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domingo, 9 de noviembre de 2025

«Ad Diem Illum Laetissimum» Carta Encíclica sobre la Devoción a la Santísima Virgen María - Papa Pío X

«Ad Diem Illum Laetissimum»
Carta Encíclica sobre la Devoción a la Santísima Virgen María
Papa Pío X


“Mater Poluli fidelis”, la más reciente “Nota” del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que comanda el Cardenal Tucho Fernández y que fue firmada por León XIV, recibió un justificado aluvión de críticas, incluso de destacados mariólogos. Uno de ellos, el P. Serafino Lanzetta, sostuvo que «nunca en la historia de la Iglesia el Magisterio ha dicho lo que dice este documento; al contrario, básicamente afirma “exactamente lo opuesto” a lo que los Padres de la Iglesia y los Papas anteriores han enseñado históricamente» [1]. Para corroborar lo dicho por este Fraile Franciscano, nada mejor que leer esta elocuente Encíclica del Santo Papa Pío X donde explica en que consiste la Devoción a la Santísima Virgen María, Inmaculada Madre de Dios, Corredentora y Medianera de todas las Gracias. ¡Que la disfruten!


Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica

[1. Recuerdo de la declaración del Dogma de la Inmaculada Concepción]

El paso del tiempo, en el transcurso de unos meses, nos llevará a aquel día venturosísimo en el que, hace cincuenta años, Nuestro antecesor Pio IX, Pontífice de santísima memoria, ceñido con una numerosísima corona de Cardenales y Obispos, con la autoridad del Magisterio infalible, proclamo y promulgo como cosa Revelada por Dios que la Bienaventurada Virgen María estuvo inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su Concepción [2]. Nadie ignora con qué espíritu, con qué muestras de alegría y de agradecimiento públicos acogieron aquella promulgación los fieles de todo el mundo; verdaderamente nadie recuerda una adhesión semejante tanto a la augusta Madre de Dios como al Vicario de Jesucristo o que tuviera eco tan amplio o que haya sido recibida con unanimidad tan absoluta.


[2. Demostraciones de piedad mariana]

Y ahora, Venerables Hermanos, después de transcurrido medio siglo, la renovación del recuerdo de la Virgen Inmaculada necesariamente hace que resuene en nuestras almas el eco de aquella alegría santa y que se repitan aquellos espectáculos famosos de antaño, expresiones de fe y de amor a la augusta Madre de Dios. Nos impulsa con ardor a alentar todo esto la piedad con la que Nos, durante toda nuestra vida, hemos tratado a la Santísima Virgen, por la gracia extraordinaria de su protección; esperamos con toda seguridad que así será, por el deseo de todos los católicos, que siempre están dispuestos a manifestar una y otra vez a la gran Madre de Dios sus testimonios de amor y de honra. 

Además, tenemos que decir que este deseo Nuestro surge sobre todo de que, por una especie de moción oculta, Nos parece apreciar que están a punto de cumplirse aquellas esperanzas que impulsaron prudentemente a Nuestro antecesor Pio IX y a todos los Obispos del mundo a proclamar solemnemente la definición del dogma de la Concepción Inmaculada de María.

jueves, 6 de noviembre de 2025

¿Quién como la Virgen? [Quis ut Virgo?] - Roberto de Mattei

 
¿Quién como la Virgen?
[Quis ut Virgo?]
Roberto de Mattei
    
    
[Corrispondenza Romana / Centro Pieper] El 16 de octubre de 1793 tuvo lugar quizá el crimen más repugnante de la Revolución Francesa: la ejecución de la reina María Antonieta de Francia, tras un juicio farsa ante el Tribunal Revolucionario. Plinio Correa de Oliveira escribió sobre María Antonieta: “Hay ciertas almas que solo se engrandecen cuando las azotan las ráfagas del infortunio. María Antonieta, inútil como princesa e imperdonablemente frívola en su vida como reina, frente al torbellino de sangre y miseria que se apoderó de Francia, se transformó de manera sorprendente; y el historiador observa, con respeto, que de la reina nació una mártir y de la muñeca una heroína”.
    
El 21 de enero, el rey Luis XVI de Francia fue guillotinado. El papa Pío VI, en su discurso Quare lacrymae, del 17 de junio de 1793, reconoció el sacrificio del soberano como “una muerte decidida por odio a la religión católica”, atribuyéndole “la gloria del martirio”. Podríamos decir que la misma gloria recayó sobre María Antonieta, culpable únicamente de haber representado -con su sola presencia- el principio de la realeza cristiana frente al odio de la Revolución.
    
El escritor británico Edmund Burke (1729-1797), en uno de los pasajes más bellos de sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa (1791), escribe: “Han transcurrido dieciséis o diecisiete años desde que vi por primera vez a la reina de Francia, entonces Delfina, en Versalles, y ciertamente jamás vi una visión más hermosa sobre la tierra, que ella parecía apenas rozar. La vi alzarse sobre el horizonte, adornando y alegrando aquella elevada esfera en la que acababa de comenzar a moverse, brillante como el lucero del alba, llena de vida, esplendor y alegría. ¡Oh, qué revolución! ¡Y qué corazón debo tener para contemplar aquella ascensión y aquella caída sin emoción! […] Jamás imaginé vivir para ver semejante desastre sobre ella en una nación de hombres tan valientes, en una nación de hombres de honor y caballerosidad. En mi imaginación, vi diez mil espadas desenvainadas de repente para vengar incluso una mirada que la amenazara con el insulto. Pero la era de la caballerosidad ha terminado. Ha llegado la de los sofistas, economistas y contables; y la gloria de Europa yace extinguida para siempre” (Reflexiones sobre la Revolución en Francia, traducción italiana, Ideazione, Roma 1998, pp. 98-99).
    

sábado, 3 de junio de 2023

Catequesis sobre San Bernardo de Claraval - Benedicto XVI

Catequesis sobre San Bernardo de Claraval
Benedicto XVI


Audiencia General correspondiente al Miércoles 21 de octubre de 2009 [Nota del Centro Pieper: las “negritas” son nuestras].
 

Hoy quiero hablar sobre san Bernardo de Claraval, llamado el “último de los Padres” de la Iglesia, porque en el siglo XII, una vez más, renovó e hizo presente la gran teología de los Padres. No conocemos con detalles los años de su juventud, aunque sabemos que nació en el año 1090 en Fontaines, en Francia, en una familia numerosa y discretamente acomodada. De joven, se entregó al estudio de las llamadas artes liberales -especialmente de la gramática, la retórica y la dialéctica- en la escuela de los canónigos de la iglesia de Saint-Vorles, en Châtillon-sur-Seine, y maduró lentamente la decisión de entrar en la vida religiosa. Alrededor de los veinte años entró en el Císter, una fundación monástica nueva, más ágil respecto de los antiguos y venerables monasterios de entonces y, al mismo tiempo, más rigurosa en la práctica de los consejos evangélicos. Algunos años más tarde, en 1115, san Bernardo fue enviado por san Esteban Harding, tercer abad del Císter, a fundar el monasterio de Claraval (Clairvaux). Allí el joven abad, que tenía sólo 25 años, pudo afinar su propia concepción de la vida monástica, esforzándose por traducirla en la práctica. Mirando la disciplina de otros monasterios, san Bernardo reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y moderada, tanto en la mesa como en la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y la solicitud por los pobres. Entretanto la comunidad de Claraval crecía en número y multiplicaba sus fundaciones.

En esos mismos años, antes de 1130, san Bernardo inició una vasta correspondencia con muchas personas, tanto importantes como de modestas condiciones sociales. A las muchas Cartas de este período hay que añadir numerosos Sermones, así como Sentencias y Tratados. También a esta época se remonta la gran amistad de Bernardo con Guillermo, abad de Saint-Thierry, y con Guillermo de Champeaux, personalidades muy importantes del siglo XII. Desde 1130 en adelante empezó a ocuparse de no pocos y graves asuntos de la Santa Sede y de la Iglesia. Por este motivo tuvo que salir cada vez más a menudo de su monasterio, en ocasiones incluso fuera de Francia. Fundó también algunos monasterios femeninos, y fue protagonista de un notable epistolario con Pedro el Venerable, abad de Cluny, del que hablé el miércoles pasado. Dirigió principalmente sus escritos polémicos contra Abelardo, un gran pensador que inició una nueva forma de hacer teología, introduciendo sobre todo el método dialéctico-filosófico en la construcción del pensamiento teológico.

Otro frente contra el que san Bernardo luchó fue la herejía de los cátaros, que despreciaban la materia y el cuerpo humano, despreciando, en consecuencia, al Creador. Él, en cambio, sintió el deber de defender a los judíos, condenando los rebrotes de antisemitismo cada vez más generalizados. Por este último aspecto de su acción apostólica, algunas decenas de años más tarde, Ephraim, rabino de Bonn, rindió a san Bernardo un vibrante homenaje. En ese mismo periodo el santo abad escribió sus obras más famosas, como los celebérrimos Sermones sobre el Cantar de los cantares. En los últimos años de su vida -su muerte sobrevino en 1153- san Bernardo tuvo que reducir los viajes, aunque sin interrumpirlos del todo. Aprovechó para revisar definitivamente el conjunto de las Cartas, de los Sermones y de los Tratados. Es digno de mención un libro bastante particular, que terminó precisamente en este período, en 1145, cuando un alumno suyo, Bernardo Pignatelli, fue elegido Papa con el nombre de Eugenio III. En esta circunstancia, san Bernardo, en calidad de padre espiritual, escribió a este hijo espiritual suyo el texto De Consideratione, que contiene enseñanzas para poder ser un buen Papa. En este libro, que sigue siendo una lectura conveniente para los Papas de todos los tiempos, san Bernardo no sólo indica cómo ser un buen Papa, sino que también expresa una profunda visión del misterio de la Iglesia y del misterio de Cristo, que desemboca, al final, en la contemplación del misterio de Dios trino y uno: “Debería proseguir la búsqueda de este Dios, al que no se busca suficientemente -escribe el santo abad-, pero quizá se puede buscar mejor y encontrar más fácilmente con la oración que con la discusión. Pongamos, por tanto, aquí término al libro, pero no a la búsqueda” (XIV, 32: PL 182, 808), a estar en camino hacia Dios.


San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia


lunes, 6 de junio de 2022

Primer Rosario de Varones en Mar del Plata [Argentina] - Cristian Rodríguez Iglesias

Primer Rosario de Varones
en Mar del Plata [Argentina]
Cristian Rodríguez Iglesias


Con el Santo Rosario se ganan batallas” dijo alguna vez el Padre Pío de Pietrelcina, Santo Sacerdote Capuchino. Una verdad como puño que tratan de olvidar los cristianos llamados “progresistas”, que suelen tener cierta tirria a todo lo que venga “de otros tiempos”. Sin embargo, la Providencia Divina sigue manifestándose en la historia, mal que les pese a muchos.
     
Vayamos ahora a lo nuestro. El pasado sábado 28 de Mayo, unos 15 minutos pasadas las tres de la tarde, llegamos con mi familia al Parque San Martín de Mar del Plata. Habíamos sido convocados a un “Rosario de Varones” y acudimos con mis cuatro hijos.

Ya había algunos amigos –y otras personas que me presentaron y conocí allí– nucleándose en el Parque, justo frente a la Imagen de la Virgen que preside ese paisaje tan característico y privilegiado de nuestra ciudad: rocas, árboles y flores, en un terreno irregular con un cuidado césped, todo frente al mar en una bella tarde de otoño. ¡Una magnífica postal de Mar del Plata!

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