Mario Caponnetto
Uno de los problemas más graves que enfrentan las llamadas democracias occidentales es, no cabe duda, el de asegurar la convivencia, más o menos aceptable, de sus ciudadanos. Aún en los países llamados centrales, en los que la democracia tiene un largo arraigo, se advierte una tendencia cada día mayor al conflicto, sea éste social, cultural, étnico o religioso. Así, los viejos países de Europa han visto reverdecer antiguos odios y antagonismos ancestrales (la Guerra de los Balcanes fue un claro ejemplo de ello); la presencia, cada día mayor, de grandes masas inmigratorias procedentes de culturas fuertemente disímiles (sobre todo, islámicas) genera serios problemas de convivencia que se expresan en crecientes sentimientos de xenofobia, en su extremo, y grave preocupación en muchos dirigentes.
En nuestras naciones mal llamadas “latinoamericanas” (en realidad, las antiguas provincias de los Virreinatos Españoles y del Imperio hispano lusitano) las democracias no exhiben mejor suerte. Interminables son los conflictos de toda clase: sociales, económicos, étnicos, religiosos. Entre las últimas expresiones de la discordia y el enfrentamiento, aparecen hoy un virulento indigenismo (que controla los gobiernos de varias naciones) y un trasnochado y delirante “socialismo del siglo XXI” que no es más que una versión destilada del populismo y la demagogia de la peor ralea. En Argentina, desde la instauración de la democracia, en 1983, los enfrentamientos y los conflictos no han hecho otra cosa que aumentar; pero es sobre todo en los últimos diez años que los conflictos y los enfrentamientos han adquirido una magnitud inédita con grave riesgo de la paz social.
Estos hechos, y muchos otros que resulta ocioso enumerar por conocidos, nos han llevado a reflexionar acerca de la amistad política, en tanto principio sillar de la política, y su relación con la democracia tal como ésta se entiende y se practica actualmente en las naciones occidentales.
