
La Encíclica «Quas Primas» y la Fiesta de Cristo Rey
Ernesto Alonso
[CentroPieper] Un Centenario memorable tendrá lugar el próximo 11 de diciembre, celebrando la festividad de Jesucristo Rey, que suele conmemorarse el último domingo del año litúrgico, pocas semanas antes de la Navidad. Es una solemnidad instituida por el Papa Pío XI, con la promulgación de la Encíclica Quas Primas (QP), el 11 de diciembre de 1925, en Roma.
Citamos dos pasajes del Documento pontificio que disponen la institución de la fiesta. “(…) juzgamos realizar un acto totalmente conforme a nuestro deber apostólico, si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nosotros, individualmente, y en común, por muchos Cardenales, Obispos y Fieles Católicos, clausuramos este año jubilar introduciendo en la Sagrada Liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey” (n° 3; ver también el n° 15, QP). En otra parte del Documento, el Papa expresa: “Y si ahora ordenamos a todos los Católicos del mundo el Culto universal de Cristo Rey, remediaremos las necesidades de la época actual y ofreceremos una eficaz medicina para la enfermedad que en nuestra época aqueja a la humanidad. Calificamos como enfermedad de nuestra época el llamado «laicismo», sus errores y sus criminales propósitos” (n° 12; ver los nros., 16 y 17, QP).
El objetivo de estas líneas es dar cuenta de las razones por las que Pío XI propuso la Celebración de la Fiesta de Cristo Rey en relación con la que denomina «enfermedad de la época», a saber, el laicismo, y su secuela más grave, la pública apostasía que tanto daño ha infligido a la sociedad moderna (n° 13, QP). Dicho simplemente, la institución de la Festividad Litúrgica del Reinado de Cristo, que esto es decir «Cristo Rey», ha de venir a remediar los males individuales y sociales que padece la humanidad a causa de la precitada enfermedad.
Difícilmente no atraiga nuestra atención el lenguaje vigoroso del Pontífice, cuando se anima a hablar de «errores», «enfermedad», y aún más, «criminales propósitos», predicados todos del laicismo. Una cierta sensación de extrañeza nos invade pues desde hace largas décadas el lenguaje Católico se ha adocenado, convirtiendo su tradicional carácter puro, vigoroso y encendido, en una fraseología edulcorada, ramplona, cuando no funesta.

























