
Mario Caponnetto
[Centro Pieper] Por gentileza de un querido amigo sacerdote, llegó a mis manos el libro El infierno, de Monseñor de Ségur (obra aparecida en París en 1878) en su versión española publicada por la Editorial Ictión, en Buenos Aires, en 1980.
Se trata de uno de los más conocidos libros de Monseñor Louis Gastón Adrien de Ségur, más conocido como Monseñor de Ségur (nacido en París el 15 de abril de 1820 y fallecido en la misma ciudad el 9 de junio de 1881), prelado y escritor francés, célebre por sus numerosas obras religiosas y apologéticas en defensa de la fe católica.
Escrito en un lenguaje y en un estilo que hoy nos resulta poco familiar (diríase arcaico), la obra es, no obstante, de un gran valor, sobre todo, como lectura espiritual. En sus páginas el lector hodierno se encuentra con algo que, al presente, ha desaparecido casi por completo en las homilías y en los textos religiosos al uso: el infierno. Sí, el infierno, cuya existencia es dogma de fe, y al que debemos temer, no con temor servil sino con auténtico temor de Dios. Pero, repito, ya casi nadie se acuerda de su existencia. ¡Si hasta un Papa llegó a decir que esperaba que estuviese vacío!
Una mal entendida misericordia, muy corriente en el catolicismo actual, parece contradecir la sola idea de una condenación eterna, de un lugar o un estado horrible y perpetuo en el que es posible caer según se haya vivido en esta vida. Sin embargo, siguen vigentes los versos de Dante en los que el gran Poeta atribuye la existencia del infierno a la Justicia de Dios, a su Suma Potestad, su Suma Sabiduría y Primer Amor:
Giustizia mosse il mio alto fattore:
fecemi la divina podestate,
la somma sapienza e ‘l primo amore [1].
El libro, de amena lectura, no se limita a una exposición de la doctrina católica sobre el infierno, sino que para corroborar y afirmar con mayor énfasis la verdad acerca de su existencia, el autor sazona su exposición con el relato de ciertos hechos, extraordinarios unos, evidentemente milagrosos otros, que no dejan lugar a duda alguna respecto de que el infierno es una triste pero incontrastable realidad.
Entre los hechos que se relatan me ha impresionado vivamente uno sobre el que quiero detenerme. Se trata de lo acaecido durante los funerales de un tal Doctor Raymond Diocrés, profesor de la Universidad de París. Cedamos la palabra al propio Monseñor de Ségur:
«Acababa de fallecer un célebre doctor de la Universidad de Paris llamado Raymond Diocrés, dejando universal admiración entre todos sus alumnos. Era el año 1082. Uno de los más sabios doctores de aquel tiempo, conocido en toda Europa por su ciencia, su talento y sus virtudes, llamado Bruno, hallábase entonces en Paris con cuatro compañeros, y se hizo un deber asistir a las exequias del ilustre difunto.Se había depositado el cuerpo en la gran sala de la Cancillería, cerca de la Iglesia de Nuestra Señora, y una inmensa multitud rodeaba respetuosamente la cama en la que, según costumbre de aquella época, estaba expuesto el difunto cubierto con un simple velo.En el momento en que se leía una de las lecciones del Oficio de difuntos, que empieza así: Respóndeme. ¡Cuán grandes y numerosas son tus iniquidades!, sale de debajo del fúnebre velo una voz sepulcral, y todos los concurrentes oyen estas palabras: Por justo juicio de Dios he sido acusado.Acuden precipitadamente, levantan el paño mortuorio: el pobre difunto estaba allí inmóvil, helado, completamente muerto. Continuóse luego la ceremonia por un momento interrumpida, hallándose aterrorizados y llenos de temor todos los concurrentes.Se vuelve a empezar el Oficio, se llega a la referida lección: Respóndeme, y esta vez a vista de todo el mundo levántase el muerto, y con robusta y acentuada voz dice: Por justo juicio de Dios he sido juzgado. Y vuelve a caer. El terror del auditorio llega a su colmo: dos médicos justifican de nuevo la muerte; el cadáver estaba frio, rígido; no se tuvo valor para continuar, y se aplazó el Oficio para el día siguiente […]Al siguiente día, a la misma hora, volvió a empezar la fúnebre ceremonia, hallándose presentes, como en la víspera, Bruno y sus compañeros. Toda la Universidad, todo Paris había acudido a la iglesia de Nuestra Señora. Vuelve, pues, a empezarse el Oficio. A la misma lección: Respóndeme, el cuerpo del doctor Raymond se levanta de su asiento, y con un acento indescriptible que hiela de espanto a todos los concurrentes, exclama: Por justo juicio de Dios he sido condenado, y volvió a caer inmóvil. Esta vez no quedaba duda alguna: el terrible prodigio, justificado hasta la evidencia, no admitía réplica […]Al salir de la gran sala de la Cancillería, Bruno, que contaría entonces cerca de cuarenta y cinco años de edad, se decidió irrevocablemente a dejar el mundo, y se fue con sus compañeros a buscar en las soledades de la Gran Cartuja, cerca de Grenoble, un retiro donde pudiese asegurar su salvación, y prepararse así despacio para los justos juicios de Dios» [2].
¿Ocurrió esto de verdad? ¿Se trata de un hecho histórico o solo de una piadosa leyenda para edificación de los lectores? No lo sé. Monseñor de Ségur asegura su autenticidad histórica. Otros, en cambio, señalan algunas inconsistencias que ponen en duda su veracidad. Pero, en definitiva, poco importa esta cuestión. Lo que importa es el terrible mensaje que contiene el relato: se aplica aquí con toda propiedad, el conocido adagio italiano: Se non è vero, è ben trovato.
Y esa verdad, a menudo olvidada, no es otra cosa que esta: que el juicio de los hombres no coincide necesariamente con el juicio de Dios; así lo recuerda el Profeta Isaías: Vuestros pensamientos no son mis pensamientos. Vuestros caminos no son mis caminos (Isaías 55, 8). Es que solo Dios conoce el corazón del hombre; sólo Él penetra hasta lo más recóndito de nuestras almas; nada escapa a Su mirada.
Sin embargo, no puede uno evitar preguntarse: ¿cómo pudo condenarse un hombre cuya vida estuvo enteramente dedicada a enseñar las cosas de Dios, cuya sabiduría y santidad eran tan evidentes? ¿Qué pudo haber sucedido? ¿Acaso algún pecado mortal que por respeto humano nunca confesó? ¿Tal vez una vida de vicio y de pecado, oculta tras la apariencia de santidad?
Las conjeturas se multiplican; pero me inclino a pensar que el desdichado Raymond Diocrés se dejó ganar por algo bastante frecuente en los que ejercen el noble oficio del estudio y la enseñanza: me refiero a la soberbia intelectual, terrible pecado si lo hay. Es una tentación que se da en los intelectuales contra la que hay que estar siempre alerta. Y rezar mucho. Esa soberbia consiste en la falsa pretensión de creer que todo lo bueno y verdadero que transmitimos es mérito exclusivo nuestro y, en vez de buscar la gloria de Dios, solo atendemos a nuestra propia vanagloria.
Así, cada página que escribimos, cada lección que damos, no tienen como intención la gloria de Dios y el bien del prójimo sino la satisfacción de un estúpido narcicismo. Nos halagan los elogios; nos detenemos ante nosotros mismos; nos regodeamos pensando qué buenos y sabios somos.
¿Cómo superar esta tentación, la más diabólica de las tentaciones porque se asemeja a la soberbia de Lucifer? No de otro modo que rezando y rectificando constantemente nuestra intención. Interrumpir el trabajo, cada día, al menos por un momento, y dirigirnos al Señor con un corazón contrito y humillado:
Señor Jesucristo, Divino Maestro, Sabiduría del Padre, te ofrezco los trabajos de este día para la gloria de tu Nombre. Esto que estudio y enseño no es mío, es tuyo; no viene de mí sino de lo alto, a modo de lluvia que riega los montes y empapa y fecunda la tierra. Si algo brilla e ilumina en mí, esa luz no me pertenece, es tuya pues te has dignado valerte de la oscuridad de mi intelecto para reflejar a través de ella un destello de tu luz. Dame no solo la sabiduría de la mente sino también la sabiduría del corazón para que solo te quiera y ame a ti. Que no se aparte de mis labios la súplica del salmista: No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu Nombre da la gloria (Salmo 115, 1). Amen.
Notas:
[1] Inferno, Canto III.
[2] MONSEÑOR DE SÉGUR, El Infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, Iction, Buenos Aires, 1980, páginas 38, 39.
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Mario Caponnetto
Concilio Vaticano II
ResponderEliminarRobert Morrison nos aportó datos valiosos para entender el Concilio Vaticano II en su artículo: “Para una historia del Vaticano II/Así el Concilio “pastoral” introdujo la ambigüe-dad” (periódico remanente _ https://www.aldomariavalli.it/2025/08/04/per-una-storia-del-vaticano-ii-cosi-il-concilio-pastorale-introdusse-lambiguita/), sin embargo, no explicó el error del concilio aunque esa explicación está implícita en el mencionado artículo.
Todo parece indicar que el gran problema del Vaticano II fue que introdujo una nueva forma de expresión “pastoral” que reemplazó las explicaciones dogmáticas de concilios y pa-pas anteriores sustituyéndolas por declaraciones “pastorales” ambiguas.
Se sustituyeron definiciones dogmáticas anteriores por enunciados “pastorales” que podían ser interpretados en distintos sentidos.
El error (y también pecado) fue querer expresar lo que estaba contenido en fórmulas dogmáticas en la enseñanza escolástica tradicional por medio del lenguaje común por una vía “pastoral” y darle carácter de magisterio ordinario y obligatorio.
Así, el Concilio Vaticano II “destruyó” casi dos mil años de teología, dogmas y ritos de la Iglesia católica y los sustituyó por lo que sería el comienzo de una religión adulterada.
Según parece el arzobispo Marcel Lefebvre vio en el Vaticano II el problema de la su-presión y sustitución de los dogmas de concilios y papas anteriores por simples enunciados “pastorales” pero puso el acento en luchar contra las herejías en los documentos y no en luchar contra la nueva forma de expresión de la Iglesia.
Esta forma de expresión “pastoral no dogmática” suponía dejar de lado la precisión y claridad de los dogmas, ritos y teología de los concilios y papas anteriores para sustituirlos por una nueva forma de manifestarse más mundana, ambigua y en oposición a la tradicional for-mulación de los dogmas de fe, o sea, abierta a viejas y nuevas herejías.
“El arzobispo Marcel Lefebvre se opuso a este intento en su discurso del 27 de no-viembre de 1962 ante el Concilio Vaticano II, en el que animó a sus compañeros Padres conci-liares a expresar la enseñanza conciliar de una forma «dogmática y escolástica» que ayudara a promover la precisión de pensamiento y expresión” (Ídem.)
Dijo entonces: “Es de suma importancia que toda la doctrina cristiana tradicional sea recibida de esa manera exacta, tanto en el pensamiento como en la forma, que brilla sobre todo en las Actas del Concilio de Trento y el Vaticano I, según las propias palabras del Sumo Pontí-fice. Por estas razones tan importantes, es absolutamente esencial mantener estos dos objeti-vos: expresar la doctrina de forma dogmática y escolástica para la formación de los doctos; y presentar la verdad de una manera más pastoral, para la instrucción de otros hombres.” (Le-febvre, M., Acuso al Concilio, pg. 5).
El arzobispo Lefebvre sugirió entonces realizar dos series de documentos: “Uno más dogmático, para uso de los teólogos; el otro, de tono más pastoral, para uso de otros, católicos, no católicos o no cristianos.” «Sin embargo, la propuesta se topó con una oposición violenta: “El Concilio no es un Concilio dogmático, sino pastoral; no buscamos definir nuevos dogmas, sino proponer la verdad de manera pastoral”» (Lefebvre, M., Acuso al Concilio, pg. 4).
Esto tuvo un doble efecto dentro de la Iglesia: 1) El Vaticano II con sus documentos tuvo primacía sobre las declaraciones dogmática anteriores, la Iglesia posconciliar se fue sepa-rando de la Iglesia preconciliar porque fue construida sobre una nueva forma de expresión de la fe que no daba preeminencia a los dogmas y anatemas sino que quería enseñar todo de ma-nera mundana.
ResponderEliminarDebido a la poca diferencia entre magisterio extraordinario y ordinario al momento de analizar su obligatoriedad, los documentos del Vaticano II fueron considerados magisterio or-dinario y privilegiados en la enseñanza de la fe en perjuicio de las declaraciones dogmáticas y anatemas de concilios y papas anteriores.
2) De esta forma, las declaraciones “pastorales” del Vaticano II suplantaron todas las declaraciones dogmáticas anteriores dando lugar a una religión y una fe imprecisas y en conti-nuo proceso de adulteración.
Bien se dice que el Concilio Vaticano II es un Concilio Anti Trento en cuanto a los efectos morales y religiosos del mismo pues que la moral y la religión de la Iglesia bajaron a niveles previos a la Contrarreforma.
Nosotros agregamos que por ser el primer concilio “pastoral” es un concilio que sustitu-ye de facto a todos los concilios ecuménicos anteriores, al magisterio ordinario y extraordina-rio anterior pues lo “pastoral” desplaza a lo ecuménico en la forma de expresión de los temas dogmáticos en la Iglesia.
El obispo Athanasius Schneider señala: “Los concilios ecuménicos anteriores formula-ron la doctrina de la fe y la moral en artículos con declaraciones lo más claras posible y en cá-nones y anatemas concisos, para asegurar una comprensión unificada de la verdadera doctrina y proteger a los fieles de las influencias heréticas, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Sin embargo, el Vaticano II decidió no hacerlo.” (Schneider, Athanasius, Huir de la herejía: Una guía católica para errores antiguos y modernos. 2024).
El concilio “pastoral” al sustituir a los concilios anteriores favoreció la incomprensión de la sana doctrina y facilitó que los fieles y la jerarquía cayeran en distintas herejías pues sus-tituyó cánones y anatemas concisos y precisos que formulaban con claridad la doctrina de la fe y moral católicas por declaraciones “pastorales” ambiguas.
Esta “pastoral anti dogmática” surge al evitar la mención de los “dogmas” en los do-cumentos conciliares, al eliminarlos en los razonamientos y en la expresión de la fe, de manera que esta novedosa y moderna forma de expresarse de la Iglesia debilitó tácita e implícitamente la buena doctrina y la tradición.
Con ello queremos decir que todas las enseñanzas de concilios y papas anteriores y los dogmas fueron desplazados por enunciados “pastorales” poco claros que favorecían, en la Iglesia, el desarrollo de la suma de todas las herejías que es el modernismo o progresismo.
La ambigüedad del Concilio Vaticano II viene de la petición de principios de que sea un concilio sólo “pastoral” lo que suponía evitar lo dogmático en la exposición de la religión y de la moral, ello exigía dejar de lado y en suspenso, a la hora de razonar, los dogmas de los concilios y papas anteriores.
ResponderEliminarPor lo que los problemas que genera el Vaticano II tienen por causa principal la forma novedosa y moderna adoptada por la Iglesia para expresar su fe y ese cambio fue buscado para reintroducir en la Iglesia todas las herejías que habían sido perseguidas en los concilios y pon-tificados anteriores dando lugar a legión de cismas en proceso en el momento actual.
Es cierto que los borradores de los documentos del Vaticano II fueron escritos, muchas veces, con un espíritu progresista pero ese espíritu era también el resultado de una búsqueda de eliminar la dogmática y escolástica en la forma de expresión de la Iglesia y sustituirla por una “pastoral” que sin razonar a partir de dogmas estaba expuesta a la ambigüedad y al error.
Esta nueva “pastoral” estaba en sintonía con la cultura y civilización modernas siguien-do los mandatos del Mundo, o sea, de los ricos y poderosos del Mundo.
El error de Marcel Lefebvre fue no comprender que la causa principal de la ambigüe-dad de los documentos del Concilio procedía de la forma novedosa de expresión que la Iglesia había adoptado en franca oposición a la dogmática y escolástica anteriores.
Marcel Lefebre intuyó que un concilio exclusivamente “pastoral y no dogmático” era contrario, por su naturaleza, al catolicismo y que ello dificultaría a los Padres conciliares expre-sar la fe de manera correcta puesto que esos documentos “pastorales”, al evitar los enunciados dogmáticos, darían lugar a declaraciones ambiguas, o sea, implícitamente favorables a la here-jía.
Estas declaraciones ambiguas no podían ser sustituidas por declaraciones dogmáticas injertadas a posteriori en los mismos documentos pues el argumento de que se trataba de un concilio exclusivamente “pastoral” era utilizado para oponerse a estas medidas pero, además, no se podía salvar un razonamiento llevado a cabo sin bases dogmáticas agregando luego al-gún dogma.
Los documentos fueron redactados en oposición a la dogmática tratando de sustituirla totalmente por expresiones mundanas.
Por ello, los borradores de los documentos del Concilio Vaticano II iban y venían con muchas revisiones hasta que, por cansancio, lograban imponerse.
Las revisiones no eran suficientes porque lo que se necesitaba eran declaraciones dog-máticas y lo que se pretendía era conseguir la misma claridad con enunciados “pastorales” en un lenguaje común contrario a los enunciados dogmáticos concisos, precisos y claros.
Por supuesto, esto es introducir el humo de Satanás en las venas de la misma Iglesia y, en este trabajo, estaban los teólogos progresistas y los siervos de la ciudad de Satanás dentro de la Iglesia.
No puede sostenerse la total inocencia de la jerarquía apelando a su ignorancia pues existió una gran irreverencia en cómo se trató la manera tradicional en que la Iglesia había ex-presado siempre sus verdades de fe y se actuó con gran soberbia al querer conseguir el mismo resultado utilizando el lenguaje común de manera amplia y poco precisa.
ResponderEliminarSeguramente muchos padres conciliares sabían que estaban cediendo a las presiones de los ricos y poderosos del Mundo, o sea, de los que gobernaban tras bambalinas.
Ahora, sustituir el dogmatismo de la Iglesia por una “pastoral no dogmática o sin base dogmática” era sustituir la claridad y precisión en moral y religión por la ambigüedad y confu-sión de las declaraciones del Vaticano II.
El Padre Dominique Bourmaud analizó en su libro “Cien años de modernismo” esa ambigüedad de los documentos del concilio pero no explicó el origen de los males, a saber, de-jar de lado las declaraciones dogmáticas y sustituirlas por enunciados pastorales imprecisos cuya ambigüedad favorecía, en potencia, el desarrollo de herejías.
Era como si la jerarquía hubiera querido expresarse como lo hacían los primeros Padres de la Iglesia.
Recordemos que los mismos tenían una fe íntegra pero al expresarse lo hicieron con las limitaciones de su época y de su genio, luego, las herejías obligaron a la Iglesia a adoptar un idioma más claro y conciso para definir ciertos dogmas de fe y evitar esas mismas herejías.
Por eso, el primer concilio “pastoral” sustituyó a los concilios ecuménicos anteriores y las declaraciones ambiguas sustituyeron a las correctas pues se consideraron sus documentos magisterio ordinario que obligaba a los fieles tanto como el magisterio extraordinario.
Una vez aceptado el principio de que un concilio “pastoral” no debe contener expresio-nes dogmáticas, no podían los Padres conciliares corregir las declaraciones “pastorales” ambi-guas sustituyéndolas por “declaraciones dogmáticas” en los casos en que correspondía, no pu-dieron así evitar que en la religión se diluyera la importancia de los dogmas y anatemas y que se adulterara la doctrina, culto y tradición.
Podía sobrevivir la doctrina sana en algunos ámbitos cerrados tradicionalistas pero sin una enseñanza basada en declaraciones dogmáticas y escolásticas la Iglesia jerárquica y popu-lar se abría a la confusión, la herejía y el cisma.
La nueva forma “pastoral” ambigua de expresarse del Concilio Vaticano II hacía posi-ble la restauración de las herejías que había atacado a la Iglesia pues se sustituían las declara-ciones dogmáticas y anatemas que sirvieron de defensa por declaraciones “pastorales” munda-nas, amplias y ambiguas.
La Iglesia se abría a la suma de todas las herejías, le abría las ventanas y las puertas al humo de Satanás que no podía no entrar.
Además, se trabajó sobre borradores de documentos redactados muchas veces por teó-logos progresistas pero la decisión de escribirlos de manera “no dogmática” en un concilio sólo “pastoral” suponía introducir una forma de comunicar los dogmas ambigua, confusa y poten-cialmente herética.
El Concilio Vaticano II opuso sus innumerables documentos a los de concilios ecumé-nicos anteriores, estos últimos junto con sus dogmas y anatemas, al no ocupar el lugar que les correspondía, fueron considerados iguales o inferiores a los documentos del Vaticano II y se dio a declaraciones “pastorales” documentadas la jerarquía de magisterio ordinario.
ResponderEliminarLa forma de expresión tradicional de los dogmas y la teología perenne de la Iglesia fueron tratados con indiferencia y rechazo.
La nueva forma de expresión “pastoral, mundana y anti dogmática” de la Iglesia debía dar como resultado un contenido progresista pues la ausencia de dogmas y anatemas con los que razonar generó enunciados que contenían potencial, tácita e implícitamente herejías pues es función de los dogmas y anatemas oponerse a las herejías y el que se niega a utilizarlos se abre a las herejías.
La Iglesia debió preocuparse primero por la forma en que debía expresarse en los do-cumentos, a saber, si la forma “pastoral” era conveniente siempre y en todos los casos y si era suficiente para expresar adecuadamente todas las verdades de la fe.
La conclusión necesaria a la que debió llegar era que la forma “pastoral” separada y opuesta a la dogmática y escolástica era anticristiana.
Y como se habían atacado los dogmas de fe había que atacar y cambiar sustancialmen-te la santa Misa para adaptarla a un “magisterio líquido”.
Hay que reconocer que sectores progresistas realizaron un esfuerzo para introducir cier-tas herejías en los borradores de los documentos pero todas las herejías estaban contenidas en la forma no dogmática de expresión de las verdades de fe que había asumido la Iglesia como propia con su rechazo a la escolástica, a los anatemas y a los dogmas.
También, existió el error de querer reducir los efectos nocivos por medio del cuidado de evitar que se introduzcan de manera expresa ciertas herejías aunque ya el método de desa-rrollo y exposición del pensamiento las introducía de manera implícita.
El problema de la novedosa y moderna forma de expresión de la Iglesia en el Vaticano II era doble: a) no podían los dogmas expresarse en idioma “pastoral” sin que ello llevara a que los documentos así formulados no fueran magisterio ordinario, es decir, documentos de esa ca-racterística no podían ser obligatorios por la imposibilidad de que lo dogmático sea correcta-mente expresado en idioma común y corriente; b) si no se partía de dogmas debidamente ex-presados, la “pastoral” así construida debía separarse y oponerse del magisterio extraordinario y ordinario anterior y sería una “falsa pastoral”, un “falso magisterio” y, en el mejor de los ca-sos en algunas partes de los documentos encontraríamos un “magisterio deficiente” sólo apto para realizar una enseñanza superficial y potencialmente abierto a equívocos y a herejías.
“Los borradores iniciales de los documentos conciliares fueron más progresistas que los aceptados posteriormente. (…) era mucho más fácil captar la imagen progresista en los docu-mentos iniciales. Pero los documentos finales no borraron la imagen progresista; más bien, la enriquecieron con imágenes ortodoxas que se podían discernir en los mismos pasajes.” (Ídem.)
ResponderEliminarEl arzobispo Lefebvre comentó: “Lo que logramos, con los cambios que introdujimos, fue añadir algunas cláusulas interpoladas a los borradores; y esto es bastante obvio: basta con comparar el primer borrador sobre libertad religiosa con el quinto que se redactó _ dado que este documento fue rechazado cinco veces y se volvió a someter a debate cinco veces _ para ver que también logró reducir el subjetivismo que contaminaba los primeros borradores. En la declaración «Dignitatis humanae», cuyo borrador final fue rechazado por numerosos Padres, el propio Pablo VI añadió un párrafo que, en esencia, decía: «Esta declaración no contiene nada contrario a la tradición». (…) Esa frase fue añadida en el último minuto por el Papa para forzar la mano de quienes se oponían a este borrador _ en particular a los obispos españoles _. «Bueno, ¡seamos lógicos!» ¡No han cambiado nada en el texto!” (Lefebvre, M., Lo destrona-ron, pg. 167-169)
Monseñor Lefebvre describe la oposición a los teólogos liberales: "Es cierto que con los 250 Padres Conciliares del Coetus, intentamos con todos los medios a nuestro alcance evitar que se expresaran errores liberales en los textos conciliares. Esto significó que pudimos limitar el daño, modificar estas afirmaciones inexactas o tendenciosas, añadir esa frase para rectificar una proposición tendenciosa, una expresión ambigua. Pero debo admitir que no pudimos puri-ficar el Concilio del espíritu liberal y modernista que impregnaba la mayoría de sus esquemas. Sus editores, de hecho, fueron precisamente los expertos y padres contaminados por este espí-ritu" (p. 167).
El error no estaba tanto en el espíritu liberal y modernista de los que hicieron los borra-dores sino en que se había partido de la petición de principios de que el concilio debía tener declaraciones pastorales, ello significaba no contener declaraciones dogmáticas, las declaracio-nes pastorales en temas dogmáticos no podían no ser ambiguas y contener implícitamente here-jías.
La novedad del Concilio Vaticano II era la forma de expresarse que evitaba mencionar los dogmas y los sustituía por fórmulas pastorales y si esto se permitía en un concilio era evi-dente que estaba permitido en toda la Iglesia.
Era la forma de expresar la fe la que había fallado porque desde lo pastoral se buscaba expresar toda la religión. Esa forma de expresión pastoral siguió con los papas y obispos de Roma posconciliares, como señalamos el problema no se puede corregir por medios dogmáti-cos sino eliminado toda ambigüedad lo que significa eliminar todos los documentos redacta-dos sin la debida consideración a la dogmática y a la tradición.
Es decir, eliminar como magisterio ordinario a los documentos anti dogmáticos.
Por ello es errónea la afirmación del obispo Athanasius Schneider de que: “(…) algunas de las ambigüedades del Vaticano II han dado lugar a interpretaciones erróneas que podrían corregirse mediante un futuro acto infalible del Magisterio. Si bien aún es prematuro saber si el papa León XIV cooperará con la gracia de Dios para realizar las correcciones necesarias y rec-tificar las ambigüedades del Vaticano II, vale la pena considerar por qué la ambigüedad fue la artífice del arma más letal del Vaticano II.” (Ídem.)
Volvemos a decirlo si se evita lo dogmático en la expresión magisterial ordinaria y ex-traordinaria de la Iglesia su “pastoral” no puede ser sino ambigua e implícitamente contener todas las herejías a las que se oponen los dogmas.
ResponderEliminarEsto no pudo ser desconocido por la jerarquía y tampoco por los que escribieron des-pués puesto que un simple fiel de a pie ha llegado a estas verdades.
“Así pues, todos estos esfuerzos por dotar a los documentos de mayor ortodoxia sirvie-ron, en última instancia, para que los Padres Conciliares se sintieran lo suficientemente cómo-dos como para aprobar documentos ambiguos que aún podían interpretarse heterodoxamente.” (Ídem.)
Dice Robert Morrison: “(…) Benedicto XVI animó a los católicos a leer los documen-tos del Vaticano II a la luz de la Tradición (es decir, la hermenéutica de la continuidad), y po-demos asumir que sus intenciones eran completamente sinceras. Sin embargo, tal ejercicio solo podría ser eficaz si tuviera plenamente en cuenta la realidad más evidente: que los textos del Concilio estaban plagados de ambigüedades que dejaban abierta la posibilidad de comprender los significados liberales que realmente pretendían quienes los redactaron. Sin este reconoci-miento, la hermenéutica de la continuidad solo puede tener éxito persuadiendo a los católicos a abandonar la razón.” (Ídem.)
En otras palabras, los documentos del concilio no podían considerarse magisterio ordi-nario.
También, sería necesario aclarar que una pastoral que se separa de los dogmas cae en el error y la herejía si bien muchas herejías explícitas fueron evitadas otras quedaron de manera implícita y entre declaraciones dogmáticas de los concilios y papas anteriores y las “pastorales” del Concilio Vaticano II tuvo preeminencia la “pastoral” pero si lo “pastoral” no se basa en los dogmas es, a la corta o a la larga, anti pastoral y anticristiano.
Robert Morrison dice: “Los Padres conciliares (…) abandonaron la claridad y la certeza de sus pronunciamientos anteriores. Con ello, el Concilio socavó la autoridad de la Iglesia ante católicos y no católicos por igual.” “(…) la presencia de tanta ambigüedad socava fundamen-talmente el papel de la Iglesia Católica como portavoz de la verdad.” (Ídem.)
El gran engaño de Satanás en el Concilio Vaticano II fue exigir un concilio sólo “pasto-ral” y poner el acento en ello con lo que tácitamente exigían que fuera anti dogmático porque los hijos de la oscuridad son más astutos que los hijos de la luz y así atacaron todos los dog-mas y toda la fe.
La “pastoral” sin los dogmas se volvió ambigua, confusa y potencialmente herética y preparó el cisma, las herejías y la rebelión final.
Bergoglio, mientras ocupó la sede de Roma, utilizó la ambigüedad en la forma de ex-presarse cuando no directamente el escándalo y desarrolló una moderna “pastoral” centrada en la agenda 2030 directamente anticristiana.
Al nuevo obispo de Roma, Prevost, le piden declaraciones dogmáticas, o sea, que con-firme a sus hermanos en la fe pero sabe que estas declaraciones dogmáticas llevarían necesa-riamente a un cisma en Alemania y otros países. Elegir la inacción y la contradicción es una forma de buscar la unidad y la paz que estará centrada no en Cristo y su Evangelio sino en la figura del “papa”.
La Iglesia siempre privilegió la integridad de la fe, una paz que surge de la unidad con los herejes es la paz del Mundo.
La paz de Cristo, ante el peligro de apostasía y adulteración de la fe, exige la espada del cisma pero se busca la unidad evitando todo combate contra las nuevas herejías de la “pas-toral agenda 2030”, lo que es un error teológico, de política eclesiástica y un pecado grave.
La Iglesia hoy se adultera al expresarse de manera anti dogmática contra toda tradición y permite la entrada de herejías, cismas y apostasía. No hay promesa que la salve porque la promesa fue dada a quién confirma a sus hermanos en la fe, a los discípulos del Señor y no a los tibios, cualquiera sea el lugar que ocupen en la Iglesia.
ResponderEliminarLos Padres Julio Meinvielle y Leonardo Castellani hablaron de la posibilidad de que en los tiempos finales existan dos “Iglesias” una popular y adulterada (la mala Mujer del Apoca-lipsis) y la otra un rebaño fiel (la buena Mujer) confundidas hasta tres años y medio antes de la Segunda Venida de Cristo.
Nosotros que no somos superiores a los teólogos de nuestro tiempo hablamos debido a que la Iglesia no explica sus errores.
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