martes 9 de febrero de 2010

Comunicación de la realidad - Josef Pieper

Comunicación de la realidad
Josef Pieper


Según los datos de la teología, la substancia dogmática de la fe cristiana puede compendiarse en dos palabras: “Trinidad” y “Encarnación”. Es el “Doctor Común” de la cristiandad quien dice que todo el contenido del dogma cristiano se reduce a la doctrina del Dios Uno en tres Personas y a la participación del hombre en la vida divina, participación ejemplarmente realizada en Cristo.

Ahora bien, se da el caso de que la realidad enunciada en ese contenido de la revelación –en el fondo indiviso- se identifica con el acto mismo de enunciarla y con la persona del enunciante. Tal cosa apenas es posible en el mundo; y decimos “apenas” pensando en la excepción probablemente única de un ser humano que, dirigiéndose a otro, le declara: “Te amo”. Tampoco el sentido principal de esta declaración es poner en conocimiento de otra persona un hecho objetivo, separable del declarante; trátase más bien de un auto-testimonio, y lo así testimoniado se realiza precisa y singularmente en el acto expreso de testimoniarlo. De ahí que el interlocutor, por su parte, sea incapaz de descubrir la inclinación amorosa de su congénero de otro modo que asumiendo lo que oye de sus labios. Cierto que ese amor puede también “acontecerle” sin más, como a un niño pequeño, pero sólo “se entera” de él, lo experimenta, por cuanto lo aprehende y lo “cree” al serle atestiguado en forma verbal; sólo así lo recibe y se le hace presente de veras.

En un plano superior, ocurre lo mismo con la revelación divina. Al hablar Dios a los hombres, no les da a conocer meros hechos objetivos, sino que les abre su propia esencia, los hace partícipes de su ser. Mas lo que constituye el contenido básico de esa revelación, a saber, que al hombre se le invita a tomar parte en la vida divina y que incluso está ya teniendo lugar tal participación, posee su propia realidad no en otra cosa que en la palabra misma de Dios: porque Dios lo revela, es real. La Encarnación, por ejemplo, no es primero y “de todos modos” un hecho que posteriormente conocemos por la revelación; al contrario, el encarnarse de Dios y el manifestarse de Cristo constituye una sola e idéntica realidad. También aquí le toca lo suyo al creyente: en el acto mismo de aceptar como verdadero el mensaje de Dios autorrevelado, le viene y sucede realmente la anunciada participación en la vida divina. No existe, aparte de la fe, ningún otro medio por el que el hombre pueda conseguir esto. La palabra “comunicación” recobra aquí su sentido etimológico. La revelación divina no es mero anuncio de una realidad, sino “participación” en la realidad misma, lo cual sólo puede acaecerle al creyente.



Fuente: Josef Pieper, Antología,
Editorial Herder, Barcelona, 1984, pp. 30-31



miércoles 3 de febrero de 2010

Ascetismo y herejía - Josef Pieper

Ascetismo y herejía
Josef Pieper


Un escritor tan moderno como James Joyce tuvo durante toda su vida el acto carnal por vergonzoso, según se desprende de la bien documentada biografía de Richard Ellmann. A ninguno de los grandes doctores de la cristiandad se le ocurrió jamás tal cosa. Para Tomás de Aquino, por ejemplo, resulta evidentísimo (tanto que apenas hace falta recalcárselo todavía a algunos supuestos entendidos, aunque de todas maneras creemos oportuno recordarlo aquí) que el impulso sexual no es un mal necesario, sino un bien. Siguiendo en esto las huellas de Aristóteles, llega incluso a decir que en el semen humano hay algo divino. Igualmente obvio le parece a Tomás que, como el comer y el beber, la satisfacción del instinto natural de la sexualidad y el deseo carnal que de ella se deriva nada tienen de pecaminoso (absque omni peccato), con tal que se preserven la moderación y el orden. En efecto, el sentido intrínseco del apetito sexual, procrear hijos que sigan poblando la tierra y el reino de Dios, no es ni siquiera un bien como cualquier otro, sino, al decir del propio Tomás, "un bien eminente". Por si esto fuera poco, la indiferencia apática (insensibilitas) frente a todo deseo carnal, que más de uno podría verse tentado a considerar como ideal de perfección cristiana, se califica en la Suma Teológica no sólo de defecto, sino de positiva imperfección moral (vitium).

Aquí mismo debemos hacer notar que la procreación no es el único y exclusivo sentido del apetito sexual, así como tampoco los hijos son la única y exclusiva razón de existir del matrimonio. Éste, en cambio, es la plenitud o consumación propia del instinto carnal. De los tres "bienes" del matrimonio (fides, proles, sacramentum: comunidad de vida, hijos, sacramentalidad), la fides, o sea la comunidad íntima e inviolable de vida, constituye, según Tomás, el "bien" ordenado al hombre "en cuanto hombre".

Si Tomás se muestra tan claro en este punto y lo afirma sin la menor sombra de duda, es porque, más que ningún otro doctor cristiano, ha tomado en serio y calado a fondo el pensamiento original de la revelación: Omnis creatura Dei bona est, "todo cuanto Dios ha creado es bueno". Estas palabras proceden del apóstol Pablo, quien con el mismo argumento, es decir, la misma referencia a la creación, fustiga "la hipocresía de algunos embaucadores que tienen marcada a fuego su propia conciencia" y "prohíben el matrimonio y el uso de ciertos manjares..." (1 Tim 4, 2s). Herejía e hiperascetismo son y fueron siempre parientes próximos. El Padre de la Iglesia Juan Crisóstomo lo proclamó ya enérgicamente hace siglos; interpretando en uno de sus sermones la frase bíblica "dos en una sola carne" como unión corporal de los esposos, añade: "¿Por qué has de sonrojarte ante lo que es puro? ¡Tal es lo propio de los herejes!".


Fuente: Josef Pieper, Antología,
Editorial Herder, Barcelona 1984, pp. 87-88.



viernes 29 de enero de 2010

Obrar la verdad - Josef Pieper

Obrar la verdad
Josef Pieper


La prudencia, como base formal y “madre” de todas las virtudes humanas, es el troquel delicado pero firme de nuestro espíritu, que moldea el conocimiento de la realidad transformándolo en ejecución del bien. Encierra en sí la humildad del escuchar silencioso, es decir imparcial, la íntima fidelidad de la memoria, el arte de dejarse informar de algo, la serenidad ante lo inesperado. La prudencia es gravedad pausada y, por decirlo así, filtro de la reflexión, a la par que audacia frente a lo definitivo del decidir. Denota nitidez, rectitud, apertura, imparcialidad de ánimo por encima de todos los enredos y utilitarismos únicamente “tácticos”.

La prudencia es, como escribe Paul Claudel, la “sabia proa” de nuestra idiosincracia orientada a la perfección en la diversidad de lo finito.

En la virtud de la prudencia se cierra y sujeta el anillo de la vida activa de modo perfecto: al captar la realidad, el hombre interviene en ella, realizándose al propio tiempo a sí mismo en lo decidido y hecho. La hondura de todo esto se revela en una sentencia aparentemente extraña de Tomás de Aquino, según la cual la prudencia, virtud soberana del “gobierno” de la vida, consuma la dicha suprema del hacer.

La prudencia es esa luz de la existencia moral de la que uno de los libros más sabios del Oriente dice que le es rehusada a todo aquel que “se contempla a sí mismo”.

Hay una firmeza sombría y otra luminosa. La prudencia es la firmeza clara del que se ha decidido a “obrar la verdad” (Jn 3, 21).


Fuente: Josef Pieper, Antología,
Editorial Herder, Barcelona, 1984, pp. 65-66.



lunes 18 de enero de 2010

Josef Pieper y la reflexión sobre el mito y la cultura - Héctor Padrón

Josef Pieper y la reflexión sobre el mito y la cultura
Dr. Héctor Jorge Padrón
Universidad Nacional de Cuyo – Conicet



Preliminar

El propósito de este trabajo es destacar el valor y la significación del pensamiento filosófico de Josef Pieper para la historia de la filosofía y de la cultura contemporáneas a través de un tema preciso: el mito platónico, que esperamos obre como hilo conductor de nuestra reflexión. Nuestro esfuerzo se concentra sobre dos obras decisivas para el interés de nuestro tema: Sobre los mitos platónicos[1] y Entusiasmo y delirio divino. Sobre el Diálogo Fedro[2], sin descartar otras referencias posibles a la vasta obra del ilustre filósofo germano.

En el segundo libro citado de Pieper, Entusiasmo y delirio divino. Sobre el Diálogo Fedro, se lee un texto breve que sin embargo ilumina la intención profunda de nuestro estudio: “[...] siempre merece la pena, o si se quiere es necesario, escuchar a Platón. No exclusivamente para aprender algo sobre Platón mismo sino, ante todo, para aprender algo sobre algunas de nuestras cuestiones fundamentales de la existencia que él, Platón, ve y que intenta expresar e interpretar y frente a las cuales nosotros estamos siempre necesitados de consejo y esclarecimiento”[3]. Lo importante para nosotros es que estas palabras no brotan de la intuición brillante pero fugaz de un dilettante de la filosofía y de la erudición platónicas sino que, por el contrario, pertenecen a alguien que ha examinado y meditado junto a los Diálogos platónicos la bibliografía erudita sobre la filosofía de Platón desde el siglo XIX en las principales lenguas de cultura filosófica incluida la alemana, hasta los estudios más relevantes del siglo XX, con una acuidad y una paciencia encomiables. Alguien que ha esperado diez años antes de pronunciarse sobre la cuestión del Fedro platónico con un conocimiento y una reflexión rigurosas sobre las tan diversas y aún contradictorias opiniones de los scholars, con una penetración llena de genuina humildad y de sabiduría que lo hacen perfectamente consciente de no estar proponiendo ni la clave áurea de la interpretación ni, tampoco, disponer de todas las respuestas a las preguntas del texto y de la crítica erudita.

Por último, nos ha parecido necesario destacar un rasgo del pensamiento filosófico de Pieper -no menor- en el contexto de la cultura filosófica en el que se pronuncia caracterizado, por una parte, por el deseo que anima a muchos historiadores e investigadores de la filosofía de alcanzar en los Autores que estudian la realidad consistente de un sistema y; por otra parte, la dificultad manifiesta de lograr este propósito en el pensamiento filosófico de Platón. Pieper al estudiar a Platón, junto con muy prestigiosos estudiosos del Maestro, reconoce la imposibilidad de señalar algo que corresponda al sistema de Platón. Ahora bien, toda la cuestión consiste en discernir si la falta de un sistema obedece a un minus del pensar filosófico como tal o si, por el contrario, la renuncia a la formulación de un sistema homogéneo no depende de la gravedad de las contradicciones internas del pensar platónico sino, ante todo, como enseña Pieper, de la grandeza de unas ideas que se confrontan continuamente con una realidad concreta y profunda en cada caso con el temple que el pensar adquiere en los grandes pensadores: “[...] el silencioso respeto ante la impenetrabilidad del mundo”[4].


1. La filosofía platónica, el Diálogo y las historias

Uno de los hechos que nosotros -lectores tardíos de la obra de Platón- podemos observar inmediatamente es que los Diálogos están llenos de historias y que, más aún, “cada uno de ellos es por sí mismo una historia”[5]. El hecho es simple y, al mismo tiempo, desconcertante en muchos aspectos. En efecto, la realidad viviente del Diálogo platónico no es de fácil asimilación para muchos espíritus que identifican inmediatamente la reflexión filosófica con el lenguaje en prosa del tratado y, entonces, con un desarrollo lingüístico-conceptual que se encamina hacia alguna forma posible del sistema filosófico y esto de una manera excluyente. En esta perspectiva de lectura e interpretación de los Diálogos, lo que allí aparece como propio de la conversación humana, la comunicación de los afectos, la formulación de observaciones que parecen casuales pero que encierran advertencias muy serias, las ocurrencias repentinas, un gusto por el relato de los detalles dentro de una movilidad extraordinaria del lenguaje y del pensamiento y, por otro lado, el relato de diversas historias, todo esto se percibe como una amenaza para la intelección clara y rigurosa de las ideas filosóficas y, en no pocos casos, como un inocultable malestar. Sea cual fuere la opinión final que haya que formarse de los Diálogos platónicos, convendría no olvidar que éstos se inscriben en un dato primario de la cultura griega, a saber: su decidido carácter verbal y, por tanto, inevitablemente acústico no sólo visual.

En todo caso, no sólo el lector culto en su mayoría sino también el lector erudito se hace la misma pregunta: ¿por qué esto es así? ¿por qué este placer peculiar por contar historias en el curso de una reflexión intencionalmente filosófica sobre cuestiones de rigurosa índole teórica o práctica? Y lo que no es menos grave: el lenguaje de estas historias es, muchas veces, poético y, por tanto, necesariamente simbólico ¿no habrá, entonces, que viviseccionar el lenguaje de los Diálogos a fin de distinguir, separar y prescindir de las expresiones y los contenidos poéticos para, así, retener solamente las tesis filosóficas? ¿Platón es, simplemente alguien que goza contando historias, como parece ser, también, Sócrates? ¿O, más bien, es alguien que está interesado en la didáctica filosófica y que, en consecuencia, propone explicar ideas abstractas con el recurso de imágenes visuales? En suma: ¿en los Diálogos se trata todavía de filosofía o de poesía? Una parte considerable de la crítica erudita de Platón tiende a señalar la necesidad de prescindir de la forma poética del lenguaje del filósofo, tal como sostiene Wilamowitz[6]. En este punto preciso, Pieper se pregunta -con razón- si la poesía puede ser entendida legítimamente como un mero juego de la fantasía caprichosa o, quizá, como un modo específico e intransferible de captar la realidad[7]. Esta pregunta no es de ninguna manera irrelevante cuando se tiene en cuenta el modo en el que la historiografía filosófica en general y platónica en particular ha quedado marcada por las afirmaciones de Hegel en sus conocidas Lecciones sobre la Historia de la Filosofía. En efecto, el filósofo germano habla de un escrito platónico perdido particularmente valioso para su interpretación en cuanto que, justamente, no sería un Diálogo sino “una obra puramente filosófica”, “una exposición dogmática propiamente doctrinal”. De tal manera, entonces, -según Hegel- sólo nos quedan los Diálogos. Pero estos textos estarían inevitablemente carenciados, ya que para Hegel ni el Diálogo ni la historia en general serían formas puras de la exposición filosófica. Ésta es una opinión constante en el pensamiento de Hegel y, además, conlleva una precisión canónica: “la forma en la que existe la verdad es únicamente el sistema científico”[8]. Esta tesis de Hegel impregna la inteligencia de la historia de la filosofía griega de E. Zeller[9] y la de los que lo siguen y, en substancia, sólo hace lugar a una visión científica, descalificando todo lo demás. El inconveniente de esta hermenéutica es que ya desde los presocráticos ignora una componente antropológico-teológica que es esencial para la totalidad de la curva del pensamiento helénico y, por lo mismo, para el lenguaje y pensamiento de Platón.

Pieper tiene el enorme mérito de preguntar si -más allá del prestigio indudable del pensamiento de Hegel- la única forma plena de la posesión de la verdad deba ser aquella que él llama “forma dogmática” en cuanto portadora exclusiva de conceptos. Es manifiesto que a la pregunta ¿quién es mi prójimo? se puede responder, sin duda, dando una definición. No obstante, señala Pieper -con razón- que lo que no se puede admitir, sin que sea llevada a cabo un discusión completa y rigurosa, es la afirmación hegeliana que niega a toda otra forma que no sea la de la definición conceptual un carácter de verdad como, por ejemplo, el que puede darse y se recibe en una historia bíblica que dice textualmente: “bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones...” (Lc. 10, 30)[10]. En lo que nos concierne, queremos destacar el aporte del pensamiento de Pieper en un sentido doble: por una parte, al renovar el espacio de inteligilibidad de la historia de la filosofía helénica en general y platónica en particular al apartarse y dejar de lado la tesis de Hegel señalada y, por el contrario, considerar con la mayor atención y seriedad el contenido veritativo del lenguaje simbólico dentro del cual, precisamente, se expresan y transmiten los mitos platónicos; por otra parte, a partir de la consideración precedente, renovar de una manera decisiva la antropología filosófica en la totalidad de su curva histórica desde los griegos venerables hasta nuestro presente más actual. En efecto, lo que importa destacar es que su visión de la realidad no se agota exclusivamente en una formulación a través de diversas tesis sino que, también, discierne para el hombre la posibilidad de alcanzar la verdad de una determinada realidad por medio de una praxeos mímesis, en la imitación de una acción, como quería Aristóteles[11] o, en otro lenguaje equivalente, en los términos de una historia.


2. Las historias míticas

Con el nombre de mythos se indica un género especial de historias al que corresponde sólo una pequeña parte de lo que dicen los personajes de los Diálogos de Platón. Por otra parte, la palabra mythos entre los griegos en general y en Platón en particular aparece en una diversidad de usos lingüísticos muy grande y muy rica. Si a este hecho histórico-filológico se suma la diversidad de usos e interpretaciones contemporáneas, se llega a un conjunto de alta complejidad que impone en quien se aproxima inicialmente al tema un desconcierto casi inevitable. Una manera inmediata de procurar un cierto orden y claridad respecto de esta palabra prestigiosa de la lengua griega y, además, del griego filosófico de Platón, es el recurso a los Diccionarios[12]. Con una operación propia de la visión lexical, los Diccionarios proceden al despliegue de los diversos significados de mythos en la lengua griega, así por ejemplo en un sentido amplio: palabra, discurso, conversación, proverbio, palabra pensada y no pronunciada en el sentido de un plan o de un proyecto; en un sentido más restricto: historia, relato, saga, fábula, donde se daría preferencia al significado de historia no verdadera. El nombre mythos propone una diversidad sinfónica de significados, la cual se concierta con la de los verbos: mytheomai y mythologeo con el sentido de hablo, digo, cuento o invento una historia. Un eco de esta situación en los significados pasa al inglés, donde la palabra griega mythologia se traduce como fiction, un suceso poetizado, el relato de una historia inventada. Hay, entonces, una ambivalencia, saga es, en efecto, lo que se dice y esto mismo puede ser verdadero o falso y, al mismo tiempo, es lo que se dice en referencia a un pasado anterior a la historia, a lo pre-temporal y en este sentido absolutamente verdadero.

Para tratar de entender esto, quizá nada mejor que un ejemplo extraído de un Diálogo platónico como es el caso en el Gorgias. Allí, como se recuerda, Sócrates se dirige a un ser humano satisfecho de sí mismo y de su poder económico quien, además, aspira a la posesión del poder político: Calicles. En el contexto de una situación que en lo esencial no ha variado en la historia, el filósofo que es Sócrates habla al hombre político poderoso que es Calicles, para indicarle que la existencia humana no es una dimensión que agota su significado en ella misma sino que, por el contrario, está sujeta a juicio en un sentido trascendente y absoluto, precisamente, del otro lado de la muerte. Con una experiencia y saber sin ilusiones respecto a las posibilidades y respuestas inmediatas de aquél a quien habla, le dice: “Tú, desde luego, lo tendrás (al mythos del juicio post mortem) por una historia (en el sentido de una mera ficción) pero yo lo tengo por la verdad”[13].

Si, por otro lado, se intentara hacer el inventario de los significados de la palabra mitos en el griego de los Diálogos platónicos en su conjunto, esta tarea arrojaría el resultado de una multivocidad. En efecto, mythos es, en una diversidad de casos, una historia, una fábula, que se suele contar a los niños para entretenerlos; y es cierto que en éstas hay algo de verdad aunque no sean propiamente verdaderas[14]. Cabe recordar que en uno de los Diálogos de la vejez -el Sofista- Platón dice que las representaciones de los sabios primeros acerca de la constitución del cosmos aparecen como “mitos que se nos cuentan, como si fuéramos niños”[15].

Sin embargo, la palabra mythos adquiere otro sentido cuando Platón relata el origen de la tiranía. Aquí el relato no puede ser considerado como literalmente verdadero, aunque lo que dice nos hace pensar en una verdad válida que vive en la historia que se narra. En efecto, se lee: “¿No has oído nunca (pregunta Sócrates a Adeimantos) la historia -mython- de quien habiendo probado carne y sangre humana, que se haya mezclado, por ejemplo, con la de las víctimas de los sacrificios, se convierte irremediablemente en lobo?”. Tras la respuesta afirmativa de Adeimantos, Sócrates continúa preguntando si no ocurrirá lo mismo con quien es políticamente poderoso “si el que una vez se que se ha manchado con un delito de sangre y con boca impía ha saboreado el asesinato, no incurrirá también en el destino irremediable de hacerse un tirano y convertirse de hombre en lobo”[16].

Diverso es el significado que adquiere la palabra mythos cuando se refiere a la fundación de los estados, así como al origen de las constituciones de los pueblos, en cuanto que en tales casos el mythos remonta a una disposición divina.

Finalmente, en un sentido más restricto, mythos es una historia que relata el origen del cosmos, el de la felicidad y la desgracia humanas, el destino que espera a los muertos a favor del género de vida que hallan desarrollado en su existencia histórica en relación con la medida absoluta de la justicia y, también, la razonabilidad de los premios y castigos que esperan al hombre. Lo que no cesa de asombrar al lector contemporáneo de la República es el hecho de que pueda tomar conocimiento de tales mitos antes de que comience la discusión filosóficopolítica sobre el estado o pólis. Así, Sócrates narra su encuentro con Céfalo y la conversación que sostiene con él que de ninguna manera es ocasional. En efecto, Céfalo es ya un anciano y Sócrates le explica muy concretamente su interés en escuchar su testimonio en relación con los mitos que conciernen al juicio después de la muerte. Céfalo accede a su pedido con una simplicidad que sólo iguala la profundidad de lo que dice: “Cuando el tiempo apremia, y cuando el hombre se ha familiarizado con la idea de la muerte, empieza a preocuparse por cosas que antes le habían tenido sin cuidado. En efecto, los mitos que se cuentan acerca de nuestro destino en el mundo inferior -infierno- según los cuales quien ha cometido crímenes aquí tiene que sufrir el castigo allá, esas historias, digo, que antes se tomaban a broma, inquietan ahora el alma por si pudieran acabar siendo ciertas”[17]. Aquí la cuestión de la verdad no tiene sólo un carácter lógico sino que, además, se liga de modo indisoluble a la cuestión del destino del hombre y, entonces, al significado absoluto de la totalidad de su existencia física, psíquica y espiritual en una unidad viviente.

En un sentido propio las historias míticas se desarrollan entre dos esferas, la divina y la humana y contienen las acciones de los dioses que afectan a los hombres y, por otra parte, las acciones de los hombres que se refieren a los dioses. Este significado se halla confirmado de una manera amplia por la historia de las religiones, la etnología y por la historia de la espiritualidad en general. Paul Tillich recuerda que “mito es una historia divina” y que “esta definición no puede ser dejada de lado”, y añade que “no se trata de una categoría literaria sino religiosa”[18]. Pieper observa que “Platón atribuye a estos mitos una verdad incomparablemente válida, singularísima e intangible, por sobre toda duda”[19]. El hecho que conviene tener presente y que supone una actitud completamente consciente y original por parte de Platón, consiste en que para el filósofo de la Academia hay una serie de sucesos que acontecen fuera de los límites de la historia y del cosmos visible, de los cuales el hombre no tiene ni experiencia ni concepto y de los cuales, sin embargo, puede y debe saber algo importante para el significado de su vida y su destino personal, pero este saber transcurre en los términos inevitables del lenguaje simbólico. Este contenido y saber es el que condena explícita y puntualmente la filosofía de Hegel cuando afirma: “Cuando el espíritu puede expresarse en el elemento de la idea, lo simbólico resulta una manera de expresión inadecuada y falsa”[20].

Por nuestra parte, contrariamente a lo que sostiene Hegel, afirmamos que el lenguaje simbólico de las historias míticas en sentido propio -que son, precisamente, aquellas que nos interesan en los Diálogos platónicos y que se refieren a aquellos sucesos de los que no tenemos ciertamente ni experiencia ni concepto, aunque sí absoluta necesidad significativa para nuestra existencia y nuestro destino- es una expresión completamente adecuada y verdadera para Platón. Lo inaceptable de esta situación -después de Hegel- es que se declare que los mitos platónicos son una forma deficiente de afirmación filosófica, tal como lo hace E. Zeller, discípulo de Hegel: “los mitos platónicos señalan [...] casi siempre una laguna en el conocimiento científico”[21]. Ahora bien, creemos que si de alguna laguna se trata, ésta concierne, ante todo, a la filosofía y la filología racionalistas del s. XIX que junto con sus méritos incuestionables y su grandeza en varios aspectos, en la consideración de este problema: los mitos platónicos, su pensamiento y su lenguaje, mostraron una peculiar estrechez y una inocultable miopía.

Otro elemento decisivo del mythos en sentido propio, es el que señala que el narrador mítico en ningún caso es el autor de los mitos que relata. Este hecho vale especialmente para Sócrates y para Platón. Ambos establecen muy claramente que en cada caso ellos han recibido el relato mítico de otros quienes, a su vez, fueron también receptores no autores y que, además, ni unos ni otros -en la admirable cadena receptiva del mythos- se han sentido autorizados para añadir o quitar nada de lo que han oído[22]. De tal manera, el contenido del mythos es algo que se recibe, es un don, no algo que se construye o constituye a partir de una iniciativa del hombre, haciendo del resultado de alguna de estas operaciones una realidad inevitable y exclusivamente antropomórfica. Y en este caso, entonces, atentos a la definición del mythos que propone -entre otros- Paul Tillich, una realidad dimidiata.


3. Algunas distinciones útiles

Llegados aquí conviene hacer algunas distinciones útiles para el interés de nuestro tema. En primer lugar no todas las historias que contienen los Diálogos platónicos pueden ser consideradas míticas en sentido propio. Así por ejemplo la leyenda local y alegorizante del rapto de la ninfa Oreitia por Boreas es objeto de una manifiesta indiferencia por parte de Sócrates[23]. En cambio, declara estar seriamente preocupado por realizar el precepto del oráculo de Delfos: ¡conócete a ti mismo! . Tampoco puede ser considerada como mito en sentido propio la historia de Iris -mensajera divina- hija de Thaumas[24], es más bien una ilustración sobre la idea de que el acto filosófico procede del asombrarse -thaumázein- y, de un modo análogo, tampoco es un mito el relato de Diótima sobre el nacimiento de Eros a partir del abrazo de Poros y Penia, la riqueza y la pobreza[25]. En efecto, la personificación de lo abstracto que se realiza en esta historia es lo contrario del lenguaje simbólico[26] y, en consecuencia, también del lenguaje mítico. La conocida historia de la caverna platónica no es tampoco un mito sino, ante todo, una alegoría[27]. No es un mito la historia del timonel que se incorpora en el Gorgias[28], ni las numerosas comparaciones o metáforas que esmaltan los Diálogos platónicos como, por ejemplo, la que sostiene que el alma de los libertinos es un tonel agujereado del cual los desdichados sacan agua con un cedazo[29], o aquella otra que, bellamente, habla de la cadena del entusiasmo[30], o la imagen del alma humana como la de una tabla encerada en la que se marca como huella de un anillo de sello lo que se puede recordar[31].

Las historias míticas en sentido estricto en la obra platónica son, la historia de la factura del mundo que se narra en el Timeo; la historia de la forma originaria y la caída del hombre que narra Aristófanes en el Symposio y, sobre todo, las historias o relatos esjatológicos sobre el más allá, el juicio y el destino de los muertos que se leen hacia el final del Gorgias, la República y el Fedón. Ahora bien, inmediatamente hay que decir que lo que podríamos llamar el detonante mítico se halla en el seno mismo de la argumentación racional y no, precisamente, como un cuerpo extraño a la intención de Platón.

No importa cuán clara o cuán profunda pudo haber sido la noción de lo mítico en los primeros Diálogos de Platón, por ejemplo en el Critón, allí, sin embargo, se lee: “No tengas a nada por superior a la justicia, a fin de que en el infierno puedas aducir esto en tu defensa ante quienes allí dominan”[32]. Por otra parte, ante la pregunta que reclama toda la fuerza de la razón, a saber: ¿si la muerte es un bien, por qué no sería lícito quitarse uno mismo la vida? Sócrates no despliega ante el que pregunta una larga serie de razonamientos dialécticos sino que convoca la palabra de la tradición mítica oída por él: “Lo que se dice en las doctrinas mistéricas me parece tener un gran peso, a saber: que nosotros estamos como de guardia sin que podamos dejarla por nuestra propia cuenta; también me parece rectamente expresado que los dioses son nuestros guardianes y que nosotros personalmente somos uno de los rebaños de los dioses”[33]. Es evidente que todo esto Sócrates lo sabe porque lo ha oído, lo cual quiere decir que lo ha recibido de la palabra de otros en quienes ha creído. Aquí la verdad no procede de las operaciones previas de la vista o del tacto, ni siquiera de aquellas que son propias de las ciencias, sino del testimonio de la palabra de otros que narran una verdad como acontecimiento que ilumina la obscura densidad de la existencia en sus dilemas racionales más hondos.

Hay que admitir, entonces, que en los razonamientos de los Diálogos platónicos se insertan ciertos fragmentos míticos cuya virtud iluminativa obra sobre el trabajo de la razón. Por otra parte, también hay que admitir que las historias míticas no configuran un sistema (mítico) entendido como un todo in se compacto toto, sino que, más bien, lo mítico se presenta de manera fragmentaria y no exento de interpolaciones, adiciones accesorias muchas veces fantásticas, y estos elementos pueden llegar a re-cubrir lo mítico en sentido propio de la misma manera en la que un mueble construido con una madera noble –muchas veces- se halla recubierto de numerosas capas de pintura que deben ser removidas a fin de, así, poder apreciar toda la nobleza original de la madera y del mueble. Más aún, lo mítico es fragmentario por naturaleza, ya que las grandes tradiciones míticas son sólo piezas parciales de una tradición que ya no está al alcance de Platón[34].

Como se recuerda, la mayor parte de los Diálogos platónicos no terminan en una conclusión sino que, más bien, se indica de muchas maneras en el pensamiento y el lenguaje que ambos son obligados por la propia nobleza de su tarea de investigación a abrirse a lo imprevisible. Sin embargo, hay tres Diálogos que hacen la excepción a esta línea habitual de procedimiento: Gorgias, República y Fedón. Estos Diálogos no terminan con una pregunta, sino que concluyen con un mito. Es cierto, también, que el tema de los tres es el de las cosas últimas -eschatá- para el hombre.

Ahora bien, cuando el pensamiento filosófico de Platón trae a la consideración la realidad de lo eschatológico, de la ultimidad del significado de la existencia humana más allá de ella misma, de su naturaleza, de sus fuerzas, de sus tensiones, del crecer, el madurar y el decaer, del alcanzar ciertos logros, -algunos de los cuales son, como quiere la bella expresión griega, para siempre- y del fracasar en tantos otros, aparece la necesidad de establecer la conexión entre todo este volumen y relieve de la existencia humana y aquello que, precisamente, la trasciende; la conexión que re-une lo mítico que señala y manifiesta lo último, y lo racional.

No es una casualidad que desde el comienzo del Gorgias platónico, Sócrates se coloque en una situación casi desesperada, en el sentido de que se propone explicar a Calicles –un modelo político de hybris- que obrar la injusticia es peor que padecerla. Como en toda conversación humana, lo decisivo es la disposición respectiva de los interlocutores. Conocemos bien cuál es la disposición interior de Calicles, el hombre que ama de tal modo la voluntad de dominio como un absoluto buscado por sí mismo, que no dudará en hacer lo que haya que hacer -incluido lo injusto- a fin de conquistar o conservar el poder. Con fina ironía e inteligencia, Sócrates se dirige a su interlocutor destacando por cuáles razones el ejercicio de la justicia convierte al hombre en alguien verdaderamente poderoso. En efecto, el hombre que practique la justicia será verdaderamente un triunfador, un hombre fuerte, alguien que en verdad existe por sobre una mayoría de un modo superior, alguien que ciertamente se impone; mientras que el verdadero fracaso humano consiste en bajar al Hades cargado de injusticias. En el decurso de este razonamiento es cuando Sócrates hace intervenir el mito: “Si quieres, te contaré una vieja historia de ese lugar (Hades)”[35]. Es manifiesto que el mito se dirige a alguien a quien podríamos caracterizar por su hacer oídos sordos o, lo que es lo mismo, por su voluntad de no escuchar. Sin embargo, el inicio del relato se abre con la fórmula: “Así, pues, escucha...”[36] y se cierra con la frase que reitera la operación de escuchar: “Esto es, Calicles, lo que yo he escuchado, y creo que es verdad”[37]. Entre ambos extremos, el núcleo del relato mítico platónico puede ser resumido en los siguientes términos: obrar la injusticia no es indiferente para el alma, no es algo que pasa y que después desaparece como el humo o la niebla en el aire del día; no, permanece en el alma aun después de la muerte, como la cicatriz después de la herida. Son esos signos de nuestras injusticias los que permanecen y se hacen patentes en nuestras almas y los que, precisamente, aparecen a la mirada infalible de los jueces que juzgan lo que es y lo que ven que está en nosotros con una sentencia recta, justa e insobornable, aplicando premios o castigos merecidos. El premio consiste en habitar en la isla de los bienaventurados; el castigo presenta dos formas: una temporaria para aquellos hombres que todavía pueden sanar de modo que durante un lapso de tiempo “hacen penitencia” y “se purifican de su injusticia”[38], y otra, la de un castigo sin término o para siempre -eis aei khronon[39]-. Es en esta verdad que concierne al destino del hombre donde se sitúa el relato mítico de Sócrates, frente a la hybris de la sofística política de Calicles.

Platón fue especialmente sensible a los datos poéticos sobre la cuestión de la muerte y el destino último del hombre a lo largo de su reflexión filosófica. Con todo, la primera formulación del Gorgias se prolonga en los mitos que cierran la República y el Fedón. En los textos citados se añaden algunos elementos nuevos, aunque el contenido esencial de los tres mitos es el mismo[40]. Una cierta diversidad en el lenguaje mítico -sobre todo en lo que concierne a determinados aspectos materiales que obedecen a la crítica erudita- no prueban el escepticismo de Platón respecto de los mitos que narra sino, más bien, las diversas variaciones del lenguaje simbólico que es propio de la expresión mítica. El Fedón no habla de las islas de los bienaventurados sino de la verdadera tierra y, por otra parte, la República habla del cielo como premio después del juicio a los muertos. Y también es cierto que los castigos se describen de una manera diferente por la misma razón invocada antes. En efecto, pertenece a la operación del lenguaje simbólico el utilizar una diversidad de imágenes sensibles sin que ninguna de ellas pueda ser urgida en el sentido de una validez literal. En todo caso, es en el Fedón donde el mito hace explícita la condición de la “morada pura” donde habitan los bienaventurados: los templos y los santuarios no poseen ahí las imágenes de los dioses, sino la habitación de los mismos dioses en su realidad personal[41], de manera que allí se da, entonces, una verdadera synousía entre los dioses y los hombres.

Un aspecto decisivo en la interpretación de los mitos platónicos está enunciado por Pieper con gran claridad: sostiene que una buena parte de la dificultad que se manifiesta en la erudición sobre este problema, consiste en que para un cierto racionalismo hay sólo una alternativa excluyente entre “la afirmación científica” o la “simple fantasía” no exenta de una considerable dosis de capricho. Esta posición no tiene en cuenta una tercera realidad que no sea, necesariamente, ni afirmación científica ni fantasía caprichosa, sino mito inteligible[42].


4. Acerca del saber mítico y de su necesidad

La existencia humana que alcanza a preguntarse por ella misma, arrancándose de su mera facticidad, experimenta la peculiar tensión entre dos extremos -igualmente misteriosos- entre los cuales la existencia del hombre se distiende: el origen de todo, incluido el mismo hombre, y su destino final. Así, entonces, el pensar se reconoce en la tarea de pensar hasta el extremo. Esta instancia del pensar es uno de los rasgos característicos de la obra filosófica de Platón y se halla presente ya en sus primeros Diálogos. A partir de allí crece la curva de ahondamiento y maduración que configura este peculiar pensar extremo en sus diversas etapas históricas en las que, ciertamente, se desarrolla la totalidad de sus virtualidades dialécticas. Ésta dialéctica es, sin duda, una disciplina rigurosa y necesaria que, además, muestra su grandeza, precisamente, en aquel extremo en el que el pensar se abre a la inmediata e imprevisible novedad de la instancia mítica a través de la palabra de los antiguos y de su admirable proximidad a lo divino.

De una manera absoluta y completamente natural el hombre desea saber -según la profunda advertencia del Estagirita- pero este deseo de saber no se agota en la multitud inabarcable de nuestra curiosidad, además vana, ni siquiera en los múltiples, nobles y esforzados empeños de las ciencias, las artes o las técnicas. No, este deseo de saber intenta ir más alto y más lejos, este deseo se extrema y acude solidariamente al servicio de una memoria primordial tan fecunda como para fundar todas las memorias posteriores y aun precederse absolutamente haciéndose memoria del futuro, sabiduría del destino, inteligencia simbólica del fin. Ahora bien, este deseo extremo no encuentra en el hombre ni una experiencia sensible a su disposición ni, tampoco, un saber conceptual universal y necesario. A este deseo extremo le serán concedidas sólo palabras que están -por su misterio y su antigüedad venerables- más allá de lo que vemos, de lo que tocamos y de lo que podemos pensar, obrar y producir.

Es en este contexto en el que conviene escuchar de nuevo el mito del destino originario del hombre narrado por Aristófanes. Gerhard Krüger señaló en este relato mítico una exposición teológica de máxima hondura existencial[43], e hizo esto contrariamente a muchos intérpretes seducidos por un característico juego platónico de simulacros verbales y culturales detrás de los cuales se oculta lo serio y aun trágico del relato que, sin embargo, los eruditos juzgaron como una enorme broma, una pirueta, un divertimento[44], o bien como una vere comica oratio y ridicula fabula[45] o una poetización desarrollada con todos los recursos de la fantasía[46].

¿Qué dice, en substancia, el mito acerca del pasado anterior a la historia que pertenece al hombre? Palai, es decir: en el comienzo, el hombre poseía un ser pleno, rotundo; este ser tenía la forma -la más perfecta- de la esfera[47]. En suma -explica Pieper[48]- “la naturaleza humana estaba sana y completa”. Pero ahora, en el tiempo histórico, el hombre se percibe y se define a sí mismo en términos de una pérdida respecto de aquella totalidad primordial. En efecto, esta pérdida se le ha impuesto como castigo divino a su conducta, ya que los hombres ebrios con sus propias ideas de grandeza intentaron alzarse hasta el cielo y enfrentar a los dioses. Fue entonces cuando el hombre quedó privado de su perfección originaria al ser cortado en dos mitades, “como se corta un huevo con una crin de caballo”[49].

Si, como conviene, se deja cautamente de lado la discusión erudita a la que ha dado lugar la realidad material del “huevo” de la que habla el texto de Platón[50] ¿qué queda?. Queda, ante todo, la intención filosófica del texto platónico que apunta no tanto a la materia sino a la forma de su expresión verbal. Parece que lo que allí se indica es la realidad de un hecho grave en sí mismo y en sus consecuencias históricas para el hombre. El mito que expone Aristófanes relata la pérdida de la forma íntegra y plena de la condición humana que afectó no sólo a los protagonistas directos de la hybris originaria sino, también, a nosotros “divididos por el dios a causa de nuestra injusticia”[51]. Aquí no sólo hay una culpa, sino una culpa original y hereditaria. De tal modo, nuestra existencia humana histórica -según el mito platónico- ha quedado dañada y marcada por causa de un crimen que escapa a nuestra experiencia y que en el lenguaje del relato mítico recibe el nombre de destino. Ahora bien, sin este saber mítico el hombre no sólo no podría comprenderse a sí mismo en su acto de existir in-firme y carenciado originariamente sino que, quizá, ni siquiera podría vivir como hombre. Conocerse a sí mismo en este horizonte mítico exige, entonces, un acto de máxima tensión espiritual en cuanto que aquí se trata de alcanzar la inteligencia de una memoria primordial del ser del hombre, ligada a la instancia indeclinable de su responsabilidad originaria y actual en términos de injusticia.

La meditación alcanza un segundo nivel cuando -dejando atrás el mito que narra Aristófanes en el Simposio- se accede al mito del origen del cosmos en el Timeo.

A través de la obra de Platón, la afirmación central respecto del origen del cosmos y el hombre consiste en declarar que “todos los seres mortales, todo cuanto crece sobre la tierra desde una semilla o raíz, incluso todas las cosas inanimadas, armoniosas o no armoniosas que se forman sobre la tierra”, todo ha surgido “por la fuerza demiúrgica de Dios” y han brotado “por un arte divino”[52]. Y el Maestro añade: “Sabemos que nosotros mismos y los demás seres vivientes y todo cuanto ha sido hecho y está formado por el fuego, agua y demás elementos, somos productos de Dios”[53]. Todas estas afirmaciones no proceden de un contexto precisamente mítico, sino que se leen en el Sofista, que es un Diálogo redactado por Platón en su vejez, en una fecha contemporánea a la escritura del Timeo.

Sin duda, no hay un Diálogo platónico más intrincado que el Timeo, su complejidad se ha hecho célebre a través de generaciones de lectores y estudiosos de Platón. En cierto sentido, se podría considerar como una verdadera enciclopedia filosófica de los conocimientos adquiridos hasta entonces: allí se describen los elementos, así como sus proporciones, se desarrolla la relación entre el curso de los astros y los conceptos matemáticos de los números y del tiempo, se expone una teoría del espacio; se examina la composición del cuerpo humano y la de sus funciones y se propone, también, una posible división de las enfermedades humanas, así como la constitución de los animales, etc. etc. Ahora bien, frente a esta diversidad de conocimientos, teorías y aún hipótesis que consigna el texto platónico, hay que destacar la nitidez y la claridad que componen el mito del origen del cosmos, como si se tratara de una figura muy simple de trazos firmes sobre un trasfondo abigarrado. El contenido esencial del relato del origen del cosmos cabe en unas pocas frases -coincidentes con los textos citados del Sofista- a saber: (1) “hay un hacedor y padre de todo esto”[54], al que se lo llama, también, “fundador” u “ordenador”[55]. Además (2) -el dato no es irrelevante para la totalidad de sentido de la filosofía platónica- el cosmos tiene naturaleza icónica, es decir: el cosmos visible es eikón, imagen, de algo[56] no sólo diverso de él sino que, ante todo, permanece igual a sí mismo siempre[57], “eterno”[58].

A la pregunta siempre posible para el asombro filosófico ¿por qué hay cosmos?, la respuesta de Platón es clara y formal, y como se verá implica una adhesión completa en su verdad: “Queremos expresar por qué el fundador ha fundado todo lo que existe y la totalidad del mundo: porque él es bueno. [...] El bueno no conoce envidia respecto de nada ni de nadie. Y así quiso, libre de cualquier celotipia, que todas las cosas se le asemejasen lo más posible. Ese es, ante todo, el origen altísimo del cosmos, que los hombres sabios han calificado como el más razonable. Porque como Dios quería que todas las cosas fueran en lo posible buenas y no malas, por ese todo [...] lo ha conducido del desorden al orden”[59]. La conclusión que se impone a partir del relato mítico es que lo que llamamos la realidad en su conjunto -a partir de su origen- es un cosmos. Ésta es la visión ontológico-teológica de Platón respeto de lo que es y aparece a nuestra consideración como el espectáculo de un orden, un significado y una belleza que se imponen sin consultarnos. Esta visión, además, corresponde a las exigencias y la expresión de una sabiduría venerable que se comunica en los términos precisos de la inteligibilidad helénica. En su núcleo esencial señalado aquí, esta inteligibilidad coincide con las formulaciones básicas de la sabiduría cristiana. Esta coincidencia que no obstante respeta la idiosincrasia de las culturas respectivas así como los límites históricos que le son propios, tiene una importancia decisiva a la hora de plantear la cuestión históricamente posterior a Platón -aunque no por eso menos necesaria- de la formalidad propia de una inteligencia cristiana.

Entre tanto, y en lo que concierne al interés inmediato de este trabajo, conviene advertir que -en la tesis de Pieper- Platón ha considerado como verdad intangible el contenido de los mitos del origen del hombre y del cosmos, el juicio después de la muerte -entre otros- porque tales relatos se refieren a una realidad que Platón cree que existe, así como cree en el testimonio que los antiguos han transmitido a lo largo de la historia sobre ella.

Sin embargo, ésta no es la opinión dominante en la crítica platónica; por el contrario, se ha insistido, con diversos argumentos, en sostener que Platón no ha tomado en serio los relatos míticos y que tampoco ha creído en ellos. Así, por ejemplo, Karl Reinhardt declara de manera rotunda: “¡no existe la fe de los helenos!”[60]. En el mismo sentido, la historia moderna de las religiones niega todo contenido dogmático al mito del que habla Platón. Así Karl Prümm señala que “el hombre antiguo [...] no se consideró jamás obligado a tener las narraciones míticas por una verdad histórica. No adoptó frente a ellas una actitud positiva. El mito no tenía nada en común con una fe. En la antigüedad pagana el mito era en cierto modo una doctrina libre. No estuvo sujeto a ninguna autoridad que lo proclamase o guardase oficialmente”[61]. Ahora bien, la pregunta ante esta observación de un prestigioso historiador de las religiones es ¿por qué la experiencia religiosa de la tradición de los mitos griegos debería cumplir con las condiciones históricas posteriores que son propias de la Iglesia cristiana, entendida como una institución que reúne en ella la autoridad y el magisterio de la fe para sus fieles estableciendo con ellos un fuerte vinculo espiritual, moral y jurídico? Es manifiesto que ninguno de los elementos señalados tuvo vigencia para la experiencia mítica del hombre antiguo en general y griego en particular. Pero este hecho controlable no indica que el contenido esencial de los mitos platónicos haya sido entregado a la fantasía o al capricho de cualquiera en la historia. Por el contrario, los mitos platónicos transmiten una serie de verdades en las que Platón cree y en las que aconseja creer a favor de su razonabilidad[62].

La multitud de las opiniones eruditas difieren entre sí e introducen una considerable perplejidad en quien se acerca a la consideración atenta del problema de la verdad de los mitos platónicos. Pero es cierto que, en general, las más diversas opiniones de los estudiosos coinciden en negar toda adhesión seria -léase propia de un filósofo- a este tipo de historias. Los eruditos tienden a rechazar los términos del pasaje del Timeo, 29 d 5-30 a 5, transcripto arriba y han intentado justificar esas palabras a causa de las mas diversas razones: (1) se trata del pensamiento y del lenguaje de un Platón ya anciano que expresa su fe en la tradición[63]; (2) la frase citada es sólo un gesto táctico para evitar la acusación de impiedad y ateísmo como fue el caso con Sócrates[64]; (3) las palabras en cuestión tendrían un sentido irónico[65]; (4) en efecto, se trata de “una profunda ironía llevada hasta la burla”[66].

La figura de Paul Friedländer, tan apreciada en su inteligencia de Platón, ha insistido -con matices- en mostrar cómo el propio Platón pone en crisis la verdad de lo que afirma en sus relatos míticos[67]. Parece que cualquiera sea el prestigio de los intérpretes y la acuciosidad de sus exámenes filológico-filosóficos no pueden metabolizar que las palabras del mito expresan algo serio y real para Platón en lo que es posible creer en términos de verdad, aunque no de verdad histórica. Platón exhorta a todo hombre a tratar de vivir de un modo bueno y verdadero “porque el premio de la lucha es magnífico y grande es la esperanza”, dice en el Fedón 114 c 8. Pero, parece que el mismo Platón desautoriza sus propias palabras al añadir: “[...] no sería conveniente en un hombre que piensa racionalmente pretender garantizar de una manera segura que todo ocurra tal como yo lo he contado” (Fedón, 114, d 1). ¿De qué habla Platón cuando narra el contenido religioso de los mitos? ¿No introduce el filósofo, finalmente, una cautela crítica de tal modo decisiva como para anular la posible verdad del discurso mítico? ¿Y, en consecuencia, la respuesta a la cuestión de la verdad de los mitos platónicos puede concluir en otra cosa que en escepticismo? Antes de responder a estas importantes preguntas, sería prudente esperar a que Sócrates termine su frase -cosa que no ha hecho aún- ya que en efecto el texto sigue diciendo: “[...] pero en cuanto respecta a nuestras almas y a su morada [...] las cosas discurren de ésta u otra manera análoga, es algo que a mi entender merece el riesgo de ser creído, porque el riesgo es hermoso”[68]. La expresión debe destacarse para la sensibilidad de nuestros oídos contemporáneos, inicialmente dispuestos a la admiración del riesgo cuasi titánico del acto del pensar (moderno) y, en general, mucho menos atentos a admirar y valorar el riesgo enorme y hermoso que comporta el acto de creer como fuente solidaria de inspiración y significación de la totalidad de la realidad y de la existencia humana.

Platón advierte acerca de la posibilidad siempre abierta de una lectura literal del mito: “el que todo ello ocurra exactamente”... pero, es justamente esa lectura la que provoca la abolición del lenguaje y el significado simbólicos y con esto la percepción de su verdad. Toda la cuestión para un cierto racionalismo consiste en su imposibilidad de atribuir el lenguaje y el pensamiento simbólicos a otra cosa que no sea la imaginación, el capricho o la fantasía. Por otra parte, hay que apresurarse a conceder que en este punto Platón habría desarrollado una especie de filosofía negativa respecto del núcleo de lo divino y de su significación para lo humano. Todo ocurre como si frente a la excelencia ontológica del relato mítico en cuanto historia divina, el discurso humano sobre él se pudiera comparar como una no palabra y, entonces, con una especie de mentira en razón de su desproporción, no de su voluntad de engañar. En suma, en los relatos míticos platónicos se estaría ante una verdad si no absoluta, por lo menos última, en el sentido de lo último que se puede decir y pensar humanamente[69]. La denominada -por la crítica- crítica platónica de los mitos no tiene el significado de convalidar anticipadamente la tesis de Hegel: “lo mítico en general no es un medio idóneo para la exposición del pensamiento”[70], sino que revela, ante todo, el esfuerzo por ajustar y afinar el lenguaje y el pensamiento simbólico de los mitos en la tarea dialéctica de salvar su verdad intangible. Dice Platón en la República, 379 a 7: “Hay que decir de dios justamente aquello que él es en verdad”, “es así que dios es realmente bueno, luego hay que hablar así de él”.


5. Una conclusión

Finalmente, Pieper advierte con singular acuidad en este vasto y complejo problema de los mitos platónicos, que “es preciso corregir la representación habitual que separa demasiado tajantemente entre una conceptualidad filosófica y una verdad mítica. Platón en todo caso ha entendido la incorporación de la tradición sagrada del mito como un elemento y hasta quizá como el acto supremo del quehacer filosófico[71].

La verdad de los mitos platónicos es transmitida por la tradición y es en ella donde resulta posible para el hombre histórico creer en su contenido. Pieper señala que lo decisivo en el acto de fe no es lo que se cree sino, ante todo, la persona a partir de cuyo testimonio se acepta como válido lo que no es objeto de una demostración y nuestro asegurarnos, de este modo, de su verdad. Pero si esto es así, ¿en quién cree -en ultima instancia- Platón cuando se trata de los relatos míticos?. El Maestro responde: en los antiguos y, ciertamente, no los identifica por su nombre, su edad o por alguna otra condición histórica, sino por su acción ejemplar cual es acoger y transmitir una noticia que procede de una fuente divina[72]. Está claro en la exposición de Pieper que ni Platón ni los antiguos a los que se refiere como testimonios privilegiados son los autores del mito, así como tampoco lo es el alma[73]. Los antiguos, el propio Platón y, por cierto, el alma de cada uno, no están llamados a crear el mito sino a acogerlo y transmitirlo como lo que es: “theon eis anthropous dosis”, un don de los dioses a los hombres[74]. Aquí -una vez más- se experimenta el extremo del pensar platónico sobre lo último del mito. Platón no ha dicho quién es el autor del mito y en términos absolutos no podía hacerlo.

De todos modos, Pieper subraya la concordancia entre la sabiduría mítica platónica respecto de la procedencia de todo cuanto existe a partir de un ser absolutamente bueno, generoso, quien es visto y pensado como engendrador y padre de todo; el acontecimiento de una culpa y un castigo originarios, así como la instancia de un juicio personal -después de la muerte- de la totalidad de nuestra conducta histórica en términos precisos de justicia, y la sabiduría cristiana. Esta concordancia -declara Pieper- se apoya en el fundamento de una revelación primitiva de la cual indica, sumariamente, algunos elementos: “al comienzo de la historia humana hay el hecho de una comunicación divina propiamente dirigida al hombre. Lo que se ha transmitido en ella ha entrado en la tradición sagrada de los pueblos, es decir: en los mitos y en ellos se ha conservado y está presente de una manera segura, aunque algunas veces desfigurado, exagerado y, en algunos casos, convertido en algo casi irreconocible”[75]. La verdad indestructible de la tradición mítica proviene del Logos que se ha encarnado en Cristo y ha penetrado en la historia; sólo la luz de ese Logos-Cristo permite discernir en el pensamiento pre-cristiano lo que es alethéa o pseudéa en el relato mítico. Esto es lo que aquel pensamiento no podía hacer.

Por otra parte, tanto la sabiduría mítica que narra Platón, cuanto la sabiduría cristiana proceden de una fuente divina y se participan ek akoes, a partir de lo oído, por la fuerza de lo escuchado, no por la fuerza de la propia experiencia, la verificación de los hechos, la propia reflexión científica o la operación técnica. En suma: por la fuerza de la fe que nace en el templo del oído a fin de poder contemplar lo que se escucha y se cree.

En segundo lugar, esta verdad sapiencial de la que habla la tradición mítica, así como la tradición cristiana, no se expresa en el lenguaje de tesis de conceptos universales sino, ante todo, en el lenguaje de las historias o relatos. Lo que contienen una y otra tradición no es un encadenamiento de verdades necesarias in recta via derivables de unos principios abstractos sino, más bien, la realidad de unos acontecimientos y actuaciones que se derivan de la libertad de Dios y de los hombres.

En el caso de Platón, la clara insistencia con la que llamó la atención acerca de la necesidad de una sabiduría mítica para la comprensión filosófica del cosmos y de la existencia del hombre, debe ser confrontada con el ser y las operaciones propias de una cultura sofística contemporánea a su pensamiento, en una curva que va desde el relativo respeto que tuvo por algunos sofistas, hasta el desprecio que le mereció la teoría y la praxis de la sofística política. La fenomenología de esa realidad histórica de alta complejidad a la que llamamos sofística, así como la consideración de la antropología filosófica que la sostiene en la figura del hombre sofista, exceden los límites de este estudio. No obstante, antes como ahora, conviene retener un síntoma de la antigua y de la contemporánea sofística en términos vivientes de cultura: constituirse como una voluntad de saber ordenada al dominio del lenguaje, el pensamiento y del hombre mismo a favor de un profundo naturalismo del poder que condena a priori el derecho y la justicia como el alibi de los débiles, mientras los pocos fuertes se reservan el fideicomiso de los bienes que se ha decidido que no van a alcanzar a todos. En la voz de todos los sátrapas se escucha el mismo imperativo: poder es ser.

Platón nos recuerda, con venerables y bellas palabras, que hay una voluntad de saber diferente, capaz de configurar una cultura diversa, porque este saber se funda no en la voluntad de poder sino en la voluntad de acoger y escuchar y así, contemplar lo oído, gustar y ver lo que se escucha. Este saber, entonces, redescubre la capacidad de acogimiento del espíritu porque ha sido educado en la pedagogía de la realidad como don. Este saber propone una cultura que no es todo lo que el hombre hace, sino todo lo que el hombre está dispuesto a escuchar a fin de vivir y ser. El imperativo aquí es no menos diverso: escuchar es ser, y también obrar.




Fuente: Sapientia 59 (2004), 469-489




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Notas:
[1] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, [Über die platonische mythen, Munich, Kösel Verlag, 1965] trad. esp. Claudio Gancho, Barcelona, Herder, l984.
[2] Idem, Entusiasmo y delirio divino. Sobre el Diálogo Fedro. [Begestierung und Göttlicher Wahnsinn, Munich, Kösel Verlag, 1965], trad esp. Consuelo García, Madrid, Rialp, 1965.
[3] Idem, Entusiasmo y delirio divino...pp. 12-13.
[4] Idem, Entusiasmo y delirio divino, op.cit. p. 14.
[5] Idem, Sobre los mitos platónicos, op. cit. p.11. Sobre el valor y la significación del relato en el ámbito de la filosofía contemporánea, ver la importante reflexión de P. RICOEUR, Temps et récit I. La configuration dans le récit de fiction, Coll. “Lórdre philosophique”, Paris, Seuil, 1984; Id. Tenps et récit II. Le temps raconté. Coll. «L´ordre philosophique», Paris, Seuil, 1985; Idem. Temps et récit III. Le temps raconté. Coll. «L´ordre philosophique», Paris, Seuil, 1985. Ver además su libro reciente Idem. La mémoire, l´histoire, l´oubli, Coll. «l`ordre philosophique», Paris, Seuil, 2000.
[6] Este erudito insiste en que la comprensión filosófica de Platón depende de que en él se considere “la poesía como poesía”. Ver U. VON WILAMOWITZ, Über das Symposion des Platons, en Actas de la Academia Prusiana de Ciencias, año 21, 1912, p. 333.
[7] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op. cit. p.13.
[8] G. W. F. HEGEL, Vorlesungen über die Geschcihcte der Philosophie, K. L. Michelet, 3 vol. Duncker & Humblot, Berlin, l840-l844 2 ed. (1833-1836). Ver además Gesamtausagabe, Glockner, Sttugart, 1927,-1940, vol. 18, p. 179.
[9] E. ZELLER, Die Philosophie der Griechen in ihrer geschichten Entwickung, Leipzig, 1919, vol. I. En sentido contrario ver el importante trabajo -escasamente citado- de K. JOEL, Der Ursprung der Naturphilosophie aus dem Geiste der Mystik, Jena, 1906. Ver además M. SÁNCHEZ SORONDO, (a cura di) Perì Psyché. De Homine. Antropologia Nuovi approcci, Roma, Università Lateranense, 1991, pp. ix-xxxiii, espec. p. ix, n.n. 1, 2.
[10] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op. cit. p. 14.
[11] ARISTÓTELES, Poética, 1451 a 31.
[12] Pieper declara haber recurrido, sobre todo, al célebre Greek-English Lexikon de Lidell-Scott, Oxford, 1958.
[13] Gorgias, 523 a 1.
[14] República, 376 ss.
[15] Sofista, 242 c.
[16] República, 565 d.
[17] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op. cit.p. 19.
[18] P. TILLICH, Art. Mythos in Religion in Geschcihcte und Gegenwart, 3ª ed. T. IV, p. 363. Ver además, K. KERENYI, Die antike Religion, Amsterdam, 1940, p. 38. Ver también W. WILLI, Versuch einer Grundlegung der platonischen Mythopiie, Zurich-Leipzig-Berlin, 1925, p.13. W. Willi sostiene que la divinidad es el único objeto del mito. Ver K. REINHARDT, Platons Mythen, Bonn, 1927, p. 49, coincide afirmando que “en Platón casi todo lo mítico está de algún modo en el más allá”.
[19] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op.cit. p. 19.
[20] G. W. F. HEGEL, Vorlesungen über die Geschcihcte der Philosophie, t. I, ed. Johannes Hoffmaister, Leipzig, 1944, p. 211.
[21] E. ZELLER, Die Philosopohie der Griechen, II, 1, Leipzig, 1889, 4ª ed. p. 580.
[22] Esta opinión decisiva para la interpretación de la cuestión de los mitos platónicos no es compartida por muy importantes scholars. Así, por ejemplo, H. LEISEGANG, Die Platondeutung der Gegenwart, Karlsruhe, 1929, p. 137, señala que “Platón ha poetizado los relatos míticos con su propia plástica creativa y con un arte consciente”. En el Woterbuch der philosophischen Begriffe, ed Johannes Hoffmeister, 1955, 2a ed. En el artículo Mythos, p. 419, se afirma que con el recurso a los mitos “ha podido hacer presente, de una manera más fácil y penetrante sus contenidos metafísicos”. Pieper cita algunas expresiones relevantes de la bibliografía erudita de Platón que coinciden en afirmar que los mitos narrados por Platón han sido también creados por él. Así P. STÖCKLEIN, Ubre die philosophische Bedeutung von Platons Mythen, Leipzig, 1937, p.6: (refiriéndose a los mitos que narra Platón) “lenguaje parabólico compuesto intencionadamente”; H. W. THOMAS, Epekeina, Untersuchungen ubre das Überlieferungsgut in den Jenseitmythen Platons, Würzburg, 1938, p. 2, escribe: “Platón, el forjador de mitos”. P. FRUTIGER, Les mythes de Platon, Paris, 1930, p. 34 , señala en relación a los mitos platónicos: «la obra reflexiva de un pensador»; L. EDELSTEIN, The function of the myths in Plato´s philosophy in Journal of History of Ideas, 10 (1949) p. 1466, “una historia forjada caprichosamente”; G. MÜLLER, Die Mythen der platonischen Dialogue in Nachrichten der Giessener Hochschulgessellschaft, 32 (1963) p. 79. El Diccionario alemán de los hermanos GRIMM, t, VI, art. Mythe, col 2848, sostiene que el mito es “una narración no certificada o demostrada”. Como queda claro, hacia la década de 1960 en una porción de la erudición platónica relevante, así como en la opinión común se niega o se ignora el hecho de que los mitos platónicos forman parte de una tradición sagrada y que, por tanto, no son producidos por el narrador llamado Platón quien, como se sabe, los ha escuchado -ex akhoes- de otros en la venerable cadena del don que se oye.
[23] Fedro, 229 e 4.
[24] Teeteto, 155 d.
[25] Symposio, 203 b.
[26] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op. cit. p. 27.
[27] P. FRUTIGER, Les mythes de Platon, op. cit. p. 180, habla de mitos alegóricos. Pieper rechaza esta denominación como impropia y causa de seria confusión en el tema del mito en sentido propio. Ver además J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op. cit. p. 27, donde se hacen claras e importantes precisiones sobre las razones por las que no se puede hablar del mito de la caverna, más allá de la frecuencia de esta expresión en la literatura erudita o los manuales.
[28] Gorgias, 511 d.
[29] Gorgias, 493 c.
[30] Ion, 533 ss.
[31] Teeteto, 191 ss.
[32] Critón, 54 b.
[33] Fedón, 62 b.
[34] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op.cit. pp. 30-31.
[35] Gorgias, 522 e.
[36] Gorgias, 523 a 1.
[37] Gorgias, 524 a 8 ss.
[38] Fedón 113 d 7.
[39] Gorgias, 525 c 6.
[40] COUTOURAT, De Platonoci mythis, Paris, 1896, p.111, niega esto y habla de tres relatos diferentes apoyado, sobre todo, en una consideración centrada en los aspectos materiales de los mitos respectivos. La diversidad de los mitos mostraría para este erudito que Platón de ninguna manera creía en esas historias.
[41] Fedón, 111b 7 ss.
[42] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op.cit. p. 41.
[43] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op.cit. p. 44, n. 4. G. KRÜGER, En sicht und Leidenschaft. Das Wesen des platonischen Denkens, Fankfurt a.M. 1948 2a ed. P. 130.
[44] R. WIGGERS, Beiträge zur Entwickungsgechichte des philophischen Mythos bei den Griechen, op. cit. p. 25.
[45] L. COUTURAT, De Platonicis mythis, op. cit. p. 19.
[46] W. WINDELBAND, Platon, Stuttgart, 1923, 7a ed. P. 122.
[47] Timeo, 33 b.
[48] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op.cit. p. 46.
[49] Symposio, 190 e.
[50] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op.cit. p. 47. Ver además P. FRUTIGER, Les mythes de Platon, op. cit. p. 237 ss.
[51] Symposio, 193 a.
[52] Sofista, 265 c 2; 266 c 5.
[53] Sofista, 166 b 4.
[54] Timeo, 28 c 3-4.
[55] Timeo, 29 e l. En Timeo 377 c 7 se lo llama “padre engendrador”
[56] Timeo, 29 a 1-2.
[57] Timeo, 28 a 6-7.
[58] Timeo, 29 a 2-3.
[59] Timeo, 29 d 5-30 a 5.
[60] K. REINHARDT, Platons Mythen, Bonn, 1927. Presenta un pensamiento de alguna manera contradictorio. En efecto, en la obra arriba citada, en la p. 49 escribe que “casi todo lo mítico en Platón está en el más allá”, pero en esta misma obra señala que todas esas historias (míticas) son un puro juego mental en el que su Autor -obviamente- no habría creído. La expresión que transcribimos corresponde a una conversación sostenida con Pieper, donde el conocido platonista se refiere al libro de U. WILAMOWITZ, der Glaube der Hellenen, 1931, reed., Damrstadt, Wissenschaftliche Buchgessellschaft, 1955.
[61] K. PRÚMM, Religionsgeschichtliches Handbuch für den Raum der Altchristlichen Umwelt, Friburg, 1943, p. 99.
[62] Platón no ignora las dificultades que pueden plantear los mitos para los oyentes contemporáneos a su época, así escribe: “Como el hablar de las cosas divinas está por encima de nuestras fuerzas, debemos creer a quienes en tiempos pasados tuvieron noticias de aquellas y que podrían llamarse descendientes de los dioses, obteniendo de sus antepasados su seguro conocimiento. Y no nos está permitido negar la fe a los hijos de los dioses, aunque su enseñanza pueda no parecer verosímil ni demostrable de modo cierto” (Timeo, 40 d, las cursivas son nuestras). La advertencia platónica rezuma sentido común al recordar que sobre las cosas divinas no se puede hablar en los mismos términos, con la misma verosimilitud y con la misma capacidad de demostración que sobre las cosas humanas objeto de las ciencias o las técnicas, por la buena razón de que la verdad que aquí está en juego no es la de un objeto sino, más bien, la de algunos acontecimientos que inciden en el significado de la existencia humana, así como del cosmos.
[63] O. WILLMANN, Geschcihcte des Idealismus, Burunswick, 1907, 2a ed. t. I, p. 461 ss.
[64] Idem, Ibid. p. 419.
[65] CH. DE LA SAUSSAYE, Lehrbuch der Religionsgeschichte, t. II, Freiburg, 1897, 2a ed. p. 349.
[66] E. ZELLER, Die Philosophie der Griechen, op. cit. II, 1, p. 932, quien como sabemos depende de Hegel en su visión histórico-religiosa de los griegos.
[67] P. FRIEDLÄNDER, Platon, op.cit. 1a ed. t. 1, p. 219 y 2a ed. t. 1, p. 201, donde concede que “aquí la verdad se mezcla con la invención poética”. Es cierto que ya no habla de “falsedad”, pero señala que esta renovada inseguridad pertenece realmente a la esencia del mito” Ibid.
[68] Fedón, 114 d 6.
[69] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op. cit. p. 60-61.
[70] G. W. F. HEGEL, Vorlesungen über die Geschichte der Philosophie, ed. Hoffneister, t. I, p. 213.
[71] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op.cit. p. 67. Ver además H. W. THOMAS, Epekeina, op.cit. p. 84. n. 135. donde se señala que el verbo peihesthai en el contexto de los mitos esjatológicos que narra Platón “indica la certeza de la fe”. Ver con este significado Fedón, 108 e 1; 108 e 4; 109 a 7; Sympos. 212 b 1. Una parte de muy prestigiosos eruditos -K. Hildebandt, W. Nestle, F. Susemihl, Schleiermacher, F. Boll y B. Snell coinciden en señalar el significado de fe, de aquello en lo que se ha creído. Ver J. PIEPER, Los mitos...op. cit. p. 85-86, n. 41.
[72] Filebo, 16 c 5.
[73] Ver K. REINHARDT, Platons Myhten, op. cit. p. 43.
[74] Filebo, 16 c 5.
[75] J. PIEPER, Sobre los mitos platónicos, op. cit. p. 74.







miércoles 6 de enero de 2010

Notas sobre el planteamiento filosófico de Jean-Paul Sartre - Josef Pieper

Notas sobre el planteamiento filosófico de Jean-Paul Sartre
Josef Pieper


Definición sartreana de «existencialismo»

Ciertamente tiene razón Sartre en su observación (escrita ya en 1946) cuando dice que la palabra «existencialismo» se ha puesto en relación hoy con tan diversos hechos, que ya no dice nada, rien de tout. Sin embargo, en sus propios escritos se encuentran no pocas y exactas respuestas, que no plantean duda alguna sobre qué entiende él mismo por «existencialismo». Esas respuestas no son fáciles, ciertamente, de reducir a un denominador común, pero se encuentran entre sí en una clara relación y la una interpreta a la otra y la hace comprensible. Quisiera citar tres de estas «definiciones» de existencialismo.

Primera: «El existencialismo no es otra cosa que el intento de sacar todas las consecuencias de una posición unitariamente atea». Ateísmo: ése es de hecho el punto de partida de Sartre, que él presupone sin aducir la más mínima argumentación.

Segunda: «No hay naturaleza humana... El hombre no es otra cosa que lo que él mismo hace de sí. Ese es el primer principio del existencialismo». Continuamente mantiene Sartre esta posición: «Es un hecho que... no hay naturaleza humana alguna en la que pudiera apoyarme». Y en la discusión con un colega, que mantiene una posición distinta en diversos aspectos, le merece estima constatar: «Somos de la misma opinión en el punto siguiente: no hay naturaleza humana».

Tercera: «La filosofía existencialista es, sobre todo, una filosofía que afirma: la existencia precede a la esencia». Sartre, es cierto, diferencia «dos clases de existencialistas»: los cristianos y los ateos, pero ambos, dice, tienen una cosa en común: la convicción de que la existencia precede a la esencia. Aunque sea ésta una afirmación muy problemática por lo que hace a los «existencialistas cristianos», entre los que él cita a Gabriel Marcel y Karl Jaspers, no cabe duda alguna sobre qué quiere afirmar él aquí.

Esa tercera caracterización me parece que es la fundamental, dejando incluso de lado que explica clarísimamente la denominación «existencialismo». Además, es la primera interpretación dada por Sartre. De ese principio habló por vez primera durante la segunda guerra mundial, en una entrevista bastante desconocida, en el semanario comunista «Action», contenida en la edición del 29 de diciembre de 1944: «¿Ha definido usted alguna vez a sus lectores el existencialismo? Eso es muy sencillo.» Un año más tarde intenta de nuevo Sartre hacer una caracterización general en una conferencia publicada en 1946, y de nuevo se dice que la doctrina existencialista, aunque destinada expresamente a expertos y filósofos, «es fácil de definir».

Cierto que se ha dicho de esa conferencia, sobre todo por parte de la historia de la filosofía, que no hay que tomársela en serio, ya que es muy superficial y muy periodística. Pero yo diría más bien, por el contrario, que esa autointerpretación, no especializada, espontánea y no bien valorada es mucho más interesante y enseña mucho más que un tratado cargado de todo el arsenal de conceptos técnicos y vocabulario de especialistas.

Por tanto, la existencia precede a la esencia. ¿Qué quiere decirse con eso?

Los sustantivos decisivos existence y essence tienen también para Sartre el significado clásico tradicional, lo que, por lo demás, le ha valido la censura de que se encuentre todavía situado en la doctrina tradicional sobre el ser. Por essence entiende Sartre el conjunto constante, la «comunidad» de determinadas propiedades, «el conjunto de cualidades mediante las que es posible una definición». Esto suena no muy distinto a la afirmación de la Summa Theologica de Tomás de Aquino: Essentia proprie est id quod significatur per definitionem. ¿Y qué significa «existencia»? Sartre responde: presencia efectiva en el mundo, la presencia ante mí. Nuevamente estamos ante una definición tradicional y totalmente plausible, por lo demás.

Pero ni una cosa ni otra dicen algo sobre el modo y manera cómo Sartre relaciona entre sí ambos conceptos essence y existence. Es precisamente su intención declarada, no sólo ponerse en contradicción con la concepción tradicional, sino invertirla. Expresamente, empieza por interpretar detalladamente la concepción tradicional, para luego, por contraste, poner en claro su propia tesis. Por supuesto, ha de preguntarse si aquella interpretación es acertada. Sartre habla de la vision technique du monde, bajo la que entiende la convicción de que el hombre y el mundo han sido creados por Dios. Y añade que esa «visión técnica» implica, en contraposición a su propia tesis, la idea de que la esencia precede a la existencia.

Como ya es sabido, Sartre introduce como ejemplo de todo esto la fabricación de una plegadera o un abrecartas: el artesano sabe de antemano qué es lo que intenta hacer; sabe «qué» es un abrecartas; conoce aquel conjunto de propiedades; en una palabra, conoce la essence de un abrecartas, y, por tanto, la esencia de la plegadera precede a su existencia. Pero, ¿es precisamente la esencia lo que allí se da de antemano? ¿No es más bien el proyecto en el espíritu del constructor, el plan, el plano, la muestra, el modelo?

Realmente, no hay en sentido estricto ni una existencia que preceda a la esencia, ni, por el contrario, una esencia que preceda a la existencia; la existencia separada de la esencia es tan impensable como la esencia separada de la existencia. En cualquier caso es cierto que existe una estrecha y decisiva vinculación entre la esencia, de una parte, y el proyecto, plan, plano, muestra, modelo, de otra. Y quien conoce el proyecto de una cosa, conoce con ello precisamente la esencia, su naturaleza, realmente es sólo él quien conoce plenamente la esencia y naturaleza.

En opinión de Sartre, por tanto, la visión religiosa tradicional, que él denomina vision technique du monde, se basa en la idea (o se identifica totalmente con ella) de que existe un artesano divino que, análogamente al fabricante de un abrecartas, da al hombre y al mundo su esencia. Realmente, Sartre no habla ya, a partir de este momento, apenas del mundo, sino sólo del hombre; lo que exclusivamente le interesa es el hombre.

Se podría aquí, de paso, formular la pregunta de si esa idea de la creación no yerra en el punto decisivo. Pues el acto de la creación es, en verdad, un acto que confiere la esencia; pero, ¿no se trata más bien de un acto mediante el que las cosas creadas obtienen la existencia? ¿No significa crear un poner en existencia? Para ese acto, por lo demás, no hay analogía humana imaginable alguna.

Pero, como ya dije, Sartre utiliza la que él llama «visión técnica» sólo como telón de fondo, frente al que intenta levantar su propia tesis y hacerla diáfana. La propia tesis, que es lo único que le interesa, dice así: puesto que no hay una previa esencia del hombre proyectada y concebida, pensada por un artesano divino, que se la hubiera comunicado, se sigue de ahí que, en el caso del hombre, la existencia precede a la esencia.

Si es correcta esta conclusión desde un punto de vista puramente lógico; si no se confunde la proposición «contraria» con la «contradictoria» (como si alguien concluyera: esto no es negro, luego es blanco); si, más bien, la única conclusión legítima a partir de las premisas sartreanas debería decir: no hay esencia que preceda a la existencia humana; todo eso son cuestiones válidas, pero de las que vamos a prescindir en este momento.


«No hay naturaleza humana»

A nosotros nos interesa, sobre todo, cómo Sartre entiende e interpreta, en su contenido, su problemática conclusión. Hay de hecho varias autointerpretaciones; por lo menos, tres. Primera interpretación: «¿Qué significa aquí el principio de que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre, primero, «existe» y «sólo después se define»; «el hombre se define a sí mismo progresivamente». Segunda interpretación: «El hombre no es definible»; la definición del hombre «permanece siempre abierta», Tercera interpretación: «No hay naturaleza humana alguna».

No veo la menor dificultad que me impidiera aprobar la primera y segunda interpretación. Sartre aquí, pienso, tiene razón frente a toda especie de falsa interpretación racionalista del hombre y del mundo, en la que no sólo se ignore el hecho de la evolución, sino también la diferencia decisiva que separa a las cosas artificiales, proyectadas y producidas por el hombre, de las, digamos con precaución, cosas no artificiales, cuyo proyecto no ha pensado el hombre y cuya «esencia» le es, por esa misma razón, mucho menos conocida que la de las cosas artificiales.

En este punto, por tanto, se puede compartir totalmente la opinión de Sartre: el hombre no se deja definir de una vez por todas. Yo diría incluso: ni una sola res naturalis, ni una cosa no artificial puede definirse en sentido estricto, y sencillamente, porque no podemos conocer el proyecto, la muestra, la imagen originaria de ellas. Esa opinión no tiene nada que ver con el «agnosticismo». No es poco, por lo demás, lo que sabemos, tanto del hombre como del mundo natural. Pero lo que no está a nuestro alcance es solamente la definición que capte de forma plena. Con palabras de Sartre: la definición del hombre «permanece siempre abierta».

Pero, ¿qué tiene que ver todo eso con la tercera y, claramente, decisiva interpretación, mediante la que Sartre aclara su tesis de partida y que dice que no hay naturaleza humana alguna? Algo es por demás claro: esa interpretación remite al ateísmo de Sartre, a partir del que, con intención ilustrada, quiere sacar las más extremas consecuencias. La formulación completa dice así: «No hay naturaleza humana porque no hay Dios para concebirla». A la pregunta, que inmediatamente se impone, de qué sea en definitiva el hombre, si no hay realmente naturaleza humana, responde Sartre totalmente consecuente: «En el principio es absolutamente nada» ¿Y después? Después «no es otra cosa sino lo que ha hecho de sí mismo». El hombre se descubre y se hace a sí mismo, sin proyecto alguno previo. Eso es precisamente lo que, en la terminología de Sartre, se denomina libertad.

Ese concepto ha perdido, sin embargo, todos aquellos ecos triunfalistas que poseyó en el siglo XVIII; tuvo que perderlos necesariamente porque libertad no sólo significa que no hay vínculo ni limitación algunos, sino expresamente también que no hay ninguna posibilidad de orientarse, ni «una ayuda» de algún tipo, ni algo así como un punto de referencia. Sartre mismo dice reiteradamente: «No hay señales en el mundo»; «el hombre está solo, pues no se le presenta posibilidad alguna de apoyarse en algo, ni fuera ni dentro de sí mismo»; «el existencialismo no quiere pensar más que el hombre pueda encontrar ayuda en un signo dado en algún punto del mundo para orientar-se por él». Se trata de aquella conocida especie de libertad a la que se está «condenado».

Y también los demás conceptos, que se han hecho ya famosos, de la filosofía sartreana de la vida tienen aquí su raíz: «Abandono» (délaissement): «Estamos solos, sin remedio»; «el abandono significa que nosotros mismos escogemos lo que somos». Angustia: «El abandono se presenta aquí justamente con la angustia». Desesperación: «Esa expresión tiene un significado extremadamente sencillo; quiere decir que nos limitamos a abandonarnos a lo que depende de nuestra voluntad». Absurdo del mundo y de la existencia humana: «Decir que nosotros mismos creamos los valores no significa sino que la vida no tiene ningún sentido a priori».

La radicalidad de este pensamiento, que es de admirar, nos obliga, me parece, a repensar por nuestra parte algunas ideas fundamentales de nuestra propia tradición. Sobre todo, la vinculación interna entre los conceptos «creaturidad» y «naturaleza»; más exactamente, la cuestión de si «por naturaleza» no significará, siempre y necesariamente, tanto como «en razón de ser creados». Sartre polemiza con razón contra los filósofos del siglo XVIII, que, sin renunciar a hablar de Dios o incluso del carácter creado de las cosas y del hombre, sin embargo, como si nada de esto contase, siguieron hablando de «naturaleza» del hombre y de «esencia» de las cosas. La objeción de Sartre quiere decir claramente: no se puede hablar legítimamente de una «naturaleza humana», a no ser que se reconozca que hay un Dios, que la ha pensado y proyectado creadoramente. Lo que aquí estamos obligados a repensar y a redescubrir no es otra cosa que la oculta relación que el concepto de «proyecto», de muestra, de modelo, de la, como dijo el maestro Eckhart, «imagen previa», de una parte, tiene con el concepto de naturaleza, de esencia, de otra parte. Puede presumirse que la tesis de Sartre es totalmente cierta: donde no hay proyecto (ni proyectista), no hay esencia, ni naturaleza. En Tomás de Aquino, en la Summa Theologica, hay una frase que viene a decir lo mismo: «Por el hecho de que la criatura tiene una esencia modificada y limitada, se muestra que proviene de un determinado principio». ¿No podría formularse también así: no hay naturaleza humana a no ser que haya creador que la pudiera proyectar (o mejor: que la proyectó de hecho)? Esta convicción fundamentalmente es participada, sorprendentemente, por ambos: Jean-Paul Sartre y Tomás de Aquino. Y de la misma relación conceptual entre la «naturaleza» del hombre y su ser creado, su creaturidad, se trata en última instancia también en no pocas discusiones, hoy suscitadas; como, por ejemplo, en la discusión sobre el «derecho natural» o la ley moral «natural», pero también sobre escatología y futuro, sobre la esperanza y sobre la evolución.

En la actual autointerpretación de la teología cristiana hay una inclinación, un trend, por decirlo así, a afirmar que ser cristiano no significa sino estar abierto al futuro (citando así casi textualmente a Rudolf Bultmann), o a decir que toda la teología cristiana no es sino escatología, y la esperanza, la única virtud de los cristianos. En un sentido determinado, limitado, puede ser todo esto legítimo y defendible; puede entenderse además como una necesaria reacción contra la primacía del racionalismo y tradicionalismo. Sin embargo, encuentro que es un síntoma alarmante que un marxista existencialista, muy representativo y participante en primera línea en las discusiones cristiano-marxistas de los últimos años (Marienbad, Salzburgo), y que Roger Garaudy, que obviamente ha estudiado con enorme detenimiento los escritos de algunos teólogos «progresistas», pueda llegar a la conclusión de que, conforme a la «nueva» teología cristiana, el sentido de la existencia humana consiste en liberarse de la propia naturaleza y del propio pasado, a fin de estar libre para adoptar las propias decisiones. Y Garaudy no encuentra dificultad alguna, desde su propio punto de vista, para estar de acuerdo con esta línea.

Si yo fuera un teólogo cristiano y me encontrara interpretado de este modo, consideraría esta coincidencia con profunda desconfianza, y me sentiría obligado a repensar y revisar mis propias formulaciones.

De hecho, la coincidencia no es sólo aparente. Se da allí una base común: el desinterés más o menos expreso por lo que el hombre es «por creación», bien sea la causa de ello la negación general de la creación del hombre o la suposición de que la naturaleza humana se ha corrompido totalmente (por el pecado original), lo que implica a su vez, me parece, una concepción muy problemática de la creación y del ser creado. Sin embargo, es algo inquietante que ateísmo y supranaturalismo se encuentren entre sí en una conclusión común.

Y precisamente ésta podría y debería ser la ocasión para reflexionar de nuevo sobre la relación entre el concepto de «naturaleza» (sobre todo, «naturaleza del hombre») y el de creaturidad.

En tal contexto habría que considerar también el problema de una «nueva» moral o más bien el problema de si se puede hablar de «nueva» moral. También en la «vieja» moral (con la que no se alude al simple origen de hecho de lo que debe o no hacerse, sino a las grandes concepciones fundamentadoras de normas que se encuentran en la gran tradición), incluso en la, en tal sentido, doctrina moral tradicional del cristianismo, se ha reservado siempre un lugar a la «creatividad», a la respuesta «nueva» a cuestiones imprevisibles, incluso un lugar para el «invento» (del que tan frecuentemente habla Sartre).

Quizá, en relación con todo ello, haya que redescubrir algo. Pienso sobre todo en el rango reservado, por ejemplo, a la prudencia por Tomás de Aquino; se ha hablado, pienso que no sin razón, de una «supresión» de esa parte en la teología moral de los últimos siglos. Pero, naturalmente, no tiene que ser el «invento» (en el sentido de recomenzar desde un punto cero), como lo es en Sartre, un concepto fundamental de la ética cristiana.

Significa más bien que la moralidad humana tiene el carácter de «continuación», de prosecución de algo que ha empezado ya y está en marcha. Y eso ya comenzado es lo que desde siempre somos y tenemos «por naturaleza», esto es, «por creación».

No es, por demás, mera casualidad que la pregunta por la «naturaleza del hombre» se hace acuciante tan pronto como, por ejemplo, se habla de «control de natalidad». Y la vacilación y reserva de la Iglesia católica, ampliamente incomprendidas, no tienen sin duda su razón de ser en un «concepto de naturaleza limitado a lo biológico» (como en la discusión se ha dicho alguna vez), sino en otra cosa muy distinta: en la profunda y responsable seriedad con que se reflexiona sobre el carácter propio del hombre como ser creado por Dios. [...]

Naturalmente, estoy muy lejos de conocer algo así como una fórmula mágica en virtud de la cual pudieran resolverse todos esos problemas. Antes bien, veo con claridad que el concepto «naturaleza humana», que nunca puede ser definitivamente comprendido, ha de ser repensado de nuevo.

Pero estoy también convencido de que al hombre amenaza tanto la desnaturalización como la deshumanización, desde el momento en que no se entiende ya la «naturaleza humana» como algo creado, como algo proyectado y llamado a la existencia por un espíritu creador, que está absolutamente por encima del hombre. Y considerado bajo ese punto de vista representa, me parece, el ejemplo previsor de Jean-Paul Sartre una posición clave, sumamente característica.


Involuntaria «prueba de la existencia de Dios»

Para concluir, dos observaciones más sobre lo que Sartre llamaría posiblemente involuntaria «prueba de la existencia de Dios». Como todos saben, su punto de partida es un ateísmo muy radical, que es más asunto de fe que resultado de argumentación racional. De otra parte, el pensamiento de Sartre está determinado por una experiencia especialmente poderosa de la no necesidad del mundo, pero sobre todo del hombre mismo. Antoine Roquentin está allí, sentado en su banco en el parque público, a «las seis de la tarde», y de repente ve con claridad, qué fortuito, qué «contingente», él mismo y lo mismo todas las cosas en torno a él: «Eramos un montón de existentes, avergonzados...; ni el uno ni los demás tenían el mínimo motivo de estar allí». «Lo esencial es lo fortuito; la existencia es, por definición, lo no necesario. Existir significa simplemente: estar ahí. Lo que existe es algo con lo que uno se encuentra, pero no se deja nunca deducir. «Todo existente ha nacido sin motivo, vive por debilidad y muere por casualidad».

La última formulación muestra ya que en todo esto no se piensa como en una constatación teóricamente neutra de la contingencia fáctica del mundo y del hombre. Antes bien, la contingencia ha de denunciarse y desenmascararse como algo absurdo. «Todo es absurdo: el parque, la ciudad, yo mismo. Si te percatas de ello, se te revuelve el estómago y todo empieza a flotar: ahí está la náusea». «Ese monstruo está aquí, que afectaba al lugar, a ese parque, a los árboles, viscoso, pringándolo todo, una mermelada espesa. Y en medio de todo esto: yo... Tuve miedo, pero sobre todo me irrité. Encontraba todo tan estúpido, tan fuera de lugar; odiaba esa vulgar mermelada... Sentí una ira impotente contra ese ser absurdo y grasiento». «Había aprendido todo lo que puede experimentarse sobre la existencia. Marché, volví a mi hotel y me puse a escribir».

Ahora me pregunto: ¿No es eso exactamente lo mismo que se afirma en el viejo argumento a favor de la existencia de Dios, que todavía en la filosofía de la religión de Hegel se denomina argumentum e contingentia mundi: que el mundo, dada su evidente contingencia, dada su fundamental no necesidad, sería de hecho absurdo, a no ser que hubiera un ser absoluto, necesario, que lo sostuviera?

Sartre quizá respondería a esto: ¿Por qué no ha de darse un mundo sencillamente absurdo? ¿Por qué ha de excluirse que la realidad y la existencia humana sean de hecho absurdas? «Es absurdo que hayamos nacido; es absurdo que muramos».

Mi respuesta a todo esto tendría dos partes. Primera: Ningún hombre en el mundo, ni el mismo Sartre, es capaz de llevar hasta el final, con toda consecuencia, esa idea de lo absurdo de todo lo que es y ocurre. ¿Cómo podría, si no, hablarse, como Sartre hace, de libertad, de justicia, de responsabilidad, etc.? Segunda: Si alguien quisiera, a pesar de todo, seguir manteniendo que todo en el mundo es realmente absurdo, no habría eo ipso motivo para nada, pues motivo es tanto como ratio, raison, reason. En ese caso habría de percatarse claramente de que ya nada puede «fundamentarse». Ni siquiera la no existencia de Dios.


Fuente: Extracto del último capítulo de la obra «La fe ante el reto de la cultura contemporánea», Madrid, Rialp, 2000 (para Convenit: Antonio Orozco).



miércoles 23 de diciembre de 2009

Santa Claus - J. M. Pedrosa

Santa Claus
J. M. Pedrosa


La leyenda de Santa Claus deriva directamente de las que desde muy antiguo han adornado la figura de San Nicolás de Bari (ca. 280 - ca. 350), obispo de Myra y santo que, según la tradición, entregó todos sus bienes a los pobres para hacerse monje y obispo, distinguiéndose siempre por su generosidad hacia los niños.

En la Edad Media, la leyenda de San Nicolás arraigó de forma extraordinaria en Europa, particularmente en Italia (a la ciudad italiana de Bari fueron trasladados sus restos en el 1087), y también en países germánicos como los estados alemanes y holandeses. Particularmente en Holanda adquirió notable relieve su figura, al extremo de que se convirtió en patrón de los marineros holandeses y de la ciudad de Amsterdam. Cuando los holandeses colonizaron Nueva Amsterdam (la actual isla de Manhattan), erigieron una imagen de San Nicolás, e hicieron todo lo posible para mantener su culto y sus tradiciones en el Nuevo Mundo.

La devoción de los inmigrantes holandeses por San Nicolás era tan profunda y al mismo tiempo tan pintoresca y llamativa que, en 1809, el escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859) trazó un cuadro muy vivo y satírico de ellas (y de otras costumbres holandesas) en un libro titulado Knickerbocker's History of New York (La historia de Nueva York según Knickerbocker). En el libro de Irving, San Nicolás era despojado de sus atributos obispales y convertido en un hombre mayor, grueso, generoso y sonriente, vestido con sombrero de alas, calzón y pipa holandesa. Tras llegar a Nueva York a bordo de un barco holandés, se dedicaba a arrojar regalos por las chimeneas, que sobrevolaba gracias a un caballo volador que arrastraba un trineo prodigioso. El hecho de que Washington Irving denominase a este personaje "guardián de Nueva York" hizo que su popularidad se desbordase y contagiase a los norteamericanos de origen inglés, que comenzaron también a celebrar su fiesta cada 6 de diciembre, y que convirtieron el "Sinterklaas" o "Sinter Klaas" holandés en el "Santa Claus" norteamericano.

Pocos años después de la publicación del libro de Irving, la figura de Santa Claus había adquirido tal popularidad en la costa este de los Estados Unidos que, en 1823, un poema anónimo titulado A Visit of St. Nicholas ('Una visita de San Nicolás'), publicado en el periódico Sentinel ('El Centinela') de Nueva York, encontró una acogida sensacional y contribuyó enormemente a la evolución de los rasgos típicos del personaje. Aunque publicado sin nombre de autor, el poema había sido escrito por un oscuro profesor de teología, Clement Moore, que lo dedicó a sus numerosos hijos y nunca previó que un familiar suyo lo enviaría a un periódico Hasta el año 1862, ya octogenario, no reconocería Moore su autoría. En el poema, San Nicolás aparecía sobre un trineo tirado por renos y adornado de sonoras campanillas. Su estatura se hizo más baja y gruesa, y adquirió algunos rasgos próximos a la representación tradicional de los gnomos (que precisamente también algunas viejas leyendas germánicas consideraban recompensadores o castigadores tradicionales de los niños). Los zuecos holandeses en que los niños esperaban que depositase sus dones se convirtieron en anchos calcetines. Finalmente, Moore desplazó la llegada del simpático personaje del 6 de diciembre típico de la tradición holandesa, al 25 de ese mes, lo que influyó grandemente en el progresivo traslado de la fiesta de los regalos al día de la Navidad.

El proceso de popularización del personaje siguió en aumento. El 6 de diciembre de 1835, Washington Irving y otros amigos suyos crearon una sociedad literaria dedicada a San Nicolás, que tuvo su sede en la propia casa de Irving. En las reuniones, era obligado fumar en pipa y observar numerosas costumbres holandesas. Ello indica hasta qué extremo habían aceptado esta tradición holandesa los norteamericanos descendientes de otros grupos inmigrantes.

El otro gran contribuyente a la representación típica de San Nicolás en el siglo XIX fue un inmigrante alemán llamado Thomas Nast. Nacido en Landau (Alemania) en 1840, se estableció con su familia en Nueva York desde que era un niño, y alcanzó gran prestigio como dibujante y periodista. En 1863, Nast publicó en el periódico Harper's Weekly su primer dibujo de Santa Claus, cuya iconografía había variado hasta entonces, fluctuando desde las representaciones de hombrecillo bajito y rechoncho hasta las de anciano alto y corpulento. El dibujo de Nast lo presentaba con figura próxima a la de un gnomo, en el momento de entrar por una chimenea. Sus dibujos de los años siguientes (siguió realizándolos para el mismo periódico hasta el año 1886) fueron transformando sustancialmente la imagen de Santa Claus, que ganó en estatura, adquirió una barriga muy prominente, mandíbula muy ancha, y se rodeó de elementos como el ancho cinturón, el abeto, el muérdago y el acebo. Aunque fue representado varias veces como viajero desde el Polo Norte, su voluntariosa aceptación de las tareas del hogar y sus simpáticos diálogos con padres y niños le convirtieron en una figura todavía más próxima y entrañable. Cuando las técnicas de reproducción industrial hicieron posible la incorporación de colores a los dibujos publicados en la prensa, Nast pintó su abrigo de un color rojo muy intenso. No se sabe si fue él el primero en hacerlo, o si fue el impresor de Boston Louis Prang, quien ya en 1886 publicaba postales navideñas en que aparecía Santa Claus con su característico vestido rojo. La posibilidad de hacer grandes tiradas de tarjetas de felicitación popularizó aún más la figura de este personaje, que numerosas tiendas y negocios comenzaron por entonces a usar para fines publicitarios. Llegó incluso a ser habitual que, durante las celebraciones navideñas, los adultos se vistieran como él y saliesen a las calles y tiendas a obsequiar a los niños y hacer propaganda de todo tipo de productos. Entre 1873 y 1940 se publicó la revista infantil St. Nicholas, que alcanzó una enorme difusión.

La segunda mitad del siglo XIX fue trascendental en el proceso de consolidación y difusión de la figura de Santa Claus. Por un lado, quedaron fijados (aunque todavía no definitivamente) sus rasgos y atributos más típicos. Por otra, se profundizó en el proceso de progresiva laicización del personaje. Efectivamente, Santa Claus dejó de ser una figura típicamente religiosa, asociada a creencias específicas de determinados grupos credenciales, y se convirtió más bien en un emblema cultural, celebrado por personas de credos y costumbres diferentes, que aceptaban como suyos sus abiertos y generales mensajes de paz, solidaridad y prosperidad. Además, dejó de ser un personaje asociado específicamente a la sociedad norteamericana de origen holandés, y se convirtió en patrón de todos los niños norteamericanos, sin distinción de orígenes geográficos y culturales. Prueba de ello fue que, por aquella época, hizo también su viaje de vuelta a Europa, donde influyó extraordinariamente en la revitalización de las figuras del "Father Christmas" o "Padre Navidad" británico, o del "Père Noël" o "Papá Noel" francés, que adoptaron muchos de sus rasgos y atributos típicos.

El último momento de inflexión importante en la evolución iconográfica de Santa Claus tuvo lugar con la campaña publicitaria de la empresa de bebidas Coca-Cola, en la Navidad de 1930. Como cartel anunciador de su campaña navideña, la empresa publicó una imagen de Santa Claus escuchando peticiones de niños en un centro comercial. Aunque la campaña tuvo éxito, los dirigentes de la empresa pidieron al pintor de Chicago (pero de origen sueco) Habdon Sundblom que remodelara el Santa Claus de Nast. El artista, que tomó como primer modelo a un vendedor jubilado llamado Lou Prentice, hizo que perdiera su aspecto de gnomo y ganase en realismo. Santa Claus se hizo más alto, grueso, de rostro alegre y bondadoso, ojos pícaros y amables, y vestido de color rojo con ribetes blancos, que eran los colores oficiales de Coca-Cola. El personaje estrenó su nueva imagen, con gran éxito, en la campaña de Coca-Cola de 1931, y el pintor siguió haciendo retoques en los años siguientes. Muy pronto se incorporó a sí mismo como modelo del personaje, y a sus hijos y nietos como modelos de los niños que aparecían en los cuadros y postales. Los dibujos y cuadros que Sundblom pintó entre 1931 y 1966 fueron reproducidos en todas las campañas navideñas que Coca-Cola realizó en el mundo, y tras la muerte del pintor en 1976, su obra ha seguido difundiéndose constantemente.

Por el cauce de las postales, cuentos, cómics, películas, etc. norteamericanas, la oronda figura de Santa Claus sigue ganando popularidad en todo el mundo, y hoy puede decirse que constituye la advocación más universal y conocida, y también la más laica y comercial, de todas las derivadas del San Nicolás de Bari que desde el siglo IV se ha considerado tradicional protector de los niños.


viernes 18 de diciembre de 2009

Sabiduría y Educación en el pensamiento de O. Clement - Héctor Padrón

Sabiduría y educación en el pensamiento de O. Clement
Dr. Héctor Jorge Padrón
Universidad Nacional de Cuyo - Conicet


Preliminar

Propio de la Sabiduría y del Sabio es ordenar (1). Ahora bien, habrá que precisar aquí que no se trata de la experiencia del orden al cual nos tiene habituados la metodología y la epistemología de raíz cartesiana. El orden de una construcción perfectamente articulada según la exigencia diáfana de las razones more mathematico y, después, more trascendental, de raíz kantiana. El orden en cuestión no es nunca una construcción que nos pertenece a nosotros a partir de la iniciativa de nuestra razón; sino, ante todo, algo que la totalidad de la inteligencia del hombre (ratio et intellectus) descubre como don y como exigencia inexcusable de la realidad. Así, entonces, el ordenar aquí es el escuchar, el descubrir desde el asombro y la fidelidad del discípulo, el celebrar inacabablemente el gozo de la experiencia de la Sabiduría: el Secreto y la Comunión. Este orden se propone a partir de ciertos requisitos que será preciso cumplir con generosidad: el silencio y el pudor. Se comprende por qué la antítesis de la Sabiduría es la obscena multiplicación de las palabras y aun de los signos que interpretarán, indefinidamente, otras palabras y, todo esto, en el proceso de una creciente confusión. En suma: Babilonia.


Toda nuestra Educación debe descubrir los niveles solidarios de la Sabiduría: la sabiduría filosófica, teológica y, finalmente, mística (2) si, como se presume, quiere seguir siendo humana (3).

Uno de los rasgos principales de la actitud de la Sabiduría es que a través de la totalidad de los niveles mencionados -filosófico, teológico y místico- permite que el hombre pueda revertir el movimiento por el que nos abandonamos a la fuerza de la corriente -cualquiera ella sea: la de lo cotidiano, la de la moda intelectual o la de una interpretación ideológica de la historia- dejándonos ir y arrastrar y, en cambio, remontar contra corriente hacia la profundidad de la fuente para buscar abismarnos en la verdad y ser poseídos por ella. Una de las serias dificultades de esta conducta consiste en la necesidad de aceptar quedarnos solos. Esta soledad se promueve a partir no sólo del esfuerzo y la exigencia constantes sino, también, de la paciencia y la perseverancia indispensables para que, efectivamente, nos sea posible mirar y ver, en el sentido de contemplar la realidad de cada cosa en su rostro (4). Todo ocurre como si la Sabiduría, en su totalidad, reclamara siempre una purificación de nuestra inteligencia, un modo de sentir y de pensar que nos complace llamar icónico, en cuanto que debe atravesar lo visible para tratar de aprehender lo invisible (5).


1. Nuestros deberes ante la Sabiduría

Sin duda, nuestros deberes ante la Sabiduría son múltiples. Pero hay uno que debe ser puesto a nuestra consideración inmediatamente: el deber de traducir la Sabiduría eterna y multívoca con un acendrado sentido histórico para nuestro tiempo y nuestro hombre -aquél que cada uno somos- cada día más lacerado.

En términos de la sabiduría religiosa, es necesario poner en acto el inmenso patrimonio ascético místico que tiene su fuente en los Padres de la Iglesia frente a la novedad y gravedad de los problemas contemporáneos que atraviesan nuestra cultura. Esta operación, sistemática, permitiría consolidar un aspecto decisivo de lo que es preciso llamar inteligencia cristiana (6). La gran dificultad de esta tarea consiste en re-crear la vida de los textos venerables en nuestras propias circunstancias, es decir: en poner todos los medios necesarios para que esos textos hablen hoy a nuestros oídos y nuestro corazón. Una Fuente es, en último término, una persona que habla, que me habla. Un auxilio inestimable para este propósito es respetar las exigencias siempre presentes de la belleza que fundan y expresan un orden de sentido en la realidad de la Liturgia: la fuerza magnífica de los elementos y de las cosas, las palabras, los gestos y las acciones humanas que experimentan el tránsito continuo, profundo y ritmado en el Misterio de Dios y de su Iglesia, desde la historia hacia la Eternidad. Lo precioso de la belleza es su inmediatez y, por esta vía, sería siempre posible comprender la irradiación del corazón de la Liturgia hacia la totalidad del tiempo que transcurre fuera de ella y, entonces, en este tiempo, intentar la interiorización de sus dones a través de aquel espacio y tiempo prerrogativos, por ejemplo, el don de la paz litúrgica, el don del gozo litúrgico, entre otros posibles de mencionar. Y así, progresivamente, iniciar la experiencia cotidiana de una vida celebrante.


2. La ascesis (7)

El comienzo de la vida ascética propone el pasaje del deseo como lo que nos falta, hacia el deseo como impulso. Este dinamismo se inserta en lo profundo y lo verdadero de nuestra propia naturaleza. En efecto, volver a nosotros mismos es asumir libremente nuestra condición ontológica de icono de Dios. El hombre ha sido creado a imagen (icono) y semejanza de Dios. Ahora bien, nuestra existencia cotidiana tiene, muchas veces, el efecto de opacar este "ser" del hombre. Y, más aún, adensando la obscuridad sobre la verdad del ser del hombre, ocurre que el hombre se convierte en su propio ídolo, para utilizar la expresión feliz de San Andrés de Creta. Lo terrible de esta situación es que se pasa de una existencia según la propia naturaleza a una existencia contra dicha naturaleza, misteriosamente regulada por la Misericordia divina. Nuestro ser icono de Dios no ha sido suprimido absolutamente, lo que pasa es que su dinamismo se desvía y se re-crea en las figuras que la tradición ascética llama pasiones. Todas ellas son una forma de idolatría. Un deseo de Dios que todavía lo ignora y que refluye sobre sí mismo dándole un carácter absoluto a realidades sólo relativas.

Una breve pero útil fenomenología de las pasiones reconoce, ante todo, dos "pasiones madre" (8): una, relativa a las facultades irracionales, el deseo y la fuerza; otra que concierne a las facultades racionales. Aparecen así dos encadenamientos. El primero se desarrolla en el ámbito de lo irracional y tiene su punto de partida en la "pasión madre" de la avidez; el segundo, que concierne a lo intelectual está ligado a la "pasión madre" que es el orgullo. Avidez y orgullo generan un movimiento por el cual toda la realidad gravita en torno al ego, este movimiento es metafísico y trae consigo el deseo inacabable de la posesión; pero lo que ocurre es lo contrario y se es poseído por dicha realidad.

La avidez engendra la perversión del deseo, así, por ejemplo, la objetivación del eros, la intemperancia en la cual el otro se convierte en un objeto. La intemperancia y la avidez engendran la avaricia, de tal manera todo es pensado y vivido en términos del tener. La avidez, la intemperancia y la avaricia engendran la tristeza y la envidia. La tristeza que nos invade porque, precisamente, no tenemos todo y, junto con la tristeza, el resentimiento contra aquellos que sí lo tienen. De allí que nazca en nosotros la voluntad de destruir, el odio de sí mismo y el odio de los otros. La cólera.

Por su parte, el orgullo -que concierne a las facultades racionales- provoca la vanagloria, la actitud narcisista del seductor y, consecuentemente, la cólera y el odio cuando no se obtiene la adoración de los otros y, sobre todo, la tristeza por la Muerte, con mayúscula: el cansancio sin límites y el gusto de la ceniza que nos habita después que toda pasión ha muerto ya y el hombre comprueba que no se trataba de ninguna exaltación del ser, sino de otra hinchazón crispada de la nada. Por esta vía se instala el olvido, la profunda insensibilidad espiritual. Así perdemos el asombro, la capacidad para maravillarnos, la gratitud del corazón y, entonces, el corazón se endurece y deja de ser indeciblemente vulnerable.

Entre tanto, nos atraviesan y nos agitan la angustia y la nostalgia; su función es despertarnos a la vida de la fe en su obscuridad, no en su luz cumplida al final de la fe. Pero es en la obscuridad donde nos es dado presentir con mayor intensidad toda presencia. La angustia nos sacude y nos lacera mostrándonos cómo, una y otra vez, nos dejamos absorber por "este mundo" que se impone a nuestro corazón no sólo con la figura de su poder sino, también, de todas sus ilusiones falsas en su chatura y vacío inagotables. La angustia -por obra de la Gracia- puede convertirse en santo temor de Dios que nos impida entrar y vivir en el juego moral de "este mundo". Por medio de la angustia somos llevados a una profundidad mayor que -sólo por la Gracia- nos hace descubrir que en el trasfondo de nuestro horror, allí, está Cristo Jesús, interponiéndose -una vez más- entre nosotros y la nada. Es en esa obscuridad, en ese horror que parece no tener fondo y en el que descendemos en la conciencia del mal, donde el Señor espera una sola mirada nuestra. Si se la damos, El convertirá el movimiento contrario de nuestra naturaleza humana en un dinamismo ordenado según su voluntad y su ser Divino-humano (9).

La ascesis cristiana es el volver al propio ser, a la realidad de nuestro ser imagen y semejanza de Dios a través de la experiencia del exilio de nuestro ser. ¿Pero, cómo volver a nosotros mismos, a nuestro verdadero ser, cuando lo hemos abandonado y ya no habitamos en él, cuando hemos emigrado hacia la región de la des-identificación y la des-semejanza? Por medio de un acto de fe en Aquel que ha creado nuestro ser y no cesa de hacerlo. Por un acto de adhesión entrañable a JesuCristo a partir de toda nuestra angustia, de toda nuestra nostalgia, de todo nuestro arrepentimiento y, también, de toda nuestra incapacidad para arrepentirnos, para purificarnos, para orar. Por un acto de humildad y de confianza que enseña Isaac el Sirio: Cristo Jesús es nuestro arrepentimiento, nuestra purificación, nuestra oración.

"Señor, JesuCristo, nuestro Dios, por tus sufrimientos calma mis sufrimientos, por tus llagas cura mis llagas, ... Que tu cuerpo tendido sobre el árbol de la Cruz atraiga hacia T mi espíritu que los demonios aplastan ... Que tus santas manos atravesadas por los clavos me arranquen del abismo de mi perdición ...Que tu Rostro que recibió bofetadas y salivazos limpie mi cara manchada por la injusticia ... Yo no tengo el corazón herido para partir a tu búsqueda, no tengo ni arrepentimiento ni ternura ... No tengo lágrimas para rogarte. Mi espíritu está entenebrecido, mi corazón está frío y no sé calentarlo con lágrimas de amor por Ti ... Yo te he abandonado. Tú no me abandones. Yo me he apartado. Tú, Señor, sal a mi búsqueda. Condúceme a los pastos donde están las ovejas de tu rebaño" (10).

Ascesis. Ciertamente no el despliegue de grandes gestos, ni siquiera de grandes ejercicios sino, ante todo, la humildad y la confianza del que empieza a hacerse como un niño, y como un niño no construye sino que espera todo de su madre y de su padre; como un niño no pronuncia grandes discursos sino que, más bien, balbucea. Aquí el espíritu de infancia expresa y realiza un momento de la plenitud en la vida de la fe, y está claro, entonces, que esta infancia excluye toda puerilidad. Por el contrario, esta infancia es la condición para empezar a vivir en el desierto de la verdadera des-posesión en vista de la memoria habitual de la Muerte. El hombre adulto, el hombre aparentemente rico según "el mundo" que aceptando -de todo corazón- hacerse niño se hace pobre y más aún mendicante de Cristo Jesús. El Dios humanado que hablando por medio de Isaías nos repite hoy: "Yo no te olvidaré jamás. Mira, te he grabado sobre la palma de mis manos" (Is.., 49, 15). Así la memoria de la Muerte nos abre -de par en par- la Memoria de Cristo Jesús y la extraordinaria muerte de la muerte, la Victoria total de Dios y del hombre asociado al Dios-hombre. Más aún, del hombre re-vestido total y profundamente de Cristo Jesús.

Revestirnos de Cristo es una tarea larga y honda a la vez, presupone asumir una nueva sensibilidad, ahora espiritual. Es, también, aprender a dejar de llorar por nosotros mismos, para aprender a llorar como un don que El regala a los que ama y purifica sin cesar. Ascender la escala que en el llanto señala los peldaños de la amargura y el dolor, hasta recibir la gratitud y el gozo, porque se experimenta que el Señor Jesús ha venido a llorar todas nuestras lágrimas y a devolvérnoslas purificadas para su Gloria y la del Padre y, así, un día, en el Apocalipsis, secarlas a todas en nuestros ojos. Revestirnos de Cristo significará abandonar, sucesivamente, todas las capas de nuestra piel, desde la más externa hasta la más llagada y profunda; todas nuestras máscaras, todos nuestros pretextos, para ser y estar delante de Dios, finalmente, indefensos y totalmente vulnerables para el Poder de la Gracia de Dios en JesuCristo. Este revestirnos de Cristo deberá llegar al corazón y allí exigir que éste sea triturado en su dureza, la que ha olvidado, hace tanto tiempo, la compasión más elemental; triturado en su sordera y su ceguera deliberadas que le impiden inclinarse y adorar postrado de modo que, como quiere San Juan Climaco: "Dios consuele de una manera secreta el corazón roto" (11). Revestirse de Cristro hace que experimentemos en el silencio del corazón, cómo se pasa desde la piedra, dura, fría, muda, absolutamente en-cerrada en sí misma, hacia un corazón viviente, a una fuente incoercible, a un río abundante de lágrimas en las que, finalmente, podamos cantar. Este revestirnos de Cristo Jesús es, en suma, nuestra conversión, nuestra metánoia, nuestra nueva manera de ser y de vincularnos con todo lo real.

La ascesis de la humildad y de la fe, del abandono activo al poder de la Gracia de Dios que nos despoja y nos desnuda de nosotros mismos, hasta que sólo lata sobre nuestra frente el secreto de un nombre que nos nombra y que sólo El conoce y celebra para la gloria secreta de Dios Padre. La ascesis que nos permita vivir sólo de su aliento y, así, respirar sólo en El.

Por otra parte, la ascesis trae consigo la necesidad impostergable de ayunar. Según el pensamiento de los Padres, Adán, en el Paraíso había recibido el mandamiento de ayunar, es decir, de practicar una limitación voluntaria movido por una total confianza en Dios, a fin de superar toda tentación de avidez y de orgullo y, así, ver el mundo no como una "presa" sino como una eucaristía. El segundo Adán, Cristo Jesús, ayunó en el desierto para mostrar la exigencia constante de que el hombre no se nutra "sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Por medio del ayuno, entonces, el hombre pasa de la experiencia inmediata del hambre que tiene por objeto los "alimentos terrestres" al hambre que tiene por objeto sólo a Dios, y así es capaz de compartir aquellos alimentos de los que se priva voluntariamente con sus hermanos más desprovistos de todo.

En definitiva, lo que importa es la sinergia que pronto aparece entre la necesidad del ayuno en los alimentos y el ayuno espiritual: el ayuno de la voluntad de poder y dominio sobre los demás, el ayuno de los razonamientos vanos, las discusiones vanas, las palabras vanas. El ayuno, sobre todo, de nuestra obscura y terrible voluntad de destruir al otro aun a través de una sola palabra -maledicencia-, de un solo gesto de desprecio.

Por su parte, el ayuno, física y también espiritualmente, promueve la vigilia, es decir: un asombro frente al ser y la sacramentalidad del ser. Después de la Encarnación de Cristo, todo el cosmos y toda la historia se han hecho porosas a lo último, en el sentido del último fin: Dios mismo. El dinamismo que importa, absolutamente, es el que media entre lo profanado y lo santificado. Esto significa que el Reino ya ha comenzado, que es precisamente ahora, en el velar, en el vigilar, cómo el corazón experimenta al prójimo como un icono de Dios.

La clave magnífica de inteligibilidad de esta realidad humana que trata la ascesis consiste en que el mismo impulso que se desvía y se encierra en las vías de la des-semejanza de las pasiones, el mismo impulso educado en las vías de la semejanza con Dios provoca las virtudes. No se nos pide aniquilarnos, sino purificarnos, re-encausar la totalidad de nuestros impulsos y actividades naturales según la enseñanza venerable de Dionisio Areopagita: "no existe algo que esté totalmente privado de una participación en el bien" (12). La ascesis cristiana abre el hombre a la experiencia de una verdadera metamorfosis que produce por la vía de la identificación del hombre a la humanidad crucificada y glorificada de JesuCristo. En este sentido enseña Máximo Confesor: "la esencia de todas las virtudes es Cristo" (13).Cada virtud participa, de un modo particular, de la presencia de Dios, de uno de los Nombres Divinos de Dios.


3. El corazón inteligente

Para el lenguaje y la inteligencia de la Sagrada Escritura el corazón es el órgano del conocimiento de Dios y de la gloria de Dios oculta en los seres y en las cosas. Se trata del corazón-espíritu y, en este sentido, el lugar no sólo de los afectos sino, también, de la inteligencia que conoce, el lugar de la decisión: con Dios o contra Dios. El corazón es así la interioridad más interior del hombre, el punto en el que el hombre es convocado a reunirse consigo mismo y a trascenderse, lo que Soljenitsyn llama a partir de su experiencia en el Goulag: "el alma del alma", "la imagen de lo eterno en nosotros". Este corazón es -enseña Marcos el Monje- el lugar donde "la inteligencia recibe las buenas y las bellas intuiciones" (14).

El corazón es, también, el sitio donde se instala la fuerza y el poder del diábolos, aquél que divide y separa, contrariamente al symbolon, lo que une. Así el hombre sigue siendo una persona, pero una persona que ha estallado en una multiplicidad dolorosa y contraria a Dios que es Uno y que quiere que seamos Uno con El. La multipliciad que se genera a partir de nuestro narcisismo, de nuestro desdoblamiento indefinido a través de nuestras máscaras, de nuestros personajes, de nuestros dobles en los que substituimos nuestro ser genuino y nuestra vocación.

Una venerable tradición ascética y mística insiste en la necesidad de la "guarda del corazón", en el sentido de tomar distancias frente al flujo de pensamientos, imágenes, palabras que invaden nuestro corazón o que lo asedian. El remedio para no rendir el corazón y ahogarse en ese flujo invasor, es amarrarse al Nombre de JesuCristo como a una Roca y allí resistir con la fuerza y el poder que nos vienen de El. Marcos el Monje señala que el secreto consiste en que desde la más humilde sensación hasta cualquiera de los "pensamientos" debe ser colocado sobre el altar más profundo del corazón, el corazón lleno de la luz de Dios y allí, debe ser sacrificado en la inmensa re-integración que ha obrado el Nombre de JesuCristo. Así la totalidad de la existencia entra en el inmenso y profundo movimiento del sacrificio de la alabanza de nuestro corazón abierto y vulnerable al acontecimiento de cada y instante, de cada cosa que nos conmueve a causa del sabor de su belleza -como el olor de la tierra después de la lluvia, o el tacto que nos ofrece la corteza de un árbol centenario, o el absoluto iluminado de un rostro que, de pronto, aparece en nuestra experiencia o ingresa definitivamente en nuestra memoria esencial-; o que, por el contrario nos conmueve a causa de su terribilidad en la catástrofe natural, en el horror de la acción criminal del hombre, en el mudo y desgarrador desamparo de los más inocentes y los más abandonados.

En realidad, todo el trabajo apunta a alcanzar la unidad de la inteligencia y el corazón, ya que la esencia de la inteligencia es el corazón. Para esto la inteligencia debe descender al corazón, a fin de que el hombre pueda ejercitar una sensibilidad profundamente espiritual, no sólo sensorial.


4. La necesidad de la contemplación

La contemplación de Dios comienza por la contemplación de los seres de la naturaleza. Hay que aprender a "ver el sentido espiritual de los seres a través de su forma visible", declara Máximo Confesor (15). Esta disciplina se hace posible a partir de una nueva experiencia, aquella que deja de percibir y pensar a la naturaleza como un objeto de apropiación y de explotación, para descubrir la Naturaleza como una especie de eucaristía cósmica. El hombre que se inicia en esta contemplación descubre, con el poeta Pierre Emmanuel, que, efectivamente, el mundo es interior, es decir que el hombre puede y debe asumir el inmenso gemido de todas las cosas, el vasto movimiento de las cosas que en ellas asciende hacia la alabanza, y que el hombre logikós puede hacer suyo en la conciencia y la palabra laudantes. La Naturaleza deja de ser imagen estereotipada, concepto más o menos operatorio, enigma de silencio e indiferencia, para ingresar en el diálogo viviente del hombre con Dios. La Naturaleza aparece, así, -en la impresionante visión de San Efrén el Sirio- como un océano de símbolos en el sentido de que el símbolo es aquí un signo de reconocimiento entre Dios y el hombre. A partir de la Encarnación de Cristo, JesuCristo realiza sacramentalmente la verdad de los símbolos y, así, asume la verdad de las cosas en la plenitud de un sentido que las confirma y las trasciende infinitamente. De tal modo, el "mundo" natural es inmediatamente puesto -en Cristo Jesús- en el movimiento de su significación sobrenatural. Para el hombre logikós, como quieren los Padres, para el hombre efectivamente icono de Dios, el mundo natural deja de ser mudo, opaco, cerrado (16).

La contemplación de la naturaleza reclama la vigencia de un modo del conocimiento que es preciso llamar simbólico y, entonces, de la plenitud de la vida de la inteligencia, la inteligencia que ama, y que ama en la belleza, lo que la santa tradición ortodoxa llama la Philokalia. La inteligencia simbólica provoca una experiencia, un conocimiento y un discurso que tienen como objeto real la luz, la luz en la que se manifiesta el misterio del ser y correspondientemente el misterio del hombre. Allí, en el orden de esta Philokalia se conjugan en una profunda unidad viviente el conocimiento y la sensación espiritual a la que somos continuamente invitados por la misma Sabiduría: "gustad y ved..."

Lo que nos cuesta adorar es lo más simple, a saber: cómo la inteligencia contemplativa se confirma en su acto propio y, de este modo, se trasciende a sí misma y se transfigura, de la misma manera en que se transfigura la luz natural de las cosas creadas por Dios Uno y Trino, en la Gloria del mismo Dios, "la Gloria de Dios oculta en las cosas" que nos enseña a discernir San Isaac el Sirio (17). El corazón inteligente descubre -enseña Máximo- "este fuego inefable y prodigioso oculto en la esencia de las cosas, como en la zarza ardiente" (18). Bajo la forma entrañable de este conocimiento no hay lugar para la oposición entre el sujeto y el objeto que, tantas veces, concluirá en su separación no sólo epistemológica; este nuevo saber permite ingresar en una verdadera comunión con lo real, sin confusión y sin separación. Se trata de la experiencia -tan deseable- que precisa el peregrino ruso: "(...) todo lo que rodeaba me aparecía bajo un aspecto de belleza ... todo oraba, todo cantaba la Gloria de Dios" (19). Así, es posible ofrecer sacerdotalmente en el altar del corazón el cosmos entero a la Gloria de Dios Padre, silenciosamente. La Creación, transfigurada es contemplada por el hombre y se hace, a su vez, Templo de Dios. El corazón cesa de experimentar las cosas como anónimas, para conferirles un nombre que sólo ilumina y enseña el secreto y la comunión en la vocación renovada -en Cristo- de Adán en cada uno.


5. La Apófasis o la plenitud del silencio

El conocimiento de Dios procede ordinariamente a través de sus palabras en la Sagrada Escritura, en la Naturaleza, en la Historia. Todo esto, en su conjunto, configura la vía positiva, es decir la suma de afirmaciones que se proponen acerca de Dios en una necesaria analogía con el mundo creado. Ahora bien, todo este discurso posible y necesario sobre Dios, pronto muestra su inadecuación. Una primera etapa en esta nueva vía, la vía negativa, está configurada por la denominada teología negativa. Esta realiza la operación última de la inteligencia respecto a Dios y comporta un elemento intuitivo de captación. San Juan Crisóstomo ilustra esta situación con una imagen bella y profunda a la vez; se trata del caso del caminante que ha llegado al borde de una cornisa en la altura de la montaña. La bruma se disipa por algunos instantes y, de este modo, el hombre entrevé el abismo, oye el canto -silencioso- de la inmensidad. Análogamente, en la vía negativa, el hombre totalmente embargado en su persona por la experiencia del absoluto de Dios, descubre que debe trascender todos los atributos positivos que se disciernen para El. Dios aparece, entonces, ante todo, como un abismo de ser. Este hecho hace que toda imagen, todo concepto, se consuman en su desproporción. Decir esto no significa renunciar a todo lo adquirido por la vía positiva, por medio de las imágenes o los conceptos atribuidos a Dios, significa simplemente trascenderlos. La teología negativa no conduce a la pereza o al escepticismo; por el contrario, exige profundizar y afinar incansablemente la teología positiva donde, por otra parte, no cesa de intervenir a través de la presencia del símbolo y de la crisis fecunda de autosuficiencia de los conceptos. Para Dionisio, la trascendencia absoluta de Dios se expresa en la metáfora de la tiniebla mística y reclama en el hombre que contempla la actitud del no-conocimiento y del silencio por exceso de la realidad contemplada: "el corazón de un niño que por nada se hunde en el éxtasis" (20). "Es en el silencio, en efecto, donde se aprenden los secretos de esta Tiniebla" (21). Tanto Dionisio cuanto Máximo que lo comenta, coinciden en que la realidad de Dios trasciende absolutamente la afirmación y la negación en términos de ser y no-ser (22). Este más allá absoluto en que Dios se percibe como un abismo es, en todo caso, un abismo paternal, un abismo de amor. Dios es Persona Viviente, de allí que la realidad de su Misterio no pueda ser conceptualizada. Dios es plenitud del existir personal y, en consecuencia, lleva en Sí mismo el secreto de ser Otro y de la reciprocidad. El Inaccesible trasciende su propia trascendencia sin diluirse en lo impersonal de lo divino; por el contrario, viene a nosotros, se encarna, sufre nuestros propios sufrimientos, muere todas nuestras muertes y, sobre todo, nos resucita.

Es absolutamente saludable que nuestra razón sea crucificada para descubrir la Identidad Viviente entre el Inaccesible Logos de Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, y este Dios-Hombre, desfigurado, cubierto de sangre y de escupidas, "sin esplendor ni belleza". Esta Identidad Viviente consume todos nuestros esquemas, todas nuestras polaridades aut/aut ; o es el Rey de la Gloria o es el más miserable de todos los hombres... Todas esas distinciones y contraposiciones quedan vertiginosamente atrás a favor de la experiencia de una oración nueva: la oración totalmente desnuda de imágenes, palabras y pensamientos -sobre todo buenos pensamientos-, visiones; la oración sola, despojada de otra cosa que ella misma, la oración que descubre y realiza el más indecible abandono, concentrada en el solo y único latido del corazón que, ahora, conoce su pobreza aterradora y, al mismo tiempo, el don silencioso de Dios que lo hace pura espera, pulsación de un silencio que no nos pertenece, que es sagrado y que arde como otra zarza. La oración "sin forma" y aun sin voz, la oración devoradora que -según enseña Máximo Confesor- hace que el Intelecto purificado se convierta en "el lugar del abismo" (23). Sólo que este abismo es por exceso de luz, no por defecto, y cuando es cristiano comporta la necesidad de pasar por la muerte para conocer la Resurrección en Cristo Jesús. Siempre siguiendo a Máximo: "De la misma manera que en la muerte el cuerpo se separa de todas las cosas de la vida, así también, el intelecto muere en las cumbres de la oración, ya que si no muere esta muerte no podrá vivir con Dios" (24). El conocimiento aquí se hace reconocimiento de la inconmensurabilidad de Dios y del ser uno mismo creatura. El conocimiento se hace encuentro, y el encuentro se convierte en amor. Oración más allá de la oración, a fin de que ésta se haga verdaderamente espiritual, es decir profundamente humilde.

Resumiendo la apófasis en momentos, el primer momento corresponde a la teología negativa; el segundo al de la oración "pura", de tal modo que la oración trasciende la oración en Cristo Jesús y, finalmente, el tercero es el encuentro con el Cristo Transfigurado, Icono Viviente del Padre, Pentecostés indecible del alma. "El corazón absorbe al Señor, y el Señor absorbe el corazón" (25). En suma, el en-tasis, la deificación real del hombre en JesuCristo, donde el hombre inmerge en la abundancia de la Gloria. Y en la bella y felicísima fórmula de San Gregorio de Nisa "el que asciende (así) no se detiene jamás, avanza de comienzo en comienzo, a través de comienzos que no tienen fin" (26). La luz increada brota de un Dios Inaccesible que, sin dejar de ser tal, se hace totalmente participable, por amor, a nosotros. "El se eleva en mí, dentro de mi pobre corazón, como el sol", canta Simeón el Nuevo Teólogo (27). El Sol de Justicia que, como enseña el Salmista, nace de lo alto.

La Sabiduría nos educa, más allá de todas las planificaciones, más allá de todos los métodos, más allá de todos los "modelos teóricos" porque sólo Ella atiende a nuestra laceración profunda y antigua, anclada en nuestra naturaleza y nuestra historia que cada época, cada cultura re-edita. Sólo Ella, maternalmente, discierne el sentido aparentemente ininteligible de nuestros gemidos inenarrables pero reales en los que nuestro corazón, finalmente, habla y, quizá, ora; sólo Ella nos permite seguir esperando cuando no pocas esperanzas se "compran y se venden" en el estado o en el mercado; sólo la Sabiduría puede discernir el misterio del corazón humano, el corazón del hombre y de la mujer que hoy se ignoran mucho más que lo que se conocen. Sólo la Sabiduría podría iluminar la incertidumbre y la desorientación desgarradoras de las ciencias y las tecnologías actuales. Sólo la Sabiduría nos permite comprender y aceptar que la deificación del hombre, a saber: que la Gloria presentida -nunca más literal y justa esta expresión- nos remite al encuentro con el Cristo Crucificado, Dios Todopoderoso que se ha hecho paciencia para que nosotros podamos amar y amarlo, y entrever el dulcísimo resplandor de Su Gloria detrás de Su muerte y detrás de nosotros mismos.



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NOTAS
(1) Cf. SANTO TOMAS, C. G., I, 1; Cf. Ad. ARISTÓTELES, Met. A,2, 982, a17-19.
(2) Sobre la solidaridad abierta de los tres niveles mencionados cf. P. Fr. Marie Dominique PHILIPPE O. P., Les Trois Sagesses, Paris, Fayard, 1994. Testimonio impresionante de la búsqueda apasionada de la totalidad de la verdad de un hombre de nuestro tiempo, centrada en el hombre viviente, no en sus abstracciones librescas y, en el Hombre-Dios Resucitado, Jesucristo, El Viviente.
(3) Si de una manera completamente provisoria se aceptara la expresión modelo educativo habría que preguntarse si en dichos modelos siempre y en todo caso el hombre cuenta para algo.
(4) Cf. P. Fr. M. D. PHILIPPE O.P., op. cit., pp.26-27.
(5) Cf. Jn., 1, 18; Sab., 13,5; Rom., 1, 20.
(6) Esta inteligencia se halla connaturalmente abierta a la totalidad dinámica de todos los niveles de la Sabiduría: filosófico, teológico y místico, porque se halla abierta a la totalidad y ultimidad de lo real.
(7) Para todo lo que sigue nos apoyamos en O. CLEMENT, La vérité vous rendra libre, Paris, J. C. Lattès, Desclée de Brouwer, 1996, pp. 114-134, espec. pp.114- 121.
(8) Cf. O. CLEMENT, op. cit., pp. 114-115.
(9) Cf. Tomás SPIDLIK (et all.,), Lezioni sulla Divinoumanità, Roma, Lipa, 1995.
(10) Cf. Isaac Le Syrien, Oeuvres spirituels, Paris, 1981, pp.67-68.
(11) Cf. 7º Grado en la escala.
(12) Cf. DIONISIO, Noms divins in Oeuvres complètes, tr. fr. M. De CANDILLAC, Paris, 1943, p. 111.
(13) MAXIMO, Ambigua, PG, 91, 1081.
(14) Cf. Récit d’un pèlerin russe, Paris, 1966, p. 57. En este sentido en la obra de Soljetnitsyn intitulada Pabellón de Cancerosos, un médico preguntado acerca de la extraña seguridad de sus diagnósticos responde que en determinados momentos deja que su corazón se pacifique, se decante, hasta que su corazón "se haga como un lago en calma en el que puedan reflejarse la luna y las estrellas". Bajo esas condiciones este médico puede presentir a sus enfermos en su propia interioridad, más allá de los condicionamientos sociales o biológicos. Cf. Le Pavillon de cancéreux, Paris, 1968, p. 635.
(15) Cf. MAXIMO, Mystagogia, 2, PG, 91, 669.
(16) Cf. Nicolas BERDIAEV, Esprit de liberté, Paris, 1984, p.91: Rien est clos ... Le monde est translucide, il ne connaît pas l’opacité.
(17) Cf. Saint Isaac Le Syrien, Oeuvres Spirituelles, Paris, 1981, p. 365.
(18) Cf. MAXIMO, Ambigua, PG, 91, 1148.
(19) Cf. Récits d’un pèlerin russe, Paris, 1966, p. 57.
(20) Cf. STAN ROUGIER, Aime et tu vivras, Paris, 1985, p. 245.
(21) Cf. DIONISIO, Théologie mystique, OC, p. 177
(22) Cf. MAXIMO, Mystagogie, Introd, PG., 91, 664.
(23) Cf. MAXIMO, Ambigua, PG, 91, 1112.
(24) Cf. Centuries sur la charité, II, in S.C., p. 62.
(25) Fórmula atribuida a San Juan Crisóstomo por Calixto e Ignacio, Philocalie grècque, IV, p. 222.
(26) Cf. S. GREGORIO DE NISA, Homélies sur le Cantique des Cantiques, PG, 44, 941.
(27) Cf. A. SCRIMA, Le Vide, Lausanne-Tournai, 1969, Hymne, 1 pp. 161 et 171, quien cita Capita.




jueves 19 de noviembre de 2009

Sacheri. Predicar y Morir por la Argentina - Héctor Hernández

Sacheri. Predicar y Morir por la Argentina
Dr. Héctor Hernández


Estimados:

Queremos invitarlos a la presentación del libro "Sacheri. Predicar y Morir por la Argentina", el próximo viernes 27 de Noviembre, a las 20.30 hs. en el Multiespacio Cultural EL CAMINO, sito en Av. Luro 4344 - 1º Piso, de nuestra ciudad de Mar del Plata.

La presentación estará a cargo de su autor, el Dr. Héctor Hernández, y de los abogados Rodrigo Serrano y Hugo Llugdar.

Para conocer la trayectoria, personalidad y testimonio del doctor Carlos Sacheri, son muy ilustrativas las palabras escritas sobre su figura por monseñor Octavio Derisi quien decía:

“Aún lo recordamos con su esbelta figura, joven, con una sonrisa siempre a flor de labios y con sus ojos llenos de profundidad. Había llegado a ser un eminente profesor de Filosofía y Ciencias Sociales. Así se desempeñó con brillo en la Universidad de Laval de Quebec –Canadá–, y luego, de regreso, en la de Buenos Aires y en la Universidad Católica Argentina.

“Sacheri era un profesor católico de verdad. Unía armónicamente su sabia doctrina y su vida. Por eso su docencia era viva y acogida con agrado y provecho por sus discípulos, que lo veneraban y que hoy lo recuerdan con cariño. Era demasiado grande y demasiado bueno para este mundo. De aquí que los subversivos pusieron los ojos en él para eliminarlo, como representante de la verdad y del bien; y traidora y vilmente lo asesinaron en su propio auto, cuando viajaba con su esposa y sus hijos después de oír misa y comulgar.

“De él nos queda el recuerdo y el ejemplo de su sabiduría y de su vida ejemplar, tan armónicamente conjugadas”.

Cuenta con el auspicio del Centro de Humanidades Josef Pieper, la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad FASTA Mar del Plata, la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITA ) - Sección Argentina y la Fraternidad de Vida Nueva.


La entrada es libre y gratuita. Los esperamos.




miércoles 11 de noviembre de 2009

Josef Pieper y el Humanismo Tomista - Abelardo Lobato

Josef Pieper y el Humanismo Tomista
Dr. Abelardo Lobato, O.P.


Josef Pieper llegó al final de su fecunda existencia hace tres años, el 6 de noviembre de 1997, en Münster, Westfalia. Dejó tras sí una larga estela de admiración, de reconocimiento, tanto a su persona cuanto a su ingente producción literaria. El homenaje que le tributaron sus discípulos en el año 1994, al cruzar el umbral de los 90 años, fue elocuente. Más de 600 intelectuales de todos los continentes se dieron cita en Münster para venerar a un maestro. Le admiraron sobre todo los jóvenes que perciben la miseria de la cultura presente y la urgencia de dar respuesta a los retos que plantea el tercer milenio a las puertas.

Pieper es un ejemplo de pensador cristiano. Está muy por encima de la seducción del presente que a tantos arrastra. Él se apoya en la tradición ya consolidada del pasado, pero no para repetirla sino para dar un salto hacia delante. Su recia personalidad deja un impacto positivo que las generaciones de jóvenes estudiosos saben apreciar. Juan Pablo II se ha unido a ese homenaje de los estudiosos por medio de una carta de felicitación por la lección de vida y de pensamiento que nos ha dado. El Papa le elogia porque ha sabido insertar su pensamiento en la rica tradición del pensar cristiano y ha tenido en cuenta al gran maestro Tomás de Aquino. “Ha puesto a los jóvenes en contacto con el rico patrimonio de la filosofía cristiana. El pensar de su propio maestro Santo Tomás de Aquino, de cuya obra polifacética supo como ningún otro, extraer tantas enseñanzas de una manera desacostumbrada, llegó a ser para las generaciones más jóvenes un instrumento, que en base a la imagen cristiana del hombre, es apto para penetrar en la realidad del tiempo y de la eternidad. De esa manera les ha comunicado una sólida base existencial. Y ha orientado todo su esfuerzo filosófico únicamente al servicio de la verdad, que se encuentra en Jesucristo”[1].

El discípulo de Tomás tiene clara esta conexión entre el pensar y el ser, entre el entender y la verdad. Tiene sin duda su interés el saber lo que los hombres han pensado, pero en buena parte eso no perfecciona nuestro entendimiento. Sólo la verdad de lo que han pensado tiene el don de contribuir a nuestra perfección. Sólo la verdad tiene una fuerza invencible. El maestro es el que lleva a la verdad. En este homenaje a un ilustre pensador que ha elegido la escuela de Tomás yo me limito a evocar su lección de humanismo, en tres instancias: Cómo leer hoy a Tomás de Aquino, cómo a través de su ejemplo, ser en verdad un pensador cristiano, cómo forjar el humanismo del tercer milenio desde el cultivo de las virtudes.


Acoger hoy a Tomás de Aquino

Pieper se siente a gusto con Tomás, pero no tanto con la escuela, con los tomistas. Es de aquellos que dan gracias a Dios porque le ha liberado del peligro de estudiar esas obras indigestas que se dicen escritas “ad mentem D Thomae”. Se enfrenta con todo lo que trate de trasmitir una doctrina a base de esos libros que se llaman “manualia”. Coincide con Unamuno que pedía el destierro de tales libros, a los que en vez de manuales habría que llamar “pedalia”. Tomás sí, pero “tomistas” no. Pieper observa que el gran maestro Tomás de Aquino tuvo maestros geniales, pero sólo tuvo discípulos mediocres o imbéciles, que no estuvieron a su altura. Por ello hay que ir directamente a Tomás y dejarse de los intermediarios, de quienes se ocupan de hacerlo digerible para estómagos delicados.

A lo largo de su vida Pieper se ocupó de Tomás y trató de desvelar su humanidad. Le irrita que se trate de encerrar a Tomás en un sistema acabado, donde todo está ya de antemano definido. Tomás dejó su obra inconclusa, porque conocía a fondo los límites del humano entendimiento, y estaba cierto de lo mucho que quedaba más allá de sus fronteras. El discípulo de Tomás es el que se comporta como el maestro frente a la realidad de las cosas y en la entrega sin condiciones a la verdad.

El interés de Pieper por Tomás de Aquino le llevó reiteradas veces a bucear en la obra aquiniana. Trataba de vivir en sintonía con ese estilo de pensar. Y para conocerlo a fondo le dedicó muchos ensayos. El más extenso de los que se ocupan de su vida es el estudio biográfico Tomás de Aquino, Vida y obras[2] . A través de los diversos capítulos de esta obra emerge el perfil que Pieper tenía del maestro Tomás.

Pieper estima que para comprender a Tomás hay que situarlo en su tiempo, en medio de la gran aventura del s.XIII. Lejos de ser éste un siglo tranquilo, es muy agitado. El Islam rodea la cristiandad, las herejías dividen a los cristianos, el Papa y el Emperador están enfrentados, se edifican las maravillas de las catedrales, nace la universidad, el pensamiento griego penetra en las escuelas cristianas de la universidad, el evangelio se proclama en China. No todo es oro y progreso. En el pueblo cristiano hay pastores muy indolentes. La crítica de los superiores se ha hecho ya usual. Cuenta la Legenda que el diablo en persona se le aparece a Tomás de Cantimpré, un fraile dominico, compañero de estudios de Tomás en Colonia, invitado a predicar al Sínodo de los obispos, y le deja el siguiente mensaje diabólico: “Diles solamente esto: los príncipes de las tinieblas infernales, saludan a los príncipes de la iglesia y les dan alegremente las gracias por conducir hacia nosotros a sus fieles, porque por su negligencia casi todo el mundo está en poder de las tinieblas”[3]. La Orden dominicana no se puede comprender sin su prehistoria herética. Domingo da origen a la Orden en medio de las disputas contra los herejes, de los cuales toma muchas de sus armas, el amor a la pobreza, el estilo de evangelizar, la difusión de la palabra. Le ayuda en esto el obispo Fulco, un trovador, como Ramón Lull, que un día con su mujer y sus hijos pide entrar en la orden cisterciense, porque es abad y obispo de Toulouse, apoyando la idea de Domingo de vencer a los herejes con sus propias armas.

Tomás pertenece totalmente a ese mundo por la vía de la familia, por la experiencia de Montecasino, por el encuentro con los mendicantes en Nápoles, por su plena inmersión en la vida universitaria. Para Pieper en medio de ese mundo agitado, Tomás no elige una parte, abraza la totalidad, se esfuerza por la unión de los contrarios en el mismo sujeto, familia y vocación, papado e imperio, mendicante y culto, Nápoles, Colonia y París, filosofía y teología, Agustín y Aristóteles. Pieper piensa que Tomás encontró en París el medio natural para su obra. En París se cultivan los dos saberes de alcance universal, la filosofía y la teología. Este es su estilo. A lo largo de su vida Tomás optará siempre por una visión de la totalidad, por la armonía de los contrarios: Aristóteles y Plotino, Dionisio y Averroes, Guillermo de Saint Amour y Buenaventura. Y en esa opción por la totalidad se le da el acceso a las tres sabidurías, en las cuales deja su impronta, la filosófica que hereda de Aristóteles, la teológica que le viene de los Padres y de los maestros y la mística que es el don de experimentar las cosas divinas con la penetración en la palabra revelada.

Tomás se ve a sí mismo como uno de los obreros que trabajan por el encuentro con la verdad, impulsado por una sola pasión, la de conocer la realidad, lograr la comprensión del ser, conocer un poco más. Toda su vida será el mismo sujeto agitado a fondo por una gran pasión, por la verdad, y por un misterio infinito, el de Dios. Lo revela la pregunta que le hacía a los monjes de Montecasino, cuando era un niño despierto: Por favor, dime, ¿quién es Dios?, Dic mihi, quid ets Deus?.Este gran hombre ha tenido una vida breve y agitada. No le dejan en paz más de tres años en un mismo lugar. Su obra es el espejo de los esfuerzos anteriores y la consolidación de sus fundamentos. Tomás es el ideal de cuantos buscan la verdad y saben que sólo son obreros en la viña. Cuando el 18 de julio de 1323 el papa Juan XXII lo canoniza, eleva a los altares por vez primera a un hombre honrado por el solo milagro de serlo. Los testigos no tienen de él otras pruebas que las de un hombre fiel a su trabajo de maestro de teología, que predica, disputa y lee la Escritura. No ha hecho milagros en vida, pero ha escrito infinitos artículos cada uno de los cuales resulta ser un milagro para bien de la humanidad. Es el Doctor de la Cristiandad, el maestro de la inteligencia. Nunca ha dicho nadie tantas cosas en tan pocas palabras.

El perfil que Pieper percibe de Tomás es singular y se diferencia de todos los demás pensadores en su apertura a la totalidad, su pasión por la verdad, su confianza en la inteligencia como base y fundamento de la cultura, su capacidad de diálogo con todos los que buscan la verdad, sus dotes para comunicarla. Nada tan provechoso para la humanidad como la conquista de la verdad y la lucha contra el error. Este es un sendero que nadie recorre del todo, pero que las generaciones están llamadas a continuar. La pasión por la verdad se traduce en una búsqueda incesante, apoyada en lo que ya es patrimonio de la humanidad y en una tarea de comunicación a los que vienen detrás de nosotros. Tomás se siente llamado a trasmitir la verdad que ha recibido. Hasta 13 veces cita estas palabras de Salomón y se las apropia: “Lo que he recibido sin ficción, la comunico sin envidia: Quam (Sapientiam) sine fictione didici, sine invidia communico”[4] .

Tal es el Tomás histórico, al que es preciso conocer y asimilar. Pieper admira en Tomás la nobleza del espíritu y la fuerza de su magisterio. El núcleo de su obra, el espíritu que la anima no se puede percibir sino en el diálogo permanente con su obra escrita. Pero Tomás nunca podrá separarse de su obra, expresarse en una síntesis cerrada, reflejarse en la obra de uno de sus discípulos. Pieper invita a ir a Tomás, y a dejar de lado todos los intentos de servirlo en píldoras. Nuestro tiempo tiene necesidad de maestros de vida y de pensamiento. Acoger hoy a Tomás no es repetir en tesis abstractas lo que él ha dicho, sino seguir su ejemplo penetrando en el corazón de los problemas del hombre actual. Para Pieper Tomás es maestro de valor perenne y de tal categoría, que no se le hace un honor al acogerlo en nuestro estilo de pensar, porque Tomás no necesita de nuestras alabanzas, ni las agradece, sino que somos nosotros, los obreros de un tiempo indigente, quienes lo necesitamos a él, porque remedia nuestra pobreza cultural y al acogerlo nos enriquecemos.

Todo indica que Pieper ama contarse entre los discípulos directos de Tomás, no entre los tomistas. Una cosa no puede soportar Pieper, ni siquiera de lejos, y que de algún modo toca a Tomás, por dominico y pensador de su tiempo, “esa cosa terrible que se llama inquisición”. Tomás la conocía. Y se interroga si el hereje debe ser tolerado, soportado, y responde que no. Como la sociedad no puede soportar al falsificador de monedas, tampoco puede soportar al hereje que falsifica la fe. Si nadie puede ser obligado a profesar la fe, una vez que la ha abrazado puede ser obligado a que sea fiel a lo que profesa[5].

Pieper no puede olvidar que la misión del sabio es buscar la verdad y una vez encontrada abrazarla, pero al mismo tiempo para Tomás lo es denunciar el error y extirparlo porque es un mal de la inteligencia y por ello del hombre. Pieper se siente más afín a ser designado como discípulo de Tomás, pero sólo al estilo de los que se autodenominan “Tomasianos”, y hasta hacen un dilema: Tomás, sí, tomismo no. No parece fácil pasar de las meras palabras a las realidades designadas. Porque Tomás es el primero en sentirse incómodo con ese lenguaje. Toda la vida se la pasó objetivando su saber, tratando de que la verdad crezca y él disminuya bajo el resplandor de su luz. El perfil auténtico de Tomás es el de quien asume con todas sus consecuencias la profesión de maestro de la verdad revelada. Pieper lo sabe y admira el modo cómo Tomás lo ha realizado a lo largo de su existencia. Ese modelo de sabio tiene vigencia en todos los tiempos y por ello Tomás será siempre modélico, maestro ejemplar.


Tomás, el modelo del pensador cristiano

Tomás de Aquino tomó muy en serio la condición “racional” del hombre, ya que es su nota distintiva, de cuyo ejercicio depende su plena realización. Ser hombre es ser racional y comportarse como tal. Esta condición le sitúa en un nivel intermedio, en una frontera difícil de definir con precisión. Por encima de su condición hay que situar todo un mundo de espíritus cuya condición es ser “inteligencias”, cuyo modo de conocer es la intuición. Por debajo del hombre Dios ha colocado el mundo de los seres cognoscentes confinados en la sensibilidad. Tales son los animales, diversificados en incontables especies. Es el alma humana la que establece esta frontera, anima quasi horizon et confinium[6]. Por esa condición el ser humano es habitante de dos mundos. A veces asciende a los principios y goza de esa luz como si fuera un cierto espíritu -paulo minus ab angelis!-, a veces desciende a las profundidades del instinto que brota con fuerza desde sus mismas raíces y lo arrastra -trahit sua quemque voluptas!-. Lo típicamente humano es la razón, el ser racional, el vivir conforme a la razón, la cual procede gradualmente, como paso a paso y busca su refugio “a la sombra de la inteligencia”[7].

Pieper ha captado muy bien esta posición de Tomás de Aquino y su audaz defensa de la razón humana para desvelar la verdad, y para comportarse como hombre. Tomás nunca pensó en ser filósofo, cuyo oficio en su tiempo era atribuido a los pensadores paganos, pero ya en vida no pudo evitar el ser tenido por tal, y con el andar del tiempo la posteridad le reconoce como el creador de la primera filosofía cristiana, y lo cuenta entre los grandes pensadores de la humanidad, unus de magnis, como decía él de Plotino[8]. Al mismo tiempo que Tomás reivindica el puesto que compete a la razón en la vida humana, le señala sus límites. La razón no sólo se abre a la inteligencia, sino que se dispone para acoger la revelación que viene de Dios al hombre y sólo puede ser acogida por la fe. Buena parte de la obra de Tomás se concentra en ser un diálogo entre la razón humana y la fe que se apoya en la palabra revelada.

El tema de las relaciones entre la razón y la fe traspasa toda la obra de Tomás. La razón actúa no sólo en el campo de las verdades que están a su alcance, sino también al interno del acto de acogida y comprensión en cierta medida de las verdades que la exceden. La Summa contra Gentiles es una de las obras cumbres del diálogo entre la razón y la fe. Nada semejante se encuentra antes de esta obra, con ese rigor y esa profundidad, y después no podemos afirmar que haya sido superada. La obra de Pieper es una continuación de esta acogida de la razón en diálogo con la fe. El tema ha sido una de las grandes cuestiones disputadas en los años 30. Se ponía en tela de juicio la expresión “filosofía cristiana”, y en ella se afrontaban las posibles relaciones entre la filosofía y la fe cristiana, entre la razón que demuestra y la fe que acoge. Los pareceres resultaban muy discordes. La mayor parte de los filósofos en boga, especialmente los herederos de la tradición iluminista, opinaba que eran incompatibles: la razón demuestra las verdades, la fe las acoge a ciegas. La filosofía exige rigor en la demostración, la fe se confía y acepta.

A Tomás le había dado una pista el judío Maimónides, en su condición de teólogo, en la obra Dux perplexorum, que conoció ya cuando era un estudiante en Nápoles. La razón humana es capaz de la verdad, pero las verdades definitivas, últimas, son difíciles y superan la capacidad de la mayor parte. Por ello Dios ha querido venir en su ayuda y las ha propuesto para todos, con el mínimo esfuerzo y con la máxima certeza. La fe viene en ayuda de la razón y del hombre en camino hacia la verdad, sobre todo hacia Dios. Averroes había seguido la misma senda de aproximación entre razón y fe, pensando que entre ambos caminos debe haber un acuerdo porque en definitiva, la verdad procede Dios, autor de la razón y de la revelación. La verdad no puede contradecir a la verdad. Todo ello había sido glosado por Tomás y había nutrido el diálogo del pensar cristiano con los filósofos.

Entre los filósofos del s.XX Heidegger había causado gran impacto en este tema, al defender la irreductibilidad de la razón a la fe, y hacer actual el dilema, o se conoce por demostración o se cree. Hay que optar por la filosofía o por la fe. Entre ambas hay una oposición contradictoria. Hablar de “filosofía cristiana” es lo mismo que proponer un “hierro de madera”: Holzenes Eisen!. El filósofo tiene que renunciar a toda acogida superior y cargar con el peso de la conquista de la verdad. Aceptar la fe es renunciar a la filosofía. Al lado de Heidegger se alinean muchos otros pensadores. Pieper en cambio mantiene la línea y la posición de Tomás. El creyente sabe de antemano la respuesta última, pero esto no le prohibe poder buscar la inteligibilidad que encierra. La arrogancia de la razón se erige en tribunal supremo y rechaza cualquiera otra verdad que pueda parecer superior, y en cambio la actitud sencilla de quien comprende el ser finito del hombre, se dispone para dejarse vencer por quien excede infinitamente al hombre.

No hay lugar para “las dos verdades”, como Tomás denuncia en los averroistas, pero sí hay un doble orden de la verdad; un horizonte al alcance de la razón y otro que la excede infinitamente. Y si Dios ha querido comunicar al hombre algo de ese misterio que lo caracteriza, el hombre hace bien en acogerlo. Hay por tanto dos vías para el acceso a la verdad. Una es la de la razón que demuestra, sea al modo científico, o al modo filosófico. Y otra es el de la fe que se confía a alguien que le puede ayudar al trasmitirle verdades últimas. En polémica con Heidegger, a quien inculpa de cerrarse ante la verdad revelada, Pieper le recuerda que hasta Sócrates confesaba seguir las dos sendas hacia la verdad, la de la razón y la de la fe y en ésta encontraba mayor certeza: Confiesa Sócrates que no se avergüenza “de reconocer que las verdades últimas, las que en verdad dan sentido a la existencia, él no las reconoce por sí mismo, sino porque alguien se la ha manifestado, ‘por haberlas escuchado’, ex akoès”[9].

La fe no es un obstáculo para la razón sino una nueva posibilidad de ampliar su horizonte. La filosofía sólo se despliega en la totalidad, en el horizonte donde tiene cabida todo cuanto es real, cuando se propone el ser como objeto. Con Cristo se han abierto horizontes nuevos a la humanidad; por ello la filosofía cristiana tiene su fundamento y prepara al hombre para una comprensión cabal de las cosas, del mundo, del hombre y de Dios, a la luz de esa nueva visión de las cosas, que en vez de excluir las demás aportaciones las integra en una síntesis más alta y profunda. En verdad Tomás ha pensado desde esa posición de total apertura a la verdad, porque venga de donde viniere, en definitiva procede del Espíritu Santo. La filosofía es un camino hacia la verdad. El pensador cristiano no renuncia a su inteligencia, sino que la pone al servicio de la fe, como “obsequio racional”. La filosofía que se ha elaborado en occidente a partir de la Edad Media, por obra y gracia de Tomás de Aquino, lleva ese sello de la totalidad y de la verdad integral acerca del hombre como ser personal. La filosofía moderna, aún la hegeliana, vive de las migajas que han caído de la abundante mesa del cristianismo.


La virtud y el humanismo cristiano

La relación del pensador Josef Pieper con Tomás de Aquino ha sido decisiva a la hora de trazar las líneas básicas de su humanismo cristiano. El hombre es un ser racional, que tiene en Cristo su ejemplar ideal, y por ello está llamado a configurarse con él, mediante la conquista de las virtudes morales. En ellas se pone a prueba el uso de la razón, y su rol en la vida del hombre. Tomás ha tenido muy clara esta trayectoria de la humanización del hombre. He aquí un texto clave que refleja bien la intuición que servirá a Pieper para el desarrollo de su pensamiento. Tomás de Aquino escribe: “La vida humana es la vida proporcionada al hombre. Ahora bien, en todo hombre se da en primer lugar la naturaleza sensible, en la cual coincide con los animales; se da además la razón práctica, típica del hombre en una cierta medida, y se da también el entendimiento especulativo, que no alcanza en el hombre la misma perfección que en los ángeles, sino sólo en la medida de la participación que compete al alma. Por tanto la vida contemplativa no es propiamente humana, sino sobrehumana; la vida voluptuosa, que se deja guiar por los apetitos de los bienes sensibles, no es tampoco humana, sino más bien bestial. Por consiguiente la vida que en realidad es la propia del hombre es la vida activa, que consiste en el ejercicio de las virtudes morales”[10].

Esta doctrina de Tomás, de la coincidencia de la perfección humana con el ejercicio de las virtudes morales, está de acuerdo con su tesis de que los actos humanos coinciden con los actos morales, aquellos de los cuales el hombre es dueño y libremente los ejerce[11]. La virtud es un hábito, una segunda naturaleza, mediante la cual el sujeto adquiere la perfección. La virtud es como la máxima expresión de la potencia, un hábito operativo bueno, que no sólo hace bueno el acto que se ejerce, sino que redunda en el sujeto y lo hace bueno. Por esta condición, la virtud se dice ante todo de las virtudes morales. Y en esto se diferencian y superan a las demás virtudes que sólo hacen buena la obra y no al sujeto. El hombre bueno es el que obra conforme a la razón en el orden del actuar. Si la vida humana es la que se guía por la razón práctica, y ésta es la “recta razón” que orienta el nivel moral del sujeto, se sigue que para perfeccionar al hombre hay que ponerle en condiciones de adquirir y ejercer las virtudes morales.

Esto que ya era conquista griega, y aparece en Aristóteles, es asumido por Tomás y aplicado a la vida en todas sus manifestaciones, también a la vida cristiana. Entre los olvidos de la hora moderna hay que contar además del “olvido de Dios” y el “olvido del alma”, el olvido de la virtud. Algunos pensadores americanos advierten esta laguna y dan comienzo a una serie de estudios y de investigaciones en torno a la virtud moral, como un camino seguro de humanización. Es preciso enumerar a Richard Niebur, iniciador de este retorno a la ética de la virtud. Le siguen sus discípulos, entre los cuales hay que citar a Gustafson, a J.X. Crossin, Erikson, y de modo ya más próximo a nosotros al psicólogo Erikson y a A. McIntyre con su obra After Virtue, de 1981, y a Irish Murdoch, a los cuales se han agregado algunos tomistas como Jean Porter y Josef Pieper.

La ética de los deberes deja paso a la ética de las virtudes. Éstas tienen siempre su importancia, aunque algunas parezcan pequeñas. Todas tienen una relación con la prudencia, como ésta la tiene con la “razón recta”. El hombre en plenitud, el hombre humano, no es tanto el que desarrolla las virtudes intelectuales o las habilidades artísticas, cuanto el que cultiva y conquista las virtudes morales, entre las cuales destaca la prudencia. Esta convicción del valor de la ética en la humanización y perfección del hombre coincide con las tesis tomistas. Tomás ha dado mucha importancia al desarrollo perfectivo del hombre. Y no se ha confiado al desarrollo de los preceptos y obligaciones cuanto al profundo anhelo del hombre de conseguir la felicidad y ser arquitecto de sí mismo.

La moral había sido desterrada de los centros de formación. A los filósofos de la modernidad no les parecía materia de enseñanza, ni siquiera en teoría, ese campo de los usos y costumbres culturales, en los cuales creían que no se puede llegar a un saber de tipo científico, demostrable, ni siquiera comunicable a través de la escuela que se apoya en el lenguaje con validez universal. La ética describe pero no prescribe, pensaba Hume. Y tanto en la modernidad como en la posmodernidad lo han seguido por este camino. De hecho la ética queda como discurso, como teoría, pero no como materia de escuela ni como camino de perfección. Los mejores analistas de la situación en que nos encontramos después del 68, concuerdan con la necesidad de volver a recuperar las virtudes. En este horizonte de crisis de la virtud y de la necesidad del retorno con la orientación tomista de la autoconstrucción del sujeto, emerge la figura de Pieper, que se siente muy afín con la intuición de Tomás.

En un libro de bolsillo, que lleva el título, "Ser auténticos. Sirven las virtudes?", Pieper recurre a Tomás para delinear el perfil del hombre en plenitud en el ideal del cristianismo.

“Tomás de Aquino, el gran maestro de la cristiandad occidental, trató de delinear la imagen cristiana del hombre en siete tesis, que se pueden expresar del modo siguiente:
El cristiano es el hombre que mediante la fe penetra en la realidad del Dios-Trinidad.
En la esperanza el cristiano se proyecta hacia la plenitud definitiva de su ser en la Vida Eterna.
En la virtud divina de la caridad el cristiano mantiene hacia Dios y hacia el prójimo una disponibilidad a toda prueba que va muy por encima de la capacidad natural del amor.
El cristiano es prudente, es decir su mirada no se deja engañar por el sí o el no de la voluntad; más bien logra que el sí o el no de la voluntad dependa de la verdad, de cómo son en realidad las cosas.
El cristiano es justo, es capaz de vivir “con los demás” en la verdad; es consciente de ser un miembro de la Iglesia, del pueblo y de la sociedad.
El cristiano es valiente, o mejor dicho aún es fuerte, es decir que por la defensa de la verdad y por amor a la justicia, está dispuesto a dejarse herir y si fuera necesario a afrontar la muerte.
El cristiano es un hombre moderado, es decir que no permite que la tendencia hacia el tener y hacia el placer se convierta en destructiva y contraria a su destino”[12].

Tal es el itinerario tomista del hombre que tiende a la plenitud humana. Tomás lo había trazado como un camino hacia el fin, que en el campo moral tiene la fuerza de los principios y se recorre mediante los actos humanos, que son los morales, reiterados hasta que se logra el hábito de las virtudes, se reciben los dones del Espíritu y el hombre se conforma con Cristo. En Pieper reaparece constantemente esta profunda convicción, que la moral no es algo añadido a la antropología, sino que es doctrina sobre el hombre, en la cual se consigue la imagen auténtica de lo que el hombre es y de lo que debe ser. El ideal del hombre coincide con el ideal del “hombre bueno”, del hombre que conforma su vida con el orden de la razón, con la recta razón que le debe guiar en la existencia. Sólo el hombre que es capaz de hacer coincidir su ideal de humanidad con el de la virtud es capaz de dar sentido a la existencia, aceptando la verdad profunda de su ser, de alimentarse de la verdad no sólo en el orden del pensar sino mejor aún en el de vivir, y en ese anhelo de vivir en la verdad se encuentra en diálogo constante con los demás hombres.

Pero sobre todo la doctrina moral de Tomás de Aquino logra su plena realización sólo en Cristo. No bastan las virtudes naturales para la plenitud. La gracia cristiana da al hombre la posibilidad del ejercicio de las virtudes teologales por las cuales se realiza una simbiosis de la vida humana y la divina. El hombre crece desde dentro y pasa de imagen, a ser hijo de Dios. La síntesis tomista que sólo enuncia las siete virtudes, la explica ampliamente Pieper en su obra Las virtudes fundamentales[13]. Con su ameno estilo de escribir y su profundo modo de pensar, Pieper logra el retorno de esta palabra en desuso con toda la fuerza que tiene en la teología y la moral cristiana.

Apenas hemos esbozado algunas pistas del pensamiento de Pieper y su afinidad con Tomás de Aquino en el terreno del humanismo cristiano. Hay una coincidencia de fondo: la virtud moral es el camino del hombre para lograr su pleno desarrollo. Con todo, Pieper se opone a que se pueda designar su pensamiento como “tomista” y su obra como un “neotomismo ético”, como lo había intentado C. Dominici. Porque todos los “ismos” son falacias, y él no es Tomás de Aquino sino Josef Pieper.

Pero cuando Pieper describe su currículum no puede olvidar a Tomás como su gran maestro. Le inició en la lectura de Tomás un profesor que había sido un tiempo dominico. Le dio a leer el prólogo del evangelio de San Juan, que le costó digerir, pero ya en adelante no pudo olvidar a Tomás. Llevaba consigo siempre algún libro de Tomás, del cual entresacaba pensamientos y así llegó a escribir en 1928 su disertación sobre La fundamentación metafísica de la moral en Tomás de Aquino. Aún en la guerra llevaba en su mochila un tratado de Tomás del cual recogía sentencias que luego daría a la luz con el nombre “El breviario de Tomás”. Cuando llegó a Notre Dame en América y le preguntaban si se había formado en París o en Louvain, él, que presumía de no haber tenido tomistas como maestros, sino sólo haber leído a Tomás, respondía: “Yo vengo de Tomás: Ich komme von Thomas!”.

Participó en las “Semaine des intellectuels” y habló de la esperanza. Intervinieron en la sesión Danielou, Marcel, y Congar. Le escuchaba Teilhard de Chardin, que encontró su exposición poco optimista. Danielou le pidió el texto para publicarlo en su revista “Dieu vivant”, donde apareció con el título “De l´elément negatif dans la philosophie de saint Thomas d´Aquin” (1951). El texto era una prueba más de su estudio constante de Santo Tomás, sin intermediarios, sin la ayuda de los expertos en el tomismo. Pieper lo había leído sin cesar, y lo había asimilado. Su juicio sobre el manual de Gredt, que continuaba a tener ediciones en la editorial Herder, era totalmente negativo, porque estimaba que ese método no servía para acercarse a Tomás sino que llevaba al lector a una región lejana[14].

La lección que nos deja este gran lector de Tomás de Aquino, es la de su creatividad y originalidad en la presentación de la doctrina, con un corte moderno de buen gusto, y con un humanismo cristiano a toda prueba. Puede decirse que es demasiado rígido en el juicio sobre los llamados tomistas y sobre la escuela de Tomás, pero al mismo tiempo es un gran lector de Tomás, de cuyo magisterio ha recogido la lección humanista de las virtudes y de la filosofía cristiana, que ha tratado de trasmitir a nuestra cultura. Por este rasgo de humanista y de arquitecto de lo humano ha tenido muchos oyentes. El narra con satisfacción que a veces las aulas no bastaban para escucharle, porque los alumnos se acercaban a los dos mil.

Al evocar su memoria advertimos que la mejor herencia que nos deja, es la que ha recogido en la escuela del Aquinate, el amor a la verdad y el valor de la doctrina humanista de las virtudes. Una lección muy actual que puede ser el factor de la promoción del hombre en la hora de poner el pie en el tercer milenio.


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[1] Carta publicada en “Gladius”, 41 (1998) p. 169.
[2] J.PIEPER, Thomas von Aquin. Leben und Werke, München, 1958. La traducción española, es de la Editorial Rialp, 1979 con el título: Introducción a Tomás de Aquino.
[3] G.FRACHET, Legenda Fratrum OP, 21.3.
[4] Sap. 7, 13. Cfr. A. DI MAIO, Il concetto di comunicazione, Roma PUG, 1998, p. 314.
[5] SANTO TOMÁS, ST. II.II. q. 11.a.3: “multo magis haeretici, statin ex quo de haeresi convincuntur, possunt non solum excomunicari, sed et iuste occidi”.
[6] Cfr. A. LOBATO, Anima quasi horizon et confinium, en el vol. De AA.VV. “L´anima nell´antropologia di S. Tommaso d´Aquino”, Massimo, Milano, 1987 ‘[Studia PUST. Nº 28].
[7] Tal es la hermosa definición neoplatónica, recordada por el Liber de causis, “Ratio oritur in umbra intelligentiae” Prop. 15.
[8] SANTO TOMÁS, SCG. III, 48.
[9] J.PIEPER. Verteidigunsrede für Philosophie, München, 1966, p. 132.
[10] SANTO TOMÁS, QD. De Virtutibus, 1.
[11] SANTO TOMÁS, ST,I.II, 1,3: “Nam idem sunt actus morales et actus hominis”.
[12] J.PIEPER, Essere autentici. Servono le virtù?. Città nuovam editrice, Roma, 1993.
[13] J.PIEPER, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid, 1998.
[14] Cfr. W. FISCHGES, Zur Anthropologie des Thommas von Aquin bei Joseph Pieper. Tesina de Licencia, hecha en el Angelicum, Roma, 1994. En Apéndice se inserta un “Gespräch mit Prof. Dr. Joseph Pieper” que el estudiante grabó en la casa del Profesor.




martes 3 de noviembre de 2009

El camino de la ciencia en la modernidad - Mario Caponnetto

El camino de la ciencia en la modernidad
Dr. Mario Caponnetto


Estimados:

Los invitamos a participar del próximo Café Filosófico, a realizarse el sábado 7 de Noviembre a partir de las 10 de la mañana en el Multiespacio Cultural EL CAMINO, sito en Av. Luro 4344 – 1º Piso, de nuestra ciudad de Mar del Plata.

El tema que convoca en esta oportunidad es “El camino de la ciencia en la modernidad”, a cargo del Dr. Mario Caponnetto, en el marco del Curso sobre Historia del Pensamiento Moderno que dicta el Centro Pieper este año, bajo el lema: “Pasión por la verdad”.

Los interesados pueden inscribirse directamente en el Multiespacio Cultural EL CAMINO, unos minutos antes del inicio del Café Filosófico.

Para mayor información, pueden llamar por teléfono al (0223) 495-0465 ó (0223) 154-36-3298.


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Para conocer la programación completa del Curso:


Para leer, antes del Café Filosófico:


Para saber quién es el Dr. Mario Caponnetto:
Profesor: Mario Caponnetto


Para conocer la actividad del Dr. Caponnetto el día viernes 6:
La Contemplación - Mario Caponnetto

Los esperamos.