Textos Escogidos
René Descartes
(1596-1650)
Material de Lectura para la Quinta Clase Magistral del Curso sobre Historia del Pensamiento Moderno.
III. La duda
[Los principios de la filosofía I]
[Los principios de la filosofía I]
1. Que para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, una vez en la vida.
Como hemos sido niños antes de ser hombres, y hemos juzgado unas veces bien y otras mal de las cosas presentadas a nuestros sentidos, cuando no teníamos todavía el completo uso de nuestra razón, muchos juicios precipitados nos impiden llegar al conocimiento de la verdad, y nos previenen de tal suerte que no parece que podamos librarnos de ellos, si no nos decidimos a dudar, una vez en nuestra vida, de todas las cosas que encontremos la menor sospecha de incertidumbre.
2. Que es útil también considerar como falsas todas las cosas dudosas.
Será también muy útil que rechacemos como falsas todas aquellas cosas en que podamos concebir la menor duda, a fin de que, si descubrimos algunas que, a pesar de esta precaución, nos parecen manifiestamente verdaderas, reconozcamos que son también ciertas y las más fáciles de conocer que es posible.
3. Que no debemos servirnos de esta duda en la conducta de nuestras acciones.
Sin embargo, hay que observar que sólo hemos de servirnos de un modo de duda tan general, cuando nos aplicamos a la contemplación de la verdad. Pues es cierto que, en lo que se refiere a la conducta de nuestra vida, estamos obligados, muy frecuentemente a seguir opiniones solamente verosímiles, porque las ocasiones de obrar se nos pasarían casi siempre antes de que pudiésemos librarnos de todas nuestras dudas, y cuando se encuentran muchas opiniones tales sobre un mismo asunto, aunque tal vez no percibamos más verosimilitud en unas que en otras, si la acción no permite la demora, la razón quiere que elijamos una, y que después de haberla elegido la sigamos con constancia, como si la hubiésemos juzgado muy cierta.
Como hemos sido niños antes de ser hombres, y hemos juzgado unas veces bien y otras mal de las cosas presentadas a nuestros sentidos, cuando no teníamos todavía el completo uso de nuestra razón, muchos juicios precipitados nos impiden llegar al conocimiento de la verdad, y nos previenen de tal suerte que no parece que podamos librarnos de ellos, si no nos decidimos a dudar, una vez en nuestra vida, de todas las cosas que encontremos la menor sospecha de incertidumbre.
2. Que es útil también considerar como falsas todas las cosas dudosas.
Será también muy útil que rechacemos como falsas todas aquellas cosas en que podamos concebir la menor duda, a fin de que, si descubrimos algunas que, a pesar de esta precaución, nos parecen manifiestamente verdaderas, reconozcamos que son también ciertas y las más fáciles de conocer que es posible.
3. Que no debemos servirnos de esta duda en la conducta de nuestras acciones.
Sin embargo, hay que observar que sólo hemos de servirnos de un modo de duda tan general, cuando nos aplicamos a la contemplación de la verdad. Pues es cierto que, en lo que se refiere a la conducta de nuestra vida, estamos obligados, muy frecuentemente a seguir opiniones solamente verosímiles, porque las ocasiones de obrar se nos pasarían casi siempre antes de que pudiésemos librarnos de todas nuestras dudas, y cuando se encuentran muchas opiniones tales sobre un mismo asunto, aunque tal vez no percibamos más verosimilitud en unas que en otras, si la acción no permite la demora, la razón quiere que elijamos una, y que después de haberla elegido la sigamos con constancia, como si la hubiésemos juzgado muy cierta.
