martes, 11 de junio de 2013

San Ezequiel Moreno, un obispo molesto - José María Iraburu

San Ezequiel Moreno, un obispo molesto
José María Iraburu


Tomado de: José María Iraburu, Hechos de los Apóstoles de América, Fundación Gratis Date, Pamplona 2003, 3º Edición, págs. 234-244.



Riojano y agustino recoleto

A orillas del Ebro, en Alfaro, pequeña ciudad agrícola de la Rioja, el modesto sastre Félix Moreno y su mujer Josefa Díaz tuvieron seis hijos, cuatro hembras y dos varones, Eustaquio, el primogénito, y Ezequiel, nacido en 1848, cuarto de los hermanos. Creció Ezequiel en el marco de una familia muy cristiana, y acompañaba a su padre, aun en invierno, al rosario de la aurora. Siempre tuvo afición y buena voz para el canto, y se acompañaba bien con la guitarra. Eustaquio en cambio fue un buen violinista. Fue de chico Ezequiel monaguillo del convento de las dominicas, con las que guardó siempre una gran amistad.

Teniendo Ezequiel doce años, Eustaquio ingresó en el noviciado de los agustinos recoletos de Monteagudo, en Navarra, y teniendo dieciséis, murió su padre, con lo que la familia se vió en muy difícil situación económica. La señora Josefa tuvo que sacar adelante la familia con muchos y diversos trabajos. Entre otros, ayudada por Ezequiel, vendía hilo y baratijas en la plaza de Alfaro. Por eso, cuando Ezequiel dijo a su madre que él también quería ser agustino recoleto, ella trató de disuadirle, haciéndole ver que si fuera sacerdote diocesano podría ayudar a la familia. Sin embargo, como buena madre cristiana, supo ceder a sus insistentes razones.

La vocación, según parece, la tenía desde niño. Contaba la madre Catalina Les, sacristana de las dominicas, que siendo Ezequiel muy pequeño, le preguntaron en el convento qué iba a ser de mayor. «Fraile», contestó sin dudarlo. «¡Tú, fraile!, le dijeron, tan calandrajo [pequeño, poca cosa], ¿para qué te quieren?». Pero él, sin inmutarse, solucionó el problema: «Ya me pondré un sombrero de copa, para ser más alto».

En este resumen biográfico de San Ezequiel Moreno nos atendremos a las Cartas pastorales, circulares y otros escritos, a los dos tomos de sus Cartas privadas, que fueron publicadas por su primer biógrafo, el agustino recoleto Toribio Minguella, obispo de Sigüenza. Y seguiremos también la obra Beato Ezequiel Moreno, el camino del deber, escrita por fray Angel Martínez Cuesta, también agustino recoleto.



De Navarra a Filipinas

Ezequiel, con dieciséis años, tomó en 1864 el hábito agustino recoleto en el noviciado de Monteagudo, y pasó dos años después al teologado de la orden en Marcilla, también en Navarra. En aquellos años, dramáticos para la Iglesia y para el papado, España vivía las convulsiones provocadas por la revolución liberal, que afectaron a todo el pueblo cristiano, y particularmente a los religiosos, que hubieron de sufrir destierros y exclaustraciones, así como el despojo de sus bienes. El noviciado de Monteagudo fue una de las pocas casas religiosas que el gobierno autorizó, tras el Concordato de 1851, únicamente para el envío de misioneros a los dominios españoles de ultramar.

En estas circunstancias, siendo todavía estudiante fray Ezequiel, partió en 1869 hacia Filipinas con una expedición de 18 religiosos. Fueron recibidos al año siguiente por sus hermanos con gran alegría, y allí conoció a su futuro biógrafo el padre Minguella. En 1871 fray Ezequiel fue ordenado presbítero, y en su primera misa tuvo a su hermano Eustaquio por padrino. Con él, que era párroco de Calapán, en la isla de Mindoro, aprendió Ezequiel el tagalo y dio sus primeros pasos en la vida pastoral y misionera.
     
Quince años trabajó el padre Ezequiel en Filipinas, desempeñando diversos ministerios en varios destinos, concretamente en la isla de Palawan –donde enfermó de paludismo–, en Calapán, en Las Piñas, Manila, Santa Cruz e Imus. Y en todas partes se mostró como un santo religioso, abnegado y sereno, alegre y entregado, contemplativo y misionero. Tan apreciado llegó a ser en la Orden que, a los 37 años, en 1885, se le encomendó la formación de los agustinos recoletos de la Provincia como rector del noviciado de Monteagudo.


Rector del noviciado de Monteagudo

El padre Ezequiel, como rector del colegio noviciado, cuidó mucho de la vida litúrgica, del rezo coral de las Horas, de la vida comunitaria –aspecto esencial de la religiosidad agustiniana–, así como también de los estudios y de la fidelidad estricta a la observancia disciplinar, que ya era muy firme cuando él ocupó el cargo.

Todos sabían que el rector iba siempre delante, tanto en la abnegación y en la caridad, como en la fidelidad a las normas de la vida religiosa; pero también sabían que era muy estricto en la obediencia debida. En una ocasión, a los estudiantes que le pedían un día de paseo, que había sido suprimido por una disposición superior, el padre Ezequiel, mostrándoles la orden, les replicó «pacíficamente, pero con firmeza: “Miren sus caridades si pueden borrarla”» (Mtz. Cuesta 59-60). De él decía un religioso compañero que «aparentaba de natural muy austero, pero en el trato era la misma humildad, y cuando se veía obligado a corregir, lo hacía con corazón de padre, sin alterarse jamás» (62-63).

Otro rasgo acusado del padre Ezequiel como rector fue su amor hacia los pobres. Dejaba en manos del Vicerrector muchos asuntos de la vida ordinaria de la casa, pero él estaba personalmente atento a todo lo referente al cuidado de los pobres, y raro era el día en que no se repartían en el convento 400 o 500 raciones de comida a los necesitados. Como declaraba un religioso, «en el amor a los pobres era casi exagerado» (Mtz. Cuesta 51).

Los agustinos recoletos de Monteagudo tenían entonces –como ahora– muy buena relación con los curas seculares y con el obispo diocesano. El padre Ezequiel acudía con frecuencia para ayudar en las parroquias próximas para predicar o confesar. Y el señor obispo, don Cosme Marrodán, muy ligado a la comunidad, quiso que fuera él quien le atendiera a la hora de la muerte. También mostró el padre Ezequiel un cariño muy especial hacia las religiosas vecinas, agustinas recoletas, dominicas de Alfaro, cistercienses de Tulebras, Siervas de María de Tudela y religiosas de Santa Ana de Tarazona, siempre pronto a servirles como sacerdote.


Los agustinos recoletos en Colombia

«La Orden de Agustinos Recoletos tiene una de sus raíces fundacionales en Colombia. A principios del siglo XVII surgió entre los agustinos neogranadinos un movimiento espiritual muy afín al que a partir de 1588 dio origen a la Orden en Castilla». Y tanta era la afinidad, que «los colombianos acomodan su tenor de vida a la Forma de vivir de los españoles y en 1629 se funden con ellos en una misma Congregación» (Mtz. Cuesta 69).

La Provincia colombiana se desarrolló normalmente durante dos siglos, pero con motivo de la guerra de la Independencia y el expolio de los bienes religiosos dispuesto por el Gobierno republicano, fue viniendo a menos, de modo que en 1882 sólo quedaban trece miembros, que vivían aislados, cada uno en su parroquia, más vinculados a la diócesis que a su Orden. Dos de ellos mantenían el sagrado fuego agustiniano. El anciano padre Victorino Rocha atendía La Candelaria en Bogotá, iglesia que él había sabido salvar de expolios gubernativos y de ciertas avideces diocesanas. Y el padre Juan Nepomuceno Bustamante, que en 1876 y en 1884 viajó a Roma y a España, buscando refuerzos para restaurar la Orden en Colombia.


Restauración de la Provincia

A mediados de agosto de 1888 llegó a Monteagudo el padre Minguella para presentar a la comunidad la solicitud que llegaba de Colombia. Y al punto se ofrecieron siete religiosos voluntarios: el padre Ezequiel, rector, fray Ramón Miramón, maestro de novicios, fray Santiago Matute, profesor de filosofía, otros dos padres y dos hermanos. Esto puede darnos una idea de la intensidad de vida religiosa que se vivía en la comunidad agustiniana de Monteagudo bajo la guía del padre Ezequiel. A éste se le nombró superior del grupo misionero.

A principios de 1889 llegó a Colombia la expedición. Unos se dirigieron a El Desierto, santuario de la recolección  agustiniana, situado en un precioso valle, cerca de Ráquira, en el departamento de Boyacá. El padre Ezequiel y el padre Matute marcharon a Bogotá, donde llegaron el 2 de enero de 1889, alojándose en la casita que el padre Rocha tenía junto a la iglesia de La Candelaria, pues el convento, incautado por el Gobierno, hacía años que servía de Seminario diocesano.

En realidad la restauración de la Orden se presentaba muy difícil. Los frailes, después de treinta años de vida autónoma, no deseaban integrarse en una vida comunitaria. En La Candelaria el padre Rocha vivía a su costumbre. Y en El Desierto las cosas no ofrecían mejor cariz, pues el padre Bustamante, bueno y emprendedor, había soñado en dirigir él mismo la restauración.

Por esas fechas, el padre Ezequiel escribe al superior de Madrid: «La prudencia me ha aconsejado el no reñir tan pronto con el padre Bustamante. Es suyo el convento y hasta que venga por aquí y haga escritura cediéndolo a favor nuestro, aguantaremos sus inconveniencias y pequeñeces. Estoy previendo que los padres de aquí, aun los mejores, no van a servir más que de estorbo para nuestros fines... Nada me apura mientras los religiosos que he traído se conserven buenos» (20-2-1889).


Predicador y confesor

Después de muchas dificultades, pudo establecerse el noviciado en El Desierto, bajo la guía del padre Miramón. Y el padre Ezequiel residió en Bogotá cinco años, acompañado del padre Matute. En la iglesia de La Candelaria, y en otras iglesias de la ciudad, también en la catedral, el padre Ezequiel sobresalió pronto por sus dotes de predicador y de confesor. En una carta de ese tiempo decía:

«El padre Santiago [Matute] y yo estamos trabajando aquí en Bogotá todo lo que podemos en púlpito y confesonario... Nos buscan a todas horas para confesar presos, soldados, ejercitantes, y nuestra iglesia se ve de continuo con mucha gente que viene a confesarse. El padre Victorino derrama con alguna frecuencia lágrimas de contento diciendo que La Candelaria ha vuelto a ser lo que era en sus buenos tiempos... El clero es muy poco y por precisión tenemos que trabajar mucho los pocos que estamos. Nuestro sitio es el confesonario y se puede decir que no salimos de él sino para prepararnos para el púlpito» (9-4-1890).

El padre Ezequiel redactaba íntegramente sus sermones, aunque luego al pronunciarlos improvisaba bastante. Era muy apreciado como predicador, y le llamaban de todas partes; pero esto no era debido, ciertamente, a una elocuencia florida y brillante, pues era muy sobrio en la forma, como él mismo lo advierte. En un sermón de 1892 en la iglesia de la Compañía en Bogotá decía: «No subo a este púlpito para entreteneros con frases escogidas o con flores de estilo. He subido a este sitio a dar gloria a Dios y a excitaros a que también se la deis vosotros». Aparte de algunos momentos efusivos –cuando hablaba del Sagrado Corazón, de la Eucaristía, de la Virgen–, era en su predicación muy sencillo, y eso sí, extremadamente claro y persuasivo.


Director espiritual

En el confesonario o fuera de él, también por cartas, grande fue la entrega que mostró el padre Ezequiel toda su vida en la dirección espiritual. Los dos preciosos tomos de sus Cartas nos muestran cómo, en medio de sus muchos trabajos como superior religioso y luego como obispo, guardaba siempre una abnegada solicitud hacia las personas concretas que a él se confiaban espiritualmente, y muy especialmente hacia aquellas que estaban angustiadas por algún sufrimiento o se veían atormentadas por escrúpulos de conciencia.

«¿Por qué desconfía?, escribía a una de éstas. Luche y espere en las bondades del Corazón de Jesús... No, no crea nunca que el Señor la va a arrojar de un modo definitivo, y espere siempre contra toda esperanza, y clame y grite al divino Corazón, con tanto mayor motivo, cuanto mayores sean sus peligros... Se ofende al Señor no esperando la gracia y la gloria» (11-10-1894). Era, sin embargo, muy firme a la hora de enfrentar a las personas con sus responsabilidades. Y así le escribía a una religiosa que había desertado de su recogimiento:

«Veo por su carta que ha dejado a Jesús solito en la celda y que se ha echado a andar y correr por fuera, y que, como es natural, le va malísimamente en esas correrías... ¿Cuándo comprenderá que tiene que estar siempre con El, so pena de sufrir? El remedio es volver a El humilladita, pero confiada, al mismo tiempo, en que no la ha de rechazar. Vuelva, pues, a la celda; pero cuanto antes mejor, y en ella encontrará luz, consuelo y valor, porque Jesús lo es todo cuando se le busca sinceramente... Está llamada a ser toda de Jesucristo o a sufrir mucho y de continuo» (28-10-1900).

Y en otra ocasión: «En la carta a que contesto me habla de su cruz más que en otras, y en toda ella se echa de ver una aflicción mayor que en otras ocasiones. ¿Cuándo va a dar a esa cruz un abrazo cariñoso y me va a decir que la besa y la bendice? Mientras no haga eso y la cargue animosa, se verá siempre como agobiada por su peso, triste y sin ánimos para nada. ¿Y qué va sacando de no decidirse a ofrecer a Dios todo con buena voluntad y alegría de corazón? Pérdidas, y grandes, es lo que saca. Por una parte, lejos de aliviar sus desgracias temporales, las agrava, y por otra, pierde los muchos méritos eternos que ganaría sufriendo mejor» (5-5-1898).


Devoto del Corazón de Jesús

En las páginas que siguen hemos de contar las aventuras del obispo Ezequiel, que fueron muchas y grandes, pero ya desde ahora conviene que conozcamos la clave más íntima de su personalidad religiosa, ya que sólo así podremos entender sus palabras y sus obras. El bienaventurado Ezequiel estaba enamorado de Jesucristo. Su alegría y su fortaleza, inquebrantable y siempre confiada, nacían directamente de su amor al Corazón de Jesús. De ahí procedía su fuerza persuasiva y su omnímoda libertad respecto del mundo civil y eclesiástico de su tiempo. Un par de textos –escritos, claro está, en el estilo de su tiempo– podrán ilustrar las afirmaciones precedentes.

Siendo obispo, el 3 de mayo de 1903, y estando en la costa del Pacífico, escribe a las hermanas de la Liga Santa de Víctimas del Sagrado Corazón una carta en la que, de contar alguna noticia suya, pasa inmediatamente, como sin darse cuenta, a expresar la dulzura de su amor a Jesucristo: «Va ésta a decirles que las tengo presentes en el Sagrado Corazón de nuestro amado Jesús en estas soledades. ¡Qué consolador es tener por estos retiros a un Dios a quien amar y con quien tratar! ¡Y qué triste sería esto sin ese Dios amoroso!... ¡Oh dulce Jesús mío, voy en tu compañía, y en tu compañía andan también mis hermanas! Te amo con ellas a todas horas, y no estoy solo, no, no estoy solo, Jesús mío. Estás conmigo, y te amo, y todo lo tengo. Si te ocultas para probar mi fidelidad, te busco, y unas veces te dejas encontrar, y, lleno de amor, me dices: “¡Aquí estoy!”. Y te siento, y lloro de gratitud y de amor. Y otras quieres que llore de hambre por encontrarte, y me parece que en este caso me lo agradeces más, y me lo pagarás mejor.

«Pero no me dejes, amor mío, no me dejes solo en estas soledades. No tengo otra cosa en estos rincones, ni otra cosa quiero tampoco. Es preciso, dulce Jesús mío, que por aquí lo hagas tú todo, que me llames, que me muevas, que me lleves y arrastres hacia ti, porque las demás cosas del culto no me animan. ¡Jesús mío!, te veo entre paredes arruinadas y veo tu casa llena de goteras, como la de un pordiosero. ¡Dueño del Universo!, ¡qué pobrecito estás en tantas partes del mundo por nuestro amor!

«¡Jesús de mi alma! ¿Qué hago para amarte mucho? Dime, bien mío, dime... ¿qué hago? ¿Por qué, Buen Jesús, por qué no obras el prodigio de matarme de amor hacia ti? ¡Ven, Jesús mío, ven y sacia mi pobre alma! ¡Ven, y andemos juntos por estos montes y valles cantando amor! ¡Que yo oiga tu voz en el ruido de los ríos, de los torrentes, de las cascadas! ¡Que me llame hacia ti el suave roce de las hojas de los árboles agitadas por el viento! ¡Que te vea, Bien mío, en la hermosura de las flores! ¡Que los ardientes rayos del sol de la costa sean fríos, muy fríos, comparados con los rayos de amor que me lance tu corazón! ¡Que las gotas de agua que me han caído y me caigan sean pedacitos de tu amor que me hagan prorrumpir en otros tantos actos de amor! Que mi sed, y mi cansancio, y mis privaciones, y mis fatigas sean... ¿qué, amor mío, qué han de ser? ¡Ah!, ya lo sé, y tú me lo has inspirado. Que sean suspiros de mi alma enamorada, cariños, ¡amor mío!, ternuras, afectos, rachas huracanadas de amor, ¡pero loco... Jesús mío, loco! ¡Te lo he pedido tantas veces!... ¿Cuándo, mi Jesús, cuándo me oyes? ¡Ah! ¡Te amo de todos modos! Sí, Jesús mío, de todos modos te amo.

«Me puse a hablarles, mis carísimas hermanas, y todo se lo llevó Él. Mejor, ¿no es así? Así es, porque hablando de Él es como nos entendemos»...

El padre Ezequiel en su ministerio apostólico no parte sino de este amor a Jesucristo, no sufre sino al ver que Jesús es ofendido y despreciado, y no pretende otra cosa sino enamorar a los hombres de su Amado. De ese mismo amor viene también su increíble capacidad de sufrimiento, pues él no quiere goce alguno del mundo visible en tanto Jesucristo sea crucificado por los pecadores. En el reglamento de la Liga Santa por él compuesto enseña a las hermanas que «a poco que un alma profundice en el abismo de dolores de amor del Corazón Sagrado de Jesús no se contentará con admirarlos, sino que deseará con ardor acompañar a su Amado en sus dolores».


Servidor de los enfermos

El padre Ezequiel mostró hacia los enfermos una abnegación y amor muy especiales. Fue ésta una inclinación en él constante, lo mismo en Monteagudo que en Filipinas, cuando trabajaba en la misión de Casanare o ya de obispo en Pasto.

Un religioso recordaba de su antiguo rector de Monteagudo: «Durante el tiempo que yo permanecí en la enfermería con las viruelas, noté, y conmigo lo notaron los demás que allá estábamos, que todas las noches, mientras hubo alguno grave, subía el Padre Rector entre una y dos de la mañana a la enfermería, y entraba en las celdas de todos, sin duda con el fin de ver si nos faltaba algo. Debía andar con alpargatas, pues no hacía el menor ruido» (Mtz. Cuesta 54).

Los avisos nocturnos para atención de enfermos los atendía él mismo siempre que podía. Un día, estando de superior en La Candelaria de Bogotá, en una sola noche hubo de salir con este motivo tres veces, y cuando al día siguiente unos seglares amigos le vieron pálido y desfallecido, al saber la causa, le preguntaron por qué no había avisado, al menos la tercera vez, a alguno de los otros padres. «Pobrecitos hijos míos, les respondió, trabajan tanto de día... Subí en la tercera confesión a llamar a alguno de ellos, entré en sus cuartos y los vi tan tranquilos»...

Todavía durante su última enfermedad, cuando apenas se tenía en pie por los dolores y la debilidad, el padre Ezequiel aún se iba como podía a confortar a los enfermos hospitalizados en la misma clínica.


Superior de la Provincia colombiana

El padre Ezequiel, superior tan firme como amable, fomentó siempre la amable fraternidad agustiniana, en la que debe haber «un corazón y un alma sola» (Hch 4,32), y en la que los religiosos deben «alegrarse siempre en el Señor» (Flp 4,4).

Un religioso decía de él: «Nunca reprendía; sólo avisaba con ternura de padre. A veces con una sola mirada era bastante. Al encargarme algún trabajo de sermones, ejercicios, etc., no me lo mandaba en forma imperativa, sino que empleaba cierta fórmula de súplica: “podría, si le parece, encargarse de esto”» (Mtz. Cuesta 160). Y otro, que le había acompañado en un viaje por mar, contaba de él: «Aunque él era nuestro superior, se mostraba siempre muy amable. La austeridad la reservaba para sí mismo. Para amenizar los ratos en alta mar nos contaba historietas y anécdotas de su vida de misionero en Filipinas. Tenía muchos recursos en su conversación... y siempre era el mismo, alegre en medio de su seriedad. Cuando a uno lo notaba aburrido le echaba chistes y le contaba cuentos» (Mtz. Cuesta 159).

Por lo demás, el padre Ezequiel pensó más tarde que quizá se había pasado en ocasiones en estas manifestaciones de alegría, y poco antes de morir escribió una carta en la que humildemente reflejaba este escrúpulo: «Recuerden lo bueno que hayan visto en mí, y no mis faltas de modestia religiosa, cuando tocaba la guitarra y cantaba cosas impropias de un religioso. Dígalo a todos los que me vieron hacer eso» (13-2-1906).

A todo esto, la restauración de la Orden en Colombia, como hemos dicho, se presentaba como casi imposible. Con los ocho religiosos colombianos apenas se podía contar, y los españoles sólo eran siete, cinco sacerdotes y dos hermanos. Por lo que se refiere al noviciado establecido en El Desierto, como informaba el padre Ezequiel, «entran y salen los novicios que es una maravilla» (12-2-1892). Quizá era esto debido a una cierta rigidez del padre Miramón, poco adaptado todavía a un campo nuevo de trabajo.

En estas circunstancias, el padre Ezequiel se vio obligado a pedir una y otra vez más religiosos de España, insistiendo siempre en que no los enviaran si no eran de calidad: «Conviene, decía en una carta, que por allí vaya gente desengañada del mundo y que, buscando sólo la gloria de Dios y salvación de su alma, le dé lo mismo estar en los Llanos [de Casanare] que en Bogotá; entre salvajes, con privaciones, que entre civilizados, recibiendo mil atenciones» (13-7-1891).

A pedidos del padre Ezequiel, en 1890 llegaron a Colombia 6 religiosos españoles, y 8 más en 1892, entre ellos su paisano y amigo Nicolás Casas. A mediados de 1893 eran ya 21 religiosos españoles y 5 colombianos, y poco después llegaron 4 españoles más.


Obispo del Vicariato apostólico de Casanare

Cuando el padre Ezequiel fue a Colombia, él pensaba sobre todo en acudir a las misiones de infieles, concretamente en Casanare, y en buena parte éste era también el intento de sus compañeros de expedición. Las antiguas Misiones de Casanare, iniciadas por los agustinos recoletos en 1662, habían tenido una gloriosa historia de dos siglos en esta región del norte de Colombia, al oeste de los Andes, en los llanos próximos al río Casanare; pero después de los avatares de la Independencia habían decaído, hasta ser desasistidas de la Orden en 1855. A pesar de varios intentos de los obispos de Tunja, a cuya diócesis pertenecía Casanare, la situación social y religiosa era a fines del XIX muy pobre.

Por todo ello, en cuanto el padre Ezequiel recibió algunos religiosos más, inició en 1890 un azaroso viaje por Casanare, acompañado de tres frailes. Relató la exploración en ocho cartas, que fueron publicadas y que conmovieron la conciencia cívica y religiosa del país. En varias poblaciones recibieron la visita con cierta frialdad, pero en muchas la acogida fue cordial y emocionada: «inmensa multitud de fieles nos rodeaba por todas partes, besándonos el hábito y llorando a grito vivo» (23-12-1890). Allí vivían los indios guahivos, completamente desnudos, y los sálivas, algo más civilizados, y aprender sus idiomas iba a ser la primera labor. Y durante el viaje por aquellas inmensidades con frecuencia solitarias, estuvo a veces el padre Ezequiel solo, sintiendo su corazón dilatarse en el Señor:

«Me consuela hoy, más que otras veces, el escribir estas cosas y hablar con el Señor. No puedo hoy hablar con mis hermanos; puedo decir que estoy solo, debajo de unos árboles, en estas inmensidades desiertas, y me distrae agradablemente el acordarme de mi Dios, hablar con El, pensar en sus cosas y en lo mucho que le debe agradar el que todo lo sacrifiquemos por El y nos entreguemos a esta vida de privaciones de todo género. Además, ¡pasa tan pronto la vida! Y si desde estos Llanos voy al cielo, ¿qué más necesito y qué más quiero?» (22-2-1891).

Desde la veracidad de esta experiencia personal, el padre Ezequiel sabía animar luego a los misioneros que dejaba a veces en aquellos puestos de misión, malsanos y solitarios: «No se acobarden, porque no les faltará compañía, ni lleguen a dar cabida al pensamiento de que por aquí [en Bogotá] se está mejor, porque son ilusiones que el enemigo nos pone delante para que no trabajemos como se debiera donde Dios quiere que trabajemos. Hablo por experiencia: nunca está uno mejor que donde el Señor quiere que estemos... En el trato con Dios, en la meditación, ve uno a la muerte delante y después el juicio, y conoce uno perfectamente que nada queda en bien de uno sino lo que se ha sufrido y trabajado por Dios» (26-5-1891).

Trámites, trabajos, consultas, viajes y exploraciones, que no contaremos aquí, hicieron finalmente posible el establecimiento en 1894 del Vicariato apostólico de Casanare, desgajado de la diócesis de Tunja y confiado a los agustinos recoletos. Cuando la revolución cerró las islas Filipinas a las Órdenes religiosas y dispersó a sus miembros, en 1898 y 1899 recibió Colombia unos 40 agustinos recoletos, que pudieron afirmar la restauración de la Provincia y concretamente la Misión de Casanare.


Obispo en cuerpo y alma

El padre Ezequiel pasó muchos apuros antes de decidirse a aceptar la ordenación episcopal, y cuando ya ésta parecía inevitable, le escribió al Comisario apostólico de su Orden: «Si quiere que lo sea [obispo], mándemelo por caridad y amor de Dios y dé a ese mandato toda la fuerza posible, para que me dé la mayor seguridad posible de que hago la voluntad de Dios» (3-3-1893).

Y por fin fue consagrado obispo el 1 de mayo de 1894, sucediéndole el padre Nicolás Casas como provincial de los recoletos. La amabilidad de los colombianos se esmeró con él en su ordenación episcopal, equipándole de todo lo necesario, hasta conmoverle: «¿Qué más se podía hacer por un extranjero? ¿Cómo pagar todo esto?». Y la ceremonia en la catedral de Bogotá fue muy solemne, aunque él apenas se enteró, según confiesa: «No estaba en el caso de apreciar la cosa, impresionado con el cambio que en mí se verificaba en aquellos momentos» (12-5-1894).

Una vez consagrado obispo, el padre Ezequiel tuvo ya siempre una profundísima conciencia de su identidad episcopal, como sucesor de los apóstoles y como imagen viva del Buen Pastor entre sus fieles. Falta le iba a hacer esta conciencia en las terribles luchas que le esperaban. Y de ella dió muestras ya en su primera carta pastoral:

«Nuestra autoridad en el gobierno de vuestras almas es la autoridad del mismo Jesucristo, resultando de aquí que el que resista a lo que pertenece a nuestro ministerio, no resiste al hombre, sino al mismo Jesucristo... Al ser elevados a la dignidad de que nos hallamos investidos, nos vemos humillados y llenos de turbación... No, no vamos a colocarnos sobre vosotros, sino a temblar en vuestra presencia y a sufrir por procurar vuestra salvación» (ib.).

La anciana Catalina Les, dominica de Alfaro, escribe a su antiguo monaguillo preguntándole por su catedral y su palacio en Támara, la sede del Vicariato de Casanare. El padre Ezequiel no tarda en contestarle: «La catedral es una pequeña iglesia de pueblo, pobre y miserable, con piso de tierra. El palacio es una casa» con media docena de habitaciones, y «el piso es de tierra y bajo, porque no hay piso alto» (11-9-1895).

Más centros misionales, Orocué, Arauca, Chámeza y otros, surgieron en esos años, en condiciones a veces muy duras, por el clima sobre todo y las dificultades de abastecimiento. En Orocué murió de hambre el hermano Robustiano Erice en 1894. Pronto vieron que el abastecimiento era más fácil desde Europa, pues a Ciudad Bolívar, en Venezuela, llegaban vapores europeos con toda clase de mercancías, y éstas podían llegar a Casanare por los barcos que surcaban el Orinoco y el Meta.


El ministerio de la Palabra

El padre Ezequiel siempre, y más de obispo, prestó una especialísima atención al adoctrinamiento de los fieles. Nada más llegado a Támara, aprovechando que la época de las lluvias hacía imposibles las visitas pastorales, se procuró libros y revistas, y dedicó muchos días al estudio de sus responsabilidades episcopales, y concretamente acerca del derecho matrimonial y del liberalismo.

Predicaba con frecuencia, con oportunidad o sin ella, y después de la misa daba una media hora de plática doctrinal, «siendo de advertir, comenta un religioso compañero, que nadie se salía del templo hasta terminar» (Mtz. Cuesta 235). Por otra parte, desde el primer momento, puso el mayor empeño en que sus diocesanos, los más capaces y los que sabían leer, colaborasen en estas tareas de evangelización y catequesis.

Para ellos compuso e imprimió, ya en 1894, las Instrucciones a los fieles de Casanare para ayudar a conseguir la salvación eterna a los que se hallan en extrema necesidad espiritual. Era un manual de sobrevivencia espiritual para situaciones de máxima dificultad. En él no había paja, sino todo grano, y buen grano. Particular atención prestaba el primer obispo de Casanare a la suerte de los niños que morían abortivos o prematuros, dando claras instrucciones para que siempre fueran bautizados a tiempo. Y decía: «Hoy es doctrina corriente que el feto es animado desde el momento mismo de la concepción». Hace un siglo él sabía lo que algunos aún ignoran.


Visitas pastorales

En noviembre de 1894, pasadas ya las lluvias, salió para realizar sus primeras y agotadoras visitas pastorales por pueblos y rancherías, viajando en caballerías o a pie, escasamente acompañado y ayudado. «Nos va a medio matar la visita, escribe, no siendo más que dos para todo. Es muchísimo el quehacer que se presenta entre confirmaciones, confesiones de sanos y enfermos, bautismos, casamientos y sentar todas las partidas. El padre Alberto [Fernández] trabaja bien, pero el trabajo es demasiado, aunque yo haga también de obispo, y misionero, y sacristán, y de todo, como tengo que hacer. Porque todo lo tenemos que hacer, por no encontrar por estos pueblachos elementos que ayuden» (27-12-1894). Cuántos obispos hoy en América se identifican con San Ezequiel Moreno en estos heroicos ministerios episcopales, los mismos de Mogrovejo...

«Una sola cosa es necesaria» (Lc 10,42), la glorificación de Dios y la salvación eterna de los hombres. Éste era el tema continuo del padre Ezequiel entre sus feligreses.

En su segunda Carta Pastoral de Casanare (cuaresma de 1895), escribe que la salvación es «lo único que importa, porque a ello está ligada la dicha eterna del alma, que no ha de perecer». Ahí ha de centrar el hombre todos sus empeños, y todo otro planteamiento es engaño y perdición. Y «no hay por qué temer que el pensar sobre el alma, sobre la eternidad y la otra vida retraiga al hombre de los bienes de la tierra, inutilice o atrofie sus talentos, frene el progreso y perjudique al comercio, a la industria, a las artes o las ciencias. Más bien, purificará la acción del hombre y consumirá cuanto de falaz, de injusto, de nocivo hay en las relaciones humanas. La vida de los santos es una prueba bien palmaria de todo esto».

La Revolución de los liberales le sorprendió en visita pastoral, y un miliciano malencarado le pidió el salvoconducto. Pero el padre Ezequiel no se dejaba amilanar fácilmente: «Yo no tengo otro pasaporte que mi anillo y mi pectoral. Soy el obispo de Casanare y estoy en mi territorio». Y a otro cabecilla que le reprochaba por su propaganda antiliberal: «No sabía yo que hubiese dos obispos en Casanare. Creía que era yo solo»... Poco después, los revolucionarios, vencidos, tuvieron que pasar a Venezuela, y el obispo hubo de ocuparse en remediar necesidades, y en poner paz y perdón donde había quedado rencor y odio.


Obispo de Pasto

Tras unos rumores de aviso, en febrero de 1896 llegó al Vicariato de Casanare comunicación oficial de que Mons. Ezequiel Moreno había sido nombrado obispo de Pasto. Poco después, en abril, fue ordenado obispo su sucesor en el Vicariato, el padre Nicolás Casas, y en seguida partió el padre Ezequiel a su nuevo destino, Pasto, a unos 900 kilómetros al sur de Bogotá.

La diócesis de Pasto, con unos 460.000 habitantes en una superficie de 160.000 Km2 (hoy 6.813 Km2), tenía 46 parroquias, cada una con su templo, 6 vice-parroquias y 56 capillas rurales. Contaba con comunidades de capuchinos y filipenses, y varias congregaciones femeninas. Los jesuitas dirigían el Seminario y los maristas tenían un colegio. Situada la diócesis al extremo sur de Colombia, lindaba con la república del Ecuador y con el océano Pacífico. La sede tenía una digna catedral y un decoroso palacio. No aceptó el nuevo obispo en su alcoba la cama principesca que allí había, y en su lugar puso un jergón de paja, acomodado a su costumbre.

Desde el primer momento, y durante sus diez años de ministerio episcopal, el padre Ezequiel se ganó el corazón de los pastusos, que le fueron siempre fieles, hasta en los momentos más adversos. Su obra pastoral fue muy considerable, y en ella cabe destacar, junto a sus agotadoras visitas pastorales, la promoción del Vicariato Apostólico del Caquetá, confiado a los capuchinos, y de la Prefectura Apostólica de Tumaco. Habremos, sin embargo, de limitar nuestra crónica a unos pocos aspectos de su vida y ministerio.


Maestro de la fe católica

A pesar de su situación periférica, en adelante las Cartas Pastorales del obispo de Pasto iban a resonar con fuerza en todo el país y aun fuera de él. Se daba la circunstancia de que el límite sur de la diócesis coincidía unos 600 kilómetros con la frontera de la república del Ecuador, donde la Iglesia, pasados los años del presidente García Moreno, sufría violenta persecución religiosa del gobierno liberal del general Eloy Alfaro, alzado al poder en 1895, y que también prestaba su ayuda a los intelectuales y a los revolucionarios liberales de Colombia...

Así las cosas, el padre Ezequiel, en su primera pastoral de 1896 como obispo de Pasto, afirmaba con fuerza, contra los liberales, la excelencia de la fe cristiana y los beneficios inmensos que ésta trae a los hombres y a los pueblos no sólo para la vida eterna, sino también para ésta. Únicamente la fe en Cristo puede traer al hombre salvación, en tanto que las esperanzas puestas fuera de Él o en contra de Él son engañosas y llevan al desastre.

La historia de un siglo ha demostrado «que el nombre de libertad no significa otra cosa que corrupción de costumbres; que el de igualdad es la negación de toda autoridad; que con el de fraternidad se ha derramado a torrentes la sangre humana; que ilustración es no tener Dios, ni religión, ni conciencia, ni deber alguno, ni vergüenza siquiera; y que progreso es llegar a ser iguales al bruto, sin pensar en otra cosa que en multiplicar los goces, poner toda la felicidad en disfrutar de la materia, y desterrar toda idea de espiritualidad».

Palabras del obispo de Pasto como éstas, que hoy producen malestar hasta en su biógrafo (Mtz. Cuesta 286-287), fueron un primer aviso alarmante para los liberales colombianos, que estaban entusiasmados con el proyecto de construir su patria no sobre la roca de Cristo, sino sobre la arena de sus propias ideas. Así las cosas, cualquier conflicto mínimo sería suficiente para que los liberales iniciaran el linchamiento moral del obispo de Pasto.

En la visita pastoral que realizó en 1897 a varios pueblos de la frontera ecuatoriana, trataron de disuadirle, temiendo que sufriera algún atentado. El padre Ezequiel le contaba a Mons. Schumacher, de quien en seguida hablaremos: «Pasó mucha gente de Tulcán [población ecuatoriana de la frontera] para confesarse con los padres, y daba compasión verlos llorar, cuando se acercaban a ellos y les hablaban. Entre tanto los del Ecuador hacían el ridículo de reunir tropas en Tulcán, temiendo la invasión dirigida por mí y por vuestra Señoría Ilustrísima» (11-8-1897).


Defensa de Mons. Schumacher

La diócesis de Pasto, más próxima a las ciudades ecuatorianas de Tulcán, Ibarra o Quito, que a las grandes ciudades colombianas, como Cali, Bogotá o Medellín, se veía habitualmente inundada de periódicos liberales ecuatorianos, y éstos, aparte de su acostumbrada dosis de mentiras y calumnias contra la Iglesia, desencadenaron una campaña vergonzosa contra Mons. Pedro Schumacher, obispo de la sede ecuatoriana de Portoviejo, expulsado del Ecuador y refugiado en la diócesis de Pasto, así como contra un grupo de capuchinos que había corrido la misma suerte.

El obispo de Pasto, en su segunda Carta Pastoral, del año 1896, salió en defensa de estos fieles ministros de la Iglesia, y denunció públicamente a dos periódicos ecuatorianos, El Soyri de Quito, y El Carchi de Tulcán. Ambos eran «ofensivos y perjudiciales a las almas», y por lo mismo prohibía a sus diocesanos «formalmente el leerlos y, con más rigor aún, el suscribirse a ellos, comprarlos y propagarlos». El mismo año, en su tercera Carta, dispuso lo mismo respecto de la Voz Evangélica que se publicaba en la propia ciudad de Pasto, desenmascarando las trampas del pretendido catolicismo liberal.

Estas dos pastorales causaron gran revuelo dentro y fuera de la diócesis. Los liberales comprendieron en seguida que era urgente desprestigiar al obispo de Pasto, y pusieron manos a la obra con entusiasmo. «Ahora, escribe el padre Ezequiel, toda la saña de esos periódicos es contra mí. Me han puesto y me ponen de vuelta y media. Números enteros no contienen otra cosa que insultos contra mí. ¡Bendito sea Dios!» (23-12-1896).

Por el contrario, los fieles de la diócesis y otros muchos cristianos prestaron al padre Ezequiel adhesiones entusiastas. Entre éstas, una de las más significativas fue la del propio arzobispo ecuatoriano de Quito, que se atrevió a publicar la primera de las pastorales aludidas en su Boletín oficial. En cuanto a los obispos colombianos, casi todos pensaban como el obispo de Pasto, y la mayoría le apoyó siempre públicamente. Pero ninguno hasta entonces había denunciado las persecuciones antirreligiosas de los liberales con la claridad y la fuerza con que él lo hacía, como él mismo lo confiesa a su superior religioso:

«He sido el primero de los obispos en hablar con esa claridad en estos tiempos, y si subieran los radicales, no sé si me darían tiempo para correr. Sacerdotes de otras diócesis me han escrito llenos de entusiasmo y lamentando que otros no hablen. Tengo una carta muy curiosa de un padre Lazarista colombiano, en la que me hace historia de lo mucho que ha trabajado para que algún obispo hablara como yo hablo, y del miedo, o cosa parecida, prudencia de los [sic] a quienes se dirigió. No fueron más que dos, y tengo confianza que no serían cobardes, llegado el caso. Gracias a Dios, no hay malos obispo por aquí» (19-3-1897).


Conflicto del Colegio de Tulcán

Antes de la llegada del padre Ezequiel, desde 1891, había en la diócesis de Pasto, en Ipiales, un colegio regido por don Rosendo Mora, un liberal, ex-religioso de las Escuelas Cristianas. Poco después los párrocos de la zona denuncian que niega la divinidad de Cristo, la virginidad de María, y que incurre en otras herejías y blasfemias. El obispo diocesano, Mons. Caycedo, tuvo, pues, que intervenir en 1894, mandando a sus feligreses, bajo graves censuras eclesiásticas, retirar a sus hijos de tal colegio. Así lo hicieron, y el colegio tuvo que cerrar. Mora persistió en su actitud, y antes de someterse a los tribunales, huyó al Ecuador.

Pero el problema no terminó ahí, pues Mora, en agosto de 1896, reapareció al frente del Colegio Bolívar en Tulcán, Ecuador, justamente al otro lado de la frontera. De hecho, casi todos sus alumnos provenían de la diócesis de Pasto, y sólo tres eran ecuatorianos. Ante esta situación, Monseñor Moreno se vió obligado en conciencia a renovar la prohibición dada por su antecesor, cuya resolución reprodujo en una Circular de diciembre de 1896. Y hubo de repetir la orden a los padres de familia, en febrero de 1897, bajo pena de excomunión.

Fue entonces cuando Mons. Federico González Suárez, obispo de Ibarra, diócesis a la que pertenecía Tulcán, puso el grito en el cielo, pero sobre todo en la tierra, en Quito y Bogotá, y en la prensa, alegando, también en varios memoriales enviados a Roma, que Mons. Moreno había invadido su jurisdicción abusivamente. Esta división escandalosa entre obispos católicos produjo inmenso regocijo en los medios liberales, que tomaron partido, lógicamente, por el obispo de Ibarra.


Primera intervención de Roma (1898)

El padre Ezequiel, que no tenía miedo alguno a chocar con el mundo –«el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14)–, procuraba evitar por todos los medios los choques con los hombres de Iglesia, y si el bien de los fieles lo permitía, prefería callar o retirarse. En aquella situación concreta, se limitó a enviar a la Santa Sede un escrito, pero fuera de eso prefirió guardar silencio:

«Esperar y nada más, escribe a un amigo, a pesar del ruidazo que han dado al asunto en el Ecuador. El pobre señor obispo de Ibarra anda preocupadísimo con la cosa, y habla, y escribe, hasta (según dicen) en periódicos liberales. Estos lo defienden todos. De aquí mandaron un escrito a un periódico de Guayaquil [Ecuador] a mi favor, pero sin yo saberlo, y lo he reprobado. No quiero ruidos, tratándose de otro obispo, y mucho menos, como he dicho, habiendo llevado la cosa a Roma, y teniendo que decidir allí» (24-2-1898).

Y al arzobispo de Quito le escribe: «Nunca me resolveré a discutir en los periódicos asuntos como el que nos ocupa, para no dar a los enemigos de la Iglesia el gran gusto de ver que discutan dos obispos sobre sus respectivos derechos, y, sobre todo, porque estando, como está, en Roma la cuestión, he creído, y creo, que debíamos esperar en silencio la resolución, y no anticiparnos a decidir cada uno por su cuenta... Los insultos de los impíos no me hacen miedo. Si en vez de insultos me prodigaran alabanzas, entonces sí tendría miedo, y examinaría mi conciencia, para ver en qué había faltado. Pero sí me preocupa la aflicción de los buenos, por una parte, y la risa de los impíos, por otra, y esto me hace desear un remedio, cueste lo que costare, por mi parte» (31-3-1898).

Mons. Enrico Sibilia, Delegado apostólico en Colombia, conocía personalmente a Mons. Moreno, y le estimaba y apoyaba en esta crisis, pero en Roma las cosas tomaban otro rumbo. El secretario de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, Mons. Luigi Trobetta, publicaba el 27 de abril de 1898 la sentencia dada sobre el asunto, totalmente favorable al obispo de Ibarra, en la que se mandaba «que el obispo de Pasto desista de su actitud belicosa contra el colegio de Tucán, y absuelva [de la excomunión], sin más demora, a los que ya incurrieron en ella».

El obispo de Pasto, cuando tuvo conocimiento de la sentencia, la aplicó inmediatamente (24-5). Y el 12 de mayo Mons. Giovanni Guidi, Encargado de Negocios de la Santa Sede en Ecuador, informaba a Roma muy negativamente sobre el obispo de Ibarra y el colegio de Tulcán...

Los liberales, conocida la sentencia romana, cantaron triunfo, y se burlaron de los católicos: aquella aprobación vaticana del colegio de Tulcán, decían, era una aprobación práctica del liberalismo. El clero de Pasto elevó a León XIII una exposición del asunto, haciendo ver que «estos enemigos declarados del magisterio infalible del Romano Pontífice, hoy lo invocan irónicamente para hacer creer a los pueblos que el Papa infalible acaba de autorizar las tantas veces condenadas doctrinas liberales» (21-7).


Renuncia a la diócesis de Pasto

Los obispos americanos, a fines del siglo pasado, debían realizar cada diez años su visita ad limina, y aquel año el obispo de Pasto estaba obligado a realizarla. Algunos le insistían en que debía recurrir la sentencia, pero él, que era tan atrevido ante los enemigos de la Iglesia, no quería en cambio crear a la Iglesia problema alguno, y se inclinaba más a renunciar a su diócesis y retirarse.

«Me han dicho, escribe a un sacerdote, que acuda de nuevo a la Congregación presentando nuevos datos. Pero como esto sería producir nuevos ruidos, de lo que soy enemigo, veremos si se presenta modo de arreglar la cosa sin esos ruidos, y sin que tenga por qué quejarse el Ilmo. señor Obispo de Ibarra. Si se tratara de otra persona, me importarían poco los ruidos. Pero se trata de un obispo, y hay que tratar el asunto con la mayor calma posible» (6-9).

Ese mismo día, el 6 de septiembre, Mons. Moreno presentó en la Santa Sede el documento de su renuncia. El día 10 le recibió León XIII, con el que pudo hablar, en latín, extensamente. El Papa no quiso hacer mención siquiera de la renuncia a la diócesis, y le recomendó acudir «de nuevo a la Sagrada Congregación». Así lo hizo, presentando el día 20 un largo memorial, acompañado de documentos. Hecho lo cual, partió hacia España para buscar misioneros y religiosas que quisieran ir a Colombia.


Roma confirma a Mons. Moreno

El 4 de noviembre emprendió regreso a Roma, donde halló que todo estaba más o menos donde lo había dejado. No acababan allí de entender el fondo verdadero del problema. Presentó, pues, nuevos memoriales el 1 de enero y el 1 de febrero.

«A una cosa tan sencilla le han dado un giro que no era de esperar. Ayer fue el padre Enrique al consultor» de la Sagrada Congregación, para entregarle un documento, «y por poco no le deja ni hablar, alabando lo bien que escribe el otro obispo [el de Ibarra] y fijándose sólo en que el colegio está en la otra diócesis, y que yo no debía condenarlo. ¡Como si esa fuera la cuestión! Yo presento la cuestión diciendo: Siendo el Rector del colegio un hereje público y notorio en la diócesis de Pasto, ¿puedo yo sostener la prohibición que dio mi predecesor a los padres de familia de Pasto de mandar sus hijos a oir las enseñanzas de ese hereje, por más que, huyendo de la justicia, dé sus lecciones en otra parte? He propuesto la cuestión clara y terminante, pero no se fijan en ella» (9-1-1899).

Por fin el cardenal Vanutelli, prefecto de la Congregación de Obispos, el 6 de febrero dio sentencia ajustada a ese planteamiento, afirmando que el obispo de Pasto «está en perfectísimo derecho de mantener la prohibición de su antecesor». Tras esto, en cuanto pudo, partió Mons. Moreno hacia España y Colombia. Su entrada en Pasto fue con arcos de triunfo y cantos, banderas y discursos, a los que tuvo que contestar con una Carta pastoral: «No os figuréis que deseemos ni queramos que esos honores terminen en nuestra pobre persona. El honor y la gloria son para solo Dios: Soli Deo honor et gloria (Sal 115,1)» (11-6).

En mayo de 1899, en la encíclica Annum Sacrum, dispuso León XIII que toda la humanidad fuera consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. La diócesis de Pasto y cada una de sus parroquias estaba consagrada hace años al Corazón de Jesús, pero Mons. Moreno quiso responder a la encíclica, promoviendo la construcción de un templo votivo, que las religiosas betlemitas atenderían (Cta. Pastoral 28-8).


Guerra civil y pacifismo claudicante

Ya desde fines de 1899 pudo verse que la guerra civil iba a encenderse en Colombia. Tropas ecuatorianas incursionaban en el sur del país, y sobre todo el gobierno del Ecuador prestaba su ayuda a las fuerzas colombianas rebeldes, que estaban impulsadas por el espíritu liberal y antirreligioso. Esta guerra civil tuvo, pues, de hecho, un carácter marcadamente religioso, y el obispo de Pasto publicó sobre el tema varias cartas y circulares, con el fin de que «se piense a lo católico respecto de la guerra actual» (14-2-1900).

La guerra, sin duda, es un mal que tiene su origen en los pecados de los hombres, y es un castigo que Dios permite para purificación de la nación. Es preciso, pues, arrepentimiento, oraciones y penitencias. Pero es necesario también empuñar las armas, y no prestar oídos a los liberales pacifistas, hombres que pasan por honrados y prudentes, «que con nadie se meten, como ellos dicen, que tienen sonrisas afectuosas para la Religión y sonrisas complacientes para sus enemigos» (ib.).

En efecto, «no ignoran los enemigos de nuestra santa Religión que el poderoso resorte que mueve a nuestros pueblos a acudir a los campos de batalla de un modo voluntario... es el convencimiento de la santidad de la causa que defienden, y por eso dichos enemigos acogen con indecible gusto y reproducen y reparten con profusión todo escrito que pueda apagar en algo ese fuego sacro que improvisa guerreros y forma héroes» (Circular 25-7-1900, extracto).

Es sólo una trampa. «Cuando los masones y liberales ecuatorianos y colombianos, mandados y empujados por Alfaro, Presidente masón del actual Gobierno ecuatoriano, nos acometían una y otra vez con barbarie y salvajismo; cuando nuestros soldados estaban hambrientos y próximos a desfallecer por falta de recursos; cuando no les quedaba otro aliciente para seguir en sus puestos, que lo santo y noble de la causa que defendían, ni otro motivo que su religión y su fe, salían en abundancia de todas partes escritos funestos, capaces de hacer desmayar a los más valerosos. Algunos de los mismos que nos hacían la guerra, recordaban que Jesucristo había predicado la paz; que su religión es de paz, y ¡paz, paz! gritaban, al mismo tiempo que alistaban tropas contra nosotros» (Circular 30-11-1900).

En la Pastoral de cuaresma volvió el obispo de Pasto a denunciar «las varias maneras con que muchos de los que se llaman católicos ayudan a los revolucionarios». Son éstos, siempre «moderados», que estiman la «tranquilidad pública» como el bien supremo. «Esos católicos tolerantes, condescendientes, blandos, dulces, amables en extremo con los masones y furiosos enemigos de Jesucristo, guardan todo su mal humor para los que gritan ¡viva la Religión! y la defienden sufriendo continuas penalidades y exponiendo sus vidas». Para ellos estos últimos son «exagerados e imprudentes, que todo lo comprometen, con perjuicio de los intereses de la Iglesia» (10-2-1901).


Segunda intervención de Roma (1901)

Terminó la guerra por fin, y ciertamente en la victoria del ejército colombiano sobre los liberales rebeldes y sobre los ecuatorianos cómplices tuvo buena parte el obispo de Pasto, con sus ardientes escritos. En ellos no hizo otra cosa que exponer la doctrina de la Iglesia acerca del liberalismo y las condiciones de la guerra justa, rechazando con Pío IX el pacifismo falso del principio de no intervención (Syllabus, 1864, proposición 62), o haciendo suyas las condenaciones de León XIII contra un americanismo deseoso de conciliar la Iglesia con el mundo (Testem benevolentiæ, 1899).

La enseñanza antiliberal del obispo de Pasto, tan clara y persuasiva, venía siendo la contrariedad principal de los liberales ecuatorianos y colombianos, los cuales sentían la apremiante necesidad de silenciarlo y apartarlo como fuese. Ocasión propicia para ello se les ofreció cuando, por aquellas fechas, la Santa Sede inició conversaciones con el Gobierno ecuatoriano, llevadas entre Mons. Pietro Gasparri, Delegado apostólico en el Ecuador, y el ministro José Peralta. Ellas dieron lugar a que, el 14 de mayo de 1901, el Delegado apostólico en Colombia enviase al obispo de Pasto un telegrama en el que le comunicaba que, en vista de esas negociaciones, «quiere Su Santidad que Usía. Ilma. se abstenga de toda publicación u otros actos cualquiera». Mons. Moreno quedaba así de nuevo descalificado ante la opinión pública desde Roma, como había ocurrido ya en 1898 con el conflicto de Tulcán.

Así lo interpretó el padre Ezequiel en cartas privadas: «No escribiré más, porque me dicen que no escriba, pero está pasando lo que pasó cuando lo del Colegio. Los liberales cantan triunfo, porque Roma ha corregido mi conducta y me ha impuesto silencio. Al periódico El Tiempo, de Guayaquil, le dicen, por telegrama, de Quito el 8 de mayo: “El Diario de hoy, en largo editorial, avisa que la escandalosa conducta del obispo de Pasto, fray Ezequiel Moreno, obligó al Gobierno a enviar a Roma los escritos y discursos de éste, pidiendo un remedio para que cesen en consecuencia. Hoy el ministro de Relaciones Exteriores ha recibido un cablegrama que dice que la queja ha sido atendida por el Pontífice, y que se han impartido al obispo Moreno las órdenes del caso”... ¿Qué hago yo de obispo de Pasto? Si tuviera dinero, iría de nuevo a Europa, a ver si me admiten la renuncia, o me rehabilitan de algún modo, porque aquí ¿qué provecho podré hacer? Los pueblos no saben más que esas cosas que se dicen del obispo y que el Papa lo ha hecho callar, porque los liberales se han quejado de él» (6-6-1901). «Para uno que sabe cómo obra la Santa Sede, tiene explicación el telegrama: Alfaro exigió indudablemente mi silencio para entrar en arreglos» (14-8-1901).

En julio le llega al obispo de Pasto un nuevo telegrama en el que se le ordenaba, más todavía, que interpusiera su autoridad para que sus diocesanos guardaran también silencio. Y en septiembre el Delegado apostólico, Mons. Antonio Vico, le hacía llegar una nota en la que le expresaba la satisfacción del Papa por su obediencia, le reiteraba la orden de seguir callado y le apremiaba a que silenciase «la campaña que el clero de Pasto ha emprendido contra el Gobierno del Ecuador»...


Nueva idea de renunciar a la diócesis

El padre Ezequiel envió una larga respuesta al Delegado apostólico, llena de humilde obediencia y de atrevida firmeza. Su argumentación era muy fuerte, pero no sabemos qué reacción produjo en Mons. Vico:

«Me parece del caso recordar como defensa de un cargo que estremece, que antes de que yo viniera a Pasto, los intereses de la religión estaban ya comprometidos y conculcados en aquella República [del Ecuador], puesto que su Gobierno había ya desterrado obispos y comunidades religiosas. No se dirá que fui yo causa para que el Gobierno del Ecuador perjudicara entonces los intereses de la religión, como no puede decirse que lo sea ahora de lo que ha hecho en contra de la Santa Iglesia, después de que se me impuso silencio. El senado del Ecuador ha rechazado con desdén y de un modo injurioso a la Santa Sede» los Protocolos establecidos entre Mons. Gasparri y el ministro Peralta. «Esos eran los intereses de la religión que se temió comprometiera el obispo de Pasto, y por eso se le hizo callar, cuando comenzaron las gestiones».

Por otra parte, «llegan del Ecuador a mi diócesis varios periódicos plagados de obscenidades y herejías», rebajando la autoridad de la Iglesia, con ocasión de los Protocolos rechazados, y «publicando los errores más crasos sobre la soberanía del Romano Pontífice y misión de sus Delegados. ¿Dejaré que mis diocesanos lean todas esas cosas con peligro de su fe, y perjuicio de los derechos de la Santa Sede?». Téngase en cuenta además que los diocesanos de Pasto, viendo a su pastor silenciado por Roma, quedan especialmente sujetos a caer en esos errores. «Este peligro de las almas que me están encomendadas me pide que hable, pero la Santa Sede me ha mandado callar en lo que se relacione con el Ecuador... En vista de esta situación me ocurre renunciar y salir de la diócesis». Pero tal decisión podría acrecentar la confusión y el escándalo, pues «si renuncio y me retiro de la diócesis, aumentará esa alegría de los impíos y considerarán su triunfo completo»...


El modo pastoral de combatir el liberalismo

A finales de 1901 pudo leer fray Ezequiel un libro publicado por el Vicario Obispo de Casanare, su querido paisano fray Nicolás Casas, Enseñanzas de la Iglesia sobre el liberalismo. Y en una carta privada lo comentaba diciendo: «Es una belleza en la parte teórica, pero una verdadera calamidad en la parte práctica. ¡Dios nos salve!» (12-8-1902).

Para refutar este libro escribe unas Instrucciones al clero de su diócesis sobre la conducta que ha de observar con los liberales en el púlpito y en algunas cuestiones de confesonario (1902), que fueron apoyadas y difundidas por los tres Pastores de su provincia eclesiástica, los obispos de Popayán, Garzón e Ibagué. Es quizá uno de los documentos más significativos de San Ezequiel Moreno. En él se perfila la figura clásica de aquellos santos obispos de la Iglesia, que se estrellaban contra el mal del mundo, y que con frecuencia acababan en la cárcel o el destierro.

A diferencia de Mons. Casas, enseñaba el santo obispo de Pasto que no sólo el liberalismo en abstracto, sino también el partido liberal, que le da su concreta fuerza histórica maligna, debe ser abiertamente denunciado e impugnado por la Iglesia. El liberalismo está haciendo estragos en el pueblo cristiano, y «por desgracia, se le ataca de un modo deficiente... Creen unos que a ese monstruo se le puede matar con abrazos y cariños; otros creen que hay que tratarle como a enemigo que es, pero este enemigo se lo forjan puramente ideal». Pues bien, «no es posible que muera ese monstruo ni con abrazos, ni dando golpes al aire, o a solas las ideas». Es preciso impugnarlo en sus encarnaciones históricas concretas, como es el partido liberal, y cuando lo exija el bien de los fieles, dando incluso los nombres de los liberales más peligrosos. «Jesucristo llamó raposa al rey Herodes, así, nominatim. San Juan, el apóstol de la caridad, habla nominatim contra Diotrephes. Y si San Pablo pudo encararse con Elimas el mago, y decirle lo que le dijo, ¿no podremos nosotros hacer lo que es menos que eso?»...

Mons. Vico, el Delegado apostólico, tenía a Mons. Moreno en mucho aprecio, pero, de todos modos, en este caso «no se pronunció. Tuvo alabanzas para los dos libros, y los dos los envió a Roma» (Mtz. Cuesta ib.). Por su parte, el Gobierno ecuatoriano, en 1903, envió a Bogotá a su vicepresidente para que gestionara la deposición del obispo de Pasto.

Conviene notar en todo esto que, como obispo, el padre Ezequiel seguía la misma norma para enfrentar todo género de males, tratáranse éstos del liberalismo o de otros abusos diversos, siempre que amenazaran la salvación de los hombres. Así le vemos actuar, por ejemplo, cuando en Sibundoy se produjo un grave conflicto entre los indígenas y algunos colonos blancos, que habían ocupado parte de sus tierras. Los capuchinos apoyaron a los indígenas, y los colonos se revolvieron contra los frailes. Inmediatamente el señor obispo de Pasto apoyó a frailes e indígenas. Tomó la pluma «y denunció los atropellos y abusos de algunos colonos, a quienes no dudó en citar con nombres y apellidos. Ellos eran los verdaderos culpables. Eran ladrones, porque se habían apropiado de cosas ajenas» (21-4-1903); +Mtz. Cuesta 457).


Paz y concordia

Tras los sufrimientos de la guerra, eran tiempos, así llamados, de paz, especialmente aptos para las concesiones más lamentables. El padre Ezequiel no las tenía todas consigo: «Ahora sí estamos ya en paz, o sin tiros, que no es lo mismo... Hemos estado ya de fiesta por la paz, pero no me ha calentado esta paz, y veo venir, no tardando mucho, un liberalismo moderado, peor que el violento» (13-1-1903). Ante esta situación de peligrosa ambigüedad, el obispo de Pasto se ocupó en mostrar claramente a los fieles la fisonomía de la engañosa paz del mundo, nacida de la cesión y la complicidad, al mismo tiempo que les animaba a procurar la paz verdadera, aquella que descansa en un orden verdadero, que sólo en Cristo se puede establecer (+Carta pastoral cuaresma 1903; Circular 25-11-1904).

Efectivamente, en estos años se avecinaba el arreglo político entre católicos y liberales con la renuncia a la confesionalidad del Estado. Es decir, la concordia nacional, procurada en Colombia por los liberales y por los católicos afectos a ellos, venía a reconocer que el bien común de la nación, en sus concretas circunstancias históricas, había de conseguirse mejor dejando a un lado la confesionalidad del Estado (hipótesis).

Por el contrario, el santo obispo de Pasto estaba convencido de que la confesionalidad cristiana del Estado, en un pueblo de inmensa mayoría católica, aunque pudiera dar ocasión a ciertos males, que podían y debían ser evitados, era sin duda preferible a la secularización del Estado, de la que ciertamente iban a seguirse males mayores (tesis). Por eso se oponía abiertamente a la concordia propugnada por los liberales.

Y «conste, decía, que no queremos ni pedimos guerra, al no querer la unión con los liberales para gobernar la nación. Sólo queremos que no se haga esa unión, porque es en perjuicio de la religión nacional, que es la católica, apostólica, romana... Eso no es querer guerra. Es hacer que la nación sea gobernada con los principios del catolicismo, a lo que tiene derecho la inmensa mayoría de los ciudadanos de la nación, que se precian de ser católicos» (Circular 14-9-1904). El veía claramente que la coalición de cristianos y liberales, de hecho, solamente era posible aceptando sin reservas, aunque sea poco a poco, todos los planteamientos de los liberales.

En septiembre de 1904, el obispo de Pasto publica una Circular en la que extiende a sus diocesanos la prohibición de leer el diario Mefistófeles, dictada por el arzobispo de Bogotá, Primado de Colombia. En esa Circular fray Ezequiel impugna de nuevo el concepto liberal de concordia y de paz, que no significan sino retroceso y perjuicio de los católicos. La alianza de tal concordia «debe llamarse cesión de los católicos por flojedad en su fe, o, lo que es más probable en algunos, por afición a la nueva vida de las sociedades, a las ideas modernas, al derecho nuevo condenado por los pontífices romanos... La concordia, tal como se está entendiendo y practicando, es una verdadera calamidad para la fe y la religión, y por eso clamamos contra ella desde un principio».

El santo obispo de Pasto, viviendo en un pueblo de amplia mayoría católica, condena la secularización del Estado desde un principio, esto es, decenios antes de que esta secularización se impusiera como elemento desintegrador de Colombia y de tantas naciones de la América hispana...


Linchamiento moral del obispo de Pasto

Los liberales colombianos, que habiendo perdido en la guerra estaban a punto de ganar en la paz, comprendieron en seguida que la concordia por ellos propugnada no era posible sin el previo aplastamiento del obispo de Pasto. Era necesario acabar de una vez con aquellas cartas pastorales y circulares que suscitaban el entusiasmo de los católicos, y eran publicadas y reimpresas aquí y allá, con el apoyo de un buen número de obispos.

La prensa liberal, dada la urgencia del caso, se aprestó con toda solicitud al linchamiento de fray Ezequiel. El primer biógrafo de éste, el padre Toribio Minguella, obispo de Sigüenza, recoge en su libro algunas muestras de la prensa agresiva. «Desde El Espectador, de Medellín, al parecer formal, y literariamente bien escrito, hasta el chocarrero Mefistófeles, la descaradísima Fusión, y tantos otros de igual o parecida estofa, apenas hubo periódico liberal, o con vista al liberalismo, que no clavase el diente de la calumnia en el Ilmo. señor Moreno».

El obispo Moreno era un fraile ignorante, incapaz de comprender las libertades modernas, y que para «firmar los mil disparates que publica en sus cartillas pastorales necesita de mano extraña». El pobre obispo de Pasto pertenece «a esa cáfila de frailes importados de España y rechazados hoy de allá y de todas las naciones civilizadas». Puede decirse que «su cerebro es la Montaña Pelada, en que el odio brilla con siniestros fulgores y las pasiones gruñen como gatos monteses encorvados»... (Biografía 340-345; +Mtz. Cuesta 517).

Por esas fechas, en conspiraciones de Bogotá, se intrigó cuanto se pudo en el Gobierno y en ambientes eclesiásticos para conseguir la deposición del obispo de Pasto, llegando a formarse una terna de candidatos a la sustitución. De Tulcán llegaban amenazas más claras: «Si no retiran de Pasto al fraile Moreno, ya sabremos nosotros cómo retirarlo». La eliminación física del padre Ezequiel era una posibilidad que sus enemigos no descartaban.

De hecho, en el Proceso apostólico de Tarazona, testificó el padre Julián Moreno que en una ocasión, al abrir la puerta de la habitación del obispo, encontró al padre Ezequiel y a un frustrado asesino que, arrodillado y todavía con el cuchillo en la mano, le pedía perdón (+Mtz. Cuesta 521).


Tercera intervención de Roma (1904)

En noviembre de 1904 un telegrama anunció a los obispos colombianos la llegada de Mons. Francesco Ragonesi, nuevo Delegado apostólico, en el que, además de comunicar la felicitación del Papa al presidente Reyes, se decía también: «Tiene también el encargo de asociarse al ilustre clero colombiano para trabajar en el sentido de ayudar y facilitar al jefe de la Nación colombiana sus esfuerzos en favor de la paz, del orden y de la Concordia, a cuya sombra la Iglesia gozará de libertad y garantías».

El padre Ezequiel leyó tal mensaje con alarma, previendo la suerte que se le avecinaba a Colombia. Y en cuanto a la suerte suya personal, en una carta privada expresa sus previsiones: «Recibí una carta, en que me dicen que el Excmo. señor Encargado de Negocios de la Santa Sede me escribía sobre el asunto de mi separación de aquí, que llevan los sectarios entre manos» (10-11-1904)...

Tal separación llega a serle intimada, pero en todo caso, Mons. Ragonesi, a las tres semanas de su llegada a Colombia, y sin oírle previamente, envía al obispo de Pasto unas instrucciones precisas, que, favoreciendo de hecho a los liberales, implican una censura de su conducta pastoral. Según ellas, debía abstenerse de toda intervención en temas de política y, atendiendo a los deseos del Papa, había de apoyar con todos sus medios, con los demás obispos, al presidente General Reyes (+Mtz. Cuesta 526-529).

En ese tiempo, tanto el cardenal Merry del Val, Secretario de Estado, como el Delegado apostólico, apoyan decididamente al General Reyes, presidente de la concordia. Como escribe el padre Ezequiel acerca del Delegado, «éste sigue con su concordia, apoyando a Reyes, y ya estamos viendo lo que da la Concordia: representantes, Ministros y empleados liberales» (3-3-1905).

Así las cosas, la instrumentalización política del telegrama antes aludido produjo gran confusión en los medios católicos. Varios obispos lo advirtieron y lo lamentaron, pero el obispo de Pasto, a 900 kilómetros de la capital, hizo algo más que lamentarse, y envió un telegrama al Señor Presidente de la República, precisando el sentido de la palabra concordia, y asegurándole que en modo alguno el Papa se reconciliaba con el liberalismo moderno.

El dicho telegrama cayó en Bogotá como una bomba, y el Gobierno, después de protestar ante el Delegado apostólico, envió un diplomático a Roma para que obtuviera la deposición del obispo de Pasto, que estaba en «completa rebelión contra la autoridad civil en su política concordista». Mons. Ragonesi se alineó rápidamente con el Gobierno, y envió un elocuente telegrama al lejano obispo de Pasto, blanco de las iras generalizadas: «¿Para la diócesis de Pasto no existe el orden jerárquico sabiamente establecido por los Romanos Pontífices, al enviar sus representantes cerca del Gobierno? Piense si con este sistema favorece los intereses socio-religiosos, y tenga la bondad de responderme» (9-4-1905).

Convocado a Bogotá el obispo de Pasto, Mons. Ragonesi le aplicó una «requisitoria detallada y severa». Como dirá aquél en una carta privada, el Delegado encontró un pecado en cada una de las palabras del telegrama (+Mtz. Cuesta 546). Así las cosas, por exigencia del presidente Reyes presentada por el Delegado apostólico, Mons. Moreno hubo de escribir una explicación pública de su nefando telegrama. Así lo hizo humilde y pacientemente, después de laboriosas redacciones y correcciones, y sin contrariar su propia conciencia.

Hagamos notar que en todas estas luchas tan enojosas el señor obispo de Pasto contó siempre con el apoyo de varios obispos, y sobre todo con la adhesión entusiasta de su clero y de sus feligreses diocesanos. En conjunto puede decirse que recibió aún más alabanzas que insultos, y por otra parte que éstos no le hacían mella alguna.

En uno de sus últimos documentos públicos, dedicado a mi amado y venerable clero, fray Ezequiel, comentando unos ataques de El Grito del pueblo, diario de Guayaquil, comenta: «Considero como elogios los insultos que lanza contra mí ese periódico que insulta al papado y ensalza a los enemigos de la Iglesia, y declaro que, si en vez de insultarme, me hubiera ensalzado, hubiera protestado en el momento contra lo que hubiese dicho en mi favor» (14-10-1905).


Santidad personal

Contando las aventuras del santo obispo de Pasto, apenas nos han quedado páginas para dar cuenta de su diaria actividad pastoral, tan intensa y fecunda. No hemos podido acompañarle en sus visitas a las parroquias, cuando animaba a los curas o se entretenía en las catequesis de los niños, sentado a veces con ellos en el suelo. No le hemos visto introducir la Adoración Nocturna, el mes de mayo dedicado a la santísima Virgen, los días 19 en honor de San José, ni hemos escuchado sus frecuentes homilías e instrucciones, con ocasión de retiros o reuniones. Tampoco le hemos seguido en sus visitas a los enfermos y a los pobres, que fueron siempre su amor predilecto... Esta vida pastoral ordinaria, y no su actividad pública más notoria, es lo que se llevó la mayor parte de sus días y de sus fuerzas.

Tampoco nos hemos asomado apenas al mundo maravilloso de su vida interior. Y aunque sea brevemente, hemos de subsanar ahora tan imperdonable omisión. Conocemos varias relaciones concretas de sus horarios acostumbrados (+Mtz. Cuesta 234, 301, 425), y por ellas sabemos que dormía, a menudo en el suelo, unas cinco horas, y que dedicaba diariamente a la oración unas seis horas, distribuidas desde las cinco de la mañana en diversos momentos del día. Durante la oración, como él mismo atestigua, el Señor le dejaba normalmente en el desierto de la aridez:

«Es lo ordinario que nuestro buen Dios me tenga amándole sólo con la voluntad, sin que este corazón sienta lo que la voluntad quiere. ¡Él sea bendito! No sé el tiempo que tendrá señalado para que yo le ame sólo a puro esfuerzo de voluntad, sin experimentar esos consuelos que tanto facilitan los caminos del sacrificio y que hacen de la tierra un cielo. Este cielo en la tierra no lo tengo» (Minguella, Biografía 446; +Mtz. Cuesta 447-448).

El amor del santo obispo de Pasto estuvo siempre centrado en el sagrado Corazón de Jesús, y fomentó siempre en los demás esta devoción, acentuando sobre todo la solidaridad de amor debida a los dolores internos de ese Corazón santo. Las duras y sangrientas penitencias con que afligía su cuerpo –cuando el padre Minguella las describe, tiene sobre su mesa los terribles cilicios y disciplinas que el santo usaba (+Mtz. Cuesta 448)– han de entenderse, antes que nada, como un modo de participar en los dolores del Corazón de Cristo, en los que se produjo la expiación suprema por el pecado del mundo.

«Yo quiero sufrir en tu compañía, con tu divina gracia. Yo me compadezco de tus agonías, y te las agradezco con toda mi alma y os amo, Jesús mío, os amo con todo mi corazón»... «Yo, Amado de mi alma, para imitaros, abrazo con el más tierno afecto los dolores, las enfermedades, la pobreza y las humillaciones, y las considero como hermosas partecitas de tu Cruz. Como vos, oh amor mío, quiero vivir pobre, ultrajado, menospreciado, adolorido, llagado de pies a cabeza, clavado con Vos en la Cruz. Y si os place, llegar en ella, como Vos, hasta el extremo de ser abandonado y privado de la sensible asistencia del Padre Celestial» (+Mtz. Cuesta 446-447).

Este amor al Crucificado es lo que explica en San Ezequiel Moreno, obispo, el atrevimiento sin límites de su acción pastoral, únicamente finalizada en el honor de Dios y el bien de los hombres. Y ese enamoramiento de Cristo es lo que da razón, igualmente, de la extremada pobreza personal de fray Ezequiel: pobreza, miseria casi, en sus ropas personales, escasas, viejas y remendadas; frugalidad en sus comidas; austeridad absoluta en sus viajes –absteniéndose a veces de visitar santuarios o familiares, o de acudir a restaurantes, alojándose en conventos pobres, o de socorrer a sus propios parientes pobres–; privaciones personales máximas para máximas limosnas a los pobres...

Él había hallado en Cristo su tesoro, y para adquirirle, se desprendió de todo (Mt 13,44). Con tal de gozar del amor de Cristo, todo lo demás le parecía nada y estiércol (Flp 3,8). Él, en medio de tantas persecuciones y miserias del mundo, e incluso del mundo eclesiástico, hacía suyo el convencimiento absoluto del Apóstol: «Nuestras penalidades, que son momentáneas y ligeras, nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente; y nosotros no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; porque las visibles son temporales; las invisibles, eternas» (2Cor 4,17-18).


Enfermedad y muerte

Se terminan ya las luchas del capitán de Cristo. A finales de 1905 una llaguita del paladar, que no se le quitaba nunca, fue el primer anuncio de un cáncer mortal. Muchos cristianos y comunidades religiosas piden al Señor por la salud del santo obispo de Pasto. «Yo no la deseo, escribe él, aunque tampoco la rechazo. Estoy muy conforme con lo que Dios nuestro Señor quiera, y, puesto que tanto se le pide, hay que descansar en lo que él quiera hacer. ¡Qué consolador es todo esto!» (27-10-1905).

Los tratamientos de su enfermedad son notoriamente insuficientes, y una comisión del clero diocesano –dos jesuitas, dos capuchinos, dos filipenses, el Vicario y otro sacerdote secular– vienen un día a exigirle que se vaya a Europa para recibir la atención médica precisa. El les atiende y parte el 13 de enero de 1906. Es operado en Madrid el 14 de febrero, y otra vez el 29 de marzo.

El doctor Compaired declaraba: «Me causó admiración extraordinaria la fortaleza de ánimo, el valor cristiano, la paciencia sin límites, la resignación placentera, la sumisión y obediencia admirables y la resistencia al dolor hasta el heroísmo santo, heroísmo de santo y de bienaventurado» que mostró el obispo de Pasto. A pesar de los muchos dolores, no perdía su humor de siempre, y así, cuando perdió casi completamente el oído, y el padre Minguella vino con otros a visitarle, les dijo: “Pueden murmurar de mí a mansalva, porque no oigo nada”» (+Mtz. Cuesta 568).

El 1 de junio es trasladado a Monteagudo, a morir en el convento donde había iniciado su vida de agustino recoleto, y allí escoge una habitación pequeña, con tribuna a la iglesia. Sus dolores son atroces, pero como declaraba su fiel acompañante, el padre Alberto Fernández, «en esta enfermedad es donde ha probado su virtud acrisolada... En todo el tiempo de la enfermedad no he observado un acto de impaciencia, y ni perder un momento su dulzura habitual y su modo de ser» (23-7-1906).

El 18 de agosto pasa una noche muy agitada. Hasta que a las seis de la mañana se sienta en la cama, arregla cuidadosamente las ropas, alisándolas y estirándolas bien. Otra vez tendido, sube la ropa hasta el cuello, y tras sacar los brazos, queda inmóvil un par de horas, en absoluta tranquilidad. Y a las ocho y media, teniendo 58 años de edad, descansa en el Señor. Su cuerpo incorrupto se venera hasta hoy en Monteagudo.


Última intervención de Roma (1992)

La muerte dió a fray Ezequiel Moreno Díaz el descanso eterno, y produjo también no pequeño descanso en muchos hombres del mundo y de la Iglesia. Efectivamente, en la historia de la Iglesia en América no es fácil encontrar un obispo que haya resultado tan molesto para el mundo –para el mundo hostil al Reino, se entiende– y para ciertos hombres de Iglesia. También es cierto que pocos obispos han alegrado y confortado tanto con sus acciones a los católicos fieles. Los obispos actuales de Colombia, que tanto han procurado la canonización de fray Ezequiel, saben bien que la devoción al santo obispo de Pasto permanece viva en aquel pueblo cristiano, que no le olvida.

Fray Ezequiel Moreno Díaz dió ocasión, también con su muerte, a un buen número de telegramas procedentes de Colombia, pero esta vez eran de sincera condolencia. En 1910 se abre el Proceso informativo en Tarazona, y años después en Manila, Pasto y Bogotá. En 1975 es beatificado por Pablo VI. Y el papa Juan Pablo II lo canoniza en Santo Domingo, el 11 de octubre de 1992, en el V Centenario de la evangelización de América.



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