
R. P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ
Alfredo Sáenz, destacado Sacerdote Jesuita Argentino y admirado Profesor del Centro Pieper, estudia en este texto la situación espiritual en la España de la Conquista y su sentido Imperial, la Conquista como Evangelización y también como Cristiandad, impregnando la cultura, la política y la economía. Señala luego como se desgajan las Españas de aquende y allende del océano, e indica el camino para la construcción de un futuro mejor para los Hispánicos.
Resulta imprescindible considerar ante todo cuál era el estado político y religioso de la España que se aprestaba a encarar la empresa ciclópea de la Conquista.
Situación espiritual de España
El Descubrimiento de América ocurre en un momento de verdadera encrucijada histórica. Comienza la Conquista al culminar el siglo XV y se desarrolla en el siglo XVI, es decir, cuando en el resto de Europa la Edad Media ya no era casi sino un recuerdo del pasado, en medio de una terrible crisis, en camino de una desintegración progresiva. El edificio de la Cristiandad estaba profundamente conmovido. Las actividades humanas como el arte, la cultura, la economía etc., que antes se desarrollaban en jerarquica y gozosa subordinación a la Teología, ahora buscaban “liberarse” en sus principios rectores. Sobre este edificio ya averiado la reforma cayó como un rayo.
España trato de preservar, contra viento y marea, la fe de sus padres. Para ello debió sacudir el poder de la Media Luna. Recordemos que la Conquista de Granada acaeció precisamente en 1492, tras siete siglos de incesante lucha. Asimismo decretaban la expulsión de los judíos no bautizados, medida dictada no por consideraciones racistas, como aseguran los redactores de panfletos, sino por motivos religiosos exclusivamente para preservar la fe del pueblo español, y ello a pesar de que los Reyes Católicos no ignoraban el enorme quebranto económico que dicha medida iba necesariamente a ocasionar. Doce años antes los Reyes Católicos habían solicitado del Papa la institución en España del Tribunal de la Santa Inquisición.
Con estas medidas España quedó exenta de la invasión protestantizante que conmovió el resto de Europa. O mejor, la supo enfrentar e incluso anticipar en su propio terreno, con una reforma verdaderamente Católica. Ya en 1473, la decadencia espiritual del Clero español había sido considerada en los Sínodos locales. La voluntad de autocorregirse fue por cierto eficaz. Al diagnóstico certero siguieron los remedios adecuados. Pensemos que el que por aquel entonces ocupaba la Sede Pontificia fue Alejandro VI, de quien dice L. Pastor que “la iglesia antigua no hubiera admitido a los grados inferiores del clero, a causa de su vida desarreglada”. Así que España mal podía buscar respaldo para su proyecto de autorreforma en la Santa Sede, demasiado atareada en preocupaciones mundanas y renacentistas.
Fueron pues los Reyes Católicos, ayudados por eclesiásticos lúcidos y llenos de coraje, quienes debieron asumir la responsabilidad de la reforma de las instituciones eclesiásticas. Lo hicieron con la ayuda del Cardenal Mendoza primero, y del gran Cardenal Cisneros después. Ante todo, lograron del Papa el nombramiento de un grupo de excelentes Obispos. Cisneros se abocó principalmente a la restauración de los Monasterios, realizando una reforma que habría de figurar entre las más impresionantes de la historia eclesiástica. Por otro lado, y gracias a la inspiración divina, también en aquellas décadas brotaron del suelo español nuevas Congregaciones y Órdenes Religiosas, especialmente la militante Compañía de Jesús, con cuya ayuda España se pondría a la cabeza del movimiento de la contrareforma, llegando a ser el alma del Concilio de Trento.
