
Mons. Héctor Aguer
Reflexión del Arzobispo emérito de La Plata (Argentina) sobre la “Misa de siempre”.
Los medios de comunicación y, especialmente, las redes, señalan que, en varios países de Europa, especialmente entre los jóvenes, se vive con fervor la “Misa de siempre”, que va acompañada de numerosas procesiones y peregrinaciones. Han llamado la atención las multitudes juveniles que reeditaron la tradicional peregrinación París-Chartres, con un promedio de edad de 22 años. Es una recuperación de la Tradición Católica, que había sido asfixiada en esos países por el liberalismo, el progresismo y el ateísmo.
La “Misa de siempre” puede ser llamada así porque proviene de los siglos VII y VIII, y ha tenido vigencia secular hasta por lo menos el Concilio de Trento, que la revisó y reeditó, para que llegara a nuestros días. Le es esencial su identificación con el Sacrificio de la Cruz, instaurado como Sacramento del Sacrificio en la Última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Este Sacramento es el misterio de la Pasión y la Resurrección, consagrado por el Espíritu Santo. La Misa se dirige a la Gloria de Dios Trino, a quien ofrece el Sacrificio de Jesús. En la Iglesia Católica se ofrece como ofrenda del pan y del vino, que por las palabras inalterables de la Consagración se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, alimento de inmortalidad para los fieles.
La Misa identifica al Catolicismo desde el Concilio de Trento al Vaticano II. Durante el pontificado de Pablo VI (Giovanni Batista Montini), que sucedió al breve de Juan XXIII, quien convocó al Concilio Ecuménico, se inventó una nueva Misa. Pudo haberse introducido alguna que otra modificación a la “Misa de siempre”, como se hizo durante su vigencia multisecular. Pero no; el Vaticano II pretendió retocarlo todo, y de su espíritu debió brotar una nueva Misa. Siempre válida, por cierto; pero no carente de ambigüedades que quedaban a mano de los Celebrantes.















