miércoles, 4 de febrero de 2009

La Ciudad Cristiana y el Nacimiento de los Hospitales - Horacio Boló


La Ciudad Cristiana y el Nacimiento de los Hospitales
Horacio Boló


“Para ser originales hay que volver a los orígenes” Gaudí


Los historiadores del siglo XX han presentado una imagen distorsionada de los hospitales anteriores a la modernidad como lugares dedicados a la limosna, pobremente equipados, preocupados por confortar a los enfermos en su dolor y no mucho por tratar médicamente sus dolencias. En 1936 el famoso historiador de la medicina Henry Sigerist sostenía que recién en la segunda mitad del siglo XVIII los hospitales empezaron a ser algo más que el refugio de los desocupados y los pobres. Lo mismo afirman varios autores contemporáneos que dicen que la diferencia es tan grande que las instituciones anteriores a la modernidad no merecen el nombre de hospitales. Desde el Iluminismo los intelectuales han ignorado los logros de las instituciones de caridad de la Edad Media. Al respecto basta recordar lo que hemos escrito sobre el tratamiento de los locos en la Edad Media. El famoso filósofo inglés John Locke llega a decir que “el que inventó la imprenta, descubrió el uso del compás... ha salvado más gente de la tumba que los que edificaron colegios, talleres y hospitales.” La verdad es otra. Un estudio hecho sobre el hospital de Santa María Nuova de la ciudad de Florencia ha demostrado que entre el 86 y el 91 % de los pacientes habían sido dados de alta entre los años 1502 y 1514. Los médicos de ese hospital llevaban un registro de los remedios administrados y para poder ejercer la medicina era necesario acreditar que se tenía experiencia en la práctica hospitalaria.

Pero los hospitales nacieron mucho antes.

Entendemos por hospital una institución pública o privada destinada específicamente al tratamiento de personas enfermas.

En las culturas precristianas no hubo ninguna institución semejante a nuestros hospitales. En los escritos de Hipócrates y de Galeno no se menciona ninguna institución dedicada al cuidado de los enfermos y tampoco se encuentra ninguna referencia en otras fuentes y Plutarco, que vivió entre los años 40 y 120 y habla con detalle de la práctica de la medicina no hace tampoco mención de los hospitales. Es necesario recordar que el Imperio Romano va a trasladar su capital a Bizancio (hoy Constantinopla) y es allí donde la Cristiandad va a dar origen a los hospitales. Muchos monasterios fundaron hospitales y hasta el siglo XV algunos los mantuvieron en funcionamiento. Los hospitales surgen del espíritu de caridad cristiana que impregna la sociedad de esa época. Los recursos económicos que antes se empleaban en la construcción de teatros, templos y circos se van a destinar a los hospitales y las ciudades se van a llenar de orgullo con ellos como antes de sus teatros.

El primer hospital, es decir, un lugar dedicado exclusivamente al cuidado de los enfermos, nace hacia fines del siglo IV y van a continuar en funcionamiento hasta el siglo XIII en que fueron destruidos en gran parte por los turcos. Se acepta hoy en día que el primer hospital como lugar dedicado exclusivamente a la atención médica de los enfermos y no meramente a dedicado a servir como asilo fue fundado por San Juan Crisóstomo [1] y por San Basilio de Cesarea [2], ambos Padres de la Iglesia, y van a crecer y desarrollarse a lo largo de nueve siglos en forma ininterrumpida en Jerusalem, Antioquia, Edesa, Alejandría y todo el territorio que hoy conocemos como Medio Oriente. En Constantinopla, hoy Estambul, había además instituciones que eran muy semejantes a nuestros geriátricos, casas para huérfanos y para los pobres y otras dedicadas a la atención de enfermos crónicos.

Resulta sorprendente que ya desde un comienzo estos hospitales, que al principio se llamaban nosocomios y luego xenones, tenían exactamente la misma estructura que los hospitales modernos. A partir del siglo VII van a tener todos un modelo común. No tenían habitaciones privadas y estaban divididos en salas comunes con un número de camas que variaba entre 6 y 12 por sala. Había una sala para enfermos quirúrgicos, otra para enfermos generales, casi todos contaban con una sala especial para pacientes con enfermedades de los ojos y una sala para mujeres y muchos tenían una sala de pocas camas para pacientes muy graves y para la recuperación postoperatoria, nuestra sala de cuidados intensivos. Todas las camas eran individuales y debían estar provistas de colchón, almohada, sábanas y en invierno con dos mantas de lana de cabra. A los más pobres les daban ropa. Un detalle interesante es que algunos tenían camas especiales para los pacientes muy débiles o que no podían moverse con un agujero en el medio para que no tuvieran que levantarse para ir al baño. Las letrinas estaban separadas de las salas. Como para la medicina de la época los baños eran una forma de tratamiento de varias enfermedades contaban con una sala especial destinada a tal efecto. Algunos tenían bibliotecas y salas de lectura. Todos tenían una Iglesia. Los pacientes recibían una dieta vegetariana bien equilibrada de alrededor de 3.300 calorías diarias. Eran atendidos por enfermeras día y noche. Y además cocineros, lavaderos, una farmacia a cargo de un farmacéutico, porteros, sacerdotes, panaderos, un equivalente a la central de materiales de nuestros hospitales donde se limpiaba y reparaba el material quirúrgico y un grupo de gente dedicada a la administración que en general no eran monjes. Muchos de ellos se van a encargar también de los entierros y del servicio religioso de los funerales. Había dos médicos por cada sala, equivalentes a nuestros jefes de sala que se turnaban ya que un mes trabajaban en el hospital y el otro en la práctica privada, y tres médicos asistentes como mínimo. Vale la pena destacar que los que estaban a cargo de la sala de mujeres contaban con la ayuda de una médica jefe y cuatro médicas asistentes que hacían guardias nocturnas. Los médicos jefes y sus asistentes examinaban juntos a cada paciente todos los días Además tenían cuatro médicos, dos de cirugía y dos de clínica, para la atención de los consultorios externos. Por encima de estos profesionales había otros médicos de alta jerarquía que supervisaban el funcionamiento de todo el hospital, participaban en las revistas de sala con los jefes y sus asistentes, controlaban los tratamientos y actuaban como consultores en los casos difíciles que se presentaban en los consultorios externos. Llevaban un registro de los pacientes y de su evolución donde se detallaba el tratamiento recibido. Pronto se convirtieron en centros de enseñanza con un sistema muy semejante a las residencias médicas actuales y era necesario haber concurrido durante algunos años a los hospitales como asistentes y contar con la aprobación de las corporaciones médicas para poder ejercer la medicina privada. El salario promedio de un médico era bajo, apenas alcanzaba para vivir, y los profesionales compensaban esto con los honorarios que recibían en la práctica privada.

¡Qué lejos todo esto de la imagen que nos han trasmitido: siglos oscuros, religiosos enemigos de la ciencia! Y lo que resulta más importante: los frutos de la auténtica caridad cristiana que ningún sistema puede reemplazar, como bien lo señala Benedicto XVI en su encíclica “Dios es caridad” que va más allá de la filantropía, que en forma tan sublime encarnaran la Madre Teresa de Calcuta y el Padre Pío con su fundación del Hospital “Alivio del sufrimiento”, que es además hoy un centro muy importante de investigación científica. Deberíamos volver a nuestros orígenes [3].



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Notas:
[1] Dice que los crea “para la gloria de Cristo”
[2] San Basilio de Cesarea había estudiado medicina en Atenas y muchos monjes y obispos estudiaron medicina.
[3] Desgraciadamente no está traducido al español pero un libro de lectura imperdible es “The birth of the hospital in the Byzantine Empire” de Timothy S. Miller, prefesor de historia en Maryland, EE.UU.




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