
P. Ángel David Martín Rubio
Reproducimos por su interés –en nuestro Blog del Centro Pieper– este muy recomendable Artículo del Sacerdote Español P. Rubio [1]. ¡Feliz fiesta del Sagrado Corazón de Jesús para todos!
[DesdeMiCampanario/CentroPieper] Hablando de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús dijo el papa Pío XI que es «la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia» (Miserentissimus Redemptor, 3). La razón estriba en que, cuando no se limita a actos concretos, proporciona mayor facilidad en el conocimiento total de Cristo; mayor eficacia en el amor a Él y mayor eficacia en la imitación.
Una bandera discutida
Aunque las realidades más tarde significadas en esta devoción eran reconocidas y practicadas por todos desde los primeros siglos de vida de la Iglesia, hay que esperar a un momento histórico concreto para reconocer la formulación específica de dicha norma de vida.
La aparición de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tal y como ha llegado hasta nuestros días ocurre en el momento en que se produce el enfriamiento de la caridad cristiana con el indiferentismo religioso promovido por las filosofías ateas y el naturalismo, al tiempo que la herejía jansenista alejaba del amor a Dios y de las prácticas sacramentales a los propios católicos que eran arrojados en brazos del laxismo moral por obra de un rigorismo impracticable.
Esta devoción adquiere sus modalidades típicas de consagración y reparación a través de las revelaciones comunicadas en Paray-le-Monial (Francia) a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, que contó con el apoyo infatigable de San Claudio de La Colombière y de otros padres de la Compañía de Jesús. En España, los orígenes de la devoción están ligados a las revelaciones de que fue objeto el Beato Bernardo de Hoyos (1711- 1735) y a la actividad del grupo formado, junto a él, por los también jesuitas Loyola, Cardaveraz y Calatayud.
En una carta del 28 de Octubre de 1733, el padre Hoyos decía que en la acción de gracias después de haber comulgado:
«pedí la extensión del Reino del mismo Corazón sagrado en España, y entendí que se me otorgaba. Y con el gozo dulcísimo que me causó esta noticia quedó el alma como sepultada en el Corazón divino, en aquel paso que llaman sepultura. Muchas y repetidas veces he sentido estos asaltos de amor en estos días, dilatándose tanto en deseos mi pobre corazón que piensa extender en el Nuevo Mundo el amor de su amado Corazón de Jesús, y todo el universo se le hace poco».
El 14 de mayo de 1733, fiesta de la Ascensión, escribe el padre Hoyos:
«Dióseme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo, sino que, por mí, las gustasen otros… Y pidiendo [yo] esta fiesta en especial para España, en que ni aun memoria hay de ella, me dijo Jesús: Reinaré en España, y con más veneración que en otras partes».
Después de celebrar él mismo la primera fiesta en honor del Sagrado Corazón, comenzó a difundir la imagen, algunas preces, la comunión de los primeros viernes y, en junio de 1735, tuvo lugar la primera novena y fiesta pública en la capilla contigua al actual Santuario Nacional de la Gran Promesa (Valladolid).
Tanto en Francia y España como en los demás países, la naciente devoción encontró la acerba oposición de jansenistas, galicanos o regalistas, así como del pujante pensamiento iluminista. Los jansenistas desnaturalizaban la idea de esta devoción, falseaban su origen y calumniaban a quienes propagan este culto, llamados con desprecio cordícolas y alacoquistas. Expresión de estos ataques era una hoja-panfleto semanal, titulada Les Nouvelles Eclésiastiques y publicada desde 1730 a 1789 que llenaba de injurias y calumnias, sobre todo, a los jesuitas. Con razón hablaba el Padre Loyola de «la desecha furia de tantas y tan terribles persecuciones» [2]. Y refiriéndose a la época en que fue suprimida en España la Compañía la define así el padre Ugarte:
«mas reinaba en un tiempo en que, disponiéndolo Dios así, iban a hacer causa común para los impíos el amor o el odio al Corazón y a la Compañía de Jesús; en un tiempo de autores tan ignorantes y trabucados, que no hacían escrúpulo de colocar y combatir en una misma línea la devoción al Corazón de Jesús, el probabilismo y el regicidio, con otras sandeces por el estilo» [3].
Con la extinción de la Compañía y los aciagos días de la Revolución Francesa, también la devoción al Sagrado Corazón tuvo su período de catacumbas hasta que en el siglo XIX cobró un impulso que no habría ya de extinguirse hasta el posconcilio.
Devoción al Sagrado Corazón y pensamiento contrarrevolucionario
La Cristiandad –desaparecida definitivamente en su calidad de orden universal a partir de la Paz de Westfalia (1648), y eclipsada de la estructura política de las naciones desde la Revolución Francesa y las respectivas revoluciones liberales– se mantiene durante siglos con fuerza en el horizonte del pensamiento y la actividad contrarrevolucionaria. Y uno de los estandartes, signo y emblema de esa Cristiandad superviviente, empeñada en la nueva Cruzada de instaurar todas las cosas en Cristo, será el Sagrado Corazón de Jesús.
Ya el origen de la devoción en los siglos XVII y XVIII coincide con el momento previo al asalto de la ofensiva revolucionaria contra los últimos baluartes de la Cristiandad. La agresión, incoada en esta etapa por el Iluminismo y la Revolución Francesa, y continuada por liberales y socialistas acabará desembocando en la ideología hoy dominante: una mezcla de relativismo moral, liberalismo económico y dirigismo estatal, llena de eficacia demoledora.
En el siglo XVIII, regalistas y jansenistas; después jacobinos, liberales, masones y socialistas; en nuestros días modernistas y liberacionistas de diverso pelaje… La devoción al Sagrado Corazón tuvo siempre grandes enemigos, sobre todo entre aquéllos que pretendían representar las más originales esencias del cristianismo e incluso ocupaban altos cargos eclesiásticos. Por el contrario, el verdadero pueblo católico la abrazó con fervoroso entusiasmo. Mártires y cruzados del Sagrado Corazón fueron, entre otros, los miles de católicos masacrados en la Vandea por los revolucionarios franceses, los carlistas españoles que combatieron en varias guerras sucesivas, el presidente de Ecuador García Moreno, los cristeros mejicanos, los mártires de nuestra última persecución religiosa y los Caídos de la Guerra española del 36.
Incluso quienes analizan el fenómeno desde una perspectiva crítica reconocen que en la devoción al Corazón de Jesús, tal y como se ha plasmado históricamente, se han unido de manera inseparable la religiosidad interior y la restauración cristiana de la sociedad [4]. El magisterio episcopal que se ocupaba de la cuestión solía al mismo tiempo advertir a los católicos que no debían conformarse con una recristianización oficial, ya que resultaba necesario esforzarse para que Cristo reinara efectivamente en todos los corazones y que ese reinado se exteriorizara en los diversos ámbitos de la vida. Así, en la fiesta de Cristo Rey de 1932, se defendía en las páginas de un diario legitimista que la Gran Promesa habría de llegar por medio de la oración y de la plegaria pero también:
«con la viril decisión, con la intensidad, con la energía y los procedimientos acordes con el ataque recibido. El pueblo católico español de este primer tercio del siglo XX debe pensar que no es provocador, sino agredido, porque se busca la extinción de su fe envenenando el alma de sus hijos, pudriendo la generación venidera a favor de un laicismo sin entrañas ¿Cuándo mejor que ahora para ofrendar a Cristo-Rey nuestra adhesión y nuestro amor?» [5].
Todas estas manifestaciones –diversas en el tiempo, en el espacio y en la identidad de sus protagonistas– tienen en común haber reivindicado de manera efectiva la obligación que tenemos de sustentar también el orden temporal sobre la Revelación. Todas son herencia inseparable de la devoción al Corazón que prometió al Beato Hoyos reinar en España y había pedido a Santa Margarita María de Alacoque ser enarbolado en las banderas del rey de Francia Luis XIV:
«Haz saber al hijo mayor de mi Sagrado Corazón, que así como se obtuvo su nacimiento temporal por la devoción a los méritos de mi Sagrada Infancia, así alcanzará su nacimiento a la gracia y a la gloria eterna, por la consagración que haga de su persona a mi Corazón adorable, que quiere alcanzar victoria sobre el suyo, por su medio sobre los de los grandes de la tierra. Quiere reinar en su palacio, y estar pintado en sus estandartes y grabado en sus armas para que queden triunfantes de todos sus enemigos, abatiendo a sus pies a esas cabezas orgullosas y soberbias, a fin de que quede victorioso de todos los enemigos de la Iglesia» [6].
En una carta a la Madre Saumaise decía Santa Margarita:
«El Padre eterno, queriendo reparar las amarguras y angustias que el adorable Corazón de su Divino Hijo sintió en las casas de los príncipes de la tierra, en medio de las humillaciones y ultrajes de su Pasión, quiere establecer su imperio en la corte de nuestro gran monarca, de quien desea servirse para la ejecución de este designio…».
Luis XIV no hizo esta consagración, aunque años después un descendiente suyo, Luis XVI, estando ya en prisión, hizo un Voto por el que consagraba al Divino Corazón su persona, su familia y todo su pueblo.
Ya en época más cercana a nosotros, las entronizaciones y consagraciones públicas han sido una de las formas privilegiadas de la devoción al Sagrado Corazón enraizada al mismo tiempo en las expresiones del pensamiento revolucionario.
En España esta modalidad aparece en los años difíciles de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Su apóstol, peruano de sangre española, el padre Mateo Crawley (1875-1960), religioso de los Sagrados Corazones, encontró las mejores disposiciones y auxiliares para su grandioso designio. Fue ingente la tarea desarrollada y los frutos conseguidos en aquellos años hasta culminar en el acto de 1919 en el Cerro de los Ángeles.
En dicho lugar, centro geográfico de la Península Ibérica, junto a un Monasterio de Madres Carmelitas que había de ser lámpara permanente de oración por España, se elevó un monumento al Sagrado Corazón cargado de simbolismo, ante el cual el rey Alfonso XIII realizaba la consagración de nuestra Patria el 30 de mayo de 1919. Aquel acto solemne en el que participaron los reyes, el gobierno entero, las jerarquías de la Iglesia y una inmensa multitud era la culminación de un secular deseo de los católicos de que España fuese toda de Jesucristo y para siempre y, de hecho, siguieron una multitud de consagraciones de familias, pueblos y ciudades ante estatuas del Corazón de Jesús erigidas en colinas, torres y pedestales.
Sin embargo, el acto protagonizado por Alfonso XIII no pudo desprenderse del radical equívoco sobre el que se sostenía el sistema inaugurado en la restauración canovista. Aunque la consagración se hizo, no experimentó ninguna modificación el orden político en el que una nominal declaración de confesionalidad se hacía compatible con la proliferación de sectas y la libertad de propaganda para el más corrosivo laicismo. Así, el secularismo español, agresivo y triunfante desde los orígenes del liberalismo, había conseguido alcanzar un modus vivendi con la Iglesia Católica que, para los sectores revolucionarios, era visto como un compromiso que debía sucumbir entre las ruinas del Estado y la sociedad. Por eso la escena de 1919 es inseparable de aquella otra de los milicianos fusilando y dinamitando la imagen del Sagrado Corazón, trágica expresión de la persecución religiosa en España.
De todo lo dicho podemos deducir que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, nació y se extendió vinculada a una corriente de pensamiento puramente católico. En dicha tendencia se descubre una continuidad que va desde su oposición al jansenismo en el siglo XVIII, al liberalismo y al socialismo-comunismo en los siglos XIX y XX, sosteniendo al mismo tiempo una doctrina social en la que es unánime la convicción de que la única alternativa posible a la revolución es la recristianización.
Hablamos de pensamiento contrarrevolucionario, aunque el término expresa demasiado frontalmente la dimensión de rechazo que no es exclusiva ni debería ser predominante, para referirnos a una corriente que puede definirse –como hacen Sandoval y Ayuso– a partir de un concepto análogo que se construye sobre tres nociones: reacción, catolicidad y tradición [7].
Una profunda crisis de identidad
A la luz de esta identificación se entiende que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, inseparable de formulaciones como la del Reinado Social, entrara en una profunda crisis cuando ideas inspiradas en el neo-modernismo condenado por la «Humani Generis» de Pío XII se hicieron predominantes en el discurso oficial sostenido a partir del Concilio Vaticano II.
Al tiempo que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús sobrevivía como elemento de identidad de quienes se resistían a aceptar el devenir posconciliar, otros trataban de renovar (aggiornare en terminología de la época) dicha teología adaptándola a un nuevo marco en el que nociones como ecumenismo y libertad religiosa han reemplazado a los viejos conceptos tan vinculados a la doctrina católica y al sentido histórico de esta devoción.
Ya en la citada «Humani generis» se condenó anticipadamente a los representantes de la Nueva Teología del Corazón de Jesús al censurar el sentimentalismo (Dz 2324) que es una degeneración del sentimiento cuando no se lo contempla en la totalidad del hombre. En el fondo del hombre hay una relación esencial con su razón, y en el fondo de la razón hay una esencia que, aunque es creada, participa de lo absoluto. Se pone así de relieve la relación de consecuencia entre el escepticismo, existencialismo, perpetuo devenir y sentimentalismo, deriva lógica cuando se niega la dependencia de todo lo antropológico respecto a lo divino para acabar subrayando lo que, posteriormente, se llamará autonomía de las realidades temporales [8].
El giro antropológico de la teología atribuido por los apologetas de la Nouvelle Theologie al jesuita Rahner tendrá una de sus más trágicas expresiones en el discurso de clausura del Concilio Vaticano II pronunciado por Pablo VI (7-diciembre-1965) y en la ambigua afirmación de que, en la Encarnación, Cristo se ha unido «en cierto modo a todo hombre» (Gaudium et spes, 22), que con la vaporosa fórmula «en cierto modo» no logra disipar el peligro de abolir toda distinción entre el orden natural y el sobrenatural, una de las tesis más queridas y de consecuencias más nefastas de la Nouvelle Theologie, diluyendo la Redención en la Encarnación al modo rahneriano.
En su encíclica «E Supremi pontificatus», San Pío X decía que:
«el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose “por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios”; hasta tal punto que –aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene–, tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. “Se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios” (2 Tes 2, 2)».
Ahora, Pablo VI dice expresamente que «la religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios» (n. 8). Pero acaba concluyendo que el Concilio no ha producido un choque, ni una lucha, ni un anatema, sino una simpatía inmensa: una atención nueva de la Iglesia a las necesidades del hombre. Donde el Papa Sarto había señalado claramente el antagonismo entre el principio católico que lo dirige todo de Dios hacia Dios, Montini opta por el movimiento del hombre hacia el hombre [9].
Una pretendida devoción al Sagrado Corazón de Jesús integrada en estas perspectivas deformará necesariamente las señas de identidad con las que fue diseñada en las apariciones de los siglos XVII y XVIII que hemos reseñado y prescindirá de las connotaciones contrarrevolucionarias que se hicieron tan palpables a partir del siglo XVIII.
A los representantes de esta tendencia, no se les puede hablar de esperanza histórica ni de confesionalidad, desconocen su dimensión social y pública y, anclados en las melosas formas de expresión propias de las terapias de autoayuda, manifiestan con airado desparpajo lo perturbador que le resulta el recuerdo de añejas vinculaciones entre lo religioso y lo patriótico. Al mismo tiempo, se sienten cómodos en un mundo edificado sobre la previa demolición del orden social de inspiración cristiana y sobre la renuncia, incluso teórica, a su restauración.
En cambio el pensamiento contrarrevolucionario, al que aparece esencialmente ligada la devoción al Sagrado Corazón, sostiene la necesidad del establecimiento de una ortodoxia pública, es decir, que el régimen político reconozca «un contenido de principios, verdades o valores de carácter superior e inmutable como base de su convivencia moral y de sus leyes» [10]. Sin olvidar otra de las tesis más caras de este pensamiento: la estrecha relación entre ortodoxia política y religiosa y la imposibilidad práctica de perseverar en la segunda cuando no se es consecuente con la primera. Conviene advertir que entendemos por heterodoxia política la de todos aquellos que han negado la dimensión teológica en el plano político y la de aquellos que se niegan a reconocer las exigencias éticas del obrar político, considerando la religión como asunto válido para los actos de significación personal e inválido para los de dimensión social.
La interpretación aggiornata de la devoción al Corazón de Jesús incurre en una negación, cuanto menos implícita, de la divinidad de Cristo por negarse a aceptar sus consecuencias. Si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, también es el dueño de todas las cosas, de los elementos, de los individuos, de las familias y de la sociedad, pero si se desvanece esta convicción, entonces no hay fuerza para mantener la propia fe ante la invasión de las opiniones ajenas. De la inevitable diversidad se pasa al pluralismo como un valor en sí mismo y en virtud de una libertad religiosa mal entendida se coloca a todas las religiones en pie de igualdad y se otorgan los mismos derechos a la verdad y al error.
Se cae así en la contradicción inherente a la reivindicación del laicismo que radica en afirmar un criterio moral ante los resultados concretos (por ejemplo, determinadas leyes) mientras que ese mismo criterio se difumina a la hora de valorar los principios sobre los que descansa el sistema político democrático. Y es que la predicación de la Iglesia en relación con cualquier comunidad política debe exigir que estén eficazmente subordinados al orden moral no sólo los actos y comportamientos individuales de los ciudadanos, sino la misma estructura constitucional [11].
El Reinado Social, única respuesta católica al laicismo
La consagración verdadera no se reduce al simple recitado de una fórmula, sino que es la entera donación que demanda Jesucristo de sus más fieles amigos. Y esto no sólo tiene aplicación a los individuos sino también a las comunidades. La consagración de las sociedades al Sagrado Corazón es un acto plenamente político cuya finalidad radica en el cumplimiento de un deber social de religión y además, su efecto secundario (el bien común temporal) es de naturaleza también netamente política. Recordemos, además, detrás de cada cuestión política hay una cuestión religiosa:
«M. Proudhon ha escrito en su “Confesiones de un revolucionario” estas notables palabras: “Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología”. Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que abarca y contiene todas las cosas» [12].
Es por ello que terminamos evocando unas ideas expuestas por Víctor Pradera, poco antes de morir él mismo mártir de Cristo Rey, acerca del cumplimiento de la promesa del Sagrado Corazón de reinar en nuestra Patria. Reafirmamos así la íntima unión que existe entre la devoción al Corazón de Jesús y el pensamiento contrarrevolucionario en general y el tradicional hispánico en particular:
«Reinar en España es cosa nacional, no privada; reinar con más veneración que en otras partes es declarada predilecta entre todas las Naciones; tanto si se toma la frase en el sentido activo como en el pasivo, que supone en los ciudadanos españoles una gracia otorgada y correspondida. España, así, hará “suyo” a Dios.Esto nos obliga a mucho. Las promesas del Señor no son fatalismos de tramoya que han de suceder, ocurra lo que ocurra, y procedan como procedan los favorecidos con ellas. La omnisciencia Divina es prenda de que lo prometido se convertirá en realidad; pero el hecho lleva consigo la condición cumplida de la correspondencia por el hombre. Cada español debe pensar que a él se le pide ese cumplimiento; y debe proceder como si de su actuación dependiese la salvación de su Patria mediante el reinado social de Jesucristo.¿Obliga ello a mucho? ¿Obliga a poco? No creo que sea ésta materia que nos detenga en el camino. Al término del mismo, aparece rutilante y bella, espléndida y envuelta en un halo de felicidad, la Madre, la que nos engendró espiritual y civilmente, la que nos dio su idioma para que nos comunicásemos nuestros pensamientos, la que nos entregó los tesoros de su ciencia, alimento de nuestras inteligencias; la que nos envolvió en la gloria de su Tradición; la que por sus teólogos y filósofos nos señaló los caminos infalibles para llegar a Dios y a la Verdad; la que educó nuestra sensibilidad; la que nos dio un sentido de la vida; España, en fin, que alza los estandartes benditos en que campea el Sagrado Corazón de Jesús» [13].
_______
Notas:
[1] [Nota del Centro Pieper: El Padre Ángel David Martín Rubio nació en Castuera (Badajoz) el 29 de septiembre de 1969 y fue Ordenado Sacerdote en Cáceres el 29 de junio de 1997. Cursó estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Coria-Cáceres. Es Licenciado en Geografía e Historia (Universidad de Extremadura), en Historia de la Iglesia (Gregoriana de Roma) y en Derecho Canónico (Pontificia de Salamanca) y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU (2010), donde ha sido Profesor. Es autor de varios libros y numerosos artículos, muchos de ellos dedicados a la persecución religiosa en España. Coordina las actividades del “Foro Historia en Libertad” y el Blog “Desde mi campanario” con reflexiones acerca de la historia, la teología y la actualidad inspiradas en el realismo y el sentido común concorde con la concepción cristiana del mundo].
[2] Juan de LOYOLA, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús, 1 ed. Valladolid, 1734.
[3] José Eugenio UGARTE, Principios del Reinado del Sagrado Corazón de Jesús en España, Madrid, 1880.
[4] Cfr. Antonio María MORAL RONCAL, La cuestión religiosa en la Segunda República Española, Madrid: Biblioteca Nueva, 2009, pág. 188-214.
[5] Cit. por: Antonio María Moral Roncal, ob. cit., pág. 196.
[6] Cit. por: Roger VEKEMANS (ed.), Cor Christi: (Historia, teología, espiritualidad y pastoral), Bogotá: Instituto Internacional del Corazón de Jesús, 1980, pág. 631.
[7] Cfr. Luis María SANDOVAL, Consideraciones sobre la contrarrevolución, en: Verbo, 281-282 (1990) 211-290; Miguel AYUSO, La cabeza de la gorgona. De la “hybris” del poder al totalitarismo moderno, Buenos Aires: Ediciones Nueva Hispanidad, 2001, pág. 121.
[8] Cfr. Romano AMERIO, Iota Unum, Salamanca: 1994, cap. II, 28.
[9] Cfr. Romano AMERIO, o. c., cap. IV, 46.
[10] Rafael GAMBRA, Tradición o Mimetismo, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1976, pág. 94; cfr. Frederick D. WILHELMSEN, La Ortodoxia pública y los poderes de la irracionalidad, Madrid: Rialp, 1965.
[11] Cfr. José Guerra Campos, “Las incoherencias de la predicación actual descubren la necesidad de reedificar la doctrina de la Iglesia”, en: Iglesia-Mundo 384 (1989) 51ss.
[12] Juan DONOSO CORTÉS, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, I.
[13] Víctor PRADERA, Término del camino, en: El Siglo Futuro, Madrid, 8 de junio de 1934.
Muy interesante este artículo del Padre Rubio. Deseo acotar dos cosas.
ResponderEliminarEn primer lugar, recordar que frente a las ruinas del monumento al Sagrado Corazón, en el Cerro de los Ángeles, “fusilado” por los rojos en agosto de 1936, se levanta hoy otro monumento mandado a construir por el General Franco e inaugurado el 25 de junio de 1965.
El acto de inauguración estuvo presidido por el propio Francisco Franco y su esposa, acompañados por miembros de su gobierno y la jerarquía eclesiástica. La bendición estuvo a cargo del obispo de Madrid-Alcalá, monseñor Casimiro Morcillo. Tras la celebración de la misa, Franco renovó la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, una acción con gran peso político y religioso en la época.
Durante muchos años, el nuevo monumento incluyó una placa conmemorativa ordenada por Franco que rezaba: “El primer viernes de agosto de 1936 fue profanado y violado este monumento. Francisco Franco, caudillo de España, ordenó la construcción del nuevo”. Pero, en cumplimiento de la llamada “Ley de Memoria Histórica”, y tras intentos fallidos de preservarla bajo la figura de propiedad privada, el Ayuntamiento de Getafe y el Obispado retiraron esta placa. Me parece pertinente recodar este hecho, fundamental, en la historia reciente de España.
Lo segundo: en Argentina, los católicos que nos identificamos con la Tradición y somos contrarevolucionarios, también invocamos al Sagrado Corazón de Jesús pidiéndole que salve a nuestra Patria. Al respecto, hay una bella canción que no falta nunca en nuestras reuniones públicas. El estribillo de esta canción reza así: “Salve divino/ foco de amor/ salva al pueblo argentino/ Sagrado Corazón”.
Mario Caponnetto
Para ver un video del Padre Claudio Sanahuja sobre el nuevo orden global y cómo impactó en la Iglesia entrar en el siguiente enlace https://www.youtube.com/watch?v=l-meYl1FpRI
ResponderEliminarConsenso global y sinodalidad
ResponderEliminarDebido a que el presente es un capítulo muy importante, los lectores lo pueden encontrar reproducido en otro libro nuestro.
La teoría del consenso tiene mucho que ver con el actual desarrollo del derecho que es fruto de imposición desde organismos internacionales y desde una burocracia internacional que no tiene ninguna representación democrática.
Nos recuerda el P. Juan Claudio Sanahuja la Conferencia Cumbre de la Tierra (ECO 92) Río de Janeiro, 1992; Conferencia de Derechos Humanos Viena, 1993; Conferencia de Población y Desarrollo El Cairo, 1994; Conferencia sobre la Mujer Beijing, 1995; Conferencia de Desarrollo Social Copenhague, 1995; Conferencia sobre Asentamientos Humanos Habitat II Estambul, 1996; Cumbre Alimentaria Mundial Roma, 1996; Cumbre del Milenio New York, 2000; Conferencia contra el Racismo, la Discriminación y la Xenofobia Durban, 2001; Cumbre sobre el Desarrollo Sustentable Iohannesburg, 2002; etc.
El P. Javier Olivera Ravasi dice: “la agenda 2030 es el reemplazo de los diez mandamientos de Dios.”
La teoría que está detrás del reemplazo de los diez mandamientos y de toda verdad moral, jurídica, política o religiosa absoluta es la teoría del consenso.
Aunque la palabra “consenso” puede mutar a “diálogo”, a “no discriminar”, a “igualdad”, etc. y puede adoptar múltiples ropajes y dar lugar a múltiples teorías, es la última manifestación del espíritu del modernismo, la suma de todas las herejías.
La ciudad de Satanás ha llevado a cabo siempre la misma estrategia, esta consiste en destruir las verdades absolutas y establecer, en su lugar, un “proceso absoluto” que da lugar a legión de verdades relativas o de juguete que en manos de los ricos y poderosos del Mundo se convierten en órdenes y leyes absolutas frente a las cuáles no es posible oponerles el “no te es lícito”.
Los gobernantes se convierten, junto con la burocracia privada y pública, casi en hombres dioses y los ciudadanos van perdiendo “derechos y libertades” y convirtiéndose en esclavos, animales y cosas.
Detrás de todo esto está el impulso a formar un imperio global a imagen y semejanza de los imperios bestiales de la Antigüedad y a imagen y semejanza de Babel, el que fue, ahora no es y será por poco tiempo.
Veamos primero la reforma protestante que establece el “libre examen” como proceso absoluto para llegar a las interpretaciones individuales en las Sagradas Escrituras.
El libre examen consiste en poner la duda en el estudio de las Sagradas Escrituras, la pregunta y la duda, que se formulan los protestantes, es: ¿Creo yo que esto que dice las Sagradas Escrituras es así?
Al poner la duda de manera constante en lo que debe ser objeto de fe y al preguntarse están aplicando una razón, que los protestantes mismos consideran “prostituida”, para estudiar las Sagradas Escrituras, este método debía llevar a la formación de legión de religiones protestantes separadas, más de treinta mil religiones protestantes separadas.
Como no reconocen valor alguno a la razón y la consideran corrompida terminan por hacer el libre examen de cualquier manera, o sea, de manera individual, sin consultar a nadie y cambiando, muchas veces, de parecer.
Como dudan constantemente de las Sagradas Escrituras por medio del libre examen, terminan, sus pastores, en la desesperación, la hipocresía o el ateísmo.
Por otra parte, no reconocen que el acto de fe, como acción humana, según los principios del protestantismo, sería una “acción corrupta” si se parte de la premisa de que el hombre no puede no pecar y todo él es pecado, el acto de fe debe ser un “acto pecaminoso” según sus propios principios.
ResponderEliminarPero, como no reconocen el principio de no contradicción, según el cual algo no puede ser y no ser al mismo tiempo y desde el mismo punto de vista, resulta que les es posible pensar y creer de manera contradictoria, en esa forma de razonar no hay seriedad, o sea, razonan de cualquier manera.
De lo contrario, deberían reconocer que el libre examen supone el uso de una razón que ellos afirman que es corrupta en donde debe estar la fe y que la fe, también, debería estar corrupta, como toda acción humana o sentimiento humano, según sus principios.
El potestantismo tiene como antecedente la cábala masónica de la que Melanchton formaba parte y a quién Lutero le reconocía superioridad, la cábala masónica cree en la posibilidad del hombre de conocer y dominar a Dios mismo por medio de las Sagradas Escrituras y sigue un procedimiento de preguntas, o sea, de dudas.
El protestantismo dio como resultado la división de la cristiandad, con el primer y gran “proceso absoluto”: el libre examen.
Hay otros errores de los protestantes, entre ellos, plantear una interpretación privada de la Biblia cuando debe hacerse en comunidad, como Iglesia, así como se reza utilizando el nosotros en comunidad, o sea, como Iglesia, decimos: “Padre nuestro”.
Luego, como el libre examen, los actos, la fe y todo el hombre es pecado, ello da una gran libertad para el mal, ya no importa la forma en que argumenten, la razón es corrupta junto con la fe, como acción humana, es una acción pecadora, no importa lo que hagan, sólo tienen que sostener como los islamitas que “Alha es Dios y Mahoma su profeta”, de la misma manera, los protestantes tienen un solo mandamiento: sólo deben creer en sus libres interpretaciones privadas de la Biblia, o sea, en ellos mismos y no en Dios.
Ello les permite decir y sostener cualquier cosa porque no hay una obligación, según el libre examen, en cuanto al uso de la razón, o sea, pueden decir lo que quieran e interpretar como pintar, o sea, sin seriedad, sin estudiar otros autores, los Padres de la Iglesia, sin tradición y sin hacerlo en comunidad, o sea, como Iglesia.
Pero hay aquí algo más y es que si toda interpretación privada de la Biblia es válida; caemos en el subjetivismo, el relativismo y el inmanentismo, o sea, negamos la existencia de verdades objetivas frutos de una razón que pueda alcanzar alguna verdad.
Es decir, el protestantismo contiene un ataque a la razón y a la capacidad del hombre de conocer la realidad, es el antecesor de los errores del modernismo, lo que significa que los errores del modernismo son sólo versiones diferentes del error del protestantismo.
Otro “proceso absoluto” es suministrado por Descartes, suplanta las verdades absolutas por el “proceso absoluto” de la “duda metódica”, se debe dudar de todo y, según Descartes, se llega al “pienso, luego, existo” y desde esa sola verdad y con el proceso de la duda metódica y el método deductivo, trata de extraer todas las otras verdades.
El proceso de la duda metódica no es sometido a duda, o sea, al mismo proceso.
La duda metódica no es objeto de duda, no se preguntan, Descartes y sus seguidores: ¿por qué habríamos de aceptar un proceso que duda de todo y que hace perder u olvidar verdades? ¿En qué nos puede beneficiar un proceso absoluto de esas características?
Si se debe dudar de todo y no hay nada de lo que no se deba dudar bien podrá Freud dudar del pienso y del existo, o sea, de la unidad del hombre.
Y habrá filósofos y pensadores que hablarán de la muerte de Dios y de la muerte del hombre.
¿Por qué debemos aceptar como válido un “proceso absoluto” que no puede llevarnos a ninguna certeza, nos hace olvidar verdades y nos impide dar nuestro asentimiento a las mismas y tenerlas por buenas?
Verdad no es lo mismo que conocimiento científico para Santo Tomás de Aquino, la verdad es “la adecuación de la inteligencia a la realidad”, si respetamos las señales de tránsito adecuamos nuestra inteligencia a la realidad y en eso consiste nuestra vida como seres humanos, nos guiamos por el sentido común. Por otra parte, la ciencia es “conocimiento cierto y por las causas”.
ResponderEliminarPero “cierto” no por una certidumbre subjetiva sino porque es el conocimiento en que se acierta, en que se llega a conocimientos objetivos independientemente de que un niño de diez años o un ignorante los niegue o los tenga por subjetivamente inciertos.
Las preguntas sobre la seriedad del “proceso absoluto” de la duda metódica se multiplican sin respuestas satisfactorias porque la única respuesta satisfactoria es que la duda metódica como método de conocimiento lleva al fracaso en la búsqueda de la verdad.
O sea, es un método apto para no dar por válida ninguna verdad, dudar de toda verdad siempre y no tenerla por buena.
Otros “procesos absolutos” los ponen en boga distintos filósofos y pensadores, el “proceso absoluto” de Kant de la crítica de la razón pura y, como no es suficiente, el proceso absoluto de la crítica de la razón práctica.
Este “proceso absoluto” de Kant debe ser objeto de crítica.
Que todo “pueda” ser objeto de duda, de crítica o de análisis, que “pueda” no significa que “deba” ser el “proceso o método científico o filosófico” acriticamente adoptado para buscar la verdad y el conocimiento.
El que una verdad pueda ser objeto de duda, crítica o análisis no habla nada en contra de la verdad pero es evidente que aquel que de todo duda, todo critica y todo analiza se encuentra más cerca de la neurosis que de la ciencia o la filosofía.
Es obligatorio someter a crítica, a duda y a análisis estos “procesos absolutos”.
La palabra “duda” puede ser sustituida por la palabra “crítica” o la palabra “análisis”, se trata de sistemas de pensamiento copiados de un modelo anterior, el de Descartes que es copia del libre examen de Lutero, el cuál es copia de las “preguntas” de la cábala masónica que llegan hasta aquella pregunta que es al mismo tiempo respuesta: “Quién”.
Por supuesto, ello implica negar el principio de no contradicción, pues una pregunta no puede ser, al mismo tiempo, una respuesta, además, de sostener que la última pregunta - respuesta debe ser “Quién” y no “qué”, “porqué”, “como”, etc. o simplemente el silencio.
Quizás la teoría que mejor expresa el error evidente de todos estos “procesos absolutos” es el “proceso absoluto” de la falsación de Karl Popper, todo debe considerarse falso hasta que se demuestre lo contrario, por supuesto, también debe considerarse falsa cualquier demostración.
Es un proceso absoluto que nos garantiza no llegar nunca a ninguna verdad.
Lo lógico sería que los científicos y filósofos se preguntaran: ¿Por qué vamos a adoptar en la ciencia o en la filosofía un proceso absoluto que nos asegura no llegar a ninguna verdad?
¿Por qué no hemos de considerar falso este “proceso de falsación” en vez de tenerlo por verdadero y atenernos a él?
¿No podemos, con ese proceso, perder o no tener por buenas muchas verdades sin recibir nada a cambio?
Los siglos XIX y XX están plagados de estos “procesos absolutos” que se presentan como la piedra filosofal a seguir por sus adeptos: el proceso de la lucha de clases, el proceso de mercado, el proceso democrático, el proceso de división de poderes, el proceso dialéctico de Hegel, el proceso del psicoanálisis, el proceso del consenso, el proceso sinodal, etc.
ResponderEliminarEstos filósofos y pensadores, han debido introducir, aquí y allá, peticiones de principios y afirmaciones no fundadas para cerrar sus teorías y sus libros pero de lo que no dudaron fue del “proceso absoluto” en sí, ni lo sometieron a ningún testeo.
Lo que persiguen todos estos constructores de procesos absolutos, falsos filósofos, teólogos, científicos y moralistas es sustituir las verdades absolutas por verdades relativas o de juguete, hacer de cada hombre la medida de todas las cosas, el conocedor del bien y del mal, que sus expresiones valgan lo mismo y que puedan decir y hacer cualquier cosa: Crear la canalla para la revolución.
Las verdades relativas prometían una igualdad absoluta, del ignorante con el sabio, una libertad absoluta que incluye la libertad para el mal y una fraternidad absoluta en que los hombres son unificados en la masa por medio de la maldad, la mediocridad y la ignorancia.
La posibilidad de ser tirano de la propia vida para esperar, todos juntos, al gran tirano que, por medio de leyes y órdenes, los gobernará como animales.
Este es el modelo de la izquierda global.
Detrás de todos estos “procesos” está la búsqueda del hombre de un derecho al mal, a decidir como si fuera Dios sobre su vida y, de ser posible, sobre la vida del otro.
El pecado original es el deseo de ser como dioses y decidir sobre el bien y el mal que está presente en todas estas falsas filosofías, ciencias, teologías e ideologías y une a las masas con los ricos y poderosos del Mundo en su deriva hacia el pecado original esjatológico o la abominación de la desolación de los últimos tiempos.
Tener derechos y no deberes, derechos a hacer el mal y a decidir mal sobre uno mismo y sobre el prójimo, ser como dioses, he allí el gran atractivo de todas estas teorías.
Por eso, lograron, con facilidad difundirse y conquistar a las masas pues estaban construidas sobre el modelo de la tentación de Satanás no sólo a Adán y Eva sino a Cristo (después de los cuarenta días que estuvo en el desierto): convertir las piedras en pan, o sea, eliminar el hambre, hacer milagros como si fuera Dios y poseer los reinos de la Tierra como cosa propia pero postrándose ante Satanás.
Por supuesto, quienes recibirán los supuestos “beneficios” no serán las masas bestializadas que serán diezmadas hasta hacer de siete mil millones de habitantes, dos mil millones y, luego, menos.
Los que recibirían los dudosos “beneficios” serían los ricos y poderosos del Mundo pero, para ello, tentaron a las masas a ser dioses y a jugar con sus verdades relativas para, luego, esclavizarlas con las leyes y órdenes sin que puedan presentar ninguna verdad absoluta como defensa y protección.
Las teorías estaban hechas con la misma levadura de los fariseos, se elogia al hombre en su soberbia, se fomentan los vicios o se los justifica, no se establecen límites, se promueve el pecado, etc.
Ante la evangelización de la Iglesia apareció una nueva prédica, muy bien orquestada, que provenía de los hijos de la oscuridad y del mismo Satanás.
Se construyeron estas falsas ideologías sobre la base del pecado original y de todos los pecados en comunidad y, esta prédica, eliminado el katejón u obstáculo, debía adquirir popularidad pues muchos son los llamados y pocos los elegidos.
La Iglesia se lanzó a contraatacar negando el relativismo, el subjetivismo, el inmanentismo, etc. pero no identificó los “procesos absolutos” que constituían las bases de las novedades y no sometió los “procesos absolutos” a sus propios métodos.
Pero, por otro lado, quienes han adherido a estos procesos absolutos se han cerrado a la verdad, no son capaces de dudar de los procesos, no son capaces de razonar bien pues han rechazado todas las verdades absolutas necesarias para el buen razonamiento y han negado la naturaleza, la realidad, la capacidad de la razón de conocer, etc.
ResponderEliminarEstos “procesos” llevan a la disonancia cognitiva y a un razonamiento incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo bello de lo feo, es decir, un razonamiento estéril y que ha vuelto al hombre ciego a la verdad, la justicia, el bien, la belleza y la realidad.
Con sostener que todas las verdades son relativas era suficiente para callar al sabio, igualar todo por lo bajo, construir la canalla, el cuerpo de la Bestia del Mar, el individuo de masas aislado, controlado, empobrecido, embrutecido, el trashumano, pobre pero feliz según Bernard Shaw, listo para obedecer las órdenes de los ricos y poderosos del Mundo.
Por lo que hay que decirlo, todas estas ideologías fueron impulsadas y promovidas de manera organizada por la masonería cabalista, los hijos de la oscuridad que, sin saberlo algunos, y otros sabiéndolo, con estas mentiras, construían una ciudad de Satanás cada vez más global, la nueva cultura y civilización anticristiana y de anticristos.
Porque lo que buscaban era el poder absoluto del imperio global que corrompe de manera absoluta y somete a los poderosos a sobrehumanas tentaciones o satánicas tentaciones y que cuando adquiera ese nivel global no podrá dar como resultado otra cosa que el gobierno del Anticristo y del Falso Profeta.
El consenso es un “proceso absoluto” que no es objeto de consenso.
Si el consenso es la única verdad, es necesario que cedan los hombres todas sus verdades absolutas para lograrlo.
Aquello que deben ceder los hombres para lograr un consenso universal son todas las verdades absolutas y se deja, a las masas, sus verdades relativas o de juguete que nada pueden contra las leyes y órdenes del poderoso.
Consenso como “proceso absoluto y no negociable”, como única verdad absoluta que no puede consensuarse con otras verdades porque perdería su poder.
El consenso exige que cedan los hombres aquellos valores, principios, virtudes, verdades, conocimientos, costumbres, etc. que consideran no negociables para que quienes no comparten esos principios no se sientan discriminados, para que se sientan incluidos a cualquier precio, significa someter a las mayorías a los caprichos y deseos de ciertas minorías.
En 2015 decía Hillary Clinton: “Los códigos culturales profundamente arraigados, las ciencias religiosas y las fobias estructurales han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales.” (Sanahuja, Juan Claudio, 2013/16:166)
En el documento final del Programa de Acción de la Cumbre “(…) los líderes religiosos se comprometieron a no enseñar verdades dogmáticas – principios inmutables - , a relativizar su lenguaje y a no hacer proselitismo. La Santa Sede no firmó este Programa de Acción, ya que se opone a la esencia del cristianismo.” (Ídem., pg. 164)
Ello porque el único bien, la única verdad, lo único que vale es que se logre el consenso a cualquier precio, que todos se unan en una nueva humanidad en la que nadie se encuentre excluido, ello, supone la construcción de un pensamiento único, una nueva moral planetaria, en base a la mínima moral y ni siquiera eso, a las mínimas costumbres.
Según el consenso en la ideología de género, el aborto, la eutanasia, la ecología maltusiana, etc. aquel que no discrimina es el que acepta que un hombre pueda ser una mujer, que un caballo sea una persona no humana y tenga derechos, que una mujer pueda decidir, con la ayuda de los médicos, matar al feto en su vientre, que cualquiera pueda decidir el suicidio asistido, etc.
Como el consenso es el valor único y absoluto, el “proceso absoluto” que no puede discutirse ni resulta consensuable con otras verdades que pretenden similar rango según distintos grupos humanos resulta que: La ética planetaria debe ser la ética de las minorías impuesta coactivamente a las mayorías.
ResponderEliminarSi queremos la unidad a cualquier precio es necesario construir un fin común de mínima pronto a convertirse en un mal político común e imponerlo coactivamente.
Ya que hay que aceptar cualquier costumbre; resulta que las malas costumbres, la mala moral, la mala religión, etc. deben ser impuestas para no sufran las minorías una discriminación e incluir cualquier cosa, para ser inclusivos, el satanismo, el boxeo entre un hombre y una mujer, los baños compartidos, el adoctrinamiento ideológico de los hijos, etc.
Todo debe ser sacrificado al nuevo Moloch, al nuevo ídolo del “consenso global”.
El consenso da por resultado una moral y religión de mínima pronta a convertirse en un mal común político.
Pero esa moral y religión única, es un pensamiento único, debe imponerse y excluye a los grupos humanos que sostienen la existencia de verdades absolutas y que no quieren ceder y transformar esas verdades en opiniones al arbitrio de los ricos y poderosos del Mundo.
“El documento final o Programa de Acción de la Cumbre pretende superar las religiones dogmáticas – las que enseñan principios inmutables - , a las que se le adjudican raíces violentas y fundamentalistas, en oposición radical a la nueva “civilización del diálogo, la paz y el desarrollo.” (Ídem., 164)
Esos grupos humanos que sostienen que hay verdades no negociables son considerados fundamentalistas, no importa que las mayorías tengan algún principio que entiendan que no es negociable, pronto serán adoctrinadas, se debe imponer la moral de las minorías a las mayorías, las mayorías deben ser adoctrinadas por un pensamiento único: la ética planetaria, la nueva religión 2030.
La moral y religión ecuménica politeísta consensuada deben ser impuestas como obligatorias a la población global. Se debe disuadir a los que sostienen que existen principios y valores no negociables y deben ser perseguidos y exterminados como plagas, como si fueran terroristas.
El consenso termina por establecer su propia inquisición, la tiranía de las minorías en contra de las mayorías y ésta es la oposición que encontró Trump en Estados Unidos y es la oposición de la religión católica al “proceso absoluto sinodal”.
Leonardo Boff, comisionado de la Carta de la Tierra, afirmaba en Buenos Aires, según Juan Claudio Sanahuja que: “La especie humana, está condenada a hacer lo que hace porque es un parásito de la tierra (…). Es mucho mejor para la Tierra que desaparezca ese cáncer. La Tierra puede seguir tranquila desarrollando otra forma de vida.” (Sanahuja, 2013/16:183, “¿Hacia una nueva religión universal?” 01.12.06, www.noticiasglobales.org )
Todo el que no piense como estas minorías es un fundamentalista, un rígido, un enemigo de la humanidad y debe ser instruido, “educado”, adoctrinado o eliminado porque el consenso no permite el disenso, el consenso busca englobar e incluir a todos, todos y todos y para conseguirlo hay que perseguir y eliminar a todos aquellos que sostengan una verdad o principio no negociable.
El consenso mínimo se transforma en coacción y coerción máxima, en poder absoluto y en esclavitud, en la formación del trashumano, pobre pero feliz, según Bernard Shaw.
Bajo la excusa del consenso se impone el aborto, la eutanasia, la ideología de género, el culto a la Pachamama, la economía sustentable según el cambio climático, etc. para incluir a todos de cualquier forma y para que nadie se sienta discriminado y, luego, se persigue a los que no consideran al consenso mínimo como la única verdad, los que sostienen que hay verdades y principios no negociables, esos deben ser eliminados, no se puede consensuar con ellos.
ResponderEliminarPor lo que para conseguir el consenso hay que imponer la persecución, una nueva inquisición y una cacería de brujas.
Como el consenso no es un “valor” más a consensuar junto con otros, resulta que los que consideran que el consenso debe ser sometido a consenso con otras verdades absolutas, principios y valores, esos deben ser considerados fundamentalistas y eliminados.
No se trata sólo del “disenso” como otra teoría o proceso para oponer, no, se trata de que el “proceso absoluto del consenso” no puede ser objeto de dudas, críticas, análisis o consensos con otros principios, valores y realidades.
Estamos ante un “proceso absoluto” que no puede ser objeto de duda, crítica o consenso, un pensamiento único no negociable que se construye sobre la base de lo más bajo para, luego, imponer, lo mínimo, a toda la población mundial.
Se construye sobre el pecado y se bestializa a las masas, se forma la canalla para la revolución y la imposición de un nuevo orden, un nuevo reinicio y un nuevo imperio global que será pagano.
Se busca una nueva “(…) religión universal que se asiente, por un lado, en el relativismo moral y, por el otro, en la idolatría de la ley positiva, la ley civil, fruto de consensos parlamentarios y políticos (…).” (Ídem., 169)
“El binomio relativismo – positivismo es una clarísima manifestación de “la alianza de la democracia con el relativismo ético (…) que quita a la convivencia civil cualquier punto de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad (…)”, (Ídem., 169) como nos advirtió Juan Pablo II.
Lo cierto es que para lograr el globalismo, la democracia debe ceder su lugar a la burocracia internacional que prepara el cuerpo del nuevo imperio bestial, los trashumanos que deberán ser gobernados y controlados por el gobierno global.
Mientras tanto, la democracia cede su lugar a unos pocos burócratas internacionales que responden a los ricos y poderosos del Mundo y que preparan el nuevo gobierno global que no puede ser democrático, por lo que los países y las democracias deben ceder su poder a los organismos internacionales, las soberanías deben ceder ante el globalismo para preparar la llegada y aceptación de un nuevo gobierno global tiránico.
https://getinkspired.com/.../consenso-global-y.../