jueves, 19 de octubre de 2017

Robert Hugh Benson, un Recuerdo Personal - Fr. Joseph H. McMahon

Robert Hugh Benson, un Recuerdo Personal
Fr. Joseph H. McMahon


Hoy se cumplen 103 años de la muerte de Monseñor Benson. Hemos encontrado este artículo escrito por un Sacerdote norteamericano amigo de Benson que fue traducido al español por Beatrice Atherton. Publicado originalmente en el Blog “Bensonians”, hoy lo reproducimos en nuestro Blog del Centro Pieper. En él encontrarán algunos aspectos íntimos de su vida y sobre todo su fuerte celo Sacerdotal. 


I.- “Soledad”, la última novela de Mgr. Benson, cualquiera sea el veredicto de los críticos, será siempre para mí su mejor novela por un prejuicio de interés personal. Él escribió los últimos capítulos en las pocas horas de la mañana de un brillante día del agosto recién pasado, cuando por última vez yo viajé a Hare Street para ser su invitado por un fin de semana. Esa noche, después de la cena y después de mencionar los temas tratados en la novela y el propósito que perseguía al usarlos, él me leyó aquellos capítulos finales. La escena fue muy interesante e íntima.

Gracias a unas adquisiciones posteriores él había aumentado los terrenos que originalmente rodeaban la casa de Hare Street, hasta abarcar unas considerables tres o cuatro propiedades continuas. En una de ellas había levantado dos encantadores y pintorescos cottages. Creo que su idea era formar una distinguida colonia de católicos en esta remota y aburrida villa inglesa, que no había experimentado la presencia de católicos hasta que él llegó a establecerse ahí. Fue atraído por la belleza de la puerta de hierro forjado estilo Carlos II, la cual conduce a la larga, espaciosa, cuadrada y confortable casa que él compró. De esto estoy seguro, por su pórtico y sus viejos revestimientos.

Fue en uno de estos cottages, ocupado por una señora de distinguido linaje, conversa ella también, (N.Tr.: se trata de Miss Lyall, hija de Sir Alfred Lyall) donde fuimos invitados a tomar nuestro café. Fue una práctica habitual ir con él a la denominada en forma elegante “sala de estar de la casa de campo” a beber una pequeña taza de café y fumar innumerables cigarros mientras en un semicírculo alrededor de la hermosa habitación iluminados por una tenue luz de un candelabro eléctrico, se sentaban sus huéspedes y unos cuantos vecinos y visitas de ella. Apenas se intercambiaban los saludos la criada entraba con el brillante juego de café y entonces, con su característica impaciencia por la pérdida de tiempo, él preguntaba si podía comenzar. Leía rápidamente entre frecuentes aspiraciones a su cigarro. Para los desacostumbrados ojos americanos era divertido ver a estas graves damas inglesas, todas con “grandes aires”, alargando plateadas cajas de cigarros y encenderlos con calma fumando plácidamente mientras él leía, hasta que alguna interjección causaba que la lectura fuera suspendida al tiempo que una animada discusión tomaba lugar para decidir sobre algún punto de vista literario o de apreciación artística. Él no tomaba las críticas dócilmente. Al primer síntoma de desacuerdo se ponía rígido a la expectativa del ataque y con la determinación de defenderse. En más de un punto de la discusión de aquella tarde y en las posteriores, él tendría el buen sentido de analizar las críticas sobre las materias. Y entonces, con el cigarro pendiendo de sus labios, clavaría su lápiz en el manuscrito o quizás mantendría firme el manuscrito con la mano que sostenía el cigarro, el cual ardía con rapidez distribuyendo naturalmente sus cenizas libremente y con una fina indiferencia, y haría las correcciones.

Invariablemente a la hora establecida para las oraciones de la noche, él se detenía súbitamente y con un brusco “buenas noches” se apuraba a salir a través del oscuro sendero que cruza el variado jardín, familiar para él, pero muy difícil para el extraño, deteniéndose para indicar algún peldaño peligroso o una rama sobresaliente hasta llegar a la Capilla. Los sirvientes se reunían y pronto la puerta que daba al camino público se abría, y en la oscuridad del crepúsculo se esparcía la luz de la lámpara del Sagrario. Podían apreciarse las figuras de nuestro círculo de lectura de hace un rato, y sobre sus cabezas lucían mantillas españolas y sus ricos vestidos crujiendo mientras se arrodillaban cada una en su lugar acostumbrado. Luego, desde su puesto detrás de la reja que separa el coro de la nave que sus propias manos habían ayudado a tallar, llegaba la severa y sumisa voz que cinco minutos antes había estado formulando sus propias mágicas palabras para representar amorosas escenas, o conmovedoras emociones, pero que ahora reproducían reverentemente las hermosas oraciones de Completas. Terminada la lectura uno a uno los devotos se marchaban desapercibidamente, dejándolo acurrucado en su actitud favorita leyendo Maitines y Laudes, con la luz sobrenatural de la lámpara del Altar.

Por mucho tiempo en mi mente vivirá el recuerdo de dos escenas en apariencia tan diversas, aunque en realidad están muy conectadas. Porque la historia basada en la soledad de Elsa se urdirá con la gran pasión y con la tragedia de la soledad de su niña-heroína católica que la trajo de vuelta a Dios, y que encuentra su explicación en esta delgada figura ahora absorbida en la oración delante del Altar de Dios. Porque él intentó en verdad usar su don literario dando a conocer, a través de las creaciones de su mente, las manifestaciones de ese Dios que vive en su oración.


II.- Creo que “Soledad” da no sólo la pista más clara sobre el propósito de Mgr. Benson al escribir sus novelas, sino que también para todo el carácter de su vida católica. Él estaba siempre esforzándose por traer a Dios a los hombres, y no contento con llegar a los que pudieran ir a oírlo predicar, buscó una mayor audiencia entre quienes despreciarían sus instancias desde el púlpito, pero que podrían ser conquistados a través de la historia de una novela. Esto es evidentemente el propósito de “Soledad”. Creo que artísticamente es uno de sus mejores trabajos. No hay mucha introspección como en “El cobarde”, tal vez su mejor estudio psicológico, sin embargo esto realza su interés como historia. El tema de Elsa es una constante a lo largo del libro, como el tema del Grial en la música de Parsifal. Incluso entre la seductiva sensualidad de la música del segundo acto de Parsifal suena el motivo del Grial como una advertencia y un contraste. A lo largo de “Soledad” el tema de Elsa está presente. El trágico incidente a través del cual es transmitido su sentido de su insolación es muy poético y completo, y la emocionante escena final es artísticamente embellecida en un alto grado. La lección es poderosa. El propósito del libro, como revelado en aquel «noctibus ambrosianis», fue un poco para enseñar exactamente el peligro que reviste para un católico estar asechando aquellos matrimonios mixtos a los cuales el predicador católico con tanta fiereza y tan a menudo denuncia inútilmente.

Este esfuerzo para transmitir algunas verdades o enseñanzas católicas fue el propósito fundamental de todas las novelas escritas por Mgr. Benson. Poseía el maravilloso don de imaginación, el espléndido poder de la descripción, una notable capacidad para la observación y un genio para la creación de personajes que parecían reales. De hecho, él podía llegar a impregnarse con cualquier lugar o periodo. La primera vez que me visitó aquí en América tres años atrás, mencionó que había estado escribiendo una novela que trataba el tema de la muerte de Carlos II. Estaba muy prendido con ese canalla real porque, tal como él decía, era genuino. Lo que más le interesaba de él era la muerte católica de Carlos. Sin embargo, no estaba satisfecho en cómo estaba escrito el libro. El año pasado, con ocasión de su segunda visita, alegremente me contó como por este disgusto había arrojado su manuscrito al fuego. Luego se había sumergido por dos semanas en las bibliotecas leyendo e investigando sobre ninguna otra cosa más que sobre el reinado de Carlos II y así fue como escribió la novela que apareció después con el nombre de “Bichos Raros” (Oddfish).

Durante mi visita a él en el último verano tuve una larga caminata una mañana, la cual me condujo a través de algunas encantadoras villas. Yo no estaba familiarizado con el país y estaba ansioso por identificar estos lugares que me habían impresionado. A mi regreso a la biblioteca, donde él había estado trabajando, observé un largo mapa colocado en una esquina. Pensando que podría ser el mapa del condado que me mostraría aquellos poblados le consulté por esto y me sorprendí al escuchar su comentario: “¡Oh! Este es un plano de Londres de la época de Carlos que yo agrandé y dibujé a escala. En el puedo encontrar mi camino a cualquier parte”.

Algunas veces sus observaciones fallaban. Yo había escrito una descripción de Hare Street House para “el consumo doméstico” de algunos de sus devotos amigos de América. Él estaba interesado en escuchar mi descripción. Comencé diciendo que el muro que cerraba la propiedad era una alta empalizada de madera o una valla de madera y él me interrumpió para decir “¡Oh no!, te equivocas en esto, el muro es de ladrillo”. Y lo que ocurrió es que era otra cara de la misma moneda. Yo había caminado hacia abajo del camino donde la valla era de hecho una empalizada de madera, pero como él siempre giraba hacia arriba del camino, en su dirección ¡el muro era de ladrillo!


III.- Todos estos dones o facultades de los que él hacía uso eran para llevar a sus lectores a entrar en contacto con las cosas y con la vida católicas. Personalmente desconozco si hay alguna otra descripción más fascinante de una Misa católica que la que se encuentra en “¿Con qué Autoridad?” y en “El Triunfo del Rey”. Estos relatos históricos son sin dudas fascinantes tanto para los no-católicos como para los católicos. La poesía y los autosacramentales de la liturgia católica están tan artísticamente empleados que uno se hace insensible a la inoculación de la verdad dogmática. Sin embargo, me parece que una lectura no católica inteligente a la exquisita descripción de las flores ornamentales del Altar y al fino análisis de las oraciones litúrgicas que conducen a la Consagración, debe no solamente tener la más clara idea del Credo católico sobre la Presencia Real, sino que debe compartir de alguna manera la reverencia de los católicos por este misterioso Ritual.

Los lectores de sus novelas deben también haber notado su gran respeto por las antigüedades. Un gracioso ejemplo lo ilustrará y explicará. Caminábamos un día a inspeccionar una finca recién adquirida por una devota amiga suya, Lady Gifford. El Capellán se encontraba viviendo de modo muy confortable en el extremo de un largo granero, donde las habitaciones habían sido alhajadas con todas las comodidades modernas. La otra parte del granero había sido convertida en una considerable Capilla que, en mi opinión, podía acomodar a unas cien personas. Se le había colocado suelo de cemento, artefactos de calefacción a vapor y se le había aplicado una impermeabilización a los laterales y las paredes se habían reforzado con tornillos de acero. La apariencia en su totalidad era muy buena. Encontré a Benson mirando con atención los pilares de madera verticales que sostenían el techo y hablando con entusiasmo con el Capellán. Estos pilares habían sido carcomidos casi hasta un punto peligroso por el ganado que había ocupado los establos ahí por centurias. A mi pragmática mentalidad americana le pareció mejor echar abajo toda la estructura y construir un edificio moderno. Pero esto para los ojos de Benson habría sido una profanación. La razón radicaba en que este lugar era un enlace que se extendía de vuelta hacia los tiempos en que Inglaterra era católica y dote de nuestra Señora. Ahora como Capilla católica daba una lección objetiva de continuidad. Por tanto, en todos sus libros está tratado el tema de las antiguas casas y hogares católicos. El lector no puede evadir el hecho de que son descritos edificios reales existentes y que las escenas representadas en ellos los conectan con los católicos de la antigua Inglaterra.

A mi juicio, y me alegra decir que también a juicio suyo, desde el punto de vista literario “Richard Raynald, ermitaño” es el mejor de sus libros. Es una gema perfecta. Tiene el refinamiento, la elegancia de estilo, el final que sus otros libros, escritos a prisa y bajo gran presión, carecen con demasiada frecuencia. Pero su propósito es el mismo: reproducir una etapa de la vida en Inglaterra que solía ser católica y hacer a los modernos ingleses pensar sobre su regreso a esta idílica mística existencia que está en tan agudo contraste con el materialismo de la actual vida inglesa.

Volvamos a otra clase de sus escritos. El mismo propósito se percibe en sus novelas sociales o psicológicas. Algún aspecto de la vida católica es la constante a través de la cual es enseñada una lección religiosa. En “Un hombre común”, por ejemplo, no deja duda sobre la gloria del sacrificio heroico por amor a la verdad. “El cobarde” enfatiza finamente la visión comprensiva de la naturaleza humana que posee la Santa Madre Iglesia, incluso donde la madre naturaleza falla. “Iniciación” enseña la necesidad y la nobleza del Evangelio del dolor en una era que busca el confort físico por sobre todas las cosas y, por tanto, se desliza hacia la sensualidad y lo peor. Sus novelas apocalípticas nunca me interesaron personalmente, pero ellas revelan su facilidad para ver los diferentes lados de una cuestión y escribir desde cada punto de vista. Él solía decir con regocijo cómo con ocasión de una visita a Roma, recibió una insinuación de un distinguido eclesiástico y amigo que algunas sospechas estaban circulando por sus libros relativos al futuro de la Iglesia y del fin del mundo y que sería mejor que tuviera más cuidado. “¡Oh en absoluto!” –fue la respuesta de Benson–. “Ya he terminado con ellos. No tienen mayor interés. Ya no escribo ninguna línea más en torno a eso”.

Sus críticos inconscientemente daban testimonio de la existencia de este mismo propósito subyacente. Recalco el hecho que cierto periódico francés escrito para Sacerdotes examinó una serie de sus novelas que habían sido traducidas al francés, señalando su profundo significado religioso e incidentalmente llamando la atención un par de veces sobre un punto en el cual el escritor de la crítica había descubierto a Benson en el error. El juicio del Times no pasará al olvido. El crítico del Times notó el hecho que Mgr. Benson había dado una nueva concepción del Jesuita histórico a la literatura inglesa y esto en el futuro debía ser considerado. El mismo documento apunta a la escena del lecho de muerte de Carlos en “Bichos raros” como digno de un comentario especial.


IV.- El propósito que se muestra tan claro en sus novelas fue, desde luego, un reflejo de lo que dominaba su vida como Sacerdote católico. Esta vida se extendió solamente por una década, pero compensó en intensidad lo que le faltó en años. Escogió la predicación como un llamado especial, y en ella trabajó hasta el final. Estaba especialmente agradecido por la oportunidad de venir a este país, el cual le fascinaba enormemente y cuya complejidad le interesaba muchísimo. Su primer viaje a América fue por una invitación de la familia Bellamy Storers. En esa ocasión él dio diez conferencias en la famosa residencia de la Sra. Jack Gardiner en Boston. Con posterioridad, estos fueron publicados con el nombre de “Cristo en la Iglesia”. De un modo u otro su visita a Boston no causó mucha impresión, aunque predicó varias veces en la Catedral. Pero al menos se hizo conocido por el hecho de ser él un predicador. Cuando vino a Nueva York respondiendo a mi invitación a predicar durante la cuaresma en la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, fue interesante constatar cuán bien conocido era él en especial entre los no católicos.

Dos cosas han contribuido a establecer su reputación. La primera es por sus relaciones. Es pintoresco y sorprendente pensar que el hijo del Arzobispo de Canterbury predicara como católico en una iglesia católica. Numerosos fueron atraídos por este hecho, como por ser conocido por sus propios libros y por los de sus hermanos. El interés despertado entre los no católicos en su comparecencia aquí fue una revelación para nosotros y llegó a ser embarazoso. Como es natural nuestra primera preocupación fue para con nuestros católicos, pero no podíamos rechazar los requerimientos que nos llovían a cántaros y pronto encontramos que, con el fin de dar una oportunidad a todos, él tendría que dar una conferencia en un amplio salón público. Por lo tanto, durante su primera visita cuaresmal a nosotros, en dos ocasiones el gran salón de baile del Hotel Astor fue repletado al máximo con una distinguida audiencia compuesta en gran parte por los no católicos. El encanto de su personalidad quedaría grabado en los que lo escuchaban. Las personas que lo han escuchado en Inglaterra o en Roma recorrieron algunas veces grandes distancias solamente para oírlo en Nueva York. Nuestra pequeña iglesia ordinariamente acomoda ochocientos cincuenta personas cuando está completa, pero llegaron a estar mil doscientas apretujadas en muchos de los sermones de Benson. Cuando él regresó dos años después encontramos que fue necesario que dictara conferencias adicionales semanalmente en nuestros auditorios.

Durante sus últimas dos visitas a los Estados Unidos fue siempre lo mismo. Donde quiera que se anunciase que Mgr. Benson iba a hablar, una multitudinaria audiencia era garantizada. Se estima que durante aquellas dos visitas él se dirigió a más de cien mil personas. Su actividad era una maravilla. Algunas veces predicaba unos cinco sermones en un día. En varias instancias tuvo que viajar sobre cien millas entre sermones. Parecía florecer con el entusiasmo. Nunca rechazaría una invitación a predicar a menos que estuviera física o moralmente imposibilitado para aceptar. Nunca se ahorró nada para sí mismo. Se interiorizó en el espíritu de nuestra vida americana, disfrutando de la prisa y del bullicio de la misma, simpatizando con sus aspiraciones y entendiendo sus instituciones. Nuestra jerga lo atraía en razón de su pintoresco, y con orgullo infantil, él se pavoneaba en el correcto uso que hacía de ella. Nuestras cortes y prisiones le interesaban enormemente. Recuerdo su visita a Sing Sing donde, no contento con hacer lo que de ordinario hacen las visitas, tuvo que sentarse en la silla eléctrica por el gusto por aquella experiencia. Su veredicto sobre nuestro sistema de prisiones fue que era vastamente superior al de su propio país. 

Desde el fondo de su corazón inglés él pudo y apreció lo que aquí encontró y, de hecho, disfrutó con entusiasmo cada nueva experiencia. En una ocasión manejó en la cabina del ingeniero la enorme locomotora moviendo uno de los expresos más rápidos entre Nueva York y Albany. Más tarde confesó que su corazón estaba casi en su boca durante el viaje, y él se retorcía mientras el enorme monstruo tomaba las curvas alrededor de la desembocadura del Hudson, imaginando que éste debía inevitablemente zambullirse en el río.

Resumiendo sus impresiones de América, él dijo una vez que sabía la diferencia entre su país y el nuestro. Su país poseía antigüedades y sus monumentos, y la conciencia de sus posesiones causaba que sus compatriotas vivieran demasiado en el pasado. Aquí, donde todo era nuevo y las cosas debían, en efecto, ser creadas, nosotros vivíamos mucho en el presente y no nos afanábamos reflexionando sobre el pasado y aprendiendo de sus lecciones. Pensaba que esto era particularmente cierto en la vida religiosa americana.


V.- Con su febril afán por el trabajo Mgr. Benson delató la premonición de que no viviría mucho tiempo. En varias ocasiones él expresó este sentimiento cuando se lo reprochaba. El volumen de trabajo que él asumió era enorme. Su correspondencia era voluminosa y muy diversa. Disfrutaba particularmente la comunicación con los no católicos. Tenía un maravilloso don para apreciar sus puntos de vista y simpatizar con ellos, y esto lo llevó a asociarse con muchas organizaciones no católicas. Uno de sus amigos más apreciados fue el Rev. R. J. Campbell, el célebre clérigo de la City Temple de Londres. Estaba asociado a él en el comité editorial de un periódico con el fin de prevenir cualquiera mala interpretación de la enseñanza católica. Es por un crédito de ambos que la asociación continuó hasta su muerte. De hecho, él solía relatar con gusto cómo Mr. Campbell, el cual lo había invitado a una reunión de no católicos, lo protegió de una audiencia cuando una importante porción de ella comenzó a molestarlo. Este mismo entusiasta deseo de ser un punto de contacto entre la Iglesia Católica y los miembros de la iglesia que él había dejado lo llevó a actuar como uno de los miembros del equipo de Sacerdotes unidos a la Capilla motorizada del apostolado inglés en su primer tour. Este vagón evangélico católico iría a algunos pueblos o ciudades inglesas donde no había una iglesia católica en un esfuerzo por reunir una audiencia que escuchara la prédica de la Doctrina católica. La experiencia de Benson fue unas veces divertida, a veces peligrosa para su seguridad. Él estaba muy orgulloso del resultado de uno de sus trabajos en el establecimiento de una iglesia católica en Buntingford, un pueblo a dos millas de Hare Street y cerca de treinta de Londres.

Siendo esto lo dominante de su vida católica, no fue extraño entonces encontrarlo mostrándose en todo su quehacer. Sus novelas, tal como lo he dicho, están inspiradas por aquello y no contento con este método de propaganda, volcó su atención al drama como medio de enseñanza. En los llamados autosacramentales él fue muy exitoso. Uno de ellos, “La Natividad”, capturó admirablemente el espíritu de los antiguos autosacramentales ingleses medievales e incluso el pintoresco encanto de su lenguaje. Sus últimos autosacramentales, “La Habitación Superior”, la que será producida por primera vez en Nueva York este invierno, por supuesto que no puede ser juzgada por la prueba práctica, sino que ofrece una buena lectura y una gran posibilidad dramática como una presentación de un autosacramental del día de la Pasión con la introducción de la figura del Señor. “La Doncella de Orleans” fue muy exitosa y un intento, como inglés, de reparar las falsificaciones inglesas de este bello personaje. Llegó a estar convencido en los últimos meses de su vida que él podía llegar a convertirse en un exitoso autor de obras de teatro y consagró un considerable tiempo a la dramatización de algunas de sus novelas. Un crítico competente que leyó aquellos esfuerzos en el manuscrito pensó que podrían ser exitosos. Sé que él colaboró con un famoso actor y manager en la construcción de una basada en su más exitosa novela. Sin embargo, el punto débil en esto, a juicio del colaborador, es el punto débil de sus novelas como creación artística, esto es, el fracaso que tiene en el interés amoroso. Sus personajes femeninos apenas hacen justicia a este sexo o a este interés humano.

Mgr. Benson fue siempre un apasionado aficionado a la música. Resulta extraño decir que él tocaba bastante bien tanto el piano como el órgano, pues lo hacía solamente de oído. Pero también en sus últimos meses de su vida él hizo un estudio formal de música. Su intensidad y concentración para este proyecto una vez más triunfó y en unas pocas semanas de hecho pudo tocar muy bien para un amateur. Su ansiedad e inquietud se mostró también en su deseo por aprender a pintar. Su instructor fue un famoso de la Academia Real que había caído bajo el encanto de su personalidad magnética y que se sintió bastante orgulloso de las aptitudes de su pupilo.


VI.- No puedo terminar esta desordenada reminiscencia sin insistir en lo admirable de su magnetismo personal. Fascinó a la gente que sólo lo conoció por medio de sus libros. Ha sido para mí un placer recibir numerosas cartas de personas que trataban de describir la influencia de esta personalidad sobre ellas. Es difícil, casi imposible, analizarlo exactamente. Su apariencia no impresionaba. Sus rasgos eran algo toscos y su rostro no era atractivo. Sin embargo, cierta dignidad en la delgada figura llamaba la atención. En el discurso era todo acción. Su pequeño cuerpo se retorcía y se estremecía a causa de la presión de sus emociones. Sus gesticulaciones eran prácticamente nulas y, si había alguna, era brusca. Su voz era ronca y suavizada solamente por la tensión de algún irresistible entusiasmo, y con todo, él fascinaba a su auditorio. Poseía en un alto grado el misterioso poder de atraer para sí las almas de los hombres. He visto el maravilloso efecto sobre su audiencia mientras ellos respondían gradualmente a su poder hasta sentarse rígidos y tiesos con la tensión, y suspendidos sin aliento por el torrente de palabras que con ímpetu él arrojaba. El secreto era esta personalidad. La adulación y el culto al heroísmo le eran ofrecidos en un grado extraordinario, pero su simplicidad, inocencia y por sobre todo la absorción de su apasionada vida le dieron la inmunidad contra la adulación y el orgullo. Pasó ileso a través de las más terribles rigurosas pruebas para un hombre de su posición y con sus poderes. La vanidad no tomó parte en ninguna de sus composiciones.

Mgr. Benson fue una gran fuerza para el bien espiritual. Su muerte, que llegó inesperadamente, aturdió mucho a sus admiradores. El comentario del Atheneum encontrará un gran eco aquí. Su muerte es una pérdida visible para la literatura inglesa contemporánea. Es más, sus novelas fueron traducidas al francés, alemán, y danés, y comandó todo un círculo de lectores. Por tanto, su pérdida es lamentada por personas de muchas razas diferentes. Su vida fue una llama de fuego. Es patético usar para él las heroicas palabras con las que su última novela, “Soledad”, concluye.








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