sábado, 11 de marzo de 2017

El Castillo de Diamante - Jack Tollers

El Castillo de Diamante
Jack Tollers


Reproducimos a continuación una recensión del Libro de Juan Manuel de Prada “El Castillo de Diamante” publicada en el blog “Wanderer”.


Wanderer, disculpe usted, pero si la última vez le dije que me gusta el género “recensión de libros” era porque me refería a la crítica de un ensayo, o de una biografía, o de una historia. Ahora lo que me toca es más, mucho más difícil (y como comprenderá fácilmente, me da más miedo), porque estamos hablando de narrativa. 

Aquí quiero contarle sobre una novela escrita por Juan Manuel de Prada, «El Castillo de Diamante», editada en 2015, a vueltas con Teresa de Ávila, Santa Teresa la Grande, la grandísima santa castellana, a la que tengo, desde ya os lo digo, grandísima devoción. Pero me he expresado mal, porque Prada ha puesto de protagonista de su novela a otro personaje, Ana de Mendoza, la princesa de Éboli, dejándola a Teresa como telón de fondo (si acaso eso fuera posible, porque cada vez que aparece en este libro su carácter, su personalidad, arrasa con todo).

Pero, ¿qué ha hecho Prada? Ha hecho una cosa imposible, si no lo hubiesen visto mis ojos: una novela escrita con el castellano del Siglo de Oro, sobre una de las muchísimas aventuras que le tocó en suerte vivir a doña Teresa de Cepeda (doctora de la Iglesia y santa, ya lo dije, no me importa, lo diré de nuevo, de mi preferencia). Se trata de un lance que Teresa tuvo con Ana de Mendoza, la Princesa de Éboli, a mediados del s. XVI, en Pastrana, plena Castilla, cuando recién comenzaba la Descalcez, su reforma del Carmelo, fundando aquí y acullá “palomarcitos” de monjas reformadas, con una regla muy estricta, sin renta y desafiando de paso a obispos y superiores, la Santa Inquisición, al rey y al Papa si a mano viniere y a… la Princesa de Éboli, como dije, la verdadera protagonista de esta novela, una mujer difícil por decir lo menos, que querría ser una especie de alter ego de Teresa y que resulta su perfecta antítesis. 

Cómo diablos hizo Prada para escribir esto supera mi imaginación (y me abruma el caletre). No lo puedo entender. Afortunadamente, lector de Tolkien como soy, me doy cuenta de que el 80% de la explicación, la clave del éxito de Prada, anda cerca del hecho de que su autor tiene un dominio asombroso de la lengua castellana. Es increíble, porque aquí no sólo hablo del español contemporáneo, sino también el del siglo XVI. La de dichos, refranes, proverbios, modismos, adjetivos, metáforas y máximas que salpican cada página son sólo una pequeña epifanía de esto que digo. Porque luego está la chunga, las chanzas, las referencias payasas, la jarana que te hacen reír a pata suelta —a veces (y no exagero) dos o tres veces por página. ¿Pondré aquí ejemplo? Hay una escena sobre el final del libro en el que la princesa acude a la Santa Inquisición para denunciar a Teresa como alumbrada (y si el lector de esto no sabe qué cosa es un alumbrado, hará bien en leer esta novela, que Prada lo explica a la perfección. Y de paso, como Teresa parece alumbrada y no lo es). El caso es que el tribunal está muy inclinado a favor de la santa y no le cree nada a la denunciante. Entonces, al darse cuenta de que su denuncia no tiene andadura, la princesa se muestra cada vez más malhumorada.

Entonces, el cura interroga a la princesa:

-Decidme, ¿qué consideráis contrario a la doctrina en ese libro? [se refiere al «Libro de la Vida» de Santa Teresa].
Ana [de Mendoza, la princesa de Éboli]  pensó entonces que el jesuita empezaba a impostar una voz meliflua, como les ocurre a los clérigos taimados y sodomitas, que algunos lo son y otros se vuelven, de tanto marear la perdiz. 

Je. Referencias como estas aparecen todo el tiempo que se lo podrá acusar de lo que se quiera a don Juan Manuel de Prada, menos de meapilas. 

Y en efecto, esta novela no es para cualquiera (pese a que se ha vendido más que bien, considerando que la editorial es Espasa y ya va por la cuarta edición). No sé yo quiénes son sus lectores, porque descarto a las monjas (que se escandalizarían a la tercera página) y a la mayoría de los clérigos que detestan el Siglo de Oro español, la vera ortodoxia y que carecen de sentido del humor. Ciertamente no es para chicos y no se me ocurre que puedan existir jóvenes interesados en historias como estas. ¿Quiénes serán esos lectores? ¿Mujeres casadas? Podría ser (considerando que ese es el público de 50 sombras...). ¿Adultos cansados de la modernidad y sus abúlicos lugares comunes? Por ahí vamos mejor. 

Pero esta novela, Wanderer, se las trae. Porque entreveradas entre las bromas y felices descripciones de su autor, aparecen subidas cuestiones místicas, estampas de finísima psicología (el retrato de la protagonista, Ana de Mendoza, es, sencillamente una genialidad, consistente en sus gestos, arrebatos, broncas y remordimientos que a uno le parece haberla conocido desde toda la vida). Incluye una pintura del fariseísmo perfectamente robada a Castellani, pero hay también algo de política, un poco de historia local, pero todo, todo, dominado por el finísimo humor del autor. Por ejemplo, cuando la princesa enviuda y en un súbito arranque en medio de su duelo, se resuelve a entrar de monja al convento que ella venía financiando (una excepción en las fundaciones de Teresa que también se explica en el libro). Total que sale a recibirla la priora del convento, una tal Isabel de Santo Domingo, que le observa que no puede entrar de monja con sus dos doncellas. El diálogo de estas dos no tiene desperdicio.

-Calmaos, por Dios os lo suplico. Las descalzas no podemos tener doncellas a nuestro servicio. Si deseáis quedaros en el convento, tendréis que renunciar a ellas. 
Y trató de esbozar una sonrisa dulce y modosita. Pero Ana se había puesto furiosa y ningún paño caliente podía apaciguarla:
-¿Sabes con quién estás hablando, buena mujer?
Aunque sabía que la princesa había enloquecido, pasajera o perpetuamente, Isabel no pudo sufrir el soniquete petulante de la pregunta. Respondió con mucha guasa: 
-Vos misma me lo dijisteis en el locutorio, hace un momento —dijo—. Sois Ana de la Madre de Dios. También sé que habéis decidido dejar de ser señora de vasallos para convertiros en sierva del Señor. Pero aún estáis a tiempo de arrepentiros…
Las novicias se esforzaron por contener la risa…

Y nosotros también, que queríamos seguir leyendo para ver qué pasa, fascinados con la trama que ya conocíamos porque habíamos leído los mismos libros que Prada apunta al final de la novela como sus fuentes (muy de destacar la biografía de Teresa del P. Efrén de la Madre de Dios). Sólo que habríamos creído que una recreación como esta era, repito, perfectamente imposible. 

No resisto, por ejemplo, reproducir aquí su descripción de ese tipo tan particular que es un “galán de monjas”. 

…había cambiado sus empalagos, untuosidades y zalamerías perfumadas de almizcle por la santurronería picaruela del galán de monjas, que es oficio más difícil y delicado que el de equilibrista, pues su misterio consiste en adobar las oraciones más pías y las palabras sacras de la Escritura para convertirlas en piropos encubiertos, con muchas gacelas mellizas triscando por aquí y por allá, mucho ciervo joven pastando entre los lirios y mucha torre de David que se mantiene enhiesta y firme, aunque torres más altas hayan caído. Tal vez se tratase de un pasatiempo no del todo honesto…

Tu parles. Pero díganme si la pintura no es genial. También lo es la teoría que hilvana Prada de que el rey Felipe II está un tanto celoso de su hermano bastardo, el gran triunfador de Lepanto. Ahora, la princesa tiene una teoría de por qué su marido, don Ruy Gómez, se ha alejado de la Corte…

Así, por lo menos piensa ella:

¿Cómo un hombre en situación tan penosa no había de desear a una mujer como ella, que paría hijos rollizos como quien escupe el cuesco de un dátil? Ahora que se detenía a considerarlo, Ana pensaba que tal vez Ruy se había marchado de la Corte no tanto por asechanzas del bando de Alba, sino porque su amigo y señor el Rey le insistía en que le dejase engendrar en tan buena y gustosa paridora algún hijo que, para variar, le naciese sano y tan gallardo como a su padre le había salido el bastardo don Juan de Austria.   

Y bien puede ser… no es inverosímil, sino que,

…al tratar de Ana de imaginarse al Rey en porreta, lo veía tan enclenque y paliducho que le daba un repeluzno de grima y una risa floja que tardaba varias horas en apagarse; y mientras le duraba, las doncellas de virgo momificado la miraban con los ojos abiertos como cuencas sin ojos. Tal vez aquellas tiparracas algo de razón tuvieran, después de todo, y Ana estuviese empezando a desvariar y a volverse un poquito, solo un poquito, loca.

Si con esta novela se hiciese un “audio-book” yo me abalanzaría sobre él, no sé si oyen como yo el ritmo, cómo caen las tónicas en cada frase, cómo Prada recrea por escrito, exactamente como lo hace la mismísima Teresa, reproduciendo por escrito su conversación de “vieja castellana junto al fuego”. Javierre lo había intentado pero no le había salido del todo (quizás por progresista nomás, que lo era, aunque fue un buen intento). 

Leer esta novela ha sido para mí una experiencia única y me ha devuelto a la santa avilesa que yo, por no sé qué misterios de esta vida, había dejado un poco de lado estas últimas dos décadas. Me han dado ganas de volver a leerla (y de hecho, eso haré), de paladear su humor, su amor por la humanidad de Jesucristo y su emblemática (y más escondida) pasión por España.

¿Y bien? Todo esto podría parecer el eco de una “sociedad de bombos mutuos”, porque Prada ya ha opinado sobre un escrito mío, dedicándole algunas alabanzas. Pero no, juro que no, sólo es verdad que después de leer «El Castillo de Diamante» me quedó una especie de gratitud que he querido plasmar con estas líneas, (que, ya sé, lucen algo pálidas al lado de las que acabo de comentar, pobre de mí, pero cada uno hace lo que puede).






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