lunes, 17 de septiembre de 2012

Tres Notas sobre la Ideología en un Texto de Rubén Calderón Bouchet - Ernesto Alonso

Tres Notas sobre la Ideología en un Texto de Rubén Calderón Bouchet
A propósito de “La Valija Vacía
Ernesto R. Alonso Larrégola


En los tiempos de confusión y miseria espiritual que corren, cuando muchos habían ya profetizado la muerte de las ideologías, qué invalorable es hallar, todavía hoy, un lenguaje unívoco, claro, elegante y verdaderamente católico, que denuncia la vigencia de sus notas esenciales. Esta impresión la tuve al re-leer algunos buenos pasajes, entre otros, del libro La Valija Vacía del profesor y maestro mendocino Rubén Calderón Bouchet. Al referirse, en el capítulo IV, a la Iglesia frente a la Ideología dice el autor:

Asumir la defensa de la `Ciudad de Dios` en el actual discurso de los tiempos es una empresa demasiado ardua y muy por encima de nuestras fuerzas si no confiáramos, como (San) Agustín, en la ayuda de Dios y en el hecho, tantas veces corroborado por la historia, de que la verdad resiste a los soberbios y a la obra de quienes siguen solamente la inspiración de su “libido dominandi”. La faena de aquellos que siembran iniquidad, por muy brillante que parezcan sus triunfos inmediatos, es tarea de muertos y desde ya podemos asegurar que han perdido, si efectivamente, como pensamos, nuestra fe en la Redención ha vencido las miserias de la caducidad” (p 51).

Y a continuación, agrega:

De la ciudad terrena, que hoy lleva el nombre más moderno de Ideología, proceden los enemigos contra los cuales debemos defender la ciudad de Dios y aunque éstos aparezcan adornados con los oropeles de una falsa sabiduría, de una ciencia arrancada de sus quicios y de una política que ha perdido su ordenamiento a los fines sobrenaturales del hombre, debemos saber que esos son los atributos del espíritu soberbio que busca su complacencia en los desórdenes sembrados por su demasía” (Ibidem).

Magníficos textos, en verdad, sobre todo este último en el que pueden recogerse tres notas de la Ideología, escrita así con mayúscula, no obstante la variedad de versiones que, aunque parezcan contrarias, provienen de un tronco común.

En primer término, una falsa sabiduría que no es otra cosa sino la pseudo-espiritualidad o pesudo-mística de carácter gnóstico, humanista y naturalista que vemos por todos lados. Por citar solo uno de los múltiples ejemplos de este fenómeno puede constatarse la sobreabundancia de literatura sobre auto-ayuda, energía espiritual, liberación interior, al estilo de textos como “El Libro de las Siete Revelaciones”, “Cultiva tu Espiritualidad. Renovando tu energía interior”. Éstos no son sino apenas dos granos minúsculos en una inmensa montaña de basura intelectual y moral malamente destinada a mitigar una inacabable sed de infinito que no podrá ser saciada sino con la Revelación del Dios Vivo.

La segunda nota, que señala Calderón Bouchet, es una ciencia arrancada de sus quicios. Una ciencia que, al decir de las mejores inteligencias que han visto el fenómeno, se está volviendo contra el hombre cuando más proclama que está trabajando a favor del hombre. A mayor desarrollo tecnológico es inexorable que el medio ambiente, natural y humano, deba pagar un precio cada vez más alto en términos de degradación y muerte. Sobre todo, pienso aquí en los alcances y los límites de la biotecnología. Alcances y límites que no provienen sólo del desarrollo intrínseco de la tecnología sino también, y sobre todo, del orden moral que ha de regir dicho desarrollo si de verdad se pretende un progreso a la medida del hombre.

Con todo, es preciso tener presente que la ciencia y la técnica actuales están atravesadas por una terrible paradoja. Por un lado dicen promover formas de vida más dignas, mejores estándares de calidad, reaseguros para evitar el dolor y el sufrimiento considerados hoy como inútiles. Pero por otra parte esa ciencia poderosa no duda en privar de vida a los ancianos y en evitar el nacimiento de niños, con deformaciones o sin ellas. Este poder de decisión sobre la vida y la muerte que la ciencia actual se ha arrogado no tiene precedentes y me recuerda aquella sentencia tremenda, referida a los tiempos últimos, que dice que sobrevendrá tal confusión que se llamará bueno a lo que es malo y se condenará como mal a lo que de verdad es un bien.

Por último, la tercera nota de la Ideología, se refiere a una política que ha perdido su ordenamiento a los fines sobrenaturales del hombre. Que un autor católico y argentino hable hoy de “fines sobrenaturales” como fines que ha de respetar y promover la política es una verdad en la que no creen ni los Obispos ni los curas, en primer lugar. En segundo término, animarse a decir públicamente estas verdades no es sino el pasaporte, expedito y seguro, al ostracismo intelectual, académico y editorial. Sería la mejor forma - o la peor, no se sabe - de convertirse en un digno “eremita urbano”, al decir del Padre Castellani.

Ni siquiera fines medianamente humanos tiene la política actual como para pensar en la posibilidad de fines allende el orden natural. Si la política actual está al servicio de la “cultura de la muerte”, del “imperialismo internacional del dinero”, de la “deificación de la mayoría y del soberano”, de la “validez y posibilidad de todas las opiniones” en contra, decididamente, de la verdad y del bien común; luego, entonces, ni imaginar se puede tan siquiera una política como ciencia arquitectónica de la polis dependiente de la ética. La política se ha desnaturalizado gravemente en razón de servir a intereses particulares, que están muy lejos de cualquier ordenamiento al bien común, categoría que es hoy una antigualla. Las políticas públicas, las finanzas, los intereses de partidos, la pluralidad de opiniones sobre temas decisivos; todas estas realidades deben subordinarse a una concepción y a una práctica de la política iluminada por una ética de los fines y bienes proporcionados a la naturaleza y a los fines del hombre mismo. De otro modo el todo se diluye y aquellas partes que debieran subordinarse al todo, se insubordinan y adquieren una dirección desproporcionada, cuando no decididamente mala.

Por fin, y para cerrar este comentario, quisiera citar un último pasaje de Calderón Bouchet que me impresionó muy bien. Dice así:

El liberalismo, el socialismo, el comunismo, las sociedades secretas, el biblismo y los clérigos liberales son calificados de pestilenciales y condenados reiteradamente por los diferentes Papas de la época. En el fondo son las diversas caras del ideologismo que seducen a unos y a otros ofreciéndoles lo que más aman y destruyendo las instituciones que se oponen al disfrute de esas inclinaciones” (p. 84).

Calderón Bouchet comenta aquí un pasaje del Syllabus de Pío IX sobre los errores modernos. Retengo como importante el `ofrecer a alguien lo que más ama´ como estrategia y táctica de seducción y corrupción. Muy buena y penetrante observación psicológico-moral que da cuenta de los resortes que toca el pensamiento revolucionario para ganar a sus adeptos y promotores. Está claro que no ha de ofrecer a aquéllos ni la verdad, ni el bien humilde, ni el sacrificio de una vida oculta ni mucho menos el martirio a favor de Cristo. Está claro, sobre todo, que ofrece aquellos deseos propios de un corazón infatuado, lleno de petulancias y arrogancias, henchido de soberbia y goce por esta vida. En esos hombres malvados no mora el amor por la verdad ni menos aún la mirada esperanzada puesta en los bienes del mundo futuro.

Desde luego que quien con pasión extrema se entrega a los reclamos exigentes de un corazón mundano buscará quitar todos los obstáculos que impidan la consecución del poder absoluto en desmedro del bien espiritual. Y así, la Iglesia, cuando se comporta como Cristo desea, se convierte en el principal obstáculo para aquéllos reclamos. Luego, por esta misma razón, es el enemigo a quien la Ideología habrá de combatir a muerte. No queda otra. Porque la Iglesia es una luz demasiado nítida que disuelve sin vacilaciones la oscuridad de ideólogos y de católicos traidores; porque es una voz demasiado auténtica como para que oídos torvos puedan escucharla sin caer frente a la visión espantosa de sus pecados y miserias. Por eso, porque reprocha y acusa la conciencia espuria, por eso la Iglesia de Cristo, la verdadera Esposa, ha de ser combatida y si fuera posible, eliminada de la faz de la tierra.



Buenos Aires, Febrero de 2008




 

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