Ernesto Alonso
El autor es Director General del Colegio Fasta San Vicente de Paúl de la Ciudad de Buenos Aires y un asiduo colaborador del Blog del Centro Pieper.
De constelaciones y de estrellas: la educación católica hoy
En octubre del año pasado, el Papa León XIV publicó una Carta Apostólica con el propósito de conmemorar los 60 años de la Declaración del Concilio Vaticano II, Gravissimum Educationis, dedicada a la educación cristiana.
“Diseñar nuevos mapas de esperanza” es el nombre con el que el Papa tituló su reflexión sobre la educación católica en el actual entorno, caracterizado como complejo, fragmentado, hiperdigitalizado y herido por crisis de relaciones, por la inseguridad y las desigualdades. Los penosos resultados de dicho entorno los constatamos a diario: la fragmentación de la atención, las heridas emocionales y la extinción de todo deseo de mejora (n° 1.2., n° 11.1 y n° 9.1).
Largos años han pasado desde aquella declaración conciliar, con crisis recurrentes que se han tornado crónicas, pero lo apelación al valor de la educación católica no ha menguado su fuerza. Y no puede menguarla pues la educación no es sino la ineludible extensión de la misión evangelizadora de la Iglesia. Lo refrenda el Papa cuando expresa que “la educación ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana. El mundo necesita esa forma de esperanza” (n° 1.3).
¿Qué es la educación católica hoy? Responder a esta pregunta remite necesariamente a dos imágenes preñadas de sentido que atraviesan el lenguaje, las ideas, las prioridades y los requerimientos que propone León XIV a todas las comunidades educativas.
Una de esas imágenes fuertes es la de constelación educativa católica, o constelación educativa, sencillamente. “Hablo de «constelación» porque el mundo educativo católico es una red viva y plural: escuelas parroquiales y colegios, universidades e institutos superiores, centros de formación profesional, movimientos, plataformas digitales, iniciativas de aprendizaje-servicio y pastorales escolares, universitarias y culturales. Cada «estrella» tiene su propio brillo, pero todas juntas trazan una ruta” (n° 8.1).
La imagen de constelación y de red tiene un complemento adecuado en la idea de la educación cristiana como “una obra coral, pues nadie educa solo. La comunidad educativa es un «nosotros» en el que el docente, el estudiante, la familia, el personal administrativo y de servicio, los pastores y la sociedad civil convergen para generar vida” (n° 3.1).
Con un lenguaje simbólico, lleno de belleza, el Pontífice Romano sostiene, además, que la educación “es un «oficio de promesas»: se promete tiempo, confianza, competencia; se promete justicia y misericordia, se promete el valor de la verdad y el bálsamo del consuelo (…). Todo ser humano es capaz de la verdad, sin embargo, el camino es mucho más soportable cuando se avanza con la ayuda de los demás. La verdad se busca en comunidad” (n° 3.2). No podría expresarse mejor esta convicción profunda pues no hay ánimo docente que no encuentre alivio y sentido en dichas palabras.
Las tres prioridades y los “nuevos mapas de esperanza”
La segunda imagen que con fuerza vuelve una y otra vez en las páginas de la Carta del Papa León es la de diseñar “nuevos mapas de esperanza” (n° 11). Es preciso actualizar el mensaje, descubrir y fatigar los nuevos caminos que se ofrecen, responder a los nuevos desafíos que el actual contexto educativo propone a toda comunidad educativa.
Entre las “estrellas” que con luz propia iluminan el camino, León XIV ha querido conservar el legado del Pacto Educativo Global de Francisco y de sus siete caminos. Con todo, por cuenta propia, añade tres prioridades más, a modo de nuevas estrellas que iluminan el hoy con luz propia. “La primera se refiere a la vida interior: los jóvenes piden profundidad; necesitan espacios de silencio, discernimiento, diálogo con la conciencia y con Dios. La segunda se refiere a lo digital humano: formemos en el uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica. La tercera se refiere a la paz desarmada y desarmante: educamos en lenguajes no violentos, en la reconciliación, en puentes y no en muros; «Bienaventurados los pacificadores» (Mt 5,9) se convierte en método y contenido del aprendizaje” (n° 10.3).
Los “nuevos mapas de esperanza” no desdeñan la tradición, sus magnas obras y los extraordinarios fundadores de instituciones educativas, muy bien recordados por el Papa al inicio de la Carta Apostólica (n° 2.2 y n° 2.3). Más todavía, recupera una preciosa expresión, tal vez olvidada en los últimos decenios, cual es la de “cosmología de la ´paideia´ cristiana” (n° 1.2). Y así es, en efecto, pues floreció con pujanza en el pasado, y aún subsiste en variadas iniciativas actuales, el vigoroso ideal de la humanitas christiana fundada en el arquetipo pedagógico de Cristo hombre perfecto. De allí que sea imprescindible renovar esta poderosa inspiración educativa de la Iglesia al servicio de la nueva evangelización de los pueblos.
Sin desprecio por las glorias de la tradición, los “nuevos mapas de esperanza” contemplan con inquietud y ardor el futuro, teniendo presente la “necesidad imperiosa de actualizar sus propuestas a la luz de los signos de los tiempos. Las constelaciones educativas católicas son una imagen inspiradora de cómo la tradición y el futuro pueden entrelazarse sin contradicciones: una tradición viva que se extiende hacia nuevas formas de presencia y servicio” (…). Luego, entonces, “la educación católica puede ser un faro: no un refugio nostálgico, sino un laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Diseñar nuevos mapas de esperanza: esta es la urgencia del mandato” (n° 11.1).
Solicitud a las comunidades educativas
León XIV dirige tres peticiones a las comunidades educativas, rematando sus reflexiones. A saber: “desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada”, es decir, “sepan preguntarse adónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación está antes que la opinión, la persona antes que el programa. No desperdicien el tiempo y las oportunidades: «citando una expresión agustiniana: nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del que debemos aprovechar antes de que se nos escape de las manos»” (n° 11.2).
Concluyendo también nosotros el sucinto análisis de Diseñar nuevos mapas de esperanza, recordemos que el valor de la obra educativa se edifica sobre la excelencia del docente, su liderazgo, su testimonio y su formación científica y cosmovisional. Sin docentes sabios y rectos no habrá enseñanza-aprendizaje de calidad. No basta un óptimo proyecto educativo, no bastan sólidos textos escolares, no alcanzan las innovaciones metodológicas, ni menos aún la tecnología y los campus deportivos para formar hábitos virtuosos en nuestros niños y jóvenes.
La educación, o el acto de enseñar si se prefiere, es una obra de misericordia y una verdadera caridad espiritual, y, por tanto, es una obra de la vida activa, es decir, supone una actuación, un obrar. Gracias a Santo Tomás de Aquino sabemos que el acto de enseñar tiene un doble propósito; primero, contemplar la verdad de lo que ha de enseñarse; segundo, transmitir al educando la ciencia que se ha contemplado. De allí que la acción o la obra educativa corresponda tanto a la vida contemplativa como a la vida activa, aunque más pertenezca a la vida activa pues “la enseñanza en sí misma más consiste en la transmisión de la ciencia de las cosas vistas que en la visión de ellas” (De Veritate, q. 11, art. 4, corpus y ad. 3).
Ampliando esta idea, dirá el Angélico Doctor en otra parte de su obra que “la enseñanza y la predicación son preferibles a la sola contemplación, pues, así como es mejor iluminar que brillar solamente, así también mejor será transmitir a otros lo contemplado que limitarse solo a contemplar (contemplar y dar a los demás lo contemplado)” (Summa Theologiae, IIa., IIae, q. 188, art., 6, corpus).
La misión del docente católico hoy es esa igualmente, esto es, contemplar la verdad y comunicar a los demás esa verdad a través de la palabra oral, que es la esencia de la predicación, o bien, a través de la palabra escrita. En ambos casos, el docente no hace sino poner a disposición de sus alumnos el fruto sabroso y amoroso de su estudio y de su contemplación.
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El orden de la caridad
ResponderEliminarComo vimos en el anterior capítulo, la jerarquía de la Iglesia y de la FSSPX han invertido el orden de la caridad, en donde debía estar: “amar a Dios sobre todas las cosas” han ubicado como Fin Último de la Iglesia y de la FSSPX la “salvación de las almas”.
Esta inversión no es insignificante y no deja de tener consecuencias graves, supongamos que un Estado establece como fin último a nivel terrenal y espiritual el gobierno de la clase trabajadora, el mejoramiento de la raza, el reinado sobre los pueblos, establecer en la tierra, por guerra santa, que Alá es Dios y Mahoma su profeta.
La consecuencia necesaria es que este fin justifica los medios.
Si la Iglesia pone la salvación de las almas como su fin último, este fin justifica el uso de cualquier medio, incluso de un medio no querido por Dios, para esta salvación.
Si Dios hubiera querido que se salvaran todos, todos, todos por cualquier medio, no existi-ría una Historia de Salvación, no hubiera hablado del trigo y la cizaña y hubiera puesto a todos en el mismo granero.
Si Dios quisiera que se salvaran todos sin importar las obras, como enseñaba Lutero, no hubiera exigido creer en Él, porque creer es una acción humana, tampoco hubiera exigido la oración porque la oración también es una acción humana, o sea, una obra humana.
Simplemente hubiera cubierto los pecados y los hubiera hecho entrar como caballos de Troya, como enemigos de Dios, en el Cielo.
Para salvar a todos, todos, todos Dios no hubiera necesitado enviar a su Hijo y menos crear una Iglesia, si basta la Misericordia divina no hubiera establecido ningún mandamiento porque todos irían al Cielo y el Infierno no existiría o estaría vacío y Judas estaría en el Cielo.
Todas las religiones manifestarían a Dios bajo la forma de un poliedro y ni las religiones sa-tanistas ni las acciones más viles del ser humano tendrían consecuencias para un Dios así.
El mal que pudiera realizar un hombre en forma individual o comunitaria no tendría ningu-na importancia y menos debería tenerla para los hombres porque si para Dios el bien realizado es igual al mal realizado nadie podría juzgarnos y todos podrían afirmar: “¿Quién soy yo para juzgar mis actos o los ajenos?”.
En esta situación nadie podría hablar con seriedad del bien y del mal, de justicia o injusti-cia, de belleza o fealdad, de verdad o mentira.
Sólo bastaría con abrirse paso entre los hombres por cualquier medio para acceder a los bienes terrenales porque los espirituales estarían garantizados por Dios en el más allá para siempre.
Una religión y moral que sostuvieran ello simplemente no podrían obligar en nada ni acon-sejar nada a los seres humanos. La Iglesia sólo debería sentarse, escuchar y tratar de discernir sin preocuparse demasiado ni de la tradición, ni de la liturgia, ni de nada en concreto salvo la salvación de las almas.
Esta es la Iglesia de Bergoglio.
Ahora, ocuparse, como si fuera el Fin Último, de la salvación de las almas significa ocupar-se de la construcción de una Iglesia triunfalista.
ResponderEliminarAsí como la Primera Israel espera un Mesías poderoso en lo político, militar y económico porque ha encontrado profecías en ese sentido, también la Iglesia puede esperar y buscar una Iglesia triunfante en lo político, militar y económico basándose en la promesa de que las puer-tas del infierno no prevalecerán sobre Ella y omitiendo otras profecías como la apostasía gene-ral.
Y por qué no olvidarse del Catecismo de 1983 o ubicar esos sucesos en un futuro muy pe-ro muy lejano. Enseña ese catecismo:
Art. 675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acom-paña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solu-ción aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura re-ligiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).
Art. 676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente per-verso” (cf. Pío XI, carta enc. Divini Redemptoris, condenando “los errores presentados bajo un falso sentido místico” “de esta especie de falseada redención de los más humildes”; GS 20-21).
Art. 677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realiza-rá, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudi-da cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).
Una Iglesia que tiene como principal finalidad la salvación de las almas bien puede buscar-la por medios inmorales y contrarios a la religión si así consiguiera más fieles y ello le permitie-ra mayores ingresos económicos y mayor poder.
Se puede buscar adulterar la religión por medio de un magisterio ordinario obligatorio que dice de manera pastoral y ambigua casi lo contrario de lo que enseñan los dogmas y el magiste-rio extraordinario.
Querer decir de manera pastoral lo mismo que se enseñó de manera dogmática es permitir la introducción de herejías en las venas de la Iglesia pues fueron los dogmas y el lenguaje dogmático la forma en que la Iglesia de siempre luchó contra las herejías y las venció.
Querer conseguir lo mismo de una forma pastoral es soberbia y es permitir la introducción del humo de Satanás en la Iglesia.
Pero elegir, además, la ambigüedad, el error y el pecado como una vía adecuada para so-brevivir es poner a la Iglesia en el lugar de Dios, es querer salvarse por cualquier medio, es amarse a sí mismo hasta el desprecio de Dios y hacerle la guerra a Dios.
ResponderEliminarArgumentar que se busca salvar la mayor cantidad de almas sirve, sin duda, para adulterar la religión y para pecar.
Se peca por palabra, obra y omisión de manera grave contra Dios y si la jerarquía de la Iglesia lo hace basado en las “buenas intenciones” de salvar almas, se pone en el lugar de Dios y se hace llamar Dios.
La salvación de las almas puede servir para justificar cualquier pecado de los que, en estos tiempos, escandalizan a los fieles, puede servir para obligar a los fieles a cometer pecados y obligar a callar la verdad.
Quienes así actúan, lo hacen en el bando de la ciudad de Satanás, desparraman y trabajan para el Apocalipsis y la apostasía general, generan dolores, como de parto, en la buena Mujer o ciudad de Dios en la Iglesia y desarrollan la ciudad de Satanás dentro de la Iglesia que dará lugar a la mala Mujer del Apocalipsis.
No se santifican ni santifican a los demás con sus acciones sino que reducen el número de los santos a un pequeño grupo de elegidos que deberá ir a la soledad, separarse del resto, para ser llevado, por las alas, como de águilas, de los testigos del Apocalipsis mientras el resto, en una Iglesia popular, apostata de su fe y se condena para siempre.
Pero hay que entender por qué la jerarquía de la Iglesia seguirá este camino de perdición.
Hay dos leyes en sociología de masas que pueden explicar esto, la primera es “(…) el expe-rimento de Solomon Asch realizado más de cincuenta veces en la década de 1950 en Estados Unidos, en el que a los sujetos se les presentaban tres líneas bajo la consigna de que debían se-ñalar cuál de ellas era más parecida a una cuarta línea en cuanto a su longitud. La respuesta era a todas luces evidente: de las tres líneas, había una que era virtualmente idéntica a la cuarta lí-nea, y otras dos que eran notablemente diferentes. Pero el experimento se realizaba en grupos, de siete a nueve personas, de las cuáles todas menos una, eran cómplices de Asch y brindaban adrede una respuesta evidentemente errónea. El último en dar su respuesta en cada ronda, era el sujeto cuya conducta se estaba estudiando y que desconocía que los demás eran asistentes del experimento. Lo que se pretendía medir, entonces, era la incidencia de la opinión del grupo sobre el sujeto no avisado, y los resultados fueron contundentes: sólo un 25% de las personas se aferraban en todos los casos a su propia percepción sobre la longitud de las líneas, mientras que la mayor parte terminaba uniéndose al punto de vista mayoritario, aunque fuera a todas lu-ces equivocado.” (Laje, Agustín, La batalla cultural, pág. 199-200)
La conclusión que saca Agustín Laje es que “(…) en virtud del miedo al aislamiento social existen situaciones en las que los hombres entienden que sus opiniones particulares cuando van contra lo que perciben como opinión mayoritaria, pueden generarles una serie de costos socia-les que prefieren evitar. Entonces, deciden callar (cuando no directamente cambiar de opi-nión), (…).” (Ídem.)
ResponderEliminarEsto recibió el nombre de espiral de silencio y creemos que está relacionado con cómo los seres humanos pecan en comunidad, con el pecado original originante de Adán y Eva, el pe-cado original consumado en el deicidio de Jesucristo que Éste transformó en sacrificio para la salvación de muchos y el pecado original esjatológico de los últimos tiempos.
El ser humano va pecando en comunidad y con eso construye la ciudad de Satanás en la Iglesia, en el Mundo y en sí mismo.
Con los pecados cometidos antes de la Primera Venida de Cristo prepararon el deicidio y su muerte de Cruz, con los pecados que cometieron, cometen y cometerán preparan la aposta-sía general, el misterio de iniquidad y el Apocalipsis.
Para que la Iglesia adultere su fe y comience un proceso de apostasía general sólo es nece-sario que ponga “la salvación de las almas” sobre el orden de caridad que establece que “hay que amar a Dios sobre todas las cosas”.
Que busque una Iglesia triunfante a cualquier precio o sobrevivir a cualquier precio afir-mando que las puertas del infierno no prevalecerán sobre Ella, o sea, que afirme que es bella, rica y nunca será viuda sin tener en cuenta la profecía de que Dios empezará a vomitarla de su boca.
El segundo experimento muestra las consecuencias morales y religiosas de este comporta-miento que privilegia al grupo sobre la verdad, prefiere los intereses personales y de grupo a la verdad bajo la excusa, por ejemplo, de la salvación de las almas.
El experimento de Stanley Milgram trata de medir la disposición de un participante para obedecer órdenes de la autoridad incluso cuando estas órdenes están en conflicto con su con-ciencia y sus principios morales, religiosos y jurídicos.
Por correo y anuncios de periódicos Milgram reclutó cuarenta participantes invitados a par-ticipar en un experimento de memoria y aprendizaje y les aseguró una paga de, lo que sería, treinta dólares actuales.
Todos los demás que intervenían en el experimento eran cómplices de Milgram.
Se ubicó al participante en una habitación y en la otra estaba amarrado a una silla un cóm-plice al que se le colocaban electrodos y había un generador falso de descarga eléctrica con in-terruptores que iban de 15 a 450 voltios con etiquetas de “moderado”, “fuerte”, “peligro des-carga grave” y “XXX”.
El generador falso producía ruido pero no descargas y el cómplice atado a la silla emitía quejas, gritos y lamentos que eran amplificados.
Por otra parte, la autoridad estaba dada por un cómplice que hacía de investigador (vestido con bata blanca) que daba las órdenes de suministrar las descargas.
El cómplice de la silla, tras cada error al dar una respuesta, debía ser castigado con descar-gas más potentes, si el sujeto del experimento preguntaba quién era el responsable de proseguía con las descargas, el cómplice que hacía de investigador decía que él.
Los cuarenta sujetos obedecieron hasta los 300 voltios y veinticinco, o sea, el 65% llegaron a aplicar tres descargas de 450 voltios.
Las conclusiones del experimento fueron: 1) cuando obedecen deja de funcionar su con-ciencia y abdican su responsabilidad. 2) Son más obedientes cuanto menos contacto tengan con la víctima y más lejos se hallan. 3) Los más autoritarios son los más obedientes. 4) A ma-yor proximidad de la autoridad mayor obediencia. 5) Personas con instrucción militar son pro-pensas a obedecer. 6) El sujeto siempre tiende a justificar estos actos inexplicables. 7) Personas ordinarias son capaces de actuar con crueldad. (Milgram, Obediencia a la autoridad. Editorial Desclee de Brouwer, 2002)
Analicemos esto en una jerarquía en que la obediencia a la autoridad es una virtud impor-tante y que tiene instrucción casi militar.
ResponderEliminarEsta jerarquía, incluso, los sacerdotes y muchos fieles conocen los pecados graves cometi-dos que redundan en una adulteración de la fe pero han endurecido el corazón, optaron por no actuar frente a las injusticias y justificaron, justifican y justificarán siempre sus actos inexplica-bles invocando la salvación de las almas.
Desatarán su ira si los ponen en evidencia, ante la vergüenza no se arrepentirán, endurece-rán su corazón, pensarán en todo lo que han dado a la Iglesia y dirán “sigamos adelante, es un traidor, un hereje, nosotros somos hombres de Dios ¿qué sabe este de lo que es necesario hacer para que la Iglesia sobreviva?”.
La misma conducta generó la muerte de los profetas, de Cristo y, por último, de los márti-res.
Son los que levantaron piedras contra los profetas y pidieron por Barrabas.
Son los que recibirán al que venga en su propio nombre y lo sentarán en el templo llamán-dolo Dios.
Benedicto XVI enseña que: “El hecho de que cuando apareció el justo por excelencia fue-se crucificado y ajusticiado, nos dice despiadadamente quién es el hombre: eres tal que no puedes soportar al justo; eres tal que al amante lo encarneces, lo azotas, lo atormentas. Eso eres, porque, como injusto, siempre necesitas la injusticia de los demás para sentirte disculpa-do; por eso no necesitas al justo que quiere quitarte la excusa.” (RATZINGER, Joseph, Intro-ducción al cristianismo. Editorial Planeta-DeAgostini, S.A., 1995, pág. 255)
“Podemos añadir que el Libro de la Sabiduría conocía quizás la hipótesis teórica de Platón, que en su obra sobre el Estado intenta imaginarse cuál hubiera sido el destino del justo perfec-to en este mundo, llegando a la conclusión de que habría sido crucificado (cf. Politeia II, 361e-362a). Tal vez el Libro de la Sabiduría ha tomado esta idea del filósofo, la ha introduci-do en el Antiguo Testamento y, ahora, esta idea apunta directamente a Jesús.” (BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Ed. Planeta, 2011, pág. 246)
Dice el Padre Leonardo Castellani que “hay dos que no perdonan, el judío y el sacerdote”, en el caso del sacerdote esta crueldad es propia de la solterona resentida por los años porque hay solteronas que se santifican y sacerdotes que también lo hacen.
Pero después de darle toda su vida a Dios, en realidad se la dieron a la Iglesia y, muchas veces, confunden las cosas. Ante el santo sienten celos y llegan al odio cainista.
No pueden comprender cómo los pastorcitos de Fátima fueron mejores hombres y mujeres que ellos aunque la prueba está ahí, la Santa Corredentora y Mediadora Virgen los eligió.
Antes que la Verdad, prefieren la Iglesia y eligen obedecer a la autoridad incluso cuando saben que lo ordenado es pecado grave, eligen callar y ordenan callar porque dicen que con ello salvan almas.
Si les enrostran sus faltas, las niegan, tratan de justificar lo inexplicable y se vuelven, en comunidad, con odio contra el testigo de esa Verdad.
Le dan como paga su deprecio, lo excomulgan, no le perdonan nada, buscan la paja en el ojo ajeno, tratan de que se retracte, utilizan su autoridad, lo castigan y si están presentes, en el momento de su muerte, es a los solos fines de atestiguar el sufrimiento, incrementarlo y sumi-nistrar la unción a los enfermos sólo bajo la rendición incondicional, el arrepentimiento mani-fiesto, el pedido de perdón y la obediencia absoluta que ellos han aceptado y se han impuesto.
Obran así porque creen que está bien obrar así y porque consideran que no pudieron hacer otra cosa si querían sobrevivir en la Iglesia aunque no tienen una conciencia invenciblemente errónea son ciegos.
ResponderEliminarPor ello, frente a una nueva oportunidad vuelven a cometer los mismos pecados de la mis-ma manera. Se han construido sobre esa base y han reforzado sus conductas erradas con el tiempo.
La documentación de que Prevost participó, siendo sacerdote, a los cuarenta años, de una ceremonia a la Pachamama, siendo un culto a los demonios y una apostasía de la fe, no es dife-rente a las fotos de Bergoglio en una ceremonia protestante abrazando con emotivismo religio-so al pastor y es la misma conducta de Bergoglio rindiendo culto a la Pachamama e introdu-ciéndola en San Pedro.
Lo grave no son los actos aislados sino las acciones humanas que indican una conducta moral y religiosa desviada en su Fin Último que es Cristo.
Lo grave no son los actos aislados sino la conducta moral y religiosa de tolerancia y fo-mento de la apostasía en la jerarquía y en los fieles para alinearse a la agenda 2030.
Las cárceles están repletas de delincuentes con buenas intenciones que niegan haber come-tido crímenes y con demasiadas justificaciones para su mala vida.
Estas personas no van a cambiar, seguirán dándole la culpa al otro.
No van a reconocer sus errores y no se van a poner en la posición de victimarios, van a se-ñalar a otros como victimarios en la Iglesia: los tradicionalistas como Viganó o los lefebvria-nos, los rígidos, los avinagrados, los no sinodales, esos son los culpables.
Necesitan un victimario porque nunca se harán cargo de la crisis y de los pecados y van a levantarse, una y otra vez, para seguir adelante como si nada hubieran hecho.
Allí tienen las traiciones a los cristeros en México y a la Acción Francesa y sus consecuen-cias.
¿No fue Pío XI quién impulsó la cristiada para luego dejarlos en manos del gobierno san-guinario? ¿No fue Pío XI quién destruyó la Acción Francesa y favoreció el socialismo y el co-munismo? ¿No fueron esas acciones olvidadas y ocultadas por la Iglesia?
¿Por qué no esperar que lo mismo ocurra con la declaración de Benedicto, con Bergoglio y Prevost?
Le darán para adelante porque “a largo plazo”, como dijo Keynes, “todos estamos muer-tos”, le darán para adelante y dirán: “después de nosotros, el Diluvio” pero vendrá el Apoca-lipsis, al final, Cristo y sólo Cristo, los juzgará.
Y los ángeles del Cielo recitarán el pasaje de las Sagradas Escrituras:
“Si el atalaya, viendo llegar la espada no toca el cuerno para avisar a la gente, y llegando la espada hiere a alguno de ellos, éste quedará preso en su propia iniquidad, pero yo demandaré su sangre al atalaya” (Ez 33,6).
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