martes, 1 de noviembre de 2016

La Conmemoración ¿Católica? de la Reforma, Fruto Maduro del Modernismo, “Conglomerado de Todas las Herejías” - Mª Virginia Olivera de Gristelli

La Conmemoración ¿Católica? de la Reforma, Fruto Maduro del Modernismo, “Conglomerado de Todas las Herejías”
Mª Virginia Olivera de Gristelli


La Reforma protestante brota y sale de la Iglesia católica. Se plantea en sus comienzos como lo auténtico frente a lo inauténtico” (R. P. Horacio Bojorge S.J.)


Hoy es un día bastante siniestro para muchos católicos, no sólo porque gran parte de los hijos de la Iglesia se avendrán a celebrar como si se tratara de un chiste, el día de Halloween, sino porque otra porción que incluye a las máximas jerarquías de la Iglesia, participará  de una “conmemoración ecuménica” de la Reforma en el marco del viaje del Papa a Suecia.

Más allá del escándalo que –a Dios gracias, todavía– provoca este último hecho, lo que creo que no debemos perder de vista es que todo esto no es sino el fruto maduro de un lamentable proceso cultural y eclesial que hunde sus raíces en el modernismo teológico –definido certeramente por San Pío X como “conglomerado de todas las herejías”– y que ha ido mostrando cada vez menos tímidamente, notorias expresiones de su avance, hasta adquirir plena carta de ciudadanía frente al mundo.

Pero la pregunta que subyace a todo esto es: ¿a quiénes y a cuántos nos escandaliza y duele verdaderamente esta conmemoración?…

¿Hasta qué punto una gran parte de fieles no sólo conmemorará sino que celebrará este encuentro, yendo mucho más allá de las “buenas intenciones” explicadas por el Card. Koch, sin comprender demasiado su peligro? La razón solían expresarla algunas de nuestras abuelas con una frase infalible: “católico ignorante, seguro protestante”.

En efecto, tras décadas de vaciamiento doctrinal en la catequesis y supresión de la apologética en los seminarios y forma mentis de sacerdotes y obispos, la ecuación es elemental: cualquier ambigüedad doctrinal, contaminación de la fe, e incluso apostasía explícita, ha llegado a quedar completamente impune y pasa ya desapercibida para cada vez más fieles, imbuidos hasta el tuétano de modernismo, cuyo avance no se frenó convenientemente. Y de aquellas aguas, estos lodos.

Todo ello, sin olvidar el influjo que la cultura moderna ejerce en este estado de cosas, tal como admitía S. S. Pablo VI:

«Si el poder político de Constantino y sus sucesores se empeñó en lograr la unidad de la Iglesia católica como un bien político, parecería que el poder político global del mundo moderno favoreciera, por serle más congenial, al cristianismo protestante y la protestantización del catolicismo» (27-6-67).

Hace algunos años, el Padre Horacio Bojorge S.J. prologaba el tomo correspondiente a la Reforma Protestante de la obra “La nave y las tempestades” de su hermano de religión, el P. Alfredo Sáenz S.J. aludiendo a un franco proceso de protestantización de la Iglesia.  En otros posts hemos compartido con los lectores lo más significativo de esas páginas, y hoy quisiéramos volver sobre algunos párrafos que a nuestro juicio ayudan a comprender el proceso que hoy presenciamos:

«… Creo que la historia nos enseña a descubrir que el espíritu protestante nació en el seno del catolicismo y que sigue naciendo en él y de él. La Reforma protestante brota y sale de la Iglesia católica. Se plantea en sus comienzos como lo auténtico frente a lo inauténtico.

(…) Lo que corresponde es alertar al catolicismo acerca de sus propios males, de lo que está dentro de él y es capaz de salir de él y corporeizarse en formas antagónicas exteriores después de haber protagonizado antagonismos intestinos.

La ruptura de la comunión suele estar latente, y tiende de suyo a permanecer latente, antes de quedar de manifiesto. Quisiera, pues, poner estas líneas bajo el amparo de las numerosas advertencias de Jesucristo, cuando nos exhorta a vivir en guardia, velando y orando; y nos dice con solícita caridad, transida de preocupación amorosa de hermano mayor: “Cuídense, guárdense” (Marcos 13, 5. 9. 33. 37)».

Entre algunas voces eclesiales que se alzaron para advertir sobre este proceso de protestantización, se menciona la del Cardenal primado de Holanda, Adrianus Simonis, quien, en una entrevista de octubre de 1995, afirmaba:

«La situación de la Iglesia es hoy dificilísima. Puede uno preguntarse si no está en acto, en el mundo del oeste, una sedicente segunda Reforma. Hablo de una situación semejante a la del siglo XVI, que laceró a la Iglesia. […] Esta segunda Reforma me parece aún más peligrosa que la primera».

Uno de los síntomas de este proceso, es la mengua de la devoción eucarística, lo que inevitablemente nos hace pensar en la relativización del uso del término “transubstanciación” del documento “Del conflicto a la Comunión”, que analizan varios blogs de este portal [Nota del Centro Pieper: se refiere a http://infocatolica.com].

«El Cardenal Basil Hume, según un informe de The Catholic Herald publicado el 3 de septiembre de 1999, lamentaba, muy poco tiempo antes de su muerte, el hecho de que los católicos de su país hubiesen perdido la devoción por la Eucaristía, base de la Fe católica, asimilándose así al cristianismo protestante. (…) . Se trata de las mismas opiniones de Lutero. En 1967, a poco de terminado el Concilio, Pablo VI comprobaba la expansión de este tipo de “desviaciones doctrinales análogas a las que efectuó en su época la Reforma Protestante” (27-6-67)».

Tras unas páginas, se citan algunos textos del conocido “Informe sobre la Fe”, cuyo contenido es la entrevista que sostuvo en 1985 Vittorio Messori con el entonces Card. Joseph Ratzinger:

«- Messori: “Empiezo con una ‘provocación’: Eminencia, hay quien dice que se está dando un proceso de ‘protestantización’ del catolicismo”.

- Card. Ratzinger: Quien habla hoy de “protestantización” de la Iglesia católica, se referirá sin duda, en términos generales, a un cambio de eclesiología, a una concepción diferente de las relaciones entre la Iglesia y el Evangelio. Existe, de hecho, el peligro de semejante cambio: no es un mero espantapájaros montado por algunos círculos integristas.

(…) El protestantismo surgió en los comienzos de la Edad Moderna y, por lo mismo, está más ligado que el catolicismo a las ideas-fuerza que produjeron la edad moderna. Su configuración actual se debe en gran medida al contacto con las grandes corrientes filosóficas del siglo XIX. Su suerte y su fragilidad están en su apertura a la mentalidad contemporánea. No es extraño que teólogos, católicos, que no saben ya qué hacer con la teología tradicional, lleguen a opinar que hay en el protestantismo caminos adecuados y abiertos de antemano para una fusión de fe y modernidad”.

(…) En un momento de esta conversación, el Cardenal Ratzinger afirma que al convivir protestantes y católicos, son los católicos los que corren mayor riesgo de deslizarse hacia las posiciones protestantes. “El auténtico catolicismo se mantiene en un equilibrio muy delicado, en un intento de compaginar aspectos que parecen contrapuestos y que, sin embargo, aseguran la integridad del Credo. Además, el catolicismo exige la aceptación de una mentalidad de fe que frecuentemente se halla en una radical oposición con la opinión actualmente dominante».

Y concluye el Prólogo [del P. Bojorge]:

«Vivimos un capítulo más en la historia multisecular de la expansión de la reforma protestante. Pero no es un fenómeno exclusiva ni principalmente religioso; aunque quien se queda mirando solamente los hechos que se dan en ese campo, no logre ver sus conexiones con la penetración general; la que está teniendo lugar en todos los frentes de la vida y la cultura: la lengua, la literatura, la música, el folklore, las artes plásticas, el cine y la TV, la economía, la banca y el comercio, los recursos naturales y la facultad de disponer de ellos, la industria y sus normas, las ciencias del hombre, las relaciones laborales y familiares, los hábitos alimentarios y sexuales, el comportamiento humano, el derecho y la justicia

En lo estrictamente eclesial, la deriva protestantizante, de la que no están libres ni las más altas esferas del clero, es reconocible dondequiera haya un receso de la devoción a la Eucaristía, a María y al Papa; de la piedad sacramental en general; una devaluación de las mediaciones, una disminución o pérdida del sentido de lo sagrado, un olvido o positiva aversión a ‘los que fueron antes’, una pérdida de la memoria, un desamor por las tradiciones; una indisciplina exegética que huele a Sola Scriptura. Pero también en una deriva hacia la nacionalización y politización del catolicismo, en una tendencia al episcopalismo y a las Iglesias nacionales, rasgos propios del protestantismo histórico. (…)

Está en curso un corrimiento cultural general desde la matriz católica de la que alguien procede, hacia la matriz protestante que invade el mundo en que vive. Si no la asume y se identifica, tendría que resistirla y padecer. Y eso, como la fe, no es de todos.

Son cosas a tener en cuenta para proceder, con inteligencia, de la naturaleza de los hechos. Y para actuar con misericordia y humildad. Pero también para resistir firmemente y defender los valores recibidos en herencia, los que nos hacen ser lo que somos. Y para apreciar la gracia de preservación de la que, hasta ahora, hemos sido objeto…».

Ante la tentación de desánimo que posiblemente a muchos les acosa, recordamos la exhortación que daba a los fieles el papa San Pío V en el primer consistorio luego de su elección, acompañando sus palabras con las obras tanto personales como de gobierno:

«No paralizaremos el proceso de la herejía sino moviendo el Corazón de Dios. Corresponde a nosotros, luz del mundo y sal de la tierra, llevar la claridad a los espíritus y animar a los corazones con el ejemplo de nuestra santidad y de nuestras virtudes…».

Hora es, pues, de suplicar insistentemente pastores santos y celosos de la Verdad.

Así lo hacía San Pedro Canisio, insigne jesuita de la Contrarreforma y Doctor de la Iglesia, cuando imploraba a Dios muchas y generosas vocaciones:

«Llevamos fuego en nuestros pechos, pero permanecemos fríos. Tantos pastores infieles, tantos perros mudos y pastores ciegos (…) Sin buenos seminarios, los obispos no llegarán nunca a remediar el mal actual».

Y así consolaba a los fieles que sufrían los coletazos de la Reforma, como deberá consolarnos y fortalecernos ahora, en este tiempo en que lo que menos necesita Nuestro Señor, son católicos perplejos:

«El Señor duerme, es verdad, pero dormita sólo para poner a sus elegidos a prueba, dejando venir sobre ellos una cruel tempestad; y cuando toda esperanza parece desvanecerse, se levanta y con un gesto, apacigua los vientos desencadenados. Él quiere que aceptemos durante este tiempo nuestro peligro, nuestra debilidad, nuestra nada; que golpeemos con nuestra oración y nuestras lágrimas a la puerta de la gracia, entonces Él vendrá a abrirnos y coronar nuestra perseverancia» (Sáenz, A.: La nave y las tempestades, La reforma protestante; Bs.As., Gladius, 2005).








1 comentario:

  1. Gracias... Me cierran muchas cosas que hemos estado estudiando este año.

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