
Antonio Caponnetto
Agradecemos al Dr. Antonio Caponnetto estas sentidas y profundas palabras -como así también su permiso para reproducirlas en nuestro Blog del Centro Pieper- sobre el querido amigo y maestro Jorge Norberto Ferro (29 Abril 1949 - 10 Marzo 2024) Católico e Intelectual de fuste, miembro de la Comisión Directiva del Centro Pieper hasta su muerte y uno de los más destacados pioneros del estudio de J.R.R. Tolkien en español.
“Salid sin duelo, lágrimas, corriendo”
Garcilaso
Durante casi cinco décadas desde que nos conocimos, en el viejo local de la “Librería de Verbo”, fueron muchas y diversas las cosas que compartimos. Los Congresos del Ipsa, los Foros de Oikos, las Jornadas de Formación Rioplatense, la investigación conicetiana en el Instituto de Ciencias Sociales, la aparición de Gladius, los artículos para Cabildo, ciertos peculiares Retiros de Perseverancia, un sinfín de conferencias, los viajes a la Autónoma de Guadalajara, las clases en el Don Jaime, los prólogos a libros de terceros, la frecuentación de amistades comunes, el mate, la palabra, la risa interminable, las visitas telefónicas matutinas, las peripecias personales y públicas... Todo aquello, creo, que se llama vida.
Y en estos hechos que enuncio sin precisiones ni exhaustividades, Jorge se destacaba por un haz de rasgos firmes y sólidos. Va el primero: enseñaba sin subirse a la tarima, con humildad genuina, con abajamiento sincero, con señorío auténtico. Pero cuando conversaba, su charla se volvía magisterio. Y era su docencia amical un canto a la eutrapelia, porque podía girar desde los picos más altos de la sabiduría clásica y perenne hasta los cuentos más desopilantes; desde las recomendaciones bibliográficas –de obras o de fragmentos que solo él conocía– hasta un anecdotario frondoso, cálido y edificante.
Acaso un segundo rasgo deba ser ponderado. Jorge corregía sin mortificar al corregido; ingeniándoselas siempre para empezar por lo bueno (aunque no existiera), hasta llegar al punto en que habíamos errado. Daba gusto ser enmendado así. Porque no era solo una pedagogía la que asomaba en el gesto; era una ontofanía. Posiblemente fuera el don del consejo, o su fruto inmediato; y era tanto más valioso su ejercicio porque él no lo presentaba de modo solemne sino afable; no con el índice hacia lo alto, sino con la palma de la mano sobre el hombro.




