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lunes, 1 de junio de 2026

La Recuperación de la Misa - Mons. Héctor Aguer

La Recuperación de la Misa
Mons. Héctor Aguer

     
Reflexión del Arzobispo emérito de La Plata (Argentina) sobre la “Misa de siempre”.


Los medios de comunicación y, especialmente, las redes, señalan que, en varios países de Europa, especialmente entre los jóvenes, se vive con fervor la “Misa de siempre”, que va acompañada de numerosas procesiones y peregrinaciones. Han llamado la atención las multitudes juveniles que reeditaron la tradicional peregrinación París-Chartres, con un promedio de edad de 22 años. Es una recuperación de la Tradición Católica, que había sido asfixiada en esos países por el liberalismo, el progresismo y el ateísmo.

La “Misa de siempre” puede ser llamada así porque proviene de los siglos VII y VIII, y ha tenido vigencia secular hasta por lo menos el Concilio de Trento, que la revisó y reeditó, para que llegara a nuestros días. Le es esencial su identificación con el Sacrificio de la Cruz, instaurado como Sacramento del Sacrificio en la Última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Este Sacramento es el misterio de la Pasión y la Resurrección, consagrado por el Espíritu Santo. La Misa se dirige a la Gloria de Dios Trino, a quien ofrece el Sacrificio de Jesús. En la Iglesia Católica se ofrece como ofrenda del pan y del vino, que por las palabras inalterables de la Consagración se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, alimento de inmortalidad para los fieles.

La Misa identifica al Catolicismo desde el Concilio de Trento al Vaticano II. Durante el pontificado de Pablo VI (Giovanni Batista Montini), que sucedió al breve de Juan XXIII, quien convocó al Concilio Ecuménico, se inventó una nueva Misa. Pudo haberse introducido alguna que otra modificación a la “Misa de siempre”, como se hizo durante su vigencia multisecular. Pero no; el Vaticano II pretendió retocarlo todo, y de su espíritu debió brotar una nueva Misa. Siempre válida, por cierto; pero no carente de ambigüedades que quedaban a mano de los Celebrantes.

viernes, 3 de noviembre de 2017

El Que Llora [Sobre Léon Bloy] - Juan Manuel De Prada

El Que Llora
[Sobre Léon Bloy]
Juan Manuel De Prada


“Intransigente, desmesurado y virulento, Léon Bloy es quizá el más maldito de todos los escritores” afirma De Prada en este artículo escrito originalmente para el Diario ABC y que hoy reproducimos en el Blog del Centro Pieper al cumplirse 100 años de la muerte del destacado escritor católico francés, “peregrino de lo absoluto” como se llamó a sí mismo. “Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos” decía. Pedimos una oración por su alma.


Afirmaba Léon Bloy (1846-1917) que, cada vez que quería saber las últimas noticias, leía el «Apocalipsis»; por lo que no debe extrañarnos que, en un mundo donde nadie lee el «Apocalipsis», Bloy sea el escritor maldito por excelencia. Y es que Bloy, en verdad, es uno de los escritores más intransigentes, virulentos y desaforados que uno imaginarse pueda; y, por ello mismo, uno de los más apasionantes, cuya escritura nos zarandea sin remilgos con la fuerza brutal de su imaginación paradójica, sus visiones paradisíacas e infernales, sus llantos jeremíacos, sus extemporáneas y violentas invectivas.

Hijo de un ingeniero librepensador y de una piadosísima madre de ascendencia española, Bloy fue en su juventud un furibundo ateo: «Hubo un momento –confiesa– en el cual el odio por Jesús y por su Iglesia fue el único pensamiento de mi intelecto, el único sentimiento de mi corazón». A los 23 años se muda a París, donde trabará amistad con Huysmans y Barbey d’Aurevilly, que lo empujan a la fe.


Sin miramientos

Por supuesto, a su temperamento desmesurado no le bastará con ser un católico modosito: se enamora de Anne-Marie Poullet, una prostituta a la que, después de redimir de su oficio, convertirá al catolicismo; pero Anne-Marie acabará enloqueciendo, entre visiones místicas y apocalípticas. Para salvarse de la quiebra moral, Bloy publica en 1887 su primera novela, «Los desesperados», que le granjeará las ojerizas de todos los plumíferos de la época, a los que despelleja sin miramientos. En 1889 se casa con una danesa protestante a la que –¡por supuesto!– también convierte al catolicismo; y desde entonces nunca dejará de publicar con regularidad libros de títulos muy expresivos de su temperamento: «Cuentos descorteses», «La mujer pobre», «La que llora», «La sangre del pobre», «Exégesis de lugares comunes», «El peregrino de lo absoluto» o «En el umbral del Apocalipsis». Sin olvidarnos, por supuesto, de la que tal vez sea su obra maestra, el «Diario» que anualmente entregaba a la imprenta.

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