jueves, 3 de septiembre de 2015

Crisis y Tiranía de la Modernidad - Benedicto XVI / Joseph Ratzinger

Crisis y Tiranía de la Modernidad
Benedicto XVI / Joseph Ratzinger


Antología de textos realizada por el P. Javier Bocci para el Centro Pieper.


Modernidad: crisis de la razón

La crisis de la modernidad no es sinónimo de insuficiencia de la filosofía, al contrario, la filosofía debe comprometerse en un nuevo camino de investigación para comprender la verdadera naturaleza de semejante crisis e identificar nuevas perspectivas hacia las cuales orientarse. La modernidad revela una cuestión antropológica que se presenta de modo mucho más complejo y articulado que los últimos siglos. La modernidad no es un simple fenómeno cultural con una fecha histórica determinada, en realidad implica un nuevo proyecto que pretende una comprensión más exacta de la naturaleza del hombre. No es difícil encontrar en autorizados pensadores contemporáneos una reflexión honrada sobre las dificultades que impiden la solución de esta crisis prolongada; el crédito que atribuyen a la religión, y en particular al cristianismo, es un signo evidente del sincero deseo de que la reflexión filosófica abandone su autosuficiencia.

Mi propuesta consiste en “ensanchar los horizontes de la racionalidad”. Parto de una profunda convicción, que he expresado muchas veces: «La fe cristiana ha hecho su opción categórica: contra los dioses de la religión a favor del Dios de los filósofos, es decir, contra el mito de la sola costumbre a favor de la verdad del ser» (J. Ratzinger Introducción al cristianismo III). Esta afirmación, que refleja el camino del cristianismo desde sus albores, resulta plenamente actual en el contexto histórico cultural que estamos viviendo. En efecto, sólo a partir de dicha premisa, que es histórica y a la vez teológica, es posible salir al encuentro de las nuevas expectativas de la reflexión filosófica. También hoy es muy concreto el peligro de que la religión, incluso la cristiana, sea instrumentalizada como fenómeno subrepticio.

Pero el cristianismo “no es sólo un mensaje informativo, sino performativo” (cf. Spe salvi 2). Esto significa que desde siempre la fe cristiana no puede quedar encerrada en el mundo abstracto de las teorías, sino que debe bajar a una experiencia concreta que llegue al hombre en la verdad más profunda de su existencia. Esta experiencia, condicionada por las nuevas situaciones culturales e ideológicas, es el lugar que la investigación teológica debe valorar y sobre el cual debe entablar un diálogo fecundo con la filosofía. La comprensión del cristianismo como real transformación de la existencia del hombre, por una parte impulsa la reflexión filosófica a un nuevo enfoque de la religión, y por otra la estimula a no perder la confianza de poder conocer la realidad. Por tanto, la propuesta de ensanchar los horizontes de la racionalidad no debe incluirse simplemente entre las nuevas líneas de pensamiento, sino entenderse como la petición de una nueva apertura a la realidad a la que está llamada la persona humana en su uni-totalidad, superando prejuicios y reduccionismos. El nuevo diálogo entre fe y razón que se hace necesario hoy, no puede llevarse a cabo en los términos y modos como se realizó en el pasado. Si no quiere reducirse a un estéril ejercicio intelectual, debe partir de la actual situación concreta del hombre, y desarrollar sobre ella una reflexión que recoja su verdad ontológico-metafísica.

Discurso a Simposio de profesores universitarios, 7 de junio de 2008 [L’Oss. 20/6/08].


Verdadero y falso humanismo

El actual cambio cultural se considera a menudo un desafío a la cultura de la universidad y al cristianismo mismo, más que un horizonte en el cual buscar y encontrar soluciones creativas. La ardua tarea que esto plantea requiere una reflexión profunda sobre algunas cuestiones fundamentales. En primer lugar hay que mencionar la necesidad de un estudio exhaustivo de la crisis de la modernidad, toda vez que durante los últimos siglos la cultura europea ha estado condicionada fuertemente por la noción de modernidad. Sin embargo la crisis actual tiene menos que ver con la premisa de la modernidad fundada en la centralidad del hombre y sus preocupaciones, que con los consecuentes problemas planteados por un “humanismo” que pretende construir un regnum hominis separado de su necesario fundamento ontológico. Una falsa dicotomía entre teísmo y humanismo auténtico, llevada al extremo de crear un conflicto irreconciliable entre la ley divina y la libertad humana, ha conducido a una situación en que la humanidad se ve profundamente amenazada por todos sus progresos técnicos y económicos, preguntándose si el hombre en verdad ha progresado humanamente. El antropocentrismo que caracteriza a la modernidad no puede separarse jamás de un reconocimiento de la plena verdad sobre el hombre, que incluye su vocación trascendente.

Una segunda cuestión implica el ensanchamiento de nuestra comprensión de la racionalidad. Una correcta comprensión de los desafíos planteados por la cultura contemporánea, y la formulación de respuestas significativas a esos desafíos, debe adoptar un enfoque crítico de los intentos estrechos y básicamente irracionales de limitar el alcance de la razón. En cambio, el concepto de razón tiene que “ensancharse” para ser capaz de explorar y abarcar los aspectos de la realidad que van más allá de lo puramente empírico. Esto permitirá un enfoque más fecundo de la relación entre fe y razón. El nacimiento de las universidades europeas fue fomentado por la convicción de que la fe y la razón están destinadas a cooperar en la búsqueda de la verdad, respetando recíprocamente su naturaleza y autonomía, pero trabajando juntas de forma armoniosa y creativa al servicio de la realización de la persona humana en la verdad y en el amor.

Una tercera cuestión que es necesario investigar, implica comprender la naturaleza de la contribución que el cristianismo debe dar al humanismo del futuro, e idear medios eficaces para anunciar a la cultura contemporánea el realismo de su fe en la obra salvífica de Cristo. El cristianismo no puede ser relegado al mundo del mito y la emoción, sino que debe ser respetado en su capacidad de iluminar la verdad sobre el hombre, y de transformar espiritualmente a hombres y mujeres permitiéndoles realizar su vocación en la historia. Si no conocemos a Dios en Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable (cf. Discurso 13/5/07). El conocimiento no puede limitarse nunca al ámbito puramente intelectual; también incluye la habilidad para ver las cosas sin prejuicios e ideas preconcebidas, y para poder asombrarnos también nosotros ante la realidad, cuya verdad puede descubrirse uniendo comprensión y amor. Sólo el Dios que tiene un rostro humano en Jesucristo, puede impedirnos limitar la realidad en el mismo momento en que exige niveles de comprensión nuevos y más complejos. 

Discurso a profesores universitarios europeos, 23 de Junio de 2007 [L’Oss. 6/7/07].


Transformarse según Cristo y no las modas del mundo

Alcanzar con San Pablo el conocimiento de Jesús y ser transformados por el Evangelio, siempre formará parte de la existencia cristiana. Y superando el ámbito eclesial, San Pablo seguirá siendo siempre “maestro de las naciones”, que lleva el mensaje del Resucitado a todos los hombres por quienes Cristo murió y resucitó. Forma parte del esquema de las cartas de San Pablo explicar ante todo el misterio de Cristo: en primer lugar el Apóstol nos enseña la Fe. En una segunda parte sigue la aplicación a nuestra vida: Qué consecuencias derivan de esta fe. Cómo modela nuestra existencia cada día. En la carta a los Romanos esa segunda parte comienza con el capítulo doce. Ante todo afirma como dato fundamental que con Cristo ha comenzado un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto. Este culto consiste en que el hombre se convierte él mismo en adoración, en “sacrificio vivo”, incluso en su propio cuerpo. Ya no ofrecemos a Dios cosas, es nuestra misma existencia la que debe transformarse en alabanza de Dios (Rm 12, 1). ¿Cómo se realiza esto? San Pablo [da la] respuesta: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestro modo de pensar, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios» (v 2). Las palabras decisivas son: “transformar” y “renovar”. Debemos llegar a ser hombres nuevos, transformados en un modo nuevo de existencia. El mundo siempre anda buscando novedades, porque con razón nunca se siente satisfecho de la realidad concreta. San Pablo nos dice que el mundo no puede renovarse sin hombres nuevos. Lo primero es la renovación del hombre, entonces habrá también un mundo nuevo, renovado y mejor. Pero el mundo sólo será nuevo si nosotros mismos llegamos a ser nuevos. Esto significa que no basta adaptarse a la situación actual, al contrario el Apóstol exhorta a evitar la adecuación, no hay que someterse al esquema de la época actual: “no os acomodéis al mundo presente”. 

Con las palabras “llegar a ser nuevo” San Pablo alude a su propia conversión, a su encuentro con Cristo Resucitado, del cual dice: «El que está en Cristo, es una nueva creación, pasó lo viejo todo es nuevo» (II Co 5, 17). Ese encuentro con Cristo lo transformó al punto de afirmar: “He muerto” (cf. Ga 2, 19s). Ha llegado a ser nuevo, otro, porque ya no vive para sí mismo sino para Cristo y en Él. Pero esta transformación continúa durante toda la vida: Llegamos a ser nuevos si nos dejamos modelar por el Hombre nuevo Jesucristo; en Él se ha hecho realidad la nueva existencia humana y nosotros de verdad podemos llegar a ser nuevos si nos ponemos en sus manos y nos dejamos modelar por Él. San Pablo aclara más aún este proceso de “renovación” diciendo que llegamos a ser nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. La palabra griega noûs es una palabra compleja, se puede traducir como “espíritu”, “sentimiento”, “razón”, y justamente como “modo de pensar”. Nuestra razón debe llegar a ser nueva. Esto nos sorprende, tal vez podíamos esperar que se refiriera más bien a alguna actitud: lo que deberíamos cambiar en nuestro obrar. Pero no, la renovación debe llegar hasta el fondo. Debe cambiar desde sus cimientos nuestro modo de ver el mundo, de comprender la realidad, todo nuestro modo de pensar. El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común se orienta por lo general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, la fama, etc. Pero de este modo tiene un alcance muy limitado, el propio yo está, en definitiva, en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera más profunda: es preciso aprender a comprender la voluntad de Dios de modo que sea ella la que modele nuestra voluntad, para que también nosotros queramos lo que quiere Dios, y reconozcamos que Dios quiere lo bello y lo bueno. Por tanto se trata de un viraje de fondo en nuestra orientación espiritual, Dios debe entrar en el horizonte de nuestro pensamiento: lo que Él quiere y el modo según el cual ha ideado al mundo y a mí. Debemos llegar a compartir el pensar y el querer de Jesucristo, así seremos hombres nuevos en los que emerge un mundo nuevo.

En la carta a los Efesios, el Apóstol nos dice que con Cristo debemos alcanzar la edad adulta, una fe madura. Ya no podemos seguir siendo «niños llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina» (Ef 4, 14). San Pablo desea que los cristianos tengan una fe madura, una “fe adulta”. En los últimos decenios la palabra “fe adulta” se ha convertido en un eslogan generalizado. A menudo se entiende como la actitud de quien ya no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige autónomamente lo que quiere creer y no creer, o sea una fe fabricada por cada uno. Y se la presenta como “valentía” de expresarse contra el Magisterio de la Iglesia. Pero en realidad para eso no hace falta valentía, porque siempre se puede estar seguro de obtener el aplauso público. Para lo que de verdad se requiere valentía es para adherirse a la fe de la Iglesia, aunque esta fe esté en contraposición con el “esquema” del mundo contemporáneo. Este es el inconformismo de la fe que San Pablo llama una “fe adulta”, esta es la fe que él quiere. En cambio, considera infantil el correr tras los vientos y las corrientes de la época. Así por ejemplo, forma parte de la fe adulta comprometerse en favor de la inviolabilidad de la vida humana desde su primer momento, de modo especial en defensa de las criaturas humanas más indefensas. Forma parte de la fe adulta reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenamiento del Creador, restablecido de nuevo por Cristo. La fe adulta no se deja zarandear de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda, sabe que esos vientos no son el soplo del Espíritu Santo, sabe que el Espíritu de Dios se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesucristo.

Sin embargo, tampoco aquí San Pablo se detiene en la negación, sino describe la fe madura, verdaderamente adulta, de un modo positivo con la expresión: «Obrar según la verdad en la caridad» (v 15). El nuevo modo de pensar que nos da la Fe, se dirige ante todo hacia la verdad. El poder del mal es la mentira; el poder de la Fe, el poder de Dios, es la verdad. La verdad sobre el mundo y sobre nosotros mismos se hace visible cuando miramos a Dios, y Dios se nos hace visible en el rostro de Jesucristo. Contemplando a Cristo comprendemos algo más: la Verdad y la Caridad son inseparables. En Dios ambas son una sola cosa; esta es precisamente la esencia de Dios. Por eso, para los cristianos la verdad y la caridad van juntas, la caridad es la prueba de la verdad (cf. St 2, 18). Siempre deberíamos regularnos según este criterio: que la verdad se transforme en caridad y la caridad nos lleve a la verdad. Y en el mismo versículo 15 encontramos otro pensamiento importante: el Apóstol nos dice que obrando según la verdad en la caridad contribuimos a hacer que el todo ?tá pánta?, el universo, crezca tendiendo hacia Cristo. 

Pero tenemos la necesidad de ser “fortalecidos en el hombre interior” (cf. Ef 3, 16) para aprender a obrar según la verdad en la caridad. Ahora bien, esto no se realiza sin una relación íntima con Dios, sin la vida de oración. Necesitamos el encuentro con Dios que se da en los sacramentos. 

San Pablo nos dice al respecto: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Ef 3, 17-19). El amor ve más lejos que la sola razón, es lo que San Pablo nos dice con esas palabras. Y nos dice también que sólo podemos conocer la amplitud del misterio de Cristo en la comunión con todos los santos, o sea en la gran comunidad de todos los creyentes y no contra ella o sin ella. Esta amplitud la define con palabras que quieren expresar las dimensiones del cosmos: la anchura y la longitud, la altura y la profundidad. El misterio de Cristo tiene una amplitud cósmica: no pertenece sólo a un grupo determinado. Cristo crucificado abraza el universo entero en todas sus dimensiones. Toma el mundo en sus manos y lo eleva hacia Dios. Comenzando por San Ireneo de Lyon –por tanto desde el siglo II–, los santos Padres vieron en las palabras “anchura, longitud, altura y profundidad” del amor de Cristo una alusión a la Cruz. El amor de Cristo alcanzó en la Cruz la profundidad más honda –la noche de la muerte– y la altura suprema –la altura de Dios mismo–. Y tomó entre sus brazos la anchura y la longitud de la humanidad y del mundo en todas sus distancias. Él siempre abraza el universo, nos abraza a todos nosotros.

Homilía en la clausura del año paulino, el 28 de Junio de 2009 [L’Oss. 3/7/09]. 


Fe adulta Significa firmeza frente a las doctrinas novedosas

La lectura de Isaías que hemos oído (Is 61, 1-3) ofrece un retrato profético de la figura del Mesías, que alcanza todo su significado en el momento en el que Jesús lee ese texto en la sinagoga de Nazaret y concluye: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). En ese texto profético encontramos una frase que parece contradictoria: el Mesías afirma que ha sido enviado «a pregonar el año de gracia del Señor, el día de venganza de nuestro Dios». 

Escuchamos con alegría el anuncio del año de la misericordia divina, que pone un límite al mal. Jesucristo es la misericordia divina en Persona, quien lo encuentra, encuentra la misericordia de Dios. Y ese mandato de Cristo pasa a nosotros a través de la unción sacerdotal, estamos llamados a promulgar no sólo con las palabras sino también con la vida y con los signos eficaces de los sacramentos «el año de la misericordia del Señor». Pero ¿qué quiere decir Isaías cuando anuncia el «día de venganza de nuestro Dios»? Al leer el texto en Nazaret Jesús no pronunció estas palabras, concluyó anunciando el año de la misericordia. No sabemos si ese fue el motivo del escándalo que tuvo lugar tras su predicación, pero el Señor ofreció el comentario auténtico a estas palabras con su muerte en la Cruz. «Él mismo sobre el madero llevó nuestros pecados», dice San Pedro (I Pe 2, 24), y San Pablo escribe: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley haciéndose Él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: maldito el que está colgado de un madero» (Ga 3, 13). 

La misericordia de Cristo no supone la banalización del mal, Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal con toda su fuerza destructora. El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: Él mismo sufre por nosotros en la Persona del Hijo. Cuanto más quedamos tocados por la misericordia del Señor, más solidarios somos con su sufrimiento, más disponibles estamos para completar en nuestra carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24). 

La lectura de la epístola (Ef 4, 7-16) nos mueve hacia la “madurez en Cristo”, el texto griego, dice «la medida de la plenitud de Cristo», a la cual estamos llamados a llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos quedarnos como niños en la fe, en estado de minoría de edad que, como explica San Pablo, significa ser «llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina». ¡Una descripción muy actual! Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuantas modas han girado el pensamiento de los cristianos, zarandeado por las olas de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo; del agnosticismo al sincretismo. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir el error. Tener una fe clara según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo; Mientras que el relativismo, o sea dejarse llevar «por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud a la moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas. 

Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. “Adulta” no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y sólo esta fe crea unidad, y tiene lugar en la caridad. San Pablo nos ofrece, en oposición a las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, una bella frase: «hacer la verdad en la caridad», como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como «un címbalo que retiñe» (I Co 13, 1). 

En la lectura del Evangelio (Jn 15, 12-17), el Señor nos dirige estas maravillosas palabras: «No os llamo ya siervos, a vosotros os he llamado amigos». Muchas veces nos sentimos tan sólo siervos inútiles, y lo somos (cf. Lc 17, 10), y a pesar de ello el Señor nos llama amigos, nos da su amistad. Define la amistad con dos elementos: Primero revelándonos «todo lo que escucha del Padre», nos da su plena confianza y con la confianza el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado hasta la Cruz. Nos da el poder de hablar con su Yo: «Éste es mi Cuerpo», «Yo te absuelvo». Nos confía su cuerpo, la Iglesia. Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad, el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio del Dios que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16). 

El segundo elemento con el que Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando». También para los romanos la definición de amistad era «idem velle, idem nolle». La amistad con Cristo coincide con la tercera petición del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo». En la hora de Getsemaní, Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conformada y unida con la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía, y al llevar nuestra voluntad en las manos de Dios nos da la verdadera libertad: «Pero no sea como Yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt 26, 39). En esta comunión de las voluntades tiene lugar nuestra redención. 

Y entonces la consecuencia: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que ese fruto permanezca». Aquí aparece el dinamismo de la existencia del cristiano, estar animados por la santa inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo, pues su amor nos ha sido dado para que llegue también a los demás. Somos sacerdotes para servir a los demás y dar un fruto que permanezca. El dinero no permanece, tampoco los edificios ni los libros, en un tiempo más o menos largo todo esto desaparece. Lo único que permanece eternamente es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que queda es el que hemos sembrado en las almas humanas, el amor y el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Sólo así la tierra se transforma de valle de lágrimas en jardín de Dios. 

Homilía en la misa pro eligendo pontifice, el 18 de Abril de 2005 [L’Oss. 22/4/05]. 







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