domingo, 2 de septiembre de 2012

Objeto y Acción de la Masonería - Aníbal A. Rottjer

Objeto y Acción de la Masonería
Aníbal A. Rottjer

  
Material de Lectura Obligatoria para la Sexta Clase Magistral del Curso "Cultura y Contracultura en Nuestro Tiempo"


I

Los ritos masónicos inglés, escocés y norteamericano definen a la masonería como un “hermoso sistema moral, revestido de alegoría e ilustrado con símbolos”, y como “una ciencia que se ocupa en la investigación de la verdad divina”.

El rito alemán afirma que es “la actividad de los hombres, íntimamente unidos, que sirviéndose de símbolos – tomados principalmente del oficio de albañil y de la arquitectura – trabajan por el bienestar de la humanidad, por el imperio de la moral, que ennoblece al hombre, y por la paz universal”. El Gran Oriente belga dice que es “una institución cosmopolita, que tiene por objeto la investigación de la verdad y el perfeccionamiento de la humanidad”.

El artículo 2º de los Estatutos de la Masonería Argentina, aprobados en 1955, dice: “La masonería es una institución que reconoce la existencia del Gran Arquitecto del Universo; y todas sus enseñanzas, actos y ceremonias se dirigen a captar la esencia, el principio y la causa de todas las cosas. Investiga las leyes de la Naturaleza para extraer de ellas las bases de la moral y de la Ética” [1].

El masón John Truth la define como “una institución universal que procura inculcar en sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes, los sentimientos de filantropía y la tolerancia religiosa; y que tiende a extinguir los antagonismos de nacionalidad, raza, opiniones e intereses, y el fanatismo y la superstición; uniendo a todos los hombres por los lazos de la solidaridad” [2].

La constitución del Gran Oriente de Francia, promulgada en 1865 y modificada en 1871 y luego en 1877, dice: “Artículo lº – La francmasonería, institución esencialmente filantrópica y progresiva, tiene por objeto la investigación de la verdad, el estudio de la moral y la práctica de la solidaridad; trabaja por las mejoras materiales y morales para lograr el perfeccionamiento intelectual y social de la humanidad; sostiene como principios la tolerancia mutua, el respeto de los demás y de sí mismo y la libertad absoluta de conciencia; se opone a toda afirmación dogmática y tiene por divisa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Es su deber vincular a todos los hombres con los lazos fraternales que unen a los francmasones en toda la redondez de la tierra; y recomienda a sus adeptos la propaganda, por el ejemplo, la palabra y los escritos, siempre bajo la reserva de la observancia del secreto masónico” [3].

La masonería francesa no podía mejor que con estas palabras y estos silencios, ligar su suerte a la república irreligiosa que Gambetta y sus amigos, aliados con todos los partidos izquierdistas, se esforzaban entonces en instaurar.

En el discurso de clausura del convento masónico de 1901 afirmó el masón Hubbard que “la masonería es una religión que reúne a la gran comunidad de los librepensadores prácticos”. El experimentado masón inglés Róbison, según ya dijimos, escribió: “La masonería es una asociación formada con el resuelto designio de extirpar todas las religiones y acabar con todos los gobiernos de Europa” [4].

El abogado protestante Eckert, famoso historiador de la secta y desengañado de la misma, declaró que “la masonería es un principio activo de destrucción, en daño de la Religión, del Estado, de la Familia y de la Propiedad; y que se vale como medio, de la astucia, de la traición y de la violencia”.

El célebre Weishaupt, maestro de maestros masones, afirmó que “el fin de la masonería es rehabilitar al hombre en sus primitivos derechos de libertad e igualdad por medio del aniquilamiento de toda religión y de toda sociedad civil, y la abolición de la propiedad; porque el primer golpe dado a la igualdad es la propiedad y el primer asalto a la libertad provino de las sociedades políticas y de los gobiernos; y, además, los sostenes de la propiedad y de los gobiernos son las leyes civiles y religiosas” [5].


 Sustituir la Civilización por el Libre Pensamiento

De acuerdo con estas fórmulas oficiales y otras muchas que podríamos citar, y con todo lo que conocemos ya de su historia y de su doctrina especulativa y práctica, podemos definir a la masonería como “una asociación secreta que tiene por fin sustituir la civilización cristiana por las doctrinas del librepensamiento”; o sea “destruir la actual civilización esencialmente cristiana, para fundar en su lugar el mundo masónico, basado sobre el racionalismo ateo”. Vázquez de Mella, al condenarla, había dicho: “La masonería es un liberalismo secreto y el liberalismo es una masonería pública”.

En su discurso del 21 de marzo de 1953 decía el Gran Maestre de la masonería italiana, Hugo Lenzi: “El cristianismo es el más feroz enemigo del único tesoro del cual ha sido dotado el hombre, a saber: la libertad de pensamiento”. Y luego añadía: “Los masones son los centinelas siempre vigilantes para defender nuestras directivas en la vida profana, ubicados estratégicamente para inferir en el proceso evolutivo de la humanidad, apoyando unas corrientes y obstaculizando otras”. Ya en la circular de 1949, publicada en la revista “Acacia Massonica”, había dicho: “Es un deber de cada hermano infiltrarse en todas aquellas asociaciones de asistencia, cultura y educación, en las cuales la presencia de los masones pueda ser de utilidad para la difusión de la idea masónica” [6].

El liberalismo – última consecuencia del racionalismo – ha minado civilizaciones, aplastado religiones y destruido patrias. La difusión de esta ideología liberal se la debemos a los masones que concentraron la quintaesencia de su ideario en los treinta y cinco volúmenes de la Enciclopedia, editada por la Gran Logia de Francia, bajo la dirección de Diderot y D’Alembert, desde 1751 a 1765.

Federico Nicolás – el Diderot alemán – hizo otro tanto en Alemania con su “Biblioteca Universal”.

“Los ideales del más puro liberalismo – escribió el masón argentino Antonio Zúñiga – son la base de la masonería” [7].

El masón Grisar ya había dicho refiriéndose a la doctrina encarnada en todos los miembros de la “hermandad”: “El liberalismo somos nosotros; nosotros su pensamiento, su alma y su vida”. Como el liberalismo masónico se halla en diametral oposición con el catolicismo, el órgano oficial de la masonería belga reconoció, en abril de 1875, que “lógicamente nadie puede ser «liberal» en política y católico romano en religión”.

La masonería, después de haber destruido en el alma de nuestros contemporáneos las ideas y los sentimientos que constituían la civilización cristiana, ha trabajado incesantemente por todas partes para establecer la “Nueva Humanidad”; y ejerce al presente en muchas naciones una auténtica soberanía moral.

Esta secta secreta afilia principalmente los grupos minoritarios de la Política, la Prensa y la Enseñanza para lograr en cada país, por el complot, la astucia y la protección extranjera, apoderarse de la dirección y del mando de las naciones. Es harto flexible y se adapta a todas las circunstancias y necesidades de los tiempos. Invade los partidos turnantes en el gobierno, penetra en la universidad, se filtra en las fuerzas armadas socavando la disciplina, se introduce en la prensa, en el cine, en la radio, en la televisión, en las asociaciones juveniles, en los ateneos culturales y en las instituciones públicas y privadas, y atrae a las logias a los cabecillas de los sindicatos y gremios cuando advierte que el peso de las masas va a ser decisivo en la política [8].

Y nuestra sociedad, con sus medios generales de propaganda, cultura, enseñanza y educación, corrupción sistemática, leyes y gobiernos, masoniza sin saber, y coopera, sin darse cuenta, a los planes deletéreos de la secta, la cual utiliza la enorme maquinaria de que dispone para evitar, por todos los medios, el encumbramiento de los católicos, o para obstruir sistemáticamente su acción gubernativa.

Con mucha frecuencia actúa por intermediarios y recomienda a sus fieles que se empapen de las enseñanzas masónicas dentro de las logias, y luego “dejen sobre las columnas su mandil y su calidad de masón y desciendan a la ciudad como simples ciudadanos. Ya se trate de la actividad parlamentaria o de cualquier otra, siempre y en todas partes debe presentarse la masonería, mas no debe descubrirse en ninguna” [9]. 

En su profunda visión histórica el Papa Pío IX, el 21 de noviembre de 1873, la apellidó con justicia: “Sinagoga de Satanás”; porque, a la verdad, es – según su augusta definición – la “síntesis de todas las herejías, el resumen de todas las rebeliones del hombre contra Dios y del individuo contra la sociedad; y porque reúne en su seno a todos los que, habiendo renegado de Dios y guiados por la soberbia y el odio, ya no atienden más que a su propio modo de pensar; y se imaginan que el hombre, al igual que los brutos, podrá en lo sucesivo reglar toda su vida, rechazando toda preocupación sobrenatural y yendo en pos de las solas exigencias de la materia”.


 Perpetua Revolución y Continua Anarquía

Ningún estudioso de la masonería cree en las clásicas definiciones y en los humanitarios propósitos enunciados por sus doctores y órganos oficiales, escritos “para la exportación, pour la galerie”, o sea para los “profanos” y para los mismos masones no iniciados en el “Real Secreto”. Por lo tanto, su fuerza estriba en su secretismo.

Antonio Zúñiga dice que “la masonería es una sociedad que tiene el secreto por base”, y en otro lugar afirma que “si ella no fuera eminentemente política y su círculo de acción se redujera a practicar actos de pura beneficencia y caridad, no tendría razón de existir” [10].

El masón argentino Luis Alejandro Mohr declaró en 1899 que “la masonería, sustraída al medio común, vive en el misterio y por el misterio”. Y el artículo 7º in fine del Reglamento General de la masonería argentina dice textualmente: “El secreto es el primer carácter de la Orden”. Este secreto consiste, no tanto en la oscuridad de sus actuaciones – harto conocidas – cuanto en la ignorancia de parte del público en general y de la mayoría de sus adeptos con respecto al fin al cual tiende, que es la perpetua revolución y la continua anarquía; propendiendo siempre y por todos los medios a su alcance a la implantación total o parcial de su maléfica doctrina.

En el Congreso Masónico Universal de Ginebra de 1902, algunos delegados decían que había que renunciar a todo fanatismo religioso; otros afirmaban que sólo habrá base sólida de convivencia humana si existe la creencia de un Dios eterno. Unos añadían que el patriotismo es una virtud cardinal; otros, en cambio, que sólo debe profesarse el amor a la humanidad. Los delegados de Francia, Italia, Bélgica, Portugal, España, Suiza, Luxemburgo, Holanda, Hungría, Egipto y naciones latinoamericanas abogaban, ante todo, por la descristianización del mundo; los de Inglaterra, Alemania, Suecia, Noruega, Dinamarca, Estados Unidos de Norte América, etc…, sostenían la conveniencia de conservar cierto tradicionalismo religioso y social.

A pesar de tales divergencias – al parecer fundamentales – los masones sustentan en todas partes en sus “tenidas” secretas e igualitarias, el germen de todas las destrucciones: ya que representan ellos, a los menos en potencia, el espíritu de independencia individual y de sublevación ante el principio de autoridad.

Las inscripciones estampadas en sus diplomas y documentos: Lux ex tenebris; ordo ab chao; igne natura renovatur integra, etc…, manifiestan la suprema aspiración de la masonería, a saber: producir las tinieblas y el caos en el mundo para renovar la humanidad según sus leyes y doctrinas e implantar, sobre tales ruinas, el “nuevo orden” iluminado por la “luz masónica”.

En cuanto a la religión, poco importa que hablen aún del Gran Arquitecto del Universo, pues – según sus doctrinas ya comentadas – cada cual puede interpretar a su manera este “concepto social”, en nombre de la libertad y de la razón; ya que, en virtud de la constitución de 1723 – carta magna y fundamental de la masonería moderna – basta que sus adeptos sean “buenos y leales, hombres probos y de honor”.

En los distintos países la masonería manifiesta tendencias diversas, adaptándose hábilmente al medio en que vive, en conformidad con su táctica preestablecida. En los países protestantes parece haberse mantenido deísta; en cambio en los latinos y católicos predomina el odio antirreligioso.

La lucha contra el catolicismo es reglamentaria por lo que toca a las masonerías latinas; sin embargo no hay que creer que, por religiosos que sean los anglosajones, abriguen sentimientos cordiales hacia el catolicismo.

A pesar de ser las masonerías inglesa y norteamericana menos revolucionarias, antirreligiosas y antisociales que las del resto de Europa y América, o sea, la europeo-continental y la Latinoamericana; no obstante han cooperado con todas ellas en la persecución de la Iglesia Católica y en la destrucción del orden cristiano fuera de sus territorios nacionales; y, en su propia patria, aliadas al protestantismo, cobijaron a todos los revolucionarios extranjeros, y produjeron el absoluto indiferentismo religioso y el descreimiento general en que vive el mundo.

En Estados Unidos más de cincuenta periódicos oficiales de la masonería escriben al unísono con “The New Age” de Washington, órgano del Supremo Consejo del Rito Escocés con una tirada de más de un millón de ejemplares. En ellos se envilece a la Iglesia Católica y se pide su destrucción: al Papa se le llama “el enemigo y la maldición de la humanidad”; y se proclama el propósito de la masonería de librar al mundo de la tiranía de Roma sobre la conciencia y librepensamiento [11]. 

Estos párrafos de la pastoral del 11 de abril de 1926 del arzobispo de Baltimore y primado de Estados Unidos, monseñor Miguel Curley, condenando la intervención del gobierno de su país a favor del gobierno masónico-comunista de México, vienen a corroborar lo que acabamos de expresar: “Nuestro gobierno – dice la pastoral – no ha hecho otra cosa, durante los últimos doce años, que intervenir en los asuntos de México... Como norteamericanos y como católicos tenemos el derecho y el deber de clamar contra la persecución religiosa de México… Nosotros los norteamericanos somos sumamente responsables de tales sucesos… El 80 % del dinero gastado por el gobierno de México en Estados Unidos se destinó para abastecer al ejército rojo de Calles, Carranza y Obregón (predecesores de Calles y masones como él) gobernaron en México en virtud de la aprobación de Washington que los protege. Calles está ahora en el poder y continúa su persecución contra la Iglesia porque sabe que está de acuerdo con Washington… Nosotros, mediante nuestro gobierno, armamos a los bandidos asalariados de Calles. Nuestra amistad lo alienta en su nefasta empresa de destruir hasta la idea de Dios en el corazón de millares de niños mejicanos…”.


 Trabajos entre Bastidores

En cuanto a la política, su “gran obra” a cumplir – pues la ya cumplida está escrita en páginas negras y rojas de la Historia – es la expresada en la “Historia de la Masonería”, publicada en Francfort en 1852, a saber: “El mundo es una gran república, donde cada nación es una familia y cada individuo un hijo”. A establecer tal República Universal Masónica tienden los programas de la masonería elaborados en los congresos internacionales de París en 1889, de Anvers en 1894, de La Haya en 1896, el segundo de París en 1900, de Bruselas en 1904, de Roma en 1911 y en todos los subsiguientes hasta nuestros días.

El judío Benjamín Disraeli, Lord Canciller y gran estadista inglés, decía en Avlesbury el 10 de septiembre de 1876: “El mundo es gobernado por individuos muy distintos de los que se imaginan quienes no están detrás de los bastidores. Los gobiernos de este siglo no tienen que habérselas solamente con los otros gobiernos sino además con las sociedades secretas: elemento que se debe tener en cuenta, pues a última hora puede nulificar todos los arreglos, dado que tiene agentes por doquier, y agentes sin escrúpulos”. Y al año siguiente, el 1º de octubre de 1877, el cardenal Manning completaba estas palabras afirmando que “no son los emperadores, ni los reyes, ni los príncipes los que dirigen el curso de los acontecimientos… Hay algo detrás de ellos y sobre ellos y que es más poderoso que ellos” [12].

Dice un autor: “Nos equivocamos al pretender explicarlo todo por la masonería; pero sin ella, la historia política de las naciones seria ininteligible”.

El ministro inglés Jorge Canning ya había indicado, medio siglo antes, quién dirige los hilos de todo este mecanismo mundial, cuando dijo: “Existe en las manos de la Gran Bretaña un poder más terrible que el que vio jamás en acción durante la historia la especie humana; porque se alistan bajo sus banderas todos los descontentos y todos los ánimos turbulentos del siglo”.

[…]

El protestante Eckert, erudito alemán que escribió la mejor historia de la masonería, afirmó: “Todo hombre de Estado desconocerá su época, ignorará las causas de los acontecimientos que se cumplen en el terreno de la más alta política, no se explicará lo que sucede en toda la vida política y social de los pueblos, no comprenderá el sentido que tienen hoy “ciertas palabras” y, en suma, no verá más que simples hechos sin penetrar su significado y sin saber qué partido tomar frente a los mismos; si es que no estudia a fondo la masonería y no comprende su naturaleza y su modo de obrar”.

El masón Fillmore, presidente de los Estados Unidos desde 1850 a 1852, y que luego se retiró de la secta, advirtió a sus compatriotas: “La masonería pisotea nuestros derechos, traba la administración de la justicia e inspira la desconfianza hacia todo gobierno que no logra controlar” [17].

Los masones introducen hombres de su confianza en los Congresos, Cámaras y Parlamentos y en la administración pública, los cuales llevan la voz de la masonería y promueven sus intereses, sugiriendo leyes, reglamentaciones y decretos, impregnados de su espíritu y encaminados a actuar paulatinamente sus ideales”.

Para imponer su ideario se valen de la centralización absorbente de la gigantesca maquinaria del estado moderno con la creación del poder público depositado en manos de unos pocos que forman el único cuerpo orgánico y vital de la sociedad, y la construcción de un mecanismo burocrático colosal de infinitos y variados rodajes, que para funcionar necesita los brazos de gran multitud de directores, jefes y empleados públicos subalternos, destituidos de propia iniciativa y pensamiento: verdaderos esclavos de la rueda gubernamental [18].

[…]

Leemos en el Manual del Iluminado de Weishaupt: “Es obligación del «hermano» (masón) informar cada mes a sus superiores, de los empleos, oficios, cargos y puestos de que él puede disponer, o conseguir por recomendación suya, para que se llenen las vacantes con sujetos dignos de la Orden; pues conviene rodear a los potentados de la tierra de una legión de hombres que en todas partes dirijan los «trabajos» conforme al plan de la Orden. Mas todo debe hacerse en silencio” [19].

Los consejos del barón de Knigge – lugarteniente de Weishaupt – persiguen el mismo fin. “Cada iluminado – escribe – debe ponderar las relevantes dotes de sus «hermanos» (los masones) a fin de que el príncipe (gobernante) no pueda hacer a menos que excluir de los cargos públicos a los «profanos» y preferir en la elección a su «candidato»”.

La masonería hunde, con infundios y calumnias, a sus enemigos y a los que no se ponen a su servicio al par que enaltece la reputación o crea de la nada una fama, encumbrando repentinamente en el pedestal al estadista, al artista, al escritor y al hombre de ciencia, y entonces las academias le franquean sus puertas, la prensa y la radio ensalzan su figura, los gobernantes lo condecoran y le disciernen títulos honoríficos como gran benefactor de la humanidad y eminente patriota, aunque sea un auténtico asesino, un truhán y un pirata.

El Gran Oriente de Bélgica, en su acuerdo Nº 703 del año 1856, decía: “Las logias son escuelas donde se forman los hombres para que salgan a luchar vigorosos en el mundo profano, especialmente en la arena política; y por lo tanto tienen, no sólo el derecho sino el deber, de fiscalizar los actos de la vida pública de aquellos miembros suyos a quienes introdujo en las funciones políticas, y de usar de «severidad inexorable» con los que, rebeldes a sus «amonestaciones», apoyan los actos combatidos por la masonería como contrarios a los principios de la Orden” [20].

En el “convento” del Gran Oriente de Francia de 1913 se recordó lo siguiente: “Los parlamentarios francmasones – que son en cierto modo una emanación de la Orden – deben quedarle tributarios durante su mandato. En toda circunstancia de su vida pública tienen la obligación de plegarse a los principios que nos rigen”.

O el político obedece a la sugestión o mandato de las logias, o cae en la nada de donde las logias lo han levantado. La masonería niega así el “plácet” a cuanto hombre de bien aspiró a dirigir los destinos del país, si es que antes no pasó por sus ritos misteriosos.

Es un deber del masón altigraduado estudiar la idiosincrasia, carácter, conducta, integridad o debilidades y vicios de los hombres que debe elegir para funcionarios, o que debe sobornar, sabotear o derribar. 

De aquí lo difícil que resulta para un presidente, ministro o funcionario patriotas descubrir si ese o aquel otro funcionario inmediato, en quien tiene depositada toda su confianza para el desarrollo de los planes de gobierno por él trazados, es un sujeto juramentado para sabotearlo y traicionarlo; tanto más fácil cuando, si es preciso, no tiene reparo alguno en hacer manifestaciones patrióticas, dar conferencias religiosas, abogar por la restauración de la moral católica en la escuela y en la universidad y hacer todo cuanto podría hacer el mismo Satanás, preparando la zancadilla.


 La Prensa, Instrumento de la Masonería

La opinión pública, que es la “reina del mundo”, ha sido elegida “constitucionalmente”, como tal, por la masonería, para gobernarla. Se forjan en las “traslogias” las consignas de lo que se ha de creer y divulgar; de allí pasa a las logias ordinarias, y de éstas a las cien trompetas de la prensa diaria y periódica asalariada, regimentada y dirigida – y a las cien bocas sintonizadas de las emisoras radiales “encadenadas” y a los cien canales televisores “encauzados”. A un mismo tiempo, en el país y en el mundo entero, todos hablan de lo mismo, con idéntico sentir, sin que a nadie se le ocurra dudar o poner en tela de juicio lo que todos dicen. En un estado moderno la población puede ser inducida en pocos días y aún en pocas horas, mediante la prensa y la radio, en una dirección determinada a favor de alguien o en contra de algo.

Mientras la prensa en todo el mundo no esté en nuestro poder – declaró en 1848 el judío masón Moisés Montefiore – todo lo que estáis haciendo será inútil” [21].

El diario es la gran escuela de los adultos y casi su única fuente de informaciones: es el gran predicador de todos y en todas partes. Su influencia la advirtió el ministro Combes, el promotor de la lucha antirreligiosa en Francia, al principio del siglo, cuando afirmó: “Las tres cuartas partes de los católicos se han alejado de la Iglesia por la Prensa” [22]. 

Decía el periodista John Swinton en un banquete que se dio a los periodistas en Nueva York: “No existe en América prensa independiente. Ni un solo periodista se atreve a expresar una opinión sincera; y si lo hacen, saben de antemano que nunca se ha de imprimir. A mí me pagan 150 dólares para que no ponga mis ideas y a otros le pagan salarios análogos para el mismo servicio. Si yo me opusiera perdería por eso el empleo en 24 horas. El hombre que fuera bastante insensato para manifestar claramente su pensamiento estaría al punto en la calle en busca de otra ocupación. El deber del periodista es mentir, inclinarse a los pies de Mammón (el dios dinero) y vender a su país y a su raza por el salario… (Las grandes agencias de información y publicidad son judías u obedecen a su dirección)… Somos los instrumentos y los vasallos de los que están entre bastidores: somos muñecos: ellos, tiran de la cuerda y nosotros bailamos… Somos intelectuales prostituidos” [23].


 Su Arremetida contra los Pueblos Católicos

La masonería deja en paz momentáneamente a los países protestantes, considerándolos terreno amigo; pero arremete contra los pueblos católicos con el propósito de masonizarlos, sometiéndolos a sus ideas, a sus leyes y a su sistema destructor. Ella se ha colocado frente a la Iglesia como frente a un enemigo que hay que eliminar a toda costa: en su dogma, en su moral, en su jefe, en sus instituciones, en su historia, en su influencia y en su clientela.

La guerra es duradera y empeñada, con alternativas de triunfos y derrotas, hasta la victoria decisiva de uno de los dos combatientes o una tregua indispensable, impuesta por las circunstancias con ventajas mayores o menores de una u otra parte. Así tenemos en el país la revolución crónica, encendida y sostenida por la secta, que espía a todas horas la primera ocasión para recomenzar con igual furia y tesón las hostilidades hasta el último extremo. Esta es la historia presente y pasada de los pueblos católicos. El poder oculto de la masonería es el único y gran criminal, único traidor y enemigo de la patria, asesino de todos los derechos y libertades legítimos, genio exterminador de las naciones que viven con la fe en Cristo y en el amor de su Iglesia. La masonería es tenaz. Cederá momentáneamente ante los acontecimientos desfavorables, pero jamás renunciará a los objetivos que previamente se ha trazado.

En 1948 el Gran Maestre de la masonería italiana, Hugo Lenzi, decía: “Entre la masonería y la secta clerical la lucha será aguerrida y sin cuartel hasta el día en el cual el Estado haya conseguido su completa laicidad”; porque “el laicismo – había declarado ya su predecesor Adrián Lemi – constituye la esencia de la masonería”. De aquí que el orden del día de la Gran Logia Nacional Italiana del 12 de junio de 1956, aprobado por la Asamblea, rezara así: “De hoy en adelante el Gran Oriente de Italia deberá intensificar su acción por la laicidad del Estado italiano (en orden a la separación de la Iglesia y el Estado, el divorcio, el matrimonio civil, el laicismo escolar, la prohibición de la enseñanza por el clero, etc….)” [24].

Su programa es destruir radicalmente, por franca persecución de la Iglesia o por el fraudulento e hipócrita sistema de la separación de la Iglesia y el Estado, toda influencia social de la religión, llamada insidiosamente clericalismo; y, si fuera posible, destruir la misma Iglesia y toda religión verdadera o revelada. Luego laicizar o secularizar por medio de un sistema parecido, hipócrita y fraudulento – que pretenden llamar de “no sectarismo” – toda la vida pública y privada, sobre todo la instrucción y educación popular: resultando tal maniobra un verdadero sectarismo anticatólico, anticristiano, ateo, positivista y agnóstico. El primer tema que se trató en el Congreso Internacional Masónico reunido en Italia de 10 al 23 de septiembre de 1911, fue precisamente el siguiente: “Cuál debe ser la actitud de la masonería frente a la Iglesia Católica para impedir que ejerza su influencia sobre el mundo laico”.

Anteriormente, el informe del Congreso Masónico Internacional de 1902 decía que “los problemas actuales que preocupan a la masonería universal son la emancipación de la mujer y la educación del niño; echando primero por tierra los obstáculos que son las nociones impuestas por la Iglesia”.

“Si la mayoría de los pueblos fuese formada por masones -declaraba la Revista Masónica Americana de Buenos Aires en 1872 – la reacción (o sea el catolicismo), no se presentaría tan altiva, y la propaganda jesuítica no haría tantos prosélitos”. Y más adelante añadía: “La masonería debe tener intervención en la política, porque si fuese destinada únicamente a practicar actos de beneficencia, no tendría razón de ser. Es necesario influir para que la masonería intervenga en los negocios públicos”.

Los ilustres masones Edgard y Eugenio Sué, hablando de las naciones católicas, decían: “El mejor medio de descristianizar es protestantizar a los católicos; pues las sectas protestantes son las mil puertas abiertas para salir del cristianismo”. En la revista masónica “Lathomia” se lee: “El protestantismo no es sino la mitad de la masonería; ya que, para beneficiar al liberalismo y racionalismo – añadimos nosotros -, basta que se abrace cualquier secta protestante” [25]. En efecto, los mismos protestantes comprueban la apostasía que significa el pertenecer a la masonería. Así lo confesaba el clérigo protestante que, no obstante ser masón, decía lleno de sorpresa: “Nunca entendí cómo alguien que crea en la divinidad de Cristo y en su doctrina, como única revelación de la verdad, pueda llegar a ser masón sin padecer al mismo tiempo esquizofrenia espiritual” [26].

En el periódico “Symbolisme” escribió el docto masón Osvaldo Wirth: “Si el candidato es católico romano ha de obedecer al Papa que le prohíbe ingresar en la Orden. En cambio las religiones orientales y las iglesias evangélicas no son enemigas de la masonería”.

Los protestantes en las logias masónicas se hallan en sus propias casas. Los masones, mientras necesiten de ellos para descatolizar al mundo, no los molestarán. Y en esto, a la verdad, están muy interesados. Ya lo decía al perito Francisco Moreno, a orillas del Nahuel Huapi, el presidente masón Teodoro Roosevelt al visitar América del Sur en 1912: “La absorción de estos países latinos por los Estados Unidos es tarea larga y difícil mientras se mantengan católicos” [27].

Igual afirmación hará más tarde su pariente Franklin Roosevelt al explicar a Stalin en la reunión de Yalta que ciertas recomendaciones fracasarían en América latina “por la fuerte” influencia ejercida en esos países por la Iglesia Católica [28].

El diario masónico alemán “Hamburger Fredemblatt” del 18 de junio de 1917, al celebrarse los 400 años del protestantismo y los 200 de la masonería, se expresaba así: “Las dos fuerzas espirituales del protestantismo y de la masonería están siempre bien unidas y en buenas relaciones. La masonería reconoce al protestantismo como a su fundador, y no se puede concebir aquélla sin éste. No hubiera habido verdadera y auténtica masonería sin Lutero y sin la Reforma contra nuestro común e implacable enemigo: el romanismo”. Y la “Gazette de Cologne” del 24 de junio de ese año añadía: “La aparición subversiva de la masonería en Inglaterra fue una reacción del anglicanismo y de la sociedad de los librepensadores ingleses contra las tendencias católicas de los Estuardos” [29].

Iguales reflexiones caben para los cismáticos ortodoxos, entre los cuales se ha comprobado, que el 30% de los miembros de su alta jerarquía son masones.

La primera acción masónica en las naciones con unanimidad o mayoría católica es pugnar por la libertad de cultos, porque la división religiosa de un pueblo es la premisa necesaria para su progresiva descristianización, secesión política y auto aniquilación.

El Gran Oriente de Italia en su Instrucción a las logias en 1889 – después de celebrar sus triunfos por la supresión de las Órdenes religiosas, por la desamortización de los bienes eclesiásticos y por la destrucción del poder temporal de los papas – (a más de 5.000 conventos habían despojado de sus bienes en 1879), recomendaba entre otras muchas cosas lesivas de los derechos de la Iglesia y de la persona humana, lo siguiente: “Trabajar por la reducción del cautiverio de los espíritus agravado por los dogmas y preceptos religiosos; demostrar que la masonería no combate a los católicos sino a los “clericales” que deshonran al catolicismo con las contiendas políticas; probar que la religión florece mejor donde la Iglesia se halla separada del Estado y que no conviene comprometer a los Estados con trabas jurídicas como son los concordatos estipulados con la Iglesia; apoderarse de la instrucción y educación en las escuelas y de las cátedras y cargos directivos en la docencia secundaria y universitaria; hacer impopulares y cesantear a los maestros y profesores católicos; desprestigiar con calumnias al clero y laicizar, en fin, toda la vida política, civil y social con leyes secularizadoras de los cementerios, matrimonios, escuelas, hospitales, asilos, colonias, clubes, cuarteles, funerales, fiestas nacionales, etc…” [30].

En 1904 escribieron en la revista de la secta: “Nuestra táctica frente al catolicismo debe ser la de aislarlo, la de contribuir a su fosilización” [31].

El satanista Adrián Lemmi, jefe de la masonería italiana, decía en su circular a las logias en 1887: “El aniversario del 20 de septiembre (de 1870), en que ha sido derrocado el poder temporal del Papa, toca exclusivamente a la masonería. Es una fiesta pura y simplemente masónica. Ahora trabajad haciendo el último esfuerzo para dispersar las piedras del Vaticano y construir con ellas el templo de la Razón Emancipada”.

Su desafío satánico, hecho a Dios en su Vicario, repitiendo el “non serviam” de Luzbel, tuvo lugar el 6 de marzo de 1875 cuando, al inaugurar el templo masónico en Roma, dijo el Gran Maestre: “Hermanos de la patria universal: La masonería es el grito de la conciencia humana contra la opresión. Aquí donde existe la tribuna donde se ha proclamado el Syllabus – la más asombrosa amenaza contra la sociedad moderna – hemos erigido otra tribuna, más modesta pero mucho más sabia, para proclamar y defender los derechos de la conciencia y de la libertad” [32]. 

Con tal jefe, como Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo, y con el ministro del Rey, Francisco Crispi, presidente del Consejo desde 1887 a 1896 –que era a su vez Gran Maestre de la Orden–, los masones italianos contaban, en 1890, con trescientos diputados sobre un total de quinientos.






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Notas
[1] Estatutos de la Masonería Argentina, Bs. As., 1956. Enciclopedia Universal, Espasa-Calpe, Tomo 33, sub voce “Masonería”.
[2] Truth, Juan. La francmasonería, año 1874.
[3] Gautherot, Gustavo en Dict. Apol de le Foi Catch., sub voce “Francmaçonnerie”, Tomo II.
[4] Serra, op. cit., Tomo I, pág. 60.
[5] Serra, Íbidem, pág. 61.
[6] Poncins, León de, op. cit., pág. 102. Rev. Acacia Massonica, pág. 42, año 1949.
[7] Zúñiga, Antonio R., op. cit., pág. 223.
[8] Boor, J., op. cit., pág. 47.
[9] Ledre, Carlos, op. cit., pág. 135.
[10] Zuñiga, Antonio R., op. cit., pp, 27 y 28.
[11] Caro, José, op. cit., pág. 109.
[12] En Cahill, op. cit., pág. 141.
[13] Serra, op. cit., Tomo II, pág. 92.
[14] Disraeli, Coningsby, pág. 183. En Cahill, op. cit., pág. 14.
[15] Meurin, León, op. cit. (Filosofía…), pp. 214 a 216.
[16] Meurin, Íbidem, pág. 218.
[17] Whalen, W. J. Cristianismo y masonería americana, pág. 5, Nilwaukee, USA, año 1958.
[18] Carlavilla, op. cit. (Masonería…), pp. 168 y 182.
[19] Serra, Tomo II, pág. 304.
[20] Serra, op. cit., Tomo II, pág. 131.
[21] Degreff, Walter, op. cit., pág. 235. Belloc, Hilaire, The Free Press, Londres, año 1918.
[22] Poncins, León de, op. cit., pág. 183.
[23] Poncins, León de, Íbidem, pág. 185
[24] Civiltá Cattolica, abril de 1958. Serra, op. cit., Tomo II, pág. 438.
[25] Serra, op. cit., Tomo II, pág. 164. Rev. Mas. Amer., Tomo I, pp. 79 a 81. Rev. Ecles de Bs. As., Año 1905.
[26] Despertad, revista de los Testigos de Jehová, 8 de agosto de 1958, pág. 20. N. York (traducida en Bs. As.).
[27] León, Miguel A., op. cit., pág. 68.
[28] La Nación del 19 de marzo de 1955.
[29] Hamburger Fremdemblatt del 13 de junio de 1917. Gazette da Cologne del 24 de junio de 1917.
[30] Serra, op. cit. Tomo II, pág. 340.
[31] Rív. Mass. Ital., pág. 164, año 1904.
[32] Rev. Mas. Amer., año III, Nº. 17 del 15 de oct. de 1875.




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