lunes, 25 de abril de 2011

Templanza - Josef Pieper

Templanza
Josef Pieper


I. Precisiones Terminológicas


«Moderación» y «temperancia»

Cuando hoy se emplea la palabra «justicia», sea cristiano o no el que la emplea, puede pensarse, ya de antemano, que el que se sirve de ella no quiere decir lo mismo que la moral clásica de la Iglesia entiende por la virtud cardinal de la justicia. Lo mismo ocurre con la palabra y el concepto de «fortaleza». Esto no quiere decir que los conceptos de justicia y fortaleza que generalmente privan se hayan desviado en forma irreparable del sentido cristiano que se da a estas virtudes. Más bien podría decirse que llevan superpuesta una segunda significación vulgar, pero sin haber del todo perdido su capacidad de representar el concepto originario.

Así las cosas, en ningún caso supone violentar el sentido que esas palabras tienen en el lenguaje vulgar cuando se intenta recuperar para ellas la fuerza significativa que tuvieron en su origen, llenándolas así de una vida nueva y haciendo que otra vez expresen las ideas para las que habían sido inventadas.

Este es el caso de la palabra latina temperantia (templanza). Aunque existe en castellano ese vocablo traductor, que es «templanza» para la latina temperantia, que en sí sería capaz de reflejar el núcleo y la amplitud del concepto, por la desviación que ha sufrido en el uso diario ha dejado de ser la palabra justa que, además de darnos con claridad la idea de esa virtud, nos hiciera ver lo que en ella hay de entrañable incitación y fuerza para ganar el corazón.

Ocurre con la concepción cristiana del hombre, y en general con toda clase de verdades, que si la formulación verbal, con la fuerza creadora de la expresión, no las alumbra una y otra vez a esa vida de presencia corporal que es la palabra, pierdan su perfil atractivo y, lo que es peor, esa capacidad que les es propia de ser una verdadera revelación. Este fenómeno se observa con diáfana claridad en la suerte corrida por la palabra temperantia, como virtud cardinal, y su equivalente castellana de «templanza». Con lo cual viene a ponerse además de manifiesto la gran responsabilidad del que tiene en su mano el poder de acuñar un lenguaje destinado a pregonar la verdad... o a desvirtuarla, dado el carácter que la palabra tiene de ser arma de doble filo.

¿Qué se entiende en el lenguaje de hoy por «moderación» y «temperancia»?.

El sentido de la palabra «templanza», entendida como moderación, ha ido contrayéndose hasta quedar reducido a significación «moderación en el comer y beber»; y si apuramos más la idea popular, encontraremos que con ello se hace referencia sobre todo, si no exclusivamente, a la moderación en la cantidad; de la misma forma que la intemperancia y el exceso parecen siempre indicar un pasarse de la raya en el comer, haciéndonos pensar en estómagos supersaturados. La edición francesa de las Obras de Santo Tomás de Aquino llega incluso a traducir la palabra latina gula con la francesa gourmandise. No será preciso advertir que la palabra «templanza», tomada en esa significación tan restringida, apenas si sirve para apuntar la esencia misma de la «temperantia», y mucho menos para expresarla adecuadamente o agotar su contenido.

Temperantia es algo de sentido mucho más amplio y de mucha más categoría. Es una virtud cardinal. Es decir, uno de los cuatro goznes sobre los que se mueve la puerta que conduce a la Vida.

Tampoco entendiéndola como «temperancia» alcanza la «templanza» el contenido y el rango que tiene la temperantia latina. En primer lugar, la «temperancia» ha sido constreñida en exceso por el lenguaje vulgar a su relación con la ira; al airado suele aconsejársele que se «modere». No cabe duda que la moderación en la cólera es algo que está dentro de la temperantia; pero con ello no se expresa más que un aspecto parcial de la misma. Es preciso dejar la tibia atmósfera de invernadero en que se mueve una moral siempre suspicaz contra todo lo que huela a apasionamiento, y penetrar en la aspereza más realista de la Summa theologica de Tomás de Aquino, el Doctor Universal de la Iglesia, para ver cómo en ella casi más se defiende que se ataca a la «pasión» de la ira. Pero de esto volveremos a hablar más detenidamente.

En segundo lugar, el concepto vulgar de «temperancia» se halla fatalmente vinculado al miedo ante cualquier clase de exaltación. Todo el mundo sabe lo que en su significación vulgar quiere decir aquello de «todo con moderación»; frase que, a buen seguro, haría de maravilloso vehículo para una gran idea. Nos consta, además, que aquello otro de la «prudente moderación» suele precisamente traerse a colación cuando por amor a la verdad o por cualesquiera de las otras nobles virtudes del corazón se siente uno capaz y decidido al riesgo supremo.

Este concepto «recortado» de la «temperancia» no puede tener cabida en una doctrina que afirma que el amor a Dios, raíz y madre de todas las virtudes, no entiende de medidas ni de medianías.

Y en tercer lugar, la palabra «temperancia» suena exclusivamente a cosa negativa. En ella se acentúa de manera demasiado exclusiva la idea de limitación, contención, represión, estrangulamiento, freno y «cerrojo»; todo lo cual está en contradicción con la imagen clásica de la cuarta virtud cardinal.


«Sophrosyne» y «temperantia»

La significación literal del correspondiente vocablo griego sophrosyne, lo mismo que la del latino temperantia, es mucho más amplia. Esa significación original del vocablo griego abarca todo lo que es «discreción ordenadora»; y el vocablo latino no anda lejos de esta significación general. En la primera Carta a los de Corinto se dice: «Deus temperavit corpus» —«Dios, haciendo especial honor a aquello que se consideraba más bajo, ha dispuesto el cuerpo (lo ha ordenado, lo ha configurado, lo ha constituido) de tal forma que no haya en él disensión alguna, sino que sus miembros se ayuden unos a otros» (12, 24).

Este es el sentido propio y primigenio del temperare: hacer un todo armónico de una serie de componentes dispares. Y sólo encuadrándolo en esa amplísima significación puede el temperare indicar también «poner freno» y «parar», como componente negativo de su significado total; lo mismo que en el otro extremo, de parte de su sentido positivo, están los momentos de «respetar» o «tratar con miramiento» una cosa. Y de aquella significación literal originaria habrá que partir para entender los vocablos latinos de temperamentum y temperatura (recta proporción, adecuada estructura), temperatio (ordenamiento con sentido) y temperator (moderador, artífice), así como la palabra temperantia (templanza).


Una propuesta

Pero en el idioma español existen palabras que podrían dar una equivalencia bastante exacta, si se examinan con detenimiento. El vocablo «crianza», que sin duda alguna pertenece al área conceptual de la temperantia latina, ha conservado en el lenguaje vulgar gran parte de su pureza significativa. La «crianza», como idea, se halla estrechamente emparentada con los verbos «criar», «cultivar» y «educar»; por lo que sigue conteniendo una significación altamente positiva y de buena amplitud. Bien es verdad que se aprecia en ella el peligro de que se la empuje hacia los dominios de lo educativo correccional. Pero con un poco de cuidado y con voluntad vigilante podría, a buen seguro, hacerse algo por parar esa desviación e incluso restituir la palabra a su significado auténtico, reparándola en lo que haya sido deteriorada.

Por otra parte, tampoco la palabra «medida» ha degenerado del todo a lo puramente cuantitativo. Aún conserva algo de lo referente a la cualidad de una cosa por la que ésta exige un algo que corresponde a su esencia, algo que le compete por definición; de forma que podría bastante bien darnos el sentido de la temperantia latina. Incluso podría aceptarse como una feliz expresión de ésta, si se tiene cuidado de aislar bien ese último contenido de que acabamos de hablar de aquellos otros aspectos que la acercarían más a la mesura, autodominio o comedimiento.

Entendidas así, estas dos palabras pueden servirnos para expresar lo que queremos decir con el vocablo «templanza». Y a esta templanza hemos de entenderla como a caballo de la «crianza» y «medida», tomadas ambas en su sentido más positivo y edificador.



Fuente: Josef Pieper, Las Virtudes Fundamentales, 
Ediciones Rialp - Grupo Editor Quinto Centenario, Bogotá 1988, páginas 217-223.





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