
Mons. Héctor Aguer
El Arzobispo emérito de La Plata (Argentina) afirma en este artículo que “Traditiones custodes, de hace un lustro, lejos de cerrar heridas, las profundizó”.
El siempre recordado Papa Benedicto XVI –al que, muy posiblemente, alguna vez se lo declare Doctor de la Iglesia–, en su Motu Proprio Summorum Pontificum, del 7 de julio de 2007, sobre los dos usos del único Rito Romano, en su forma ordinaria y extraordinaria, buscó liberalizar el rezo de la Misa llamada “tradicional”, “tridentina”, “de San Pío V”, o “de siempre”. Y lo hizo con el fin de contribuir a la pax liturgica, y ante el respeto debido por su uso venerable y antiguo. De tal modo, cualquier Sacerdote podía celebrar la “Misa en latín”; sin necesidad de permisos especiales, y a cubierto de ideológicas represalias de ciertos Obispos.
En la Carta al Episcopado mundial, que acompañó el Motu Proprio, el Pontífice destacó que “lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial”. Solo Dios sabe cuánto ha sufrido el Papa alemán, cuando 14 años después, el 16 de julio de 2021, su sucesor en el Pontificado derogó de un plumazo aquella normativa e impuso restricciones draconianas al vetus ordo. Algo de ese padecimiento ha sido revelado, en estas horas, por quien fuera su fiel secretario personal, Monseñor Georg Gänswein.
Traditiones custodes, de hace un lustro, lejos de cerrar heridas, las profundizó. Y contrariamente a lo perseguido por su impulsor, contribuyó a un incremento –especialmente entre los más jóvenes– en el interés por la Tradición y la Ortodoxia. Hoy buena parte de las conversiones se dan entre quienes prefieren el uso antiguo. Y la trasmisión de la fe, en importante medida, ya no es de padres a hijos, sino de jóvenes a jóvenes. Recuerdo, aquí, lo que he dicho en tantas ocasiones: fui ordenado Sacerdote, en 1972, según el novus ordo; y jamás celebré en la forma extraordinaria.
El Misterio, indudablemente, sigue enamorando. Y ante un mundo de relaciones líquidas, ahogado en el vacío y la deshumanización; y que, con arrogancia, afirma vivir en la posverdad, el poshumanismo y el poscristianismo, Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6), vuelve por todos sus fueros. Y muestra que, por Él, de cara al Padre, en el Espíritu Santo, la propia existencia encuentra todo su sentido, con vistas al mejor Futuro. Resuena vigorosamente, así, la exhortación paulina a los Colosenses: «Arraigados y edificados en Cristo, apoyados en la fe que les fue enseñada» (Col 2, 7). Se trata, entonces, de no dejarse «esclavizar por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones puramente humanas y en los elementos del mundo, y no en Cristo» (Col 2, 8).
No son, entonces, las persecuciones ni las medidas extremas del progresismo las que podrán frenar este creciente movimiento. Que, como queda visto, está más allá de la “moda”. Porque la moda ha sido, en los últimos sesenta años, hacer del novus ordo –incluso, contrariamente a lo mandado por Sacrosanctum concilium–, un vale todo de la devastación litúrgica.

























