Pbro. Dr. Julio Meinvielle
El combate de Cristo se prolonga en la historia. Es una lucha totalitaria; abarca todo el hombre con todo lo que es, con todo lo que puede y con todo lo que tiene. La historia cobra sentido a la luz de esta gran lucha milenaria que libran los espíritus.
La Iglesia es combatida por la Revolución Anticristiana desde dentro y desde afuera. Por dentro, con la acción de cismáticos y herejes. Por fuera, con las sucesivas invasiones de pueblos paganos, y luego de las musulmanas. Pero la Ciudad Católica resiste, se defiende y difunde, hasta alcanzar su punto culminante en el siglo XIII. Luego ha de producirse su derrumbe.
La Ciudad Católica y las cuatro dimensiones del hombre
La Ciudad Católica medieval –decimos medieval porque puede haber una Ciudad Católica de otro signo histórico– señala un punto culminante de la cultura humana. Un punto culminante porque en ella se alcanza, en lo esencial, la perfección a que puede llegar el espíritu humano. Y en esto señalamos el criterio que nos debe guiar en la apreciación de las culturas.
Una cultura no es más que “lo humano [el hombre] manifestándose”. Una cultura será tanto más rica cuanto más ricas sean las manifestaciones del hombre. El valor de esas manifestaciones se debe ponderar de acuerdo a su contenido de realidad. La Realidad subsistente es Dios, de quien deriva todo bien y de quien todo bien finito no es sino Participación. De aquí que una cultura será tanto más rica cuanto más divinas, cuanto más cercanas a Dios sean las manifestaciones del hombre [1].
El hombre, que es un conflicto de potencia pura y acto puro, puede realizar “culturas” tan diversas como la divina de la Edad Media y la diabólica de la Rusia comunista.

































