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lunes, 25 de diciembre de 2017

El espíritu de la Navidad - Juan Manuel De Prada

El espíritu de la Navidad
Juan Manuel De Prada


La editorial “Espuela de Plata” ha tenido el acierto de reunir en un hermoso y accesible volumen titulado «El espíritu de la Navidad» las páginas que Gilbert K. Chesterton dedicó a celebrar esta fiesta en la que conmemoramos el trastorno del universo. Chesterton, que fue un paladín de la alegría, encuentra en la Navidad el asunto que nutre más gustosamente su pluma; y por las páginas de este delicado libro (el mejor regalo que les pueden hacer en estas fechas) se suceden artículos y poemas, cuentos y sainetes que nos llenan el alma con esa alegría que sólo respirábamos en la infancia.

Chesterton sabía bien que escribía para una generación que, como la nuestra, estaba tan exhausta que ya ni siquiera podía abrazarse a algo tan tenaz como la tradición. Sabía que los hombres de nuestra época «van a la deriva, como un iceberg medio derretido que flota en aguas turbias sin saber por qué no encaja en su entorno». Y sabía, en fin, que esta sensación de derretimiento y deriva tenía mucho que ver con la pérdida del espíritu de la Navidad, que es rabiosamente carnal, pues no se expresa en proclamas espiritualistas, sino que se encarna en un niño, en un frágil y aterido niño que llora en mitad de la noche, refugiado en un pesebre. He aquí, a juicio de Chesterton, la emocionante paradoja sobre la que descansa la Navidad: «El poder y el centro del universo entero se pueden encontrar en algo aparentemente pequeño. (…) Y es extraordinario observar hasta qué punto este sentido de la paradoja del pesebre lo pierden los brillantes e ingeniosos teólogos y lo conservan los villancicos».

Los villancicos nos siguen recordando, dos mil años después, que el universo se puede regir desde un pesebre. Todas las proclamas revolucionarias, todas las promesas democráticas, palidecen ante la deslumbrante insolencia de esta paradoja que nos habla de un Dios loco de amor por sus criaturas; tan loco que, por recuperar su amistad, se hace como una de ellas. Y que, además, puesto a hacerse una de ellas, no elige al poderoso ni al adinerado, sino al pobre que no puede nacer en un palacio, ni siquiera en un hospital de la Seguridad Social, sino que ha de conformarse con una cueva donde los pastores guardan el ganado. «La gloria de Dios enterrada bajo el suelo», escribe Chesterton. Y la paradoja que aquella noche se hizo carne en aquel pesebre «se convirtió en algo más perdurable y fuerte / que los sillares de Roma». Los imperios más poderosos han caído, como caerán las promesas democráticas con las que ahora nos acarician las orejas; y esta paradoja seguirá retoñando cada Navidad en el corazón de los hombres, salvándolos de todas las quimeras marchitas que les ofrecían el oro y el moro.

viernes, 3 de noviembre de 2017

El Que Llora [Sobre Léon Bloy] - Juan Manuel De Prada

El Que Llora
[Sobre Léon Bloy]
Juan Manuel De Prada


“Intransigente, desmesurado y virulento, Léon Bloy es quizá el más maldito de todos los escritores” afirma De Prada en este artículo escrito originalmente para el Diario ABC y que hoy reproducimos en el Blog del Centro Pieper al cumplirse 100 años de la muerte del destacado escritor católico francés, “peregrino de lo absoluto” como se llamó a sí mismo. “Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos” decía. Pedimos una oración por su alma.


Afirmaba Léon Bloy (1846-1917) que, cada vez que quería saber las últimas noticias, leía el «Apocalipsis»; por lo que no debe extrañarnos que, en un mundo donde nadie lee el «Apocalipsis», Bloy sea el escritor maldito por excelencia. Y es que Bloy, en verdad, es uno de los escritores más intransigentes, virulentos y desaforados que uno imaginarse pueda; y, por ello mismo, uno de los más apasionantes, cuya escritura nos zarandea sin remilgos con la fuerza brutal de su imaginación paradójica, sus visiones paradisíacas e infernales, sus llantos jeremíacos, sus extemporáneas y violentas invectivas.

Hijo de un ingeniero librepensador y de una piadosísima madre de ascendencia española, Bloy fue en su juventud un furibundo ateo: «Hubo un momento –confiesa– en el cual el odio por Jesús y por su Iglesia fue el único pensamiento de mi intelecto, el único sentimiento de mi corazón». A los 23 años se muda a París, donde trabará amistad con Huysmans y Barbey d’Aurevilly, que lo empujan a la fe.


Sin miramientos

Por supuesto, a su temperamento desmesurado no le bastará con ser un católico modosito: se enamora de Anne-Marie Poullet, una prostituta a la que, después de redimir de su oficio, convertirá al catolicismo; pero Anne-Marie acabará enloqueciendo, entre visiones místicas y apocalípticas. Para salvarse de la quiebra moral, Bloy publica en 1887 su primera novela, «Los desesperados», que le granjeará las ojerizas de todos los plumíferos de la época, a los que despelleja sin miramientos. En 1889 se casa con una danesa protestante a la que –¡por supuesto!– también convierte al catolicismo; y desde entonces nunca dejará de publicar con regularidad libros de títulos muy expresivos de su temperamento: «Cuentos descorteses», «La mujer pobre», «La que llora», «La sangre del pobre», «Exégesis de lugares comunes», «El peregrino de lo absoluto» o «En el umbral del Apocalipsis». Sin olvidarnos, por supuesto, de la que tal vez sea su obra maestra, el «Diario» que anualmente entregaba a la imprenta.

jueves, 25 de diciembre de 2014

¡Feliz y Santa Navidad! Es el deseo del Centro Pieper

Evangelio del Nacimiento
P. Leonardo Castellani

“Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio

El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aunque hubiese nacido en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante El, el misterio era el mismo. 

El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el Universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y de verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la fe”.


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