P. Francisco Leocata
La “voluntad de inmanencia” caracteriza las formas iluministas de pensar. Por ello, Francisco Leocata [1] inicia su recorrido con un rápido panorama del siglo de las luces, momento clave de la ruptura entre buena parte del pensamiento moderno y el cristianismo.
1. Orígenes del Iluminismo
En la historia del pensamiento, como en cualquier otra historia, —se ha dicho ya tantas veces— es imposible trazar líneas divisorias tajantes. No es difícil, sin embargo, acordar que el siglo XVIII, también llamado “siglo de las luces”, señala un punto crítico en la relación entre el cristianismo y el mundo occidental. Las consecuencias de ese trance están a la vista en nuestro tiempo. No hay que olvidar, por supuesto, que en esa encrucijada intervinieron muchos factores de diversa índole, que no pueden reducirse simplemente a los filosófico-teológicos. Pero eso no quita legitimidad a nuestro propósito, que es el de detenernos en estos últimos a fin de detectar el significado inteligible de cuanto ha acontecido.
El Iluminismo se siente a sí mismo como una emancipación. Y en buena medida se trata de una emancipación de toda revelación divina, acompañada de una celosa custodia de la autonomía humana. Esta batalla tuvo sus comienzos remotos en el mismo Medioevo y, más próximamente, en el Renacimiento italiano. Su protagonista es un movimiento polifacético, imposible de reducir a una unidad totalmente armónica, pero no menos dotado de una unidad fundamental de propósitos. El mismo nombre que adoptó más tarde declara su explícita intención de disipar las tinieblas de los siglos precedentes y de comenzar una nueva era.
Ya a fines de la Edad Media asistimos al considerable éxito del nominalismo. Es ésta una posición gnoseológica antimetafísica que, con el pretexto de valorizar lo concreto, niega el momento universal de cada cosa: su esencia. Todo lo que conocemos sería estrictamente individual y lo que llamamos esencias serían, o bien una elaboración de nuestra mente para facilitar la ordenación de los conocimientos, o bien una mera palabra, un nombre con el que simbolizamos las cosas concretas.
Esta tesis encierra al menos dos consecuencias de la mayor importancia. La primera es que no hay una verdadera intelección por la que nuestra mente cale en la interioridad de las cosas para descubrir, aun sin agotarlo, su sentido. La otra, de orden moral y político, es que los hechos singulares tienen la primacía sobre las normas universales de conducta y sobre los valores ideales. Por la primera consecuencia se cierra la puerta a la metafísica. Por la segunda, se la abre a la victoria del poder sobre la norma racional. Ambas irán a formar parte, con variantes, del bagaje iluminista.

























