
El pasado 19 de agosto, tras una larga y penosa enfermedad, murió en la ciudad de Mendoza en la que residía, Monseñor Jorge Luís Lona, Obispo Emérito de la Diócesis de San Luís. Con él se fue un auténtico pastor, un dignísimo sucesor de los Apóstoles, un acabado ejemplo de lo que ha de ser un obispo según el designio de Cristo que edificó su Iglesia sobre el cimiento inconmovible de Pedro y los Apóstoles. Y eso fue, ante todo y sobre todo, Monseñor Lona: un apóstol, el siervo bueno y fiel que bien pudo decir con San Pablo: “libré el buen combate, cumplí mi carrera, conservé la Fe” (II Timoteo, 4, 6).
Ateo declarado en su juventud, la gracia del Señor lo tocó. Su vida fue una “aventura de la gracia”. Aventura que lo llevó de sus errores juveniles a abrazar la Fe verdadera, primero, luego el sacerdocio y, finalmente, como culminación de este camino de gracia, su ascensión al episcopado.
Recordamos al respecto dos comentarios que nos hizo, en ocasiones distintas, acerca de su elevación al orden episcopal. El primero, expresión de ese gran sentido del humor tan característico en él, fue que su designación como obispo había que tomarla como “una humorada del Padre Eterno”. Es que su designación episcopal fue la mayor sorpresa de su vida: jamás la imaginó, menos la deseó; tal vez quiso exclamar como María que el Señor había puesto su mirada en la pequeñez de su siervo. Así de humilde, sin afectación alguna y con cristiana ironía, era Monseñor Lona.
