jueves, 27 de octubre de 2016

Jordán B. Genta, el Pedagogo del «O Juremos con Gloria Morir» [Incluye Video] - Mario Caponnetto

Jordán B. Genta, el Pedagogo del «O Juremos con Gloria Morir»
[Incluye Video]
Mario Caponnetto


Al cumplirse hoy, 27 de Octubre, 42 años del asesinato de Jordán Bruno Genta, reproducimos esta conferencia de Mario Caponnetto –con su permiso– para recordar la figura de tan grande Maestro y Mártir. Al final de este post, se puede ver el video “Jordán Bruno Genta, Testigo de la Verdad”.


1. Estimados amigos: muchas gracias por invitarme a formar parte del ciclo de conferencias del presente año [1] y a disertar acerca del querido y venerado maestro Jordán Bruno Genta precisamente cuando estamos próximos a conmemorar el cuadragésimo aniversario de su muerte mártir.
    
El título de esta disertación, un tanto curioso –Jordán Bruno Genta, el pedagogo del «O juremos con gloria morir»– se refiere a una feliz ocurrencia del Padre Castellani al dedicarle a Genta un ejemplar de su libro “Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas”, allá en los principios de los años cuarenta.
    
¿A qué se refería el Padre Castellani al adjudicarle a Genta semejante título? Sin duda a lo que constituye uno de los rasgos más salientes de la pedagogía de Genta: su constante preocupación por infundir en sus educandos, principalmente en los jóvenes, un sentido heroico de la vida llevado al extremo de ofrendarla, si fuera necesario, en pos de las grandes razones: Dios, la Patria, la Familia, el honor. Un sentido conformado según dos grandes virtudes: la sabiduría (virtud intelectual), tanto especulativa como práctica, que es la suma perfección de nuestra razón lo mismo en el orden del conocer que en el de obrar; y la fortaleza (virtud moral), temple del ánimo que modera la audacia y reprime el miedo, cuyo acto principal es el martirio y de la que depende, a modo de virtud anexa, la virtud de la magnanimidad cuya materia propia, como enseña Santo Tomás, es el honor, el magnus honor [2].


2. Morir con gloria, como canta nuestro Himno. Sin embargo, nada más lejos de la enseñanza de Genta suponer que esta gloria tenga algo que ver con la gloria vana y efímera propia de cierta retórica escolar impuesta por el normalismo sarmientino de marcado sesgo laicista. El morir con gloria de Genta, que advirtiera el fino humor de Castellani, abreva en otras fuentes, tiene otro origen.
    
Se trata de un morir con gloria que se remonta al pensamiento clásico y cristiano, encarnado en los grandes arquetipos humanos: el sabio, el santo, el héroe. Esta es la fuente de la que manó siempre, desde sus inicios, la extensa labor pedagógica de Genta. Por cierto que a lo largo de esa extensa labor se advierte un camino, una suerte de ascensión que va desde la asunción del pensamiento griego, superados pronto los errores de su formación inicial y las limitaciones de su formación universitaria, hasta la plena aceptación de la fe católica y, con ella, de la filosofía cristiana.
    
Hay en todo este camino, como dije, una auténtica ascensión. A ella hacía referencia un querido amigo sacerdote, ya fallecido, el Padre Eliseo Melchiori. En una carta fechada el 7 de diciembre de 1978, decía: “De la admiración de la muerte de Sócrates a la que siguió fiel, al comentario estremecedor de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz, hay sin duda una ascensión indescriptible” [3].
    
    
3. La pedagogía de Genta, tal como la vemos desde sus comienzos durante los años de su primer magisterio en Paraná y Santa Fe, se caracteriza por dos notas fundamentales:
    
Es, en primer lugar, una pedagogía humanista, de contenido clásico y de profunda raigambre católica e hispánica.
    
Es, además, una pedagogía nacional, esto es, referida al ámbito natural de la nación, que apunta a alcanzar la verdadera libertad de la persona como fundamento de la soberanía política al punto que sin la realización y concreción de ese ideal pedagógico no es posible una real soberanía, un auténtico señorío que permita edificar la Ciudad de los hombres.
    
En este sentido la pedagogía de Genta apunta a lo que podemos llamar una paideia de acuerdo con el significado que los griegos dieron a esta palabra. Tal como lo describe Jaegger, la paideia griega constituyó la aspiración a formar, mediante una educación integral, un tipo ideal de hombre marcado por la virtud, a la que los griegos llamaban areté. Esta areté es la excelencia en la función propia de cada uno en una conjunción de virtud y belleza. Este tipo humano ideal se concretiza en auténticos modelos o arquetipos entre los que sobresalen el guerrero y el sabio [4]. No es difícil, repito, hallar estas influencias en los inicios de la enseñanza de Genta.
    
    
4. Genta, superados como dije los errores de su primera juventud, descubre el mundo del pensamiento griego. Es su primer paso en esa ascensión de la que hablábamos al principio. La lectura de Platón, primero, de Aristóteles, después, lecturas meditadas en la bucólica serenidad de un providencial retiro serrano –retiro obligado por la enfermedad pero que él transformó en un tiempo de verdadero ocio contemplativo– fueron produciendo una transformación, en un primer momento de estricto carácter intelectual y racional, pero que fue el prolegómeno de su definitivo encuentro con Cristo que tendría lugar años después.
    
El joven pedagogo, fascinado por el descubrimiento de sus lecturas y de sus meditaciones, está dotado, además, de un vivo pathos, de una viva pasión por la verdad. Acuden a sus clases, en la Universidad, numerosos jóvenes a los que cautiva con la claridad, la precisión y el ardor de su verbo. Trasmite, así, a sus discípulos el amor a ese mundo nuevo que acaba de descubrir.
    
Por eso su pedagogía reclama un retorno a las raíces, a las fuentes de nuestra civilización: la filosofía griega, el poder ordenador de la Civitas que nos viene de Roma y la Fe de Cristo, fe que aunque no esté todavía plena en su alma, se halla no obstante como incoada, como semilla del Verbo que aguarda su completa manifestación, su madura expresión.
    
Fue, también desde el principio, una característica particular de su pedagogía el suscitar en el discípulo el deseo y la admiración de la grandeza. El buen docente era, para Genta, un testigo de las grandezas, un nexo entre la inteligencia del que oye y las fuentes de esas grandezas; de allí su permanente apelación a los textos fundamentales y fundacionales con los que enseñaba desechando todo facilismo manualístico. Los manuales, solía decir, empobrecen y ocultan la diafanidad originaria de los textos. Entendía, en consecuencia, que el verdadero docente era aquel capaz de poner al alcance del discípulo el contacto directo con los grandes textos como quien da a beber el agua viva de la sabiduría.
    
    
5. Dentro del marco de esta pedagogía se dan una serie de aspectos que es importante destacar.
    
En primer lugar, observamos una crítica a fondo de los presupuestos que conforman la mentalidad habitual, del modo habitual de entender el mundo y al hombre, de “los prejuicios que se difunden como verdades”. Esta mentalidad habitual, firmemente arraigada por desgracia en los ámbitos académicos, responde a los criterios de un pragmatismo utilitario, de un materialismo implícito o explícito, de una asunción acrítica de los postulados del marxismo o del liberalismo.
    
Por cierto Genta se vuelve contra los representantes más genuinos de estas corrientes de pensamiento. En el campo específicamente pedagógico son bien conocidas sus críticas de las doctrinas de Spencer y Dewey, los “pedagogos” de moda en aquellos tiempos, postuladores de una escuela activa de neto cuño cosmopolita, materialista y atea. El joven profesor advierte que esta escuela es contraria al ocio que es la esencia de la escuela, pues la escuela, la misma palabra lo dice, la schola, es el sitio de la contemplación.
    
Claro está que la crítica de Genta no tiene nada en común con el criticismo que puso en boga la filosofía moderna a partir, sobre todo, de Kant. No se trata de una crítica que desmonta a la razón y angosta sus perspectivas y sus realizaciones. La crítica de Genta se conforma mucho más con una auténtica ascesis del pensamiento y, por ello, está mucho más cerca de Sócrates que del criticismo de los modernos. Genta, inspirándose en la mayéutica socrática, pone a quien lo escucha frente a la evidencia del error; va desmontando el artificio y el vano follaje de los sofismas hasta que el alma descubre el meollo, la médula de la verdad. Así, el reconocimiento de la propia ignorancia se va haciendo, en el oyente, inicio de la sabiduría.
    
Gustaba Genta oponer siempre la verdad con su contrario, confrontar y cotejar las posiciones y los criterios; de esta manera, surgía de su palabra, la evidencia de la verdad, recortada con luminosa nitidez. Este contraste de luz y sombra, de verdad y error, ejercía en quienes lo oían (y de esto puedo dar testimonio personal por mi propia experiencia de haber frecuentado largamente sus clases) una auténtica fascinación, un deslumbramiento y una admiración que, como bien sabemos, es el origen del filosofar como enseña Santo Tomás; filosofar que consiste en esencia, y hay que recordarlo, en un amor a la sabiduría que responde a ese deseo natural de saber para el que está hecha nuestra inteligencia.
    
    
6. La otra característica que debemos apuntar en la pedagogía de Genta, y que se sigue de la anterior, es su preocupación por restablecer la inteligencia en el cultivo de lo que él llamaba el hábito de la metafísica. Hecho el examen crítico de los prejuicios y de los errores que conforman la propia mentalidad, la inteligencia está ahora en condiciones de ir adquiriendo el hábito de la ciencia, hábito que es, ante todo, como dijimos, el hábito metafísico de las distinciones y de las definiciones. La metafísica, insistía Genta, es la ciencia que nos ayuda a distinguir y a definir; solía referirse a ella como al “arte supremo de las definiciones”.
    
Distinguir implica también jerarquizar y ordenar. La afirmación de Aristóteles en su Metafísica, retomada por Santo Tomás, de que lo propio del sabio es ordenar, sapientis est ordinare, estaba viva y actuante en Genta: por eso, a partir de la Metafísica, se ordenaban los demás conocimientos: las ciencias particulares, el saber matemático, las ciencias morales, la política, la técnica con su experimentación y sus cálculos. Hay verdades que son para ser servidas, sintetizaba Genta; otras, en cambio, son verdades de las que nos servimos. Tal la armónica y unitaria integración del saber de la que debía ser expresión cabal y concreción visible e institucional la Universidad.
    
    
7. La pedagogía de Genta puede llamarse con justicia la pedagogía de los arquetipos. Aquí se evidencia una neta influencia del pensamiento de Platón, influencia que en este punto no abandonó nunca no obstante haber realizado, con Aristóteles primero y luego con Santo Tomás, los adecuados ajustes a la doctrina platónica de las ideas.
    
Bien sabemos que para Platón las ideas son subsistentes y residen en un mundo superior. El mundo de las cosas sensibles no es sino un reflejo remoto de ese mundo celeste. Insuperablemente, más allá de sus errores, Platón nos ha legado esta riquísima doctrina de la semejanza, de la causa ejemplar por la que todas las cosas son una participación más o menos próxima, más o menos lograda, de esos tipos inmutables. Santo Tomás, también sabemos, retoma esta veta del pensamiento platónico y llevando la causalidad formal-ejemplar al plano de la causalidad eficiente elabora su doctrina de la participación metafísica.
    
Ahora bien, esta causalidad ejemplar en Platón no es sólo metafísica; tiene, además, una profunda connotación ética. En efecto, en Platón la idea suprema es el Bien y es desde ese Bien supremo que el alma contempla y entiende, al modo de una reminiscencia, al mundo pero, sobre todo, se contempla así misma; contempla y juzga lo que cada cosa tiene de semejanza con ese Bien.
    
Por eso hay individuos tan alejados de ese Bien que son como contrahechos en tanto que hay otros que son ejemplares magníficos porque en ellos esplende lo mejor que es lo más conforme con su esencia [5]. Tales son los arquetipos, los modelos ejemplares que tienen la virtud de encarnar y realizar en grado eminente la idea del Bien por lo que poseen una fuerza arrebatadora para el alma que los contempla.
    
En esta virtud arrebatadora de los arquetipos pone Genta los cimientos, la piedra angular, de su pedagogía. Es que el discípulo, cuando es puesto frente a estos arquetipos, se mueve en la mejor promoción de sí mismo, de los más altos y nobles ideales de la existencia humana.
    
Hay una raíz psicológica en este movimiento del alma hacia la grandeza que suscita el arquetipo: es la nostalgia. Es que hay en el hombre, en todo hombre, cualquiera sea su condición existencial, una profunda nostalgia de una dignidad y grandeza originales de algún modo perdidas. Los griegos entrevieron con maestría esta nostalgia; sólo que no supieron su origen que no es otro que el pecado original que nos apartó de nuestra dignidad primera.
    
Por eso Genta solía recordarnos siempre el Discurso de Don Quijote a los cabreros donde les habla de aquella antigua Edad Dorada en la que el alma convivía con la grandeza. Aquellos rústicos cabreros, dice Cervantes, lo escuchaban suspensos; y Genta remataba: ¿por qué esos hombres ignorantes, rudos, eran capaces de escuchar suspensos a un loco que les hablaba ese lenguaje? Porque ese lenguaje despertaba en ellos la nostalgia de una condición original; y esa palabra del Quijote, en cierto modo, los rescataba de su vulgaridad y los devolvía a la grandeza de su origen.
    
    
8. Por esto mismo, si la pedagogía de Genta era, con razón, la pedagogía de los arquetipos, era también, como consecuencia, una pedagogía del verbo. Y es esta otra característica relevante a destacar.
    
Genta nos recordaba que somos hijos de la Palabra. Ella nos ha creado y nos ha redimido. Y en la medida en que toda palabra humana es imagen del Logos ella tiene también esa capacidad analógica de crear y de redimir.
    
Las cosas han sido hechas por las palabras; y el hombre cuando las nombra, realiza, en cierto modo, un acto de “creación” que es la analogía más próxima del acto creador de Dios. Porque así como Dios al nombrar las cosas las pone en la existencia, de modo derivado y análogo, el hombre al nombrarlas las vuelve a convocar a la existencia. Solía recordarnos el maestro con entusiasmo el verso de Juan Ramón Jiménez: inteligencia dime el nombre exacto de las cosas.
    
También, a semejanza del Verbo redentor, la palabra humana cuando es imagen lograda de ese Verbo tiene un poder en cierta manera redentor. Ya lo vimos en el caso del discurso del Quijote a los cabreros. La palabra verdadera, elevada y noble, rescata y levanta. Por el contrario, no hay, decía Genta, nada que viole más este poder redentor de la palabra humana que la palabra que miente y que adula. La adulación hunde al hombre en la miseria y en la vulgaridad. Las palabras, las altas y remontadas palabras, en cambio, nos devuelven a la libertad y a la dignidad más hondas y radicales de nuestra condición humana.
    
    
9. Podemos preguntarnos, ahora, si esta pedagogía cuyas líneas esenciales hemos expuesto, fue cristiana desde sus principios. Creo que lo fue a modo de una incoación. Es notable ver, en algunos textos de la época, la impronta de la fe que aún, en términos sacramentales, no había adquirido. Veamos uno solo de los varios ejemplos que puedan citarse. En “Sentido y crisis del cartesianismo”, un texto del año 1937, publicado en 1938, después de reseñar críticamente el pensamiento cartesiano, nos encontramos con esta sorprendente afirmación: “Hace falta una Revelación más que humana; se muere para no morir… tal es el mensaje del Cristianismo, la suprema esperanza del Evangelio” [6].
    
Palabras francamente premonitorias si se tiene en cuenta que en aquella época Genta aún no había recibido el bautismo.
    
Es a partir de aquí que podemos seguir la evolución posterior del pensamiento de Genta. Terminada su etapa de actuación pública, en la que intentó plasmar institucionalmente estas ideas pedagógicas mediante la creación de la Escuela Superior del Magisterio inaugurada el 1 de agosto de 1944, en Buenos Aires con un discurso antológico donde se resume todo el ideal pedagógico que acabamos de reseñar, comienza en la vida de Genta una segunda etapa que he denominado de exilio interior. Genta enseña en su casa a la que ha llevado su cátedra. De esta época rescatamos dos obras fundamentales, “El filósofo y los sofistas” y “La idea y las ideologías”. En estas obras, de estricto carácter filosófico, Genta profundiza los rasgos de su pedagogía acentuando cada vez más su carácter cristiano hasta llegar a ser una pedagogía auténticamente cristocéntrica. En estas dos obras que hemos mencionado se advierte claramente la conjunción del pensamiento clásico con el cristianismo. En carta que le dirige en ocasión de la publicación de “El filósofo y los sofistas”, Coriolano Alberini, que había sido su maestro durante los años de la formación universitaria, le escribe: “He terminado la lectura de su magnífico libro El filósofo y los sofistas [...] no menos interesante es comprobar algo que se impone de inmediato, esto es, detrás de la obra, flor de madurez mental, hay todo un hombre, rico de varonía clásica, embellecida por el cristianismo”.
    
    
10. A este segundo período sucede un tercero, y último, que ubico a partir de 1962, cuando inicia la redacción de “Guerra Contrarrevolucionaria”, hasta su muerte. Son años en los que la enseñanza de Genta está transida de un aire de urgencia. Ocurre que la situación del país se agrava por la aparición del fenómeno de la Guerra Revolucionaria que el Comunismo desata como estrategia para la conquista del poder en el marco de la llamada guerra fría. La década de los años 60, que culmina con el fracaso de los intentos militares por frenar la oleada revolucionaria con la caída de Onganía, es un prólogo de la tragedia de los años setenta en los que se consuma el intento del asalto terrorista al poder.
    
Son años signados por profundas convulsiones en el mundo, en la Iglesia y en la Patria; años de confusión pero también años de un progresivo debilitamiento de las fuerzas de resistencia, particularmente la Iglesia y las Fuerzas Armadas, las que entran en un proceso progresivo de verdadera autodemolición.
    
Genta es, ahora, el filósofo que medita las verdades esenciales en medio de las ruinas y las llamas de la Ciudad asediada. Y es el cristiano, en la madurez de la fe, cuyo sensus fidei le dicta la preocupación y el dolor por la situación de la Iglesia. Se mantuvo siempre firme en la obediencia al Magisterio Supremo de la Iglesia cuya continuidad, en lo esencial siempre destacaba y buscaba. Había hecho profundamente suya, y la repetía en toda ocasión que se presentara, aquella sentencia agustiniana: Dios puso la doctrina de la Verdad en la cátedra de la unidad. Pero no permaneció ajeno ni indiferente al grave fenómeno de la herejía progresista y modernista en sus diversas variantes; por el contrario, se mantuvo atento y denunció con vehemencia los males que sacudían a la Esposa de Cristo a la que amaba cada día más con un amor lacerado pero sostenido en una fe integérrima y una esperanza inasequible al desaliento.
    
    
11. Es precisamente en esta última etapa de su vida y de su labor pedagógica que aparece con mayor nitidez y en sus rasgos definitivos aquel “Pedagogo del O juremos con gloria morir” que Castellani había entrevisto en la ahora lejana juventud.
    
Por eso sus esfuerzos finales se centraron en dos cosas: proclamar y defender la verdad restableciendo en ella la inteligencia; y aprender a morir.
    
La verdad que se medita en la celda del filósofo, que es el objeto natural de la inteligencia, debe hacerse también verdad práctica sobre la que levantar la Polis. Por eso Genta reclamaba para la Patria la Política de la verdad.
    
Aprender a morir. “Filosofar es aprender a morir”, enseña Sócrates. Genta lo repetía con frecuencia. ¿Cuál es el sentido de esta sentencia socrática? No otro que el que deriva de la visión del hombre que expone Platón en sus “Diálogos” socráticos: puesto que en esta vida el alma está como encerrada en la cárcel del cuerpo, obligada a vivir como aquellos hombres del mito de la caverna que sólo ven sombras, la muerte es la puerta a la sabiduría, es la vida plena del alma que desligada de las ataduras de la carne puede contemplar las ideas en sí mismas y no envueltas en las sombras. Por eso para Sócrates la verdadera filosofía es aprender a morir, en definitiva.
    
Pero para un cristiano la sentencia tiene un significado bien distinto. Por empezar, el cuerpo no es la cárcel del alma ni es un obstáculo para aprehender las esencias y el ser de las cosas: el alma, por el contrario, está hecha para el cuerpo, para unirse a él a tal punto que ella es más perfecta unida al cuerpo que separada del cuerpo.
    
Aprender a morir para un cristiano no es otra cosa que vivir en vista de la eternidad y en vista de la consumación de nuestro destino más personal y propio que es la resurrección.
    
Este es el misterio de la Cruz, la economía admirable de la Cruz. Morir para vivir. El grano de mostaza que muere para nacer.
    
Por eso, en su última conferencia, pronunció estas palabras que son como la síntesis de su pedagogía: “Vivimos una hora grave, solemne y decisiva. Acaso sea mejor para los hombres, y en especial para los cristianos, tener que vivir peligrosamente, expuestos a morir en cualquier momento. Digo que acaso sea mejor, porque aún antes del Cristianismo, el verdadero fundador de la Filosofía en Occidente, que fue Sócrates, enseñó que la Filosofía es una preparación para la muerte. Y nosotros adoramos a un Dios hecho hombre, crucificado por amor, en la figura del fracaso y de la muerte. No hay, pues, otro modo de llegar a la Vida verdadera, que recorrer el itinerario de Nuestro Señor Jesucristo” [7].
    
El Pedagogo del «O juremos con gloria morir», es ahora el pedagogo del heroísmo cristiano, el maestro de esa sabiduría y de esa fortaleza que ya no son meras virtudes naturales sino dones del Espíritu Santo.
    
Y bien pudo decir con San Pablo (II Timoteo, 4, 7): Bonum certamen certavi, cursum consummavi, fidem servavi: He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe.




Notas:

[1] Esta conferencia fue pronunciada en el Colegio Ezpeleta de la localidad de Bella Vista, Provincia de Buenos Aires, el 26 de septiembre de 2014 en el marco de un ciclo anual de conferencias organizado por Faminat, institución católica dedicada a la defensa y promoción de la familia.

[2] Cf. Summa Theologiae, II-IIae, q 129, a 2.

[3] Genta solía acudir, en los últimos años de su vida, a una modesta parroquia rural, en Arroyo Barú (Entre Ríos), de la que el Padre Melchiori era párroco, para Semana Santa. En esas ocasiones el Padre le pedía a Genta que dirigiese la palabra a sus feligreses. Seguramente en una de esas ocasiones habrá pronunciado Genta el comentario de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz al que alude el texto de la carta.

[4] Cf. W. JAEGGER, Paideia. Los ideales de la cultura griega. Tomo I, capítulos 1 y 2.

[5] Cf. PLATÓN, La República, Libro IX.

[6] JORDÁN B. GENTA, Sentido y crisis del cartesianismo, incluido en el volumen Escritos en honor de Descartes, Universidad Nacional de La Plata, 1938, páginas 75-87.

[7] JORDÁN B. GENTA, Testamento político, Buenos Aires, 1984, página 25. Esta publicación póstuma contiene el texto de la última conferencia dictada por el autor la noche anterior a su asesinato.


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Jordán Bruno Genta, Testigo de la Verdad
(1909-1974)






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