sábado, 24 de octubre de 2015

Reflexiones sobre la Filosofía y el Fin de la Historia - Josef Pieper

Reflexiones sobre la Filosofía y el Fin de la Historia
Josef Pieper


Reproducimos a continuación una interesante entrevista a Josef Pieper (1904-1997), –que presentamos aquí extractada y con “negritas” nuestras–, realizada en su domicilio el 6 de junio de 1992, revisada y corregida por él mismo.


Bernard Schumacher: Su primera conferencia, pronunciada en la Universidad de Münster, en Westfalia, apareció bajo el título de “Qué significa filosofar” (1948) [1]. ¿Qué le ha llevado a escribir sobre “Ocio y Culto” (1948) [2]  y “Sobre el fin del tiempo. Una meditación histórico filosófica” (1949) [3]?

Josef Pieper: «“Ocio y culto” fue mi conferencia inaugural. Durante la guerra llevé un diario que me sirvió para apuntar una serie de asuntos aislados, a los cuales en aquel momento no pude dedicar un esfuerzo más sistemático. En esos apuntes ya se hablaba del ocio, de la fiesta y del fin del tiempo. Mi conferencia inaugural se tituló “Trabajo espiritual y formación filosófica”. Mi intención era dejar patente que la labor intelectual, el trabajo espiritual y la formación filosófica para existir necesitan del ocio, de la apertura del espíritu, de la tranquilidad, de la meditación y la contemplación. En lo que al fin del tiempo se refiere, la verdad es que después de la Segunda Guerra Mundial, verdaderamente existía la impresión de que las cosas ya nunca más volverían a funcionar. En 1949 estaba yo en Berlín como profesor visitante de la universidad que en ese tiempo estaba precisamente constituyéndose como tal. El rector de entonces, el gran historiador Meinecke, me preguntó en un tono algo paternal sobre qué iban a versar mis lecciones. Le contesté: “Sobre el fin del tiempo en la historia de la filosofía”. ¿Cómo? me respondió, alarmado. ¿Sobre el fin del tiempo? Sí, le contesté, sobre eso ya escribió Kant en su breve ensayo “Acerca del fin de todas las cosas”».

Bernard Schumacher: ¿Acaso Profesor no se encuentra el surgimiento de “Sobre el fin del tiempo” en estrecha relación con su radical oposición al universo totalitario del trabajo? Ese universo, al apoyar la absoluta primacía de la praxis ¿no es cierto que amenaza al hombre contemporáneo y que combate toda variante del ocio verdadero, de la fiesta y de la contemplación? ¿Y no guarda ello cierta relación con el régimen de Hitler?

Josef Pieper: «Sí, Hitler fue bautizado por algunos como el Anticristo. Yo nunca suscribí opinión semejante, le faltaba altura para eso. Pero sí es cierto que podía ya presentirse algo, algo capaz de adquirir tonos aún más sombríos. Josef Stalin, por ejemplo, fue incluso peor que Hitler. Aunque tampoco en ese caso puede hablarse de Anticristo. Además, el Anticristo muy probablemente se presente bajo un disfraz totalmente distinto. En la Leyenda del Anticristo de Vladimir Soloviev, por ejemplo, no aparece como un tirano, sino como el gran conciliador, como el hombre que trae el nuevo orden mundial, lo cual quiere decir que el Anticristo más bien aparenta un magno redentor, un gran benefactor humanista y humanitario».

Bernard Schumacher: Max Piccard confiaba en el filósofo francés Gabriel Marcel, a quien usted llegó a conocer personalmente, que pensaba que el fin de la historia era inminente [4]. 

Josef Pieper: «Karl Jaspers, que ha escrito sobre el peligro de la bomba atómica, también llegó a sostener que era muy probable que ese fin de la historia nos alcanzara en los próximos siglos. Sin embargo, lo de predecir fechas no es tan fácil. Yo creo que el fin de la historia será una catástrofe. Pero sobre eso, claro, hay varias opiniones. Por de pronto, hay que tener en cuenta que esos talantes escatológicos que anuncian el fin de los tiempos siempre han existido. En el siglo trece, exactamente en 1255, los superiores de los franciscanos y de los dominicos redactaron un documento conjunto sobre el sentido apocalíptico de las dos órdenes mendicantes. En ese documento se dice que las órdenes fueron “creadas” por el Señor en el momento del fin del mundo: las dos luminarias de la Iglesia, los dos testigos de Cristo en burdos hábitos de arpillera, las dos estrellas de la Sibila, etc. En ese mismo año, escribía Tomás de Aquino: “Es imposible nombrar un lapso temporal, ya sea grande o pequeño, después del cual pueda esperarse el fin del mundo”. Nadie puede decir lo cercano que está el final».


Bernard Schumacher: En la segunda y tercera edición de “Sobre el fin del tiempo” habla usted algo menos sobre el Anticristo. ¿A qué se debe eso?

Josef Pieper: «Pues a que tuve que coordinar “Esperanza e Historia” (1967) [5] y “Sobre el fin del tiempo” (1950), para evitar que los contenidos se solaparan».


Bernard Schumacher: ¿Cree usted, profesor Pieper, que la figura del Anticristo sigue conservando su actualidad ahora que está tan cercano el fin de nuestro siglo?

Josef Pieper: «Sí, claro que lo creo. La verdad es que este tema siempre estará vigente».

[...]


Bernard Schumacher: Profesor Pieper, a usted cabe considerársele un filósofo que, contra la praxis absoluta, se opone a cualquier variante del mundo totalitario del trabajo. No sólo nos advierte usted de la deshumanización del hombre que cualquier estado totalitario trae consigo, sino que descubre igualmente el peligro que encierra la sofística, el poder y la corrupción de la palabra. ¿Hasta qué punto cabe relacionar estos conceptos con la realidad del Anticristo?

Josef Pieper: «En un ensayo titulado “Sobre el arte de no desesperar” [6] sostengo que si eso que se pronostica (es decir, que el fin de los tiempos va a llegar con el Anticristo) es cierto, hay que plantearse unas preguntas: primero ¿es verdad que parece que va [a] ocurrir?, ¿es probable que ocurra, desde una perspectiva puramente empírica?, y segundo, ¿qué pasa entonces con la esperanza? Porque lo que se deduce entonces de ello es que la esperanza no es otra cosa que una virtud sobrenatural, una virtud teológica». [...]


Bernard Schumacher: ¿Así es que, aunque algunos crean vislumbrar una serie de síntomas actuales que señalan hacia un final catastrófico, usted piensa que no hay motivo para el pesimismo, para la desesperación? ¿Sigue viva, y vigente, la esperanza?

Josef Pieper: «Bueno, eso depende de a qué llamemos pesimismo. Podríamos pensar que el mártir se hallaba en una situación desesperada, cuando lo cierto es que en el instante supremo, precisamente, se encontraba lleno de esperanza».


Bernard Schumacher: Esa advertencia ante el peligro de un mundo sometido por completo a la dictadura del trabajo, esa dictadura que abarca cada vez más espacio y excluye cualquier tipo de ocio y de festejo, desempeña un papel muy importante en su pensamiento.

Josef Pieper: «Se me ha preguntado con frecuencia porqué el hombre de hoy ya no sabe disfrutar de esa clase de ocio que yo promulgo. Mi respuesta es: Porque hoy en día se desconoce lo que es una actividad que tenga sentido en sí misma. Es decir, una actividad con sentido propio, que no conduzca a una utilidad o beneficio externos. ¿A qué actividades me refiero con ello? Pues, para empezar de una manera un tanto inofensiva, a actividades tales como escribir un poema o impregnarse poéticamente de unos versos, cosas que no persiguen ningún fin utilitario y que por tanto tienen sentido en sí mismas. Pero todo esto, claro, no es lo decisivo. El ocio se cultiva no sólo a través de la poesía, sino también con la música, el teatro y tantas cosas más. Son todas actividades inútiles, que en mayor o menor medida encierran su sentido en sí mismas. No obstante, lo que verdaderamente tiene sentido es, claro está, la contemplación en todas sus variantes. La contemplación de los verdaderos misterios. Cuando ya no soy capaz de esa contemplación, me veo recluido en el mundo del trabajo. Como esas personas que prefieren ir los domingos a trabajar y a solucionar sus asuntos. Me comentaba hace poco un arzobispo de Münster que se dedicó a preguntar en los conventos y monasterios de su distrito: ¿a qué se dedican los domingos? Y una madre superiora le contestó: “Pues los domingos me dedico a preparar todo el programa de actividades para la semana siguiente”. ¡Vamos, que todo menos festejar! Yo diría que si uno ya no es capaz de llevar a cabo una actividad llena de sentido, de sentido en sí misma, si uno ya no es capaz de pensar y sobre todo de darse cuenta de las cosas, es que el mundo totalitario del trabajo lo ha invadido por completo».


Bernard Schumacher: A partir de la Segunda Guerra Mundial usted se interesó mucho por Platón, y su director de Tesis, Gerhard Krüger fue decisivo en ese profundo hallazgo. Entre otras cosas, se dedicó usted a la sofística. ¿Acaso la sofística todavía está vigente hoy en día? ¿Cómo vincularla con el mundo totalitario del trabajo y, digamos, con el fin de la historia? ¿Cómo hablarle al lector del mal uso de las palabras y del peligro de esa adulteración en el ámbito del mundo contemporáneo?

Josef Pieper: «Tomemos por ejemplo el caso del ocio y la diversión. La diversión, en el terreno de la industria del ocio, quiere decir que uno se relaja y juega eternamente. En ese caso, yo no quiero hacer nada, sino que espero que los demás me enseñen algo, quiero que los demás me diviertan, y eso, claro, sólo es posible si se me dice precisamente lo que quiero escuchar, si se me adula y embellecen mis defectos y debilidades. Para eso pago. La adulación es un término extraordinariamente moderno, a pesar de que es una palabra que ya casi no se utiliza. Por ejemplo, me encuentro con un colega del cual sé que es vanidoso y que siempre está buscando afanosamente el aplauso. Le diría algo así como “maestro, leí su último trabajo y me quedé impresionadísimo”. Si se lo digo para hacerle un favor, todavía no es adulación. Pero se convertiría en adulación en el preciso instante en que -con independencia de que haya leído o no el trabajo- se lo digo para que me haga un favor. En ese caso, no quiero hacerle yo el favor, sino que él me lo haga dándome su voto, por ejemplo, en la próxima junta de facultad. En ese sentido, la adulación se practica con el anuncio publicitario que le dice al espectador o a la audiencia lo que quieren escuchar, para de esa manera provocar que compren el producto».


Bernard Schumacher: Pero esa adulación tiene que ver igualmente con la adulteración de las palabras. Las grandes palabras, por ejemplo, “amor”, de la cual habló usted ayer por la tarde durante su clase semanal, corre gran peligro de ser adulterada y mal utilizada.

Josef Pieper: «Las grandes palabras probablemente siempre han estado sometidas a ese peligro. C. S. Lewis dijo en una ocasión: “Dale un nombre a una buena cualidad, y ese nombre muy pronto designará un defecto” [7]. Esto quizá resulta un poco exagerado, pero algo parecido ocurre, sin duda. Anteayer pronuncié una conferencia en Colonia sobre “qué significa hoy en día la palabra tradición”. Tradición significa que uno se remite a algo anterior sin que entre en juego el entendimiento. La relación entre tradición y receptor de la tradición no tiene lugar en un mismo nivel. He intentado demostrar esa hipótesis ayudándome de los diálogos de Platón, que son un ejemplo modélico de conversación, diálogo y discusión. A partir de determinado punto acaba la discusión, el debate, y comienza la tradición. Cuando en el “Gorgias”, por ejemplo, en la “Politeia” y hasta en el “Fedón” se narra el mito escatológico del Juicio final, éste ya no es objeto de discusión sino de cita, de referencia obligada a la tradición. A la pregunta, “¿de dónde sacó Sócrates esa referencia?” Sócrates responde, “es lo que desde la antigüedad se ha dicho - palai legatai”. La referencia temporal “palai” remite a un pasado sin fecha. Esa palabra también aparece en la carta a los hebreos. En el primer verso se lee, según la nueva versión alemana, que como traducción también tiene sus defectos: “Antaño, Dios habló a los padres”. Quiénes son los padres, nadie lo dice, y “antaño” es una referencia temporal excesivamente vaga. Lo cual significa que existe una clara continuidad con “palaei”. En el caso de Lutero, se lee “en otros tiempos”, y otra traducción dice “desde tiempos antiguos”. Dios habló a los padres, a los ancestros. Estamos, pues, ante un pasado infechable, ante “el comienzo”. Yo diría que con eso está refiriéndose a la “protorrevelación”, la revelación originaria. La revelación, la tradición no comienza con los apóstoles, sino que al comienzo de los tiempos Dios habló al hombre, habló excepcionalmente a toda la humanidad, y esto de alguna manera acabó ingresando en los mitos de los pueblos y ha permanecido siempre presente aunque de una forma quizá algo distorsionada y cubierta de una costra de futilidades y detalles secundarios. El hombre precristiano no fue capaz de interpretar correctamente el mito del juicio después de la muerte. ¿Quiénes son, pues, los “viejos”, los “antiguos”? Para Platón los antiguos son los primeros receptores de una revelación llegada desde una fuente sobrenatural. En una ocasión Platón dirá, “a través de un cierto Prometeo”. Los primeros receptores, los primeros emisarios son los “viejos”, los palaioi y los archaioi. Los “viejos” son seres anónimos, como lo es el autor del relato de la creación del mundo. Ambos, éstos y su revelación, pertenecen a un pasado infechable».


Bernard Schumacher: ¿No podría sostenerse también que Platón se apoya en los mitos cuando ya no sabe dar respuesta filosófica a un problema determinado? ¿No será que busca refugio en lo irracional? ¿O acaso sus declaraciones sobre los mitos no serán la punta, la verdadera profundidad de los diálogos platónicos?

Josef Pieper: «Eso es precisamente lo que creo. Es un error absoluto, y perfectamente comprobable desde un punto de vista filosófico, afirmar que son invenciones de Platón. “Platón es el gran poeta de los mitos” es una afirmación absurda. Ni Platón ni Sócrates se han atribuido nunca la creación de mitos. Un mito no se inventa sino que se redescubre. Se cuenta nuevamente, se “recuenta”. El contenido, la anécdota no es de él. Hablo aquí de una revelación originaria, es decir, que al comienzo de la historia hubo una palabra divina dirigida a los hombres y escuchada por ellos, antes del judaísmo y de la llamada historia bíblica. En nuestros días ese concepto casi ha desaparecido del todo de la Teología. Se dice que estoy solo con esa defensa de la revelación originaria (Uroffenbarung). Es cierto si paseo la mirada en sentido horizontal, pero si regreso a la historia encuentro que a eso ya lo sostuvieron Newmann, Möller, Scheeben, Justino o San Agustín. De este último hay un párrafo estupendo en sus “Retractationes”, donde afirma que la verdadera religión siempre existió y que cuando llegó Cristo se le llamó cristianismo. Ésta es, claro está, una formulación muy ligera y fácil de malinterpretar, pero lo cierto es que allí ya se dice que al principio sonó la palabra de Dios, y que desde entonces estuvo siempre presente en los mitos de los pueblos, aunque quizá escondida tras una costra de informaciones adicionales, y hasta distorsionada diabólicamente. El mismo Platón siempre afirmó que no debían tomarse demasiado en serio las descripciones de los mitos. Y puesto que ha buscado la manera de interpretar esto de alguna manera hizo teología. Teología significa interpretación de la revelación. Interpretación de la palabra transmitida por Dios a los hombres. Y eso precisamente es lo que intenta hacer Platón [8]. Asegura que hay algo en el alma que no se ve, que ahora no se ve, pero que se hará visible el día del Juicio final. La culpa deja heridas, cicatrices que los jueces del Juicio final ven, juzgan, y castigan. En el “Fedón” aparece esa estructuración tripartita que constituye una de las más increíbles coincidencias históricas, es decir, la de “Paraíso-Purgatorio-Infierno”. El infierno probablemente esté vacío; eso no lo sé. En todo caso no podemos asegurar con certeza que Judas o Stalin no estén en el infierno. Nadie puede asegurar algo así. Pero lo que sí puede afirmarse con toda seguridad es que el hombre es capaz de tomar una decisión tan radical contra sí mismo y contra Dios, que acaba volviéndose definitivamente contra el Creador. C. S. Lewis lo dijo con una frase maravillosa, el infierno no está cerrado por fuera, sino que el candado queda dentro. Para Platón, “purgatorio” quiere decir que hay culpas curables e incurables. ¿Qué es una culpa curable? Al respecto, me explicó Erich Przywara que hay una concepción del fuego del infierno que también existe en Platón. Las almas de los muertos llegan a un lugar de purificación, y una vez purificadas, abandonan el lugar y alcanzan el paraíso. De pronto, al darse cuenta de que ha pecado contra el propio benefactor y de que eso ya no tiene solución, uno se arrepiente y avergüenza de sí mismo. Esa vergüenza -nosotros la llamamos vergüenza ardiente (brennende Scham)- que sentimos con tanta fuerza, nos purifica, nos limpia. Todavía tengo curación porque soy capaz de sentir vergüenza. Y después de esa purificación viene el paraíso. La representación platónica es absolutamente idéntica a la de la vida eterna, a la de esa morada impoluta “en la que no sólo se hallan las imágenes de los dioses sino los dioses mismos”, y la verdadera “Synousia” entre los dioses y los hombres. Estamos hablando, claro, del cielo. Pero el cielo está al otro lado de la muerte. Esa presuposición es uno de los elementos recurrentes de Sócrates en los grandes “Diálogos”. En Platón encontramos muchas frases teológicas. Si no lo vemos así, es decir, si no se tiene en cuenta las afirmaciones de la teología, la filosofía se vuelve estéril. También la teología se vuelve estéril si no admite conceptos filosóficos. Queda convertida en una simple repetición de textos sagrados pero desprovista de interpretación, como ocurre en la India. Allí el teólogo, el sacerdote del templo carecen de formación, son ignorantes. No poseen una formación filosófico-teológica; ésta, simplemente, no existe. Pasé varios meses en la India y tuve oportunidad de conocer al famoso jesuita Pierre Fallon, quien me ayudó a conocer los pormenores de ese culto. Me contó que si en medio de intelectuales hindúes a uno se le ocurriera decir “yo como sacerdote”, se le contestaría inmediatamente con lo siguiente: “Por Dios, no puede usted llamarse así, eso es algo terrible, un sacerdote es un pobre tonto que ni siquiera sabe lo que dice”. El sacerdote es en verdad un ignorante que sólo repite y vuelve a repetir. También me pasó que me invitaron a la casa de una familia burguesa y acomodada, a donde iba todos los días un bramán al que pagaban para que en una pequeña estancia reservada exclusivamente a ese propósito celebrara el rito religioso hindú. Uno de los hijos de la casa era un estudiante a quien había conocido. Después del rito pregunté a los hijos qué había ocurrido realmente. Contestaron: “son todo puras tonterías, disparates, en realidad, no ha ocurrido nada digno de mención”. Entonces, dije al padre: “Sus hijos dicen que son tonterías, usted ¿qué opina?”. Su respuesta fue: “This has been done for a thousand years! Es la tradición” [9]. ¿Qué significa, pues, eso de “it's been done for a thousand years”? Si no es posible la interpretación a partir del conocimiento natural, a partir de la filosofía, entonces todo se convierte en algo completamente estéril. Y viceversa, si la filosofía se separa de esas cosas y declara su falta de importancia, entonces también se vuelve estéril. Ambas se hacen estériles».


Bernard Schumacher: ¿Aseguraría usted que una parte de la filosofía actual es estéril? ¿No será que, en el fondo, una filosofía puramente analítica o una filosofía puramente histórica no son filosofía?

Josef Pieper: «Sí, la “philosophia” no es historia y tampoco puede equipararse a una investigación lógico-matemática. “Philosophia”, al fin y al cabo, significa “amor a la sabiduría”, y sólo Dios es sabio. Si la sabiduría, que en realidad sólo posee Dios, no es el verdadero objeto de la filosofía, entonces ésta simplemente deja de existir».


Bernard Schumacher: ¿Cree usted que, hoy en día, muchos filósofos en el fondo no son sino pseudofilósofos?

Josef Pieper: «No lo sé. La verdad es que no me ocupo de esas cosas. En el caso, por ejemplo, de Martin Heidegger en su “Ser y tiempo” yo diría que, por su naturaleza, talento y vocación es un filósofo. Por razones semejantes aseguraría que Heinrich Böll es un narrador nato. Pero llega un momento en que uno tiene que contestar a la siguiente pregunta: ¿Qué hago como persona con eso que tengo y sé hacer por naturaleza? Ahí, tanto en el caso de Böll como en el de Heidegger, el asunto se vuelve más dudoso. Cuando un primer libro ha tenido éxito se siente la gran tentación, que yo conozco, de que el segundo también debe ser un verdadero “libro Pieper” o un auténtico “libro Heidegger”. En mi opinión, Heidegger ha sido algo víctima de esa tentación, a la que conozco muy bien y hay que ofrecer una resistencia tenaz. Yo me he dicho, no tiene que ser un libro “Pieper”, tiene que ser un libro sobre el tema que trata, y ese tema es el que determinará el estilo y lo que digo. Heidegger probablemente pensó que tenía que escribir como Heidegger».


Bernard Schumacher: ¿Llegó usted a conocer personalmente a M. Heidegger?

Josef Pieper: «Lo conocí en Davos en 1931. Y también estuve presente en la famosa conversación con Ernst Cassirer (se trataba de aclarar a qué se había referido Kant con “la cosa en sí”), y ahí, objetivamente, le di la razón a Heidegger. Pero su persona resultaba una indecencia comparada con la muy distinguida presencia de Cassirer, siempre tan bien peinado y tan pulcramente vestido. Heidegger me resultó profundamente antipático, poco de fiar, demasiado centrado en si mismo, egocéntrico. Buscaba impresionarnos a todos».


Bernard Schumacher: ¿Qué es para usted la filosofía?

Josef Pieper: «Significa amor, intentar acercarse a la esencia del mundo, de las cosas, de la realidad. A la vez, no me separo de lo que sé gracias a la fe, y de lo que de la fe y de la creencia considero verdaderos. Cuando filosofo, por ejemplo, sobre la muerte, no puedo hacer como si no hubiera oído nunca nada de lo que, como creyente, naturalmente he oído y aprendido. Eso sería una soberana tontería. Soy absolutamente incapaz de separar la filosofía de la teología. Forman una unidad. Hay que saber, naturalmente, distinguirlas pero no separarlas».


Bernard Schumacher: Usted, Profesor Pieper, entiende por teología no solamente la católica sino cualquier tipo de interpretación de la palabra divina dirigida a los hombres.

Josef Pieper: «Sí, así es».


Bernard Schumacher: La teología pues ¿constituye para usted un concepto que supera el ámbito cristiano?

Josef Pieper: «Sí. En mi opinión teología significa interpretación de la revelación, y ésta se remonta mucho más allá de los Apóstoles. No puede afirmarse que la tradición comienza con éstos. Si así fuera, ¿de dónde sacó Sócrates lo del Juicio final, etc.? La tradición, por lo tanto, comienza con los “viejos” que permanecen en el anonimato».


Bernard Schumacher: En su pensamiento teología y filosofía quedan irremisiblemente vinculadas. Si una excluye a la otra, una de las dos desaparece. ¿Qué significa para usted ser un filósofo cristiano? ¿Puede uno dedicarse a hacer filosofía cristiana? ¿Acaso existe una filosofía así?

Josef Pieper: «Yo siempre he evitado el término “filosofía cristiana”. Hablo del acto filosófico y de la persona filosofante. Si la persona filosofante es creyente, es un cristiano, cuando filosofa no puede hacer como si no lo fuera. No puede hacer como si nunca hubiera oído nada de lo que la doctrina cristiana dice de la creación, de la salvación o de la presencia de Dios en la tierra. No puede hacer como si eso no existiera. El término “filosofía cristiana” se interpreta de varias maneras distintas. Eso no me preocupa. No creo que sea un concepto importante ni central, lo que me interesa es la persona filosofante. Quizá pueda construir y tener en cuenta una cosmogonía carente de elementos cristianos. Pero no puedo hablar sobre la muerte y la eternidad, no puedo hablar sobre la fe y la creencia dejando fuera esos elementos».


Bernard Schumacher: Pero ¿puede uno hacer filosofía sin referirse a la revelación divina, sin creer en las afirmaciones teológicas y sin contemplar en absoluto la teología?

Josef Pieper: «Sí, claro, pero en ese caso se está creyendo en otra cosa. Jean Paul Sartre es mucho más creyente en su idea, en su convicción de que Dios no existe, que cualquier cristiano que cree que Dios existe y lo ama. Sartre es igual de creyente, es decir, también toma algo por verdadero sin exigir una comprobación».


Bernard Schumacher: ¿Quiere decir eso que para usted el verdadero filósofo es aquel que se apoya en presuposiciones teológicas?

Josef Pieper: «Sí, toda la influencia y el resplandor que irradia el pensamiento de J. P. Sartre lo atribuyo a que ha hecho públicas sus creencias y presuposiciones. En cambio, la discreción académica dicta que no entren en juego las verdades creídas».


Bernard Schumacher: Para filosofar, siempre hay que...

Josef Pieper: «Sí, partir de las verdades creídas...».


Bernard Schumacher: ¿Esas verdades creídas no pueden comprobarse mediante la Ratio?

Josef Pieper: «No, no es posible. Simplemente, hay que creerlas. Y es inadmisible que uno haga como si nunca las hubiera creído, como si nunca hubiese oído hablar de ello. Así no puede ser. Fedor Stepun, un ruso que había inmigrado a Alemania escapando del bolchevismo asistió al seminario “Culpa y libertad”, impartido por uno de los más famosos filósofos de Heidelberg, Windelband. Durante el seminario, surgieron varias soluciones, y fueron sometidas a discusión. F. Stepun preguntó en un momento dado a Windelband: ¿Tiene usted otra idea determinada o se queda con las tres que hemos esbozado? El profesor respondió: “Sí, tengo una idea distinta y preconcebida, pero no me parece apta para este tipo de ejercicios seminarísticos”. Esa idea era precisamente lo que creía, su creencia. Lo que creía y a qué se estaba refiriendo, no lo sé. Pero, en mi opinión, hay que tener en cuenta todo, también las creencias y opiniones, porque si no se hace así, no estamos haciendo filosofía. F. Stepun comentó acerca de esta experiencia con Windelband: “Me sentí encerrado, como si estuviera tras una alambrada de espino, y sin la posibilidad de adentrarme en el terreno que verdaderamente me interesaba”. Ahí ocurrió exactamente a lo que me refiero».


Bernard Schumacher: Así es que el filósofo, cuando quiere de verdad filosofar, tiene que arriesgarlo todo...

Josef Pieper: «... Sí, tiene que declarar cuales son sus más recientes opiniones».


Bernard Schumacher: Y en esas opiniones siempre hay una verdad creída.

Josef Pieper: «Sí, aunque no sean verdades, como en el caso de Sartre. El filósofo tiene que tener en cuenta y hacer públicas sus convicciones. Eso es lo que hace J. P. Sartre, y por eso su pensamiento resulta tan relevante. Alguna vez dije: con él, se siente en la lengua, la sal, el sabor de lo existencialista. Por eso ha tenido ese gran efecto.Yo diría lo siguiente: el filósofo, todo lo que cree, todo lo que considera verdadero, lo tiene que poner sobre la mesa; de dónde extrae sus creencias es ya otra cosa. ¿De dónde saca Sartre que no hay Dios, que no existe la naturaleza humana precisamente porque Dios no existe, y él es quien la podría haber inventado o concebido? Son todos dogmas de fe».


Bernard Schumacher: Su creencia, su presuposición fundamental sobre la que se levanta toda su filosofía es la existencia de Dios o, mejor dicho, la existencia de un dios creador.

Josef Pieper: «Sí, en mí caso se trata en realidad de toda la creencia cristiana. Cuando se me pregunta que qué pienso del universo, diría que personas como Heisenberg o como Albert Einstein y la astrofísica moderna probablemente tienen razón. Eso no lo puedo juzgar, simplemente lo doy por bueno. Pero eso no quiere decir que lo crea a pies juntillas, ni que me fuera a dejar matar por defenderlo».


Bernard Schumacher: Usted nunca prueba o fundamenta de manera racional la existencia de Dios. ¿Acaso puede fundamentarse con la ayuda de la razón?

Josef Pieper: «No, simplemente me he apoyado en mi creencia».


Bernard Schumacher: Pero podría probarse racionalmente...

Josef Pieper: «El que se pueda o no probar, es una pregunta a la que se dirige precisamente la prueba. Yo lo puedo rechazar, porque no se me puede forzar a probarlo, como si se tratara de un resultado o prueba científicos. Cuando Santo Tomás habla de “demostrare”, ya sólo el término en sí contiene cuatro o cinco significados distintos. Puede significar lo siguiente: “hacer algo evidente, mostrar algo, señalar algo, hacer que algo no aparezca como absurdo”, y, naturalmente, también puede significar “probar algo”, en el sentido que nosotros lo estamos utilizando. Pero “probar”, en el sentido de “matemáticamente irrefutable”, simplemente, no existe. Y las pruebas de la existencia de Dios esgrimidas por Santo Tomás está claro que no van en esa dirección».


Bernard Schumacher: Para un filósofo ¿la existencia de Dios como creador es materia de fe?

Josef Pieper: «Sí, pero determinadas cosas no están ahí sólo para creerlas, también cabe negar su existencia. Puede uno verlo también desde una perspectiva negativa: ¿Cómo sería el mundo si no existiera Dios, si no existiera un dios creador?».


Bernard Schumacher: Cuando como filósofo usted contempla ciertas afirmaciones teológicas (y dado que la creencia católica cuenta con diferentes teologías), para decir: Yo me baso en esta interpretación y no en aquella de tal o cual exegeta o profesor de moral, ¿qué criterios emplea?

Josef Pieper: «Ninguno. Me rijo por la enseñanza de la Iglesia, que no posee diferentes teologías; me rijo, pues, por la “tendencia communis”, por lo que la iglesia practica. Por otra parte, qué quiere realmente decir eso de “practicar”. Habría que referirse también a los ritos religiosos, a los concilios, etc. Lo que respeto, lo esencial, es lo que la Iglesia dice cuando habla como Iglesia. En cuanto a lo que a los distintos teólogos se refiere, es ya un asunto que compete a la teología como disciplina académica. Eso no me afecta, ahí ya no me siento responsable, y tampoco me interesa».


Bernard Schumacher: Usted, en el ámbito filosófico académico, en realidad no es...

Josef Pieper: «Yo no sé lo que hacen aquí mis colegas. Yo soy desde 1954 miembro de la Academia de las ciencias de Nordrhein-Westfalen [...] Cuando fui contratado por esa asociación me pregunté ¿qué investigo yo, realmente? La filosofía, en realidad, no es investigación. Pero de todas maneras ingresé. Había investigación sobre Hegel, sobre Nietzsche, sobre Santo Tomás. Eso es historia del espíritu o de las ideas, pero no filosofía en el sentido más genuino de la palabra. Es, si usted quiere, historia de la filosofía. Yo, en la medida de lo posible, evito el uso de terminologías artificiales, de términos especializados que no pertenecen al lenguaje natural».


Bernard Schumacher: Usted, por la utilización del lenguaje sencillo y asequible de sus ensayos filosóficos -entre otras razones, claro- recibió el premio Balzan, que hace poco le fue entregado también al filósofo francés Emmanuel Levinas.

Josef Pieper: «Eso fue lo que mayor satisfacción me dio. Porque confirmaba que cuando hablo de las cosas que interesan a todos, todo el mundo me entiende. Fue, ya le digo, una gran alegría para mí». [...]


Bernard Schumacher: Profesor Pieper, usted es un filósofo que no sólo ha escrito mucho sino muy bien. El reconocimiento de la verdad, como dice usted con frecuencia ya de por sí es importante. ¡No se preocupen por Sócrates! [10]. Su filosofía es muy reconocida: basta pensar en todos los premios recibidos, así como en las cátedras y plazas de profesor visitante que le fueron ofrecidas y en las conferencias que impartió fuera de su país. Su pensamiento filosófico posee prestigio internacional. Es apreciado grandemente en Italia, España, Japón, Estados Unidos y América del Sur. Resulta, por ello, ciertamente extraño que en Alemania y sobre todo en las facultades y universidades, se le haya arrinconado un poco. Gerhard Krüger comentó hace tiempo que era usted un marginado, como Romano Guardini o Theodor Haecker, y hasta se le llegó a tildar de “ermitaño cosmopolita”.

Josef Pieper: «Krüger opinaba que una vez obtenido el Doctorado ya ni fuera a la Universidad».


Bernard Schumacher: ¿Se deberá todo ello a que cuando se dedica a la filosofía hace philosofia de verdad, y no historia de la filosofía, como comentó usted antes?

Josef Pieper: «No lo sé. Aquí en Münster también había mucho de envidia. Los estudiantes acudían a mi clase en verdaderas bandadas, cosa que no ocurría con mis colegas. La Universidad llegó a pedir que se construyera un edificio de aulas más amplio. Höffner, que en aquel tiempo todavía no era Cardenal, sino el director del departamento de Ciencias Sociales, recibió el encargo de determinar el número de alumnos que asistían a las clases más frecuentadas. Resultó que Pieper tenía una audiencia de 1500 estudiantes, y que la clase se daba en varias aulas a la vez con la ayuda de micrófonos. Pero todo eso ya pasó. Este hecho provocó envidia y rivalidad, de manera que tuve una serie de dificultades y nunca fui aceptado por la facultad. Algunos dicen que lo que doy en las clases no tiene nada que ver con una ciencia, pero siempre me ha importado muy poco. He recibido muchas ofertas, de Gotinga, Munich, Bonn, Wurzburgo, etc., y siempre he contestado que no participo de grandes proyectos con índice de textos y bibliografía. Nunca acepto esas ofertas, siempre me quedo aquí. Claro que nunca he podido decir, me quedo aquí porque yo mismo planté los árboles de ese jardín y no me quiero ir».


Bernard Schumacher: ¿Cuál fue el verdadero motivo que lo impulsó a rechazar tantas ofertas? ¿Prefiere usted permanecer en Münster junto a su familia?

Josef Pieper: «Sí, ése es el verdadero motivo. Dos veces me hicieron una oferta, nunca acepté. El ministerio en Westfalia me mandó llamar y me preguntó qué tenían que hacer para que no me fuera. Les dije que no sabía. Entonces me propusieron crear una cátedra extraordinaria. El ministerio en Dusseldorf esperaba, lógicamente, que la facultad iba a apoyar la moción y solicitar la cátedra. Pero nada de eso ocurrió. Cuando llegó la oferta de Munich, el ministro de cultura de Nordrhein-Westfalen decidió crear una nueva cátedra para mí. Pero no pudo ser, por culpa de mis colegas. En un encuentro con el ministro, éste le preguntó al representante de la Facultad de Filosofía cuál era la razón de tantas dificultades a lo que éste respondió: “Señor ministro, se puede decir con una sola palabra: rivalidad”. En consecuencia, el ministerio de Dusseldorf creó una cátedra para mí que permanece anexa (pero nunca inserta) a la Facultad. La Facultad de Teología aceptó esa solución en una carta que todavía guardo: “Aceptamos la propuesta del señor ministro, y entendemos lo siguiente por 'anexión': primero, el ocupante de la cátedra no será nunca miembro de la facultad; segundo, no tiene, ni voz ni voto en la facultad; tercero, no tiene derecho a llamarse «profesor de teología» y cuarto, alguna cosa más”. Vinieron algunos profesores de la Facultad y se disculparon explicándome que no tuvieron más remedio que apoyar la carta. Yo, mientras tanto, me decía: “¡No saben ustedes el regalo celestial que me han hecho con eso!”. Si no soy miembro de la facultad, tampoco tengo ninguna obligación de nada. Debo de ser el único miembro ordinario en Alemania que nunca ha tenido que asistir a una junta de facultad. Antes era más complicado con el derecho eclesiástico, un laico difícilmente podía ser aceptado en la facultad de teología. Ahora, ya aparezco en la lista oficial de profesores, no obstante les dije que prefería aparecer como “cátedra anexa de Antropología filosófica Josef Pieper”».


Bernard Schumacher: ¿Todavía ocupa usted esa cátedra?

Josef Pieper: «Sí, aún la ocupo. Ahora soy Profesor Emérito, pero mis conferencias aparecen anunciadas en el índice de clases. Mientras viva y tenga audiencia, puedo seguir dando clases. Y eso es lo que voy a hacer».


Bernard Schumacher: Platón figura entre los grandes maestros de su pensamiento filosófico. ¿Qué lo llevó hasta Platón?

Josef Pieper: «Gerhard Krüger, el director de mi tesis, llegó a Münster para impartir clases y se convirtió en el sucesor de Peter Wust, que murió durante el período nazi. Cuando lo conocí estaba precisamente trabajando en su opus magnum, Einsicht und Leidenschaft. Das Wesen des platonischen Denkens  (Conocimiento y Pasión. La esencia del planteamiento platónico), que era un comentario al “Simposio” de Platón. Gracias a él, realmente, llegué a conocer la filosofía de Platón. Y luego, en Essen, tuve ocasión de dar clases sobre los Diálogos de Platón, con esa informalidad y ligereza que conocí en los Estados Unidos. Se lo he dicho muchas veces a los estudiantes cuando los veo sentados y escribiendo: “Dejen de anotar, pongan los pies encima de la mesa, como mis estudiantes norteamericanos y piensen en lo que Platón está diciendo realmente”. Después di otras clases y conferencias sobre Platón, pero nunca fueron publicadas».


Bernard Schumacher: En lo que se refiere a su Teoría del Conocimiento, muchos afirman que es más platónica que tomista, es decir, que usted cree en la posibilidad de un recuerdo del conocimiento, o de un reconocimiento del saber.

Josef Pieper: «Sí, es cierto, pienso que la verdad sólo se posee en lo que uno vuelve a reconocer, en aquello que uno ya sospechaba o de alguna manera ya sabía. El espíritu humano, por su propia naturaleza, guarda cierta afinidad con la verdad».


Bernard Schumacher: Algo, pues, que uno ya vio en alguna ocasión...

Josef Pieper: «Sí, lo que no sé es de dónde nos viene todo eso. No sé si viene de la primera infancia, o si lo vamos adquiriendo con la madurez».


Bernard Schumacher: ¿En todo caso, no antes de nacer?

Josef Pieper: «No, no creo. Ahí se “sobreinterpreta” a Platón. Lo que ha dicho al respecto es que el alma no se hace, es decir, que no es como una planta que por fin da sus frutos. No hay una genética del espíritu: éste, de pronto, aparece, se manifiesta. Cómo ocurre eso, no lo sé, nadie lo sabe. Yo ahí soy mucho más primitivo de lo que la gente cree descubrir en mis escritos. No soy muy ambicioso. Creo, sinceramente, que en ese aspecto la ambición es completamente infundada. Hay ciertas cosas que aparecen con la madurez, con el crecimiento, y de las cuales antes no se sabía nada. Tampoco siento la necesidad de probar eso, de probármelo a mí mismo o de sostenerlo con argumentos racionales. Una vez más, tengo que decepcionar aquí a la ciencia, siempre tan severa».


Bernard Schumacher: También ha escrito usted “Sobre el concepto del pecado”. En filosofía, ese tema resulta...

Josef Pieper: «... Bastante molesto. En “Cocktail Party”, T. S. Eliot describe a una muchacha que vive en unión ilegítima con un hombre y que va a visitar a su médico (al que Eliot dibuja como un personaje sobrenatural) y que dice: “Suena ridículo, pero la única expresión que puedo encontrar es la de una sensación de pecado”. El médico responde: “¿Sufre usted bajo la sensación de pecado, Miss Coplestone? Eso es altamente inusual”».


Bernard Schumacher: Su pensamiento se dirige también contra la filosofía de la Ilustración, contra la filosofía del progreso, del hombre responsable....

Josef Pieper: «... Bueno, es que el hombre es algo muy distinto...».


Bernard Schumacher: ... Y contra la posmodernidad..

Josef Pieper: «Ese es un término del cual nunca me he ocupado».


Bernard Schumacher: Se le conoce como un filósofo cristiano, como un tomista e incluso como un existencialista cristiano. ¿Qué es usted en realidad?

Josef Pieper: «En todo caso, ningún tomista en el sentido en que lo entienden los tomistas; la mayoría de las veces, no me aceptan como tal».


Bernard Schumacher: ¿Un tomista en su sentido más estricto?

Josef Pieper: «Una vez di en Manila una conferencia sobre “El elemento negativo en la filosofía de Santo Tomás”. Durante la discusión abierta que siguió a la ponencia, un profesor me preguntó qué tenía contra el tomismo. Yo le contesté: y eso ¿me lo pregunta precisamente a mí? Pero, voy a decírselo: en primer lugar, los tomistas piensan que pueden separar la filosofía de Santo Tomás de la teología. Santo Tomás es filósofo, pero su filosofía es la filosofía de un teólogo; además es teólogo, pero su teología es la de un filósofo. Son dos cosas que, simplemente, no pueden separarse. En segundo lugar: ustedes utilizan una terminología mientras que Santo Tomás, en cambio, habla un lenguaje vivo. Nunca se preocupa de los términos. Por ejemplo, para el concepto de causa efficiens tiene tres, cuatro, cinco palabras distintas, y las utiliza aleatoriamente, sin ajustarse a ninguna norma. Ustedes, ya digo, emplean una terminología, y eso lo distingo yo del lenguaje, de la palabra. Y, por fin, en tercer y último lugar: lo que en Santo Tomás he leído docenas de veces, nunca lo he leído en ustedes: “La esencia de las cosas nos es desconocida”. Esa fue mi respuesta».


Bernard Schumacher: ¿Así es que a usted no puede ponérsele, ninguna “etiqueta”?

Josef Pieper: «No, no creo».


Bernard Schumacher: Entonces, Profesor Josef Pieper, ¿cómo resumiría usted en una frase a su filosofía?

Josef Pieper: «Busca la sabiduría, tal y como Dios la posee. Sólo Dios es sabio. Únicamente nos queda buscar la sabiduría, tal y como se manifiesta en Dios».







Notas: 

[1] 1988, München, Kösel.

[2] 1965, München, Kösel.

[3] 1980, München, Kösel.

[4] Vgl. Marcel, Gabriel, Les hommes contre L'humain, (nouvelle édition), 1991, Paris, Editions universitaires de France, p. 131.

[5] München, Kösel.

[6] Über die Schwierigkeit heutze zu Glaube. Aufsätze und Reden, 1974, München, Kösel, p. 196-213.

[7] Lewis, C. S., Studies in Words, 1967, Cambridge, p. 173 zitiert in Pieper, J., Über die Liebe, 1987 (1972), München, Kösel, 18. Vgl. Pieper, J., Missbrauch der Sprache, Missbrauch der Macht, 1988, Ostfildern bei Stuttgart, Schwabenverlag.

[8] Vgl. Pieper, J., Über die platonischen Mythen, 1965, München, Kösel.

[9] Vgl. Pieper, J., Über den Brgriff der Tradition, 1958, Köln und Opladen, Westdeutscher Verlag. Überlieferung. Begriff und Anspruch,1970, München, Kösel.

[10] Pieper, J., Kümmert euch nicht um Sokrates. Drei Fernsehspiele, 1993, Einsiedeln, Johannes Verlag, (1966, München, Kösel).





Fuente: Revista “ESTUDIOS. Filosofía-Historia-Letras”, 
Nº 44 - Primavera 1996, del Instituto Tecnológico Autónomo de México
[Traducción de María Teresa de Zubiaurre]







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