcos 13, 5. 9. 33. 37.

[12] “La justicia y la paz huyeron lejos de vosotros, por haber cada uno abandonado el temor de Dios y dejar que se debilitaran los ojos de la fe en Él. Ya no caminabais en las ordenaciones de sus mandamientos, ni llevabais una conducta conforme a Cristo, sino que cada cual se echó por las sendas y veredas por donde le llevaban los deseos de su corazón malvado, ya que habías concebido dentro de vosotros una envidia (celo agrio, acedia) injusta e impía, aquélla misma por la que la muerte entró en el mundo (Sabiduría 2, 24)” (1ª Clemente III, 4). […] “… cosa en extremo vergonzosa e indigna de vuestro comportamiento en Cristo, es oírse que la firmísima y antigua iglesia de los corintios se halla, por una o dos personas, en disensión con sus ancianos” (1ª Clemente 47, 6). 

[13] Reglas para sentir con la Iglesia: Regla 1ª; EE 353 (= Ejercicios Espirituales Nº 353).

[14] Regla 13ª; EE 365.

[15] Jaime Balmes lo sintetiza así en el pasaje de su obra antes citado: “el odio a la autoridad de la Iglesia y el espíritu de secta”.

[16] Es decir práctica frecuente de la confesión auricular y privada. Juan Pablo II exhortaba frecuentemente a los sacerdotes a no abandonar el confesionario y se sentaba en él para darles ejemplo. A pesar de eso, la deserción de los ministros ordenados de la atención a las confesiones es un hecho notorio del que se quejan los fieles que buscan confesión. Agreguemos a la lista ignaciana de objetos a alabar: “Alabar el celibato sacerdotal”, reiteradamente impugnado desde tiendas católicas. Los protestantes, en su mayoría, saben que el matrimonio por sí solo no hace mejores pastores, pues conocen en sus ministros casados crisis ministeriales semejantes a las del sacerdote. La deserción de jóvenes sacerdotes recientemente ordenados, muestra que algo pasa en la formación de los seminaristas para la castidad no sólo del cuerpo sino del corazón.

[17] En la arquitectura religiosa “moderna” es manifiesta la ruptura con las tradiciones arquitectónicas católicas y la desacralización del espacio, así como la aparición de un arte religioso que está más al servicio de la decoración y la pretensión estética, que de la piedad, la devoción y la elevación orante, adorante y mística.

[18] Hoy nos habría invitado a alabar el uso del velo para orar, abandonado por nuestras mujeres con evidente protestantización de la piedad femenina y desobedeciendo a la Escritura (1ª Corintios 11) y una Tradición apostólica bimilenaria. La ruptura con el pasado católico se manifiesta también en la abolición de los reclinatorios donde arrodillarse los fieles para orar en todo tiempo o para adorar a Cristo en la Eucaristía, ya sea durante la Misa ya sea después.

[19] Y que en muchos lados fueron removidas después del Concilio pero no por orden del Concilio.

[20] Nombre que es hoy mala palabra en instituciones académicas de la Iglesia de donde, a pesar de la expresa recomendación del Concilio (Optatam Totius 16) ha desaparecido el estudio de Santo Tomás en la formación de los sacerdotes.

[21] Ver: 1ª Juan 2, 3-4. 

[22] Ver: 1ª Juan 2, 9-10. En él batallan la pretendida “verdad” contra la “comunión” eclesial.

[23] Ver: 1ª Juan 1, 8-9.

[24] Como dice la copla: “la manzana podrida pudre el cajón y herejía consentida la religión”.

[25] Noticia de ZENIT.org, Ciudad del Vaticano, 2 junio 2002. Véase la Carta del cardenal Castrillón a monseñor Fellay, superior de la Fraternidad San Pío X de fecha 06-02-2002.

[26] San Ambrosio 

[27] Coloquios nocturnos en Jerusalén, San Pablo, Madrid 2008; (Título original: Jerusalemer Nachtgespräche, Herder Friburgo 2008).

[28] Coloquios nocturnos, pp. 170-171.

[29] Boletín Oficial del Obispado de Cuenca, febrero de 1980, pág. 49. También es de 1980 el artículo del P. Miguel Poradowski “La actual protestantización del catolicismo”, Verbo (1980) Nº. 181-182, p. 43-61.

[30] Criterio Libros, Madrid 1999; Título original The Rhine flows into the Tiber. A History of Vatican II. Hawthorn Books, Nueva York 1967; TAN Books, Rockford (Illinois) 1985.

[31] Habría que agregar a los que enumera Wiltgen, los episcopados de países como Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

[32] El Rin desemboca en el Tíber, Prefacio, p. 13.

[33] Al final de las ediciones de la Constitución conciliar Lumen Gentium aparecen Notificaciones Comunicadas por el Exmo. Secretario General del Concilio en la Congregación general 123 (16 Nov. 1964) que incluye una Nota explicativa previa. Por Autoridad superior [es decir del Papa] de acuerdo al sentido y tenor de dicha Nota “debe explicarse y entenderse la doctrina expuesta en dicho capítulo tercero” que como es sabido trata de la Constitución jerárquica de la Iglesia y particularmente del episcopado.

[34] SS Pablo VI, Encíclica Mysterium Fidei, del 3 de setiembre de 1965, tercer año de su pontificado. Por Misas privadas ha de entenderse las que celebra un sacerdote a solas, en privado.


[36] 1 Cor 11, 27-29.


[38] André Manaranche S.J., Querer y formar sacerdotes, Ed. Desclée de Br., Bilbao 1996. Original: Vouloir et former des Prêtres, Ed. Arthème Fayard, Paris 1994.

[39] Card. Godfried Danneels en declaraciones a la revista America, julio 30 – agosto 6 de 2001.

[40] AA. VV. La Liturgia tiene misterio, Cuadernos Phase 77, del Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1997.

[41] Card. Joseph Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, Ed. Sígueme, Salamanca 1999, p. 135.

[42] Card. Joseph Ratzinger, o.c., p. 203.

[43] Ed. BAC, Madrid 1986; título original: Rapporto sulla fede, Ed. Paoline, Milano 1985.

[44] Horacio Bojorge, En mi sed me dieron vinagre. Ensayo de teología pastoral y espiritual, Edit. Lumen, Buenos Aires 2ª ed. 1999, capítulo cuarto apartado 13.1, pp. 115 ss.

[45] Horacio Bojorge, Mujer: ¿por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia, Edit. Lumen, Buenos Aires 1999, Cap. 5. 2 La felicidad como asunto profético.

[46] 1ª Juan 2, 15.

[47] La cursiva es nuestra, queremos señalar que esta frase del Cardenal, expresa su visión de que es un mismo fenómeno que continúa.

[48] Enseñó en Chile más de cuarenta años a partir de 1950 hasta los años noventa. Falleció en Polonia en 2004. Una nota necrológica In Memoriam por Miguel Ayuso en Verbo Nº 421-422 (2004)  pp. 53-55.

[49] 1º) “El protestantismo como reforma”, Verbo Nº 161-162 (1978) pp. 89-110. 2º) “El protestantismo como vuelta al paganismo”, Verbo Nº 163-164 (1978) pp. 375-385. 3º) “El protestantismo como reacción de la civilización germánica contra la civilización latina”, Verbo Nº 167 (1978) pp. 831-852. 4º) “El protestantismo como judaización del cristianismo”, Verbo Nº 168 (1978) pp. 1119-1144. 5º) “El protestantismo como naturalización del cristianismo”, Verbo Nº 169-170 (1978) pp. 1393-1399. 6º) “El protestantismo actual”, Verbo Nº 175-176 (1978) pp. 673-683. 

[50] “La actual protestantización del catolicismo”, Verbo,  Nº 181-182 (1980) pp. 3-61.

[51] Julien Green, La bouteille à la mer, Journal 1972-1976, Plon, 1976.

[52] Louis Bouyer, La descomposición del catolicismo, Herder, Barcelona 1970 (Original: La décomposition du catholicisme, Ed. Aubier-Montaigne, Paris 1968). 


[54] “The Fatima Crusader”, 3er. trim. 89; “The Wanderer”, 23-3-89.

[55] En nota al pie número 55 se lee: “No ha de temerse de Dios castigo más grande de pecado alguno que, si cosa tan llena de toda santidad o, mejor dicho, que contiene al Autor mismo y fuente de la santidad, no es tratada santa y religiosamente por los fieles”. Catecismo Romano del Concilio de Trento, Parte II, cap. 4.

[56] Mons. Juan Rodolfo Laise (obispo emérito de San Luis, Argentina), Comunión en la mano. Documentos e historia. Ed. Vórtice, Buenos Aires 2005 (4ª edición corregida y aumentada), cita en pp. 151-152.

[57] Dominus Est. Reflexiones de un Obispo de Asia Central sobre la Sagrada Comunión. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 2009, 76 páginas. Con presentación de Mons. Malcolm Ranjith. 
[Nota del Centro Pieper: se puede leer un extracto de este libro en el siguiente enlace http://fraternidadvidanueva.blogspot.com.ar/2012/12/mons-atanasio-schneider-es-el-senor.html]. 

[58] Entrevista exclusiva para el blog “Adelante la Fe” (http://www.adelantelafe.com/) del 10-08-2015.

[59] Ed. Encuentro, Madrid 1986. Citamos de las páginas 57 a 63.

[60] Gianfranco Morra “Dottrina sociale e scristianizzazione” publicado en Documenti di lavoro n. 10, publicación de la Scuola di Dottrina Sociale; puede consultarse en Internet mediante buscador.

[61] “Teologia della secolarizzazione e Filosofia” en Archivio di Filosofia 1974, p. 168.

[62] Fundación Gratis Date, Pamplona 2005.

[63] [Nota del Centro Pieper: cita tomada del punto 2 “Confusión” y que puede leerse en el siguiente enlace http://www.gratisdate.org/nuevas/infidelidades/infidelidades-default.htm].

[64] Cuando León XIII olfatea la desviación americanista en el catolicismo de los Estados Unidos empezando por su cabeza, el Cardenal Gibbons, el Papa percibe el influjo que ya entonces empieza a ejercer una sociedad protestante sobre los teólogos y pastores de la minoría católica norteamericana. Y a nadie se le oculta que este americanismo protestantizante era un pionero de la crisis modernista, que fue un empellón temprano de la protestantización del mundo intelectual y académico católico. Ante ese empellón respondió Roma y el episcopado latinoamericano con el Concilio Plenario del año 1899.

[65] [Nota del Centro Pieper: sobre el tema específico del “proceso de protestantización de la hermenéutica en campo católico” se refirió el P. Horacio Bojorge en una conferencia dictada en el Multiespacio Cultural EL CAMINO de la ciudad de Mar del Plata, Argentina, en su visita del año 2011, invitado por la Asociación Fraternidad de Vida Nueva y el Centro de Humanidades Josef Pieper. Dicha exposición aún no ha sido publicada].

[66] 2ª Tesalonicenses 3, 2.

[67] [Nota del Centro Pieper: puede leerse el texto completo del artículo citado del P. Poradowski en el siguiente enlace http://centropieper.blogspot.com.ar/2015/08/la-actual-protestantizacion-del.html]. 

[68] Ver 1ª Juan 2, 15-17.

[69] 2ª Corintios 6, 14 y ss. 

[70] 1ª Corintios 5, 11.



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1 comentario:

  1. Notable la lucidez de este sacerdote. Esto hay que estudiarlo... Dárselo a catequistas. ¿Dónde consigo el libro?

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