
P. Ángel David Martín Rubio
Reproducimos por su interés –en nuestro Blog del Centro Pieper– este muy recomendable Artículo del Sacerdote Español P. Rubio [1]. ¡Feliz fiesta del Sagrado Corazón de Jesús para todos!
[DesdeMiCampanario/CentroPieper] Hablando de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús dijo el papa Pío XI que es «la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia» (Miserentissimus Redemptor, 3). La razón estriba en que, cuando no se limita a actos concretos, proporciona mayor facilidad en el conocimiento total de Cristo; mayor eficacia en el amor a Él y mayor eficacia en la imitación.
Una bandera discutida
Aunque las realidades más tarde significadas en esta devoción eran reconocidas y practicadas por todos desde los primeros siglos de vida de la Iglesia, hay que esperar a un momento histórico concreto para reconocer la formulación específica de dicha norma de vida.
La aparición de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tal y como ha llegado hasta nuestros días ocurre en el momento en que se produce el enfriamiento de la caridad cristiana con el indiferentismo religioso promovido por las filosofías ateas y el naturalismo, al tiempo que la herejía jansenista alejaba del amor a Dios y de las prácticas sacramentales a los propios católicos que eran arrojados en brazos del laxismo moral por obra de un rigorismo impracticable.
Esta devoción adquiere sus modalidades típicas de consagración y reparación a través de las revelaciones comunicadas en Paray-le-Monial (Francia) a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, que contó con el apoyo infatigable de San Claudio de La Colombière y de otros padres de la Compañía de Jesús. En España, los orígenes de la devoción están ligados a las revelaciones de que fue objeto el Beato Bernardo de Hoyos (1711- 1735) y a la actividad del grupo formado, junto a él, por los también jesuitas Loyola, Cardaveraz y Calatayud.

























