sábado, 30 de noviembre de 2013

Las soledades del hombre según Héctor Brunamontini - Nicolás Martínez Sáez

Las soledades del hombre según Héctor Brunamontini
Prof. Nicolás Martínez Sáez


En el Blog “Migajas de la Filosofía” de Nicolás Martínez Sáez encontramos extractadas unas enseñanzas del querido Héctor Brunamontini sobre diversos tipos de soledad. A continuación transcribimos el artículo, con algunas leves modificaciones al estilo (los resaltados son nuestros), respetando cuidadosamente el sentido último de su enseñanza.


En una de sus meditaciones filosóficas el Prof. Héctor Brunamontini nos explicó “las soledades del hombre”. Aquí dejo un extracto:


De todo se nos puede privar, se nos puede encadenar, pero hay algo de lo que no se nos puede privar que es de la «interioridad». En esa interioridad encontramos, en el centro, la libertad; pero también habitan dos grandes posibilidades del hombre, cuyo ejercicio, cuya praxis, cuya canalización, muchos hombres, [o] no la hacen, o la hacen muy pocas veces en su vida: [nos referimos a] la soledad y el silencio.

Normalmente, cuando hablamos de la soledad nos estamos refiriendo a la soledad en un [único] sentido, no digo peyorativo sino en un sentido restrictivo. Entendemos normalmente por soledad… el aislamiento. El aislamiento también es una posibilidad para muchos hombres, pero la soledad puede presentarse en una forma plurifacética: hay [según creo] cuatro formas de soledad.

Sobre esto he trabajado durante un tiempo: es una mínima cosecha, una mínima conquista. [Y] hasta ahora, cuando he hablado [de este tema], nadie me ha criticado a fondo.

La soledad tiene [entonces] cuatro formas de manifestarse. 

La primera soledad es la soledad de nuestro ser esencial. El hombre, decía Ortega, es soledad, soledad radical. La soledad del ser mismo del hombre. Esta soledad la podríamos llamar la «soledad primera», la soledad originaria del hombre.

Luego está la soledad del aislamiento, lo que podríamos denominar la «soledumbre», por analogía con la pesadumbre. Es la soledad no conquistada, la soledad no querida; [se trata de] la soledad sufrida, la soledad que nos embarga, que nos golpea no por propia voluntad, no por haberla buscado, sino porque nos adviene de alguna manera desde afuera. Nos adviene del ambiente, nos adviene de la sociedad, nos adviene del lugar de la convivencia, nos adviene a veces de los propios lugares de amparo, de la propia casa. Es [por ejemplo] la soledad del exiliado, la soledad del marginado, la soledad de estos que todavía algunos llaman la resaca del mundo [y] que son los viejos. Para el común de la gente el que no es útil, el que aparentemente no sirve para nada, no tiene ya que ocupar un lugar. Es [también] la soledad del enfermo terminal, que se lo rodea de aparatos, pero al que no le llega, a lo mejor, el consuelo de una mano o una palabra amiga.

Luego está la soledad real, la soledad buscada, la soledad querida, la soledad que es al mismo tiempo la base de toda alteridad. Porque solamente el que está solo puede [llegar a] darse cuenta de lo que vale lo demás para él. Solamente el que es capaz de refugiarse en sí mismo es capaz de salir de sí mismo hacia el otro, reconociéndolo y amándolo. Esto lo ha dicho como nadie Zubiri, el gran pensador español: «cuando el hombre está solo es cuando tiene la posibilidad de estar realmente acompañado. Porque cuando el hombre está solo siente pasar por el fondo de su alma, como sombras silenciosas, todo lo otro en tanto que le falta». Por eso es que, en la soledad, el amor profundo, el amor que ya no tiene posibilidades de mostración o demostración externa, es el amor conservado por aquél que ha desaparecido y que nos hace darnos cuenta de su valor. Es decir, [es] en esa soledad [que] nos damos cuenta de lo que valía. A veces -la mayor parte de las veces-, alguien tiene que tomar esta distancia o alguien es obligado a tomar esta distancia frente a nosotros, para darnos cuenta de lo que su presencia en el mundo significa. Esta es la «soledad creadora», la soledad que nos abre a los otros, que nos abre a nosotros mismos, que nos abre al Otro absoluto.

Y existe [finalmente] la soledad última que es la de la muerte, que es la que decía Unamuno que estamos tan solos que ni siquiera estamos a solas con nosotros mismos”.






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Puede escuchar el audio de dos Conferencias del Prof. Brunamontini en los siguientes enlaces:


Los Primeros Pensadores Griegos - Héctor Brunamontini


Platón y el Destino Trágico del Hombre - Héctor Brunamontini





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