lunes, 11 de marzo de 2013

El Último Progreso de los Tiempos Modernos: la Palabra Violada - Mario José Petit de Murat

El Último Progreso de los Tiempos Modernos: la Palabra Violada
Mario José Petit de Murat


Mario José Petit de Murat (1908-1972), "hombre completo y eminente" según Castellani, fue una estrella rutilante en el cielo de los dominicos argentinos e hispanoamericanos. Petit de Murat luce tanto por su cautivante prosa como por su capacidad de penetración psicológica. Autor prolífico y profundo conocedor de Santo Tomás de Aquino, escribió y enseñó Teología, Metafísica, Psicología, Filosofía e Historia del Arte. Porteño de nacimiento, se radicó en Tucumán, donde murió atendiendo una capilla rural en el Timbó Viejo.


- I -

Tengamos por cierto que hemos ido a la deriva. Muchas han sido "las lluvias, ríos y vientos" que la apostasía de Europa desató contra el Hijo del hombre desde el Renacimiento hasta nuestros días; como consecuencia se ha venido abajo con grande ruina todo lo que del cristianismo se intentara edificar sobre las arenas de la mediocridad, las tibiezas o los descuidos [1].

Es notorio que los tiempos renacentistas y posrrenacentistas están especificados por la reincidencia en el pecado, no en el individual, el cual se desgrana en cualquier rincón del mundo a cada instante, sino en el de la sociedad humana, pronunciando esta vez contra Dios no sólo Creador sino también encarnado y Salvador. En consecuencia, el demonio y la nueva iniquidad disponen de mayor experiencia para su astucia y, así, la malicia ha progresado bastante sobre las antiguas tácticas.

En efecto, la rebeldía moderna ha añadido una perfección capital a la iniquidad. Trataremos de esbozar, siquiera, lo que este enunciado entraña:

Nuestra época se mueve dentro del ámbito de un mal teológico; la anima la peor malicia, la de una apostasía. Si queremos lograr, no ya el género sino también la especie de dicho mal, hallamos que no se trata de una apostasía cualquiera, la que apartara, por ejemplo, de la noticia que la razón o alguna tradición cierta y remota pudiera dar de Dios. Lo que la civilización actual intenta negar es la encarnación del Verbo, además de todo el orden sobrenatural y temporal originado por Él en la tierra. Si frente a este hecho recordamos que la medida de un mal está dada por el bien que niega [2], se entenderá que nos encontramos en la hora actual, ante un abismo idéntico a la nada; pues si se niega el Verbo eterno ¿qué nos queda de Dios y de las cosas? Si se niega la Encarnación -la cual revela la decisión divina de asumir todo lo auténticamente humano- ¿qué puede quedarnos del hombre? Sobre todo: ¿en qué se convertirá el verbo humano si existe la resolución inflexible de emplearlo en contra del Verbo divino, a costa de desgarrarlo en los nexos con su fuente, analogía y ejemplaridad suprema, que es ese mismo verbo?

Ciertamente, la Edad Moderna ha obtenido al fin, tras su labor tenaz de agnosticismo y subjetivismo, corromper la palabra en sí. El lenguaje del hombre en todo tiempo, ha nombrado también conceptos, deseos y acciones inicuas; incluso cosas concretas dedicadas a la iniquidad (meretriz, Baal). Se pudo también mentir, pero se mentía con cosas reales que no eran tal como se las nombraba más en sus circunstancias que en su ser mismo; sin embargo, permanecía inviolada la relación del signo verbal con la cosa significada. Se decía "paz" y cualquiera entendía que se iba a dar una real tranquilidad en el orden concretamente existente; cuando un rey asirio ambicionaba dominar a otro monarca, enviaba una embajada comunicándole que le arrancaría los ojos y le cortaría las manos si llegaba a resistir y no rendirle vasallaje. En cambio hoy se dice "hombre" y se piensa que se puede estar nombrando a un animal sin mas; asimismo, si un gobernante llega a pronunciar la palabra "paz" el vecino entiende que se esta preparando para la guerra, y cuando un país quiere apoderarse del mundo entero, oprime, destruye y aniquila en nombre del amor que profesa a la fraternal convivencia de los pueblos.

Notemos que no se trata de una transformación etimológica, por la cual numerosos vocablos han derivado apartándose de su contenido original; v. gr. persona, villano. En este caso la mutación es operada por el consenso de todo un pueblo, cuyo genio verbal fluye tanto como las cosas en la realidad móvil del tiempo. La alteración que hoy padece la palabra es muy distinta; está sujeta a una doble intención que la violenta en el nexo del signo con lo significado. Al uno se lo mantiene suspendido en su significación primera, mientras se socava lo segundo con la contrariedad misma de lo que se significa; el vocablo justicia, por ejemplo, continúa sugiriendo la verdadera justicia, en cambio, por los caminos del derecho positivo puro se ha logrado inocularle subrepticiamente una significación de absoluto subjetivismo que comporta la activa violación diabólica de aquella.


- II -

¿Podremos pesar la magnitud de esta perversión? La palabra humana constituye la última perfección de las cosas sensibles [3]. Cuando nombra a una de ellas, la define, manifiesta su peso y medida ópticos y, por último, le señala su lugar en el orden del universo con respecto de las causas y dentro de las concertadas multitudes de las criaturas. Por eso se puede afirmar que el logos humano corona con una epifanía del ser al mundo sensible.

El modo de operar que la racionalidad añade a la inteligencia existe ante todo por causa de la esencia del ser corpóreo [4]. Éste -que no es sólo fenómeno ni, mucho menos, sólo materia- llama a esa peculiar inteligencia como a su término; allí completa su ciclo, pues un ser que no se consuma en inteligencia, es un ser incipiente, o bien, frustrado.

El ser físico se desgrana en miríadas de accidentes parciales y sucesivos. La materia "quanta" no admite una actualización -y por ende una manifestación- simultánea de todas las perfecciones contenidas en la virtualidad entitativa de una forma sustancial "recepta". Por esto la cosa sensible no es verbo de sí, nunca se pronuncia aquí y ahora en una plenitud actual.

En cambio, la inteligencia racional es potencia activa con respecto del ser; la única capaz, en la realidad sensible, de abstraerlo de la materia y poseerlo tal como es en sí, en su potencia primordial, depurado de las oscuridades que la causalidad coartante de la materia le imprime. Sabemos que ser e inteligibilidad son términos convertibles. El entendimiento humano tiene la propiedad de nombrar como suya a la esencia que fiel y pasivamente recibe de parte de la cosa. Esa fusión de lo inmutable de la realidad sensible con la inteligencia se llama intelección, de la cual procede una representación formal intelectual en que la esencia conocida es expresada; ésta es la species expressa, la idea: el verbum mentis. El entendimiento posible, con dicha respuesta activa conmensurada por la objetividad de la esencia aprehendida, se convierte en entendimiento actual y la cosa, a su vez, en inteligencia. El verbum mentis así obtenido por el primer acto de la intelección, es perfectible; el movimiento concatenado del raciocinio adquiere, luego, mediante el método y el análisis, precisiones que la simple aprehensión del ser, masiva, no puede aportar al concepto; si la argumentación ha sido suficiente, logra al fin discernir, entre la multitud de datos, las notas esenciales y formales. La inteligencia, entonces, con su acto más perfecto, el juicio, se ajusta a la cosa, afirmando lo que es o negando lo que no es, hasta el punto de consumar la unión más íntima que pueda darse entre dos cosas realmente distintas -la inteligencia y la realidad- y, a la vez, transformadas la una en la otra. Desposorio, éste, necesario; primer misterio donde toda cosa halla su reposo y se despliega en gloria. Ser y verbo: última y mutua perfección; tope final, pues no puede haber cosa más deseable, fruto más jugoso, que el ser y la manifestación del ser en el verbo. Es cuando se convierte en mirada de su rostro; luz interior donde las cosas ríen y trazan sendas de alas hacia el Principio inmutable.

Pero los caminos del conocimiento de lo sensible no paran en el verbum mentis ni en el juicio: se traducen en signo.

Los dos principios esenciales del hilemorfismo, fundidos eminentemente en la unidad de la esencia humana, racional, se llaman mutua y constantemente en todas las zonas del operar del hombre. Pues así como la forma sustancial recepta tiene una habitudo esencial hacia la materia, así también la species expressa tiene su vocación igualmente esencial por la realidad sensible y, con movimiento natural, retorna hacia ella, para signarla de alguna manera. Ése es un síntoma: el verbum mentis normalmente logrado siempre signa de alguna manera a la materia; si no presenta esa tendencia se ha frustrado, derramándose en las arenas del conceptualismo.

A esa causa se debe la abundancia ontológica que entraña todo vocablo: se descarga sobre él alguna plenitud esencial, la poseída por la idea que lo promueve.

En consecuencia, la palabra veraz alumbra el existir de las cosas temporales con abreviadas plenitudes. Aquí -en la realidad- la cosa entrega su ser en sucesión de accidentes; allá -en la palabra- lo ofrece entero y patente en el instante iluminante del signo. La manifestación es mayor en éste; en aquella, la carga entitativa.

Cuando se posee la palabra de esa manera, la realidad se corona con la epifanía de su propio fondo ontológico. Se producen entonces los grandes momentos de la poesía y las culturas típicas de envuelven con el halo de artes plétoras, henchidas de sentido. En cambio si se las concibe como un puro signo ad placitum, es violentada lo mismo que el violín en las manos de un Paganini o el piano en las de un Liszt. Este último trato es sintomático: el vigor vital de un pueblo ha muerto cuando su propio verbo le resulta un conjunto de términos convencionales. Las palabras, quebradas en sus relaciones transcendentales con las esencias, flotan sobre las olas del naufragio, como formas yertas, esquilmadas por los comerciantes y los periódicos.

La verdad es que el ser de un vocablo es pura estructura significativa, y tanto, que incluso su poca materia está, toda ella, embebida de intencionalidad, no arbitraria sino arraigada por sutiles analogías en las esencias mismas de las cosas [5]. El espíritu humano llega al prodigio artístico del lenguaje porque es obra del genio de un pueblo, no de un individuo; y brota de allí, gracias a esa abnegación de todo lo particular, como la expresión más equivalente a la índole espiritual de ese pueblo. Cuando uno de ellos, por el asombro, recibe al desnudo en sus entrañas el impacto del misterio del Cosmos, produce su idioma. Momento feliz de deslumbramiento y de juego donde el hombre liba las esencias y todo un pueblo es poeta que gesta con cada palabra una obra maestra y con las relaciones sutiles de los vocablos, otra mayor, más memorable.


- III -

La incursión llevada a cabo en el nexo del vocablo humano con la idea que lo origina, nos ha permitido descubrir la presencia analógica de ésta en la fonética de aquel, de manera que el solo pronunciar la palabra justicia anuncia a la inteligencia un esbozo de la verdadera justicia. Si expresamos esta conclusión a la inversa, es decir, negativamente, podemos afirmar que por mucho que varíe el lenguaje, nunca en una misma lengua, el término cama llegara a significar caminar.

Pues bien, el triunfo de la iniquidad moderna, su carcajada final frente al Verbo sangrante [6] consiste en que ha logrado clavar su aguijón en las junturas mismas del concepto con su vocablo. Este último ha sido robado para violarlo e imponerle el feto de una significación precisamente contraria, que desde dentro le devora su propio ser significante; se explota su sentido original para inocular en la mentalidad de los pueblos la idea adversa a lo que él necesaria e inmediatamente sugiere.

Basta traer a colación los términos justicia, libertad y liberalismo para entender hasta qué punto es perversa la corrupción introducida hoy en el lenguaje.

Nombra el primero la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno lo suyo; el segundo, la responsabilidad de determinarse a sí mismo en el orden operativo y en el mar casi infinito de los medios hacia el único fin -el sumo Bien- que conforma esencial y exhaustivamente a la naturaleza humana; el tercero, a aquel que comunica sus propios bienes con el prójimo, sin olvidar la justicia.

Para el moderno, por el contrario, la justicia significa la facultad de exigir derechos propios, absolutos y subjetivamente instituidos, frente a los de los otros, también absolutos y subjetivamente instituidos. La libertad es la facultad omnímoda del hombre concebido como principio de sí mismo, con el absurdo consiguiente de que su acción es tal que plasma su existencia en esencia y finalidad ulteriores a esa existencia. El vocablo liberal, por último, es quizás el que padece mayor violencia interior; tanto cuanto por sí designa a aquel que sirve el bien desde las precisiones de la justicia, en la boca del moderno, sea vulgo, sea pensador de este siglo, nombra al más hosco detractor y destructor de la verdad y del Bien que jamás haya existido; al apasionado amante de las tolerancias que puedan liquidar todo lo que el Verbo divino haya construido en los hombres, ya en la recóndita mansión del alma y la mente, ya en la complexión social y en las disciplinas humanas. En resumen, llámase liberal a aquella mentalidad tan baja, que considera amplitud de criterio su repugnancia al misterio y su sistemática liquidación de todo lo grande que la plana inteligencia del mediocre no puede entender; la cual sobre todo, eriza sus libertades y forma cordón policial nada más que en derredor de Cristo y su Sangre; en cambio, toda pirueta hacia la negación de los perennes valores divinos y, también, humanos, cuenta con su sonrisa de bonachón.


- IV -

¿Y las consecuencias del pésimo delito?

No esperemos hallar flores de impunidad sobre el sepulcro de la palabra violada.

Corre el frío de la muerte por la médula del alma cuando se piensa que la mentira anida en el interior del lenguaje del hombre moderno.

Las consecuencias son inabarcables. Por el género donde se desarrolla ese mal, sus efectos son inmediatamente deletéreos de lo humano. Aunque éstos se irradien, incalculables, en todo sentido, se pueden condensar en una sentencia aún inaudita: el hombre no es. Su lugar está ocupado por el hervidero de su gigantesca descomposición.

Las cosas todas, también el hombre, dependen, esencialmente, de la verdad ontológica [7]. Por consiguiente aquella mentira que, en la intencionalidad del hombre, impida la posesión de la verdad ontológica, veda también al hombre la posesión de toda realidad. Así las intenciones y el operar humano quedan desamparados de la presencia de lo real; en una palabra, su operar estará vacío de realidad. Sus obras son, entonces, obras de maldición, repudiadas por la densidad óptica del universo.

Estamos en medio de niños que han escuchado la palabra mancillada por la contradicción interna, desde su cuna. El material plástico, el signo típico de la mentira moderna, hoy ablanda sus juguetes, la vajilla de su mesa, todos los ídolos que admiran. Porque este mundo ha perdido por completo el contacto con el caudal óptico que transita la materia, llega a llamar material plástico al material más miserable; al despojado de toda plasticidad. Por eso nuestros niños, cuando les toca el turno de inmolarse a los torbellinos vacíos de una civilización más perversa que la de Cartago, llaman amor a una pasión obstinada que destruye lo amado, y libertad a la potestad de contraerse hacia un mundo que los asfixia.

La confusión ha impregnado, como aceite derramado, los sentidos más recónditos del verbo humano, hasta el punto de desposeerlo de sus repercusiones cargadas de sugerencias y analogías. Tratamos palabras profanadas y muertas. Por eso hoy se da el hecho diametralmente opuesto al del nacimiento de un idioma. Éstos nacen en momentos frescos, en albas poéticas, de fervoroso encuentro del hombre con el universo. En cambio nosotros estamos viviendo días desprovistos de venas esenciales; tiempos opacos terriblemente mudos: la poesía y la filosofía ha muerto. No disponemos de signos veraces. La confusión ha engendrado, al fin, un lenguaje; el propio de la ramera y el mercader, soberanos del mundo actual.

La misma Teología no deja de padecer la letal infección de algunas herejías o una residual sedimentación de todas ellas en cuanto los teólogos divulgadores intentan modernizarla.

La confusión inoculada es tal que hablamos palabras mentirosas aunque no queramos: se dice "hombre de Dios" y se concibe una criatura aniquilada; en cambio, se pronuncia "Humanista" y se piensa en un hombre bien afianzado en la realidad; y lo que en otro tiempo se llamaba lisa y llanamente pecado original, en la actualidad se denomina "Humanismo"; porque así se nombra a la sustancia de aquél, rediviva hoy. El dedicarse a la exaltación de las potencias, derechos, recursos del hombre y de las cosas en sí, dejando en segundo plano lo principal, la necesaria subordinación de todos ellos a la trascendencia de Dios, lleva ese nombre desde el Renacimiento hasta nuestros días, con el fin de que se pueda desarrollar a sus anchas, recibiendo incluso los servicios de más de una mentalidad que dice, por otra parte, no reconocer otro Señor que el Cristo y su Iglesia.

La comodidad moderna tampoco carece de nombre encubridor de los efectos que produce en las regiones del alma. Ella relaja las energías del cuerpo y del espíritu hasta el punto de quitar al hombre toda aptitud de esfuerzo; de esta manera sume a la inteligencia y a la voluntad en marasmo que le impide, como al paralítico de la piscina Probática [8], levantarse y andar, esforzado, en pos de las gracias hasta alcanzar las aguas vivas interiores de la verdadera caridad. A esa parálisis del espíritu, por cierto alarmante, se la llama "camino de abandono"; y al no saber orar se lo clasifica como "oración de quietud" [9].

Pero es en el vocablo Dios donde se ha arremolinado con más saña la intención de corromper el lenguaje. La apostasía moderna, como resultado final de la multiformidad de sus manifestaciones (verdadera cabeza de Medusa), ha logrado, para nombrar al Señor de cielos y tierra, la palabra deshecha en el mayor grado de equivocidad posible. La libre interpretación de los datos revelados se ha afirmado con tanta insolencia, que cuando se dice Dios, hasta el común de los católicos, entiende un ser infinitamente pasivo del hombre, susceptible de ser modificado de manera incondicionada por las convicciones, el temperamento e inclinaciones particulares de cada individuo. Gracias al trabajo de erosión de las herejías modernas, el Nombre Santo es hoy un puro equívoco; cuando un israelita, un masón, un ateo materialista, un católico "tolerante" y un "testigo de Jehová" se reúnen para planificar "la ciudad polivalente", si alguno de ellos llega a pronunciar de paso la palabra Dios, todos los otros sonríen benévolos, porque cada uno, a propósito del nombre vacío, ha podido pensar cualquier cosa o, lo que es más perfecto, no ha pensado en nada.

Al final de cuentas no sabemos en cuántos que dicen vivir, la Verdad que da vida, es idea muerta.


- V -

El mentiroso, para convencer, recurre a la locuacidad; de allí pasa a la gesticulación y llega, por último, al paroxismo si tiene que pedir socorro porque su mujer ha ingerido veneno o su casa se incendia. Así está le hombre: se resuelve en paroxismo de radio, periódicos, propaganda y televisión. Todos vociferan, pero es en vano: nadie cree a nadie. Se busca más producir efectos que impresionen por algún momento el apetito, no pronunciar palabras que pesen tanto como la verdad. Aunque se quisiera, no se las encuentra, pues cualquiera de ellas lleva latente en sí misma, su contradicción. Todo hombre siente hastío por el verbo humano menoscabado, rehollado. La época, al perderlo, muestra al desnudo su valor y necesidad. Siempre pasa así: el hombre aprecia un bien sólo cuando lo pierde; mientras lo posee abusa de él; y hoy se ve hasta qué punto fueron incalificables las torpezas cometidas con la palabra por el Iluminismo y el Romanticismo; por el Humanismo decadente de nuestros días. Los espíritus cultivados que aún existen, perciben el silencio muerto de la alta ausencia, del verbo desflorado, y callan.

Se vocifera para convencer a alguien, pero más valdría callar: el hombre moderno, así nombre sus propios ojos, es un sordomudo dotado de gritos vacíos, lanzados contra un Universo intacto que se le ha clausurado; contra el otro hombre que está como un esquema remoto, desdibujado por la muchedumbre que lo connota, obsesiva, días y noche.

Si dice blanco, al instante puede decir negro sin que nadie se conmueva; cuanto más habrá alguno que lo comente de paso levantando los hombros; una indignación apoplética se encenderá, en cambio, en el único caso de que el negro en el lugar del blanco llegue a perjudicar algún negocio. Este estado de cosas se debe a que cuando dijeron mono y se entendió hombre no hubo quien lavara la afrenta inferida a la inteligencia, sino que asintieron sonriendo, pues tal vez, aunque a costa de una última humillación, había llegado la hora de liberarse de Dios. Pero tanta fue la euforia, que no notaron que allí también está el Señor. Queriendo desatarse de Él, lo único que hicieron fue dejar la zona de su misericordia para entrar en la de su justicia, ya que renegando de su condición de hijos del Altísimo, de inmediato obtuvieron, en eso mismo, el castigo, pues quedaron aherrojados, nada menos que en las convicciones de sus mentes, al animal más asqueroso de la escala zoológica.

En consecuencia, el mundo está infectado de demonios y el síntoma de que el hombre dice una palabra y se entiende, por lo menos, dos cosas distintas, manifiesta que ha llegado el turno de aquel que se complace en reducirlo a la condición de un sordomudo. El otro indicio del endemoniado del Evangelio también abunda en los dramas de los individuos y de los pueblos; así andan, cayendo unas veces en el fuego y otras en el agua [10].

Según el Señor Jesús tal género de espíritu inmundo es echado fuera sólo con la oración y el ayuno. Siendo, en este caso la palabra la ultrajada, el ayuno que cabe es el silencio.

Cuando el hombre calla, Dios habla; y ¡cuánto tumulto y blasfemia, afrenta y llaga tiene que acallar el hombre para que Dios hable!

Únicamente el silencio lava al alma en las aguas de las esencias, las causas, la Trinidad desbordante. Y sólo allí la palabra llagada reposa y rehace su transparencia significativa como el vino cuando el mosto se asienta.

¿Habrá almas capaces de hundirse en la noche del silencio; de levantar bajo la desplegada mansión de la Voz, las altas cimas del hombre, las que presencian el Orden? El bautizado en su centro, hace suyo el arcano escondido desde la fundación del mundo: el Verbo está en la carne y en la llaga de la carne. Mas, habiendo entrado en las llagas, buscándonos, sin embargo calla en la casa de Herodes, el Usurpador; ausenta su mirada y su voz ante el padre de este siglo.

Sólo los capaces de borrar en sus corazones la gritería del mercado con las luces del desierto, tendrán poder contra los demonios que se resulten en vaciedad y blasfemia al mundo moderno. Si ese linaje del Espíritu ya no se levanta desde el bautismo y el llanto de la Iglesia, peor para este siglo: sobrevendrá un silencio de cenizas lívidas durante tiempos únicamente conocidos por el Padre. Luego, la multitud de las aguas que brotan de su Trono encenderá una vez más el alba y, desde hierbas nuevas, ascenderá hasta el corazón del que Es, fue y será, el hilo del canto glorificante: el de la palabra que nombra y ordena en el Verbo, las trémulas criaturas de la Tierra.







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Notas: 

[1] S. Mateo VII, 26-27: "Y todo aquel que escucha éstas, mis palabras, y no las cumple, se asemeja a un hombre estulto que edifica su casa sobre la arena: Y cayó la lluvia y llegaron los ríos y soplaron los vientos e hicieron irrupción en esa casa; con lo cual cayó y su ruina fue grande".

[2] Un mal se encuentra en el mismo género del bien que niega, porque no es otra cosa que la privación de una perfección debida; toda privación no puede tener otra medida y género, en sentido negativo, que la medida y género que pertenece, en sentido positivo, al bien del cual carece. Por eso se dice que la corrupción de lo óptimo es pésima, ya que la descomposición de una brizna se percibe apenas; en cambio, resulta notable la corrupción de un organismo superior. Pasando al espíritu, más aún: la iniquidad de Judas está conmensurada por la existencia de Jesús; si Éste no hubiera existido, aquel tampoco lo podría haber negado.
Por eso, es grave la falacia de los filósofos de la Historia que quieren juzgar la Era moderna por leyes inferidas del estudio de los ciclos paganos. Nuestros tiempos de ninguna manera podrán ser paganos, pues estamos frente a un planteo del Bien radicalmente distinto a aquel que animó a las civilizaciones precristianas. Nuestros pueblos al querer serlo se ven abocados a la tarea previa de oponerse a la presencia de Dios injertada en lo humano y en la tierra con una especial voluntad de asunción; han de caer, ante todo, del mundo moderno, no cosas accidentales, sino las esencias recapituladas en Cristo por la labor de la Iglesia. Es fácil entender que semejante esfuerzo reviste un sentido de suicidio, el más trágico que ha podido ocurrir a la Historia humana. Para destruir la estructura cristiana en las cosas asumidas por Cristo, es necesario destruir las esencias de ellas. Ese es el signo de la soberanía absoluta del Salvador; cuando obra, lo hace en el lugar donde sólo Dios puede operar; su acción sigue el orden del ser: primero lo esencial, luego lo accidental y lo operativo.

[3] Nótese lo arduo de la cuestión que la palabra humana propone a la Filosofía. Aún no se ha estudiado su eficacia. Se la ha clasificado entre los signos "ad placitum" sin mayores distinciones; en realidad la palabra y otros signos, imponen la verdad de que, entre el signo formal y el "ad placitum" se extienden grados en que el uno participa de las propiedades del otro. El poder de la palabra, en los tiempos actuales, para infundir la confusión en la profunda intimidad de la mente, revela una eficacia desconocida hasta este momento.

[4] Santo Tomás, Sum. Theol., I, q. LV, a. 2, c.: "Y esto mismo se echa de ver en el modo de ser de las sustancias. Las espirituales inferiores, o sea las almas, tienen un ser afín al de los cuerpos en cuanto que son formas de los cuerpos: por esta razón su mismo modo de ser les impone que obtengan de los cuerpos y por los cuerpos su perfección intelectual; de otra manera su unión sustancial con los cuerpos, sería vana". Si la inteligencia humana, mediante su modo de ser racional, recibe de los cuerpos lo inteligible, de manera adecuada, es con el fin de que tenga el modo de operar proporcionado a ellos y sea también, recíprocamente, la inteligencia adecuada de los cuerpos.

[5] Entre los hebreos -pueblo compenetrado de la carga de realidad que trae consigo el signo hablado- el vocablo "dabar" significa simultáneamente "cosa" y "palabra".

[6] "Agreden al cielo con sus bocas y la lengua de ellos lame la tierra" Salmo LXXIII, 9 (N. Trad.)

[7] La verdad ontológica causa y conmensura las esencias de las cosas concretas; éstas son en el orden de lo real lo que aquella es en el orden de las ideas seminales del Creador. Las cosas existen por la conformidad de ellas con la Inteligencia indefectible que las origina. Por eso negar o afrentar la verdad ontológica como lo ha hecho la filosofía moderna y la mentalidad contemporánea, no logra modificar la realidad sino negarla y afrentarla. El fruto no puede ser más desolador: el hombre queda privado, no de un bien particular o de un sistema de ideas sustituible por otro sistema de ideas, sino del peso real de las cosas mismas.

[8] S. Juan V, 1-9

[9] No se impugna en este lugar "el caminito del santo abandono" de Santa Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz, el cual continúa sin duda, las prácticas heroicas de los mayores santos. Contiene un ascetismo vigoroso y constante, semejante al de los Padres del yermo, sostenido por el más puro ejercicio de las virtudes teologales. "El abandono a la gracia", mencionado, es el remedo del camino teresiano, pues el afán de adaptar las disciplinas cristianas al mundo moderno y a la mentalidad vulgar, no podía dar otro resultado: todo se ha aflojado y reducido al mínimo hasta el punto de considerar abandono en las manos de Dios, a la incuria espiritual, a la ausencia de todo esfuerzo personal. Se descansa en el "ex opere operato" de los Sacramentos, olvidando que éstos producen sus efectos en la medida de las disposiciones favorables e intensivas que encuentren en el sujeto. Otro tanto se puede decir de la "oración de quietud" de Santa Teresa de Ávila.

[10] S. Marcos IX, 13-28.





Fuente: AAVV, "Ensayos Filosóficos. Homenaje al profesor Manuel Gonzalo Casas (1910-1961)", Ediciones Troquel (Colección "Diálogos del Presente"), Buenos Aires 1963, págs. 85-95.



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