martes, 26 de mayo de 2009

Sobre las Disciplinas - Juan Luis Vives

Sobre las Disciplinas
Juan Luis Vives

(1492-1540)

Material de Lectura Complementaria para la Segunda Clase Magistral del Curso sobre Historia del Pensamiento Moderno.


Prefacio a los Libros de las Disciplinas

Mientras andaba yo sumido en mi propio pensamiento de que no hay en la vida cosa más bella ni más excelente que el cultivo de los ingenios, cultivo formado por el conjunto de aquellas disciplinas que nos separan de la manera de vida de las fieras salvajes y nos restituyen a nuestra condición de hombres y nos elevan a Dios mismo, parecióme que debía consignar por escrito todas cuantas luces se me alcanzaran acerca de ellas. Yo creo, si no me engaño, que no ha sido por otra razón sino porque lo hicieron ya muchos de nuestros mayores. Y parecióme desde el primer momento que debía hacerlo con tal claridad y lucidez, que pudiera fácilmente ser entendido y retenido lo que fuere diciendo. Y en segundo lugar me pareció que ese tratado debía tener congruencia con la naturaleza de las cosas a tratar, hasta donde me fuera posible, porque el ingenio que ha ellas se aplicara, a medida que lo estudiaba y adelantaba en su conocimiento, hallase algún sabor y complacencia y de ahí resultase un mayor fruto en quien se consagre a aprenderlas. Procuré darles un carácter práctico, porque los ingenios sintieran aliciente por esos estudios ennoblecedores. Añadíles algunas lumbres y primores de buen decir, porque no era conveniente que materia tan bella anduviera vestida de ropas andrajosas, como también que los buscadores de literarias elegancias no se detuvieran perpetuamente en aquilatar voces y lenguas. Esto es lo que acontece regularmente, por hastío de la hórrida e infructuosa molestia que tenían que tragar larguísimo tiempo en el estudio de esas artes. Por este camino se llegará pronto a sacar provecho de las lenguas doctas que preparamos con tanta diligencia, porque contienen las disciplinas y porque tienen idoneidad de contenerlas.

Igualmente me esforcé por limpiar las artes de los posibles resabios de impiedad y traspasarlas de las tinieblas del gentilismo a las claridades indeficientes de nuestra santa religión, con el intento de demostrar que aquello que en la antigüedad engañó a los viejos escritores no fue por vicio del ingenio humano, como algunos piensan, sino por deficiencia suya personal. A este fin aduje razones idas a buscar en la Naturaleza, no en los oráculos divinos de la Sagrada Escritura, por no pasar con un salto imprudente de la filosofía a la teología. Si hasta cierto punto consiguiere mi propósito, no será ciertamente el fruto de este trabajo mío. ¿Qué utilidad mayor puede excogitarse que la de transferir a la ciega humanidad de las tinieblas a la contemplación de la luz, que tanto importa a todos, que sin ella fuéramos los más miserables de los hombres por toda una eternidad?. Y si por acaso algunos sospechaban verla mal, la puedan ver más llana y abiertamente y de tal manera que se persuadan que la ven lo más clara que pueda verse. Igualmente procuré evitar que ya desde las primeras letras, imbuidos en errores gentílicos, más tarde contaminemos con ellos nuestra santa religión; antes al contrario, ya desde los comienzos, luego al punto nos avecemos a las rectas y sanas persuasiones que poco a poco, y con el tiempo, vayan creciendo a medida que nosotros crezcamos.

Mas como haya quedado bien asentada la autoridad de los antiguos preceptistas en la enseñanza de las artes, y porque con ella no quedase perjudicado yo, el preceptor, ni con ella dañados los estudiosos que de buena gana y fácilmente se confían a la dirección de un caudillo acreditado, no tuve más remedio que particularizar los puntos donde yo creí que ellos habían caído en yerro. Con esta precaución pensé que más razonada y cómodamente podía tratar de las artes.

Metido en esa faena, he tenido que sostener hartas disputas contra los autores primitivos, no contra todos ciertamente, pues ello no tendría fin y resultaría por completo inútil, sino exclusivamente contra los más autorizados por un consentimiento tradicional. En este punto, si se me quiere creer, muchas veces me avergoncé de esta empresa mía y yo mismo condeno mi confiada presunción por atreverme a discrepar de unos escritores consagrados por los siglos, y singularmente de Aristóteles, cuyo talento en todos los ramos del humano saber, cuya industria, cuya diligencia yo admiro y venero con una admiración y veneración únicas.

Pero yo ruego a mi vez que nadie, por esto, me tache de ingratitud ni de temeridad. Siempre pensé que les éramos deudores del máximo reconocimiento, porque de todo cuanto pudieron acarrear con su sagaz desvelo, sin envidia y sin querella, nos hicieron generosa donación a nosotros, sus remotos sucesores, y si en algún punto desbarraron, hay que perdonarles la humana flaqueza en un desvarío común.

No cabe duda que es mucho más conveniente para el progreso de la cultura aplicar la crítica a los escritos de los grandes autores, que descansar perezosamente en la sola autoridad y aceptar sistemáticamente todo cuanto nos proporciona la fe ajena, siempre que anden lejos, muy lejos, del juicio y de la sentencia, lo que constituye su plaga y su destrucción, a saber: la envidia, el humor agrio, la precipitación, el descoco, la dicacidad truhanesca. No está tan agotada todavía ni tan desjugada la Naturaleza, que no dé a luz cosa semejante a los primeros siglos. La Naturaleza, que es la misma, es a sí misma siempre igual, y no raras veces, como por acumulación de fuerzas, se revela más vigente y más potente, como es razón que creamos que debe serlo ahora ayudada y fortalecida con una robustez que poco a poco fue acrecentando con el discurso de tantos siglos. ¡Cuán ancha puerta de acceso a todas las disciplinas nos abren los descubrimientos de los siglos anteriores y una tan continuada experiencia!. Tan ello es así, que parece que nosotros podemos, si aplicásemos el ánimo a ese empeño, opinar, en general, de las cosas de la vida y de la Naturaleza, mejor que Aristóteles, Platón u otro cualquiera de los antiguos, después de tan larga y constante observación de las cosas inmediatas y de las remotas que en su tiempo, por su fresca novedad, más les producían maravilla que no les acarreaban conocimiento. ¿Qué más?. ¿Por ventura el mismo Aristóteles no se atrevió a descuajar las opiniones de sus antecesores?. Y a nosotros, ¿nos estarán vedados el libre examen y la crítica honrada y franca?. Principalmente porque, como dice Séneca, con su habitual agudeza y discreción: "Aquellos que antes que nosotros promovieron esos estudios, no son nuestros amos, sino nuestros guías". La verdad es accesible a todos y no está aún ocupada completamente. Muy mucha parte de ella quedó reservada a los venideros.

Yo no pretendo que se me equipare con los graves autores de la antigüedad, sino que sus razones se contrasten con las mías y que no se me dé más crédito que el que me atribuya el convencimiento. Cuando el peso de los argumentos de los otros y míos se mantuviere en el fiel, fuera en mí demasiada petulancia no avenirme a reconocer la primacía de aquellos viejos escritores, sobre mí y sobre cualquiera de los autores modernos; porque tienen a su favor la comprobación de tan larga experiencia, acrecida y robustecida por otras nuevas y aún desconocidas. Por cierto, para no hablar más que de mi mismo, yo no querría que nadie se me adhiriese y se me pegase a mí como mi propia sombra. Jamás seré ni autor ni predicador de secta alguna, ni aun cuando se hubiere de jurar sobre mi palabra. Si en algún punto, amigos míos, os pareciere atinado mi parecer, sostenedlo por verdadero, no por mío. Esta posición os será útil a vosotros y a todos los estudios en general. El que por mí os peleareis, como gladiadores a mí no me aprovechará y redundará en perjuicio vuestro por las disensiones y los partidismos. Seguidores tenaces de la verdad, dondequiera penséis que está, colocaos a su lado; y a mí, ora estuviere en vida, ora el hado hubiere cerrado mis ojos, dejadme tranquilo con mi juez, a quien ha de complacer mi sola conciencia. Y ni siquiera dudo un momento que en eso que digo serán muchas mis equivocaciones, al sostener que los engañados fueron aquellos grandes hombres con quienes en modo alguno he de compararme ni en talento, ni en estudios, ni en conocimiento, ni en práctica. Y al revés de Aristóteles, que pedía gratitud por sus descubrimientos, yo pido venia por mis omisiones. Y así que yo suplico que interpretéis benignamente y deis fácil y bondadoso perdón a mis yerros, harto explicables en un arte nueva. Ninguna arte fue inventada y perfeccionada de un golpe. Si alguno se dignare pulir y acicalar mis rudezas y llenar mis defectos, acaso ésta que emprendo resultará una obra que pueda leerse con algún fruto.


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