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lunes, 17 de mayo de 2010

Ser y Tiempo. Introducción - Martin Heidegger

Ser y Tiempo
Introducción
Martin Heidegger


Material de lectura obligatoria para la tercera Clase Magistral del Curso sobre Historia del Pensamiento Contemporáneo.


Exposición de la pregunta por el sentido del ser


Capítulo Primero: 
Necesidad, estructura y primacía de la pregunta por el ser


§ 1. Necesidad de una repetición explícita de la pregunta por el ser

Hoy esta pregunta ha caído en el olvido, aunque nuestro tiempo se atribuya el progreso de una reafirmación de la “metafísica”. Pese a ello, nos creemos dispensados de los esfuerzos para volver a desencadenar una γιγαντοδμαχία περί τῆς οὐσίας. Sin embargo, esta pregunta no es una pregunta cualquiera. Ella mantuvo en vilo la investigación de Platón y Aristóteles, aunque para enmudecer desde entonces —como pregunta temática de una efectiva investigación. Lo que ellos alcanzaron se mantuvo, a través de múltiples modificaciones y “retoques”, hasta la Lógica de Hegel. Y lo que, en el supremo esfuerzo del pensar, le fuera antaño arrebatado a los fenómenos, si bien fragmentaria e incipientemente, se ha convertido desde hace tiempo en una trivialidad.

No sólo eso. Sobre la base de los comienzos griegos de la interpretación del ser, llegó a constituirse un dogma que no sólo declara superflua la pregunta por el sentido del ser, sino que, además, ratifica y legitima su omisión. Se dice: el concepto de “ser” es el más universal y vacío. Como tal, opone resistencia a todo intento de definición. Este concepto universalísimo y, por ende, indefinible, tampoco necesita ser definido. Todo el mundo lo usa constantemente y comprende ya siempre lo que con él quiere decir. De esta manera, lo que estando oculto incitaba y mantenía en la inquietud al filosofar antiguo, se ha convertido en algo obvio y claro como el sol, hasta el punto de que si alguien insiste en preguntar aún por ello, es acusado de error metodológico.

Al comienzo de esta investigación no es posible discutir en detalle los prejuicios que constantemente suscitan y alimentan la convicción de que no es necesario preguntar por el ser. Ellos hunden sus raíces en la ontología antigua misma. Ésta, por su parte, sólo podrá ser adecuadamente interpretada —en lo que respecta al terreno de donde han brotado sus conceptos ontológicos fundamentales, y a la justeza de la legitimación y del número de las categorías— siguiendo el hilo conductor de la aclaración y respuesta de la pregunta por el ser. Llevaremos, pues, la discusión de estos prejuicios tan sólo hasta el punto en que pueda verse la necesidad de una repetición de la pregunta por el sentido del ser. Estos prejuicios son tres:

lunes, 24 de agosto de 2009

Discurso [Introducción a la Lógica] - G. W. F. Hegel

Discurso
[Introducción a la lógica]
G. W. F. Hegel


Material de Lectura para la Séptima Clase Magistral del Curso sobre Historia del Pensamiento Moderno.


Señores:

Pues que hoy vengo a ocupar por vez primera en esta Universidad el sillón de profesor de filosofía, al cual me ha elevado el real favor, permitidme que os diga en este discurso preliminar que considero como una circunstancia dichosa y envidiable para mí haber entrado en un más vasto campo de actividad académica y haberlo hecho en el momento actual. En lo que concierne al tiempo, parecen surgir circunstancias, en medio de las cuales la filosofía puede esperar atraer la misma atención, verse rodeada del mismo amor que otras veces y hacer escuchar su voz, ha poco muda y silenciosa. De una parte, eran antes las necesidades del tiempo las que daban tan gran importancia a los mezquinos intereses de la vida diaria; eran, de otra, los intereses más elevados de la realidad, las luchas que tenían por objeto restablecer y libertar el Estado y la vida política en los pueblos las que se habían apoderado de todas las fuerzas del espíritu, de la energía de todas clases, así como de todos los medios exteriores; de modo que la vida interior del espíritu no podía obtener la calma y el descanso que exige. El espíritu del mundo, absorbido como estaba por la realidad y desgarrado exteriormente, no podía replegarse sobre sí mismo y gozar así de sí mismo en su propio elemento. Pero, puesto que este torrente de la realidad es ahora dividido, y que el pueblo alemán ha restablecido esa nacionalidad, que es el fundamento de toda vida real, ha llegado también el tiempo en que, al lado del gobierno del mundo exterior, se podrá ver elevarse en el Estado el libre reino del pensamiento. Y el espíritu ha manifestado ya su poder en cuanto sólo las ideas y lo que es conforme a las ideas puede hoy sostenerse, y en cuanto sólo tiene valor aquello que puede justificarse ante la inteligencia y el pensamiento. Y este Estado, sobre todo, que me ha adoptado hoy, es el que debe a su preponderancia intelectual el haber adquirido una influencia legítima en el mundo político y real, y el encontrarse igual en importancia e independencia a los Estados que le exceden en poder material. Aquí es donde la ciencia se desenvuelve y engrandece como uno de los momentos esenciales de la vida del Estado. En esta Universidad, que es la Universidad del centro de Alemania, es donde la ciencia, que es el centro de toda la educación del espíritu, de toda ciencia y de toda verdad, la filosofía, quiero decir, debe encontrar su puesto verdadero y ser estudiada con más ardor. Pero, al lado de esta vida espiritual, que es el elemento fundamental de la existencia de un Estado, hemos visto comenzar ese gran combate en que los pueblos se han asociado a sus jefes para asegurar su independencia y la libertad del pensamiento, y para sacudir el yugo de una dominación violenta y extraña. Obra es ésta del poder interior del espíritu, en el cual se ha despertado la conciencia de su energía, y que en este sentimiento ha enarbolado su bandera y ha manifestado su poder en la realidad. Debemos considerar como un bien inestimable que nuestra generación haya vivido y obrado en este sentimiento en que se hallan encontrados todo derecho, toda moralidad y toda religión. Por estas empresas vastas y profundas el espíritu se eleva a su dignidad, bórrase lo que hay de vulgar en la vida e insignificante en los intereses, y las opiniones y las miras superficiales son desnudas y desvanecidas. Este pensamiento serio es el que, apoderándose del alma, cimienta el verdadero terreno sobre el cual ha de alzarse la filosofía. Ella es imposible allí donde la vida es absorbida por los intereses y las necesidades cotidianas y donde dominan opiniones frívolas y vanas. En el alma que estas necesidades y opiniones han esclavizado, no hay ya lugar para esa actividad de la razón que indaga sus propias leyes. Pero estos pensamientos frívolos deben desaparecer, cuando el hombre es obligado a ocuparse en lo que hay de esencial en él y cuando las cosas han llegado a tal punto que toda otra ocupación es a sus ojos subordinada a ésta, o, por mejor decir, carece ya de valor para él. Sobre este trabajo, hemos visto principalmente concentrarse el pensamiento y la energía de nuestro tiempo, este núcleo, digámoslo así, es el que hemos visto formarse, cuyos desenvolvimientos ulteriores, políticos, morales, religiosos y científicos, han sido confiados a la generación actual.

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