
Mons. Héctor Aguer
Lúcida reflexión del Arzobispo Aguer ante la próxima visita del Papa León XIV a la Argentina.
Ante la próxima visita del Papa León XIV a nuestra Argentina, debemos pedirle al Señor que ella sirva, plenamente, para que el Sumo Pontífice, nos confirme en la Fe. Porque ésa es, sobre todo, la misión del Sucesor de Pedro, según el mandato del propio Jesucristo: Yo he rogado por ti para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos (Lc 22, 32). También, nosotros, debemos pedirle al Señor, auméntanos la fe (Lc 17, 5). Siempre deben interpelarnos las palabras de Cristo: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lc 18, 8).
Oración, penitencia y limosna son los medios que todos los católicos tenemos a nuestro alcance. Y que, en estos días, debemos intensificar, de cara al anunciado viaje. Muy oportuno sería implorarle a Dios que nos libre de meras miradas sociológicas o políticas, sin referencias sobrenaturales. Los frutos de esas jornadas de noviembre solo los cosechará el Señor, con sus tiempos y sus modos. No está en nosotros calcularlos con cifras y estadísticas. La labor silenciosa de Dios en las almas no puede medirse por el número de concurrentes a los estadios, ni a los actos o celebraciones masivos.
Es evidente, de cualquier modo, que León XIV no encontrará a su paso aquel Paraíso –según sus propias palabras– que halló el entonces Cardenal Eugenio Pacelli, luego Papa Pío XII, en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, de octubre de 1934. No será el caso, tampoco, de establecer comparaciones con el baño de multitudes que recibió San Juan Pablo II, en sus dos visitas a nuestro país, en 1982 y 1987. León XIV se encontrará con otra Argentina, crecientemente degradada espiritual y materialmente. Y con una Iglesia que ha visto descender, de manera alarmante, en los últimos años –especialmente, desde 2013– su número de fieles, y la práctica religiosa.
Es oportuno, entonces, casi 40 años después, volver a meditar sobre las palabras de San Juan Pablo II, en la Misa para los consagrados, que celebró en Buenos Aires, el 10 de abril de 1987. Allí, el Papa polaco nos hizo un apremiante llamado: ¡Iglesia en Argentina! «Levántate y resplandece, porque ha llegad? tu luz, y la gloria del Señor alborea sobre ti» (cf. Is 60, 1). Es evidente, cuatro décadas después, que ésa es una tarea a cumplir. Atrapada en distintas trampas ideológicas, buena parte de la jerarquía eclesial argentina ha diluido el mensaje evangélico; y asiste impávida a la sangría permanente de fieles. Debe conmovernos saber que, en 1960, el 90 por ciento de los argentinos se declaraba católico; hoy apenas lo hace el 57 por ciento. Y se sigue en caída libre.
Haber dejado el anuncio valiente, firme y profético de Jesucristo, y centrarse casi exclusivamente en lo “político y social”, hizo que una infinidad de bautizados se pasasen a distintas denominaciones evangélicas. Y, peor aún, que otros tantos engrosaran el número de los que se presentan como sin identificación religiosa, o con una “religión” fabricada a medida. Ni de lejos en nuestro país la fe se hizo cultura. Las palabras episcopales, ancladas en lo que he denominado “extremismo de centro” (para no quedar mal ni con la “derecha”, ni con la “izquierda”), no tienen la más mínima repercusión; más allá de algunos chisporroteos políticos. Y, en los últimos años, como consecuencia del creciente sesgo progresista, se ha renunciado en la práctica a levantar la voz, decididamente, en defensa de la vida, el matrimonio y la familia, por considerarlos “temas de la derecha”. Los llamados “nuevos paradigmas” campean a sus anchas por las diócesis. Y como ha ocurrido en lo económico, también en lo eclesial tenemos “hiperinflación” de obispos. Desde 2013, por ejemplo, se multiplicó el número de obispos auxiliares, bastante jóvenes, identificados con la línea del Pontificado anterior.
La “teología de la liberación”, su versión nativa de la “teología del pueblo” y el “tercermundismo” (denunciado, proféticamente, en su libro “La Iglesia clandestina”, por Carlos Alberto Sacheri; asesinado por terroristas del Ejército Revolucionario del Pueblo) hicieron estragos en la Iglesia que peregrina en Argentina. Vaciaron conventos y seminarios; impulsaron masivas deserciones en el clero y la vida religiosa; relajaron la disciplina de los claustros y hasta arrastraron a la violencia armada a jóvenes de parroquias. Seminarios que se destacaron por su fidelidad y sana doctrina, como los de San Rafael y San Luis han sido cerrados. Y otros que intentaron formar, igualmente, sacerdotes viriles, íntegros, fervorosos y misioneros, han sido desnaturalizados, y hoy se debaten entre el naufragio y la muy probable desaparición. Hay diócesis que tienen más obispos que seminaristas.
El modelo “asambleario”, que conoció la Iglesia porteña sobre el final del siglo XX y la primera década de este siglo XXI, ha sido exportado a la Iglesia universal, con la tan declamada “sinodalidad”. Ya casi ni se habla de Iglesia comunión. Y se asiste, con estupor, a los crecientes desafíos de la iglesia alemana –y otras– contra la sana doctrina y la disciplina. ¿Se busca avanzar hacia una “federación de iglesias nacionales”? ¿Quiere imitarse, acaso, a los anglicanos, que parecen dirigirse, decididamente, hacia su extinción? Que el Señor ilumine al Papa León XIV para que se ponga coto a este permanente estado deliberativo. La Iglesia no está para “votar” una nueva fe, sino para cumplir la Voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la Verdad (1 Tm 2, 4).
Otro gran reto que el Papa tiene por delante es confirmar, con claridad, la enseñanza de la Iglesia sobre los valores no negociables, sobre el principio y fin natural de la vida; el matrimonio y la familia; la libertad de los padres para elegir libremente la educación para sus hijos, y el bien común. No será fácil, por cierto, salvar tantas consecuencias gravísimas de documentos como Amoris laetitia, Traditionis custodes y Fiducia supplicans, entre otros.
Ayer, hoy y siempre, la verdadera reforma de la Iglesia la hacen, con la gracia de Dios, los confesores y los mártires. El 22 de este mes, al ordenar 14 sacerdotes en la diócesis de Makurdi, en el estado de Benue, en Nigeria, el arzobispo de San Francisco (Estados Unidos), Monseñor Salvatore Cordileone, enfatizó que “Occidente necesita no solo la voz de África, sino también su testimonio, en particular el testimonio de Nigeria”. Allí se cumple, una vez más, aquello de Tertuliano: “Sangre de mártires, semilla de nuevos cristianos”. África será, en el siglo XXII, el continente con mayor número de católicos del mundo. Allí, en verdad, la Iglesia se levanta y resplandece.–
+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata
Buenos Aires, sábado 29 de agosto de 2026.
Martirio de San Juan Bautista.-
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